Ricardo Robledo (*)

En la madrugada del miércoles 11 de enero de 1933 los anarquistas de Casas Viejas proclamaron el comunismo libertario. Dos guardias civiles que custodiaban el cuartel fueron heridos –fallecerían  días después- al no aceptar la rendición porque  “ya todos éramos iguales”. Hasta el mediodía fueron dueños absolutos del pueblo: “no cometieron ningún desmán con ningún señorito del pueblo, ni saquearon ninguna casa”, al contrario de  los guardias de Asalto que “asaltaron y desvalijaron”  el establecimiento  de C. Torres llevándose desde latas de conserva hasta gramófonos. A los dos y media  aproximadamente “llegó la primera fuerza de la Guardia Civil, unos once hombres. A la entrada del pueblo se encontraron con un centenar de hombres armados y empezaron a disparar sus fusiles, y disparando entraron en el pueblo llegando así hasta la plaza, que es donde está el Cuartel”.  Luego llegó la Guardia  de Asalto, la huida al monte de la mayor parte de los habitantes y el incendio de la choza de “Seisdedos” con su familia, única forma de acabar con la resistencia en las primeras horas del día 12, pese a llevar metralleta y bombas de mano. Finalmente en una razzia fueron detenidos doce campesinos (solo uno había participado en los acontecimientos) siendo ejecutados al lado de la choza incendiada por los guardias al mando del capitán Rojas, quien no pudo contener la “insolencia” de algún prisionero. Veintitrés campesinos muertos más dos guardias civiles y uno de Asalto convirtieron Casas Viejas en el suceso más letal de la República, si se exceptúa  la Semana Roja de Sevilla y algún episodio de la revolución de octubre. En términos políticos no hubo otro acontecimiento que dañara más la imagen del gobierno de Azaña.

En las discusiones parlamentarias que motivó la masacre de Casas Viejas quedó claro desde el principio el defectuoso manejo del orden público, causante principal del elevado número de víctimas. Sin embargo no puede olvidarse que en el levantamiento  “puede decirse que tomó parte casi todo el pueblo”, como apuntó el capitán instructor Ramos. Esto obliga  a analizar brevemente  aquel suceso desde la historia social y agraria para hacerlo más comprensible. 

La aldea de Casas Viejas, un 11 % de la superficie del municipio de Medina Sidonia donde estaba integrada, representó en sus orígenes la imagen contraria de desigualdad que la hizo famosa: reparto de tierras públicas durante el primer liberalismo. La aldea fue, en efecto, el resultado de un proceso migratorio en el que destacaron  los jornaleros de Medina Sidonia y,  de fuera de la provincia, los segadores malagueños, “sopacas”, que  después del verano se quedaron a vivir en la aldea.  

Los incentivos para la nueva población estuvieron, aparte de los recursos del monte o de la laguna la Janda para  el carboneo o la caza,  en los repartos del progresismo liberal  en 1821, 1841 y 1855. Pero el resultado  no fue la generalización de una clase media  sino más bien  la consolidación del poderío económico de una élite que se fue haciendo con las suertes de los nuevos pobladores. Hay una variable que facilitó este proceso: el gobierno municipal de Medina Sidonia hizo todo lo posible para que no arraigara una población independiente impidiendo que dispusiera de los recursos de la autonomía municipal…

Así Casas Viejas, con asentamientos a menudo irregulares en ejidos y terrenos del común, se fue convirtiendo en una reserva de  fuerza de trabajo para los latifundios de la zona sin disponer de servicios elementales.

Sánchez del Pando (Lugar donde estaba la ametralladora de las fuerzas Crónica 22-1-1933

El capitán instructor describió así “la aldea del crimen”, como la bautizó Sender

ESTADO ECONÓMICO Y SOCIAL.- En Casas Viejas se respira estos días una profunda tristeza, pero  tristeza muda, sin lamentaciones ni lloros. Hemos oído a algunos hombres lamentarse de la ruina que les han buscado engañándolos, pero a todos hemos visto enteros y resignados con su suerte.

Quien crea que estos hombres son comunistas o anarquistas se engaña. Estos hombres solo tienen un afán infinito de vivir mejor, de vivir como hombres, de mayor bienestar. Viven como vivía el campesino ruso en las tierras de los grandes duques, casi como esclavos, en miserables jaimas amontonados con sus hijos, varones y hembras.

La cultura de los habitantes de esta Aldea se pone de manifiesto con los siguientes hechos. La mayoría de los habitantes no saben leer ni escribir, no pueden firmar. Son conocidos por apodos, y algunos de ellos no han sabido decir el nombre de su padre. En cuanto a la fecha de su nacimiento la mayor parte la ignoran. Dan su edad por el año que entraron en quinta, y por regla general equivocan la edad.

El Boticario, Juan Sopas, El Gallinita, Ciruelita, El Tullido, Seisdedos, Pareja, Perico sin hueso, Sal de higuera, Castelar, Tragarranas, Rompemontes, El Zorrito, Pinganillo y Margarito son los más distinguidos en el pasado movimiento.

“Durante la Monarquía -nos decía un señorito del pueblo- repartíamos en esa esquina teleras de pan (moreno) todos los días, pero desde que se proclamó la República nadie pide pan».

La ocupación de los habitantes de esta Aldea es labrar la tierra y guardar el ganado de los colonos al ex duque de Lerma y algunos particulares, coger espárragos trigueros silvestres y cazar en la Laguna de Janda y en las dehesas. Hay excelentes cazadores abundando las escopetas antiguas de pistón, algunas parecidas a espingardas. Tal es la Aldea que nos legó la Monarquía. Pueden estar orgullosos de la herencia que le han dejado los monárquicos a la República. Un Duar de jaimas de juncos, con unas cuantas casas de señoritos, una Iglesia sin terminar, un pueblo sumido en la ignorancia y cuya única ocupación es labrar y cuidar ganado en los bienes y estados del ex duque de Lema y de Medinaceli y en fincas de otros señores, manejar perfectamente la escopeta para cazar en la Laguna de Janda, coger espárragos silvestres que exportan a Sevilla y Cádiz, y recoger unas teleras de pan negro –durante la Monarquía- en las esquinas de las casas de algunos labradores

Casas Viejas era una aldea donde cerca del 80 % de la población activa eran braceros con un paro estructural elevadísimo. La mayor parte de sus habitantes eran analfabetos, con graves limitaciones de cultura social, que vivían en chozas miserables y con una natalidad promedio de 3-4 hijos por familia. La aldea disponía de médico sin botica y de escuelas con capacidad tan limitada que dejaba fuera “a setenta y más de cien niños”. A esto se reducía la presencia del Estado, y a exigir el servicio de quintas, circunstancia que ayudaba a calcular la edad de los que cumplían tal obligación. No había más servicios públicos, si  prescindimos de la iglesia (obra de la Dictadura, sin terminar, costeada con 30. 000 duros de los propietarios), o de la presencia de la guardia civil desde 1876. Como en tantos otros lugares, ninguna infraestructura sanitaria: el cementerio hacía acera con las casas y  “las aguas que beben los vecinos están tan mal asistidas que constantemente hay calenturas infecciosas y esas aguas corren por las calles donde se arrojan las basuras”. Casas Viejas era una aldea de gente hambrienta,  como confirmaron los encuestados por la Comisión. En la célebre crónica de Sender las palabras hambre/hambrientos aparecen 93 veces.  El hambre se esquivaba con los recursos del monte (que algún día fue público) y de la caza. Justamente la habilidad en el uso de la escopeta resultó letal para las fuerzas de orden público en los primeros momentos de la insurrección.

Más de un pueblo tenía carencias similares, sobre todo en zonas de latifundio, aunque en pocos como en Casas Viejas dominaba tanto una sociedad que malvive de limosnas de señoritos y del empleo precario en el latifundio, alguno de cuyos dueños como Medinaceli había superado siglos de turbulencias y la propia reforma agraria de la Segunda República.

¿Era esta desigualdad extrema de la propiedad condición suficiente para promover la revuelta? Sociólogos históricos e historiadores contestarían negativamente. Parte de la literatura que ha explorado las causas de la insurgencia en otros lugares ha dado más importancia a la desigualdad en el ingreso que a la mala distribución de la tierra. Además, según la descripción efectuada anteriormente, se deduce claramente que no hubo transferencias públicas que amortiguaran la desigualdad patrimonial. El estado de bienestar estaba muy en ciernes (y sin repercusión en el campo), y la iniciativa privada tampoco ayudó: a los grandes propietarios  no se les ocurrió levantar escuelas sino una iglesia. Se carecía de subsidio de paro, y el sucedáneo eran limosnas humillantes que solo llegaban a unos cuantos, a razón de una peseta para los solteros y 1,50 para los casados.

Miembros de la Comisión Parlamentaria en Casas Viejas

No vamos a hacer del conjunto de carencias de Casas Viejas el argumento principal de la revuelta. No caigamos en un mecanicismo estrecho. Los factores estructurales y la coyuntura política no eran los únicos que moldeaban la rebelión social, pero es indudable que el elevado paro forzoso, los bajos jornales  y la falta de expectativas  potenciaban la utopía del comunismo libertario que se respaldaba con un nivel de afiliación altísimo: casi dos de cada tres activos masculinos  estaban afiliados a la C.N.T. si damos como buenas las cifras del primer congreso comarcal de Jerez en 1932.

Además  de ser víctimas  de influencias políticas muy dispares, lo fueron del modo como la fuerza pública afrontó la sublevación. La gestión del orden público es decisiva en el desarrollo de la violencia y cuando es defectuosa los resultados son catastróficos. Más de un 60  % de las víctimas mortales de la violencia sociopolítica durante la República fueron causadas por las fuerzas del Estado que además sufrieron 445 bajas, según González Calleja.

No deja de ser llamativo que el 11 de enero, el mismo día en que Rojas recibe la orden de Meléndez para marchar desde Jerez a  Casas Viejas,  Azaña escribiera:

Ayer por la mañana me llamó Casares y, después de contarme cómo iban las cosas, se me quejó una vez más de que la fuerza pública no procede con bastante energía. Se dejan matar, pero no pegan duro. Ejemplo, en Sallent. No cumplen las instrucciones que el ministro les ha dado para destruir por la fuerza a los revoltosos. Contemporizan, tantean, aguantan los tiros y detienen a los que pueden. Casares estaba muy enojado con esto, y lo atribuía a que él no tiene bastante autoridad. El presidente de la república le ha llamado esta mañana y después de conocer el estado del asunto le ha dicho también que se notaba alguna flojedad en la represión callejera de la fuerza, y que era preciso estimularla (…) Respecto a la actitud de la fuerza pública le dije a Casares que no era para tan lamentada, porque después de todo esa era la buena doctrina; salvo que en circunstancias apuradas y críticas se haga un escarmiento. Casares lo reconoce así, y dice que no tendría queja, si después las autoridades judiciales no flaquearan. La disposición moderada y pasiva de la fuerza se debe a las campañas en el Parlamento y en la prensa contra los abusos de la guardia civil; de suerte que no deja de ser un progreso lo que sucede. La cuestión está en que la moderación no pase a ser dejadez o abandono, cosa de que por ahora no hay síntomas.

El episodio de Casas de Viejas tiene más de un punto común con el de Las bombas de mayo de 1932 en Sevilla que publiqué hace poco en Historia Social.    El director general de Seguridad, Meléndez, era el mismo, igual que continuaba  Casares como Ministro de gobernación. Es decir, predominaba la idea del anarquismo como un mal que se curaba con la represión; de este modo, una fuerza social mayoritaria en varias provincias andaluzas se iba situando aún más en los márgenes del sistema

Hay que hacer un escarmiento –confesó el capitán Rojas- …traigo órdenes severísimas. Si no daba un escarmiento fuerte me exponía a que se declarara la anarquía y que se viniese abajo todo (…) Así cumplía lo que me habían mandado y defendía a España de la anarquía que se estaba levantando en todos lados y a la República (…)

La comisión parlamentaria, los debates en las  Cortes, la prensa, etc. vertieron ríos de tinta sobre la autoría última de las órdenes que recibió Rojas pues lo que importaba era la cacería política o salvarse de ella. Los telegramas que se conservan son muy explícitos. De nuevo, el instructor precisa:

Lo que sí parece cierto es que los Guardias de Asalto -después de ser rechazados y dejar dos de sus compañeros en poder de los rebeldes- trataron de imponerse por la violencia y el miedo, matando a algunos que no tuvieron verdadera necesidad de matar. Después, tal vez para justificar esto, reunieron todos los muertos en el corralillo de Seisdedos  (después de haber ardido la casa). Repetimos que parece cierto que cometieron algunas barbaridades, y creemos que fue para imponerse por el terror, como lo consiguieron, pues toda la gente de la parte alta del pueblo se marchó al campo, escondiendo o abandonando sus escopetas.

 

(*) Esta publicación forma parte del libro (¡Comed república! Poder de mercado y reforma agraria) que publicará la editorial Pasado & Presente (título provisional).

Iliustraciones: HistorImagen


 

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