Luis Fernando Medina Sierra
Profesor e Investigador del Instituto Carlos III – Juan March de la Universidad Carlos III de Madrid. Autor de varios libros, entre otros ‘El Fénix Rojo: Las oportunidades del socialismo’ (Editorial Catarata).

 

Para que no quede ninguna duda: aunque en estas páginas voy a criticar muy duramente al gobierno de Venezuela, estoy firmemente convencido de que corresponde a los venezolanos, y solo a ellos, buscar la salida de la actual crisis. Tengo un pésimo concepto de la manera en la que la oposición venezolana ha estado jugando a la confrontación militar y a la intervención extranjera. Pero, no siendo venezolano, por razones de espacio no ahondaré en el asunto.

En cambio, sí soy colombiano y me siento la necesidad de decir algo más a este respecto. Colombia está gradualmente poniendo fin a décadas de conflicto interno. El presidente Iván Duque y su movimiento político han hecho lo posible por poner palos entre las ruedas de dicho proceso. Aunque no comparto para nada su visión, entiendo que fue elegido democráticamente y puede hacer lo que quiera al respecto, dentro de la ley. (Aunque hay dudas fundamentadas sobre la legalidad y la constitucionalidad de algunas de sus maniobras). Pero una cosa es que, mediante políticas domésticas se frustre la transición hacia el fin del conflicto y otra, monstruosa e imperdonable, que por obsecuencia ante Estados Unidos y por quién sabe qué otros intereses oscuros, se termine empujando a Colombia a un enfrentamiento militar con Venezuela mucho más sangriento y devastador que el que el país está superando en este momento. Sin embargo, el presidente Duque nunca se ha desmarcado de la retórica belicista de la Casa Blanca. Cuando Pompeo y Bolton dicen que “todas las opciones están sobre la mesa”, él guarda un silencio cómplice. Independientemente de que sea consciente de ello o no, el Presidente Duque tiene una enorme responsabilidad ante la historia. Si persiste en su actual estrategia, puede terminar empujando a Colombia a lo que sería, sin duda, una de las peores conflagraciones de la historia del continente.

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Juan Guaidó con Iván Duque y Mike Pence (foto: Televisa)

Veinte años después de la llegada del chavismo al poder, los resultados no pueden ser peores. Venezuela es ahora una dictadura, con algunos formalismos electorales eso sí, y se encuentra sumida en una crisis económica pavorosa, mientras sus élites políticas se entregan a un saqueo que haría sonrojar a muchos cleptócratas de tiempos pasados. Como si fuera poco, la crisis política se agudiza día a día. Tanto que es bien probable que cuando el lector encuentre estas líneas, ya se haya producido algún nuevo cataclismo, bien sea un golpe militar, o incluso una guerra civil. No se puede descartar una transición democrática, pero eso en este momento es aún incierto.

Para muchas personas, el desastre venezolano es la demostración palmaria de que el socialismo del siglo XXI fracasó aún más rápido que el del siglo XX. Yo no lo creo. Creo que el experimento de Venezuela con el socialismo condujo a la catástrofe actual por razones muy complejas, muchas de ellas propias del contexto venezolano y que no se repetirían en otras latitudes. Pero quienes seguimos siendo socialistas no podemos simplemente escudarnos detrás de estas particularidades. No vamos a ganar ningún debate público simplemente diciendo que el problema fue que Venezuela «no hizo las cosas bien». Tenemos que reflexionar sobre esta experiencia. No podemos simplemente culpar a unas personas en particular (Maduro, por ejemplo, a quien ya es totalmente permisible criticar en los círculos de izquierda) sino que debemos preguntarnos en qué medida el fracaso del experimento venezolano arroja dudas sobre nuestros propósitos y programas.

1.

Comencemos por repasar la agenda del socialismo que propuso Chávez. Era una agenda muy ambiciosa que buscaba, entre otros, los siguientes objetivos: a. erradicar la pobreza extrema y garantizar acceso a condiciones de vida digna para todos los venezolanos, b. cambiar el modelo productivo venezolano para reducir su dependencia del petróleo, c. profundizar la democracia mediante la generación de modelos de participación ciudadana que fueran más allá de los mecanismos representativos tradicionales, d. crear espacios de vida comunitaria que no estuvieran sometidos ni al mercado ni al estado, espacios en los que las comunidades pudieran trabajar y producir orientándose por criterios de bienestar social distintos a los de la lógica capitalista.

El punto d. era tal vez el que más le granjeaba el título de «socialismo del siglo XXI». Tras las experiencias del siglo XX, ya no se puede definir el socialismo simplemente como control estatal de los medios de producción. Si algo caracteriza a las propuestas socialistas de nuestro tiempo es su búsqueda de mecanismos que permitan que la ciudadanía gestione su vida económica y social sin estar siempre sometida al mercado o a la burocracia estatal, aunque reconociendo que en una sociedad moderna, tanto el estado como el mercado son necesarios.

Es obvio que estos cuatro puntos constituían una agenda enormemente ambiciosa. Era imposible cumplirla a cabalidad. Pero sí era posible tener éxitos parciales, no el fracaso descomunal al que asistimos en estos días. Ahora bien, más allá de lo ambiciosa de la agenda, había un problema adicional: sus objetivos eran en cierto modo contradictorios.

Para entender el origen de esas contradicciones, y la particular agudeza con que se manifestaron en el caso venezolano, conviene repasar un poco la historia. Los puntos a. y b. de la agenda chavista no son novedosos. Eliminar la pobreza ha sido una aspiración de prácticamente todo sector político influyente en América Latina. En cuanto al segundo punto, si en lugar de «petróleo» leemos «café,» «estaño,» «cobre,» «bananos,» «azúcar,» o cualquier otro producto similar, el sueño de la diversificación ha sido una constante en muchos sectores políticos en América Latina desde la primera mitad del siglo XX.

En ese sentido, la agenda chavista formaba parte de una larga tradición de la izquierda latinoamericana y de otras partes del Tercer Mundo. El socialismo fue desde sus orígenes un producto de la Ilustración y la modernidad. Ya desde las primeras páginas del Manifiesto Comunista, Marx y Engels saludaban entusiastas el potencial transformador del capitalismo que había sido capaz de arrasar con el mundo feudal lleno de privilegios, restricciones, servidumbres, oscurantismo y superstición. Pero ese mismo entusiasmo adquiría un cariz problemático cuando la tradición socialista migraba hacia el mundo en desarrollo. Al fin y al cabo, en América Latina (al igual que en Asia o en África), el capitalismo no se había desplegado de la misma manera. Todos los males del mundo precapitalista aún estaban vigentes y, de hecho, parecía que el capitalismo no solo no era capaz de erradicarlos sino que a veces se nutría de ellos. Entonces, los socialistas de América Latina tenían ante sí un doble reto: completar el proceso de modernización que el capitalismo había llevado a cabo en Europa, pero siguiendo una trayectoria no capitalista.

No ha sido este un dilema exclusivo de América Latina. De hecho, buena parte de las dificultades a las que se enfrentaron los regímenes comunistas en el siglo XX, comenzando por la misma Unión Soviética, fue precisamente su intento de lanzar el proceso modernizador que en el Occidente desarrollado se dio bajo el signo del capitalismo, pero en lucha con los sectores sociales que lo habían dirigido. En el caso soviético, en buena medida paradigmático de lo que ocurrió después en otros países, la sucesión de crisis que comenzó con la Primera Guerra Mundial, continuó con la revolución y luego la guerra civil, dejó al gobierno bolchevique de los años 20s enfrentado a la tarea de reconstruir la economía, racionalizar la administración pública, adquirir nuevas tecnologías, educar a la población, y un largo etcétera, todo esto ante el peligro de una agresión externa, y en un contexto en el que buena parte de los depositarios del conocimiento ya acumulado por el antiguo régimen, los llamados a adelantar dicho proceso, los empresarios, los técnicos, los burócratas, o eran abiertamente hostiles al régimen, o ya se habían exiliado, o eran vistos por el gobierno como sospechosos de querer restaurar el viejo orden.

En América Latina, Cuba fue el único país que hizo una revolución socialista y, no por azar, se enfrentó a exactamente la misma encrucijada. En los demás países, la izquierda socialista, bien fuera revolucionaria o no, pasó buena parte del siglo XX buscando cuál sería la alianza política que le permitiría lograr la cuadratura de este círculo. De ahí que muchos partidos de izquierda terminaran apoyando gobiernos de las así llamadas «burguesías nacionales,» es decir, sectores que, si bien no eran socialistas, por lo menos apostaban por la industrialización del país. El peronismo de izquierda es un ejemplo notable (aunque no hay que olvidar que este proceso desorientó enormemente al Partido Comunista Argentino, enemigo acérrimo de Perón). Pero no es el único caso. También se pueden aducir como ejemplos el caso de Goulart en Brasil, los entendimientos de la izquierda mexicana con facciones del PRI, o Velasco Alvarado en el Perú (otro notorio anticomunista).

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Fidel Castro y Velasco Alvarado en 1971 (foto: Segundo Enfoque)

 

En la migración del pensamiento socialista desde Europa hasta América Latina surgió otro problema. El socialismo europeo estaba concebido como un movimiento eminentemente proletario. Pero en América Latina no solo el proletariado era mucho más pequeño, sino que además muchos de los peores agravios sociales ocurrían en el campo, ensañándose especialmente con poblaciones indígenas o descendientes de esclavos y que, como si fuera poco, tenían un imaginario cultural y religioso muy alejado de las tradiciones seculares y racionalistas de las que el socialismo bebía.

Como consecuencia, la agenda socialista en América Latina siempre fue una amalgama de causas políticas, económicas y sociales muy diversas. El típico movimiento socialista latinoamericano podía declararse simultáneamente partidario de la industrialización, de la reforma agraria, de los derechos de los indígenas, de la no alineación en política internacional, entre otras cosas, a pesar de que en la práctica, esas metas podían entrar en conflicto.

Eso no es criticable. En política para ganar es necesario crear coaliciones grandes y, mientras más grande la coalición, más contradictorios son sus intereses. Todo movimiento político ganador alberga contradicciones internas. El problema es que, por razones que analizaré en lo que sigue, en el caso venezolano esas contradicciones nunca se pudieron gestionar bien y estallaron con fuerza devastadora, haciendo naufragar el proyecto inicial.

2.

Desde hace ya tantos años la derecha se ha empeñado en presentar a Venezuela como el espejo en el que todo movimiento de izquierda debe mirarse, incluso, para mayor absurdo, en Estados Unidos, que es fácil olvidar lo atípica e irrepetible que fue la experiencia venezolana. Desde el año 2000 innumerables comentaristas se han empeñado en buscar al «nuevo Chávez» en distintos países olvidando que el Chávez original tampoco se parecía mucho a sí mismo. Chávez fue evolucionando durante los años como tenía que ser si quería navegar las procelosas aguas de la política venezolana de ese momento.

El chavismo como lo hemos venido a conocer ahora, es decir, como un movimiento declaradamente socialista, solo vino a surgir después del intento de golpe del 2002 y la huelga petrolera, dos eventos que radicalizaron lo que hasta ese momento era un gobierno más bien carente de orientación ideológica clara. Es decir, cuando hablamos del experimento socialista en Venezuela, estamos hablando de un proceso de poco más de una década que comenzó en medio de enormes fracturas sociales y políticas.

En América Latina ha habido muy pocos intentos de instaurar un sistema socialista (defínase éste como se defina). Exceptuando el caso de Cuba, todos han sido efímeros. (Escribo esta frase como si el intento de Venezuela hubiera ya terminado. Puede que los hechos posteriores me desmientan, pero lo dudo. Es más creo que hace ya algunos años ese intento terminó solo que el gobierno de Maduro aún no lo reconoce). Evo Morales, quien lidera el gobierno más duradero y estable de la historia de Bolivia (y uno de los más exitosos), lo ha hecho a nombre del Movimiento al Socialismo pero, sin negar su inclinación ideológica de izquierda, mal podría decirse que ha lanzado un esfuerzo deliberado de transición al socialismo. No lo digo como crítica.

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Toma de posesión de Evo Morales (foto: Cubadebate)

 

Dejando el caso de Evo Morales por fuera, la lista se reduce o bien a episodios más bien anecdóticos, como la República Socialista Chilena que duró diez días en 1931, o el gobierno de pocos meses de Juan José Torres en Bolivia en 1970, o bien a cuatro casos: la Revolución Cubana, la Revolución Sandinista, el gobierno de Salvador Allende en Chile y el de Hugo Chávez – Nicolás Maduro en Venezuela.

Aún dentro de ese pequeño grupo, el proceso venezolano tiene varios rasgos excepcionales. Algunos de ellos están resumidos en el nombre que sus líderes adoptaron: la revolución bolivariana. Es decir, era un proceso pensado como una revolución validada electoralmente de manera repetida. No solo el chavismo se comprometió desde un principio con utilizar los canales electorales sino que además, en una decisión que a la postre se volvió un quebradero de cabeza para el propio gobierno, creó una atmósfera de campaña electoral permanente a través de la figura del referendo revocatorio a los tres años.

No es fácil definir qué es una revolución. Algunas ocurren comprimidas en el tiempo, logran rápidamente una transformación del orden político existente para dar así comienzo a una nueva etapa. En el caso de la Revolución Americana, por ejemplo, sus principales figuras estaban de acuerdo con que la Constitución de Filadelfia era un punto de llegada aceptable. Quedaban muchos conflictos por resolver, pero todos ellos se podían gestionar sobre la base de dicho documento. Otro tanto puede decirse de las revoluciones de Europa Oriental de 1989. Pero hay otros casos en los que, para el liderazgo de la revolución y sus bases de apoyo, el acto fundacional de un nuevo orden político es apenas el comienzo de un proceso de cambio social mucho más ambicioso. En el siglo XX las revoluciones socialistas fueron el caso paradigmático, mas no el único (algo similar se puede decir, por ejemplo, de la Revolución Iraní).

El chavismo tenía aspiraciones similares, es decir, usar la llegada al poder y la Constitución de 1999 como el punto de partida para la transformación de Venezuela en una sociedad socialista. Esto colocaba al chavismo ante un dilema. Por una parte, para legitimarse ante sus apoyos más firmes tenía que mostrar que estaba de verdad trabajando por la construcción del socialismo. Pero al mismo tiempo, el electorado lo estaba evaluando con base en criterios más mundanos y tradicionales, es decir, en función de si era capaz o no de resolver los problemas de la vida cotidiana de los ciudadanos, como ocurre con cualquier gobierno normal en una democracia representativa.

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Hugo Chávez con la Constitución de 1999

 

Si todo el electorado estuviera constituido por militantes socialistas radicales, no habría contradicción entre ambos imperativos. Pero no era así. De entrada, había una oposición abiertamente hostil al socialismo. Puede que se la pudiera neutralizar por un tiempo y, de hecho, Chávez lo logró generando apoyos ampliamente mayoritarios para su proyecto durante los buenos años. Pero aún dentro del chavismo había sectores cuyo apoyo al socialismo era más bien contingente. Estaban dispuestos a darle una oportunidad siempre y cuando vieran resultados tangibles a corto plazo.

No viene al caso especular sobre los pensamientos más recónditos de Chávez sobre la democracia. En su trayectoria pública a veces podía parecer un líder autoritario, otras un demócrata convencido, o por lo menos alguien comprometido con la participación y la expresión ciudadanas, así no fuera siempre a través de los canales convencionales de la democracia representativa. Lo que importa ahora es que, por las razones que fueran, el chavismo se autoimpuso en la Constitución de 1999 el deber de refrendarse periódicamente mediante elecciones. Muy seguramente otra opción hubiera llevado en forma más rápida y traumática al desastre. Una ruta declaradamente dictatorial le habría privado del apoyo de sectores medios, con muchas opciones de salida y acceso a medios de presión mediática y política que habrían colocado al gobierno en una situación insostenible. Como ahora lo está viendo Maduro, tras la cerrazón política de su gobierno, es imposible transformar constructivamente una sociedad moderna sin respetar las libertades individuales y políticas.

En un contexto de elecciones prácticamente todos los años, ante la andanada de una oposición implacable, apoyada por el gran capital y (asunto de no poca monta) los Estados Unidos, era de esperarse que esos apoyos contingentes se convirtieran en un problema exasperante para los sectores radicales. Cualquier derrota electoral podía ser la última, cualquier revés podía dar al traste con todo el proyecto. Independientemente de sus gustos, el chavismo tuvo que jugar siempre el juego electoral lo que le dejaba un margen de error muy reducido.

Pero por la naturaleza misma del proyecto, los errores estaban prácticamente garantizados. Como mínimo, con objetivos que entraban en conflicto, era inevitable que por lo menos se fallara en alguno. Para apreciar las dificultades, volvamos a la lista inicial de cuatro objetivos.

El punto a. podía atenderse con voluntad política, especialmente si los precios del petróleo ayudaban. Buena parte de las iniciativas más visibles y más exitosas del chavismo entraban en esta categoría. Aún hoy las Misiones que llevaron atención médica primaria a barrios marginales reciben el reconocimiento y la gratitud de sus beneficiarios. Ahora bien, en política pública siempre hay dilemas y un crítico razonable podrá encontrar mucho qué objetar a la forma en que el gobierno de Chávez los encaró. Por ejemplo, en materia de educación es difícil aumentar la cobertura y simultáneamente mejorar la calidad. En Venezuela creció muchísimo la matrícula universitaria pero hay dudas sobre sus niveles de excelencia.

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Emblemas de Misiones Sociales (imagen: www.misionesvenezuela.com)

 

Había muchas formas de mejorar los niveles de salud, educación y nutrición de la sociedad. Fuera cual fuera el método, todos ellos requerían que el Estado tuviera acceso a la mayor cantidad de recursos provenientes de su exportación estrella: el petróleo. Pero al mismo tiempo, el chavismo, retomando una vieja preocupación de muchos sectores en Venezuela, quería diversificar la economía. «Sembrar el petróleo» es una aspiración de más de medio siglo en Venezuela.

¿En qué sembrarlo? En los años 70, especialmente durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, la apuesta fue por el desarrollo de sectores de industria pesada, intensivos en capital y tecnología. Ante los resultados decepcionantes de aquella experiencia, el chavismo optó por otra vía: invertir en capital humano y en el desarrollo de empresas pequeñas y medianas, con un alto componente cooperativo.

No necesariamente era una mala estrategia. Buena parte del despegue económico de algunos «tigres asiáticos» (como Corea del Sur) fue posible gracias a un salto en la inversión en educación. Pero en esos casos, los avances en educación estaban claramente articulados a la transferencia de tecnología para generar nuevas exportaciones. Varios sectores del chavismo defendían un proyecto similar. Ahora bien, por supuesto, para crear empresas de alta tecnología, suficientemente competitivas en los mercados internacionales como para generar la tan ansiada diversificación, se necesita inversión en capital, casi con seguridad de origen extranjero.

Esas empresas son, casi por definición, terreno hostil para experimentos cooperativos y de gestión comunitaria. Hay muchas razones para defender y promover experiencias de producción autogestionada, cooperativa y democrática. Pero hay que reconocer que para que esas experiencias alcancen los niveles de productividad necesarios para sobrevivir en el mercado mundial se necesitan condiciones muy propicias que muy pocas empresas logran. No es sorpresa, por tanto, que este tipo de modelos alternativos de producción estén concentrados casi siempre en el sector no transable.

Así pues, había una tensión muy marcada entre el punto b. y el punto d. del programa chavista. De entrada, ambas metas requerían destinar recursos de la renta petrolera a invertir en otros sectores, con el consiguiente riesgo de desatender el crecimiento de la producción petrolífera. Pero además, mientras más recursos se destinaran a la ampliación de la base exportable, menos recursos se podrían dedicar a apoyar la generación de un tejido productivo comunitario y cooperativo.

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Instalaciones de Petróleos de Venezuela (foto: El Economista)

Esos dilemas no tienen por qué ser mortales, mucho menos con los precios estratosféricos del petróleo en los años de bonanza chavista. Bien hubieran podido atenderse ambos frentes, así tocara dejar descontentos a los partidarios de cada uno. Nada en la descripción que he hecho hasta ahora del proyecto hacía inevitable este fracaso. No es difícil imaginarse una trayectoria en la que el chavismo hubiera ido haciendo tímidas inversiones tanto en diversificación económica como en construcción y consolidación de cooperativas, sin llegar a tener logros espectaculares pero manteniendo la capacidad productiva de la economía en niveles razonables y sin generar una hiperinflación. Posiblemente el chavismo hubiera sido derrotado electoralmente en algún momento, pero dejando tras de si algunos legados que podría retomar tras un regreso al poder en una futura victoria electoral. Si aún hoy, a pesar de todos los desastres, el chavismo sigue siendo una fuerza política importante en Venezuela, con una gestión más exitosa era de esperarse que gobernaría con cierta periodicidad.

Muy a mi pesar, aventuraré la hipótesis de que buena parte del problema tuvo que ver con el punto c. de la agenda. La participación comunitaria en sí misma no es mala. Una agenda genuinamente socialista tiene que incluirla entre sus objetivos ya que, precisamente, si de lo que se trata es de construir una sociedad en la que los ciudadanos se sientan dueños de su propio destino, es vital la generación de mecanismos de participación colectiva más allá de unas periódicas jornadas electorales. Es más, varios movimientos sociales afines al chavismo han logrado construir organizaciones comunitarias exitosas.

El problema es que en esta transición entre dos modelos había el riesgo, típico de toda transición, de que los mecanismos viejos se destruyeran antes de que ya estuvieran funcionando los nuevos. Para mantener en relativo equilibrio los otros aspectos de la agenda socialista eran necesarios sistemas de gobernanza y gestión impecables. Al fin y al cabo, todos ellos requerían inversión pública en sectores en los que había poca experiencia y que, por definición, no estarían sometidos a la disciplina del mercado. Si no se creaban sistemas de control, de rendición de cuentas, de terminación de experiencias fallidas, se podía producir una auténtica hemorragia de recursos, como en efecto ocurrió.

Aún en condiciones favorables, es difícil crear tales sistemas. Si hay algo exasperante en la historia de la gestión pública es ver que, en general, su calidad solo mejora muy lentamente, cuando mejora. Los países con mejores indicadores de calidad de gestión pública hoy en día son más o menos los mismos que estaban a la cabeza hace ya un siglo.

Es comprensible. A ningún gobierno le gusta someterse a una fiscalización más implacable que la de su predecesor. Por eso, siempre hay incentivos para posponer cualquier mejora en este sentido. Curiosamente el chavismo llegó al poder en un momento propicio para esto dado que la Cuarta República había naufragado en su propia corrupción y había un gran mandato ciudadano para hacer algo al respecto.

Pero esa coyuntura favorable se esfumó rápidamente por el mismo clima de confrontación política. El chavismo se enfrentó a un dilema que ya había aquejado a otras grandes revoluciones. En su momento Mao Tse-Tung expresó su angustia ante la falta de «expertos rojos», personal técnico que combinara conocimiento de las mejores prácticas y convicciones revolucionarias. Como la supervivencia de una revolución requiere cerrar filas y no dejar fisuras, se termina por valorar la lealtad por encima de la idoneidad. En el caso de Venezuela, especialmente tras la huelga petrolera, el gobierno de Chávez se vio privado de la experiencia del personal calificado de PDVSA. Los cuadros de más alta formación en el mundo de las finanzas y de la gestión de alta tecnología rompieron con el gobierno.

En esa medida, era de esperarse que la calidad de las decisiones sufriera un deterioro temporal. Lo que resulta más inexplicable es que hoy, a veinte años de la llegada del chavismo al gobierno, aún no haya sido capaz de recuperarse del golpe inicial. De hecho, en este momento el problema más grave no es la baja calidad de la gestión técnica (que también) sino los niveles alarmantes de corrupción que se han enseñoreado en las áreas más cruciales del gobierno. El gobierno venezolano, sometido a constante asedio político, jugándose la vida en elecciones permanentes, habiendo perdido desde temprano el apoyo del personal más calificado del antiguo régimen, entró en una espiral de amiguismo en la burocracia y clientelismo en la gestión política que terminó por distorsionar su propósito de generar nuevos mecanismos de participación ciudadana que mejoraran la democracia representativa.

3.

Lo que hace particularmente trágico el fracaso del experimento socialista en Venezuela es que su programa inicial era bastante encomiable. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿albergaba ya este programa las semillas de su propio desastre? Quienes simpatizamos con esa agenda socialista debemos ser capaces de ofrecer una respuesta negativa a esta pregunta. Pero dicha respuesta no puede darse a costa de pensar con el deseo.

Muchos factores de este fracaso son propios del contexto venezolano y no necesariamente se repetirían en otras latitudes. Por ejemplo, la decrepitud de la economía y las instituciones políticas de la Cuarta República hizo que el chavismo llegara al poder en medio, sí, de mucho entusiasmo y optimismo, pero también con enormes retos por delante. El colapso de los partidos tradicionales dejó al país sin mecanismos de interlocución que generaran cierta estabilidad política.

Pero hay otros factores que también se dan en otros países de América Latina. Si algo ha caracterizado la historia política de la región es la dificultad de generar consensos entre clases similares a los que hicieron posible la socialdemocracia europea. Medidas económicas redistributivas que en Europa son moneda corriente entre cualquier partido, en América Latina se encuentran con la oposición visceral y recalcitrante de los sectores conservadores. Durante todo este tiempo, muchos sectores de la oposición venezolana fueron fieles a esa tradición y se negaron rotundamente a siquiera aceptar como legítimo al gobierno de Chávez aún en los momentos en que éste tenía innegables mayorías refrendadas en elecciones libres y limpias (cosa que no se puede decir de los últimos años). Un posible gobierno socialista en cualquier otro país de América Latina muy seguramente se va a encontrar con lo mismo.

Pero en política no se puede estar siempre echándole la culpa al rival. Si la izquierda latinoamericana quiere recuperarse del golpe que sin duda ha representado lo ocurrido en Venezuela, tiene que prepararse para enfrentarse a una reacción que ya ha dejado muy claro que no va a dar cuartel.

A manera de conjetura, sugiero algunos pasos que la izquierda latinoamericana podría dar a la luz de lo ocurrido. Primero, hay que aceptar que América Latina no se puede gobernar solamente desde una base política de militantes socialistas comprometidos. Se trata de sociedades muy diversas, con clases medias dinámicas que, si se lo proponen, pueden volver inviable cualquier gobierno. Entonces, la agenda socialista no puede descuidar a aquel electorado contingente que simplemente apoya a la izquierda en la medida en que solucione sus problemas cotidianos.

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Chávez, Morales, Lula y Correa

No se puede permitir que la defensa de la unidad del bloque de gobierno se dé a expensas de la competencia y probidad en la gestión. Hay muchas cosas problemáticas con la manera como se ha utilizado en años recientes el discurso político anti-corrupción en el continente. Pero la manera de contrarrestar este fenómeno no es con otro discurso sino combatiendo la corrupción en las propias filas. A pesar de las innegables limitaciones de los mecanismos representativos, especialmente en América Latina, el socialismo en nuestro tiempo solo es viable usando esos mismos mecanismos. Un gobierno socialista tiene que ser capaz de ganar elecciones y para eso tiene que cumplir con los mismos criterios que los ciudadanos relativamente apolíticos le piden a cualquier gobierno, socialista o no.

Algunas experiencias socialdemócratas europeas optaron exitosamente por lo que se denominó con algo de humor «socialismo en una sola clase.» Es decir, el principal canal redistributivo era el de las negociaciones obrero-patronales que hacía posible la creación de sistemas de ayuda mutua entre trabajadores. En el mundo moderno esa estrategia es cada vez más difícil y sus beneficios políticos son cada vez menores. Para que el socialismo obtenga legitimidad tiene que ser capaz de atraer a sectores medios de la sociedad.

Esto implica que la agenda socialista debe darle mucha importancia a los gobiernos locales. Puede parecer extraño, pero hay una buena razón para esto: el desarrollo de cooperativas y otras formas alternativas de producción es algo que requiere aprendizajes. La producción de bienes públicos locales es un buen escenario para dichos aprendizajes ya que, aparte de su escala limitada, también son bienes no transables que, por lo mismo, no están sometidos a la competencia internacional; ofrecen un margen de error más amplio y un ambiente más amigable para generar conocimiento y experiencia. En ese entorno favorable es más fácil crear redes productivas que articulen a cooperativas con empresas públicas y privadas, vinculando así al proyecto no solo a sectores populares sino también a empresarios y empleados de clase media.

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Movilización de comunas bolivarianas (foto: Sinpermiso)

Dicho enfoque tiene una ventaja adicional. En casi toda América Latina la izquierda carece de experiencia de gobierno. En el caso venezolano, el chavismo irrumpió en la escena sin haber gestionado un gobierno local o regional, teniendo así que aprender sobre la marcha. Un beneficio adicional es que así se reduce también el personalismo que, visto en retrospectiva, le hizo mucho daño al proyecto venezolano. Chávez podía actuar como factor aglutinante gracias a su carisma y su innata habilidad para conectar con el pueblo. Pero un proyecto político no puede estar sometido a los dictados de los carcinomas de un solo hombre.

En general, es muy loable la meta de crear espacios sociales en los que los ciudadanos, de manera individual y colectiva, puedan desenvolverse sin estar sometidos a los dictados del mercado y el Estado. Pero esos dictados no pueden desaparecer del todo. Todos necesitamos algo de disciplina externa y dentro de ciertos límites, la disciplina de los mercados y los Estados puede tener efectos saludables sin atropellar la dignidad humana. Por tanto, un proyecto socialista tiene que cuidar muy bien los mecanismos de gobernanza. Los mercados deben ser regulados y vigilados, por supuesto. Pero también lo deben ser las iniciativas comunitarias y los aparatos estatales.

Todo esto es más fácil si no existe, como existió en Venezuela durante todo el tiempo, un clima de plaza sitiada que impide tomar decisiones necesarias. Buena parte de dicho clima fue producto de la oposición. Pero el gobierno también contribuyó. Por ejemplo, la reforma constitucional que permitió la reelección indefinida puede haberle dado un respiro político al chavismo a corto plazo. Sin embargo, el costo fue muy elevado en tanto que envió el mensaje de que las reglas del juego eran maleables. Además, no resolvió el problema de fondo: la falta de institucionalización del chavismo que carecía de la capacidad de generar nuevos cuadros y tener rotación en la cúspide. (Es embarazoso ver la rotación de ministros durante el chavismo con los mismos funcionarios ejerciendo las más variadas funciones, mostrando que a pesar del tiempo transcurrido, no hay una base suficientemente grande de cuadros técnicos y políticos.)

América Latina es tierra inhóspita para el socialismo. Es una región en la que aún no se han cumplido las tareas básicas que el capitalismo cumplió en el norte desarrollado de manera que cualquier proyecto socialista tiene que hacer doble labor: completar la modernización capitalista mientras simultáneamente la supera. Además, tal vez porque sus sociedades no pasaron por el cataclismo de la Segunda Guerra Mundial, las élites políticas nunca han aceptado el diálogo, el consenso y los pactos sociales que hoy en día son normales en Europa y que son la base de cualquier proyecto socialista.

Venezuela es la muestra más palmaria de las dificultades que todo esto entraña. Nunca antes en la historia del continente un gobierno declaradamente socialista había estado en el poder por tanto tiempo en condiciones competitivas. Por tanto, su fracaso pone en evidencia dificultades que antes no se podían apreciar de manera tan nítida.

Pero en política uno no escoge la sociedad en la que va a gobernar. Si la izquierda socialista en América Latina quiere seguir avanzando, no debe quedarse en las lamentaciones de rigor sobre el papel de las élites, o de Estados Unidos, o ambos. Debe reflexionar sobre cómo adaptar su agenda a las realidades del continente que, para bien y para mal, es su escenario de acción.

 
 
 

1 Comentario

  1. Coincido contigo, Luis Fernando. Yo añadiría que el vector electoralista de la gran mayoría de la izquierda emergente que nace con vocación de gobierno (véase el caso chileno del Frente Amplio o la irrupción al centro de Errejón o de Garzón y Llamazares) ha renegado de las dificultades de construir una agenda socialista que salvaguarde las libertades civiles. Y por otro lado, está la izquierda que por disciplina castrense no transan en reflexiones sobre la experiencia venezolana, reduciendo el margen de análisis a EEUU y las élites económicas- que juegan un papel no menor en la configuración geopolìtica del frente socialista en un mundo capitalista.
    Tal vez la llamada a la acción del movimiento socialista es a pensar, y al largo plazo.

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