Cuando se consumó el golpe de Estado en Honduras, en 2009, el exvicepresidente y escritor nicaragüense Sergio Ramírez se refirió al derrocamiento de Manuel Zelaya como un “funesto precedente frente al cual hay que poner las barbas en remojo”. Se trataba del primer golpe triunfante en el siglo XXI. El autor de “Adiós, muchachos”  se lamentaba de que la asonada cívico-militar de Honduras abriera “las costuras de una herida que ya creíamos cerrada” (CTXT). No disponemos aún de toda la información para el caso de Bolivia para certificar que estamos exactamente ante otro “golpe institucional”, similar al que se produjo  en Paraguay en junio de 2012.

Entre las noticias confusas figura la del fraude electoral. El Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica   (CELAG), una institución dedicada a la investigación, estudio y análisis de los fenómenos políticos, económicos y sociales de América Latina, ha publicado un artículo en el que denuncia que la Organización de Estados Americanos (OEA) fabricó el informe que denunciaba el fraude electoral en Bolivia. Este es un asunto que debe ser contrastado.

No se trata de ocultar las debilidades y errores de la última etapa del gobierno de Morales que llegó al poder tras las insurrecciones indígenas de 2003 y 2005. Su persistencia en la reelección, que rompía con la tradición de un país, o la utilización de empleados públicos en las campañas electorales han socavado la confianza de organizaciones que un día le dieron apoyo. La degradación parece indiscutible. Estrategias de pura supervivencia   política por una parte frente a tradición autoritaria/reaccionaria por otra: que la forma de corregir los defectos consista en seguir el dictado de los militares “sugiriendo” que Evo Morales dejara el poder,  recuerda muchas historias de golpismo en el “patio trasero”.  Nos deja perplejos leer (y escuchar)   “No tumbamos un gobierno”, dijo Camacho en sus redes sociales. “Liberamos a un pueblo en fe. Solo se llevó una Biblia a Palacio y una carta de renuncia”.  LA BIBLIA HA VUELTO A PALACIO (video de la CNN, aquí).

  • De los análisis que se van publicando estos días escogemos  los de Pablo Stefanoni (Jefe de Redacción de “Nueva Sociedad” y Fernando Molina (periodista y escritor), publicados en “Sin Permiso”. Por su orientación crítica y porque ofrecen algo más que un relato cuando utilizan, entre otros conceptos, los de lógica de las equivalencias de Laclau o   la “destrucción creativa”  (Schumpeter) .

(Como las penumbras informativas abundan, conviene estar al tanto de otros análisis. En este sentido, conviene leer   las observaciones de Bartolomé Clavero sobre  el «autgogolpe fracasado», publicado como comentario ayer  15 de noviembre)

Ricardo Robledo


 
 

Bolivia y la contrarrevolución ¿Cómo derrocaron a Evo?

Pablo Stefanoni

Bolivia, país de insurrecciones 

Fernando Molina

 

El gobierno de Evo Morales fue una revolución política antielitista. La situación actual no estaba en el horizonte de nadie y habla de un movimiento contrarrevolucionario. El líder visible es Luis Fernando Camacho, un empresario de 40 años que no participó en el proceso electoral y llegó al Palacio Quemado con una biblia y una escolta policial. Mientras festejaba en La Paz el derrocamiento del presidente, en la calle quemaban Whipalas y gritaban “echamos al comunismo”.

Empecemos por el final (o por el final provisorio de esta historia): el domingo en las últimas horas de la noche, el líder cruceño Luis Fernando Camacho desfiló arriba de un carro policial por las calles de La Paz, escoltado por policías amotinados y vivado por sectores de la población opositores a Evo Morales. Se escenificaba así una contrarrevolución cívica-policial que sacó del poder al presidente boliviano. Morales se parapetó en su territorio, la región cocalera de El Chapare que lo vio nacer a la vida política y donde se refugió de los riesgos revanchistas. Es una parábola –al menos transitoria– en su vida política. De este modo, lo que comenzó como un movimiento en demanda de una segunda vuelta electoral tras la polémica y confusa elección del 20 de octubre terminó con el jefe de las Fuerzas Armadas “sugiriendo” la renuncia del presidente.

 Una sublevación contra Evo Morales no estaba en el horizonte de nadie. Pero en tres semanas, la oposición se movilizó con más firmeza que las bases “evistas”, que tras casi 14 años en el poder fueron perdiendo potencia movilizadora mientras el Estado iba reemplazando a las organizaciones sociales como fuente de poder y burocratizando el apoyo al “proceso de cambio”. Y en pocas horas, lo que fue el gobierno más fuerte del siglo XX en Bolivia pareció desmoronarse (hay varios ex funcionarios refugiados en embajadas). Ministros renunciaron denunciando que sus casas eran quemadas y los opositores mostraban a los tres muertos de los enfrentamientos entre grupos civiles como prenda de indignación frente a lo que llaman la “dictadura”. Finalmente, el domingo Evo Morales y Álvaro García Linera renunciaron y denunciaron un golpe en marcha. 

El Movimiento al Socialismo (MAS), formado en los años 90, fue siempre un partido profundamente campesino –más que indígena– y eso se trasladó en muchos sentidos al gobierno de Evo Morales. El apoyo urbano fue siempre condicionado –en 2005 una apuesta a un nuevo liderazgo “indígena” frente a la profunda crisis que vivía en país; luego porque Evo mantuvo muy buena performance económica–, pero los intentos de Morales de permanecer en la presidencia –sumado a sustratos racistas de vieja data y la sensación de exclusión del poder– alentaron a las clases medias urbanas a salir a la calle contra Morales. Objetivamente hablando, el llamado “proceso de cambio” no favoreció a la clase media tradicional ni al estamento “blancoide” –como se suele denominar a los “blancos” en Bolivia–, y, en cambio, les quitó poder. La de Morales fue revolución política antielitista. Por esto chocó contra las élites políticas anteriores y las sustituyó por otras, más plebeyas e indígenas. Este hecho desvalorizó hasta hacer desaparecer el capital simbólico y educativo con que contaba la “clase burocrática” que existía antes del MAS. Entretanto, sus victorias electorales con más del 60 por ciento le permitieron copar todo el poder el Estado.

 Morales pareció sellar una victoria de la política sobre la técnica. Si el neoliberalismo creía en el derecho de los “más capaces” a imponer sus visiones al conjunto, el “proceso de cambio” creía en el derecho de la Bolivia popular de imponerse sobre los “más capaces”. Para actuar recurrió a la política (igualitarismo) y al reparto corporativo de cargos entre diversos movimientos sociales antes que a la técnica (elitismo). Por esta razón no llenó de manera meritocrática las vacantes dejadas por el repliegue de la burocracia neoliberal. Y tampoco recurrió sistemática y ampliamente a las universidades para proveerse de un capital cultural que, en cambio, consideraba prescindible. Esto agrió a la clase media, especialmente a su segmento académico-profesional, cuya expectativa máxima era lograr un claro reconocimiento social y económico de los saberes que posee.

Y finalmente, el MAS fue crecientemente estatista. El enfoque siempre estatista con que el gobierno abordaba los problemas y necesidades que iban surgiendo en el país lo llevó a ignorar y a menudo a chocar con los pequeños emprendimientos privados, esto es, con los emprendimientos de la clase media. Por esta razón había roces entre el “proceso de cambio” y los sectores emprendedores no indígenas y no corporativos (los que sí se beneficiaban de los aspectos políticos del cambio e indignaban a los “clasemedieros”). Es cierto que existía un pacto de no agresión y de apoyo táctico entre el “proceso de cambio” y la alta burguesía o clase alta, pero este se fundada en razones políticas antes que empresariales o económicas.

 Por otra parte, varias medidas adoptadas por Evo Morales desestabilizaron la dotación de capitales étnicos, perjudicando a los blancos: si bien no hizo una reforma agraria, benefició a los pobres con la dotación de tierras fiscales; hubo una redistribución del capital económico –mediante infraestructuras y políticas sociales– en favor de sectores más cholos y populares; la política educativa implementada por el gobierno mejoró la dotación de capital simbólico a los indígenas y los mestizos, mediante la revaloración de su historia y su cultura pero, al mismo tiempo, el gobierno hizo muy poco para elevar el nivel de la educación pública y, por tanto, para arrebatar el actual monopolio blanco de la educación (privada) de alta calidad. Así, las élites anteriores perdieron espacios en el Estado, vieron debilitados de sus capitales simbólicos y sus vías de influencia en el poder. En síntesis: el Club de Golf perdió cualquier relevancia como espacio de reproducción de poder y estatus.

 Diversas encuestas ya mostraban la desconfianza de los sectores medios respecto al presidente. No por la gestión, que aprobaban, sino por la duración del dominio de la élite que Evo dirigía. Tal era la cuestión que importaba a la clase media, una cuestión que la persistencia en la meta reeleccionista de Morales hicieron imposible de resolver, precipitando a la clase media a la sedición. Y a esto se sumó que el “proceso de cambio” no debilitó los microdespotismos presentes en toda la estructura estatal boliviana. El uso de los empleados públicos en las campañas electorales y, más en general, en la política partidaria del MAS debilitó el pluralismo ideológico entre los funcionarios incluso de menor rango.

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 Bolivia es un país casi genéticamente antirreeleccionista: ni Víctor Paz Estenssoro, conductor de la Revolución Nacional de 1952, logró dos periodos consecutivos. En parte esta tendencia parece una suerte de reflejo republicano desde abajo y en parte la necesidad de una mayor rotación del personal político. Y cuando alguien no se va limita el acceso de los “aspirantes”.  Todos los partidos populares que llegan al poder tienen el mismo problema: hay más militantes que cargos para repartir. El Estado es débil pero es una de las pocas vías de ascenso social.

 Bolivia es también el paraíso de la lógica de las equivalencias de Laclau: apenas la situación se sale del carril y se ve débil al Estado todos se suman con sus demandas, indignaciones y frustraciones, que son siempre muchas dado que es un país pobre y con muchas carencias. Así también fue esta vez. Los motines policiales expresan enconos de viejo cuño de sectores bajos con los mandos más altos, por temas de desigualdad económica y abusos de poder entre las “clases”: sucedió en 2003, en el motín de 2012 y en el del fin de semana pasado. Potosí, enfrentado con Evo desde hace años por sentir que desde la Colonia sus riquezas –ahora el litio– se esfuman y ellos siguen siendo siempre pobres, también se sumó a la rebelión. Y lo mismo pasó con sectores disidentes de todas las organizaciones sociales (cocaleros Yungas, ponchos rojos, mineros, transportistas). Esto se suma a una cultura corporativa que hace que las demandas de región o sector pesen más que las posiciones más universalistas, lo que habilita posibles alianzas inesperadas: en esta última asonada se aliaron Potosí y Santa Cruz, impensable durante las crisis de 2008, cuando Potosí fue un bastión “evista”.

Luego de varios años de impotencia política y electoral de la oposición tradicional –los viejos políticos como Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina o el propio Carlos Mesa– aparece un “liderazgo carismático” nuevo: el de Fernando Camacho. Este personaje desconocido hasta hace pocas semanas fuera de Santa Cruz se proyectó primero ocupando un vacío en la dirigencia cruceña, que desde su derrota frente a Evo en 2008 había pactado cierta pax. Aupado en una nueva fase de radicalización juvenil el “macho Camacho”, un empresario de 40 años, se erigió como líder del Comité Cívico de la región que agrupa a las fuerzas vivas con hegemonía empresaria y defiende los intereses regionalistas. Y más recientemente, frente a la debilidad de la oposición, Camacho esgrimió una mezcla de Biblia y “pelotas” para enfrentar “al dictador”. Primero escribió una carta de renuncia “para que Evo la firme”; luego fue a llevarla a La Paz y fue repelido por las movilizaciones oficialistas; pero volvió al día siguiente para finalmente entrar el domingo a un desierto Palacio Quemado –el viejo edificio del poder hoy trasladado a la Casa Grande del Pueblo– con su Biblia y su carta; allí se arrodilló en el piso para que “Dios vuelva al Palacio”. 

 Camacho selló pactos con “ponchos rojos” aymaras disidentes, se fotografió con cholas y cocaleros anti-Evo y juró no ser racista y diferenciarse de la imagen de una Santa Cruz blanca y separatista (“Los cruceños somos blancos y hablamos inglés”, había dicho alguna vez una Miss). Y, en una productiva estrategia, Camacho se alió con Marco Pumari, el presidente del Comité Cívico de Potosí, un hijo de minero que venía liderando la lucha en esa región contra el “ninguneo de Evo”. Así, el líder emergente e histriónico terminó siendo el artífice de la revuelta cívica-policial. Para ello desplazó al ex presidente Carlos Mesa, segundo en las elecciones del 20 de octubre, quien al ritmo de la aceleración de los acontecimientos se radicalizó sin convicción ni grandes chances de ser aceptado en el club más conservador por ser considerado un “tibio” (continuar aquí para leer todo )

Fuente: Sin permiso

 


 

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2 Comentarios

  1. Lo de Honduras 2009 y Paraguay 2012 fueron golpes de Estado. Lo de Bolivia 2019 ha sido un autogolpe fracasado. En primer lugar, contra la Constitución y gracias a un Tribunal Constitucional capturado por el Gobierno, el Tándem Morales-Linera se presenta a las elecciones. En segundo lugar, no ganando el mismo en primera vuelta y temiendo que en la segunda tampoco iba a hacerlo, el Tribunal Supremo Electoral igualmente capturado por el Gobierno comete el fraude electoral, un fraude evidente antes de que se pronunciara la OEA. Y esta misma, la Organización de Estados Americanos se pronunció ante la evidencia por el mantenimiento del orden constitucional, esto es, por la continuidad en funciones del Tándem hasta la celebración de unas nuevas elecciones. ¿Por qué Morales-Lineras y quienes presidían las dos cámaras ni siquiera lo han intentado? Lo decisivo no ha sido el asalto de los “cívicos” (entiéndase racistas) ni la invitación militar a la transmisión de poderes, sino la retirada explícita de confianza de las organizaciones indígenas y sindicales que todavía mantenían una independencia del Tándem tras una década larga de hostigamientos y de cooptaciones por parte del MAS, el partido del Gobierno. Han sido también años de políticas entreguistas ante los grandes intereses corporativos exteriores y otros económicos interiores bajo la cobertura de un indigenismo impostado, lo que ha llevado a esa retirada de confianza indígena y sindical. Lo peor ha venido a continuación: los “cívicos” se han hecho de momento con el poder. Reducir este complejo de problemas a un golpe de Estado para defender al Tándem fracasado no ayuda mucho. La reacción violenta del MAS en el interior, tampoco. La información exterior ha sido y es muy deficiente.

  2. Gracias al profesor Clavero por esta perspectiva del problema boliviano que se resiste a ser enjuiciado de forma simplista. Nos falta sin duda acceso a una información más fidedigna.

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