Margarita Ibáñez Tarín

 Doctora en Historia Contemporánea

 

Para entrar en la posada de Pedralba (Valencia) hay que atravesar un pequeño puente sobre una acequia. Puentes con escaleras dan acceso a otras casas de la calle. Un patio grande […]. Una gran puerta da a un corral inundado de sol. Gallinas que escarban en el estiércol. Unas cubas de vino que despiden un fuerte olor a mosto fermentado. Lo mejor de la posada es ese rincón del hogar, bajo la gran campana de la chimenea. Crepitan en el fuego manojos de resecos sarmientos encendidos bajo las estrellas de hierro de las trébedes. Y en paellas enormes y negras barbotea el guiso del arroz. Una mujer vestida de negro atiza el fuego. […] Cuatro guardias civiles con sus negras capas puestas; una mujer joven, que anda por los mercados vendiendo gorras; un tratante de ganados con su blusa negra y larga, y otros hombres de los pueblos vecinos están conmigo sentados al calor de la lumbre. […] La oficianta del hogar está muy seria. “No es para menos —me dicen al oído—; le han detenido al hermano por eso de la revuelta de los anarquistas, y aquí la tiene, haciendo la comida a la guardia civil”

También un guardia, pálido, de grandes bigotes negros y cejas negras enormes, bajo el tricornio charolado, parece sumido en hondas preocupaciones y en infinitas tristezas. “Tampoco su caso es para tener humor. Le mataron la pareja en Bugarra. Aquello fue algo serio y de mucho coraje”.[1]

Alardo Prats, enviado especial del periódico El Sol, llegó a Pedralba  el 17 de enero de 1933, día de San Antón, patrón del pueblo, y se dirigió a la posada de la calle de la acequia para iniciar sus pesquisas. Ese año en Pedralba, un pueblo valenciano de apenas 2.500 habitantes, no hubo ganas de encender la gran hoguera que inauguraba las fiestas. Más de cuarenta hombres del pueblo estaban en la cárcel modelo de Valencia acusados de haber participado en una revuelta anarquista, que había asediado el cuartel de la guardia civil durante ocho horas.[2]

Alardo Prats en 1929 (foto: Las Provincias)

El periodista se desplazó al pequeño pueblo, situado junto al río Turia en la comarca de la Serranía, para hacer un reportaje periodístico. El día anterior, 16 de enero de 1933, Ramón J. Sender, enviado especial del periódico La Libertad, y Eduardo de Guzmán, enviado de La Tierra, habían salido de Madrid en avión bimotor con destino Sevilla y desde allí por carretera viajaron a Casas Viejas para cubrir los sucesos que conmovieron a la Segunda República. La crónica periodística, como género literario, gozaba de gran prestigio. Los periodistas eran capaces con sus precisas descripciones, no exentas de valor estético, de trasladar a los lectores los detalles que hoy nos ofrecen las imágenes televisivas. Esa función la cumplían con excelencia los periódicos en los años treinta. En la crónica que hace Alardo Prats sobre los sucesos de Pedralba, igual que en las que hacen Eduardo de Guzmán y Ramón J. Sender, no hay artificiosidad literaria, se trata de buenos ejemplos de eficaz periodismo narrativo. Los tres llegan al lugar de los hechos como forasteros y pretenden mostrar lo ocurrido con cierta distancia, pero no lo consiguen. El punto de vista que adoptan —dependiendo de su adscripción ideológica— es distinto. Alardo Prats es republicano y no intenta congraciarse con los rebeldes, más bien al contrario, los trata de ingenuos. Titula un apartado del texto con la frase: “la funesta manía de soñar”. Eduardo de Guzmán y Ramón J. Sender, que tienen un pasado anarquista, muestran sus simpatías por los campesinos rebeldes, denuncian sin paliativos la situación del campo andaluz y no escatiman en duras críticas al gobierno republicano-socialista. En las crónicas de Ramón J. Sender, recogidas con posterioridad en el libro Viaje a la aldea del crimen, afloran sus contundentes opiniones políticas sin ningún tipo de cortapisa. La obra tuvo mucha trascendencia, fue instrumentalizada por los sublevados poco tiempo después, y su amplia relevancia se extendió a la historiografía. Hispanistas como Gerald Brenan, Gabriel Jackson o historiadores como Eric Hobsbawm avalaron sus tesis. Solo después de que aparecieran en 1996 los Cuadernos robados de Manuel Azaña se pudo comprobar que lo que denunciaba Ramón J. Sender no era totalmente cierto o, al menos, no podía asegurarse con tanta convicción.[3] Si bien es verdad que Azaña no ordenó matar, no podemos descartar por completo que tuviera información sobre los asesinatos de la Guardia de Asalto cuando compareció en el Parlamento para defender la actuación de las fuerzas del orden.[4]  Los Diarios, escritos entre el 22 de julio de 1932 y el 26 de agosto de 1933, reflejan con amargura la “tristeza que le embarga al ver cómo antiguos amigos políticos se lanzan sobre la carnaza de Casas Viejas con el único propósito de presentarlo ante la opinión pública como un déspota sanguinario”. Y es que, a la insurrección anarquista —producida justo tres meses después de ser promulgada la Ley de Reforma agraria— y a la obstrucción por parte del Partido Radical, que actuó contra él con “saña terrible”, se añadió en esos días la pérdida del favor de la prensa. El nuevo dueño de El Sol, Luis Miquel, entró en tratos con Juan March y puso este periódico y otras dos cabeceras, La Voz y Luz, al servicio de los enemigos de Azaña.[5]

Detenidos de Pedralba (foto: ABC 19 de enero de 1931)

Fueron unos días muy malos para Manuel Azaña, que posiblemente carecía de información completa y certera de primera mano y se precipitó con las afirmaciones que hizo en el Congreso sobre Casas Viejas.[6] Curiosamente le pasó algo parecido con las primeras declaraciones que hizo sobre los sucesos de Pedralba. El día 10 de enero de 1933 a las nueve de la noche —un día después de que ocurrieran los hechos de Pedralba y la misma noche en que se produjo el levantamiento de Casas Viejas— el periódico La Libertad, publicó que el jefe del gobierno había recibido a un grupo de periodistas para informarles sobre los gravísimos hechos revolucionarios de Pedralba y les había comunicado que en ese pueblo de Valencia los sucesos se habían reproducido provocando la muerte a un guardia civil, dos guardias de asalto y lo que era peor, que había habido 10 muertos entre los rebeldes. La información era errónea, en Pedralba solo hubo dos guardias civiles heridos. Por suerte, en la misma página del citado periódico, en un recuadro, el secretario de Gobernación aclaraba que los informes que había facilitado Azaña horas antes estaban equivocados y en Pedralba no había habido bajas.[7] La confusión —que era mucha en esos días a juzgar por las noticias que aparecen en la prensa— pudo venir de que en Bugarra, el pueblo aledaño a Pedralba al que se extendió la insurrección, sí que resultaron muertos un guardia civil y tres guardias de asalto.[8]

Los sucesos de Pedralba, que acudió a cubrir Alardo Prats[9] — un redactor que trabajó para El Sol entre 1932 y 1937 y que fue el último director del periódico antes de que fuera incautado por el Partido Comunista en 1937— y los de Casas Viejas forman parte de la misma oleada revolucionaria que sacudió la geografía española en enero de 1933. En un Pleno de Regionales de la CNT celebrado el 1 de diciembre de 1932 en Madrid, el sindicato de ferroviarios había solicitado el respaldo para declarar una huelga general a principios de año en demanda de una subida del salario, pero al no contar con apoyo suficiente, los ferroviarios se echaron atrás. El Comité de Defensa Regional de Cataluña retomó la idea a propuesta de Joan García Oliver, que se autoproclamó en sus memorias como el verdadero instigador del movimiento insurreccional de 1933, que valoraba como un triunfo:

“Cuando por conveniencias del comité de huelga de los ferroviarios nos llegó la comunicación de suspender las acciones, consideramos, a propuesta mía, que no había lugar a ello, por considerar que nuestras fuerzas de choque se creaban por y para la revolución. […] Y el 8 de enero se libró una de las batallas más serias entre los libertarios y el Estado español. Fue la lucha que más impacto tuvo en el aparato gubernamental y la que determinó que los partidos republicanos y el partido socialista perdiesen su influencia sobre la mayoría popular de los españoles”[10]

Despliegue de la guardia civil y detenciones en Bugarra (fotos: Estampa 14 de enero de 1933)

El proyectado levantamiento anarquista de enero de 1933 pretendía la implantación del comunismo libertario en toda España, pero solo se produjeron algunos conatos revolucionarios en escasos y pequeños núcleos de población de Andalucía, Cataluña y País Valenciano. En los pueblos valencianos de Pedralba, Bugarra, Bétera y Ribarroja —al igual que en Casas Viejas y en otras localidades— llama la atención que el guion de los acontecimientos fue prácticamente idéntico y, además, fue el mismo que ya había estado vigente en otras revueltas anarquistas finiseculares, como la de Jerez de 1892.  Posiblemente las órdenes de actuación que recibieron los campesinos —a pesar de la tremenda confusión y falta de coordinación que caracterizó el momento— fueron las mismas: primero, hacer acopio de las armas útiles disponibles entre los vecinos. Segundo, rodear el cuartel y exigir la entrega de las armas a la guardia civil y, por último, quemar el archivo municipal y proclamar el comunismo libertario.[11]

Los papeles que volaron por el balcón del Ayuntamiento de Pedralba la noche del 8 al 9 de enero de 1933 y la hoguera purificadora en la que ardieron los títulos de propiedad y otros documentos, evocan revueltas del Antiguo Régimen con resonancias milenaristas. En palabras de Tomás Andrés, un libertario del pueblo que asistió a la quema:

“Todo el cúmulo de papel escrito de forma legalizada, voló por el balcón de la Casa Consistorial, cayendo en la plaza pública cual bombas revolucionarias, convirtiéndose en fuego purificador de tanto enredo y engañifa legal, que por los siglos había sido sostén de desigualdades sociales, encarnadas en la propiedad privada y en sus leyes absurdas”.[12]

Restos de la hoguera en la plaza de Pedralba (ABC 13 de enero de 1933)

Recientemente, un artículo publicado en este mismo blog apuntaba que lo que ocurrió en Pedralba en 1933 fue más bien una revuelta poco acorde a los tiempos: “En los pueblos agrícolas como Sueca, Bugarra, Pedralba o Bétera —señalan Xavier Calafat y Xavier Granell—, siguiendo la tradición de explosividad a modo de jacquerie y cierto utopismo republicano, proclamaban la ‘república social’ cuando les llegaba alguna noticia de revolución en el resto de España”.[13] Posiblemente lo ocurrido en Pedralba tuvo algo de extemporáneo en este sentido, pero no sólo puede ser visto bajo esa óptica. La falta de organización en la insurrección dejó al arbitrio de grupos locales, desconectados con el resto del Estado, el éxito de la revuelta. Se ha hablado mucho de la impaciencia y el voluntarismo idealista de los cenetistas locales, ya que ningún tipo de conflicto laboral, ni tampoco el hambre ni las necesidades extremas, los instigaron a coger las armas, como sí que ocurrió en el Alt Llobregat y en Casas Viejas. Los motivos de los avalots del País Valencià siguen todavía sin ser investigados, según Eulalia Vega. Otro historiador de los hechos, Simeón Riera,  también insiste en que “asistimos a una serie de avalots de morfologías típicas del Antiguo Régimen. Tanto en Bétera, Ribarroja, Pedralba, Bugarra y Gestalgar, pueblos donde los sindicalistas se lanzaron a la calle”.[14]

En este artículo nos planteamos: ¿Qué ocurrió en Pedralba la noche del 8 al 9 de enero de 1933? ¿Por qué un grupo de campesinos decidió no esperar más para poner en marcha la revolución y declarar el comunismo libertario? ¿Qué tiene una revuelta como la de Pedralba de milenarista? Las respuestas implican abordar el tema desde distintas vertientes. En primer lugar, cabe una interpretación política y cultural, que apunta a la persistencia de una tradición local de alzarse en armas vinculada a la notable presencia del republicanismo en Pedralba desde el último tercio del siglo XIX. Esa cultura política republicana se transformó en un temprano arraigo del anarcosindicalismo desde principios del siglo XX, a su vez potenciado por la existencia de una escuela racionalista local, que sirvió de motor del cambio ideológico entre la juventud  En segundo lugar, se impone una valoración de la situación de crisis económica y social como factor “improbable” de la revuelta, y, por último, centrándonos en la figura de Narciso Poeymirau, un líder carismático, que pudo ejercer un importante influjo sobre la población, nos aproximamos a una interpretación milenarista de los sucesos de Pedralba.

Detenidos en Pedralba (foto: Ahora)
Del republicanismo decimonónico al arraigo del anarcosindicalismo en Pedralba

La cultura política republicana estaba muy presente en el pueblo desde finales del siglo XIX. En la Revolución de la Gloriosa en 1868 y en los acontecimientos de la proclamación del cantón de Valencia en 1873, los habitantes del pequeño pueblo de la ribera del Turia tuvieron un papel muy destacado. José Pérez Guillén (1834-1902), apodado el Enguerino, un conocido terrateniente republicano de la localidad, hombre de acción y diputado intransigente del Partido Republicano Democrático Federal en las Cortes durante el periodo de 1869 a 1873, fue capaz de reclutar una partida de 800 hombres que entraron en Valencia por la puerta de Quart para apoyar a la Junta revolucionaria durante la Revolución de la Gloriosa en 1868 y, más tarde, durante la insurrección del Cantón de Valencia en 1873, llegó a reclutar hasta 3.000 hombres en Pedralba y en los pueblos de alrededor para enfrentarse sin éxito al general Martínez Campos, que sitió y bombardeó la ciudad.[15]

La implantación del republicanismo fue bastante anterior a la del anarquismo en estas tierras y se convirtió desde el principio en el verdadero motor de las transformaciones. En Pedralba, lo fue al menos desde la Septembrina. Si profundizamos en el subsuelo político-ideológico del pueblo encontramos las raíces del movimiento revolucionario que dio lugar a los sucesos de Pedralba de 1933. La fecha elegida para la revuelta del 8 de enero de 1933, aunque impuesta desde Barcelona, tenía para ellos una resonancia especial. No por casualidad, era la misma en la que habían tenido lugar los sucesos de Jerez de la Frontera en 1892. La insurrección anarquista que inspiró a Blasco Ibáñez su novela La bodega (1905) y que formaba parte del imaginario cultural compartido por los campesinos anarquistas de Pedralba. La noche del 8 al 9 de enero de 1892, varios centenares de campesinos ocuparon la ciudad de Jerez a gritos de ¡Viva la anarquía! ¡Abajo la explotación¡, ¡Mueran los burgueses! Durante la marcha sobre la ciudad resultaron muertos dos lugareños y un asaltante.[16] La jurisdicción militar —como 35 años después en Valencia— fue la encargada de esclarecer los acontecimientos, ya que tanto el asalto a las dependencias del ejército en Jerez como el sitio del cuartel de la guardia civil en Pedralba fueron calificados de rebelión militar.

Ejecución de Jesús Fernández Lamela, Antonio Zarzuela, Manuel Fernández Reina y Manuel Silva, el 10 de febrero de 1892, tras ser condenados en consejo de guerra por los sucesos  de Jerez de la Frontera (foto: Wikimedia Commons)

Las coincidencias no acaban en estos hechos. Si en Jerez de la Frontera, Fermín Salvochea fue considerado el “apóstol de la idea” instigador del movimiento, en Pedralba ese papel lo cumplió Narciso Poeymirau, un llaurador benestant perteneciente a una familia de origen francés, que se había instalado en la cercana localidad de Lliria a mediados del siglo XIX para poner una tienda de tejidos (de ahí le venía el apodo de “el botiguer”). Narciso Poeymirau fue acusado de ser el principal culpable, si bien, al igual que ocurrió en Jerez con Salvochea, no estuvo presente en los sucesos —tan solo acudió a la plaza, como otros curiosos, para contemplar la hoguera— y no se pudo demostrar su responsabilidad.[17] En la novela de Blasco Ibáñez, Salvatierra —trasunto de Salvochea— es retratado como “un santo laico”, que recorre los campos y gañanías de Jerez transmitiendo el mensaje de la anarquía, el paraíso de la revolución. En Pedralba, el tío Narciso recorría la comarca del Camp del Turia —según cuenta Peñarrocha, uno de sus discípulos más aventajados— para difundir la buena nueva: “Una vegada anaven Narciso i jo a un mitin de Pedralba a Ribarroja, anaven a peu. Jo anava tan agust en ell, p’a mi era el meu pare espiritual”.[18] Los dos “apóstoles de la idea”, Salvochea y Poeymirau, provenían de familias acomodadas y habían gozado de un acceso privilegiado a la cultura, lo que los convertía en perfectos intermediarios culturales para una masa de campesinos analfabetos o semianalfabetos.[19]

Narciso Poeymirau había pasado la infancia en casa de su tío Ángel (ya en edad adulta supo que se trataba de su verdadero padre), un antiguo seminarista que había colgado los hábitos para convertirse en el médico del pueblo. En esta casa pudo disfrutar de una buena biblioteca y leer a Zorrilla, Salmerón, Victor Hugo, Voltaire, Balzac, Anátole France, Emilio Zola, Espronceda y Pi y Margall. De este último político republicano recibió una influencia capital que le llevó a militar en el partido republicano federal en su juventud, siguiendo los pasos de otros pedralbinos que le precedieron.[20]

En Valencia, el republicanismo blasquista y el anarquismo fueron las dos ideologías que desde finales del siglo XIX y hasta la guerra civil dieron a la cultura popular el empuje necesario para llevar a cabo los intentos de transformación social, política y económica, como el que protagonizaron los jóvenes de Pedralba en 1933. Unos y otros actuaron de forma casi simbiótica. Hasta el punto de que los pocos testigos que quedan de la época apenas son capaces de diferenciar entre anarquistas y republicanos al hablar de las personas que recuerdan. El ideario anarquista era en gran medida deudor del republicanismo, debido a que en Valencia el surgimiento del sindicalismo fue impulsado por el blasquismo.

Foto: Caras y Caretas 23 de octubre de 1909

El historiador Simeón Riera vislumbra un tránsito desde el carlismo —en tanto que movimiento de protesta arcaico de gran arraigo entre los campesinos de algunos de los pueblos vecinos a Pedralba— hacia el anarquismo: “Al final del siglo XIX los carlistas y los bandoleros desaparecieron como formas de protesta popular en la comarca del Camp del Turia y fueron sustituidos por el republicanismo y el sindicalismo libertario, que habían ganado en pocos años la voluntad y el apoyo de aquellos, que tanto en Lliria como en otros pueblos de la comarca y la serranía habían sido acérrimos partidarios de la causa carlista”.[21] En la localidad de Pedralba, el mencionado tránsito parece que se produjo de manera más lógica y coherente, pues los campesinos del pueblo nunca fueron carlistas, y parece más fácil pasar de apoyar la causa del republicanismo federal —un movimiento mucho más afín, con gran capacidad de movilizar a los hombres para la acción y con una visión más ambiciosa de cambio social— al anarquismo.

Ciertos tipos de organización social adoptan —según explica Hobsbawm— con mayor o menor rapidez una forma esencialmente moderna y, en este sentido, los sindicatos son un buen ejemplo de ello, también ellos pueden llegar a alimentarse de las fuentes del mundo preindustrial para establecerse en un mundo hostil o entre grupos de trabajadores directamente procedentes del campo”.[22] En Pedralba, se fundó en los primeros años del siglo XX, la Sociedad Obrera Agrícola La Unión y dependiente de ella la Escuela Moderna Humanidad Nueva en 1909. Una escuela racionalista regentada por el maestro Leopoldo Quiles Mengod, que estaba casado con una sobrina de Narciso Poeymirau. El maestro era un convencido regeneracionista, que transmitía a sus pupilos —junto a las cuatro reglas fundamentales— una formación muy combativa. Según decía él mismo en un artículo publicado en El Pueblo: “las luchas que constantemente motiva nuestra emancipación, ya no se libran con hombres y con fusiles, se ventilan con niños y libros”.[23] Los pocos años que los niños acudían a la escuela (hasta los 10 u 11 años, después pasaban a trabajar en el campo para ayudar a sus familias) les dejaban una huella y después, cuando ya eran jóvenes labradores, la asistencia diaria a la tertulia y al sindicato les servía para completar su alfabetización y asimilar, ya de forma más consciente, el ideario anarquista. Los jóvenes que acudían al sindicato abandonaron en ese tiempo la arraigada costumbre de portar cuchillo al cinto.[24]

Tomás Andrés Andrés (Pedralba 1913-Barcelona 1982), condenado a tres años por los hechos de 1933 (foto: pacosalud.blogspot.com)

Las primeras décadas del siglo XX hasta la guerra civil inauguraron una época en la que el analfabetismo se redujo de forma sustancial y aumentó el número de receptores que directamente podían entrar en contacto con la cultura escrita, si bien todavía quedaba mucho por hacer. La gente del pueblo empezó a leer novelas como La Bodega de Blasco Ibáñez porque hasta en las familias más pobres podían tener en casa un libro de la editorial Prometeo. Había un hambre voraz de lectura entre los jóvenes del pueblo: “Se despertaron en la juventud los deseos de saber…” dice un anarquista de la localidad en su libro de memorias.[25] La escuela racionalista de Pedralba, de clara inspiración ferrerista, contó en un principio con el respaldo político y económico del republicanismo, pero tras el VI Congreso de la Federación Nacional de Obreros Agricultores y similares de España, celebrada en Valencia entre los días 25 y 27 de diciembre de 1918, se abrió una brecha entre la burguesía y las organizaciones obreras. Los dictámenes de las Sociedades agrícolas de Cullera y Pedralba en ese congreso desaconsejaron la colaboración con la burguesía en el terreno educativo. Los ecos de la revolución rusa y el avance imparable del sindicalismo entre 1916 y 1919 así lo hacían menester. La cuota que aportaba Sociedad Obrera Agrícola La Unión de Pedralba constituía la base de la financiación de la escuela, que era la principal preocupación de la organización obrera, y lo que era más importante: “el eje vertebrador de la propia existencia del sindicato agrícola”.[26]

Los rostros de la multitud

Pero no todos los individuos de las clases populares que pasaban por la escuela racionalista asimilaban de la misma manera las ideas del anarquismo. Solo un número reducido de elementos populares, que llamamos élite local, asumieron plenamente esta ideología. Esta gente se transformaba en “obreros conscientes”, un grupo selecto de transmisores ideológicos y organizadores político-sindicales de influencia local y comarcal. Narciso Poeymirau fue uno de ellos. Se convirtió en un verdadero intermediario cultural y en el profeta de la comarca. Recorría los caminos a pie para transmitir la buena nueva. En los casinos, en las barberías, en la calle, en el tajo… cualquier espacio era bueno para la propaganda. Así lo describe un discípulo suyo: “Vierte ideas claras y precisas. Es de pensamiento raudo y de palabra fácil y expresiva. Convence, crea adeptos entre los jóvenes de su tiempo. La plaza, la calle, el camino se convierten en el púlpito de las controversias”.[27] Era un hombre que dominaba el arte de la oratoria y en los mítines se mostraba siempre tal como era: un labrador curtido por el sol, semejante a los que lo escuchaban. “Vestía como ellos con la blusa azul claro, alpargatas blancas y gorra color canela”, según decían en la ficha policial que le hicieron tras su ingreso en la Cárcel Modelo de Valencia en 1933. “Tenía 58 años, era viudo, alto y delgado, de ojos azules y voz afeminada. Tenía aire marcial y cuando alguien le hablaba acostumbraba a no mirarle y si a mirar a todos lados con recelo”.[28] Pese a lo que anotaba la policía, lo cierto es que sabía manejar la teatralidad gestual, la entonación de la voz y los silencios a su conveniencia para aumentar la carga emocional. Solía comenzar sus discursos con un silencio prolongado y luego decía:  !Qué manos más callosas veo!, !Como las mías!!! (Silencio prolongado), ¡Qué caras más ajadas veo! ¡Como la mía! De esta forma, los mensajes basados en ideas simples y polivalentes, con una indudable capacidad de conectar y movilizar a las clases populares calaban bien. A este nivel funcionaban muy bien los mensajes de anticlericalismo, justicia, libertad y dignidad humana, revolución y transformación del orden social porque se trataba, en la mayoría de los casos, de tópicos que ya estaban latentes o explícitos en la propia cultura popular campesina desde hacía mucho tiempo.[29]

Narciso Poymerau, antes de comenzar el Gran Mitin de la Confederación Regional de Campesinos de Levante – CNT, celebrado en el teatro de la Libertad, septiembre de 1936 (foto: Vidal/archivo del IISG de Amsterdam)

El tío Narciso gozaba de gran prestigio social entre los campesinos de la comarca: “Narciso era un anarquista verdadero. Narciso sabía de todo, era un polifacético, que decimos. Sabía de música, de poesía, pero de la poesía de entonces, rimada, no como la de ahora”, decía Peñarrocha, su discípulo de Lliria más aventajado.[30] Expresarse mediante poemas era una costumbre muy arraigada en la cultura rural valenciana y las rimas que componía Narciso Poeymirau le servían como un útil instrumento de propaganda. Sus correligionarios aprendían los poemas y los repetían siempre que tenían ocasión:

Os pregunto compañeros
Si pensaréis como yo
En destruir la política
No creer en religión,
Detestar gobernaciones
Y con firme decisión
Dejar de crear estados
Titulados de nación […]
Con que decir compañeros,
¿Se viviría mejor
Sin leyes ni autoridad
Sin propiedad y sin dios,
Reinando en el universo,
La justicia y la igualdad,
La libertad y el amor?[31]

Era un gran orador que acudió en representación de la comarca a los congresos más importantes de la CNT. No tenía nada que ver con Curro Cruz, “Seisdedos”, el líder del sindicato en Casas Viejas, un campesino de 70 años, que si bien era muy apreciado por sus compañeros de lucha, no sabía pronunciar discursos. Según R.J. Sender:

“El Seisdedos había leído en cierta ocasión un periódico y un folleto donde hablaban de tierra, de derechos y de libertad. No es preciso explicar el proceso psicológico de su conversión a las ideas libertarias. Nadie necesitará que se lo aclaren. El Seisdedos comunicó aquellos conocimientos a sus hijos y a sus nietos. Pronto fue la familia de los “libertarios”.[32]

Narciso Poeymirau tenía un amplio bagaje cultural. En 1919, acudió al Congreso del teatro de la Comedia en Madrid. Fue un año cargado de acontecimientos para el movimiento obrero. La Gran Guerra había terminado, Rosa Luxemburgo había sido asesinada en enero de ese año y la posibilidad de expansión de la Revolución socialista más allá de la Rusia soviética se vislumbraba dudosa. En Barcelona, tuvo lugar la huelga de la Canadiense, que paralizó la ciudad durante 44 días. Para la CNT ese congreso fue muy importante porque desde 1911 (año de su fundación en el palacio de Bellas Artes de Barcelona) no se había celebrado ninguno. El anarcosindicalismo estaba en plena expansión. El número total de obreros representados en el congreso de la Comedia fue de 715.542 federados y 57.049 no federados, según la memoria del Congreso. El tío Narciso de Pedralba acudió con su blusa y sus abarcas a Madrid en representación de 3.670 campesinos anarquistas de la Federación comarcal del distrito de Lliria, de los cuales 350 eran de su pueblo y el resto de localidades vecinas, como Bugarra, Benaguacil, Benisanó, Bétera, Lliria, etc. Desde 1919 asistió a todos los plenos comarcales, regionales y nacionales de la CNT. En 1931, también acudió al congreso de Madrid en representación de 250 pedralbinos y otros 400 anarquistas de la comarca y en 1936 al de Zaragoza.[33]

Artículo de Narciso Poeymirau en Fragua Social del 14 de noviembre de 1937

Las insurrecciones de Casas Viejas y Pedralba, aunque simultáneas en el tiempo y respondiendo a la misma convocatoria, son muy distintas. Los protagonistas tienen poco que ver. En Casas Viejas, Ramón J. Sender y Eduardo de Guzmán, que hicieron juntos el viaje, aunque cada uno informó para un periódico distinto (La Libertad y La Tierra, respectivamente), nos muestran un vecindario de desharrapados hambrientos y centran la causa de la revuelta en el factor socioeconómico. Sender dice: “Aquí hay un hambre que no es ya humana, ni ciudadana. Un hambre cetrina y rencorosa, de perro vagabundo”.[34] Eduardo de Guzmán afirma:

“las causas originarias de la tragedia no pueden estar más claras: hambre. Si en todo el campo andaluz, y muy especialmente en la campiña jerezana, las condiciones de vida son siempre deplorables, en los veinte meses que lleva implantada la República han empeorado hasta límites difíciles de imaginar. Son muchos los terratenientes que dejan sin cultivar sus tierras para que los labriegos no ganen un jornal por pequeño que sea. Cuando algunos protestan, no falta quien les responda riéndose:

—¿No querías República? ¡Pues comed República![35]

Ahora 12 de enero de 1933

La descripción de la escena de la única posada del pueblo donde pasan la noche Ramón J. Sender y Eduardo de Guzmán junto a un grupo de labriegos que se calientan en torno a una hoguera encendida en el suelo, presenta muchas similitudes con la de la posada de Pedralba a la que acude Alardo Prats en busca de información. El periodista de El Sol le pregunta al tratante de ganado, que se está calentando junto a la lumbre:

—¿Es que en este pueblo no hay trabajo para que ande la gente así?

—¡Ca¡  Sí casi todos los que han armado el lío son hijos de propietarios o propietarios del todo… Claro que también hay algunos obreros; pero no se conforman con nada. De uno sé yo que tiene más de veinte mil duros en propiedades, y por ahí anda de cabeza por el anarquismo.

—¿Y qué dice de la revolución anarquista? ¿Qué piensa ganar con ella?

—¿No dicen que si eso triunfa no habrá pagos, ni contribución, ni moliendas de esas, y el hombre con la mujer a gusto, y a otra cosa, y huelga de curas, y supresión de papeles y registros de la propiedad? No es que yo lo crea, que soy republicano y he corrido mundo; pero eso dicen. Por eso queman los papeles del Ayuntamiento y arman esas “patas”.

—¿Cuántos detenidos ha habido en Pedralba?

—Una treintena ¡Ya van apañados si el juzgado les envuelve en papeles! No les está mal por necios. A Extremadura los mandaba yo. Conozco aquellas tierras por el trato. Allí sí que hay miseria, y cualquier cosa, por hambre se excusa; pero aquí, que atan los perros con longaniza…

—Aquí se hacen las mejores longanizas del mundo y por cuatro perras puede comer una familia. Hay de todo. La propiedad está muy repartida. Hay trabajo y pocas ganas de trabajar. Por supuesto, que aquí y en todos esos pueblos donde se han armado esas trapatiestas, no ha sido por falta de comer, sino por esas ideas de la anarquía, y que me sé yo.

—¿Qué quiere decir con eso de “que me sé yo”?

—Pues que maestros, curas, secretarios y los que vienen de fuera al pueblo llenan a las gentes la cabeza de humo. Todos hablan mal de la República.

La Libertad 10 de enero de 1933

La interpretación de los hechos que ofrece Alardo Prats está más en consonancia con su pensamiento republicano y con la línea editorial de su periódico, pero aun siendo cierto que las condiciones socioeconómicas de Pedralba nada tenían que ver con las de Casas Viejas —la zona del Camp del Turia en los años treinta gozaba de una economía agraria en vías de modernización— no se puede desdeñar que, precisamente esos años, son años de crisis en el campo valenciano. Los ecos de la crisis mundial de 1929 se reflejaban en la exportación de los productos agrícolas. La viña, principal fuente de ingresos y con gran importancia económica desde finales del siglo XIX en Pedralba, continuaba sufriendo las consecuencias de la crisis de la filoxera. Francia, principal país importador de vinos valencianos, había elevado las barreras arancelarias y había hecho caer en picado los precios y las tasas de beneficios de los productores. La algarroba, el segundo producto autóctono más exportado, también sufría la crisis y, si estas circunstancias no eran suficientes, en los años 1931 y 1932 hubo una importante sequía.[36] La situación coyuntural no era tan boyante como pretendía mostrar el tratante de ganado en la posada.

Entre Casas Viejas y Pedralba mediaba un abismo en cuanto a condiciones socio-económicas. Frente a la agricultura  de Casas Viejas que no aseguraba la subsistencia, en Pedralba desde finales del siglo XIX se disfrutaba de una agricultura comercial, centrada principalmente en la producción vitivinícola. La tierra estaba mucho más repartida que en la Andalucía Occidental[37] y buena parte de los que formaban parte del sindicato anarquista del pueblo eran pequeños propietarios, ya que en Valencia el anarcosindicalismo no estaba confinado a los campesinos sin tierra.[38] Por el contrario, según el historiador José Luis Gutierrez Molina, “en Andalucía el anarquismo rural echó raíces mayoritariamente en las comarcas de alta concentración de propiedad de la tierra y en las de mayor número de pobres, las que tenían experiencias de lucha y desengaño en pleitos anti-señoriales”.[39]

Casa en la calle de la Acequia de Pedralba (foto de la autora)
¿Sigue siendo posible una interpretación milenarista de la revuelta de Pedralba?

La recepción del libro de Hobsbawm Rebeldes primitivos, traducido al español en 1968, nueve años después de su primera edición inglesa, no fue lo buena que se podía haber esperado por la historiografía española. La visión romántica, propia de los viajeros ingleses del XIX, que impregnaba sus páginas, heredera, en gran medida de El Laberinto Español de Gerald Brenan (1943), no gozó de una buena acogida. Para algunos historiadores del anarquismo de las décadas finales del franquismo, sobre todo en Cataluña, esa visión milenarista no era veraz. Según Susana Tavera:

“Ni que decir tiene que, por más que el “milenarismo” pueda explicar la capacidad anarquista de enraizar en la cultura de amplios sectores de las clases populares del sur de España, no responde a los interrogantes que preguntan por su exitosa habilidad para sostener un movimiento sindical [organizado]. […] No discutiré la validez sociológica e,  incluso, antropológica del análisis milenarista hobsbawmniano, pero sí su capacidad de desvelar interpretaciones historiográficas válidas para el conjunto de los libertarios españoles.[40]

En las décadas de los años 70 y 80, los historiadores españoles, a través del ojo crítico de la nueva historia económica veían la principal explicación del arraigo del anarquismo en España en el atraso económico, es decir, en la relación entre anarquismo y sociedades decimonónicas aún no suficientemente desarrolladas. Fueron precisamente los historiadores marxistas los que con mayor atención y complejidad usaron este argumento, según Pere Gabriel. Una explicación que, por otra parte, no era nueva. Ya a principios del siglo XX, José Canalejas había afirmado que “las naciones más adelantadas tienden al socialismo y las más atrasadas al anarquismo revolucionario”.[41] Hobsbawm se situaba en una variante de este argumento al incluir el anarquismo dentro del milenarismo, un milenarismo que era expresión de unas condiciones económicas y sociales determinadas, pero, ante todo, era “una forma arcaica de movimiento social”. Los campesinos andaluces y los lazaretti sicilianos son considerados en la obra de Hobsbawm, según Susana Tavera, como un movimiento apolítico anarquista situado en un estadio inferior y menos avanzado de organización revolucionaria que los movimientos comunistas.[42] Esa es también la visión que comparte el historiador José Luis Gutiérrez Molina, que tilda los planteamientos de Hobsbawm de “determinismos de carácter marxista”. Para este autor: “el anarquismo andaluz fue menos un movimiento primitivo que una respuesta ‘moderna’ a determinadas situaciones. Menos utópico de lo que a primera vista parece”.[43]

Carretera entre Pedralba y Bugarra interceptada con barricadas por los huelguistas para impedir el acceso de la guardia civil (foto: Nuevo Mundo 13 de enero de 1933)

Desde los años setenta, buena parte de la historiografía del anarquismo español rechaza la interpretación milenarista. El mismo Hobsbwabm en el epílogo que añadió a la primera edición española de 1969 consideró que debía aceptar algunas críticas al respecto:

“No cabe duda de que algunas de las críticas que se me hacen son válidas. En muchos casos resulta claro que el objetivo que se propone el movimiento milenarista no sería tanto el de construir un mundo totalmente nuevo, como el de reconstituir el viejo mundo perdido, aunque de modo totalmente nuevo. Esto que decimos se da con relativa frecuencia en los movimientos revolucionarios”.[44]

El historiador Michael Löwy asegura que, hoy en día, los escritos de Hobsbawm sobre el tema siguen impresionando “por su carácter innovador, imaginativo, sensible a la subjetividad de los actores sociales, y por su atención a movimientos a menudo considerados como ‘marginales’”. Para Löwy “el milenarismo no debe ser considerado únicamente como una conmovedora supervivencia de un pasado arcaico, sino como una fuerza cultural que permanece activa, bajo otra forma, en movimientos sociales y políticos modernos”. Según el autor: “Eric Hobsbawm abrió aquí una apasionante pista de investigación que merece ser proseguida, no solo por historiadores sino también por sociólogos o antropólogos políticos, estudiando los fenómenos actuales (finales del siglo XX)”.[45]

El utopismo es seguramente un instrumento social necesario para generar los esfuerzos sobrehumanos sin los que no se puede llevar adelante ninguna revolución importante”,[46] así lo pensaba Hobsbawm y también Narciso Poeymirau en septiembre de 1936 durante la puesta en marcha de la comuna de Pedralba. Nunca el anarquismo estuvo más cerca de conseguir su sueño como en ese verano de 1936 en España. El tío Narciso estaba pletórico de felicidad cuando atendió a Salvador Cano Carrillo, periodista de la Fragua Social, para explicarle cómo funcionaba la colectividad. Le dijo, con estas palabras, que él ya se podía morir tranquilo: “Estoy satisfechísimo. Ya no sentiría si me fuese pronto de la vida. He visto al fin puesto en práctica lo que tanto hemos soñado y por lo que tanto hemos luchado. Estamos demostrando en Pedralba que se puede vivir el comunismo libertario”.[47]

‘El viejo militante anarquista Narciso Poeymirau de Pedralba (Valencia) habla con el camarada redactor de ‘Fragua Social’ Salvador Cano Carrillo (foto: International Institute of Social History, Amsterdam)

Su sueño duró poco, en febrero de 1937 las cosas se empezaron a torcer y bastantes propietarios decepcionados abandonaron la colectividad. Algunos de ellos figuran como acusadores después de la guerra en la pieza correspondiente a Pedralba de la Causa General, pero curiosamente no existen acusaciones contra Narciso Poeymirau, que no formó parte del comité revolucionario que se formó en el pueblo el 18 de julio, ni de los siguientes consejos municipales durante el periodo de la guerra.[48] En cualquier caso, le aguardó el mismo final trágico que a sus otros compañeros de lucha. Hasta el campo de Albatera, donde se encontraba recluido en los días finales de la contienda, llegó una comitiva de falangistas que lo identificaron y se lo llevaron de vuelta a Pedralba. Durante el camino de Alicante a Valencia lo torturaron en varias ocasiones. Cuando llegaron al pueblo lo llevaron a la plaza, esposado y escoltado por militares, y echaron bando para que acudieran los vecinos. Según cuenta su hijo, la mayor parte de la gente permaneció encerrada en sus casas, solo un niño de 10 años corrió a su lado. Era su nieto. Nadie le increpó ni le insultó. Se abrió un silencio sepulcral en el pueblo. De Pedralba fue trasladado a Lliria y el 6 de abril de 1940, fue fusilado en el camp del Terrer de Paterna. Allí sigue en las fosas comunes del cementerio de esta localidad.

En 1997, Julián Casanova, en el epílogo de su obra De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España, resumía a grandes rasgos la naturaleza de la cultura política del anarquismo español con estas palabras:

“una cultura configurada por el carácter débil e ineficaz del Estado, heredera de creencias, comportamientos e impulsos religiosos y milenaristas, que no pueden negarse, compartida a grandes rasgos por anarquistas, republicanos y ugetistas hasta la Segunda República, que se propagó en medios tan diferentes como la Barcelona industrial o el campo andaluz, y que fue arrancada de raíz por la espada y la cruz de los vencedores de la guerra civil”.[49]

Una de las fosas comunes del cementerio de Paterna (foto: Miguel Lorenzo)

Subrayaba Casanova que los impulsos religiosos y milenaristas no pueden negarse y que se trata de una cultura compartida por anarquistas, republicanos y socialistas. Dos aspectos sobre los que también insistió Pere Gabriel en 2002 al señalar la necesidad de investigar “el sustrato ideológico y cultural común de anarquistas, republicanos y muchos jóvenes intelectuales de entonces, sustrato común en sectores populares y de intelectualidad no oficial deudor en gran medida del cientifismo positivista decimonónico”.[50] En este sentido, la biografía de un militante anónimo, como Narciso Poeymirau de Pedralba, puede ser un buen ejemplo.

En conclusión, hoy en día el análisis de los movimientos de revuelta de campesinos desde una perspectiva de naturaleza milenarista —como el que hizo Hobsbawm para el anarquismo andaluz— sigue siendo muy atractivo y puede ser útil, siempre que se le apliquen ciertas correcciones, que sirvan para rebajar su grado de romanticismo y atiendan a otros factores socio-económicos, políticos y culturales —ya ampliamente estudiados por los historiadores— que explican de forma distinta el gran arraigo que tuvo el anarquismo en nuestro país.

[1] PRATS, Alardo, “Los anarquistas de Pedralba querían hacer una revolución pacífica”, El Sol, Madrid, 18 de enero de 1933.

[2] Archivo Histórico General y de Defensa (en adelante AHGD), “Sucesos de Pedralba”, Sumario 4/1933, cajas 16.723/1 y 16.724/1.

[3] SANTOS JULIÁ, “Introducción” a Manuel Azaña. Diarios 1932-1933. “Los cuadernos robados”, Barcelona, Crítica, 1997, p. 20.

[4] MALDONADO, Antonio G., “Prólogo”, en SENDER, R. J. Viaje a la aldea del crimen, Barcelona, Libros del Asteroide, 2016, p. 22.

[5] SANTOS JULIÁ, “Introducción” a Manuel Azaña. Diarios 1932-1933. “Los cuadernos robados”, Barcelona, Crítica, 1997, pp. 7 y 35.

[6] Sobre los sucesos de Casas Viejas existe una extensa bibliografía. Se pueden encontrar resúmenes interesantes en las obras de GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo, Cifras cruentas. Las víctimas mortales de la violencia sociopolítica en la Segunda República española (1931-1936), Granada, Comares, 2015 p. 99 y En nombre de la autoridad. La defensa del orden público durante la Segunda República Española (1931-1936), Granada, Comares, 2014, pp. 146-153.  Dos obras recientes que han abordado todos los aspectos de la tragedia de Casas Viejas son la de GUTIÉRREZ MOLINA, Jose Luis, Los sucesos de Casas Viejas, la literatura y la prensa (1933-2008), Diputación de Cádiz, 2010 y la de GUTIÉRREZ BAENA, Salustiano, Los sucesos de Casas Viejas. Crónica de una derrota, Beceuve, Cádiz, 2017.

[7] La Libertad, Madrid, 13 de enero de 1933, p. 4.

[8] “A la entrada del pueblo de Bugarra matan a un guardia civil y a tres de asalto”, La Nación, Madrid, 10 de enero de 1933, p. 5.

[9] Alardo Prats i Beltrán (Culla, 1903- Ciudad de México 1984), fue un periodista republicano que destacó por sus entrevistas a personalidades del mundo de la cultura: Falla, Lorca, Machado, Bagaria, etc. Frecuentó las tertulias literarias de la capital de España, donde trabó amistad con los principales escritores de la época, entre ellos Valle-Inclán, por lo que se le llegó a apodar “el Valle-Inclán chico”. Después de la guerra se exilió en México.

[10] GARCÍA OLIVER, Joan, El eco de los pasos, Barcelona, Ruedo Ibérico, 1978, p. 131.

[11] BOSCH SÁNCHEZ, Aurora, Ugetistas y libertarios. Guerra civil y revolución en el País Valenciano, 1936-1939, Valencia, Institució Alfonns el Magnànim, Diputació Provincial de València, 1983, pp. 217-222.

[12] ANDRÉS, Tomás, Un amor truncado o el ideal que no muere (relato biográfico), Barcelona, autoedición, 1979, p. 15.

[13] CALAFAT, Javier y GRANEL, Xavier, “Trabajo y revolución en València: el blasquismo”, https://conversacionsobrehistoria.info/2021/07/11/trabajo-y-revolucion-en-valencia/

[14] SIMEÓN RIERA, J. Daniel, De la materia dels somnis. Vida i obra de José María Peñarrocha Bori, anarquista llirià (1907-1992), València, Diputació de València, 1984, pp. 74-75.

[15] LLOMBART, Constantí, Crónica de la revolución cantonal, Valencia, editorial L’Estel, 1973, pp. 101-102. La labor del Enguerino es puesta en duda por Constantí Llombart, que asegura que el Enguerino olvidó su celebérrima frase, pronunciada en los gloriosos días de los acontecimientos de octubre de 1869, “a quien robe un alfiler se lo clavaré en la lengua” y no rindió cuentas de los 46.500 reales que le fueron entregados por la Junta revolucionaria de Valencia en 1873 para organizar la partida de milicianos.

[16] HERRERÍN LÓPEZ, Ángel, Anarquía, dinamita y revolución social. Violencia y represión en la España de entre siglos (1868-1909), Madrid, Catarata, 2011, p. 76.

[17] AHGD, “Sucesos de Pedralba”, Sumario 4/1933, caja 16.723/1 y 16.724/1.

[18] SIMEÓN RIERA, J. Daniel, De la materia dels somnis…, p. 68.

[19] NAVARRO NAVARRO, Javier, “El perfil moral” del militante del anarquismo español”, Spagna Contemporánea, n.º 25, 2004, p. 46.

[20] POEYMIRAU CABEDO, Narciso, Breve esbozo biográfico de la vida de Narciso Poeymirau Rochina, Centre international de recherches sur l’anarchisme (CIRA) de Lausanne (Suiza), p. 3.

[21] SIMEÓN RIERA, J. Daniel, De la materia dels somnis…, p. 16.

[22] HOBSBAWM, Eric J. Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX, Barcelona, Crítica, 2001, p. 280.

[23] QUILES MENGOD, Leopoldo, “Hagamos pedagogía”, El Pueblo, Valencia, 13 de abril de 1914.

[24] POEYMIRAU CABEDO, Narciso, Breve esbozo biográfico…, p. 4.

[25] ANDRÉS, Tomás, Un amor truncado…, p. 16.

[26] LÁZARO LORENTE, Luis M. Las escuelas racionalistas en el país valenciano (1906-1931), Valencia, Nau Llibres, 1992, pp. 146-147 y 175-176.

[27] SIMEÓN RIERA, J. Daniel, De la materia dels somnis…, p. 65.

[28] AHGD, “Sucesos de Pedralba”, Sumario 4/1933, caja 16.723/1 y 16.724/1.

[29] SIMEÓN RIERA, J. Daniel, Entre la rebel.lia i la tradició. Lliria durant la república i la guerra civil (1931-1939), Diputació de València, 1993, p. 260.

[30] SIMEÓN RIERA, J. Daniel, De la materia dels somnis…, p. 72.

[31] POEYMIRAU CABEDO, Narciso, Breve esbozo biográfico…, p. 3.

[32] SENDER, Ramón J., Viaje a la aldea del crimen, Madrid, Ediciones VOSA, 2.000, p. 33.

[33] Los datos de afiliación en CUCÓ GINER, A., “Contribución a un estudio cuantitativo de la CNT”, València, Saitabi, Revista de la Facultat de Geografía e Història, n.º 22, 1972, pp. 200-201.

[34] SENDER, Ramón, J., Viaje a la aldea del crimen…, p. 28.

[35] DE GUZMÁN, Eduardo, La tragedia de Casas Viejas, 1933. Quince crónicas de guerra, 1936, Makano, www.epublibre.org, 2007, p. 13.

[36] SIMEÓN RIERA, J. Daniel, Entre la rebel.lia i la tradició. Lliria durant la república i la guerra civil…, pp. 35-36.

[37] El Censo de Campesinos elaborado por el Instituto para la Reforma Agraria entre 1932 y 1936 no recoge datos del partido judicial de Lliria, al que pertenece Pedralba, pero a tenor de los datos de los partidos judiciales de Carlet, Ontinyent y Enguera, que son los pueblos de Valencia que sí que figuran, el número de pequeños propietarios y de jornaleros estaba muy equilibrado. Tampoco están recogidos los datos del partido judicial de Jerez, al que pertenece Casas Viejas, en Cádiz. ESPINOZA, Luis E. ROBLEDO, Ricardo, BREL, M.ª Pilar y VILLAR, Julio, “Estructura social del campo español: el Censo de Campesinos (1932-1936). Primeros resultados”, en ROBLEDO, Ricardo y LÓPEZ, Santiago (Eds.), ¿Interés particular, bienestar público? Grandes patrimonios y reformas agrarias, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2007, pp. 318 y 342. Véase también CARRIÓN, Pascual, Los latifundios en España, Barcelona, Ariel, 1972.

[38] POEYMIRAU CABEDO, Narciso, Breve esbozo biográfico…, p. 7.

[39] GUTIÉRREZ MOLINA, José Luis, “Andalucía y el anarquismo (1868-1936)”, Ayer, n.º 45, 2002, p. 174.

[40] TAVERA, Susana, “La historia del anarquismo español. Una encrucijada interpretativa nueva”, Ayer, n.º 45, 2002, pp. 22-23.

[41] GABRIEL, Pere, “Historiografía reciente sobre el anarquismo y el sindicalismo en España, 1870-1923”, Ayer, n.º 45, 2002, pp. 46-47.

[42] TAVERA, Susana, “La historia del anarquismo español…, p. 22.

[43] GUTIÉRREZ MOLINA, José Luis, “Andalucía y el anarquismo…, pp. 174 y 184.

[44] HOBSBAWM, Eric J. Rebeldes primitivos…, p. 269.

[45] LÖWY, Michael, “Revueltas campesinas, milenarismo y anarquismo en la obra de Eric Hobsbawm”, Viento Sur, n.º 133, abril 2014, p. 108.

[46] HOBSBAWM, Eric J. Rebeldes primitivos…, p. 89.

[47] CANO CARRILLO, Salvador, “La fragua social entre los campesinos de Pedralba”, Fragua Social, València, 27 de septiembre de 1936.

[48] Archivo Histórico Nacional (AHC), Causa General, Partido judicial de Liria (Valencia), Pedralba, ES.28079.AHN/2.2.2.1.45.1.12.

[49] CASANOVA, Julián, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España, Barcelona, Editorial Crítica, 2010, p. 250.

[50] GABRIEL, Pere, “Historiografía reciente sobre el anarquismo…, p. 47.

 

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