Marc Arza
Llicenciat en Dret i Màster en Humanitats

 

Introducción

El texto que sigue a continuación es un breve extracto de un trabajo final de máster presentado el pasado mes de junio en el Máster en Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya. Aquel trabajo exploraba la relación entre el catalanismo y el poder político a través de los textos que Josep Pla y Jaume Vicens Vives dedicaron a la cuestión durante un amplio periodo del siglo XX. El fragmento presentado se centra en el proceso a partir del cual Vicens, influido por Pla, llegará a elaborar la figura del Minotauro como metáfora del poder moderno. Una metáfora a partir de la cual reflexionará sobre las limitaciones de la relación catalana con el poder. Pla y Vicens interpretarán esas limitaciones como una consecuencia de hechos históricos, la ausencia de poder catalán durante más de dos siglos, y del fuerte contraste entre la estructura social y económica de Cataluña y la imperante en la España de matriz castellana. A partir de estas reflexiones Pla y Vicens diagnosticarán la necesidad del desarrollo de una élite política catalana que aprenda a gobernar gobernando. Una élite que debía implicarse en la política española con el objetivo de participar en la dirección del Estado y garantizar un desarrollo económico y social que permitiese conseguir una España en la que Cataluña pudiera encajar con comodidad.

Pla y Vicens, Cataluña frente al Minotauro

A finales de los años cuarenta Jaume Vicens Vives empezaba a colaborar como articulista en el semanario Destino. El primer paso de un compromiso cívico que le convertiría en uno de los intelectuales catalanes más activos y comprometidos de su época. Destino era entonces la única tribuna pública de Barcelona con un aire europeo y abierto en el contexto de un franquismo autárquico y cerrado. Leyendo algunos de esos artículos se observa la atención con la que Vicens seguía a los principales autores del debate intelectual y político de la Europa de posguerra. Un debate que intentará trasladar, en la medida de lo posible, al contexto español. La lectura de autores como Bertrand de Jouvenel, Werner Näf y Wilhelm Röpke, intelectuales destacados de aquella Europa que renacía de la ruinas, le acercará a un pensamiento liberal articulado en los márgenes y en oposición al poder nazi, llevándole a la rectificación de un tímido acercamiento intelectual al Eje durante los primeros años cuarenta. (Muñoz 1997).

Bertrand de Jouvenel hacia 1955 (foto: Corbis/Getty Images)

Du Pouvoir, la obra que Bertrand de Jouvenel dedicó a reflexionar sobre el poder, publicada en Suiza en 1947, tendrá un gran impacto sobre Vicens. Jouvenel describe en su libro la transformación del poder a través de la modernidad en una máquina cada vez más dura, ambiciosa y potente. Es de este texto de donde Vicens extraerá la imagen del Minotauro como representación del poder que pocos años después se encuentra en su Noticia de Cataluña. Jouvenel resuena en Vicens y en pocos meses dedicará diversos artículos en Destino a reflexionar sobre el poder, su naturaleza y los caminos que se abren a la Europa de posguerra.

En 1949, en uno de estos artículos, Vicens se preguntará «Qué es el poder?» y se responderá en palabras de Jouvenel:

Jouvenel parte de la tremenda contradicción de la cultura moderna -una cultura que se destruye a si misma- para preguntarse cómo ha sido posible que la sociedad desembocara en semejante caos. (…) Su gran revelación es la del crecimiento ininterrumpido de lo que denomina el Minotauro de nuestros días, sea cualquiera el signo de la ideología con que se le haya conquistado. La Revolución francesa, por ejemplo, hizo más en cinco años por la instauración del poder absoluto que la monarquía de los Borbones en cinco siglos. (…) La otra aportación fundamental de Jouvenel consiste en considerar el poder, así determinado, no como un principio conservador, sino, por el contrario, como un instrumento de la revolución permanente, primero en manos de la monarquía, más adelante de las clases media y hoy de las grandes masas que ascienden a la historia. (Vicens 2011; 422).

Lo excesos de este poder, la fuerza que le empuja a la tiranía y la falta de libertades, serán recogidos por Vicens en ese mismo artículo y en otro posterior que dedicará a las reflexiones de Werner Näf. Se podrían resumir en la ausencia de limites políticos y legales anta la fuerza de un Minotauro que corre desbocado. Así, Vicens señala lo que Jouvenel define como la «metafísica destructora del racionalismo individualista”. Un poder sin contrapesos que «sólo ha querido ver en la sociedad al Estado y al individuo, y ha desconocido el papel de las autoridades morales y de los poderes sociales intermedios«. Un poder que, según Näf y Jouvenel, evita incluso quedar limitado por la ley: «la crisis general de nuestro tiempo estriba en la negación del derecho por aquellos que han detentado el poder» (íbid.; 448).

Ante los peligros que plantea el poder amenazante del Minotauro, Vicens propondrá, también en Destino, la receta de una tercera vía entre el capitalismo americano y el marxismo soviético: “hoy se disputan el corazón de los europeos dos falsas tendencias (el totalitarismo colectivista y el nihilismo liberalizante) y que el único camino de Europa es la “tercera vía”; o sea, aquella que le corresponde por tradición y esencia” (íbid.; 420). Una tercera vía europea en la que insistirá, también en Destino, pocos meses más tarde en un artículo sobre “Las causas de la crisis del siglo XX”:

Que aún podemos salvarnos, que aún podemos evitar que nuestros pueblos engendren en su propio seno la invasión de los bárbaros, si negar ninguna de las grandes conquistas logradas por el hombre desde el Renacimiento. La solución que él llama “tercer camino”, la examina Röpke en el cuerpo de la obra desde el punto de vista social y económico (ídem).

Ex libris de Vicens Vives con el lema Super adversa, augeri

Pero resulta interesante que, a pesar de que estos artículos se escriben a finales de los años cuarenta, la figura del Minotauro no aparece en la primera edición de Notícia de Catalunya y no lo hará hasta la edición revisada que el autor publicará en 1960, seis años después de la aparición del libro. Las ideas sobre el endurecimiento del poder y el Estado moderno habían calado en Vicens pero tardó años en relacionarlas con Cataluña y, más concretamente, con las dificultades catalanas en la gestión del poder. En febrero de 1955, unos meses después de la publicación de la primera edición de Noticia de Cataluña, Vicens escribe a Josep Pla y le envía los artículos sobre la crisis de la autoridad que el periodista había publicado en la Revista de Catalunya hacía casi treinta años. Vicens propone a Pla la reedición de esos textos y llega a plantearle una oferta económica. «Crec que la publicació faria un gran bé al país?» (Gatell 2012; 605). El capítulo sobre el Minotauro que Vicens añadirá a Notícia cinco años más tarde será una síntesis de las tesis de Jouvenel y de aquello que Pla había escrito sobre la crisis de la autoridad en Cataluña durante la dictadura de Primo de Rivera.

Tal como desarrollará en su Notícia de Catalunya, Vicens Vives sabía que la metamorfosis del poder hacia formas más duras, frías, mecánicas y verticales, chocaba con la noción del poder con que los catalanes se habian encontrado cómodos históricamente: el pactismo. «Un segle d’esclafament provincià i un altre de reviscolament jacobí del problema de la sobirania, plaçat sobre la concepció d’un pacte de mena ben diferent al desenvolupat pel nostre tarannà, no han estat suficients per a desgavellar l’esperit pactista de la terra» (Vicens, 2012; 129). Un pactismo que se sitúa lejos de las formas duras y verticales que desarrolla el Minotauro moderno durante los últimos siglos.

El que portem dins no és, verament, ni l’absolutisme, ni el liberalisme individualista, ni el totalitarisme democràtic, encara que es pugui confondre amb alguna d’aquestes manifestacions típiques dels processos polítics actuals. Carlins, liberals, demòcrates, socialistes i sindicalistes catalans -com es pot palesar rellegint les obres de llurs elements més representatius- duen el comú denominador del pacte de bona fe, de l’aquiescència a l’autoritat legítimament constituïda, de la responsabilitat absoluta del governant envers el governat, de l’acceptació per l’una banda i l’altra de les normes del joc social, econòmic i polítics, comunament establertes (íbid.; 120).

Un pactismo que, de alguna manera tenía ecos de «tercera vía» pero que había quedado como una antigualla de la que, en todo caso, sólo era posible salvar el espíritu.

Pot ésser el pactisme una fórmula moderna? No ho sostindríem pas; seria una errada de tipus tradicionalista. Cada temps porta les seves exigències i comporta les seves regles polítiques i socials. Però sí que s’ha de meditar sobre el jaient pactista de la nostra mentalitat, que en essència no és altra cosa que defugir qualsevol abstracció, anar a la realitat de la vida humana i establir la més estreta responsabilitat col·lectiva i individual en el tractament de la cosa pública (ídem).

Desde esta premisa y haciendo gala de un profundo antivictimismo, Vicens, en sintonía con Pla, analizará las dificultades catalanas con el poder que han llevado a Cataluña a sumar numerosos fracasos políticos hasta encontrarse con la derrota total que supone el franquismo. Como afirma John Elliot:

A Vicens, un activista natural, le ofendía la visión del mundo que tendía a culpar a otros de los infortunios de Cataluña. Prefería estudiar las divisiones y las crisis dentro de la propia sociedad catalana como la fuente de muchos de sus problemas (Elliot 2010; 34).

Será en Notícia de Cataluña, fundamentalmente, donde Vicens desarrollará ese diagnóstico. Una reflexión sobre las causas y los efectos de esta falta de habilidad catalana en el trato con el Minotauro. Una falta de tradición de poder que castiga la acción política catalana. La dificultad para convivir políticamente compartiendo Estado con unas sociedades, las de la España no catalana, que no han pasado por la revolución industrial y donde, por lo tanto, la transición a la modernidad está incompleta.

Voluntad de poder, sentido de la autoridad

Hay una enorme coincidencia entre la tesis sobre la relación catalana con el poder que Vicens Vives presenta en Noticia de Cataluña y la idea sobre el problema de la autoridad que Pla había explicado, más de treinta años antes, en la Revista de Catalunya. Un paralelismo que nace de la fuerte influencia que aquellos artículos tuvieron en el historiador. Pla y Vicens, de hecho, reproducían el planteamiento que Prat de la Riba planteó a principios de siglo XX al final de la Semana Trágica. Una idea que otros intelectuales como Maurici Serrahima y Agustí Calvet (Gaziel) harían circular nuevamente en pequeños círculos resistenciales durante los primeros años de la posguerra. La idea de que la ausencia de tradición política en Cataluña después de 1714 provocaba un vacío, un alejamiento del poder, una ignorancia sobre sus formas y reglas de juego, que tenía enormes consecuencias para una sociedad que, desde finales del XIX, aspiraba a gobernarse y a intervenir en los asuntos públicos del conjunto de España.

Jurado del I premio Sant Jordi,13 de diciembre de 1960 en el hotel Colón de Barcelona. De pie, de izquierda a derecha: Joan Petit i Montserrat, Joan Fuster, Josep Pla y Joan Pons i Marquès. Sentados: Jordi Rubió i Balaguer, Agustí Calvet «Gaziel» y Ernest Martínez Ferrando (imagen: Biblioteca de Catalunya)

Influido por la lectura de Du Pouvoir, Vicens utilizará la imagen del Minotauro para referirse al poder político de su tiempo. Un poder descarnado y con una capacidad de penetración social y económica de gran alcance que habría costado imaginar en épocas anteriores.

El Minotaure és un personatge important de la història i de l’actualitat. És el poder. (…) El poder és la pau i la guerra, la revolució i la reforma, la justícia i la injustícia, el mal i el bé comú. Abstracte en teoria, és una realitat quotidiana que cal saber manejar. Hi ha poble que hi estan familiaritzats, els altres que no saben com fers-s’hi. Aquest és el cas històric de Catalunya (Vicens 2012; 171).

Vicens describe la entrada en escena de las formas modernas del Estado justo en el momento en que, durante el siglo XVII, Cataluña empieza a perder poder político y se encapsula en sus constituciones. «La davallada de Catalunya comença precisament quan el Minotaure empenyia cap amunt, revestint la forma de monarquies autoritàries nacionals o plurinacionals» (íbid.;172). Así el pactismo habría sido una estrategia para no enfrentarse al endurecimiento moderno del poder que habría tenido consecuencias nefastas. «Jugàrem poc net amb el Minotaure. I d’ací prové, segons em sembla, una decepció històrica sensacional: la d’un poble sense voluntat de Poder, sense ganes d’ocupar-ne el palau i de manejar-ne cap de les palanques» (ídem). Este planteamiento habría llevado a Cataluña a chocar con la realidad del Minotauro de una manera dura y repentina después del Decreto de Nueva Planta. «Els catalans conegueren l’Estat modern en les circumstàncies menys falagueres: imposat per la conquesta, organitzat per mantenir-la, sense cap mena de contacte amb la tradició del país ni amb la realitat d’aquell moment» (íbid.;177).

Bombardeo de Barcelona desde Montjuic en 1842 (imagen: Biblioteca Nacional de España / Wikimedia Commons)

El Estado sería desde entonces una realidad lejana y forastera. «El fet essencial és que l’Estat es converteix en una cosa distant» (ídem). Un alejamiento que provocaría una reacción de rechazo que se haría extensiva a toda idea de poder político. «Contra l’Estat advers i inassolible, els catalans reaccionaren o bé combatent-lo o bé negant-lo. (…) D’aquest desencís col·lectiu havia de sorgir l’actitud antiestatalista dels catalans de la segona meitat del segle XIX» (íbid.; 181). Pero negar la herramienta, el Estado, es también una manera de negar su producto, la política, y las consecuencias para las ambiciones colectivas de los catalanes, entre la mirada cortoplacista y la radicalidad, seria, siguiendo a Vicens, trágicas. «L’alta capacitat administrativa dels catalans es trobà endogalada per una falsa concepció de l’Estat – considerat com un fenomen estranger-, que comportava en uns cercles, l’acceptació del pragmatisme de via estreta, i en uns altres, el desenvolupament de la mística de l’acció directa» (íbid.;184).

Treinta años antes, durante la dictadura del general Primo de Rivera, Josep Pla había llegado a la misma conclusión. «El poble català, que, de l’autoritat, només n’ha conegut un burocratisme sovint dissolvent, generalment ignorant, sempre foraster, viu enmig d’una anguniosa incomoditat, sense confort polític» (1977; 11). Una distancia con la autoridad que se añade las diferencias y los contrastes entre la sociedad catalana y la España castellana, tal como Pla afirmarà en el Homenot que dedica a Ferrater Mora: «mentre el castellà només pot veure Espanya a través de l’Estat, en funció de l’Estat, el català és per definició i en aquests últims anys per amargor, un antiestatista complet i total» (1970; 162).

Pla, que ya en su juventud presentaba una orientación conservadora acorde con su origen de propietario rural, valoraba la autoridad, la buena autoridad, y tenia una idea positiva de ella. «L’observació demostra que l’home corrent (…) troba en sentir-se intel·ligentment governat i respectat, mil plaers en l’autoritat» (ídem). La cuestión de fondo será, pues, conseguir un poder político que encaje con el país evitando resultar tan distante y disolvente como el poder español había sido percibido hasta entonces. Una autoridad política acorde con la autoridad social. «Quan l’autoritat social coincideix amb l’autoritat política. s’estableix un paral·lelisme que produeix un país normal, pacífic i positiu» (íbid.; 29). Esta dificultad de encaje entre los catalanes y la autoridad tendrá, para Pla, consecuencias diversas que dificultaban la vida positiva del país.

Construcción de un barricada durante la Semana Trágica de 1909 (imagen: Frederic Ballell)

Una tensión constante entre orden y desorden, entre la tendencia natural y el rechazo cultural, que el periodista llamara hamletismo, haciendo referencia al personaje de Shakespeare.  «El fet que hi hagi dins de cada català, naturalment, un subversiu més o menys irònic fa que la fam d’autoritat sigui a Catalunya latent, constant» (íbid.;12). Y después: «És psicològicament absurd que un català, en tant que home, digui: «L’ordre és la veritat» i en tant que català hagi de dir: «La veritat és la justícia»» (íbid.; 21). Un antiestatismo que mira con rechazo las ocupaciones funcionariales y aleja a los catalanes de la administración que opera en su país. «Havent-nos tancat totes les portes de l’autoritat constituïda, hem dimitit l’exercici de les dorades passions oficials» (íbid.; 13).

Pla y Vicens coincidirán en ver en esa falta de sentido del poder y la autoridad la base de la virulencia que el «problema obrero» había tenido en Cataluña durante el primer tercio del siglo XX. Una cuestión, la de los estallidos sociales, que tendrá una consecuencia importante para el impulso político catalán ya que romperá, una y otra vez, la unidad catalanista que durante décadas quiso representar la Lliga. Una unidad que, para Pla, resultaba indispensable para solucionar el problema de la autoridad:  «Sempre hi ha hagut un interès lateral, molt actiu, per provocar la desunió de la gent d’aquest país. (…) En un país que genera aquest problema només la unió pot ser eficient» (íbid.; 27). Haciendo referencia a la cuestión obrera, Vicens afirmará en Noticia de Catalunya: «La mística antiestatal s’expandí entre els anys 20 i 30, i l’abrivada fou tan forta que, per capil·laritat, impregnà bastants intel·lectuals i els homes de punta de la petita burgesia» (Vicens, 2012; 184). Y así lo presentaba Pla en su artículo sobre la cuestión en la Revista de Catalunya:

L’obrerisme català -diguem-ho de seguida- ha estat un problema complex, un conflicte volcànic perquè Catalunya és un poble sense govern, és a dir, un poble abandonat als instints primaris. El problema de l’autoritat és també, en aquest punt, la clau de volta. (…) Si Catalunya no visqués dins el seu hamletisme tràgic, si fos superada la contradicció entre subversisme nacionalista i ordre exterior, el problema obrer de casa nostra no passaria d’ésser una manifestació sana i natural del problema obrer europeu o internacional (Pla 1977; 54)

El autogobierno, escuela de poder

Enric Prat de la Riba (imagen: diputatsmancomunitat.cat)

Josep Pla escribe sobre la crisis de la autoridad en 1924, siete años después de la muerte de Enric Prat de la Riba, y será la obra política del primer President de la Mancomunitat la que, en buena medida, Pla tomará como referencia para encontrar soluciones al problema que se le plantea. Prat y la Mancomunitat, la obra de la Lliga, en definitiva, son un intento de dotar Cataluña de una autoridad propia y de una acción política que consiga, desde Cataluña, un poder español mejor. Una autoridad arraigada que supere el burocratismo disolvente, ignorante y forastero que, en palabras de Pla, los catalanes habían conocido hasta entonces. «El senyor Prat fou un governant amb totes les característiques de l’home d’Estat» (Pla, 1977; 11). «En l’obra del senyor Prat de la Riba hi ha un intent de resoldre, en un sector, el problema de l’autoritat. (…) El senyor Prat de la Riba, que era un polític, temia tant la dispersió anàrquica com l’encarcarament oficial» (íbid.; 15).

Pla ve a Prat de la Riba como un hombre de Estado, un catalán que se alzaba por encima de la crisis de la autoridad y que lideraba un proyecto para resolverla.

Prat se situa en una posició d’home de govern, cosa que fins a la data ningú no havia fet, i assenyala que molt més important que la política de faramalla, merament externa, que la fraseologia de la llibertat, hi ha la necessitat urgent de crear institucions polítiques, obra de l’esperit del país, de les seves possibilitats i de la seva realitat autèntica. Tota la resta és ben poca cosa. Les institucions són decisives; si es poden implantar, tota la resta se’n deduirà normalment (ibíd.; 33).

Las instituciones de gobierno irradian una determinada idea de autoridad y, con ella, un sentido del poder que podían ayudar a sanar el hamletismo catalán que Pla había diagnosticado. Una labor que la Mancomunidad podría haber realizado però que quedo incompleta. «La Mancomunitat hauria pogut ser la primera autoritat de Catalunya. No ho ha estat, ni ho és, primer perquè és un organisme insuficient i segon perquè ha treballat sempre a precari» (ibíd.; 27).

Mesa y consejo permanente de la Mancomunitat de Catalunya en la fecha de su constitución, el 6 de abril de 1914 (imagen: La Vanguardia)

En definitiva la receta de Pla y Vicens para curar la crisis de la autoridad y los déficits en la relación con el Minotauro se podría resumir así: aprender a gobernar gobernando, aprender a hacer política haciendo política. Hacerlo implicándose en la política española pero hacerlo, sobre todo, a través del desarrollo de un autogobierno que dote a Cataluña de instituciones propias. Pla entendía la política unicamente como labor de gobierno y confiaba que, más pronto o más tarde, el catalanismo llegaría a gobernar. «Aquest és un camí, probablement no n’hi ha d’altre (…) a la curta o a la llarga, el moviment autòcton tindrà a la mà la realitat del govern. En política és l’única aspiració sana i normal. Tota la resta és onanisme» (Pla 1969; 33).

Así puede entenderse, tambien, el párrafo final del capítulo que Vicens dedica a la actitud hispánica en Noticia de Cataluña: «són molts els qui és pregunten si ja no és hora que Catalunya tingui la plena responsabilitat d’organitzar la seva o les seves parcel·les d’Espanya i de plantejar amb Castella un programa comú per a tots els pobles peninsulars» (Vicens 2012; 168).

Conocer España, dirigir España, cambiar España

Hay diferencias fundamentales entre Cataluña y la España castellana, diferencias económicas, sociales y políticas que condicionan maneras diversas de ver la realidad. Diferencias que han tenido consecuencias políticas que pueden verse en algunos de los principales episodios históricos del último siglo y medio. Josep Pla y Jaume Vicens Vives tendrán muy presentes esas diferencias en sus escritos y las identificaran entre las causas y las dificultades tradicionales de los catalanes con la política. La falta de conocimiento de la realidad española y de su Estado, la ignorancia sobre los contrastes importantes entre aquella realidad y la sociedad catalana, será, pues, una de las razones que los dos autores situarán en la base de su diagnóstico sobre las impotencias catalanas en la gestión del poder.

Lo explicitará Vicens Vives en una carta a Ferrater Mora describiendo las dificultades que el empuje político catalán encuentra a menudo al llegar al a meseta. El déficit de le llevan a escribir el Notícia de Catalunya: «En quan al ritme tan diferent entre Catalunya i la resta d’Espanya, és un dels motius del meu llibret» (Grau i Muñoz 2005; 23). Un planteamiento del que se derivará una doble receta, la necesidad de conocer la realidad española para adaptar la práctica política catalana a sus particularidades y la necesidad de involucrarse en los asuntos públicos de España para conseguir la ejecución de una política modernizadora que reduzca el diferencial de desarrollo entre Cataluña y el resto de España. Un desequilibrio que identifica como una de las bases de la incomprensión que Cataluña padece en la España política.

Una lectura de las tres obras fundamentales de Vicens Vives: Aproximación a la Historia de España, Industrials i Polítics y Notícia de Catalunya, permite continuar la mirada del autor sobre ese desequilibrio entre Cataluña y la España castellana en momentos históricos de enorme relevancia. Del Sexenio Democrático a la Segunda República pasando por el Desastre del 98. La Revolución Gloriosa de 1868 provocó la huida de los Borbones y abrió un periodo de intenso protagonismo catalán en la política española, probablemente el más intenso de la historia moderna, provocando enormes resistencias. “Si Catalunya estava preparada per a fruir dels beneficis de la revolució de Setembre, la diferència de ritme amb que bategava el seu pols polític amb la resta d’Espanya provocà des dels primers dies serioses alteracions de l’ordre públic” (Llorens 1991; 277). Unas diferencias de ritmo que Vicens diagnosticará con más detalle unas páginas después. “Les estructures socials i econòmiques eren tan diverses que el que era convenient ací era contraproduent allà“ (íbid.; 278). La España industrial y burguesa tomaba el timón político y la España agraria y tradicional se resistía con fuerza. “Beneficiaris d’aquell moviment, els catalans intentaren d’imposar a Espanya el règim que desitjaven. S’equivocaren, greument, en considerar que els altres espanyols pensaven com ells“ (ídem).

Un diagnóstico que se repite, de forma más clara, en Notícia de Cataluña: «Els catalans que manaren a Espanya durant la Revolució de Setembre incorregueren en l’equivocació de creure que Castella i Andalusia estaven tan evolucionades com llur terra pròpia, i desfermaren unes forces gegantines que no pogueren ni reduir ni amansir» (Vives 2012; 182). Pero para Vicens el problema no radicaba, sólo, en ese contraste y en las dificultades que generaba, sino en la falta de capacidad de gestión política del lado catalán. Cataluña, “Mancada de paciència -l’art dels pobles que han dominat l’escena política- volgué forçar el ritme dels esdeveniments, ignorant que, en fer-ho, provocava la reacció general i l’ensulsiada de la seva pròpia política” (ídem).

El general Prim arenga al pueblo de Barcelona el 4 de octubre de 1868 (grabado incluido en la Historia del general Prim, de Francisco J. Orellana, Barcelona, Miguel Seguí, 1870)

Una circunstancia similar se repite tres décadas más tarde cuando la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, arrastra España a una profunda crisis nacional. Una crisis que generará respuestas antagónicas en Castilla y en Cataluña. Será, de hecho, el inicio del catalanismo político que Vicens Vives identificará con la generación de 1901.  «La divergencia generacional a que hemos aludido -y que expresamos en el doble grafismo: 1898 para Castilla, 1901 para Cataluña- provoco un disentimiento de criterios entre Castilla y Cataluña respecto a cual había de ser la organización del Estado español» (Vicens 1970; 156). Dos proyectos divergentes, nuevamente. «Los periféricos, sobre todo los catalanes, predicaron una solución optimista, constructiva, burguesa e historicista; los castellanos, en cambio, se caracterizaron por su pesimismo, el desgarro de su pasado, su aristocratismo y su abstractismo» (ídem).

Una circunstancia que, siguiendo a Vicens, provocó, también nuevamente, un mayor compromiso catalán en la vida social española. «La estricta realidad de los hechos revela, dentro de la corriente nacionalista mencionada, una intervención de los catalanes en la vida científica, social y económica de España superior a cualquiera de la que tuvieron en el pasado» (ídem). Una propuesta catalana que buscaba la modernización del Estado con el espíritu europeo como objetivo. «La posibilidad de dar al Estado una estructura eficiente y moderna, cuyos dirigentes, en lugar de politiquear, lo abocaran a la solución de los más urgentes y dramáticos problemas del país» (ídem). Para Vicens Vives la crisis del 98 abre lo que bautizará como la crisis española del siglo XX, en paralelo, con matices, a la crisis europea del siglo XX. Una crisis que culminará, trágicamente, con la Guerra Civil, sin haber resuelto los contrastes entre las diversas españas en conflicto. Un ciclo que tendrá entre sus últimos capítulos la Segunda República y que verá repetirse, de nuevo, el contraste de propuestas y miradas entre Cataluña y Castilla. Así, Vicens definirá la República de 1931 como «un sistema conveniente a una burguesía de izquierdas, de clase media liberal y de menestralía, precisamente las fuerzas menos vivas -excepto en algunos territorios periféricos, como Cataluña- del panorama español» (1970; 161).

Los firmantes del Pacto de San Sebastián son homenajeados en Madrid el 22 de agosto de 1931 (imagen: EFE/archivo Díaz Casariego)

Siguiendo a Vicens se hace evidente que desde mediados de XIX la diversa evolución económica y social de Cataluña y la España castellana genera miradas políticas diferentes en unas sociedades que resultan casi antagónicas. La propuesta catalana, en su choque con Castilla, no había sido hasta entonces capaz ni de imponerse ni de transaccionar soluciones de compromiso que modulasen el protagonismo castellano al mando del Estado. Pero más allá de las dificultades y de la capacidad catalana para gestionarlas tenía la certeza de que el contraste entre Castilla y Cataluña estaba en la base de la inquietud política que hizo nacer la propuesta catalanista:

Un estat d’esperit no és un dogma ni una doctrina. El catalanisme no els tingué fins a la generació de 1901. Durant cent anys es definí per quatre reaccions concretes. Primer, el sentiment que Catalunya era formada per una estructura social específica (…). Segon, la comprovació que l’Estat espanyol que substituí l’Antic Règim mancava de lligaments interns i d’una missió externa i que això l’abocava a crisis periòdiques perilloses, gairebé a cada generació: 1808. 1833, 1868 i 1898. (…) Tercer, l’experiència que l’Estat liberal jacobí, al qual Catalunya havia sacrificat tantes il·lusions no solament no hi responia, sinó que era un sistema de govern ineficaç i enervant, (…) I quart, la repugnància de l’esperit ètic del poble català a admetre la corrupció com a sistema normal de funcionament de la màquina administrativa espanyola (Vicens 1991; 293).

Cuando poco después del golpe de Estado del General Primo de Rivera un joven Josep Pla publica en la Revista de Catalunya sus artículos sobre la crisis de la autoridad, aquellos artículos que años después obsesionarían a Jaume Vicens Vives, señalaba como un problema la falta de conocimiento de la realidad española que tenía el catalanismo: «Valentí Almirall tenia una idea d’Espanya precisa, fotogràfica, justa. La joventut catalana d’avui en té amb prou feines una sensació confusa i coneix, tirant alt, quatre anècdotes de la burocràcia o de la caserna» (Pla, 1977, p. 37). Pla era un viajero impenitente y un lector voraz que conocía España, su historia y su tradición. Leía y viajaba pero, además, en 1921 ya había pasado su primera época como corresponsal en Madrid, cerca del centro de poder del Estado.

Años más tarde, cuando reflexione sobre los artículos de Pla de esa primera etapa madrileña, la biógrafa Cristina Badosa leerá en ellos el diagnóstico preocupado de esos rasgos castellanos: «En reescriure aquells articles tocava el nucli del que aleshores l’havia inquietat, és a dir els trets més característics de l’esperit de Castella, com eren la pobresa, l’imperialisme, la reconquesta, el poder de l’església i la noblesa, la monarquia» (1996; 173). Es a partir de esa experiencia cuando Pla advierte, en la misma serie de artículos, sobre la realidad española y su contraste con Cataluña:  «Cal no oblidar, sobretot, que Espanya, políticament, en les seves capes profundes es troba, encara, en una fase medieval» (1977; 101).

Pocas páginas más tarde el argumento desarrollaba el adjetivo medieval para retratar la estructura piramidal de una sociedad con un sentido del poder extremadamente vertical: «A Espanya hi ha una cosa més profunda que la política, que els tractes amb els partits i amb els homes polítics. Aquesta força profunda és la monarquia» (íbid.; 101). Una verticalidad que deriva en un sentido del poder marcado y que contrasta vivamente con la imagen que Pla tenía de Cataluña. Muchas décadas después, en su entrevista con Joaquín Soler Serrano, haciendo referencia al talante democrático de la sociedad catalana, Pla presentará Cataluña como una sociedad horizontal en un contraste vivo con su visión de España. Afirmará que el espíritu democrático catalán es superior al de muchos otros países europeos donde la aristocracia y la clase alta dominan los principales resortes del Estado. «Aquí no hay nadie importante, todo el mundo es igual, por eso los catalanes somos tan groseros» (Soler 1976).

Josep Pla durante su entrevista en TVE con Joaquín Soler Serrano, emitida el 8 de diciembre de 1976 (imagen: rtve.es)

En una carta a Vicens de 1957 Josep Pla escribe un comentario breve que hace evidente, reflexionando sobre el franquismo, su consideración de que el sistema político era una consecuencia de la estructura social. Un efecto de la situación de subdesarrollo económico y caciquismo social en que vivía todavía gran parte de España: «Suposo que esteu conforme en creure que el falangisme ha estat una creació del latifundisme i els generals són els palanganeros dels grans d’Espanya» (Aguiló i Muñoz 2010; 59).

Conviene recordar que los artículos sobre el problema de la autoridad que Pla publica en Revista de Catalunya son profundamente políticos, Textos escritos por un joven que poco tiempo atrás había sido diputado regionalista de la Mancomunitat. Pla practica el periodismo pero también la doctrina y el activismo. Cuando señala las características sociales y políticas que distinguen España de Cataluña lo hace para que sean tenidas en cuenta por la práctica política del catalanismo. Para que se tome consciencia de las diferencias de fondo entre las dos sociedades y de las consecuencias que estas tienen y tendrán sobre las propuestas políticas que generan. Pla, de hecho, acababa presentando la estructura vertical de la sociedad y la política españolas como una oportunidad que el catalanismo debía saber aprovechar: «Si a Espanya -hom pot dir, en efecte- l’única cosa que compta i pesa és la classe política, només cal introduir-s’hi i dominar-la, per a disposar, gairebé sense control, de la màxima autoritat» (1977; 93).

De la consciencia de estas diferencias de base entre Cataluña y Castilla saldrá, en buena parte, la convicción catalanista que plantea que, más allá de la reclamación de autogobierno y la defensa de los intereses catalanes, no puede olvidarse el imperativo de lo que Vicens llamaba «la missió hispànica» (Vicens, 2012; 14). Participar en la política y la sociedad españolas para hacerlas evolucionar en la dirección que Cataluña seguía desde la revolución industrial. Trabajar para el desarrollo español porque ayudaría a conseguir una España más cómoda para los asuntos catalanes. La lectura de una carta que Vicens envía a Pla en 1957 ayuda a explicar ese planteamiento.

Quan el nou director general de Comerç (que és un català) prengués possessió digués que l’idea de que el comerciants és una activitat delictiva, s’havia de donar per superada (…) el cicle de domini del latifundisme agrari (falangista-militar-aristocràtic) s’ha acabat. Ara el domini el tindrà l’indústria i el comerç i fatalment hi haurà més esprit català, tolerant i modern en les altures del govern. (…) Ara podríem tornar a una repetició de l’esprit de la Restauració de Canovas, és a dir a donar bel·ligerància a la indústria i al comerç, al que podríem anomenar l’esprit del Foment (Gatell 2012; 616).

Dirigir España, cambiar España

Era necesario minimizar los contrastes históricos que Vicens señalaba en sus libros y que Pla diagnosticaba en sus escritos para evitar que continuaran haciendo imposible la estabilidad política, la modernización del país y, en última instancia, la libre expresión catalana en todos los campos. El historiador se sentía responsable, en parte, por la posición central que ocupaba en el diálogo entre las Españas de su tiempo. Así lo escribió en 1959: «La meva posició és clara, em considero l’únic fil autèntic entre Barcelona i Madrid» (Gatell 2012; 491). De hecho la dedicatoria inicial de Notícia de Catalunya, «als catalans i als altres pobles d’Espanya» (Vicens 2012; 7), explica, ya desde el inicio, que el libro se piensa y escribe como una herramienta de reflexión catalana pero, también, como una herramienta de diálogo español.

Josep Pla en la redacción de Destino en los años 40 (imagen publicada en Destino nº 1954, el 15 de marzo de 1975)

Resulta interesante releer algunos de los artículos que Jaume Vicens Vives en el semanario Destino en los que, ya a mediados de los años cincuenta, reclamaba la intervención catalana en la España meridional. Una “Reconquista que lleve de norte a sur el hálito de la inteligencia, la comprensión de hermanos, el auxilio de nuestros capital es, el interés de nuestros técnicos, la dedicación de nuestros pedagogos“ (Vives 2011; 204). La reclamación de una alianza de las periferias ante el Estado que Castilla se había apropiado, en parte, gracias a la falta de voluntad i acierto político de Cataluña. «Ese gran movimiento, tan esperado, que convierta realmente la periferia en eje de España, teniendo a un lado a nuestra industria y a nuestra inteligencia» (ídem).

Unas opiniones que Vicens y otros colaboradores políticos reafirmaran en 1956 con la redacción del manifiesto de l’Aliança pel Redreç de Catalunya que en su punto 4 afirmaba:

La missió de Catalunya, entitat nacional autèntica, es compleix en el si d’Europa. Però no renuncia a la tasca que li correspon en la perfecció d’Espanya» (íbid.; 574). Unas páginas más tarde, en el punto 14 se insistía con una referencia directa al compromiso catalán con el sur de España: «Catalunya reclama el desvetllament econòmic del sud d’Espanya. Disposada a fer un esforç col·lectiu, reclama que els diners que s’inverteixen estèrilment en l’exteriorització urbanística de Madrid, siguin aplicats urgentment a la millora de les condicions del camp d’Andalusia i Extremadura (íbid.; 576).

Para Vicens Vives la implicación catalana en la política española no era una opción sino una obligación. Una responsabilidad inelubible. Vicens consideraba que España necesitaba la aportación catalana y que, sin ella, el Estado nunca encontraría el equilibrio. Hasta el punto de llegar a considerar, reflexionando sobre la actitud hispánica de los catalanes en Notícia de Catalunya, que la crisis de octubre de 1934 y la Guerra Civil fueron fruto, en buena manera, de la ausencia de una auténtica participación catalana en el gobierno del Estado.

les posicions revolucionàries d’octubre del 34 i del juliol del 36 (…). En ambdues ocasions, els catalans deixàrem de donar testimoni de la nostra responsabilitat envers els altres pobles d’Espanya, de la nostra maduresa per a fer-los acceptar els camins que els indicàvem des de 1901 (Vicens 2012; 211).

Vicens será un apóstol de la misión hispánica de Cataluña.

Conclusión

Josep Pla y Jaume Vicens Vives tuvieron una relación intensa de marcado carácter político desde finales de los años cuarenta hasta la muerte prematura de Vicens en 1960. Una relación que enriqueció la obra intelectual de ambos pero que iba más allá de la teoría y la reflexión. Juntos participaron en la reflexión de posguerra que elaboró el catalanismo y contribuyeron a algunas de sus conclusiones principales. La necesidad de formar una nueva élite política que retomará a la senda de la generación de 1901. Una generación que aprendiese a gobernar y reconciliara el país con una idea sana de la autoridad. Una generación que cultivase el seny y supiese ahuyentar la rauxa. Una generación que se implicase a fondo en la misión hispánica de Cataluña.

Cuatro candidatos a la presidencia de la Generalitat en 1980: Antoni Gutiérrez, Jordi Pujol, Josep Benet y Joan Reventós (los tres últimos, discipulos de Vicens Vines) (foto: Efe)

Jaume Vicens tuvo un papel central en la formación de esa élite. Basta decir que los tres principales candidatos a la Presidencia de la Generalitat en 1980, veinte años después de su muerte, eran tres hombres sobre los que había ejercido una fuerte influencia. En perspectiva puede decirse que aquella élite, la generación de 1980, supo desarrollar de forma extraordinaria durante veinticinco años la labor para la que se la había formado.

 

Bibliografía

Aguiló, Anna i Josep M. Muñoz. Josep Pla i Jaume Vicens Vives – Complicitats. Palafrugell:  Fundació Josep Pla. 2010.

Badosa, Cristina. Josep Pla. Biografia del solitari. Barcelona: Edicions 62, 1996.

De Jouvenel, Bertrand. Du Pouvoir : Histoire naturelle de sa croissance. Ginebra: Editions du cheval ailé, 1947.

Elliot, John. «Jaume Vicens Vives, ahir i avui». L’Avenç, 358 (2010): 28-39, 2010,

Gatell, Cristina i Glòria Soler. Amb el corrent de proa. Barcelona: Quaderns Crema, 2012.

Grau, Ramon i Josep Maria. Muñoz. «Notícia de Catalunya, una reflexió entre les runes». L’Avenç, 305 (2010): 29-35.

Llorens, Montserrat i Jaume Vicens. Industrials i polítics. Barcelona: Ed. Vicens Vives, 1991.

Muñoz, Josep Maria. Jaume Vicens i Vives. Una biografia intel.lectual. Barcelona: Ed. 62, 1997.

Pla, Josep. Homenots. Primera sèrie (OC 11). Barcelona: Destino, 1969.

Pla, Josep. Prosperitat i rauxa de Catalunya (OC 32). Barcelona: Destino, 1977.

Vicens, Jaume. Aproximación a la Historia de España. Madrid: Salvat Ed. 1970.

Vicens, Jaume. Obra dispersa II. España, América, Europa. Barcelona: Vicens Vives, 2011.

Vicens, Jaume. Notícia de Catalunya. Barcelona: Edicions 62, 2012.

Portada:

Josep Pla, Jaume Vicens Vives y sus hijos y Alfons Quintà (padre e hijo) en Roses, en 1953 (Fons Familiar Vicens Vives)

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