«Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente.
A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado»
Dr. Hans Vergérus en El huevo de la serpiente (1977) de Ingmar Bergman.

 Xosé Ramón Quintana Garrido

Este artículo pretende combinar un enfoque de historia del tiempo presente con algunos aportes conceptuales de la ciencia política para elaborar una narración analítica que examine, en términos globales, el fenómeno que tradicionalmente se ha denominado extrema derecha y que hoy se tiende a bautizar de otras maneras por una gran mayoría de estudiosos. Sin embargo, mantenemos la denominación en el título, con el añadido de ‘nuevo’, por ser tal vez el más familiar a la mayoría de los lectores. Sin ánimo de agotar un tema inconmensurable sobre el que se han escrito miles de libros y artículos, este texto procura una visión de conjunto, siempre incompleta y revisable. Estructurado en dos partes, esta primera se divide, a su vez, en tres secciones. La primera aborda sumariamente el retroceso de la democracia en el mundo y el impacto político de la crisis económica. La segunda se refiere a las relaciones bidireccionales entre xenofobia y ascenso del extremismo de derecha radical populista. Y la tercera se centra, por su acuciante actualidad, en el caso de Brasil. La segunda parte del artículo, en elaboración, posee una dimensión más analítica y se publicará en los próximos días.
 1. La democracia en recesión
Vivimos tiempos convulsos que anuncian nubarrones negros en el panorama europeo e internacional. Todos los barómetros e informes internacionales sobre la salud de la democracia presentan un panorama desolador, confirmando lo que Larry Diamond, uno de los más importantes estudiosos de la democracia, denominó recesión democrática (“Facing Up to the Democratic Recession”, 2015). Una recesión que es global y multicausal, pues son muchos los problemas y peligros que acechan a las democracias realmente existentes. El protagonismo en la esfera internacional de Estados conducidos por autócratas o con vocación de tales, así como el ascenso de la nueva derecha radical populista han evidenciado un incierto futuro para la democracia liberal, no solo en los países y regiones del mundo donde todavía no había florecido, sino también en los lugares donde parecía estar fuertemente arraigada: incluso democracias consolidadas podrían perder buena parte del apoyo de ciudadanos que se inclinarían hacia políticas más autoritarias.
Freedom in the World
Si acudimos al informe de Freedom House (Freedom in the World 2018. Democracy in Crisis), la visión que ofrece es la de un nítido deterioro y retroceso de la democracia en el mundo.  En efecto, indica que la democracia enfrentó en el año 2017 su crisis más grave en décadas, ya que sus principios básicos, incluidas las garantías de elecciones libres y justas, los derechos de las minorías, la libertad de prensa y el estado de derecho, fueron objeto de ataques en todo el mundo. 71 países sufrieron disminuciones netas en derechos políticos y libertades civiles, y tan solo se registraron avances en 35. Es más, 2017 marcó el 12º año consecutivo de declive en la libertad global: desde 2006, 113 países han experimentado un descenso y solo 62 una mejoría. Los desafíos dentro de los estados democráticos han impulsado el surgimiento de líderes populistas que apelan al sentimiento antiinmigrante y que, en términos del Informe, “le dan poca importancia a las libertades civiles y políticas fundamentales”. Los resultados en las urnas ayudaron a debilitar a los partidos establecidos tanto en la derecha como en la izquierda. Pero, para el Informe, “quizás lo peor de todo, y lo más preocupante para el futuro, los jóvenes, que tienen poca memoria de las largas luchas contra el fascismo y el comunismo, pueden estar perdiendo la fe y el interés en el proyecto democrático. La idea misma de democracia y su promoción ha sido empañada entre muchos, contribuyendo a una apatía peligrosa”. Hace un cuarto de siglo, al final de la Guerra Fría, parecía que la democracia liberal había ganado la gran batalla ideológica del siglo XX, como pronosticara polémicamente Francis Fukuyama y que tantos ríos de tinta hizo correr. Sin embargo, la noción del fin de la historia se reveló como un desiderátum ideológico que la propia historia se encargó de desmentir.

Democracy Index 2006-17
Democracy Index 2006-17

Si acudimos al informe de The Economist Intelligence Unit (Democracy Index 2017. Free speech under attack), medido en 167 Estados, el índice global de democracia bajó de 5.52 en 2016 a 5.48 en 2017 (en una escala de 0 a 10), el peor desde 2010-11 a raíz de la crisis económica y financiera mundial. Unos 89 países experimentaron una disminución en comparación con 2016, mientras que 51 países se estancaron y solo 27 registraron una mejoría. De las 7 regiones en que divide el mundo (Asia & Australasia, Europa del Este, América Latina, Oriente Medio & Norte de África, América del Norte, Europa Occidental, África Subsahariana), en 2017 ninguna registró una mejora en su puntuación promedio en relación al año anterior. Tan solo se mantuvo la de América del Norte (Canadá y los Estados Unidos), mientras que las otras seis regiones experimentaron una regresión. Este declive de la democracia se caracterizó por la disminución de la participación popular en las elecciones y la política, la existencia de debilidades en el funcionamiento del gobierno, la disminución de la confianza en las instituciones y en los principales partidos representativas, la influencia creciente de instituciones no electas y no responsables de gestores expertos, la ampliación de la brecha entre las elites políticas y los electorados, la disminución de las libertades de los medios y la erosión de las libertades civiles, incluidas las restricciones a la libertad de expresión.

The Economist Intelligence Unit (Democracy Index 2017. Free speech under attack
The Economist Intelligence Unit (Democracy Index 2017. Free speech under attack)

El  informe establece una tipología de regímenes políticos para clasificar a los países. Las democracias plenas se darían en países en los que no solo las libertades políticas básicas y las libertades civiles son respetadas, sino que también están respaldadas por una cultura política favorable al desarrollo de la democracia. Tendrían un sistema efectivo de controles y balances, con un poder judicial independiente cuyas  decisiones judiciales son respetadas, un funcionamiento del gobierno por lo general aceptablemente satisfactorio y unos medios de comunicación independientes y plurales. Las democracias defectuosas corresponderían a países que tienen elecciones libres e imparciales y en los que se respetan los problemas las libertades civiles básicas y la libertad de los medios de comunicación. Sin embargo, presentan carencias significativas en otros aspectos, como problemas de gobernabilidad, una cultura política subdesarrollada y bajos niveles de participación política. Los regímenes híbridos (que podríamos llamar también semidictaduras) serían los de países en los que las elecciones presentan irregularidades sustanciales que a menudo les impiden ser libres y justas. Las presiones del gobierno sobre los partidos de oposición y los candidatos son habituales. Sus carencias más graves están en la cultura política, el funcionamiento de Gobierno y la participación política. La corrupción tiende a ser generalizada y el estado de derecho y la propia sociedad civil son débiles. Por lo general, se produce hostigamiento y presión sobre los periodistas y el poder judicial no es independiente. Y, en fin, los regímenes autoritarios se darían en países en los que el pluralismo político está ausente o muy limitado. Muchos países en esta categoría son dictaduras encubiertas: pueden existir algunas instituciones formales de democracia, pero tienen muy pocas competencias. Las elecciones, si ocurren, no son libres y justas. Así mismo, se desprecian y se conculcan las libertades civiles. Los medios de comunicación o son de propiedad estatal o están controlados por grupos afines al gobierno, se reprime la crítica al gobierno y la censura está generalizada. Y no existe un poder judicial independiente.El 45.5% de los Estados-nación del mundo vivirían en democracia, aunque tan solo 19 países serían democracias plenas (que suponen el 11.4% del total de países e incluirían el 4.5% de la población mundial), mientras que 57 serían democracias defectuosas (34.1% del total de países y 44.8% de población mundial), 39 países tendrían regímenes híbridos (23,4% del total de países y 16.7% de población mundial) y 52 regímenes autoritarios (31.1% del total de países y 34.0% de población mundial).
Pew Research Center
Por su parte, una encuesta del Pew Research Center (Globally, Broad Support for Representative and Direct Democracy, 2017) sobre actitudes globales hacia la democracia en 38 países reveló una tendencia preocupante sobre el futuro de la democracia en todo el mundo y una disminución de los niveles de apoyo público a la democracia, consecuencia de una profunda decepción popular con el funcionamiento y eficacia de la democracia y los sistemas de representación política, con el consiguiente resultado de que muchos ciudadanos estarían dispuestos a avalar alternativas no democráticas. Esta decepción es particularmente pronunciada en el mundo desarrollado y ayuda a explicar la revuelta popular contra las elites de establishment y los partidos mayoritarios. La votación del Reino Unido en junio de 2016 para abandonar la UE (Brexit) y la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, serían expresiones de una profunda Insatisfacción popular con el statu quo y a favor de un confuso anhelo de cambio. Más del 50% de los países encuestados consideran que la democracia representativa es una forma muy buena o buena de gobernar su país. Sin embargo, en todos ellos las actitudes a favor de la democracia coexisten, en diversos grados, con la apertura a formas de gobierno no democráticas, incluido el gobierno de expertos, de un líder fuerte o, opinión más concentrada en ciertos países, del ejército. La existencia de poder ejecutivo sin restricciones ni contrapesos también tiene partidarios: en 20 países más del 25% de los encuestados piensan que un sistema en el que un líder fuerte puede tomar decisiones sin interferencia del parlamento o los tribunales es una buena forma de gobierno. Para examinar el apoyo público a la democracia representativa, la encuesta construyó un índice de compromiso con la democracia. Por una parte estarían los demócratas comprometidos, que apoyan un sistema en el que los representantes electos gobiernan pero en ningún caso dan su apoyo a gobiernos no democráticos, sea de expertos, de un líder fuerte o del ejército. Por la otra los demócratas menos comprometidos, que sostienen que una democracia representativa es buena, pero que también pueden apoyar al menos una forma de gobierno no democrático. Y finalmente los no demócratas, que no dan su apoyo la democracia representativa y sí, en cambio, al menos una forma de gobierno no democrático. Con variaciones según los países, el 23% de los encuestados en los 38 países son demócratas comprometidos, el 47% son demócratas menos comprometidos y el 13% no son democráticas, mientras que el 8% no respalda ninguna forma de gobierno.
La crisis económica que se inició en 2008 fue en primera instancia, en palabras del sociólogo Manuel Castells (Ruptura. La crisis de la democracia liberal, 2017), una “crisis del capitalismo financiero global, basado en la interdependencia de los mercados mundiales y en la utilización de tecnologías digitales para el desarrollo de capital virtual especulativo que impuso su dinámica de creación artificial de valor a la capacidad productiva de la economía de bienes y servicios”. La acentuación de las políticas neoliberales de desmantelamiento y privatización del sector público y el ajuste presupuestario como reacción a la crisis, junto a la deslocalización industrial y la desregulación, incrementaron gravemente el desempleo, la precarización laboral y la desigualdad social. Según el economista Branko Milanovic, (Desigualdad mundial. Un nuevo enfoque para la era de la globalización, 2017), la globalización profundizó la desigualdad en el mundo: “los grandes ganadores han sido las clases pobres y medias de Asia [“y la gente que es mundialmente muy rica (el 1% más rico a nivel mundial), los plutócratas del mundo”], y los grandes perdedores han sido las clases medias bajas del mundo rico […]. De tal modo que, como ya señalara el también economista Dani Rodrick (La paradoja de la globalización. Democracia y el futuro de la economía mundial, 2012), “la gran diversidad que caracteriza nuestro mundo de hoy hace que la hiperglobalización y la democracia sean incompatibles”.
Además de sus consecuencias económicas y sus graves secuelas sociales e incluso psicológicas, la crisis también tuvo sus implicaciones políticas: supuso un paso decisivo en la pérdida de la confianza ciudadana en los partidos tradicionales y un incremento de la desafección con la democracia como régimen político. De este modo, como también ha indicado Castells (Ruptura, 2017), “más de dos tercios de las personas en el planeta piensan que los políticos no los representan, que los partidos (todos) priorizan sus intereses, que los parlamentos resultantes no son representativos y que los gobiernos son corruptos, injustos, burocráticos y opresivos […]. Este sentimiento ampliamente mayoritario de rechazo a la política realmente existente varías según países y regiones, pero se da en todas partes” . Como entre otros ha destacado la politóloga y filósofa belga Chantal Mouffe, “las democracias liberales se enfrentan sin duda a una crisis de representación, que se manifiesta por un creciente descontento con los partidos ‘tradicionales’ y por el surgimiento de movimientos anti-establishment. Esto representa un verdadero desafío para la política democrática y puede conducir a un debilitamiento de las instituciones democráticas liberales”.
 2. Xenofobia y ascenso del extremismo de derecha radical populista
Desde hace dos décadas se está asistiendo en Europa a un incesante ascenso de formaciones políticas que convencionalmente se han venido denominado de extrema derecha o ultraderecha. Como veremos en la segunda parte de este artículo, más recientemente se han acuñado otros términos y conceptos alternativos para señalar las principales diferencias respecto del clásico fascismo histórico, como nueva extrema derecha, neofascismo, derecha radical populista o posfascismo. Estas organizaciones fueron asentado sus reales tanto en el Parlamento Europeo como en los respectivos parlamentos estatales. Con todo ello, accedieron a jugosas subvenciones institucionales por unos resultados electorales en aumento. La crisis económica desatada a partir de 2008 abrió una ventana de oportunidad para que en las sociedades europeas -y también en extraeuropeas- aflorase con fuerza un discurso populista basado en la xenofobia y la exclusión del otro, y para que viejas organizaciones ultraderechistas y, sobre todo, otras nuevas que se catalogan como derecha radical populista y autoritaria aprovechasen una ocasión de oro única.

Islamofobia en un cartel de Alternativa por Alemania
Islamofobia en un cartel de Alternativa por Alemania

La relación de la xenofobia con las fuerzas extremistas de derecha radical es bidireccional porque se retroalimentan respectivamente: de las percepciones sociales a los discursos y de los discursos a las percepciones, en una suerte de círculo vicioso en el que percepciones y discurso son causa y efecto a la vez. La popularidad del discurso xenófobo y excluyente se disparó con motivo de los atentados protagonizados por el terrorismo fundamentalista islámico y recibió un nuevo impulso con motivo de la crisis humanitaria de los refugiados-inmigrantes, de procedencia mayoritariamente siria, con destino a la Unión Europea desde 2014/2015. Aunque como señalan Juan Iglesias, Gonzalo Fanjul y Cristina Manzanedo (“La crisis de los refugiados en Europa”, 2016), en realidad se trataba de “cifras muy alejadas de las imágenes catastrofistas y de los niveles de alarma y hostilidad que han mostrado ciertos discursos de corte populista, nacionalista y xenófobo”, estos discursos “han sido utilizados por gobiernos, partidos y movimientos sociales para justificar medidas defensivas y restrictivas frente a los refugiados”. Unas cifras, en definitiva, que en absoluto “justifican por sí solas las reacciones tan defensivas de diferentes Estados miembros de la UE, ni su falta de liderazgo a la hora de promover la acogida, ni, en ningún caso, la legitimidad –y los votos– que determinados partidos y movimientos sociales, con propuestas xenófobas y extremadamente nacionalistas, han obtenido al agitar el fantasma de la amenaza del extranjero”.
Así las cosas, los inmigrantes se han convertido definitivamente para amplias capas de la población en el chivo expiatorio de todos los males y la islamofobia en su principal, aunque no única, manifestación. Y todo ello con independencia de la mayor o menor presencia de contingentes reales de inmigrantes en cada país concreto. Para más agravamiento, un análisis de las evidencias parece indicar que las actitudes ante la inmigración, una vez establecidas, tienden a estabilizarse en el tiempo, según estudia Alexander Kustov, Dillon Laaker y Cassidy Reller (“The Stability of Immigration Attitudes. Evidence and Implications”, 2018). El historiador Enzo Traverso subraya tres interesantes analogías históricas (“La fábrica del odio. Xenofobia y racismo en Europa”, 2012): “el inmigrante de nuestros días es el heredero de las ‘clases peligrosas’ del siglo XIX”, “el retrato del arabomusulmán dibujado por la xenofobia contemporánea no difiere mucho del retrato del judío construido por el antisemitismo al inicio del siglo XIX” y “el espectro del terrorismo islamista ha reemplazo al del judeo-bolchevismo”. Como afirma el profesor de la  Istanbul Bilgi University, Ayhan Kaya (“Populismo e inmigración en la Unión Europea” 2017), la estigmatización de la inmigración ha dado lugar al discurso político denominado ‘el fin del multiculturalismo y la diversidad’, que se basa en la “premisa de que está en juego la homogeneidad del país y que, para recuperarse, este debería aislar a aquellos que no forman parte de un grupo homogéneo étnico-cultural y religiosamente” (en la segunda parte de este artículo definiremos esta concepción como nativismo, siguiendo al politólogo Cas Mudde). Tras un relativo protagonismo político y académico del multiculturalismo, actualmente se dan muestras de desconfianza en relación a la idea de que el “multiculturalismo implicaba conciliación, tolerancia, respeto, interdependencia y universalismo, y se esperaba que contribuyese a crear una comunidad intercultural”. De hecho, la declaración del ‘fracaso del multiculturalismo’ ha pasado a ser el lema no ya solo de los partidos políticos de extrema derecha populista, sino también de aquellos de centro en todo el continente.
Diversos análisis confirman en el avance de las actitudes xenófobas y antiinmigración en Europa. Así, una encuesta del Pew Research Center (2016/2017) muestra como la crisis de refugiados y la amenaza del terrorismo están muy relacionadas en la percepción de muchos europeos: en ocho de los diez Estados-nación europeos encuestados, el 50% o más de los ciudadanos creen que la llegada de refugiados aumenta la probabilidad de terrorismo en su país. Muchos también están preocupados por la supuesta carga económica: el 50% o más de los nacionales de cinco Estados-nación piensan que los refugiados eliminan empleos y deterioran los servicios sociales, sanitarios y educativos. Húngaros, polacos, griegos, italianos y franceses identifican esto como su mayor preocupación. Suecia y Alemania son los únicos países donde al menos el 50% de los entrevistados dice que los refugiados fortalecen a su país por el aporte de su trabajo y talento. Los temores que vinculan a los refugiados con el crimen son menos generalizados, aunque casi el 50% de los italianos y de los suecos sostienen que los refugiados son más culpables de actos criminales que otros grupos.
Islamofobia en europa
Con respecto a la islamofobia, la citada encuesta señala que la visión negativa sobre los refugiados está influenciada por las actitudes negativas hacia los musulmanes que ya viven en Europa: en Hungría, Italia, Polonia y Grecia, más del 60% tienen una opinión desfavorable de los musulmanes en su país. En todos los países encuestados, la opinión dominante es que los musulmanes quieren diferenciarse del resto de la sociedad en lugar de adoptar las costumbres y el estilo de vida del país de acogida: el 60% de los encuestados sostienen este punto de vista en Grecia, Hungría, España, Italia y Alemania, aunque esta opinión ha disminuido en cuatro países desde 2005, sobre todo en Alemania, donde ha bajado del 88% al 61%. Hay menos alarma, no obstante, de que los musulmanes que ya viven en el continente puedan simpatizar con el terrorismo islamista: menos del 50%  en todos los Estados-nación encuestados. Aún así, el 46% de los italianos, el 37% de los húngaros, el 35% de los polacos y el 30% de los griegos piensan que los musulmanes en sus países se inclinan favorablemente hacia el terrorismo fundamentalista. Por su parte, una encuesta online realizada entre diciembre de 2016 y enero de 2017 para el Chatham House Europe Program del Royal Institute of International Affairs (What Do Europeans Think About Muslim Immigration?, 2017) en varios países europeos (Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Grecia, Hungría, Italia, Polonia, España y el Reino Unido) muestra elevadas dosis de islamofobia. El 55% de los encuestados respondieron afirmativamente a la pregunta de si se debería frenar la inmigración procedente de países de mayoría musulmana, un 25% dijo no estar ni de acuerdo ni en desacuerdo y un 20% se pronunció en contra de la medida. El 71% de los polacos, el 65% de austriacos, el 64% de húngaros y belgas, el 61% de franceses, el 58% de los griegos, el 53% de los alemanes y el 53% de los italianos respondieron en sentido afirmativo. Según la edad, esta propuesta recibió un mayor respaldo entre las edades más avanzadas: mientras los jóvenes de 18 a 29 años tan solo la apoyaron el 44%, el 63% de los mayores de 60 años se mostró favorable a la medida de prohibición. La propuesta fue mejor acogida entre los varones y los residentes en zonas rurales, en tanto que la tendencia en las ciudades y entre las mujeres fue menos favorable a dicha medida. El 59% de los encuestados con educación secundaria rechazó el aumento de la inmigración de origen musulmán, mientras que en los titulados superiores fueron menos de la mitad los que respaldaron más restricciones a la inmigración. En resumidas cuentas, la fábrica del odio, el rechazo y la marginación funciona a todo gas en Europa y también en gran parte del mundo.
El panorama se hizo más sombrío desde la llegada de Donald Trump a la Presidencia de los EE.UU., cuyos lemas ultranacionalistas y proteccionistas fueron adoptados y adaptados en el viejo continente, y desde el acceso a gobiernos europeos de fuerzas antiestablisment de derecha radical populista, bien en solitario o bien mediante su participación en gobiernos de coalición (“Cuáles son los gobiernos de la UE: partidos, coaliciones, primeros ministros”, 2018. Disentimos, de este informe, de la simple calificación formalista de “derecha” o “centro-derecha” de ciertos gobiernos que son, en realidad, de ultraderecha y que implementan medidas antidemocráticas y excluyentes). Al respecto, no hace falta más que citar algunos de los principales líderes y organizaciones, como Matteo Salvini y la Liga Norte (Italia), Viktor Orbán y el Fidesz (Hungría), Jaroslaw Kaczynski y Ley y Justicia (Polonia) o Heinz-Christian Strache y el Partido de la Libertad (Austria). Otros grupos han obtenido buenos resultados o se les pronostican para las próximas elecciones. Es el caso de Alexander Gauland y Alternativa por Alemania, Jussi Halla-aho y el Finns Party (Finlandia), Jimmie Akesson y los Demócratas de Suecia, Marine Le Pen y el Reagrupamiento Nacional, nueva denominación del Frente Nacional (Francia), o el neonazi Nikos Michaloliakos y Amanecer Dorado (Grecia).

El «puzzle ultra europeo» cada vez tiene más fichas en el tablero

Aun sin participar en el gobierno la capacidad de estos líderes y grupos para imponer o marcar la agenda política y mediática (la de las fuerzas conservadoras y liberales, pero también la de la “izquierda”) es más que notoria, especialmente en el rechazo a la inmigración. Es lo que los politólogos denominan contagio programático. Así ocurrió, por ejemplo, durante la campaña del Brexit por parte de Nigel Farage y el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), que, paradójicamente, entraría en crisis después del referéndum. Como informa Diego Herranz, de todos los líderes, el presidente húngaro Viktor Orbán es la principal referencia de los movimientos de la derecha radical europea: “es el modelo sobre el que edificar sus asaltos al poder en cada uno de los países donde han emergido, con especial intensidad en los años de la post-crisis, partidos xenófobos, anti-inmigración, euroescépticos y nacional-populistas”. En palabras de Ayhan Kaya (“Populismo e inmigración…” 2017), “todos estos líderes de partidos y movimientos populistas extremistas de derechas suelen explotar el fenómeno de la inmigración, que presentan como una amenaza para el bienestar y la idiosincrasia social, cultural e incluso étnica del país”. Además, “los líderes populistas tienden también a culpar de algunos de los problemas más graves de la sociedad –como el desempleo, la violencia, el delito, la inseguridad o el tráfico de drogas y de seres humanos– al enfoque flexible que se aplica a la inmigración, y esta tendencia se refuerza mediante el recurso a la retórica racista, xenófoba y degradante, de la que el uso de palabras como ‘aluvión’, ‘invasión’, ‘inundación’ e ‘intrusos’ es solo un ejemplo”.
3- Brasil: ¿fin del ciclo progresista en América Latina?
Países de otros continentes, en fin, también padecen el virus extremista de derechas. Por ejemplo, la reciente y holgada victoria con 49 millones de votantes (46% del total frente al 29% de su rival) en la primera vuelta (7/11/2018) de las elecciones presidenciales en Brasil por parte del ultraderechista y capitán retirado del ejército Jair Messias Bolsonaro, que hasta no hace mucho había sido un oscuro diputado durante siete legislaturas consecutivas que se había caracterizado por un rudo y sensacionalista radicalismo verbal. Como informa una biografía publicada por el CIDOB en la que nos basamos en parte para elaborar este perfil, sus afirmaciones, de una demagogia brutal, le han costado “denuncias y sanciones judiciales por incitar al odio y la agresión de colectivos como las mujeres, los homosexuales, los afrobrasileños, los indígenas y los inmigrantes”. También ha “elogiado la dictadura militar que entre 1964 y 1985 rigió Brasil, justificó la pena de muerte y la práctica de la tortura (en la campaña ha preferido enfatizar la cadena perpetua) y desprecia las políticas de promoción social implementadas por los anteriores gobiernos de la izquierda, como las acciones afirmativas y las cuotas raciales, generadoras según él de injustos ‘privilegios’”. Bolsonaro niega ser homófobo pero sostiene que solo rechaza el «uso de la homosexualidad como arma cultural», al tiempo que refuta la acusación de misógino, pues únicamente estaría en contra de la «apología de la ideología de género».

Bolsonaro bautizado en el Jordan
Bolsonaro bautizado en el río Jordán (Israel)

Su segundo nombre, Messias, no es casual: le fue impuesto cuando así fue bautizado en mayo de 2016 en el río Jordán y “renació” al abrazar la religión evangelista. Esta religión cuenta con más de 6.000 templos en Brasil y se declaran parte de la misma el 29% de la población (60.7 millones), así como la quinta parte de los congresistas (“bancada evangélica”). Sus valores rígidamente conservadores y su activismo social hacen que posea una gran influencia social y política en Brasil y que los evangélicos pentecostalistas sean, como afirma el antropólogo Ronaldo de Almeida, los protagonistas más visibles del “conservadurismo moral religioso” al entrar “en la disputa por la moralidad pública para un mayor control de los cuerpos, de los comportamientos y de los vínculos primarios” (“A onda quebrada – evangélicos e conservadorismo”, 2017). Éstos son uno de los principales apoyos con los que cuenta, además de otros.
Bolsonaro representa “un proyecto con tres cimientos claros: la total sintonía con el mercado, la pleitesía a los altares de las iglesias pentecostales [evangelistas] y la inquietante conexión con ciertos sectores oscuros de las Fuerzas Armadas”. Su victoria se vio reforzada con el crecimiento electoral del minúsculo Partido Social Liberal (PSL), al que se afilió en enero de 2018 y que, como buen tránsfuga, es su novena filiación a unas siglas en tres décadas desde que colgó el uniforme. Aliado con el ultraderechista Partido Renovador Laborista Brasileño (PRTB) en una coalición bajo el lema Brasil acima de tudoDeus acima de todo, divulgó un programa basado en unas pocas nociones básicas y sin apenas compromisos específicos, combinando ultranacionalismo, neoliberalismo, antiestatismo y conservadurismo. En las elecciones paralelas a la Cámara de Diputados y al Senado, el PSL ha pasado de 8 a 52 diputados y de 0 a 4 senadores, convirtiéndose en la segunda fuerza parlamentaria. De este modo, en palabras del periodista Pablo Stefanoni, los resultados electorales “expanden el ya existente bloque parlamentario BBB (buey, biblia, bala, en referencia a terratenientes, pastores evangélicos y ex-integrantes de fuerzas de seguridad) hacia dimensiones hasta hoy desconocidas”.En todo caso, la fuerza de Bolsonaro no procede tanto de este partido oportunista y pragmático que desde su fundación en 1994 ha modificado su orientación las veces que ha hecho falta (escorándose cada vez más hacia el autoritarismo político, el conservadurismo más radical en el plano social y el neoliberalismo en el económico), como de ser capaz, partiendo de muy escasos medios, de movilizar el resentimiento y aglutinar tras su persona un conglomerado de apoyos a un movimiento político antiprogresista, autoritario, racista, aporofóbico, homófobo y misógino, que defiende la familia tradicional contra la libre orientación sexual, el aborto y el feminismo, y que se recrea en retóricas apocalípticas y violentas. 

Bolsonaro en estado puro
Bolsonaro en estado puro

Como ha señalado el historiador Joan del Alcàzar Garrido, “la corrupció, la violència urbana, la situación económica, el descrèdit dels polítics i els partits tradicionals, la desconfiança creixent cap a les institucions i el rebuig radical al binomi Lula/PT d’una ingent quantitat de brasilers”, están en la base del éxito de un candidato “que promet solucions senzilles, dures, ràpides i efectives”. Bolsonaro ha logrado lograron aunar un amplio apoyo interclasista, que va desde relevantes núcleos sindicales y de trabajadores a la propia oligarquía brasileña, pasando por amplios sectores de clases medias que, paradójicamente, se habían visto beneficiadas por las políticas petistas. Merced a un discurso que hace gala de su condición de outsider que rechaza a un establishment desacreditado por la corrupción (su adversario, el PT, Partido dos Trabalhadores, está acuciado por episodios de corrupción que dieron alas a un acoso político, judicial y mediático), a un programa demagógico simplista (“luchar con violencia contra la violencia” era uno de sus lemas) y a una eficaz campaña en las redes sociales basada en la propagación de fake news, logró que su mensaje, que promueve el odio, la frustración y los valores más reaccionarios, calase en amplios estratos de la sociedad brasileña, como expone el politólogo Gonzalo Berrón.
Este triunfo ha motivado reacciones internacionales para llamar la atención sobre el desastre que acarrearía su victoria definitiva en la segunda vuelta. Uno de los primeros en reaccionar ha sido el sociólogo Manuel Castells, que ha realizado un llamamiento urgente a la intelectualidad mundial para la defensa de la democracia brasileña. Por el contrario, haciendo caso omiso de las consecuencias que tendría el acceso al poder de un partidario de la más dura represión política y de la discriminación y marginación de inmigrantes, homosexuales, mujeres, indígenas y personas de color, esta victoria ha sido vista como una magnífica oportunidad para los negocios por los partidarios del más despiadado neoliberalismo. La confianza de los mercados (¡ese eufemismo!) en el futuro ministro, el economista neoliberal Paulo Guedes,  es total, porque, como buen Chicago boy, pretende desarrollar una política económica ultraliberal como la de Pinochet en Chile. De ahí que la bolsa se haya disparado con el éxito de la primera vuelta, y que Bankinter aconseje a sus clientes invertir en Brasil porque el candidato ultraderechista es “pro-business”: requerido por el digital La Marea, el departamento de comunicación de la entidad financiera ha contestado, en un alarde de crudo cinismo, que “son solo recomendaciones de ámbito económico para sus clientes, que el banco no hace valoraciones de tipo político”.  Todo ello no es en absoluto anecdótico: revela que a los detentadores de la riqueza y el poder económico y a sus agresivos gestores lo único que les interesa es el beneficio y la máxima rentabilidad. Y que para ellos la democracia y los derechos humanos son algo accesorio o secundario, cuando no un estorbo si las condiciones políticas no les son propicias. Si el resultado de las elecciones democráticas es favorable a los negocios, el cántico a la sabiduría popular está asegurado: “millones de brasileños piensan que un outsider es exactamente lo que necesita el país. Tal vez saben más que los cenizos del mundo”, aseguraba The Wall Street Journal un par de días después de los comicios.
Por su parte, el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos ha pedido a sus amigos académicos brasileños que se pronuncien abiertamente en contra y advierte que “la segunda vuelta es […] un auténtico plebiscito sobre si Brasil debe continuar siendo una democracia o pasará a ser una dictadura de nuevo tipo”, llegando a la siguiente conclusión: “lo que él dice [Bolsonaro] sobre las mujeres, los negros o los homosexuales o acerca de la tortura poco interesa a los ‘mercados’. Poco interesa que el clima de odio que él creó esté incendiando el país”. De hecho, se han producido brotes de violencia y ataques a homosexuales, transexuales, feministas, periodistas y votantes del candidato contrario, pues, como ha dicho el analista político Vladimir Safatle, “la victoria de Bolsonaro en esta primera vuelta ha provocado que sus seguidores se sientan libres y legitimados para cometer todo tipo de crímenes basados en la intolerancia, éste [el asesinato de un músico por un partidario del ex militar] puede ser el primero de muchos”. La situación es tan preocupante que Roger Waters, el bajista y ex miembro de los míticos Pink Floyd, en un concierto en Sâo Paulo dos días después de la primera vuelta presidencial recordó los “malos viejos tiempos en Sudamérica” cuando gobernaban “las Juntas de las dictaduras militares”, que calificó de “horribles”, y, entre vítores y abucheos de la audiencia, proyectó valientemente el nombre de Bolsonaro en una pantalla gigante junto a los de Trump, Farage, Orbán y Le Pen, con la advertencia: “Neo-fascism is on the rise”.

Manifestación en contra de Bolsonaro en Sao Paulo
Manifestación en contra de Bolsonaro en Sao Paulo

Como no podía ser de otro modo, en Brasil los sectores progresistas del mundo cultural, académico, de las artes y de la ciudadanía en general también se han movilizado. De entre el repertorio de acción colectiva desplegado, destaca la promoción del Manifiesto Democracia Sim, que, entre otras cosas, afirma:

[…]

Como todos os brasileiros e brasileiras sabemos da profundidade dos desafios que nos convocam nesse momento. Mais além deles, do imperativo de superar o colapso do nosso sistema político, que está na raiz das crises múltiplas que vivemos nos últimos anos e que nos trazem ao presente de frustração e descrença.

Mas sabemos também dos perigos de pretender responder a isso com concessões ao autoritarismo, à erosão das instituições democráticas ou à desconstrução da nossa herança humanista primordial.

Podemos divergir intensamente sobre os rumos das políticas econômicas, sociais ou ambientais, a qualidade deste ou daquele ator político, o acerto do nosso sistema legal nos mais variados temas e dos processos e decisões judiciais para sua aplicação. Nisso, estamos no terreno da democracia, da disputa legítima de ideias e projetos no debate público.

Quando, no entanto, nos deparamos com projetos que negam a existência de um passado autoritário no Brasil, flertam explicitamente com conceitos como a produção de nova Constituição sem delegação popular, a manipulação do número de juízes nas cortes superiores ou recurso a autogolpes presidenciais, acumulam declarações francamente xenofóbicas e discriminatórias contra setores diversos da sociedade, refutam textualmente o princípio da proteção de minorias contra o arbítrio e lamentam o fato das forças do Estado terem historicamente matado menos dissidentes do que deveriam, temos a consciência inequívoca de estarmos lidando com algo maior, e anterior a todo dissenso democrático.

Conhecemos amplamente os resultados de processos históricos assim. Tivemos em Jânio e Collor outros pretensos heróis da pátria, aventureiros eleitos como supostos redentores da ética e da limpeza política, para nos levar ao desastre. Conhecemos 20 anos de sombras sob a ditadura, iniciados com o respaldo de não poucos atores na sociedade. Testemunhamos os ecos de experiências autoritárias pelo mundo, deflagradas pela expectativa de responder a crises ou superar impasses políticos, afundando seus países no isolamento, na violência e na ruína econômica. Nunca é demais lembrar, líderes fascistas, nazistas e diversos outros regimes autocráticos na história e no presente foram originalmente eleitos, com a promessa de resgatar a autoestima e a credibilidade de suas nações, antes de subordiná-las aos mais variados desmandos autoritários.

É preciso dizer, mais que uma escolha política, a candidatura de Jair Bolsonaro representa uma ameaça franca ao nosso patrimônio civilizatório primordial. É preciso recusar sua normalização, e somar forças na defesa da liberdade, da tolerância e do destino coletivo entre nós.

                                                                                      […]
Si en la segunda vuelta, el 28 de octubre, tal como pronostican los sondeos, gana Bolsonaro y se convierte en Presidente de la República con abrumadora mayoría de votos, no sólo queda expedito el camino a una profunda involución autoritaria y a un gran retroceso en el respeto a los derechos humanos en Brasil. También podría suponer un ejemplo que incentivaría procesos análogos en el conjunto de Latinoamérica, lo que implicaría el fin del ciclo progresista y el advenimiento de fuerzas de derecha radical o extrema derecha que irían devaluando los regímenes democráticos existentes, convirtiendo las democracias defectuosas actuales en regímenes híbridos (e incluso si pudiesen regímenes autoritarios). Se produciría, por tanto, un claro avance de lo que Fareed Zakaria denominó democracias iliberales (“El surgimiento de las democracias no liberales”, 1998), o que más sencillamente podemos llamar semidictaduras.
Y todavía más. Entre los planes económicos neoliberales de Bolsonaro se encuentra eliminar el ministerio de Medio Ambiente, retirarse del Acuerdo de París y convocar un referéndum sobre el Amazonas con la intención de favorecer aún más su deforestación y su conversión en tierras de pasto y cultivo en beneficio del sector agroindustrial productor de carne y soja para el mercado mundial. La consecuencia no solo sería nefasta para los indígenas que allí han vivido durante siglos (“no habrá un solo centímetro cuadrado demarcado como reserva indígena”, ha dicho), sino también para todo el Planeta. Si Brasil deja de ser el líder mundial contra el cambio climático y el calentamiento global, los pulmones de la tierra que suponen los 5 millones de kilómetros cuadrados de la Amazonia dejarían de respirar poco a poco. Por tanto, al ir fallando el filtro gigante contra las emisiones mundiales de dióxido de carbono, se darían enormes e irreversibles pasos para que el desastre medioambiental mundial esté asegurado. Bolsonaro no es solo un peligro para Brasil, sino para América Latina y la Tierra en su conjunto.
 

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