Gustavo Lozano
Profesor colaborador del Instituto Cervantes de Nueva Delhi

 

Este artículo está dedicado a todos los afganos que han sufrido la invasión estadounidense de su país y a los que a partir de hoy padecerán, de nuevo, el régimen de terror talibán.

Pero, además, estas notas han sido escritas pensando especialmente en la maravillosa comunidad de refugiados afganos que viven en el barrio de Bhogal en Delhi, vecinos del que firma este texto, y cuya amabilidad y hospitalidad es proverbial.

Y gracias, sobre todo, a Armin Karimi por responder tan pacientemente a mis preguntas sobre su amada Kabul, en la que tiene a un hermano y una hermana intentando huir del horror que se avecina. Los rollitos de nata y las galletas de su tienda de ultramarinos de Bhogal han sido el desayuno de muchas de mis mañanas.

Protesta de refugiados afganos en Nueva Delhi, 2016 (foto: IndiaTomorrow.net)

Hoy, 16 de agosto de 2021, muchos nos hemos desayunado con las noticias de la toma de Kabul por parte de los talibán. Ayer, en un chocante contraste, celebramos en India el 75 Día de la Independencia, pues el 15 de agosto de 1947 Jawaharlal Nehru pudo proclamar desde el Fuerte Rojo de Delhi la liberación del dominio colonial británico que India tuvo que sufrir durante casi 100 años.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, les voy a hablar sobre una película india que Netflix estrenó el 30 de julio. Su título es “Mimi” y fue filmada en la región de Shekhawati, en el estado de Rajastán, el año 2021.

 

El argumento es el siguiente: una pareja de estadounidenses viaja a la India con el objetivo de tener un hijo mediante subrogación. Después de que fracasara el intermediario que contrataron para buscarles una mujer que cumpliera con sus requisitos, preguntan al conductor del coche en el que se están desplazando por India si les puede ayudar a encontrar una mujer “sana” para su futuro bebé. Esa noche asisten a un espectáculo de baile y ven a una joven (la bailarina y protagonista de la película, Mimi, interpretada por la actriz Kriti Sanon) que satisface sus necesidades. Al finalizar el show Bhanu, nuestro conductor (cuyo papel representa magníficamente Pankaj Tripathi, uno de los mejores actores secundarios de India) le propone la idea de convertirse en madre de alquiler a cambio de 2 millones de rupias indias o, lo que es lo mismo, 28 mil dólares estadounidenses. Mimi abofetea a Bhanu como respuesta, pero cuando éste vuelve a insistir unos días más tarde ella finalmente acepta el plan, ya que su sueño es convertirse en una gran actriz de Bollywood y, para ello, necesita su book personal que poder mostrar en los castings; pero para crear su álbum fotográfico debe pagar miles de rupias a un fotógrafo especializado en esos servicios que le recomienda su agente en Bombay.

Una vez que el matrimonio estadounidense conoce a Mimi en persona llegan rápidamente a un acuerdo, por lo que van a una clínica especializada en este procedimiento de gestación situada en Jaipur, la capital de Rajastán. Cuando unos días después de ser inseminada Mimi confirma que está embarazada, todo es alegría. Los gringos le dan por adelantado una parte del dinero prometido y se citan 4 meses más tarde en la misma clínica para comprobar cómo va evolucionando el embarazo.

Llegado el día de la revisión, la ginecóloga tiene malas noticias: el análisis realizado al feto ha identificado que padece síndrome de Down. Automáticamente los americanos se desentienden del bebé y le dicen a Mimi que es su responsabilidad seguir adelante o no con el embarazo. Pese a las súplicas del conductor y de la madre subrogada, la pareja hace oídos sordos hasta que, por último, abandonan India con nocturnidad y alevosía, dejando a Mimi sola y con un niño en camino.

Nuestra heroína decide, a pesar de los pesares, tener al niño, con lo que debe inventarse una excusa (que durante varios meses va a rodar una película de Bollywood) que le permita ocultar a sus padres y al resto de la conservadora sociedad rajastaní el hecho de que ha aceptado ser madre de alquiler a cambio de dinero. Al cabo de 9 meses da a luz al bebé, que es un niño completamente sano y sin signos de síndrome de Down, ya que el diagnóstico realizado por la ginecóloga fue erróneo (cómo es posible que una especialista se equivoque interpretando un análisis prenatal genético es una de las muchas incoherencias intrínsecas a cualquier guión de Bollywood, de manera que la enfermera del hospital público en el que Mimi parió le informa que su hijo es “normal”, sin que a la madre se le ocurra siquiera preguntar por qué la doctora de una clínica privadísima pudo confundirse).

A partir de este punto la película se convierte en una comedia chusca en la que Mimi se dedica a contar mentiras una detrás de otra para justificar su embarazo, diciendo que Bhanu es el padre de la criatura, hasta que la mujer y la madre del conductor aparecen en la casa de los padres de Mimi y el embrollo se aclara. Desde ese momento la vida de nuestra protagonista es un cuento de hadas lleno de felicidad y armonía.

¿Qué tiene que ver esta historia con la situación actual de Afganistán?, se preguntarán ustedes. Absolutamente todo. Los paralelismos son numerosos: la pareja de gringos es el gobierno de las barras y las estrellas, la madre subrogada es Afganistán, el feto con supuestas malformaciones son los talibán y la huida del matrimonio americano, abandonando a su propia suerte a Mimi es, punto por punto, lo que está haciendo el ejército estadounidense en estos precisos momentos en Kabul. Sin ir más lejos el 11 de agosto el actual presidente yanqui, Joe Biden, tuvo la desvergüenza de afirmar que la lucha contra los talibán era un asunto responsabilidad única y exclusivamente de los afganos. Esta es la frase textual que pronunció: «Los afganos deben luchar ellos mismos por su nación».

Quizá para muchos de los lectores de esta crónica tales paralelismos no les resulten evidentes en absoluto, por lo que para entender lo que está ocurriendo hoy en Afganistán nos tenemos que retrotraer a hace unos años. Hagamos uso para ello de la moviola, aparato cinematográfico donde los haya.

Kabul, 27 de septiembre de 1996. Después de que los muyahidines afganos lucharan y derrotaran a los soviéticos, quienes invadieron Afganistán en diciembre de 1979 y lo ocuparon durante casi 10 años (hasta febrero de 1989), se sucedieron 3 años de un gobierno comunista títere presidido por Mohamed Najibullah y dependiente de la asistencia soviética hasta que, el 18 de marzo de 1992, Najibullah dimite y una coalición de antiguos muyahidines firma el acuerdo de Peshawar, por el que las diversas facciones se reparten el poder. Pronto una de ellas, dirigida por Gulbuddin Hekmatyar, señor de la guerra apoyado por Paquistán y EE.UU., rompe lo firmado, iniciando de esta manera un periodo de 4 años en el que los «luchadores por la libertad» (como Ronald Reagan denominó a los fanáticos religiosos islamistas apoyados logísticamente por el servicio secreto paquistaní -el Inter-Services Intelligence, o ISI-, el dinero de Arabia Saudí y las armas que EE.UU. les proporcionó para hacer frente al Ejército Rojo) mantuvieron una guerra civil entre ellos para repartirse los despojos restantes de una década de ocupación soviética a sangre y fuego.

En esos 4 años de caos total, un movimiento de estudiantes de madrasas seguidores de una corriente islamista radical llamada deobandi (cuyo nombre deriva de la ciudad india de Deoband donde surgió), y actuando como las milicias subrogadas del ISI en Afganistán, empiezan a organizarse en el sur del país, en torno a la ciudad de Kandahar, prometiendo eliminar la corrupción y la violencia reinantes. Pertenecen a la etnia pastún, la más numerosa de Afganistán, y su llamada al orden y la paz es inicialmente bien acogida por buena parte de la sociedad afgana, cansada de años y años de guerra y precariedad.

Cuando ese 27 de septiembre de 1996 los talibán conquistan Kabul y dan inicio a su gobierno, son de sobra conocidos los desmanes que cometerían en los siguientes 5 años: la prohibición de escuchar música, la obligación de que todas las mujeres vistan con burka y no puedan salir a la calle sin ir acompañadas por un miembro varón de la familia (hermano, padre o marido), la destrucción de los Budas de Bamiyán, la propagación de los cultivos de opio con los que el Emirato Islámico de Afganistán (nombre oficial dado por los talibán al país) inundó de heroína el mundo entero, etcétera, etcétera, etcétera. Y sin embargo…

Los talibanes ejecutan públicamente a una mujer en el estadio de Kabul en noviembre de 1999 (foto: RAWA/World Picture News)

… esta no es toda la historia. Este régimen, denostado y criticado en los términos más vigorosos por buena parte de la llamada «comunidad internacional» o, traducido en términos comprensibles, el gobierno de EE.UU. y sus siervos más o menos devotos, esto es, el resto de países occidentales encabezados por los de la Unión Europea, también tiene amigos entre la gente civilizada: su nombre es UNOCAL y es una empresa petrolífera radicada en California. ¿Saben ustedes quién representa a la compañía estadounidense en sus negociaciones con el gobierno talibán para permitir la construcción de un gaseoducto que atraviese el país y, de esta forma, transportar las enormes reservas de gas natural existentes en Asia Central hasta algún puerto en Paquistán desde el que fletarlo en barco a EE.UU. y Europa, evitando el tránsito del gas centroasiático por Irán y Rusia, enemigos oficiales de Occidente, así, en mayúsculas, como diría Samuel Huntington? Pues nada más y nada menos que Zalmay Khalilzad (figura que ilustra la coherencia y continuidad de la política exterior estadounidense, de George W. Bush a Joe Biden, pasando por Barack Obama y Donald Trump), quien años después se convertiría en embajador de EE.UU. en Afganistán e Iraq, y que desde 2018 ha ejercido como representante especial yanqui para la reconciliación de Afganistán. Ítem más: una delegación talibán viajó en varias ocasiones a EE.UU. (siendo entonces presidente Bill Clinton) para explorar vías de entendimiento entre los gobiernos de ambos países.

Dicho esto, alguno de ustedes es posible que piense que esta información se ha obtenido mediante la filtración de documentos secretos o la confesión de algún “chivato”. Si eso creen, se equivocan de medio a medio. Es tan sencillo como abrir las páginas de “El Mundo” en esas fechas y leer las crónicas que Alfonso Rojo escribió entonces. Y si les interesa profundizar más en el tema, lo único que necesitan es leer los libros de un periodista paquistaní que se ha dedicado a investigar los lazos entre los talibán y los gobiernos de Paquistán, Arabia Saudita y EE.UU. Su nombre es Ahmed Rashid.

Salto hacia adelante: 11 de septiembre de 2001. EE.UU. es víctima de varios atentados terroristas coordinados. Inmediatamente Osama bin Laden es identificado como el instigador de los mismos. Sin aportar ningún tipo de prueba, George W. Bush exige a las autoridades talibán que le entreguen a bin Laden si quieren evitar la ira de la mayor potencia militar que haya visto jamás este mundo. Ante la negativa del jeque Omar, líder máximo de los talibán, el gobierno estadounidense inicia el ataque e invasión de Afganistán amparándose en su “derecho” de atrapar a un criminal que ha acabado con la vida de cientos de ciudadanos estadounidenses, aunque para eso tenga que saltarse toda la legislación internacional habida y por haber.

La consigna, al más puro estilo del Antiguo Testamento del dios Yahveh, es clara: «Quien no está con nosotros está contra nosotros». Se trata de una guerra entre la civilización occidental y la musulmana (Samuel Huntington otra vez y su “Choque de civilizaciones”) y quien se salga del guión lo pagará caro. Si alguno de ustedes se toma la molestia de leer “El Mundo” durante los 100 días posteriores al 11 de septiembre de 2001, y especialmente los artículos publicados en esos días por Alfonso Rojo, en aquel entonces subdirector del rotativo, no encontrará ni una sola mención a UNOCAL o a la delegación talibán que viajó a EE.UU. Y lo mismo es extensible al resto de cabeceras de España (“El País” o “ABC”) quienes sí publicaron artículos en 1996 informando sobre estos hechos pero que, sin necesidad de censura institucional, se plegaron lacayunamente al diktat de George W. Bush: «Quien no está con nosotros está contra nosotros» (Espero algún día escribir un artículo sobre este comportamiento ignominioso de los medios de comunicación españoles hace exactamente 20 años).

Zalmay Khalilzad firmando el acuerdo de paz con el dirigente talibán Mullah Baradar en 2020  (foto: EPA, via Shutterstock)

¿Qué ha ocurrido en Afganistán en los últimos 20 años? Si uno es lo suficientemente iluso como para creerse lo que desde el 11 de agosto ha editado “El País”, por poner un ejemplo, será incapaz de entenderlo: 20 años de “esfuerzos” de la “comunidad internacional” para apoyar el “desarrollo” de Afganistán han acabado en dos semanas de ofensiva talibán ante la que el “ejército afgano, entrenado y pertrechado” por los EE.UU., se ha visto impotente. Pero, aun así, no debemos “abandonar a su suerte” a Afganistán, y especialmente a sus mujeres, pues ya sabemos lo que les espera bajo los talibán, de ahí que sea “nuestra responsabilidad moral” defenderlas (todas las palabras entrecomilladas se pueden encontrar, de manera más o menos literal, en diferentes artículos que el citado periódico ha publicado estos últimos días).

Este es el discurso oficial. La realidad es otra muy distinta, y para conocerla sólo hace falta preguntar a cualquier afgano de a pie y escuchar. Armin Karimi es un joven de Kabul que vive desde 2017 en Delhi junto a su madre. Abandonó Afganistán por problemas personales, pero un hermano y una hermana suyos todavía están allí. Hoy mismo, 16 de agosto, sus hermanos le han enviado vídeos desde el aeropuerto de Kabul en los que se puede ver a una multitud de personas a pie de pista alrededor de los aviones que están en tierra, con la esperanza de poder salir del país, a pesar de no tener billete.

Cuando le pregunto a Armin (en inglés) qué han hecho los EE.UU. en Kabul en estos últimos 20 años, él responde a mi mujer, Anisha Pradhan (y en hindi) que construir hospitales y otras instalaciones para el uso exclusivo de las tropas americanas. A la cuestión de cómo se percibió inicialmente la invasión estadounidense de su país, asegura que con la esperanza de que los liberaran de la opresión talibán. En cuanto a por qué los talibán han podido derrotar a las tropas afganas en tan corto espacio de tiempo, afirma que no han ofrecido resistencia y que el único líder afgano que ha prometido luchar contra los talibán es Amrullah Saleh. Y sobre las razones por las que EE.UU. realmente invadió Afganistán en 2001, más allá de la propaganda al uso de la “guerra contra el terrorismo”, “la captura de bin Laden”, “el derrocamiento del régimen talibán”, “la protección de los derechos humanos de las mujeres afganas” y “ayudar a la construcción de un régimen democrático y el desarrollo económico del país”, Armin tiene claro que lo que buscaban los estadounidenses era apoderarse de las riquezas de Afganistán. Además, menciona que los talibán llevan encima documentos de identidad expedidos por Paquistán, y que no sabe lo que ocurrirá en un futuro próximo en un Afganistán gobernado una vez más por los talibán, aunque por sus gestos se puede colegir que no espera nada bueno y lo que le preocupa es lo que les pueda ocurrir a su hermano, su hermana y sus familias.

¿THE END? Todavía no. 4 años después de tener a su hijo, blanco nuclear como sus padres biológicos, Mimi recibe la visita sorpresa de la pareja gringa. Le reclaman (así, tal cual) que les devuelva a su (tal cual también) hijo o, en caso de que se niegue a hacerlo, pedirán un análisis de ADN para demostrar que el niño es suyo y llevarán el caso ante la justicia con objeto de que un tribunal indio les otorgue la custodia. Después de luchar consigo misma y sus sentimientos maternales, Mimi decide renunciar a su hijo. En la última escena de la película Mimi lleva a su hijo para entregárselo a los gringos, pero (y aquí vuelve Bollywood a iluminarnos, como es habitual, con su moralina grandilocuente) la mujer estadounidense se ha dado cuenta de la injusticia que iban a cometer con Mimi, al tiempo que comprende que no es necesario tener a un hijo de tu carne y de tu sangre para ser madre, razón por la que han adoptado a una niña india de tez oscura. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Civiles afganos intentan escapar en un C-17 de la USAF ante la inminencia de la llegada de los talibanes (foto: CNBC)

Último paralelismo: los EE.UU., más pronto que tarde, volverán a Afganistán reclamando «lo que es suyo»: el acceso al gas natural de Asia Central. El problema es que el guión de esta historia no lo va a escribir ningún brillante guionista en Bombay, sino oscuros funcionarios en algún despacho entre Pequín, Islamabad y Kabul, y en esta película “basada en hechos reales”, China no le va a ceder gustosamente a EE.UU. ese hijo primero no reconocido, y luego añorado.

Fuente: Espai Marx

Portada: más de 600 refugiados afganos hacinados en un avión C-17 Globemaster III de la USAF en vuelo de Kabul a Qatar [Handout-Defense One via Reuters]

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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6 Comentarios

  1. Interesante artículo, para no caer en ingenuidades conviene recuperar la memória para entender la història. ahora falta conocer el papel de la China.

  2. No estoy de acuerdo con ese tan leninista «compañero, te voy a hacer autoctitica».

    Y, no, si yo soy Occidente, y bien cierto es que pertenezco cultural, social y políticamente a Occidente, que es una sociedad madura, democrática y postheroica, no siento vergüenza ¿la sienten las ONG, los activistas, las firmantes de manifiestos, los defensores de derechos humanos? No, y no deben. Y son un puro producto de Occidente, pues son este Occidente no existirían.

    ¡Hasta lo que no suena de que me hagan autocrítica!

    Si, vale a todos los datos históricos que aporta (no así a sus interpretacioned y opiniones, que rozan la, cuando no caen en, conspiranoia) pero ¿que hicieron los afganos y las afganas antes, durante y después de todas las crisis? ¿ningún afgano o afgana tiene responsabilidad política, ética, social o incluso criminal en todo ello? ¿El machismo, la corrupción, la sharia, la dictadura -cuando no el totalitarismo-, los asesinatos, feminicidios, guerras intestinas… todo eso es producto de Occidente?

    Lo dicho, hasta allí estoy de «compañero, te voy a hacer una autocritica».

    Dos cosas que dice son ciertas, una: los talibanes, apoyados por los señores de la guerra tribales, han negociado con China, Rusia, Irán y Pakistán ¿dinero de la droga a cambio de armas? No tengo pruebas, pero aplico la navaja de Ockham (o en ladino: piensa mal y acertarás), y dos, La solución, si se da, será desde el interior, pero la experiencia nos dice que el camino será doloroso y sin duda a través de algún tipo de buena dictadura (algo así como el viejo despotismo ilustrado, y, sí, tengo en mente la prosoviética RD de Afganistán, que si no fue la panacea, allí significó un paso importante) que imponga por la fuerza y de forma general derechos y deberes ciudadanos.

    «Quod natura non dat, Salmantica non præstat» es un clásico latino que significa que la cultura no te puede dar lo que por naturaleza no tienes.
    Pues, mutantis mutatis, viene a decir: «Quod afghani non dat, ONU (EUA/UE) non præstat»

    ¿Alternativas? Ni la más remota idea. Pero confundir actos con acciones seguro que no.

  3. El tema de fondo es que los que han puesto el dinero lo hacen por razones egoístas e imperiales y el pueblo afgano sufre las consecuencias, las invasiones de los poderosos. Como pasa en Latinoamerica, en Africa y en el Asia. O como lo hicieron los españoles, ingleses y franceses en la época de la colonia. Vinieron a llevarse las riquezas o como la ignominia del esclavismo. Y ahora se quejan de la invasión de los inmigrantes cuando causaron tanto daño a esos países.

  4. Si a alguien le ha interesado este artículo, les recomiendo que lean este otro (https://reporterohistoria.com/2021/08/17/el-regreso-de-los-talibanes-a-afganistan-debilidad-estatal-corrupcio-e-intervencion-extranjera/?fbclid=IwAR1x0x556yLYzGt_q_oNa2w8wWAtWnAb9D7Cdk6f-4AlMKIBM_GjJkK8vng), pues complementa perfectamente la información que se presenta aquí.

    Además, sirve en parte para responder al comentario de Rafael Granero Chulbi, pues en ningún momento, en mi artículo, yo insinuo siquiera que se trate de conspiraciones mediáticas o militares del malvado Occidente contra el inocente resto del mundo. No he pretendido escribir un tebeo, sino un artículo que apela a información y razonamientos. Dicho lo cual, cada uno es muy dueño de pensar lo que quiera.

  5. Disfruté mucho con la lectura del articulo (casi ensayo) de Lozano por la información histórica que nos ofrece, casi perdida en la memoria del colectivo humana.
    Los MMCC oficialistas tampoco están interesados en rebobinarla.
    ¿Es necesario recordar que todas las ocupaciones/colonizaciones se han hecho, y siguen haciéndose para saquear los recursos naturales y humanos (esclavitud y trabajos forzados) de la región ocupada/colonizada?
    Se podía hacer apuestas sobre el futuro de Afganistán, y otros.
    Les deseo lo mejor.

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