El mundo del trabajo vive una época de precariedad asfixiante, las tasas de afiliación sindical son muy bajas y la “lucha de clases” solo parece tener presencia en movimientos ecologistas, en la lucha por el derecho a la vivienda, o en el movimiento feminista, sin embargo, no fue siempre así. Venimos de un pasado con una tradición de lucha obrera muy importante que no conviene olvidar. El protagonismo que tuvo el republicanismo federal, como aglutinante de las tradiciones políticas de las clases subalternas en nuestro país, y, concretamente, la intensa conexión que consiguió establecer el blasquismo entre la tradición republicana y la cultura popular en Valencia, merecen ser revisitados. “El pasado y las tradiciones políticas no solo tienen interés en sí mismos, sino que a veces pueden actuar como un excedente utópico que guía nuestro presente”, nos dicen los autores de este artículo. Hoy en día el blasquismo no parece tener una continuidad, pero su legado continúa estando vivo en la medida que fue de los pocos movimientos que entendió a qué pueblo le hablaba.

Conversación sobre la historia


 

 

Y ahora ¿Quién se pone al frente? pregunta uno de los cantonales valencianos.
Tú, tú mismo, 
le contestaron cien voces, tú mismo nos bastas y nos sobras.

Constantí Llombart

 

Xavier Calafat *

Xavier Granell *

 

Un año más nos hemos encontrado ante la convocatoria del Primero de Mayo, el Día Internacional de los Trabajadores y Trabajadoras, reconocido así por el congreso fundacional de la II Internacional celebrado a París en 1889. Ante la precariedad actual, la falta de horizontes de la juventud o el grave contexto social que nos ha dejado la crisis del Covid-19, cuál ha sido nuestro pasado y cuál puede ser el presente y el futuro del movimiento obrero

Decía J. W. Goethe que quien no sabe llevar su contabilidad por espacio de 3.000 años se queda como un ignorante en la oscuridad y solo vive al día. Pues bien, para no vivir al día, para proponer nuevas rutas de cambio social que nos ayuden a salir de un régimen de miseria que, hoy como ayer, se fundamenta en la explotación de aquellos que viven por sus manos, y, también, para ofrecer un futuro de dignidad, creemos necesario hacer este ejercicio de memoria: reconectar con aquellas tradiciones políticas que dieron forma e hicieron posible la emergencia del movimiento obrero valenciano. El pasado y las tradiciones políticas no solo tienen interés en sí mismos, sino que a veces pueden actuar como un excedente utópico que guía nuestro presente.

Huelga general de 1914 en Valencia, calle de las Barcas

Tal vez quien lo viera de forma más clarividente fuera el profesor Joan Romero, que, mediante el magnífico Enzo Traverso, decía:

la «cesura histórica» de finales de los ochenta significó el final de las utopías del siglo XX. Los nuevos movimientos que se inician a partir de ese final anticipado del siglo XX ya no son una continuidad de los movimientos anteriores. El siglo XXI ha surgido sin utopías, sin «horizonte de espera». Los marcos de transición de la memoria, los vínculos con el pasado, se rompieron y la política del siglo XX, con sus partidos y sindicatos de masas, ya es historia. Esta cesura histórica explica por qué las nuevas revueltas sociales no se remiten a antiguos relatos ni utopías. Carecen de árbol genealógico, y esa puede ser su fuerza, pero en el momento presente es su debilidad. Tienen una gran fuerza creadora, pero al no inscribirse en una tradición histórica tienen un carácter efímero. Estaríamos así ante un «mundo comprimido en el presente» marcado por una aceleración permanente del tiempo sin estructura prognóstica[1].

El neoliberalismo ha generado desde finales de los 80’ la idea según la cual todo está empezando ahora, que el pasado no cuenta, y nosotros precisamente hemos aceptado demasiado rápido que el pasado había muerto y no tenía nada a decirnos. Pero como diría el poeta, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana -ni el ayer- escrito. Así que nuevas formas de entender el pasado nos pueden ofrecer nuevas formas de cambiar el presente.

 

Asociacionismo y republicanismo

Atender, pues, a nuestras tradiciones políticas implica hablar, para empezar, del movimiento obrero de la ciudad de València. Y en el caso valenciano, como en el caso español (y podríamos extender esta afirmación a otras partes del mundo) el movimiento obrero está vinculado, al menos hasta muy entrado el siglo XX, con varios republicanismos.

El movimiento obrero en España surge en un siglo XIX marcado por el Estado-nación, el liberalismo, el proceso de industrialización y, también, por un federalismo republicano que sería el fantasma de aquel centralismo monárquico. El movimiento obrero emergente ante la incipiente hegemonía del capitalismo absorbió las luchas, los lenguajes y las experiencias de la sociedad del Antiguo Régimen, articulándose y confundiéndose muchas veces con el radicalismo político. Las primeras respuestas de los sectores populares las encontramos en el Alcoy de 1821, cuando los trabajadores queman la nueva maquinaria de hilar que limitaba puestos de trabajo; o en la Barcelona de 1835, cuando, en plenas bullangas, incendiaron la fábrica “El Vapor” (de hecho, serán estas bullangas lo que desencadenará el proceso de destrucción del Antiguo Régimen, solo que el cierre final del proceso desplazará las alternativas igualitaristas y aceptará los cimientos liberales).

Incendio de una fábrica durante la huelga general de Alcoi en julio de 1873 (foto: laccent.cat)

Hasta el Sexenio Democrático (1868-1874) encontramos una primera unidad entre movimiento obrero y republicanismo, compartiendo la defensa del asociacionismo obrero, el mutualismo y el cooperativismo. El utopismo al que Marx y Engels se referían ciertamente de manera despectiva era la norma de este movimiento que aspiraba a dotar de dimensión material las proclamas de libertad, igualdad y propiedad del liberalismo, a ser tan ciudadanos en el puesto de trabajo como los capitalistas que trataban de oprimirlos.

La breve experiencia de la Primera República, a veces descrita como una disputa irresoluble entre grandes hombres que fracasó por su extremismo, supuso una revitalización y una fuerte agitación por parte de las organizaciones obreras y republicanas de base. El republicanismo popular no se fundamentaba en los debates sobre las implicaciones filosóficas del concepto de soberanía popular, sino que la ejercía con una irrupción brutal en la vida política, normalmente por fuera de los canales de representación institucionales (como la revolución del petróleo de Alcoy de 1873); el elemento relevante y plebeyo del federalismo no era tanto si este se basaba en un “pacto sinalagmático” o no, sino en el control sobre los gobernantes, en dividir y subdividir el poder y acercarlo a su único soberano, en confundir, en última instancia, Estado y sociedad.

El golpe de estado de Pavía en enero de 1874 supondría el retorno a la clandestinidad, el repliegue y cierre del sistema político, y una -primera- ruptura entre horizonte republicano y movimiento obrero. El anarquismo y el socialismo serían dos de las tendencias emergentes -juntamente con el catalanismo- después de este eclipse del federalismo, y tendrían una fuerte y desigual implantación: el anarquismo se implantaría principalmente en la geografía andaluza, valenciana y catalana, mientras que el socialismo lo haría en Madrid, País Vasco o Asturias.

Cantón valenciano de 1873: reunión frente a la Lonja (grabado del archivo de Rafael Solaz, blog Valencia a pedacitos)

Blasquismo, movimiento obrero y lucha de clases

Quien nos sigue habitualmente sabe que, en otro lugar, ya definimos el republicanismo federal como la gran familia de tradiciones políticas de las clases subalternas en nuestro país. En esta ocasión, para hablar del caso valenciano, nos tenemos que referir al blasquismo. El republicanismo blasquista fue una escisión localista -encabezada por Blasco Ibáñez- de las viejas estructuras del republicanismo federal, donde todavía se encontraban los republicanos históricos (incluido el propio Pi y Margall) después del desenlace de la Primera República República.

Blasco supo articular el valencianismo popular de los barrios de la ciudad, su lenguaje incorrecto y descarado, su tono vital, sus formas de sociabilidad calurosas, su afición al ruido y a deambular, y las incorporó a su estilo de hacer política. Desde su diario, El Pueblo, Blasco construyó un altavoz mediático con el cual apoyó las reivindicaciones de los obreros de la ciudad. El partido de Blasco Ibáñez representaba las aspiraciones mayoritarias de las clases populares valencianas y constituía la alternativa al sistema caciquil y turnista instaurado por el Régimen de la Restauración.

Esto era así, entre otros motivos, porque el blasquismo se constituyó desde el primer momento como el promotor y defensor del naciente movimiento obrero de la ciudad, que se estructuraba en torno a las conocidas como Sociedades Obreras, que eran los primeros sindicatos que habían abandonado la estructura gremial y planteaban abiertamente el conflicto de clases, aunque no tenían un marco ideológico definido. La València de Blasco estaba constituida por un tejido industrial consistente en pequeños talleres de serrería, ebanistería, trabajo del metal, azulejo y cuero (con algunos talleres de tamaño mediano en cada sector). Es en este medio económico donde el republicanismo radical de Blasco Ibáñez podía conectar con amplios suspiros de la población trabajadora. Cómo hizo notar Ramiro Reig, para los obreros de oficio la emancipación del trabajo significaba poder disponer libremente de su trabajo, y este horizonte se refleja en una serie de ideales sobre la propiedad y el trabajo compartidos por los blasquistas y el primer movimiento obrero de la ciudad[2].

Miembros de la redacción del diario El Pueblo

Normalmente, el blasquismo actuaba en consonancia con los reclamos de estas sociedades, promocionando sus huelgas y actuando como recaudador para las cajas de resistencia, utilizando los altavoces de El Pueblo. El blasquismo recogió así una firme base social obrera, fruto de las campañas en su diario y una política respecto a las Sociedades Obreras basada en el respecto a su autonomía y la protección mediante el presupuesto del Ayuntamiento de València. Hechos destacables de esta promoción fueron la Casa del Pueblo -batallada firmemente en el Ayuntamiento frente los grupos monárquicos y carlistas- o la Universidad Popular.

Esta Universidad Popular fue fundamental tanto en la extensión de los valores republicanos como en la politización de las mujeres. Cómo señalaba Llum Sanfeliu, el papel que fueron adquiriendo las mujeres fue posible gracias a los espacios de sociabilidad puestos en marcha por el blasquismo. Fue gracias a esta red de Casinos, Ateneos, Casas del Pueblo y escuelas laicas que a las mujeres se le abrieron nuevas posibilidades para equipararse -sobre todo en el ámbito cultural- a los hombres[3]. Por esta razón, cuando Blasco Ibáñez es escogido diputado nacional por la provincia de València, en 1899, un canónigo de la archidiócesis dijo que había recurrido a las mujeres para salir electo, enfatizando el laicismo ateo de éste y el crimen que suponía apoyarse en estas últimas. La Iglesia Católica era consciente de la pérdida de influencia que suponía una politización de las mujeres en el espacio político blasquista[4].

Por otro lado, una ambiciosa política urbanística de embellecimiento de la ciudad sirvió para afrontar las tasas de paro entre la población trabajadora. Además, se debe tener en cuenta la proximidad de sectores anarquistas que a menudo escribían en el diario blasquista, como por ejemplo Anselmo Lorenzo -el abuelo del anarquismo español- o Fermín Salvochea, dada la común enemistad en torno a los minoritarios grupos valencianos del PSOE de Pablo Iglesias que pretendían monopolizar estas Sociedades Obreras.

Proyecto de Casa del Pueblo de Valencia, elaborado por Javier Goerlich, cuyas obras se iniciaron en 1921 (el edificio, inacabado, fue demolido en 1973)(foto: Fundación Goerlich/Las Provincias)

La idea de pueblo ocupará la centralidad en el discurso blasquista en la hora de referirse al sujeto que representa. El pueblo, en este discurso, serán los ciudadanos buenos y honrados, es decir, todos a excepción del clero, el ejército y la oligarquía económica. Por lo tanto, a quien se referían era a los hijos del pueblo, que era la expresión con la cual se designaban los propios trabajadores (a principios del siglo XX, cuando alguien decía una mujer del pueblo, no había duda de que se estaba refiriendo a una tejedora o a una cigarrera)[5].

De esta forma, el movimiento encabezado por Vicent Blasco Ibáñez volvió a unir el horizonte republicano y el movimiento obrero, aunque en este caso era València el lugar de actuación. València como la Atenas del Mediterráneo, como espacio de libertad en medio del desierto restauracionista. Es en este contexto en que el blasquismo podría representar un proyecto socialmente progresista, recogiendo la tradición cultural republicana rica en valores éticos y cívicos, aspirando tanto al cambio político como a la democratización de la vida social[6].

Este bloque nacional-popular (o local-popular, si se prefiere) funcionaba como una especie de “contenedor universal” donde cabía todo: las reivindicaciones razonables de los socialistas y el sentimiento popular valenciano. A la cabeza se encontraban los blasquistas, en los sectores aliados los grupos anarquistas y las Sociedades Obreras. Este bloque social contradictorio condicionó la política de las clases populares valencianas, y permitió al blasquismo gobernar ininterrumpidamente el Ayuntamiento de València entre 1901 y 1923, y no será hasta que los nuevos actores sociales puestos en juego por los cambios producidos en el modelo socioeconómico (el impacto de la I Guerra Mundial en cuanto a los precios y a las exportaciones valencianas, la modernización del aparato productivo, el aumento de los ritmos de trabajo, etc.) y las nuevas propuestas ideológicas, que el blasquismo perderá su monopolio de representación de las clases populares. De hecho, la propia deriva derechista de partido blasquista -Partido de Unión Republicana Autonomista (PURA)- se explica en parte por la incapacidad de afrontar con alianzas el surgimiento de los nuevos actores políticos determinantes en el siglo XX español: los nuevos socialismos y los nacionalismos.

Huelga general de febrero de 1914 (en la imagen, calle San Vicente)(foto: Mundo Gráfico)

El enfrentamiento abierto entre clases, las huelgas generales y el pistolerismo serán la tónica de la València del trienio bolchevique (1919-1921), donde se producirá una ofensiva de los trabajadores que habían experimentado los cambios en el trabajo y en sus modos de vida como una desposesión masiva. Son los años de la huelga de La Canadiense en Barcelona que consigue la jornada laboral de 8 horas, de la huelga de inquilinos en Sevilla, del asesinato de trabajadores por parte de los pistoleros de la patronal, de fuerte esquirolaje, de sindicatos agrarios católicos que le hacen el juego a la patronal y también de una respuesta armada por parte de los trabajadores.

Aún con todos estos cambios, es innegable que, a lo largo de su trayectoria, el blasquismo había dado forma al movimiento obrero, o, más bien, a la inversa: el movimiento obrero en València se había formado gracias a la vehiculación que hizo el blasquismo de las tradiciones republicanas con la cultura popular valenciana. Dicho con Reig y Thompson: la clase obrera estaba presente en su propia formación[7]. Solo así se entiende que antiguos camaradas de Blasco Ibáñez, como Joan Durà, dijeran que ellos se identificaban como comunistas-blasquistas.

La imposible continuidad del modelo restauracionista generada por el aumento de la conflictividad generó la respuesta autoritaria del ejército, la Iglesia, los terratenientes y la burguesía, con la aprobación de Alfonso XIII, y dieron paso a la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). Si bien durante la dictadura se reprimió fuertemente al movimiento obrero y frenó sus avances, no se pudo subvertir una clase obrera ya formada que, en València, la podemos ubicar alrededor del año 1925. La Sociedades Obreras, los grandes sindicatos, los conflictos con la patronal y el pistolerismo del trienio bolchevique acabaron configurando una conciencia obrera vinculada a la dignidad del trabajador, que emergía por oposición al parásito social que vivía del trabajo ajeno. Solo así, asumiendo que la clase obrera en València estaba formada a mediados de los años 20, se explica su rápida organización con la República[8].

Huelga general de 1916: concentración en el Teatro Escalante cuando los convocados tahoneros se deciden por la continuidad del paro captados por Barberá Masip

En València podemos distinguir cinco ejes que conformaban el complejo espacio de la lucha de clases durante la II República[9]: 1) los pueblos agrícolas como Sueca, Bugarra, Pedralba o Bétera que, siguiendo la tradición de explosividad a modo de jacquerie y cierto utopismo republicano, proclamaban la “república social” cuando les llegaba alguna noticia de revolución en el resto de España; 2) el aumento de la conflictividad y los focos de tensión en empresas y sectores con dificultades de contratación y reparto del trabajo, como Altos Hornos o Elda; 3) los ebanistas, carpinteros, aserradores o estibadores que, con una fuerte tradición e implantación de sindicato único, protagonizaron el mayor número de huelgas con demandas típicamente sindicales: reducción de la jornada, turnos de trabajo, readmisión de los despedidos, etc.; 4) los enfrentamientos con las empresas de mayor significación en la ciudad que se las veía como símbolo de despotismo capitalista y que reaccionaban con extrema dureza: el caso de Telefónica con el conflicto planteado por la CNT, pero también el de ferrocarriles e hidroeléctrica. Además, en Alcoy, Villalonga o Foios, se reproduce este conflicto con las empresas omnipotentes que actuaban en los pueblos a modo de déspota feudal; por último, 5) la emergencia social de las mujeres trabajadoras vinculadas a las culturas obreras y de izquierdas. A los cambios políticos y legales, como el reconocimiento del sufragio, se le añade la experiencia asociativa en los partidos y sindicatos socialistas, comunistas y anarquistas, que hicieron posible, por ejemplo, la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora el ocho de marzo de 1936 en la ciudad de València.

El blasquismo, a pesar de ser el movimiento político con mayor poder institucional en València durante la II República y continuar estableciendo alianzas puntuales con los anarquistas por el enemigo común socialista, ya no será el vehículo movilizador de las clases populares. Su alianza con el radicalismo de Lerroux los llevará a apoyar en el gobierno de la CEDA y a quedar desplazado tanto por el Frente Popular como por la Derecha Regional Valenciana (DRV) en las elecciones de febrero de 1936. Aun así, el ala izquierda del blasquismo, capitaneada por personas como Vicente Marco Miranda o Faustí Valentín, daría lugar a Esquerra Valenciana y reconectaría con las mejores tradiciones a las que Blasco Ibáñez había dado forma política.

Si bien la guerra civil generó, a la vez, un momento revolucionario, este fue derrotado por la victoria franquista. El franquismo supone tanto un exterminio físico como una voluntad de extinguir cualquier tipo de conciencia de clase: represión, asesinato, desarticulación del sindicalismo y Sindicato Vertical conforman algunos de los elementos característicos de este tiempo de silencio y destrucción.

Memoria, presente y futuro

Con este repaso hemos querido señalar cómo se formó la clase obrera en nuestro país, qué culturas políticas le dieron forma y qué luchas afrontó. El blasquismo recorrió, en varias intensidades, estos momentos constitutivos de la clase, y si bien hoy en día no parece tener una continuidad, su legado continúa estando vivo en la medida que fue de los pocos movimientos que entendió a qué pueblo le hablaba.

La clase, es cierto, nunca fue un ente monolítico, ni ha existido nunca un modelo más allá de las representaciones que nos podemos hacer de un determinado tipo de construcción de clase (representaciones fuertemente ancladas en el sistema fordista). Su emergencia siempre se ha dado a partir de la relación social que la constituía, una relación social conflictiva con los de arriba y a la vez solidaria y fraternal con los iguales. No hay clase sin lucha de clases y, posiblemente, nos encontramos en un periodo de formación donde los conflictos de clase responden a la dinámica de desposesión que, en palabras de Polanyi, como el funcionamiento de un “molino de Satanás”, tritura recursos y espacios que han sido o pueden ser públicos y comunes. No es extraño que, en la actualidad, la nueva composición política de la lucha de clases actúe precisamente en estos espacios: los movimientos ecologistas, la lucha por el derecho a la vivienda, el movimiento feminista oponiendo el capital a la vida o las nuevas asociaciones de plataformas como las impulsadas por los riders, serían algunos ejemplos.

En este 1 de Mayo del 2021, cuando el mundo del trabajo se encuentra todavía atravesado por una precariedad asfixiante, con tasas de afiliación sindical muy bajas y una ofensiva patronal que trata de aprovechar la crisis sanitaria y económica actual en su beneficio, hacer un ejercicio de memoria nos permite, como mínimo, establecer un vínculo entre las generaciones pasadas y la nuestra, no con ánimos de fetichizar el pasado, sino para encontrar en él un cúmulo de esperanzas -no conseguidas, pero tampoco falladas- y, así, luchar por un futuro todavía hoy en disputa.

Notas

 

[1] Romero, Joan. “Sobre las geografías del malestar en Europa”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 2019, núm. 147, pp. 63-74.

[2] Reig, Ramiro. “Republicanos, socialistas y sindicalistas ante los cambios en el sistema productivo a principio del siglo XX”, en Beneyto, P. J. (ed.) Crónicas obreras de Ramiro Reig, FEIS, València, 2018.

[3] Sanfeliu, Llum. «Sociabilidad en el republicanismo blasquista. Un lugar de encuentro entre los géneros», Asparkía: investigació feminista, 2006, pp. 39-59.

[4] Sanfeliu, Llum. “Republicanas y feministas valencianas”, Conferencia en el paraninfo de la Universitat de València, el 21 de febrero de 2017. Disponible en Youtube https://www.youtube.com/watch?v=0vpJyKaptQ0&t=461s

[5] Reig, Ramiro. “El republicanismo popular”, Ayer, 2000, núm. 39, pp. 83-102.

[6] Sanfeliu, Llum. “Familias republicanas e identidades femeninas en el blasquismo: 1896-1910”, Revista Ayer, 60, 2005, núm. 4, pp. 75-103.

[7] Reig, Ramiro. Obrers i ciutadans. Blasquisme i moviment obrer. Institució Alfons el Magnànim, València, 1982; Thompson, E. P. La formación de la clase obrera en Inglaterra. Capitán Swing, 2012.

[8] Reig, Ramiro, “La formació històrica de la classe obrera. El cas de la ciutat de València (1875-1939)”, en Beneyto, P. J. (ed.), op. cit., 2018, pp. 167-188.

[9] Los cuatro primeros han sido señalados por Ramiro Reig, mientras que el quinto espacio lo hemos elaborado a partir de los planteamientos de Llum Sanfeliu.

Autores:
Xavier Calafat  politólogo por la Universitat de València, máster en Sociología por la Universitat de Barcelona, miembro de Agon. Qüestions Polítiques.
 
Xavier Granell doctorando en sociología por la Universitat de Valencia, miembro de Agon. Qüestions Polítiques.
 
 
Fuente:«Trabajo y revolución en València» Sin Permiso  16 de mayo de 2021
 
Portada: Manifestación en Valencia durante la huelga general, el 29 de febrero de 1916 (foto: Vicente Barberà Masip/ABC, 1 de marzo de 1916)
 
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
 
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