Pablo Avilés y Manuel Suárez*
Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM

 

En Pirating and Publishing, el historiador Robert Darnton estudia las condiciones del comercio del libro durante la Ilustración. Algunas de sus conclusiones son asombrosas: gran parte del pensamiento de filósofos como Voltaire y Rousseau se difundió gracias a una vasta red de impresores y editores piratas. Pero esas ediciones no autorizadas por la Corona muestran, sobre todo, que existía un público lector ávido con una dieta literaria bastante picante.

Es una investigación que lleva cuarenta años, empecé en 1965”, detalla el profesor Darnton desde algún estudio de su casa a las afueras de Boston. En Pirating and Publishing. The Book Trade in the Age of Enlightenment (Oxford University Press, 2021) el historiador estadunidense revisa las implicaciones de la piratería en el mundo editorial dieciochesco, un ámbito que le brinda protección: “Vivo principalmente en el siglo XVIII y me siento incómodo en el presente”, admite ante la pregunta por la piratería editorial actual.

Robert Darnton en 2018 (foto: Publishers Weekly)

Con Darnton empezó el ciclo internacional de conversaciones Una cita con la Biblioteca Nacional de México, que organiza el Instituto de Investigaciones Bibliográficas (UNAM). El primer invitado a las sesiones de Zoom tiene la sencillez de quien sigue aprendiendo. Autor de libros como La gran matanza de gatos (1987), Edición y subversión (2003), Los best-sellers prohibidos en Francia antes de la revolución (2008), Censores trabajando (2014) y El negocio de la ilustración (1979), la obra del también director de la biblioteca de la Universidad de Harvard es una referencia obligada para quien quiera conocer la historia de ese curioso artefacto que es el libro.

El eje central de Pirating and Publishing es el estudio y hallazgo de las ediciones piratas que editores de las provincias francesas y del extranjero, lejos de París, comercializaban en claro perjuicio del gremio monopólico de libreros de la ciudad luz. Un sistema de privilegios dirigía la producción de la palabra impresa en el Antiguo Régimen y condicionaba el comercio de libros en Europa. De modo que las serias desventajas en las que se encontraban los impresores y editores no parisinos, aunado al ímpetu de lectura y demanda de libros que exigían las zonas francófonas, propiciaron la existencia de un grupo dedicado a producir ediciones piratas o falsificadas (contrefaçon), que ofertaban ejemplares más baratos y accesibles para el grueso de la población.

La extendida piratería, según Darnton, condujo a cuatro transformaciones importantes: la democratización de la cultura, la difusión de las Luces, la aparición de los superventas y la de los libros filosóficos (livres philosophiques). La difusión del pensamiento ilustrado por estas vías socavó las condiciones imperantes en el Antiguo Régimen. En efecto, la piratería puso a circular en el mercado libros más baratos y con materiales menos costosos, lo que permitió iniciar la producción  en masa. Además, el grueso de la producción provenía de una región que Darnton identifica como el “Creciente Fértil de la piratería editorial”; una zona que va desde Ámsterdam hasta Suiza, pasando por Bruselas y la Renania donde, a diferencia de París, no había un control estatal de la corporación editorial y sí un ávido público lector al que se le podían surtir lecturas más baratas.

Como la lógica general del comercio de impresores era publicar los libros que mejor se vendieran, los piratas llegaban al extremo de utilizar las “sobras” de otros impresores —folios, hojas desechadas— para armar sus propias versiones y venderlas. Darnton cuenta que Thomas Jefferson, en ese entonces embajador de Estados Unidos en Francia, caería en la estafa: muy orgulloso le compró una edición de la Encyclopédie a James Madison a un precio de “ganga”, sin darse cuenta de que había adquirido una versión pirata; el pobre Madison no entendía que su volumen encarnaba una de las disputas editoriales más feroces del siglo XVIII.

Tercera edición de la reimpresión en cuarto de la Encyclopedie por la Société typographique de Neuchâtel, especializada en contrefaçon y reimpresiñon de obras de éxito (imagen: Dictionnaire historique de la Suisse)

Además, libros que estaban prohibidos en Francia, como los livres philosophiques —es decir, aquellos que no sólo contenían obras filosóficas, sino escritos sediciosos, ataques a la Iglesia y hasta pornografía— se producían y enviaban clandestinamente desde el Creciente Fértil. Un gran ejemplo sería la novela libertina Thérèse philosophe, en la que alternan las discusiones filosóficas y la obscenidad; o las Anécdotas sobre la condesa Du Barry, una obra casi sexual, pero también con un profundo sentido político. “Los franceses tenían una dieta literaria muy picante”, apunta Darnton.

Quizás lo que sobresale de este panorama es el surgimiento del editor como participante en el campo cultural: un nuevo especialista a la hora de componer ediciones, que al mismo tiempo financia y pone al alcance del público. Sin importar que fueran editores financiados por la corporación parisina y produjeran lujosas ediciones, o editores piratas del Creciente Fértil, ambos tenían un gran sentido de los negocios. A diferencia de los monopolios parisinos, los segundos —llamados corsaires, en francés—, además de ser excelentes negociantes, entendían a cabalidad el gusto de los lectores, gracias a sus ingeniosas investigaciones de mercado. “Con lo cual había dos tipos de editores: unos eran conservadores y privilegiados, los del gremio de París; los otros, los piratas, eran más bien empresarios, investigadores, hombres de negocios”, precisa Darnton.

La obra de Robert Darnton describe con precisión cómo operaban los editores piratas, cuáles eran sus estrategias, cómo pensaban. Y, sobre todo, qué “trucos” usaban para salir adelante. En otras palabras: presenta toda una serie de triquiñuelas, juegos sucios y movimientos de alianzas y traiciones. Los trucos podían ir desde intercambiar parte de sus existencias, hasta esconder las mejores ediciones, retrasarlas o adelantarlas, según les diera ventaja sobre sus competidores. También era un juego de apariencias: algunos editores anunciaban un libro que no tenían intención de publicar para medir la reacción del público o intimidar a un adversario. Otras estrategias eran agregar páginas de título falsas, hacer espionaje industrial, simular la existencia de compañías y entregar manuscritos inexistentes: convencían a algún editor de publicar un manuscrito fantasma y desaparecían con el dinero obtenido. Todo se valía en el incipiente mundo editorial del siglo XVIII.

Pero las estrategias de engaño no acaban ahí; algunas eran tan elaboradas hasta el extremo de autopiratearse. Ciertos editores pagaban por ser pirateados ellos mismos con el fin de poner en circulación obras de menor formato (en cuarto o en octavo) mientras su taller trabajaba en ediciones en folio de mayor calidad y más caras. En otros casos, autores de la Ilustración, como el mismísimo Voltaire, conspiraban con varios editores franceses y foráneos para colocar su obra tanto en el mercado legal como en el ilegal. Su intención no era obtener más ingresos —porque no los necesitaban y los pagos a autores eran nimios—, sino  difundir su obra de la mejor manera y llegar a un público más amplio.

Exterior de una librería con anuncios de obras de la Ilustración que el emperador José II de Habsburgo permitía circular en sus dominios y que se introducían de contrabando en otros países (obra de Léonard Defrance, foto Josse/Leemage)

Los asistentes a la charla con Robert Darnton se encontraron con un historiador accesible, sensible y amable. Es tan sólo el primer episodio de este ciclo. A pesar de la crisis actual, las citas con la Biblioteca Nacional de México reunirán —todos los martes a las 13:00 hrs., del 2 de febrero al 13 de abril de 2021— a algunos de los más prestigiosos especialistas del libro, historiadores y funcionarios de bibliotecas de Europa, Estados Unidos y América Latina. La lista no es desdeñable: Carlo Ginzburg, Pedro Guibovich, Pedro Rueda, James Raven, Jean-Yves Mollier, Roger Chartier, Fernando Bouza, François Hartog y Anne Pasquignon, responsable científica y técnica de la Biblioteca Nacional de Francia.

Reunir este cartel en circunstancias normales suena casi imposible. Quizá una de las pocas cosas rescatables de la situación actual es facilitar este tipo de encuentros a distancia.

 

*Pablo Avilés y Manuel Suárez
Investigadores del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Ambos son responsables del Programa de Historia del patrimonio documental mexicano.

Fuente: Robert Darnton y la historia de los editores piratas,  Nexos, 16 de febrero de 2021

Portada: Visita a la imprenta, por Léonard Defrance (c. 1782), Museo de Grenoble (ifoto: Wikimedia Commons)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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