Noticias de libros

 

Enric Ucelay-Da Cal

Catedrático de la Universitat Pompeu Fabra


No me llega ruido alguno del conflicto salvaje de las naciones:
No estoy de ningún lado, pues la Razón no está ni aquí ni allí

Rainer María Rilke
«In dubiis»
En Ofrenda a los lares (1895)


Después de la cita de Rilke, confiesa el autor en la Presentación que su obra quiere ser un análisis neutral (no partidista) y  objetivo (desinteresado, desapasionado) del nacionalismo radical catalán en su contexto político y social. El libro contiene varias interpretaciones sobre algunos aspectos de la evolución del catalanismo político durante un par de siglos -y no de los sectores más radicales- lo que, a su modo de ver, es la mayor aportación. «Mi texto no es, ni busca ser, un estudio erudito sobre grupos y grupúsculos partidos y personalidades … Mi intención es  rastrear un movimiento político desde sus orígenes hasta su incierto presente, en búsqueda de un patrón y el sentido de su trayectoria». El problema que quiere resolver es si se puede establecer (o no) una continuidad secular del separatismo catalán. Una visión de la historia de Catalunya en el largo plazo puede consultarse en la entrevista que le hizo  Critic el 27 de noviembre.  He aquí la Introducción del libro (DRH).


 

Introducción

Desde su aparición política en el invierno de 1918-1919 y hasta 2012, el secesionismo catalán—más conocido en su propio terreno primero como separatismo y más adelante como independentismo— fue siempre muy minoritario. No lograba votos. Sus partidos estallaban al poco de nacer, sus facciones se mostraban más dispuestas a diferenciarse entre sí que a sumar fuerzas.
Por el contrario, la historia política del nacionalismo catalán resulta autonomista y no secesionista. Fue así desde su intervención en los comicios legislativos (en 1901, con la Lliga Regionalista) hasta la sucesión de Jordi Pujol y la rivalidad de Artur Mas y Pasqual Maragall en la primera década del siglo XXI. Ese realismo político, práctico y pactista, dominó la creación de instituciones: la Mancomunitat en 1914, la Generalitat republicana en 1931 y la Generalitat monárquica en 1977.
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Ante la hegemonía de la Lliga, el peso del populismo de Macià o Companys, o el predominio de Pujol, los secesionistas no parecían tener nada que hacer. No conseguían votos suficientes (ni siquiera en el Parlamento catalán) para actuar con determinación. Mandaron siempre los políticos, dispuestos al trato. Los secesionistas no controlaban la calle, aunque resultaban útiles, por decorativos. A ellos se recurría desde el poder catalanista para ayudar a encuadrar a las grandes concentraciones de gente: para demostrar que existía el nacionalismo catalán, el sentimiento de defensa de la lengua catalana y una manera más o menos particular de organizar la vida comunitaria.
Tal connivencia comportaba riesgos. El catalanismo comedido y el ultracatalanismo tenían graves diferencias entre sí, que se ocultaban en las celebraciones de concordia. Para sus enemigos —el nacionalismo español, republicano o monárquico— todos eran igualmente unos separatistas. Los catalanes eran tan «malos hijos de la Madre Patria» como, en el fatídico desastre del 98, lo habían sido los filipinos y en especial los cubanos. El ultracatalanismo no dudó en dar la vuelta al insulto de sus adversarios «españolistas», término que —como se verá— surgió a raíz de las guerras civiles cubanas del siglo XIX. Los nacionalistas catalanes contestaban que, al serlo, eran también separatistas, y a mucha honra. Por su parte, el catalanismo mesurado respondía que los centralistas y españolistas, con sus persistentes acusaciones de traición, eran unos «separadores» que provocaban respuestas exaltadas entre quienes se sentían catalanes pero también españoles. Y así, entre varias broncas (mejor y peor conocidas), transcurrió el siglo XX.
Pero entonces, no hace tanto tiempo, todo cambió. De pronto (aunque es en realidad más complicado), se celebró la masiva Diada del 11 de septiembre de 2012. Y se inició el llamado «proceso independentista» en Cataluña, que persiste hasta ahora.
¿Qué sucedió? Durante más de ochenta años, el nacionalismo radical —primero los partidos autodenominados separatistas, y después los que sin dudarlo se consideraron a sí mismos independentistas— tuvo una presencia electoral casi nula. Y, de repente, con un giro del gobierno autonómico (una maniobra de Mas, que hasta entonces flirteaba con Rajoy y el PP), todo se transformó. La minoría se hizo multitud.

Diada 2012
Manifestación Diada 2012

Esta evolución y sus posibles explicaciones son el sentido del presente libro.
Así que hablemos claro, y desde el principio. España, tal como se conoce hoy, puede desaparecer. O no. Pero no porque la legitime una versión de su pasado. Cataluña puede transformarse en una república imaginada, entidad paralela a la realidad política que perdura un tiempo indeterminado en la fantasía colectiva. O puede convertirse en un Estado reconocido. O ninguna de las dos cosas. Pero lo que suceda en España o Cataluña no es inevitable: no está supuesto por uno u otro pasado, o por una lectura determinada de su historia, argumente quien argumente el relato.
El desafío independentista al Estado y las respuestas estatales al reto no están resueltas. La rivalidad institucional y el desarrollo de la contienda siguen en pie. ¿Tal vez el pasado no explica lo que ha ocurrido? Desde el siglo XIX, desde que Barcelona se erigió en metrópoli rival de la «Villa y Corte», la capital catalana ha adquirido fama mundial de ser un foco vehemente, agitado, ardiente. En las últimas dos centurias, Barcelona ha sido el termómetro de cualquier malestar hispánico. Todos saben que unas fiebres catalanas, si suben lo suficiente, comportarán una crisis española. La definición clásica de «crisis» es la siguiente: «Intensificación brusca de los síntomas de una enfermedad.» Visto así, Cataluña sería el indicio (o la revelación) de un malestar español más grave y general. Si hay un «problema catalán», significa que hay también un «problema español». Es un tópico donde los haya.

Niceto Alcalá Zamora y Francesc Macià i Llussà
Niceto Alcalá Zamora y Francesc Macià i Llussà

Por las razones que sea, Cataluña ha protagonizado los cambios sistemáticos españoles a lo largo del siglo XX y hasta la actualidad. La Segunda República fue de raíz catalana. Ahí estuvieron Companys y Macià antes que Miguelito Maura y don Niceto Alcalá-Zamora. Durante la Guerra Civil, Barcelona pareció vivir una revolución distinta de la vivida en Madrid, si bien con paralelismos tan grotescos como la repetición de la «lucha dentro de la lucha»: los «hechos de mayo» de 1937 en Barcelona (como si hubiera realmente una revolución libertaria); o, entre el 5 y el 12 de marzo de 1939, la pugna entre comunistas fieles al primer ministro socialista, el Dr. Juan Negrín, tras identificarse con su resistencia obsesiva y alzarse dispuestos a imponer un consejo que negociara la paz con el Generalísimo Franco (como si en tan tardía fecha fuera remotamente factible). La presión sostenible que hizo caer el franquismo parecía venir del norte —fue ETA quién mató al almirante Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973—, pero la Transición tomó cuerpo y se hizo realmente ineludible con un vínculo catalán. Ocurrió en el otoño de 1977, cuando Tarradellas (en su función de presidente en el exilio de la Generalitat) supo negociar con el presidente del gobierno Adolfo Suárez, penúltimo ministro-secretario general del Movimiento Nacional. En aquel acuerdo improvisado, que llevó a Tarradellas a Barcelona en octubre, algo de la República (concretamente, la Generalitat) se injertó en la monarquía juan-carlista que salía del Glorioso Alzamiento Nacional.
Desde 2017 y 2018, una pulsión secesionista ha enfrentado la comunidad autónoma catalana con el propio Estado de las autonomías, con España, la Corona y los tribunales. Otra vez, un calenturón impulsivo en Cataluña ha provocado una crisis en España, una abrupta subida o bajada de la temperatura. Y así ha sucedido: ante repetidas iniciativas de independencia en Barcelona, ha habido una congelación en la formación de gabinete (Rajoy ejerció diez meses en funciones), para acabar con un cambio de gobierno sorpresa, mientras se producían varias confrontaciones entre jueces y fiscales por una parte, y políticos españoles y catalanes por otra. Todo ello adobado con una agitación simbólica (tanto española como catalana), que muchos creían superada.
Es escasa la literatura en castellano sobre la evolución desde el nacionalismo hasta el separatismo y, menos todavía, hasta el independentismo. Hay realmente poco que escoger, por falta de textos, entre la Historia del nacionalismo catalán (primera edición en 1944, y la segunda, mucho más extensa, en 1967), del periodista cántabro Maximiano García Venero —que empezó como regionalista montañés y acabó consagrado como cronista del falangismo—, y la Historia mínima de Cataluña (2015), del historiador olotense Jordi Canal, profesor en el más prestigioso centro de estudios sociales en Francia. Para el hispanohablante que tenga curiosidad y no le cueste leer en catalán hay una riqueza de material historiográfico, pero la voluntad suele escasear.
Por ello, este libro pretende ilustrar al lector español sobre qué ha sido y qué ha representado el movimiento separatista catalán a lo largo del siglo XX, como presencia constante (pero nada principal) en la política de Barcelona y de las comarcas catalanas, hasta alcanzar la dinámica acelerada del siglo XXI. De modo harto sorpresivo, el independentismo se ha convertido en la fuerza dominante en Cataluña, capaz de llenar la vida civil y política con su ruido hasta tapar otras voces contrarias. Hace veinte años, nadie lo hubiera creído posible. El independentismo como corriente rectora del Parlament catalán, y predominante en buena parte de la ciudadanía, tiene unos escasos seis años de vida. Pero se requiere algo más de tiempo, más años pasados, para entender la conversión del sistema de partidos autonómicos, que parecía tan estable y aburrido, en entusiasmo indepe. Tan efusiva palabra, y contracción habitual, tiene hoy empuje y sentido en todas partes de Cataluña.
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Como hemos dicho, este ensayo pretende relatar las tendencias más visibles del separatismo catalán, desde que apareció por primera vez como formación política, hasta el independentismo de masas actual. Pero también están los grupos, en los barrios y pueblos, y los partidos con mayor alcance y su relación con el nacionalismo tradicionalmente dominante, mucho más prudente. El separatismo, primero, y el independentismo, después, no se prestan a una revisión somera. Son una multiplicidad y una misma cosa a la vez: inclinaciones dentro de propensiones, con los desacuerdos que de tales se derivan. Muchos grupos, en relación común entre sí, pero muy peleados entre ellos. Mucho individualismo, en un medio en el que todos se conocen, pero ello no crea ni compañerismo ni confraternidad, excepto cuando toca realizar una conjunción y contestar a una crida (llamada), que se sabe pasajera, contra el españolismo, que es una cosa, y la amenaza del Estado (policía, tribunales), que es otra. Luego está la vida política definida, es decir, más allá del nivel municipal. Todo esto se ha llevado a lo largo del siglo XX con una continuidad remarcable.
Ha resultado un sector pequeño, y mal conocido dentro de la política catalana, incluso ridiculizado por su trivialidad. Pero ha mutado. Actualmente constituye un amplio criterio. Prefiero llamarla una «multitud», para evitar el delicado problema de ser mayoría. En gran medida, el independentismo, convertido en indepe, ha borrado sus antiguos rivales del panorama político catalán y ha ocupado sus espacios. No solo condiciona toda la actividad en Cataluña, sino que ha sido capaz de provocar una indudable crisis de Estado en España, por ahora de difícil solución.

Estatut 1919
Estatut 1919

El separatismo se fundó como fuerza política (y no únicamente como presencia fragmentaria de varias asociaciones pequeñas) en las últimas semanas de 1918, y con algún paso en enero de 1919. A escasos meses de su centenario, estamos en una coyuntura decisiva. Es, pues, el relato de un siglo en un sector ideológico.
El objetivo, por tanto, es explicar un inmenso cambio: cómo nació y se desarrolló el separatismo, cómo se convirtió en independentismo, y de ahí en un milagro verosímil indepe; y cómo se realizó una conversión masiva que ha llenado muchos rincones de creyentes. Este libro procura explicar e invitar a entender, y no a derrotar ni a unos ni a otros. España no la hizo Dios en su gloria para toda la eternidad, ni tampoco el Ser Supremo forjó Cataluña para que trascendiera para siempre. Lo que vemos son tan solo nacionalismos en combate, en una lucha por el poder, por el control. No es poco. Hay que saber interpretar qué representan las fuerzas en lucha, los jugadores que apuestan sobre el resultado final del enfrentamiento. Se debe analizar cuál ha sido y qué sigue siendo el deseo de ruptura política y desgaje territorial.
A riesgo de parecer reiterativo, resulta importante entender el carácter de este libro, en especial lo que no es. En primerísimo lugar, no es una polémica, lista a demostrar la falsedad de unos y la bondad de otros. Todos son (o somos) malos, en algún u otro sentido. No hay santos en la vida política; solo en la mala historia. Tampoco es una obra periodística, que repasa los últimos meses de 2017. No explica cuestiones entre bastidores sobre el hundimiento del gobierno de Rajoy y la bronca resultante dentro del Partido Popular; no aporta datos desconocidos sobre el ascenso del gabinete socialista de Pedro Sánchez, ni explica secretos del círculo de Puigdemont en Bélgica o Alemania; tampoco descubre el pensamiento oculto de Quim Torra.
Este es un ensayo de interpretación histórica, no una obra con voluntad de detalle y conocimiento de tipo académico. No es una historia contemporánea de Cataluña, aunque a veces, para que se entiendan mejor las cosas, lo parezca. Luego está el contexto estatal, o el marco español, y cómo condicionan la política regional y local catalana, que se considera a sí misma nacional, al margen de lo que digan los españoles y sus «sucursales» políticas. Narra los conflictos hispano-catalanes en términos generales, sin ir más allá de lo necesario para entender al sector separatista o independentista. Tampoco pretende ser una historia del nacionalismo catalán como un movimiento, un cúmulo de organizaciones e ideas, ni busca narrar la evolución del catalanismo en su conjunto, ni mucho menos ofrecer una exploración del sentimiento nacional en Cataluña. Todo ello está presente, pero no es el objeto de la obra. Lo que intenta es explicar y narrar (de forma rápida pero interpretativa) el desarrollo de los partidarios de una ruptura, que, por supuesto, tiene que ver con el conjunto que ha sido el nacionalismo catalán, pero no es lo mismo. Lo cierto es que, al largo del siglo XX y hasta bien entrado el XXI, ha habido muchos nacionalismos catalanes, todos rivales. O, si se prefiere, muchos modos de entender el nacionalismo. Aquí a nosotros solo nos interesa un camino.

Enric Ucelay-Da Cal.
Breve historia del separatismo catalán. Ediciones B. 318 páginas. Barcelona, 2018

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