Este 11-S recordemos los fracasos de EE.UU.

Deepa Kumar

 

En septiembre de 2000, el think tank neoconservador Project for the New American Century publicó un documento en el que esbozaba su visión de la política exterior. En él se pedía que Estados Unidos utilizara su fuerza militar para hacerse con el control de la región del Golfo Pérsico, para “mantener la preeminencia global de Estados Unidos… y [para] conformar el orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses estadounidenses”.

Este objetivo, añadía el informe, iba a tardar algún tiempo en hacerse realidad “a falta de algún acontecimiento catastrófico, como un nuevo Pearl Harbor”.

El 11 de septiembre de 2001 se produjo tal acontecimiento, en un momento en que el ala neoconservadora de la política exterior ocupaba posiciones de poder en la administración de George W. Bush. La crisis del 11-S situó a los neoconservadores en una posición que les permitía hacer realidad su visión y proyectar el poder de Estados Unidos a escala mundial.

Los atentados de ese fatídico día crearon un acuerdo unánime en el establishment de la política exterior de que la guerra contra el terrorismo enmarcaría en lo sucesivo la política exterior estadounidense. Tres días después de los atentados, se aprobó la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar contra los Terroristas, poniendo en marcha una guerra global indefinida y perpetua que ha continuado hasta hoy.

Apenas se habían asentado las cenizas de las Torres Gemelas cuando empezaron a resonar en la esfera pública las fuertes proclamas de que los “terroristas islámicos” representaban una amenaza existencial para Estados Unidos. Desde entonces, la política exterior e interior de Estados Unidos ha estado marcada por la rúbrica del “terrorismo” y las correspondientes medidas de seguridad necesarias para mantener supuestamente a salvo a los estadounidenses. El terrorista racializado, una amenaza a la seguridad nacional y global, ha formado parte de la práctica imperial desde finales de los años 60; el 11-S lo puso en primer plano y estableció los términos de lo que vendría en las décadas posteriores. Fue la base a partir de la cual se elaboró una nueva infraestructura del imperio.

El profesor de política internacional G. John Ikenberry captó la dinámica posterior al 11-S en la revista Foreign Affairs:

Por primera vez desde los albores de la Guerra Fría, una nueva gran estrategia está tomando forma en Washington. Se presenta más directamente como una respuesta al terrorismo, pero también constituye una visión más amplia sobre cómo Estados Unidos debe ejercer el poder y organizar el orden mundial. Según este nuevo paradigma, Estados Unidos va a estar menos vinculado a sus socios y a las normas e instituciones mundiales, al tiempo que da un paso adelante para desempeñar un papel más unilateral y anticipatorio a la hora de atacar las amenazas terroristas y enfrentarse a los Estados rebeldes que buscan armas de destrucción masiva. Estados Unidos utilizará su incomparable poder militar para gestionar el orden mundial.

El imperialismo estadounidense se vio reforzado tras el 11-S. Los atentados proporcionaron a los políticos un enemigo temible –el “terrorismo islámico”– contra el que era necesaria una guerra global. Aprovechando la superioridad moral de una nación atacada, el establishment de la política exterior resucitó el imperio, como argumentó el historiador Rashid Khalidi en su libro Resurrecting Empire: Western Footprints and America’s Perilous Path in the Middle East. Las guerras de Afganistán e Irak llegaron poco después. De hecho, en las dos primeras décadas de la guerra contra el terrorismo, como señala el prefacio, cientos de miles de personas han muerto y decenas de millones han sido desplazadas.

En mi libro Islamophobia and the Politics of Empire: Twenty Years After 9/11, esbozo la política exterior de las administraciones de Bush, Obama y Trump. Estudio varios documentos políticos, así como artículos y declaraciones influyentes de políticos para argumentar que, aunque Trump representó una ruptura con el consenso bipartidista en torno a la hegemonía liberal con un giro hacia el nativismo y la política de “América primero”, también hay continuidades entre las tres administraciones.

En lugar de la autorepresentación estándar de Estados Unidos como una fuerza de libertad y benevolencia en las relaciones internacionales, la administración Trump marcó un giro hacia lo que se ha llamado “hegemonía antiliberal”. A diferencia de sus predecesores republicanos, Trump no operó a través de formas encubiertas de racismo; adoptó formas abiertas de racismo consistentes con las de la red islamofóbica de extrema derecha. Además, si los neoconservadores de gobiernos anteriores eran intervencionistas liberales con esteroides, como afirmaba Stephen Walt, Trump era un neoconservador con esteroides sin una cobertura liberal de derechos humanos. El racismo imperial liberal fue sustituido por un racismo descarado durante un tiempo.

Con la elección de Joe Biden y Kamala Harris en 2020, el imperialismo liberal multicultural volvió a estar en la agenda. Ya sea empaquetado en términos liberales o de derecha, las políticas racistas han sido centrales en todas las administraciones desde el 11 de septiembre.

Zona cero de las Torres Gemelas durante el desescombro (foto: Jason Scott/Textfiles)
El 11 de septiembre y la doctrina Bush

Casi inmediatamente después del 11-S, la administración Bush empezó a buscar formas de atacar a Irak. Como revela Richard Clarke, entonces “zar antiterrorista”, en su libro Against All Enemies, el presidente Bush se llevó a unas cuantas personas aparte y les dijo: “Sé que tienen mucho que hacer y todo eso… pero quiero que, en cuanto puedan, repasen todo, todo. Vean si Saddam hizo esto. Vean si está vinculado de alguna manera.”

Este esfuerzo por apuntar a Irak formaba parte de la estrategia más amplia de los neoconservadores de desestabilizar Oriente Medio. Desestabilizar la región también significaba transformar los valores culturales de Oriente Medio y el Norte de África (MENA) para hacerlos menos hostiles a las potencias occidentales, menos solidarios con la causa palestina y más neoliberales. La Doctrina Bush, como llegó a conocerse, expuesta en el documento de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) publicado en 2002, consagró la política exterior neoconservadora.

El elemento clave de la Doctrina Bush era que proclamaba el derecho unilateral de Estados Unidos a emprender una guerra preventiva, es decir, a atacar a otra nación soberana no porque amenazara directamente a Estados Unidos, sino porque podría suponer una amenaza. Daba al presidente discrecionalidad para determinar qué constituía una amenaza. Así, si una nación “albergaba terroristas”, desarrollaba armas de destrucción masiva o actuaba de alguna otra manera en contra de los intereses de Estados Unidos, sería objeto de ataque e invasión.

Otro aspecto clave de la Doctrina Bush era el imperativo de acabar con el surgimiento de cualquier rival que pudiera desafiar la hegemonía estadounidense. El documento de la NSS afirma: “Nuestras fuerzas serán lo suficientemente fuertes como para disuadir a los potenciales adversarios de perseguir una acumulación militar con la esperanza de superar, o igualar, el poder de Estados Unidos”. Esto se tradujo en la presencia militar estadounidense en Oriente Medio y Asia Central, considerados “puntos calientes” debido a sus recursos de petróleo y gas natural, así como a su cercanía a potenciales rivales como China, India y Rusia.

Las guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak fueron diseñadas para cumplir ambos objetivos: acabar con las posibles amenazas y disuadir a los potenciales adversarios. La administración Bush tenía la intención de llevar a cabo un cambio de régimen en Irán y Siria después de haberlo hecho en Irak. Con la región bajo su control, Washington podría entonces dictar las condiciones a las demás potencias que dependen del petróleo de Oriente Medio, especialmente China.

El informe filtrado Wolfowitz Defense Planning Guidance de principios de los años 90 –el informe tan rotundamente despreciado por el establishment político– se ponía ahora en práctica con la tragedia del 11-S como telón de fondo. Los neoconservadores, así como otros que simpatizan con su visión, comprendieron la oportunidad histórica que suponían los atentados del 11-S. Condoleezza Rice, asesora de seguridad nacional de Bush y posteriormente secretaria de Estado, lo expresó de forma sucinta cuando, poco después del 11-S, dijo a sus altos cargos de seguridad nacional que pensaran en cómo “capitalizar estas oportunidades”, que estaban “cambiando las placas tectónicas de la política internacional”, en beneficio de Estados Unidos.

Sin embargo, aprovechar esta oportunidad para hacer realidad la visión neoconservadora también significaba orquestar una elaborada campaña de relaciones públicas diseñada para obtener el apoyo del público y sofocar las críticas. Stephen Sheehi señala que la respuesta retórica al 11-S fue elaborada por un grupo de académicos, periodistas, responsables políticos y expertos que fueron invitados a sesiones de estrategia en la Casa Blanca. Como explicó Wolfowitz, “el gobierno estadounidense, especialmente el Pentágono, es incapaz de producir el tipo de ideas y estrategias necesarias para afrontar una crisis de la magnitud del 11-S”.

Entre los invitados a ayudar a generar la respuesta pública adecuada se encontraban Bernard Lewis, el periodista y exeditor de Newsweek Fareed Zakaria y el profesor de Johns Hopkins Fouad Ajami, así como varios neoconservadores. Sheehi describe los diferentes enfoques que adoptaron Lewis y Zakaria. Escribe que si “Lewis sitúa los fracasos del Islam en la barbarie de la ‘mente árabe’, Zakaria sitúa el odio a Occidente en el fracaso de la cultura política y la organización económica árabes”. Ambas son posiciones profundamente racistas.

Zakaria, alumno de Samuel Huntington, argumentó que Estados Unidos debería promover el libre mercado y la democracia en Oriente Medio, canalizando las inclinaciones modernizadoras de su mentor. Para gente como Zakaria, crear ciudadanos neoliberales flexibles, individualistas y consumistas en la región de Oriente Medio y Norte de África es tan importante como el control de Estados Unidos sobre el petróleo. Sin embargo, al igual que los orientalistas del siglo pasado, Zakaria declaró que los árabes han visto el “proceso inverso al histórico en el mundo occidental, donde el liberalismo produjo la democracia y la democracia alimenta el liberalismo. El camino árabe ha producido la dictadura, que ha engendrado el terrorismo.”

Se trata de una reelaboración del despotismo oriental construida sobre la esencialización racista del Otro árabe. Es el imperialismo y racismo liberal al estilo de Clinton. Se hizo aún más aceptable con mujeres al mando: Madeleine Albright como secretaria de Estado de Clinton y Condoleezza Rice en el mismo papel en el segundo mandato de Bush. Ahora era la carga de mujeres blancas y negras llevar la civilización a las masas ignorantes.

El cambio cultural que Zakaria y otros impulsaban también estaba destinado a prevenir las insurgencias en la región de Oriente Medio y Norte de África. Lewis adoptó una posición más alineada con los neoconservadores. Por lo tanto, no es de extrañar que los neoconservadores recurrieran a Lewis para que les proporcionara el lastre intelectual necesario para justificar su política exterior; como dice Danny Cooper, los neoconservadores “idolatran a Lewis”. Según el periodista Bob Woodward, Lewis era “un favorito de Cheney”, y éste utilizó las credenciales académicas y la credibilidad de Lewis en repetidas ocasiones para justificar sus propias posiciones políticas.

Por tanto, la retórica del “choque de civilizaciones” se convirtió en dominante tras el 11-S y fue la base ideológica de las guerras de Afganistán e Irak, así como de la persecución de la raza musulmana en el ámbito nacional. Durante un tiempo pareció que los neoconservadores eran imparables. Pero se excedieron.

Durante su primer mandato, la administración Bush construyó una “coalición de voluntarios” para invadir Irak, rechazando las críticas de los aliados a los que calificó despectivamente de “vieja Europa”. La administración Bush planeó llevar a cabo cambios de régimen en toda la región para instalar gobiernos obedientes a los dictados de Washington. Un alto funcionario británico cercano a la administración plasmó este plan imperial en un gesto masculino característico de la época: “Todo el mundo quiere ir a Bagdad. Los hombres de verdad quieren ir a Teherán”.

Sin embargo, la guerra de Irak no salió como los neoconservadores querían. En lugar de recibir a las fuerzas estadounidenses como liberadores, el pueblo iraquí se resistió y rechazó la hegemonía estadounidense. El plan para llevar a cabo un cambio de régimen en Irán y Siria se detuvo; en todo caso, Irán salió reforzado por las acciones de EEUU. No sólo estaba en peligro la visión neocon de un nuevo Oriente Medio, sino que Estados Unidos había alienado a sus antiguos aliados en Europa y había fortalecido a China (así como a Rusia y Venezuela). Todo ello llevó al general retirado William Odom a calificar la guerra de Irak como “el mayor desastre estratégico de la historia de Estados Unidos”.

Esto provocó un giro en las políticas de la administración Bush, que se inclinó por el uso de tácticas más multilaterales. Además, la administración se alejó del poder “duro” (como el uso de la coerción y el soborno) y se inclinó por ganar “corazones y mentes”, tal y como se representa en la estrategia de contrainsurgencia defendida por su comandante militar en Afganistán, el general David Petraeus.

El manual de contrainsurgencia del ejército de 2006 establecía cómo se utilizaría el poder blando en el campo de batalla. En el prólogo, Petraeus señalaba que hacía veinte años que el ejército estadounidense no elaboraba un manual de campo específico sobre contrainsurgencia y articulaba esta nueva doctrina de la siguiente manera:

Una campaña de contrainsurgencia es, tal y como se describe en este manual, una mezcla de operaciones ofensivas y defensivas realizadas a lo largo de múltiples líneas de operaciones. Requiere que los soldados y marines empleen una mezcla de tareas de combate conocidas y habilidades que se asocian más a menudo con organismos no militares. El equilibrio entre ellas depende de la situación local. Lograr este equilibrio no es fácil. Requiere que los líderes de todos los niveles ajusten su enfoque constantemente. Deben asegurarse de que sus soldados y marines están preparados para ser recibidos con un apretón de manos o con una granada de mano… Se espera que los soldados y marines sean constructores de la nación además de guerreros. Deben estar preparados para ayudar a restablecer las instituciones y las fuerzas de seguridad locales y ayudar a reconstruir las infraestructuras y los servicios básicos. Deben ser capaces de facilitar el establecimiento de la gobernanza local y el estado de derecho. La lista de estas tareas es larga; su realización implica una amplia coordinación y cooperación con muchas agencias intergubernamentales, del país anfitrión e internacionales.

En resumen, no bastaba con matar y derrotar militarmente al enemigo; los soldados debían participar en la construcción de infraestructuras, la prestación de servicios básicos y ser tanto “constructores de la nación como guerreros”. Un coautor de este manual escribió que la contrainsurgencia implicaba “recopilar información sobre toda la sociedad, comprender las condiciones locales, controlar la opinión pública y analizar las relaciones y redes sociales y políticas”.

Para ayudar a este esfuerzo, el año siguiente el Pentágono reclutó antropólogos a través de un programa de 40 millones de dólares llamado “Sistema de Terreno Humano”. Envió a estos antropólogos a Irak y Afganistán para que recopilaran información cultural con el fin de llevar a cabo mejor la guerra contra el terrorismo. Su objetivo era claro: “La empatía se convertirá en un arma”.

La académica Laleh Khalili observa que la participación de los profesionales liberales de los derechos humanos en la redacción del Manual de Campo de la Contrainsurgencia significó que la contrainsurgencia centrada en la población [en la que los militares ya no serían simplemente una herramienta de fuerza sino también de modernización] es considerada ahora una forma progresista de guerra por muchos intervencionistas liberales en las capitales europeas y norteamericanas.

Así, incluso bajo el régimen neocon, los enfoques intervencionistas liberales se hicieron necesarios.

Sin embargo, al final del segundo mandato de Bush, el fracaso de las ocupaciones en Afganistán e Irak -así como la crisis económica de 2007-2008, cuyas proporciones no se veían desde la Gran Depresión- significaron que era hora de un cambio. La élite gobernante también dio su bendición a Obama, con la esperanza de poner una cara más amable al imperialismo estadounidense. El otro equipo de imperialistas estaba preparado con un plan para rehabilitar la imagen global del imperio estadounidense y asegurar sus intereses en la escena mundial.

Una mujer iraquí con su hijo en brazos mira cómo los soldados estadounidenses registran su casa en Ramadi en 2004. (AHMAD AL-RUBAYE/AFP vía Getty Images)
El imperialismo liberal de Obama

En enero de 2007, un grupo responsable para reformular las relaciones entre Estados Unidos y los musulmanes, encabezado por Madeleine Albright, Richard Armitage (ex subsecretario de Estado bajo George W. Bush), varios académicos como Vali Nasr y Jessica Stern, y estadounidenses musulmanes como Daisy Khan y el imán Feisal Abdul Rauf, elaboraron un informe titulado “Changing Course: Una nueva dirección para las relaciones de Estados Unidos con el mundo musulmán”. El informe se elaboró con la ayuda de varios “buenos musulmanes”, que tenían un asiento en la mesa de la administración Obama.

Recibió grandes elogios por parte de figuras políticas como el senador republicano Dick Lugar y demócratas como el congresista Howard Berman y Leon Panetta (que pronto sería director de la CIA y finalmente secretario de Defensa), así como de antiguos generales como Anthony Zinni. En sus primeras páginas, afirma que la desconfianza hacia Estados Unidos en los países de mayoría musulmana era producto de “políticas y acciones, no de un choque de civilizaciones”. Continuaba argumentando que para derrotar a los “extremistas violentos”, la fuerza militar era necesaria pero no suficiente y que Estados Unidos debía forjar “iniciativas diplomáticas, políticas, económicas y culturales”.

El informe instaba a los dirigentes estadounidenses a mejorar “el respeto y la comprensión mutuos entre estadounidenses y musulmanes”, promover una mejor “gobernanza y mejorar la participación cívica” y ayudar a “promover el crecimiento creador de empleo” en los países de mayoría musulmana. Se trataba de una vuelta al imperialismo liberal de Clinton, con su énfasis en la diplomacia y los mercados. La llamada a la acción del informe afirmaba que sería vital que el próximo presidente hablara de mejorar las relaciones con los países de mayoría musulmana en su discurso de investidura y que reafirmara el “compromiso de Estados Unidos de prohibir todas las formas de tortura”.

Barack Obama era el vehículo ideal para modelar esta nueva postura. De hecho, en su discurso de investidura, Obama hizo precisamente lo que sugería el documento del grupo político. En uno de sus primeros discursos en el extranjero, en El Cairo, Obama rechazó el argumento del “choque de civilizaciones”, haciendo hincapié en la historia y las aspiraciones comunes de Oriente y Occidente. Mientras que el discurso del “choque” ve a Occidente y al mundo del Islam como mutuamente excluyentes y como polos opuestos, Obama hizo hincapié en los “principios comunes”. Habló de la “deuda de la civilización con el Islam”, que “allanó el camino para el Renacimiento y la Ilustración de Europa”, y reconoció las contribuciones de los musulmanes al desarrollo de la ciencia, la medicina, la navegación, la arquitectura, la caligrafía y la música.

No cabe duda de que se trataba de una admisión notable para un presidente estadounidense, pero que Obama consideraba claramente vital para reforzar la maltrecha imagen de Estados Unidos en el “mundo musulmán”. De hecho, este discurso supuso un importante cambio retórico con respecto a la era Bush. Sin embargo, era coherente con la línea defendida por los imperialistas liberales. Como dijo Joseph Nye en Foreign Affairs:

La lucha actual contra el terrorismo islamista es mucho menos un choque de civilizaciones que una lucha ideológica dentro del Islam. Estados Unidos no puede ganar a menos que gane como aliado a la corriente principal musulmana. Es muy poco probable que se pueda vencer a gente como Osama bin Laden con el poder blando: se necesita el poder duro para hacer frente a esos casos. Pero hay una enorme diversidad de opiniones en el mundo musulmán. Muchos musulmanes están en desacuerdo con los valores y las políticas estadounidenses, pero eso no significa que estén de acuerdo con bin Laden. Estados Unidos y sus aliados no pueden derrotar al terrorismo islamista si el número de personas que los extremistas reclutan es mayor que el número de extremistas muertos o disuadidos. El poder blando es necesario para reducir el número de extremistas y ganar los corazones y las mentes del mainstream.

La necesidad de un cambio cultural articulado previamente pasó a ser fundamental bajo la administración Obama. Nye reconoció la diversidad de opiniones en los países de mayoría musulmana, desde la región de Oriente Medio y Norte de África hasta el sur de Asia, y abogó por el uso del poder blando para ganarse los corazones y las mentes. Por tanto, la era Obama se caracterizó por un cambio hacia el imperialismo liberal y la islamofobia liberal.

Las características clave de la islamofobia liberal en la era de Obama fueron el rechazo de la tesis del “choque de civilizaciones”, la elevación de los “buenos musulmanes” tanto a nivel nacional como internacional, y una voluntad concomitante de trabajar con islamistas “moderados” (o proamericanos).

Mientras que los orientalistas como Lewis y sus socios neoconservadores consideran que la cultura del islam es atrasada y que contribuye a fomentar la violencia política, los liberales diferencian entre la masa de musulmanes y los “extremistas”. Consideran a estos últimos como impulsados por una ideología totalitaria. La islamofobia liberal puede ser retóricamente más suave que la islamofobia conservadora, pero no deja de ser racismo imperial en el sentido de que da por sentada la “carga del hombre blanco”.

A personas como Nye, Albright y Haass no se les ocurre que es la gente común y corriente de Oriente Medio y Asia Central/Sur la que debe tomar decisiones sobre sus sociedades. Esta creencia de que Estados Unidos puede y debe moldear los destinos de otras naciones es un marco central en la ideología del racismo antimusulmán. La autodeterminación no entra en su marco y la “supremacía benévola” sigue siendo incuestionable.

Fuente: Jacobin América Latina, 11 de septiembre de 2021,  adaptado de Islamophobia and the Politics of Empire: Twenty Years after 9/11, de Deepa Kumar (Verso Books, septiembre de 2021)

 

11 de septiembre de 2001: veinte años después

Yassamine Mather*

 

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 marcaron la apertura de un nuevo capítulo en la política de Oriente Medio y del mundo en su conjunto. George W. Bush y sus neoconservadores encontraron la excusa que estaban esperando. El Nuevo Siglo Americano podría comenzar a partir de ese momento.

Después de los ataques terroristas en suelo estadounidense, nos enfrentamos a una implacable y generalizada campaña de propaganda de Estados Unidos y sus aliados sobre la necesidad de «castigar» y «erradicar» no solo a los organizadores de estos actos, sino también al «fundamentalismo islámico yihadista». Laura Bush y Cherie Booth lloraron por las mujeres de Afganistán que sufrían bajo el gobierno de los talibanes. Después de todo, Occidente no solo invadía y ocupaba Afganistán (¡y más tarde Irak!), sino que estaba comprometido en lograr la «democracia» y  «construir la nación».

Para empezar, el verdadero culpable no fue solo Al Qaeda y su líder, Osama bin Laden, sino también los saudíes y otros estados del Golfo Árabe, que financiaron a Al Qaeda. Sin embargo, hubo poca o ninguna mención de los emiratos petroleros del Golfo Pérsico, menos aún sobre los orígenes del movimiento que dio origen a Al Qaeda, o cómo la estrategia de la guerra fría de financiar y armar a los fundamentalistas islámicos había llevado a aquella situación. Un libro reciente, El ascenso y caída de Osama bin Laden de Peter Bergen, nos recuerda cómo el estado saudí envió a Bin Laden y otros voluntarios árabes a participar en la jihad contra las fuerzas soviéticas en Afganistán. Describe cómo Bin Laden se convirtió en la mascota de la yihad, aunque él y los árabes que se unieron a la guerra santa contra los comunistas participaron en muy pocos combates.

Más tarde, Bin Laden se enfrentó a la monarquía saudí, que no tenía ninguna intención de permitirle intervenir en la política interna de su país. Sin embargo, nada de esto impidió que los saudíes y otros ciudadanos árabes ricos apoyaran a Al Qaeda y sus subsecuentes ramificaciones aún más asesinas.

Por supuesto, ahora, 20 años después, ¡el actual presidente de los Estados Unidos nos dice que ha ‘abandonado’ el objetivo de ‘construcción de la nación’! Sin embargo, nadie puede explicar por qué bombardear un país en pedazos y ocuparlo iba a lograr eso, para empezar.

Osama Bin Laden, situado en el centro, durante una conferencia de prensa de Al-Qaeda, en Afganistán en 1998 (foto: AP)

La invasión de Afganistán comenzó el 7 de octubre de 2001. Cuando se inició la campaña de bombardeo, sabemos por declaraciones del entonces secretario de prensa de la Casa Blanca, Ari Fleischer, que los talibanes estaban dispuestos a entregar a Bin Laden. La administración Bush rechazó la oferta de negociaciones. Respondiendo a un corresponsal en octubre de 2001, Fleischer dijo: “El presidente no podría haberlo dejado más claro hace dos semanas, cuando dijo que no habrá discusiones ni negociaciones … lo que dicen no es tan importante como lo que hacen«.

Ahora se culpa a los líderes afganos de las miserias provocadas durante estos 20 años. Sin embargo, como dijo Spencer Ackerman a Democracy Now:

«La contribución de Estados Unidos … a la miseria en Afganistán provino de la corrupción de la que siempre culpó a los afganos, pero fue un impulsor significativo por sí misma … La ayuda para el desarrollo y el dinero para el desarrollo que se vertieron en Afganistán fue mucho más allá de cualquier consideración de lo que la desvastada economía afgana podía absorber. Y parte de ese dinero fue inyectado deliberadamente por la CIA para pagar a los señores de la guerra, para garantizar que finalmente respondieran a los intereses estadounidenses, que a menudo eran intereses violentos, que a menudo eran cosas como … El Mando de Operaciones Especiales Conjuntas operó durante toda la guerra de Afganistán … redadas en casas de personas sospechosas de ser, ayudar o facilitar ayuda a los talibanes: … ni siquiera Al Qaeda, ni la red que atacó Estados Unidos, ciertamente no el núcleo central de Al Qaeda que conspiró, planeó y ejecutó los atentados del 11 de septiembre. Estados Unidos estaba ahora en una guerra prolongada con quienes habían albergado y habían sido aliados de Al Qaeda, en lugar de con la misma Al Qaeda. [Estados Unidos fue] responsable de todo lo que ha pasado en Afganistán, pero nunca [actuó] responsablemente con el pueblo afgano«.1

Irak

Lo que siguió al 11 de septiembre, utilizando la ahora bien ensayada excusa de la «guerra contra el terror», fue, por supuesto, la invasión y ocupación de Irak. Los talibanes habían dado refugio a Bin Laden y eran fundamentalistas islámicos. Sin embargo, no se pudieron encontrar tales excusas con Saddam Hussein. El dictador baazista iraquí gobernaba un país más secular que la mayoría de los estados de Oriente Medio. Más aún, había servido a los intereses de Estados Unidos y Occidente, sobre todo durante la guerra de 1980-88 contra la República Islámica de Irán. Nadie pudo encontrar ni siquiera una tenue conexión con Al Qaeda y el yihadismo.

Sin embargo, al invadir Kuwait, ya fuese por un malentendido (la infame reunión con una embajadora de EEUU que, según los baazistas, dio su apoyo a los planes de Hussein en relación con Kuwait) o ​​ignorando conscientemente las «preocupaciones» estadounidenses, se desacreditó ante Estados Unidos y no iba a ser perdonado. Como resultado, otro país fue destruido por Estados Unidos, y esta vez la batalla ideológica fue un paso más allá. Tuvimos el ‘año cero’ y el despido o la detención de cualquier persona asociada con el régimen baazista anterior y, además, la imposición de un nuevo grupo de gobernantes corruptos bajo la vigilancia de un mando estadounidense aún más corrupto con base en la Zona Verde.

Obviamente, esto fue lo mejor de la ‘construcción de la nación’: si bien muchos iraquíes ni siquiera pudieron tener acceso a agua o electricidad, las compañías estadounidenses directamente asociadas con quienes estaban en el poder en Washington se embolsaron miles de millones de dólares, beneficiándose de la invasión, incluido el vicepresidente Dick Cheney y la empresa con la que estaba asociado. Según el senador John Kerry:

«La antigua compañía de Dick Cheney, Halliburton, se ha beneficiado del lío en Irak a expensas de las tropas y los contribuyentes estadounidenses … Mientras Halliburton ha estado involucrado en prácticas masivas de sobrecarga y despilfarro de un contrato sin licitación, Dick Cheney ha continuado recibiendo compensaciones de su antigua empresa». 2

La referencia a Halliburton vendiendo toallas y agua a precios exuberantes al ejército estadounidense no era todo. Kerry continuó:

«Si bien Dick Cheney afirma que se ha deshecho de todos sus intereses financieros en Halliburton, en realidad recibió 2 millones de dólares en bonificaciones y compensación diferida de su antigua empresa desde que asumió el cargo de vicepresidente en 2001».

Condoleezza Rice, Dick Cheney, George W. Bush, Donald Rumsfeld y Richard Myers durante una reunión en el rancho del presidente (Crawford, Texas, 23 de agosto de 2004) (foto: Charles Ommanney/Getty Images)

Estas eran las personas que iban a enseñar a Afganistán, Irak y el resto del Medio Oriente cómo combatir el nepotismo y la corrupción. ¡La gente que ahora se queja de la corrupción de los líderes iraquíes y afganos!

El gobierno de Bagdad impuesto por Estados Unidos fue una elección de ensueño para Irán, otro elemento del «eje del mal». La mayoría de los miembros del gobierno chiíta sectario de Bagdad habían estado exiliados en Irán o tenían conexiones muy estrechas con esa otra «república islámica». ¡Qué excelente manera de garantizar las libertades civiles y los derechos de las mujeres en el Irak ocupado!

Luego tuvimos a George Bush, Donald Rumsfeld y Dick Cheney haciendo la vista gorda (al menos eso es lo que afirmaron) ante las atrocidades cometidas contra prisioneros iraquíes (principalmente sunitas) antes de que fueran denunciadas en la prensa y los medios de comunicación. Las aguadillas, la humillación y la tortura flagrante eran parte de la rutina en las prisiones de Abu Ghraib y Guantánamo; de hecho, un caldo de cultivo para una nueva generación de yihadistas y terroristas suicidas. Varios ex prisioneros se convirtieron en figuras destacadas de la escisión de Al Qaeda, el Estado Islámico. La semana pasada, una figura destacada de los talibanes se jactó de que estuvo en Guantánamo durante 15 años. Al contrario de lo que Occidente quiere que creamos, los terroristas suicidas no nacieron así, sino de las acciones imperialistas en la región que promueven la corrupción, la violación de los derechos básicos, la tortura…

Esa fue la política de ‘tierra arrasada’ que arrasó una región por el bien de los intereses globales de la potencia hegemónica y para su consumo interno. La mayor parte de los medios occidentales creyeron en esta tontería y hubo muy pocos disidentes. Aquellos que revelaron lo que estaba sucediendo, aquellos que mostraron imágenes o revelaron documentos que contradecían las mentiras de Estados Unidos han sufrido las consecuencias. Julian Assange ha pasado años viviendo con el temor de ser extraditado a esa maravillosa tierra de la democracia y los derechos humanos: los Estados Unidos de América.

Los yihadistas que se graduaron en la prisión de Abu Ghraib encontraron aliados en los líderes militares del antiguo régimen baazista, así como en el Estado Islámico. Entre todos han provocado aún más sufrimiento a lo que quedaba de Irak y Siria. ¿Pero a quién le importa? Israel ya no tiene enemigos poderosos en estos países. Arabia Saudí, la fuente de muchos de los problemas de la región, sigue siendo un aliado cercano de Estados Unidos y aún puede salirse con la suya. El asesinato y desmembramiento del periodista Jamal Khashoggi en Turquía no le costó a Mohammed bin Salman, el príncipe heredero de Arabia Saudí, ni siquiera una reprimenda pública.

De hecho, Israel desea asegurarse de que la nueva administración estadounidense no critica a Arabia Saudí o a Egipto por violaciones de derechos humanos. Según el Times of Israel , “mientras que la administración Biden ha mantenido su retórica a favor de defender los derechos humanos en el extranjero, hasta ahora ha evitado por completo cambiar las relaciones de Estados Unidos con [El Cairo y Riad] ”. 3

Finalmente, tenga en cuenta esto. Bajo la presión concertada de los supervivientes  y las familias de las víctimas del 11 de septiembre, Biden finalmente ha permitido hacer públicos los hallazgos de la Operación Encore, la investigación secreta del FBI sobre la complicidad saudí en los ataques a Nueva York y Washington, particularmente los contactos entre Funcionarios saudís y dos de los secuestradores. Pero hay una trampa: se hará en tramos, a lo largo de seis meses y, además, la divulgación de información no será “indiscriminada”. No se pueden poner en peligro los intereses nacionales de Estados Unidos.

Notas:
  1. www.democracynow.org/2021/9/6/spencer_ackerman_afghanistan_war. ↩︎
  2. edition.cnn.com/TRANSCRIPTS/0409/17/cf.00.html. ↩︎
  3. www.timesofisrael.com/israeli-officials-cautioned-biden-against-heavy-cr…↩︎

*Yassamine Mather es una socialista iraní exiliada en el Reino Unido, profesora de la Universidad de Glasgow y Directora de la Campaña «Fuera las manos del Pueblo de Irán» (HOPI).

Fuente: https://weeklyworker.co.uk/worker/1362/911-twenty-years-on/

Traducción: Enrique García

Sin Permiso, 11 de septiembre de 2021

Efectos del impacto del avión estrellado contra el Pentágono el 11 de septiembre (fotos: El Mundo)

RESUMEN DE PRENSA

 – Artículo de Javier SOLANA a Project Syndicate (10-09-21): Tres lecciones de veinte años desperdiciados

«Una primera lección es que la fuerza militar ejercida desde el exterior no representa un método sensato para producir cambios de régimen».

«La segunda lección de estos veinte años en Afganistán es que la exclusión de actores regionales en escenarios de conflicto no es una estrategia viable, y mucho menos en el orden multipolar actual. Al decidir ir por libre, Occidente no interiorizó la naturaleza cambiante de las distribuciones de poder internacionales».

«La última lección de la debacle afgana concierne a Europa en particular. El viraje que está experimentando Estados Unidos, que ya no parece dispuesto a ejercer de policía del mundo, debería hacer que Europa reflexionara sobre hasta qué punto quiere depender de las capacidades y decisiones estadounidenses para llevar a cabo su política exterior».

– Artículo de Lluís BASSETS en El País (12-09-21): ¿De qué ha servido la Guerra Global contra el Terror?

George Bush anunció una “una larga campaña, como nunca la habrán visto” tras el 11-S. La debacle de Afganistán ha puesto fin a esa estrategia. Diez años después de su muerte, Bin Laden ha conseguido dos de sus objetivos: demostrar la vulnerabilidad de EE UU y forzar su salida Oriente Próximo.

«La mayor derrota para Estados Unidos no es ni siquiera la victoria territorial de los talibanes, sino la sufrida en el plano geopolítico, más visible bajo el foco de los 20 años transcurridos desde el 11-S. En vez de la democratización del gran Oriente Próximo entonces anunciada, estas dos décadas han dejado sin excepción un rosario de Estados fallidos y de dictaduras. Han facilitado la ampliación de la hegemonía iraní sobre Líbano, Siria e Irak. Y han regalado una victoria estratégica a Pakistán en su confrontación y rivalidad con India. Minimizar la pérdida de Afganistán por el limitado valor económico y político del país desvía la atención respecto a la ventaja estratégica obtenida por China y Rusia gracias al desgaste autoinfligido por la superpotencia única.

Washington contó hace 20 años con el apoyo de Moscú y Pekín en el Consejo de Seguridad en su respuesta a los atentados. Ambas potencias ya sacaron entonces rendimientos inmediatos de las resoluciones de Naciones Unidas y de la nueva atmósfera internacional antiterrorista en su política de represión de las minorías chechena, en el caso ruso, y uigur, en el chino. Como si hubieran seguido al pie de la letra una sentencia célebre de Bonaparte —“Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”—, chinos y rusos han exhibido una gran paciencia estratégica en el aprovechamiento de las debilidades de su adversario, al que ahora declaran en abierto declive».

Un hombre cae desde una ventana de las Torres Gemelas (foto: Richard Drew)

– Artículo de Roger SENSERRICH en Four Freedoms (10-09-21): Veinte años

El aniversario de un día que no debería haber sido importante y lo fue

«El hecho de que fuera un suceso extraordinario, sin embargo, no implicaba necesariamente que tuviera que marcar un antes y un después. El 11-S podía horrorizar a un país y causar un impacto traumático en los que lo sufrieron, pero no tenía por qué definir una era. Lo que vimos, sin embargo, es que Estados Unidos permitió, y lo hizo de forma consciente y voluntaria, que las acciones de un puñado de chalados suicidas decidieran en qué mundo íbamos a vivir a partir de entonces».

«La ‘era del 11-S’ no era inevitable. Bush, Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y el resto de tarados al mando decidieron que el 11-S marcaría una época, y lo hicieron ante otras alternativas posibles, realistas, y sensatas. Ese otoño, los líderes del país podrían haber tomado cualquier curso de acción que hubieran querido sin coste político alguno y el mundo les hubiera seguido sin rechistar. Escogieron la invasión y ocupación de Afganistán e Irak, los secuestros, las torturas, la Patriot Act y demás, usando el 11-S como excusa para impulsar su agenda.

Trump y la oleada de populismo demagogo, xenófobo y racista en occidente, son hijos del 11-S y de quienes lo utilizaron para gobernar. Hay un hilo directo entre la política del miedo de la era Bush, de “proteger nuestras fronteras” y de complots terroristas y la paranoia contra inmigrantes, woke y otros enemigos de occidente del trumpismo. Las amenazas son distintas, las apelaciones al miedo no han variado. La guerra para llevar la libertad y democracia al mundo árabe terminó con un tipo disfrazado de shaman asaltando el Capitolio en una insurrección de pandereta.

La tragedia del 11-S fue que los terroristas no sólo consiguieron sus objetivos, sino que quienes llevamos a la práctica su agenda fuimos nosotros mismosEstados Unidos abrazó sus miedos, y estos le derrotaron».

– Artículo de Xavier MAS DE XAXÀS en La Vanguardia (11-09-21): Una libertad sucia y  cruel bajo el cielo protector

La respuesta de EE.UU. al 11-S ha deteriorado la democracia y debilitado su hegemonía mundial

El 11-S Bin Laden quiso abrir un nuevo ciclo histórico al unificar a las naciones musulmanas bajo una dirección política única

El Partido Comunista Chino es el gran beneficiado de estos 20 años de “guerra contra el terror”

Artículo de Fernando REINARES a El País (11-09-21): Al Qaeda, entonces y ahora

Dos décadas después del 11-S, la ‘guerra contra el terror’ ha fracasado, la organización de Bin Laden persiste como estructura global y compite por la hegemonía yihadista con el ISIS, lo que anticipa más terrorismo en Occidente

– Artículo de Paul KRUGMAN a «Ngocios» de El País (12-09-21): El terrorismo nunca ha sido nuestra mayor amenaza

El riesgo real contra esta nación no procede de terroristas extranjeros, sino de nuestra derecha política

– Artículo  de Enric GONZÁLEZ en El País (12-09-21): La jornada más oscura

Cualquier día un nuevo atentado atroz herirá otra vez el alma occidental, por eso el 11 de septiembre de 2001 no ha terminado del todo

– Artículo de Ramón GONZÁLEZ FÉRRIZ en El Confidencial (11-09-21): 11-S: el principio y el fin del Imperio Americano

El brutal ataque terrorista provocó una respuesta legítima de Estados Unidos que mezcló argumentos religiosos y liberales. Dos décadas después, es evidente que fue un error

«Es posible que recordemos este aniversario entre las brumas de la religión. Pero el 11-S también nos obligó a plantearnos no solo si existían realmente los valores universales de democracia, libertad individual y libre comercio que estableció la extraña pareja formada por los ilustrados, y su defensa de los derechos humanos, y Bush, y sus apelaciones bíblicas. Si no si, una vez más, Occidente tenía algún derecho a imponerlos a terceros países mediante la fuerza.

Hoy la respuesta a esas preguntas es algo más sombría que hace veinte años. El 11-S fue atroz. La respuesta imperial ante él, en gran medida, un error. Hemos experimentado las consecuencias durante dos décadas, y estas no acabarán con este lúgubre aniversario».

El prisionero iraquí Ali Shallal al-Qaisi torturado por las fuerzas estadounidenses en Abu Ghraib (foto: HispanTV)

– Artículo de Argemino BARRO en El Confidencial (11-09-21): El día en que Estados Unidos perdió su inocencia

Ya sea por estar grabado en la memoria, en gigantescos monumentos, en pequeños altares o en la propia piel, el 11 de septiembre de 2001 es un día imposible de olvidar para los estadounidenses

Además de los monumentos a los caídos diseminados por todo el país, los ciudadanos han erigido pequeños altares en sus salas de estar

Unas fauces negras se abrieron ese día sobre los estadounidenses, que se adentraron en ellas. Los corresponsales de entonces recuerdan una explosión de nacionalismo.El país se transformó en una tribu. La popularidad de George W. Bush alcanzó niveles nunca vistos. Un 92%. Ni siquiera Franklin D. Roosevelt, lo más parecido a un emperador que ha tenido este país, vio cifras semejantes. El siglo había sido bautizado con sangre y sonaban tambores de guerra.

La sed de venganza era auténtica. Al menos en el caso de Afganistán. En octubre de 2001 la invasión contó con el respaldo del 88% de los estadounidenses. Se trataba de una operación legal, según el marco de Naciones Unidas. Una campaña para matar a quienes habían organizado o acogido a los responsables del ataque contra EEUU. La invasión de Irak, año y medio después, fue distinta. Su presunto vínculo con Al Qaeda aún está por demostrar y casi la mitad de los estadounidenses se oponía».

– Artículo de Esteban HERNÁNDEZ en El Confidencial (11-09-21): La resaca del 11-S en España: la última vez que intentamos convertirnos en una gran potencia

Las aspiraciones españolas de jugar un papel internacional relevante encontraron un instante en el que todos los factores confluyeron. Pero todo salió mal, para nuestro país y para los principales implicados

«Dado que nuestra posición era inferior, pensamos en compensarla con nuestras fortalezas, y el atlantismo nos ayudaba»

«Powell decía que cómo no iba a dar la razón a Ana Palacio, si le llamaba cada media hora»

España ya no era un país de segunda división, sino un Estado que podía y debía tener voz propia en el mundo global

El objetivo prioritario de Rodríguez Zapatero fue impulsar campeones nacionales que pudieran competir en el mercado global

Los gobernantes españoles se centraron en solucionar los problemas urgentes, ya sin una estrategia internacional clara

El gran acierto de Sánchez ha sido el de aprovechar la coyuntura para actuar como la antigua CiU o el PNV con el gobierno central

Hay otra visión, esa que Vox ha denominado Iberoesfera, que apunta en una dirección estratégica similar a la de Aznar.

Una mujer sentada sola tras sobrevivir a un ataque contra su aldea en el noreste de Afganistán en 2014. (foto: Massoud Hossaini/AP)
Afganistan

 – Artículo de David RIEFF en Letras Libres (12-09-21): Afganistán

La presencia estadounidense en Afganistán alimentó la esperanza utópica de transformar democráticamente el país. La discusión entre el realismo y el idealismo en política exterior ha sido intensa tras el final de esa guerra, una de las consecuencias más prolongadas y costosas del 11-S.

«¿Esto quiere decir que el presidente Biden se equivocó al terminar de manera abrupta la guerra estadounidense en Afganistán? No lo creo, y apoyo completamente su decisión. Lo digo no con poca culpa y duda, por lo que he querido enfatizar el precio que pagarán las mujeres afganas como consecuencia, porque me parece que muchas de aquellas personas que apoyan la retirada inmediata se han negado a mirar de frente a la catástrofe de género que sobrevendrá. En realidad, Estados Unidos tenía dos solo opciones: permanecer en Afganistán indefinidamente, o irse de ahí, como lo reconocen incluso algunos partidarios de la primera alternativa cuando describen la corrupción absoluta del Estado afgano.

Si el imperialismo es la única respuesta, entonces hay algo mal con la pregunta. Y al decidir salirse, no obstante el terrible costo, Biden abre la posibilidad de que la Larga Guerra no será, como muchos temían, interminable después de todo. Esa Larga Guerra ha causado un daño terrible en nuestras sociedades, tanto en el Norte como en el Sur globales. Ha alimentado de muchas maneras a los Estados de vigilancia en todo el mundo. En Estados Unidos, trajo una era en la que no quedó claro nunca si el país estaba en paz o en guerra, algo que resulta extremadamente corrosivo en términos morales para cualquier sociedad. Obviamente esto no quiere decir que la guerra con drones terminará, ni siquiera en Afganistán, donde Biden ya ordenó un ataque en represalia por el ataque suicida en el aeropuerto de Kabul. Sin embargo, sí quiere decir que por primera vez desde el cambio de siglo sea posible imaginar que el contraterrorismo dejará de estar en el centro de la estrategia o del poder estadounidense. En un momento en el que no hay mucha esperanza a nivel internacional, esta es un motivo para tenerla.

¿Qué más hay que decir? No hay una buena manera de terminar la guerra estadounidense en Afganistán; la guerra tenía que terminar, su final ha sido terrible y puede volverse más terrible todavía.».

– Entrevista a José Manuel ALBARES a El País (12-09-21): «Pakistán nos ha prometido su ayuda para evacuar a los colaboradores afganos»

El ministro de Asuntos Exteriores alerta del riesgo de que Afganistán se convierta de nuevo en un centro del yihadismo internacional.

 

Artículo de Rosa RABBANI y Arash ARJOMANDI en El País (13-09-21): ¿Derecho a la creencia?

Debemos establecer una jerarquía entre los Derechos Humanos: la religión no puede ser igual de importante que la vida y la libertad

«Pero esa labor quedó agotada hace tiempo: desde el instante en que dejó de ser posible compatibilizar la sharía y la literalidad coránica (a no confundir con su espiritualidad y gnosis mística) con la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El problema viene, pues, de lejos: surge de una laxa interpretación en la categorización de los artículos de tal Declaración y de una ambigüedad acerca de su carácter vinculante. Tales derechos nunca debieron considerarse con paridad de rango entre sí. El derecho a la creencia nunca debió ser tenido a la misma altura que los demás derechos fundamentales del ser humano. Las creencias, sean religiosas o de otra índole, son y siguen conformando el único sustrato capaz de conferir legitimidad a los fines colectivos y los valores de las sociedades. Pero son claramente de una categoría de orden inferior, por muy alta que esta sea, con relación a los primeros seis o siete artículos de la antedicha Declaración: aquellos que fundamentan el resto de su articulado.

Hasta que la comunidad mundial no fuerce a hacer valer la preeminencia de los derechos humanos más fundamentales sobre los demás derechos, seguirá abandonando vilmente a los oprimidos, desamparados y débiles de la Tierra, invocando que cada pueblo o comunidad religiosa es responsable de luchar por su propia supervivencia y libertad, y obviando desvergonzadamente que toda ley civil o penal se halla supeditada por naturaleza y definición a la universalidad vinculante de los derechos fundamentales que, en tanto que humanos, no tienen ni pueden tener carácter nacional o religioso».

Portada: Getty Images

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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