Roberto Pradas Sánchez-Arévalo

Autor de «Dónde vienen los bárbaros» (2020)

 

En este libro, el filósofo Costa Despiniadis confronta a los autores clásicos de la teoría del Estado con sus críticos, algo que no suele ocurrir en las obras de divulgación o de síntesis por lo que la relación, a modo de diálogo, que existe entre sus obras queda recluida en los ensayos especializados. Estos autores, y sus teorías, se nos suelen presentar aislados, omitiendo frecuentemente la importancia del contexto histórico a la hora de formular las ideas sobre el Estado. Una de estas ideas, habitualmente ausente en los libros de texto – principal medio por el que las teorías del Estado llegan a la población- es el fundamento de las teorías del contrato social en la protección de la propiedad privada y, en consecuencia, en la noción de ciudadano como propietario, lo que aclararía a nuestros alumnos con mayor eficacia la diferencia entre liberalismo y democracia liberal, la justificación del sufragio censitario, la prohibición de la huelga y el derecho de asociación y las restricciones a la libertad de expresión en un Estado liberal que solo se democratizó en respuesta a las luchas sociales.

Despiniadis, parte de un Hobbes que describe […] una época en que […] ‘los seres humanos viven sin otra seguridad que la que les suministra su propia fuerza y su propia inventiva. En tal condición no hay lugar para la industria, porque el fruto de la misma es inseguro. Y, por consiguiente, tampoco cultivo de la tierra; ni navegación’.

Para Locke, los frutos que la tierra produce naturalmente […] pertenecen a la humanidad comunitariamente, al ser productos espontáneos de la naturaleza. Pero, todo lo creado por el trabajo humano […] se convierte en propiedad privada, ya que su trabajo personal -ya propietario- ha añadido un valor que antes no existía [pág. 60]. Y Locke, habla del “poder político” como del derecho de dictar leyes bajo pena […] a fin de regular y preservar la propiedad [pág. 58]. En este sentido, Despiniadis señala que algunos de sus críticos apuntan que su idea del Estado no es más que la estructura de las sociedades anónimas [pág. 59]. Para Locke, desde el momento en que surge esta propiedad individual, el alejamiento del ‘estado natural’ […], los seres humanos ya tienen necesidad de ‘leyes positivas’ que delimiten y protejan esta propiedad y por lo tanto ingresen a la sociedad civil ‘voluntariamente’ en términos de contrato social [pág. 63]. Despiniadis opina que, para Locke, como ‘el fin principal de los hombres al entrar en sociedad es disfrutar de sus propiedades’, quienes no dispongan de propiedad […] ‘no pueden ser considerados como parte de la sociedad civil del país, cuyo fin principal es la preservación de la propiedad’ [pág. 65]. A quien no le guste el Estado, afirma Locke, y su vida dentro de él como súbdito, ¡puede abandonar sus bienes e irse a vivir a otra parte! [pág. 70]. Llegados a este punto, Despiniadis se pregunta si el predominio total del capitalismo en el mundo tiene relación con el renovado interés en últimas décadas en la obra de Locke, que durante algunos años parecía tal vez olvidada [pág. 71].

Hobbes, Locke y Rousseau (Wikimedia Commons)

Despiniadis, revelándonos que la crítica a la privatización de la tierra surge de autores liberales, cita a Rousseau quien afirmó que el primer hombre a quien, cercando un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y halló gentes lo bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: ¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie! [págs. 41-42]. Sin embargo, en Rousseau esta idea, más que para afianzar la igualdad como condición para la democracia, le servirá para subrayar el sometimiento del individuo a la comunidad política.

Por otra parte, Despiniadis hace una selección de autores que, estableciendo un diálogo con las obras teóricas del liberalismo, critican las premisas en las que se fundan las teorías en defensa del Estado. Proudhon, en esta línea, se pregunta ¿Qué es la propiedad? Para Despiniadis, Proudhon pretende desbaratar la afirmación generalizada (que también […] Locke [mantiene]) de que la gran propiedad surge simplemente del trabajo del propietario […]. Por el contrario, Proudhon sostiene que la propiedad es resultado de la ocupación primitiva […]. Antes de su trabajo, ocupó los ejidos, los cercó, puso a trabajar a otros para él, los explotó y, por lo tanto, en esas condiciones, su propiedad es producto de un robo. […] El esfuerzo de mil hombres actuando durante veinte días se ha pagado igual que el de uno solo durante cincuenta y cinco años; pero este esfuerzo de mil ha hecho en veinte días lo que el esfuerzo de uno solo, durante un millón de siglos, no lograría hacer. […] Cuando habéis pagado todas las fuerzas individuales, dejáis de pagar la fuerza colectiva; por consiguiente, siempre existe un derecho de propiedad colectiva que no habéis adquirido y que disfrutáis injustamente’ [págs. 106-107] Sin embargo, en su libro, también recoge las teorías críticas con las anteriores. Proudhon, dice Despiniadis, cree que el contrato social es el pacto que hace el hombre con el hombre y del que ha de resultar lo que se llama sociedad. […] La idea de contrato excluye la de Gobierno [págs. 107-108]. Los Estados, dice Proudhon, han sido solamente estadios históricos necesarios para que la sociedad alcanzara un nivel de autoconciencia y pudiese gobernarse a sí misma. Y, en lo que parece una réplica a Hobbes, afirmó que el Estado presuponía una rivalidad realizada dentro de la sociedad […]. En cuanto esa rivalidad haya desaparecido a través de la revolución económica, también tiene que desaparecer el Estado [pág. 114].

Proudhon y Marx

Marx intentó un acercamiento a Proudhon que él mismo abortó ante la postura contestataria que prometía la respuesta de Proudhon. Sin entrar en las muchas diferencias, y también semejanzas, que encontramos entre ellos, quizá la descripción del Estado burgués decimonónico sea lo que más les acerque. Marx, sostuvo que los distintos tipos de propietarios, con intereses no siempre compatibles, tuvieron la necesidad de un Estado y de un Parlamento para asumir funciones que antes ejercía colectivamente […] la comunidad (como, por ejemplo, la defensa armada frente a eventuales peligros exteriores o la administración de la justicia) […] asignadas a cuerpos […] separados de la sociedad [pág. 96]. Para Marx, la república parlamentaria era algo más que el terreno neutral en el que podían convivir con derechos iguales las dos facciones de la burguesía francesa […], la gran propiedad territorial y la industria. Era la condición inevitable para su dominación en común, la única forma de Gobierno en que su interés general de clase podía someter a la par las pretensiones de sus distintas facciones y las de las otras clases de la sociedad. Por eso, además, el mecanismo real y estable del Estado es independiente del Gobierno y permanece inalterable ante los eventuales cambios parlamentarios [pág. 98].

Así, y aunque Nietzsche no se refiriera al Estado de los propietarios, es pertinente su afirmación de que al Estado no le interesa la verdad, sino solamente lo que le es útil [pág. 197]. Bakunin, del que se ha especulado mucho sobre sus influencias nietzscheanas, cuestiona enérgicamente la opinión que quiere al Estado como ‘encarnación del interés general’. […] Una trampa: ‘La producción capitalista moderna y la especulación bancaria exigen para su pleno desarrollo un gran aparato estatal centralizado, pues solo él es capaz de someter a su explotación a los millones de asalariados’ [pág. 124]. De este modo rechazó la teoría del contrato social: ‘[…] ¿qué vemos a lo largo de la historia? El Estado ha sido siempre el patrimonio de una clase privilegiada: la clase sacerdotal, la nobleza, la burguesía; y, al final, cuando todas las demás clases se han agotado, entra en escena la clase burocrática y entonces el Estado cae […] al estatuto de una máquina. Pero para la salvación del Estado es absolutamente necesario que exista alguna clase privilegiada interesada en mantener su existencia’. [págs. 124-125]. Para Bakunin todo Estado […] es esencialmente una máquina para gobernar a las masas desde arriba, a través de una minoría inteligente y por tanto privilegiada que supuestamente conoce los verdaderos intereses del pueblo mejor que el propio pueblo [pág. 127].

Bakunin y Kropotkin

No es posible citar a todos los autores y obras que Despiniadis maneja, pero quizá se pueda finalizar subrayando que la percepción de que los autores liberales hicieron pasar intereses particulares o de clase como conceptos universales existe, al menos, desde Rousseau, quien escribe: ‘el error de Hobbes y de los demás filósofos es que confunden al hombre natural con las personas que ven a su alrededor y transfieren a un sistema un ser que no puede existir a no ser en otro sistema” […] “hablando sin cesar de necesidad, de codicia, de opresión, de deseo y de orgullo, han transferido al estado de naturaleza ideas tomadas de la sociedad: hablaban del hombre salvaje, y describen al hombre civil’. Rousseau también rechaza el argumento hobbesiano básico de que las personas, al delegar el poder del soberano, aseguran la paz y la tranquilidad y la protección que éste les proporciona. Las guerras entre los Estados […] son muchas más y más intensas [págs. 42-43]. 

Sin embargo, para Despiniadis Kropotkin sostuvo que ni Hobbes ni Rousseau disponían de […] conocimientos paleoantropológicos y que se guiaban por ‘una visión pesimista de la humanidad’, se basaban en lo que conocían a través de historiadores, ‘siempre pendientes de las guerras, la crueldad y la opresión, y muy poco aparte de ello’, y sacaban la conclusión errónea de que los seres humanos en la prehistoria eran seres ‘siempre dispuestos a pelearse unos con otros, solo impedidos de hacerlo por la intervención de alguna autoridad’ [pág. 145]. Aunque Kropotkin parece coincidir con Rousseau cuando afirma que, en esencia, […] Hobbes no hizo más que presentar como una supuesta necesidad histórica y base del Estado aspiraciones políticas […] de la facción a la que pertenecía [pág. 145]. Para Despiniadis, también Locke, habría situado retrospectivamente ‘en la naturaleza del hombre y de la sociedad ciertas ideas preconcebidas acerca de la naturaleza del hombre y de la sociedad del siglo XVII, que generalizó muy ahistóricamente’ [pág. 59].

Reseña de: Prometeo contra Leviatán. Teorías sobre el Estado. Del liberalismo al anarquismo, de Costas Despiniadis. Cuadernos de Contrahistoria, Fundación Anselmo Lorenzo (Delegación de Aranjuez), Aranjuez, 2021.

Costas Despinadis es filósofo, traductor, responsable desde hace veinte años de la editorial Panóptico y de la revista homónima, y autor de varios ensayos, entre ellos Prometeo contra Leviatán y Franz Kafka. El anatomista del poder ( edición española  en proceso).

Portada: El mito de Prometeo, por Piero di Cosimo (1515)(Alte Pinakothek, Munich/Wikimedia Commons)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

Artículos relacionados

«La autoridad, no la verdad, hace la ley». Hobbes y la soberanía moderna del Estado.

Fragmentos de antropología anarquista

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here