( Primera parte )
 

José María Sánchez Jáuregui
Licenciado en Historia, periodista y técnico del INE


Sólo puede quedar uno

Comienzo la parte final de esta colaboración abundando en el sentido del título del artículo. No es posible comparar fenómenos históricos tan diferentes como el Holocausto y el Conflicto Vasco. El Holocausto ocupa un lugar principal en la historia reciente. Otros genocidios anteriores y posteriores no han tenido un reflejo semejante en la historiografía, ni siquiera el genocidio de la población romaní, el Porraimo o Samudaripen,  cualitativa y cuantitativamente (en cifras porcentuales) muy semejante al judío y que compartió con el Shoah barracones y hornos. Este lugar hegemónico es debido al carácter eurocéntrico del suceso, a que se aplicó a personas de una tradición cultural presente en todo el mundo y a la construcción posterior de un Estado con el que amplias colectividades internacionales se identifican de forma sentimental y en no pocas ocasiones administrativa con la doble nacionalidad. El conflicto vasco es un problema, latente en el  tiempo, de encaje de una de las varias nacionalidades históricas  peninsulares en las estructuras modernas del estado español. Agudizado  por la dictadura franquista, el conflicto dio origen a un grupo armado que evolucionó desde la lucha violenta antifranquista al terrorismo indiscriminado, ya en democracia. Nada en común, salvo la utilización institucional de un imaginario social: las víctimas.
La Víctima como Mártir, en abstracto, sin fisuras ni sombras cuyo sacrificio redime al estado, sea el de la Tierra Prometida sea la Monarquía Constitucional. La Víctima Mártir, cuyo recuerdo se venera en templos de la Memoria, con sacerdotes que administran el recuerdo de su sacrificio. Las víctimas reales, supervivientes o deudos, asociadas, convertidas en lobbies de presión a favor de unas políticas y, también, en contra de otras. Por último, las víctimas como grupos de coacción contra todo discurso no asimilable, no necesariamente antisemita o radical, en el caso vasco, basta que el discurso incluya elementos fuera de la liturgia, el humor o la humanización y contradicciones sentimentales de las víctimas y pasados poco ejemplares (Manzanas, Carrero o Sáenz de Ynestrillas en el caso vasco).
Las víctimas de ETA, con pocas salvedades, hasta mediados de los 90, no fueron más que nombres y pequeños datos biográficos al final del artículo que informaba del atentado.  En la construcción social de la Víctima de ETA intervino una serie de acontecimientos acotados en el tiempo.
Contra la barbarie. José María Calleja
La publicación, en 1997, del libro de José María Calleja Contra la barbarie. Un alegato en favor de las víctimas de ETA (Temas de Hoy)  fue el primer y logrado intento de dar visibilidad a los afectados por el terrorismo. Calleja, periodista e historiador muy presente en los medios, escribiría varios libros más sobre el tema. Gracias a estos y su presencia en los medios se pudo conocer la problemática de las víctimas, como también lo hizo el documental Trece entre mil de Iñaki Arteta, Goya 2006 al mejor documental.

Los cambios de los años '60 hacen reaccionar a la parte de la sociedad que se encontraba cómoda en situación anterior
Los cambios de los años ’60 hacen reaccionar a la parte de la sociedad que se encontraba cómoda en situación anterior

Un segundo factor fue la (re)fundación de la derecha organizada en el Partido Popular con un proyecto unificador que superó el desencanto de la derecha social tras el largo periodo de gobierno social liberal. José María Aznar, el artífice del proceso, tomó no pocas referencias del movimiento neoconservador angloamericano. Desde mediados de los 70 los think tank conservadores norteamericanos, conscientes de los miedos de parte de la sociedad por los cambios civilizatorios de los 60, las culturas alternativas y underground, la liberación de costumbres, el feminismo, el uso de drogas más las movilizaciones y disturbios derivados de las actuaciones pro derechos civiles, y/o contra la guerra en Vietnam, crearon el imaginario de la víctima ciudadana: hombre o mujer de clase media y blancos que se veían atacados por drogadictos, moteros o activistas negros ante la tolerancia de las autoridades garantistas liberales y los insultos a la moral y el patriotismo tradicionales. Gran parte de la población se vio reflejada en esta imagen y aceptaron propuestas como la de Tolerancia Cero (1982) que reclamaban políticas estrictas de Orden Público, recortes de las garantías legales y castigos más duros para los delincuentes. Estos programas teóricos se mostraron muy eficaces con éxitos como la candidatura de Rudolph Giuliani a la alcaldía de Nueva York. En realidad se trata de una eficaz modernización de las tradicionales demandas de autoridad, jerarquía y orden del conservadurismo. Aznar utilizará estos discursos trasladándolos a su proyecto de (re)nacionalización de España, frente a los nacionalismos periféricos, con la excusa de ETA.
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Desde 1981, los afectados por los atentados de ETA estuvieron organizados en una tradicional Hermandad de Familiares del Terrorismo. Se incluía a las víctimas del FRAP, GRAPO y Terra Lluire, y la Hermandad se convirtió en figura característica en los ambientes militares para gestionar sus demandas corporativas. Un lustro después pasó a ser una asociación reivindicativa. En 2004 llegó a la presidencia de la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT), Francisco José Alcaraz. Hermano y tío de víctimas del atentado de la Casa Cuartel de Zaragoza, vinculado a la extrema derecha. Dotó a la AVT de un sentido militante movilizador que incrementó su visibilidad. Unció la Asociación al PP que en esos momentos iniciaba un periodo de agitación callejera junto a grupos integristas católicos. Fueron los años de la crispación, coincidiendo con la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero.
Por último el victimario. En 1992 cayó la cúpula de ETA en Bidart (Francia) junto a gran parte del material y documentación de la banda. La organización comenzó el principio del fin. Los nuevos dirigentes adoptaron la estrategia de la “socialización del sufrimiento”. En la práctica un nihilismo criminal que se evidenciaría en asesinatos dramatizados como el de Miguel Ángel Blanco (1997) y, con anterioridad, el de Gregorio Ordóñez (1995),  así como el de otras personas de la vida civil vasca. Para atraer la mediación internacional a una hipotética negociación con el estado español, teatralizaron el Conflicto con violentas acciones callejeras: la  kale borroka. ETA comenzó a perder apoyos sociales incluso entre su brazo político, cuyas influencias y votos se reducían, y, además, sufrían el riesgo de ser perseguidos policialmente.
A partir de estos asesinatos personalizados, nacieron nuevas asociaciones cívicas y lo que el periodista Iñaki Gabilondo llamó “Victimas Profesionales”. Un abigarrado conjunto de profesores universitarios, periodistas de opinión y políticos de segundo o tercer orden, que, unidos a  algunas víctimas y familiares de víctimas reales, se repetirán en la fundación de grupos como el Foro de Ermua, Basta Ya o Covite. Con pasado izquierdista, incluso en la propia ETA, colaboradores de los gobiernos de Felipe González en esos momentos, representaban ideas de un exaltado conservadurismo. Sus ideas podrían considerarse una deconstrucción postmoderna del viejo patriotismo esencialista de la inmediata postguerra: la España como problema (Laín) versus España sin problema (Calvo Serer), y, vuelto a montar en un nuevo andamiaje, el patriotismo constitucional, una lectura pedestre de los conceptos de Jürgen Habermas. La España surgida de la Transición,  carece de tensiones y problemas para ellos, salvo el nacionalismo catalán y vasco de los que ETA es la consecuencia mortal.
La imagen social dominante de la Víctima de ETA es conservadora, ultra conservadora en ocasiones, y vociferante. No responde a  toda la realidad, pero es la que durante años se ha reflejado en los medios de comunicación, especialmente en los más conservadores.  La víctima que no respondiera al argumentario era arrojada a las sombras del olvido, cuando no criticada. Así pudimos ver divisiones de un asesinado en la misma familia. La mujer e hijo defendían la negociación con ETA, por lo que no fueron consideradas como víctimas por los grupos aludidos; sí,  en cambio, un hermano vinculado a una organización conservadora emergente. Eduardo Madina, que salvó su vida, con secuelas físicas de una bomba en su automóvil, fue tachado en sede parlamentaria por un diputado del PP de colaboracionista con ETA y el nacionalismo. Por lo tanto, se le negó su condición de víctima. La familia del ex-ministro Ernest Lluch también fue duramente criticada por pedir en las exequias del mismo la negociación con ETA.
La AVT  prescindió con el tiempo de su alterado presidente y adoptó un perfil más moderado. Las asociaciones cívicas sufrieron el choque de tanto ego suelto, tras numerosas disputas y la transformación en nuevos partidos conservadores, UPyD y Ciutadans quienes siguieron con los enfrentamientos personalistas por otros medios. Algunos familiares de asesinados han tenido meteóricas carreras políticas o empleos de asesores y cargos de alto nivel en Comunidades y Ayuntamientos del PP, como algunas de las “víctimas profesionales”. Profesores universitarios y tertulianos siguen con la defensa de la Hispanidad ante el Procés catalán o movilizándose contra la Ley de Memoria histórica. Covite, con la hermana de Ordóñez al frente, continúa con sus actividades vindicativas y otorgando premio a quienes se identifican con ellas, pero con un perfil igualmente más moderado. Al igual que la AVT  se consideran manipuladas por la política y han marcado distancias con la derecha organizada.
En el aspecto coactivo, las víctimas organizadas siguen mostrándose activas. La reforma del código penal pactada por el PP y el PSOE en 2015 y la Ley de Seguridad Ciudadana, la Ley Mordaza del mismo año, del PP, les ha permitido ampliar su campo de actuación.  Si antaño se trataba de impedir la contratación de cantantes o grupos considerados afines a ETA o censurar películas y documentales  como La pelota vasca, la piel contra la piedra de Julio Medem, hoy, con las citadas normas en la mano, pueden denunciar a un concejal por chistes sobre Irene Villa, víctima de un atentado, pese a que ella confiese que no se siente ofendida. Se persigue a una bloguera por chistes sobre Carrero Blanco y a cantantes diversos por sus letras. Incluso pueden lograr que la poderosa empresa del entretenimiento de pago, Netflix, retire la publicidad de su producción Fe de etarras (Borja Cobeaga 2017), película que, a pesar de las buenas críticas iniciales, apenas si ha tenido difusión.
Para concluir con las referencias a la Víctimas organizadas y las Víctimas como elemento coactivo, citaremos al hijo de un policía nacional asesinado por ETA por sus opiniones  respecto a estas organizaciones. Se trata de José Miguel Cedillo (El País 10/09/2018): “Han hecho (la Oficina de Víctimas del Terrorismo  y las AA.VV.TT) mucho menos de lo que esperaba. Buscan sobre todo el interés mediático y político. Ofrecen gruesas declaraciones de quienes han perdido la perspectiva del dolor ajeno. Burocratizan el sufrimiento”.
En Euskadi existen dos instituciones con carácter memorial. La primera, por orden de fundación, sería el Centro para la Memoria de las Victimas, sita en Vitoria. Fundación del sector público adscrita a la Administración del Estado cuyo presidente honorifico es el Rey, contando con diversos patronos en representación de las Cortes Generales, los gobiernos vascos y navarros y el ayuntamiento de Vitoria. La presidencia real es para el presidente del gobierno. Nació vinculada a la Ley 29/2011 de Reconocimiento, protección integral a las víctimas del terrorismo. En el año 2014 se nombró una comisión de 14 expertos, entre los que se encuentran personas tan conocidas como Javier Elzo, Reyes Mate o Gaizka Fernández Soldevilla, para dotar de contenido a la Fundación. En su informe final puede leerse: “ETA ha sido el principal peligro al que ha tenido que enfrentarse la sociedad española”. A pesar del anuncio, tres años antes de la disolución de la banda, la comisión concluyó : «ETA y, [añaden], el yihadismo siguen siendo la máxima amenaza potencial para la sociedad democrática”.

El ex-ministro del Interior Jorge Fernández Díaz saluda al director del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo, Florencio Domínguez
El ex-ministro del Interior Jorge Fernández Díaz saluda al director del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo, el periodista Florencio Domínguez.

En el mismo informe se recomienda: “debe ser algo más que un museo; debe guiarse por la mirada de las víctimas; debe subrayar el carácter individual de las víctimas; debe proporcionar información y ser un lugar adecuado para la reflexión, además de generar un efecto emocional en el visitante y debe estar orientado sobre todo a los jóvenes, para evitar que en el futuro vuelva a producirse o legitimarse una violencia injustificada”. Es decir , tiene que primar el efecto sentimental sobre cualquier otro. Por ejemplo, se incluye una reproducción exacta del zulo donde estuvo recluido Ortega Lara durante su largo secuestro.
Por Ley 4/2014 de 27 de Noviembre del Parlamento Vasco se creó el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos. El Instituto Gogora ubicado en Bilbao. Su intención es: “Preservar y transmitir la memoria de las experiencias traumáticas marcada por la violencia durante los últimos cien años”.
La primera institución lleva el sello del gobierno conservador que la concibió, tanto como la segunda, la del gobierno vasco de coalición PNV-PSE-EE. Este último no consiguió más apoyo que el de ellos mismos para el proyecto, mientras que la representación jeltzale en Madrid ha acusado en ocasiones el escaso pluralismo en la dirección del Centro para la Memoria.
Los tres partidos implicados, PP, PSOE y PNV, coinciden en señalar el victimario: ETA como organización criminal que ensangrentó la democracia, pero no en definir las víctimas del hecho histórico. Para PP y PSOE no hay más víctimas que las causadas por ETA, y para el PNV, hay que incluir a las víctimas del franquismo, las del terrorismo de Estado (Batallón Vasco Español, GAL) y las producidas por los abusos policiales.
El reciente proyecto educativo Herenegun! (Anteayer),  destinado a los alumnos de 4º de ESO y 2º de Bachiller por parte del gobierno vasco y en el que ha participado Juan Pablo Fusi,  muestra una voluntad más inclusiva por parte de la lehendakaritza que la del gobierno Rajoy, en su día. Este último también aprobó un proyecto similar para el mismo nicho educativo, pero para todo el Estado, en el que participó el Centro para la Memoria de Vitoria. Pueden detectarse posiciones semejantes, aunque incapaces de encontrar un punto de acuerdo estable. En parte por meras tácticas políticas y, en parte y no menos importante, por la cultura política del conservadurismo español, en la que se mezcla un nacionalismo centralizador intransigente con no pocos rasgos autoritarios. Y eso se pone en evidencia en la llamada batalla del relato.
El anuncio de la disolución de ETA dejó a estos sectores conservadores con un regusto amargo. De un lado reconocen, con todo el arco parlamentario, que la banda ha sido derrotada y no ha alcanzado ningún objetivo político, pero, por otro, su entorno político sigue en pie. En una palabra, no ha existido una victoria manu militari total, que permitiera imponer condiciones draconianas. Por otro lado, las asociaciones de víctimas a las que las políticas conservadoras habían colocado en un papel central de la vida pública, experimentan una gran insatisfacción. Tanto dolor para nada. Queda el recurso de reclamar posturas penitenciarias duras; algunas personalidades de estos grupos comienzan incluso a reconsiderarlas.
La derrota del vencedor.
En el reciente libro de significativo título La derrota del vencedor. La política antiterrorista del final de ETA (Alianza Editorial, 2018) de Rogelio Alonso podemos encontrar una visión, exaltada, de esa frustración. Según este profesor de ciencias políticas y responsable del Máster de Análisis y Prevención del terrorismo de la universidad Rey Juan Carlos, asesor de Fernández Díaz en el Ministerio del Interior de España, los partidos políticos dan pábulo a una hipotética derrota del terrorismo que no es sino la derrota de sus políticas antiterroristas.
Los resultados de diversas encuestas del Eukobarómetro  también resultan decepcionantes para las posiciones conservadoras: las preferencias a pasar página y las de las políticas de la memoria están empatadas. Tras siete años sin crímenes, los vascos han comenzado a olvidar a las víctimas, los más jóvenes ni siquiera saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Y, por encima de todo, consideran que la actuación de la sociedad civil y el cambio de actitud del brazo político de ETA tienen más responsabilidad en la desaparición de la banda que las Fuerzas de Orden Público. Esto resulta una obviedad.  Si ETA pudo mantenerse durante tantos años -algo que no le pasó a  grupos contemporáneos como el FRAP, GRAPO y Terra Lliure y otros grupos semejantes en Europa- fue por el apoyo social. En cuanto este cesó, la organización y su entorno se desmoronaron bajo la acción de las Fuerzas de orden público (FOP). Y este matiz, que resulta incómodo al institucionalismo, creo que es esencial en esa batalla por el relato.
Gaizka Fernández Soldevilla, probablemente el más mediático de los contendientes en la batalla discursiva y miembro del Centro para la Memoria  de las Víctimas, afirma: ”Aferrarse a la imagen de una guerra provocada por una agresión foránea, España, sirve para aglutinar el movimiento, mantener la fidelidad electoral, deslegitimar la Transición y la actual democracia, ahuyentar el fantasma de una ETA derrotada policial y jurídicamente (…) Si dejamos campo a la literatura panfletaria nada impediría que en el futuro una nueva generación de vascos se sintiera tentada por la opción armada” (El País 15/04/2018). Por su parte, Fusi en la explicación  del mencionado proyecto  Herenegun! del Instituto de Bilbao, afirma: “ETA fue una organización ultranacionalista de nueva generación que reaccionó angustiada por temor a que el desarrollismo arrollara la identidad vasca. Intentó redefinir el nacionalismo, inspirándose en los movimientos revolucionarios de liberación nacional en boga en los sesenta. No fue antifranquista pues tras morir Franco siguió y atacó a la democracia y a la autonomía” (Juan Pablo Fusi, El País 24/09/2018), coincidiendo con Fernández Soldevilla y otros autores en minimizar el franquismo en la génesis de ETA.  En mi opinión fue la brutalidad del régimen la que permitió que un conjunto de activistas se lanzaran a la lucha armada con la complicidad de amplios apoyos sociales. Y fue la supervivencia de esas mismas fuerzas represivas la que permitió que ETA cogiera músculo y se hiciera más efectiva durante una Transición. Este periodo es menos idílico  que el que suponen el historiador baracaldés y otros historiadores institucionalistas, igual que fue la guerra sucia la que permitió a la banda disfrutar una corta etapa de legitimidad. Tras adoptar una táctica de violencia indiscriminada, posiblemente porque la misma existencia de una banda armada en una democracia consolidada no daba para otras opciones, se vio aislada y, mucho más frágil ante la acciones policiales,  tuvo que disolverse, porque simplemente ya no existía. ETA fue un producto de su tiempo. De un conjunto de sucesos nacionales e internacionales, culturales y políticos que se entrelazan e interactúan entre sí y que evolucionan a la vez. Eso debería de ser el objeto del estudio.  O en palabras del periodista Iñaki Gabilondo: «Las miradas, los relatos se tienen que sustentar sobre hechos ciertos, constatables, no sobre mitologías, ensoñaciones, medias verdades que ocultan tragedia” (El Diario Norte, 09/11/2014).
Para finalizar retomo una vez más el encabezamiento. Industria y negocio evocan resultados crematísticos. No existe un organismo central que diseñe culturas, ni existen los “Aparatos Ideológicos del Estado” (AIE), fórmula de Althusser que encandiló a los izquierdistas en los 60. Libros, películas, documentales son producciones, objeto de marketing y distribución industrial, legitiman el sistema y sus formas de reproducción, incluyendo la política, o generan imaginarios sociales de consumo o conductas. Y el que no existan los AIE no significa que las instituciones estatales no ayuden a su distribución y visualización desde los ámbitos académicos.
Dice Gaizka Fernández Soldevilla:»(el radicalismo) ha promovido su propia industria de la memoria gracias a un entramado de asociaciones afines entre las que sobresale Euskal Memoria Fundazioa (…) a pesar de su escasa calidad y su propósito político, la propaganda ultranacionalista tiene una notable difusión por su eficiente industria cultural respaldada por asociaciones de la memoria, medios de comunicación, editoriales, revistas, una red de librerías afines, audiovisuales, control de parte del sistema educativo, presencia en bibliotecas públicas superior a la de los libros académicos, redacción de informes específicos para ayuntamientos, etc. (…) sabe utilizar muy bien las redes sociales, Egiari zor es una de sus webs favoritas (…) penetra, incluso más allá del País Vasco, sobre todo en Cataluña, dónde cuenta con importante colaboración del independentismo”. (El País 15/04/2018)
El comentario suscita dos ideas, la primera es si realmente se trata del estudio de la historia reciente de Euskadi, de las víctimas, o de intervenciones políticas contra unas ideas contrarias. La segunda es la sensación de encontrarse con la descripción de un activista frente a su imagen en un espejo convexo.
No faltaron textos y películas sobre ETA y sus actuaciones  desde la Transición, pero, desde los años de la crispación y el victimismo, sí podemos hablar de una industria y para las victimas profesionales fue bastante rentable. Eso se ha mencionado arriba de pasada, pero esta sólo es la parte más repulsiva de la época. Se convocaron cursos de verano, seminarios, departamentos académicos públicos y privados. Proliferaron las tertulias y la publicación de libros; la mayoría de escasa calidad.
Las cuestionables producciones de documentales sobre el terrorismo y las víctimas están reflejadas en las actas autonómicas y hemerotecas de la televisión autonómica de Madrid. También hubo producciones conjuntas de RTVE y la ETB, más respetables en calidad y pluralismo, como El asesinato de Carrero Blanco (Miguel Bardem 2011) y el biopic hagiográfico de Mario Onaindia El precio de la libertad (Ana Murugarren, 2012). El Mundo produjo una serie de DVD, que se entregó con el diario, sobre ETA además de dos películas sobre el tema El Lobo (2004) y El GAL (2006) ambas dirigidas por Miguel Courtois. La pelota vasca, la piel contra la piedra (Julio Medem 2004), una visión plural del conflicto, fue perseguida con saña por las asociaciones de víctimas y la derecha conservadora.
patria mejor la ausenciaEl paradigma cultural es la novela Patria de Fernando Aramburu. Que Aramburu es uno de los grandes escritores españoles de la actualidad es incuestionable, que trató el problema de la violencia en novelas y relatos con gran sensibilidad y rigor, indiscutible. Pero la ambición que rodea a Patria como novela-tesis hace que le falle el fuelle de la tensión literaria y decaiga en ocasiones. El activismo  acartona en ocasiones a personajes y situaciones. No obstante, además del Premio de la Crítica, el Nacional de Literatura y el Francisco Umbral, y en respuesta a tanta publicidad, fue un éxito de ventas. Actualmente la empresa de televisión de pago HBO prepara su versión fílmica. Y, como la cultura además es mercado, desde los medios de comunicación no tardaron en confrontar esta novela con la escrita por la vizcaína Edurne Pórtela Mejor la ausencia (2017), con menos oficio en la escritura, pero más precisa y redonda. Pórtela también es autora del ensayo El eco de los disparos: cultura y memoria de la violencia (ambas en Galaxia Gutenberg, 2016), una visión no sectaria y seria del conflicto.
Meses antes de la disolución de ETA se estrenó el documental El fin de ETA (Justin Webster, 2017). Película sobre la negociación final no del agrado del  victimismo, aunque los tiempos han cambiado y la reacción ha sido muy tímida. Ya mencionamos Fe de etarras y su desafortunado encuentro con las AAVVTT. Desde mayo  y con el parón del estío por medio, se han publicado por ejemplo dos libros sobre las extorsiones de ETA al empresariado y otros dos sobre la Guardia Civil y su lucha contra ETA; y menciono las cantidades como muestra de abundancia en tiempo tan limitado. Por supuesto, el número de libros es abrumador como puede verse en cualquier librería on line.  Y las calidades  también diversas, aunque abundan los insustanciales.
Terminaré con una cita del periodista y ensayista Ian Buruma, con la que el historiador Enrique Moradiellos terminaba un reciente artículo sobre el franquismo («Franco y el franquismo en perspectiva histórica», Tinta Libre, nº 62 de octubre de 2018) y que me parece pertinente: “Sólo cuando una sociedad llega a ser suficientemente libre y abierta para volver la vista atrás pero no desde el punto de vista de la víctima ni del criminal, sino con una mirada crítica, únicamente entonces encuentran reposo los fantasmas”.
 
( Primera parte )
 
 
 
 
 

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