Recensiones de libros

Rebeca Baceiredo (2016): Oikonomía do xénero. Relato das clausuras, Axóuxere editora.


 David Rodríguez

Pese a no tratarse de un libro de reciente publicación —dos años en el mundo-estrépito que habitamos parece una eternidad— no debería pasar desatendido el interesante ensayo de la filósofa Rebeca Baceiredo (2016): Oikonomía do xénero. Relato das clausuras, publicado en lengua gallega por Axóuxere editora.
Un trabajo, por cierto, que me trajo a la memoria una idea escuchada hace bastantes años a Amelia Valcárcel, donde la filósofa sugería que la idea del «paseo», de salir al espacio público a caminar o ver escaparates, bien podría haber sido un invento de las mujeres de la sociedad victoriana para liberarse de la reclusión en la casa. Y es que no por casualidad, oikos, el término griego para referirse a la casa, dará lugar, con el tiempo, a la palabra economía. Idea alrededor de la cual, a su vez, se organizará la política, la actividad de la polis.
Con esta atención a la estrecha relación entre la composición del oikos y el papel económico de cada integrante del mismo, Rebeca Baceiredo emprende la tarea de mostrar cómo la emergencia de la propiedad privada y el reparto del trabajo en la casa, con posterioridad a la etapa nómada de las gens, están en el origen de la construcción social de los géneros. En el libro, la autora hace un ambicioso recorrido —de la prehistoria hasta la actualidad neoliberal— con el empeño de desnaturalizar e historizar la división binaria por géneros en las sociedades humanas que, a través de Occidente, acabará siendo hegemónica en todo el mundo.
La autora parte de que el proceso civilizatorio consiste en la represión —la muerte, el Tánatos— de las máquinas deseantes que, según Gilles Deleuze, son nuestros cuerpos: «La energía de los miembros de una sociedad es canalizada con el fin conseguir de ellos acciones productivas, conformando así un engranaje de producción. Se transita de un primer estado espontáneo, de flujo no dirigido, cara un estado de subjetivación consistente en una alerta permanente respecto del mundo y de la vida. Es decir, se transita del Eros al Tánatos, probablemente mediante las formas civilizatorias, que producen individualidades y las marcan en forma de sujeto» (pág. 13).
Con este marco interpretativo previo, Baceiredo emprende un diálogo con Engels y su El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), un trabajo basado en buena medida en las anotaciones de Marx sobre la obra del antropólogo Lewis Henry Morgan, así como con otras escuelas de pensamiento más recientes como pueda ser la teoría queer, para de este modo desmenuzar el papel jugado, entre otras cosas, por el género, la sexualidad, la prostitución o el Estado. Además, se apoya en paralelo en una abundante bibliografía antropológica para acercarse a otras sociedades no occidentales, en las que el transgénero, el tercer género, tiene connotaciones positivas, lo que le permite relativizar la carga de «verdad» de la construcción binaria occidental, una construcción en la que todo espacio intermedio entre las dos identidades de género normativas ocuparía el lugar de lo monstruoso.
A lo largo del libro, Rebeca Baceiredo describe el paso de las sociedades primitivas, en las que el reparto del trabajo entre tareas productivas y tareas reproductivas no existía, a formaciones sociales en las que el varón se especializa en la producción exterior de alimentos —lo que llevará consigo a un control que redundará en la progresiva instauración de la propiedad privada dentro del grupo y en la construcción de un poder separado— y en las que la mujer se ve abocada a permanecer en el ámbito de la familia, tanto en lo que tiene que ver con la organización de los recursos como con la producción y cuidado de la nueva mano de obra. Existe, señala Baceiredo, una relación entre el nacimiento de la propiedad privada y el relegamiento cosificador de la mujer, donde ésta aparece valorada por la dote que paga la familia del varón en el contrato matrimonial o como objeto de intercambio entre clanes, tal como consignaran los estudios clásicos de Levi-Strauss sobre la estructura del parentesco y el tabú del incesto.
Esta reorganización social en el plano material tendrá su correlato en el plano político con la creación de castas sacerdotales masculinas encargadas de regular esta nueva formación social, lo que dará como origen al Estado. Al mismo tiempo, también habrá correlato en el plano ideológico, donde se procederá a una masculinización de las viejas deidades matriarcales nutricias y dadoras de vida, a través, por poner un ejemplo concreto y reconocible, de la resignificación en función de los intereses patriarcales de la figura de la virgen en la cultura cristiana.
En la antigua Grecia, todo esto se substancia en una visión de la mujer, de larga trascendencia histórica, como lo opuesto a la civilización. La mujer griega puede otorgar ciudadanía a sus descendientes, pero ella misma no es ciudadana, pues pertenece al espacio de lo privado, no al espacio cívico. La mujer no es ciudadana plena, pues en ella predomina la hibrys, lo dionisíaco, el exceso prerracional frente a la contención, el autodominio, lo apolíneo, propio del varón. Ahí tendrá lugar el moldeado definitivo de lo que, pasado el tiempo, Freud describiría como el malestar en la culturay el consiguiente regreso de lo reprimido en forma de violencia irracional.
Oikonomía do xenero interior
Como señala Baceiredo, al abrigo de las corrientes emancipadoras de la modernidad «la subalternidad se ve empapada por los enunciados emancipadores y demanda su condición de ciudadanía, de sujetos autónomos […] capaces de sujetarse a si mismos» (pág. 144). Así lo harán las feministas y los negros haitianos en los siglos XVIII-XIX, reivindicándose como sujetos de derecho, lo que no impedirá que Olympe de Gouges sea guillotinada tras escribir la Declaración Universal de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, ni que Francia acabe revocando la ley que prohibía la esclavitud. Realidades éstas que parecerían probar que la captación por el Poder de toda práctica emancipadora formulada en los términos del reconocimiento provoca que estuviese condenada al fracaso de antemano.
Pese a que Hegel soñaba con la reconciliación de la sociedad en el Estado, donde lo particular y lo universal se reconocerían, Marx hizo saltar por los aires esa pretendida reconciliación. Sin embargo, al considerar la lucha de clases como el motor de la historia —cuya dialéctica sólo alcanzaría su reconciliación final en la idea de Comunismo, estadio postulado más como teloso horizonte cara el que caminar que como espacio-tiempo concreto— no cayó en el nihilismo, pues aunque se puedan encontrar paralelismos entre cierta lectura positivista de Marx, que vería en la radicalización de la lógica desacralizadora del flujo del capital el camino desbrozado para que el proletariado entendiese que no tenía nada que perder salvo sus cadenas, y las ideas refractarias a toda paralización del flujo de Deleuze, lo cierto es que existe una diferencia de nuclear entre Marx y los neovitalismos de raíz nietzscheana como el del francés. Esta diferencia radica en que el de Tréveris sí consideraba totalmente necesaria la subjetivación del proletariado: subjetivación en tanto que toma de consciencia, aunque fuese consciencia de su condición de negatividad frente a lo existente. Así, no por azar, se hablará del proletariado como «sujeto político» (idea de sujeto, a la sazón, inspirada por el sujeto intersubjetivo hegeliano).
La querencia por el flujo de lo vivo nunca coagulado, por el puro devenir, por lo no limitado a través del régimen de representación propio del logos, puede conducir a la repulsa del racionalismo in totoy a una visión idealizada de lo natural e informe previo al proceso civilizatorio. Para los posestructuralistas, el acto de subjetivación se entiende como una violencia que interrumpe, y pretende amoldar a la pura repetición, lo que sería la inabarcable riqueza del devenir en su continua producción de diferencias.
Contraponiendo el Poder a la Potencia, donde la segunda sería «trascendental, virtual, múltiple y… inclusiva», el primero aparece como «escindido del sujeto que sustenta con el ofrecimiento de su soberanía y está separado del sujeto que, de vuelta, lo padece» (pág. 136). Así, esta voluntad de poder abstracta emplearía el proceso de subjetivación para hacerse presente: «el poder no es sólido pero demanda serlo» (pág. 136).
Es este, por tanto, un tipo de romanticismo que, enmendando a la totalidad el proceso de civilización humana, no se concibe a sí mismo como un momento dialéctico (lo cual no quiere decir necesario tal y como lo entendería la dialéctica teleológica de la historia que el Marx positivista toma de Hegel) que permita el progreso de esa civilización, un momento dialéctico que emplee la diferencia como paso para conseguir la igualdad, sino una alternativa total a cierta idea de ser humano racional.
En cualquier caso, cabe pensar que con independencia de su viabilidad como concepción alternativa a la idea de racionalidad humana, en lo que respecta a la lucha feminista, aquí y ahora, parece lógico que llevar estas ideas sobre lo fluido y no subjetivado a las últimas consecuencias implicaría identificarse con el papel dado por el patriarcado a la mujer en tanto que elemento ajeno al espacio cívico, a la mujer como hibrys, como lo natural informe. Pero hacerlo no como medio para crear una identidad desde la que oponerse a la dominante en la lucha por el reconocimiento, de manera que también la mujer pueda contribuir a la construcción del ethoscomún de la polis en situación de igualdad con el varón, sino para que ese natural informe permanezca en su estadio amorfo, fluído, no sujetado.
indice dos hermanas


Recensión publicada originalmente en gallego para la revista Luzes.
 
 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here