A fines de julio de 2019, con “la investidura fallida, las negociaciones tortuosas y la imagen decepcionante que la política española estaba ofreciendo”, Esteban Hernández llamó la atención una vez más sobre los cambios que se estaban produciéndose en Occidente, pero también del absurdo sentimiento de superioridad desde el que se interpretaban. El título del artículo era provocativo: Quién se ríe ahora de Boris Johnson: su plan para transformar Reino Unido. Algunas de las reflexiones sobre la extrema derecha han pasado a segundo plano (aunque continúan latentes) con la pérdida de poder de Salvini, pero el título de aquél artículo cobra una preocupante actualidad:

¿Quién se ríe ahora de Boris Johnson?, podríamos decir hoy también

De aquella colaboración conviene rescatar el horizonte al que vamos de ‘democracias iliberales’ con una influencia del capitalismo estadounidense en los países europeos,  gran fuente de beneficios para las empresas de EEUU. ¿Qué tipo de empresas serían las más atractivas? Extracto algunos párrafos numerando los más significativos:

Esteban Hernández (*)

 1)La lucha por los datos

La mayor parte de las nuevas fuentes de ingreso y de las áreas cruciales tendría que ver con las tecnológicas. Muchas empresas nacidas en ese sector, como Airbnb, Uber o Deliveroo, necesitan, para ser rentables, acabar con las normativas nacionales que dificultan su actividad, aseguran derechos a sus trabajadores o que obligan a las empresas a pagar el grueso de sus impuestos en el lugar en que realizan la prestación. Una desregulación masiva permitiría el desarrollo definitivo de estas plataformas.

Sin embargo, no solo se trata de que se favorezca a determinadas firmas, sino de la guerra por el futuro. La lucha por los datos, por el 5G y por la inteligencia artificial está presente como telón de fondo de las nuevas guerras comerciales, y en ese terreno las empresas estadounidenses llevan muchísima ventaja a las británicas y a las europeas. Abrirles la puerta de los datos del Reino Unido, y con ellos la apertura a nuevas formas de automatización de los procesos, tendría consecuencias notables en ámbitos como la sanidad, la justicia y, por supuesto, el trabajo, tanto en el sector público como en el privado.

 Al igual que en otros Estados caen en la ‘maldición de los recursos’, el Reino Unido está preso de la ‘maldición de las finanzas’. Esa reorganización del Reino Unido a partir de la presencia de las empresas tecnológicas estadounidenses es lo que está en juego. Sin embargo, también hay un ámbito en el que los británicos podrían salir beneficiados de una alianza con Trump. Como bien señalaba Nicholas Shaxson en su reciente ‘The Finance Curse’, el Reino Unido posee un tercio de los paraísos fiscales del mundo y cuenta con la City, su correa de transmisión, como lugar privilegiado de inversión, lo que le ha convertido en un país notablemente dependiente de las finanzas. Al igual que en otros Estados se habla de la ‘maldición de los recursos’, Gran Bretaña está presa de la ‘maldición de las finanzas’, ya que se ha convertido en un territorio excesivamente dependiente de ellas. La desigualdad territorial y de clase, apunta Shaxson, al igual que la pérdida de talento en grandes áreas productivas o el aumento de los precios de bienes esenciales, sería consecuencia lógica de este esquema.

La City se prepara para el Brexit (Niklas Hallen / AFP)

2) Atraer más millonarios

Sin embargo, es precisamente el sector financiero, aquel para el que Boris Johnson solicitaba un estatuto especial cuando era alcalde de Londres, el que podría salir beneficiado del alejamiento de Europa y de la amistad con los estadounidenses. La reducción de impuestos y una regulación muy laxa, que es la que quieren imponer los actuales gobernantes, sería una baza sustancial para seguir atrayendo capital y millonarios a Londres. En definitiva, un Reino Unido que amplificaría su papel financiero, y que atraería tecnología y creatividad a su capital, lo que no haría más que aumentar la brecha existente.

Por decirlo de otro modo, Boris Johnson quiso separar un territorio privilegiado del resto y trató de hacerlo por el lado pequeño, independizando Londres del Reino Unido. Y lo que no pudo conseguir por ese camino, trata de hacerlo ahora a lo grande: no es más que la secesión de las partes afortunadas de la sociedad del resto. Eso es lo que está en juego con el experimento británico, mucho más que el deseo de sus ciudadanos de recuperar el control, que el ascenso de los líderes populistas, el temor de las poblaciones atrasadas al cambio y demás lugares comunes con los que suelen enfocarse estos asuntos. De lo que se trata con este ahondamiento en la alianza entre EEUU y Reino Unido es de seguir profundizando en un modelo neoliberal cada vez más arriesgado. Como en otras épocas, el Reino Unido puede marcar la pauta de los cambios económicos. Haríamos bien en tener en cuenta todo esto cuando hablemos de extremas derechas y la UE y demás, y quizás entendamos que los pulsos políticos que estamos viviendo en España resultan doblemente absurdos.

3)Migraciones cualificadas. Para entender qué significa la llegada al poder de Boris Johnson hay que remontarse a 2013, cuando era alcalde de Londres y pensaba que estaba al frente de “una ciudad de primer nivel en un país de segunda clase». Por ese motivo, Boris exigía algunas ventajas operativas para la urbe, como el establecimiento de un visado especial: dado que Londres necesitaba a trabajadores cualificados de los sectores financieros, tecnológicos, publicitarios, y el Reino Unido imponía determinadas limitaciones para atraer talento, y puesto que había un exceso de mano de obra poco cualificada en la ciudad, era preciso regular los flujos migratorios para que se ajustasen a las necesidades, abriendo fronteras para los capaces y cerrándolas para quienes no aportaban valor añadido.

Boris Johnson. (Jeff J. Mitchell)

«Habrá más Brexit»: por qué se niega que Trump y Johnson han cambiado el mundo

 

«Habrá más Brexit. Ahora es el Reino Unido, pero dentro de un tiempo se irán Italia o Francia. La UE no va a aguantar». En la cena posterior a la presentación de ‘Capital e ideología’ en Madrid, Thomas Piketty fue contundente en su diagnóstico. Y tenga razón o no en el resultado final, lo cierto es que la sacudida es mucho más grande de lo que parece. Quizá no tomemos esto en cuenta, pero los cambios ideológicos esenciales de las últimas décadas acontecieron primero en Reino Unido, después en EEUU y más tarde y Reagan arrastraron a toda Europa. Un ejemplo obvio fue la elección de Thatcher; otro el referéndum sobre el Brexit y la posterior elección de Trump.

El giro de EEUU y de su socio británico no solo supone una transformación ideológica, en tanto giro a la derecha, sino que dibuja la reconfiguración del orden internacional. Esa reorganización tiene una idea central, la de la ruptura de los lazos globales y la pugna de los Estados principales por ganar más poder para sí mismos. El Brexit fue el detonante y es hora de tomarlo en serio, pero de verdad.

Negar los hechos

Desde el lado europeo, esta tarea imprescindible dista muchísimo de realizarse. Más al contrario, ha existido una suerte de negación continua de la realidad, con un punto obvio de arrogancia, que resulta poco pragmática y menos en este instante histórico. Si repasamos la secuencia de acontecimientos, el rechazo de los hechos ha sido continuo. Todo comenzó con un referéndum que tenían escasas opciones de ganar quienes pretendían marcharse de la UE porque, de hacerlo, sumirían al Reino Unido en el caos. Cuando ganó el ‘leave’, nos contaron que la opinión pública había sido secuestrada por las noticias falsas y las mentiras de los políticos, que fueron bien encajadas por una población vieja, resentida y crédula. En esencia, las mujeres, los jóvenes y la gente de las grandes ciudades optaron por quedarse, pero los hombres rurales mayores decidieron por ellos.

Lo peor no es que difundieran la idea de que el Brexit no se iba a producir, o de que todo sería un caos, sino que se la creyeran. Después de aquello, los argumentos fueron a peor. Nos contaron que habría posibilidades de un segundo referéndum si la población más joven y cosmopolita presionaba, tildaron a los laboristas de cobardes por no oponerse frontalmente al Brexit, subrayaron que el acuerdo con la UE no se produciría por falta de acuerdo interno entre los británicos, jalearon al Parlamento cuando rechazaba lo firmado y hablaban de caos enorme. Cuando llegó Johnson, las burlas a su persona, muy similares a las difundidas sobre Trump, se convirtieron en habituales; aquello era un desastre, su líder era vulgar e inepto, y el Reino Unido lo iba a pasar muy mal. El mensaje que nos trasladaban es que los británicos querían quedarse, pero su voluntad había sido alterada por ‘fake news’, gurús perversos como Dominic Cummings y la gente reaccionaria, pero en cuanto cayeran en la cuenta, volverían a la normalidad. Lo peor, probablemente, no es que difundieran estas ideas, sino que se las creyeran.

El resentimiento

La narrativa con Trump fue muy similar: la imposibilidad de que un líder tan desatado fuese elegido, las burlas y el desprecio respecto de su persona, el ‘shock’ del resultado electoral y las explicaciones sobre cómo el resentimiento, la indignación irreflexiva y la mentalidad más reaccionaria habían impulsado a sus votantes también hicieron acto de presencia respecto de EEUU.

Ahora que se debe afrontar por fin la realidad, que los británicos han vuelto a votar por el ‘leave’, las excusas vuelven a hacer acto de presencia. Del mismo modo, se lanzaron continuas advertencias sobre el caos que supondría su presidencia y los males que causaría a los estadounidenses. Hasta la fecha, los números de la economía norteamericana le acompañan, ha tomado decisiones que han cambiado el orden global y cuenta con un apoyo importante de sus ciudadanos.

Los candidatos malos y radicales

Ahora que se debe afrontar por fin la realidad, que los británicos han vuelto a votar por el ‘leave’, que ha sido el centro de la campaña de Johnson, las excusas vuelven a hacer acto de presencia, encarnadas en Corbyn. Pero esto también lo habíamos escuchado respecto de la victoria de Trump: las elecciones se perdieron porque Hillary Clinton era una mala candidata y por la negativa del radical Sanders a respaldar sin condiciones a Clinton. En el caso de Corbyn los argumentos se repiten, pero juntando ambos en la misma persona: el líder laborista era un mal candidato y además un radical.

Corbyn, Manifiesto laborista por el respeto a las razas y la fe / ISABEL INFANTE / EFE

Es cierto que la campaña de Corbyn estaba mal enmarcada, porque a la idea fuerza de Johnson, «vayámonos de una vez», opuso otra mucho más endeble, «salvemos la sanidad pública», pero culpar al radicalismo de Corbyn es absurdo, y además indica una mala comprensión del momento político occidental. Como elemento más obvio, hay que subrayar que ha ganado Johnson, que es tan radical o más que Corbyn: es el más firme partidario del Brexit, una ruptura notable del ‘statu quo’, y en lo económico va a ser muy atrevido. Hay que recordar que Clinton era muy moderada, por no decir directamente republicana, y ganó Trump, que era mucho más enérgico, que Salvini o Le Pen encabezan las encuestas en sus países o que la opción ideológica que ha crecido en Europa es la extrema derecha. Quizá ser radical no resulte un problema a la hora de tener éxito electoral. Y, en cuanto a lo de ser un mal candidato, tampoco es una explicación que funcione por sí sola: desde un punto de vista ortodoxo, Bush Jr. o Trump no eran buenos candidatos y ambos resultaron elegidos.

El momento civilizatorio

Llegados a este punto conviene hacer hincapié en que el problema no son Corbyn o Johnson, ni sus características, ni las de sus votantes, sino las transformaciones que está viviendo el orden occidental en lo político, lo económico y lo geopolítico. Negarse a aceptar la realidad, como ha sido lo dominante en la UE, la búsqueda de excusas o el juego de cargar con las responsabilidades a los demás no funciona. Ya no es factible seguir tapándose los ojos, y advertencias como la de Piketty deben ser tomadas realmente en serio.

Uno de los elementos que me hacen mirar el futuro con menos optimismo es la falta de comprensión de nuestro momento como civilización. Afirmaba Krastev que la percepción común en las sociedades del Este era que las cosas no funcionaban; quizá a muchos de sus ciudadanos les fuera bien, quizá su escenario individual fuera aceptable, pero incluso en ese caso la visión acerca de sus países era negativa. Le faltaba a Krastev señalar que ese es el momento occidental; que en este instante de transformación, esa perspectiva está plenamente arraigada en nuestras sociedades. Occidente. No se trata del hartazgo, la indignación o el resentimiento, sino del agotamiento, de la falta de opciones, de la sensación de que esto ya no marcha. La ausencia de confianza en las instituciones es parte de ese mapa.

El frenazo

En este contexto, mucha gente ha votado por el cambio, por algo muy distinto, por alterar el ‘statu quo’. Eso es lo que explica el Brexit, el apoyo a Trump o el crecimiento de las extremas derechas, y se apoya en la necesidad de poner límites a tendencias sociales y económicas que entienden muy lesivas. Estamos ante fuerzas que pretenden transformar las cosas mediante un frenazo seco que varíe el rumbo.

Liberales y progresistas no quieren comprender hasta qué punto nos van a tocar de lleno los cambios que el Brexit y Trump ponen sobre la mesa. Mientras tanto, las élites occidentales continúan negando la evidencia, señalando con el dedo a sus nuevos rivales políticos y transitando las mismas sendas que condujeron a esta situación. Pero lo que resulta aún más pernicioso es esa sensación que desprenden de que se mueven en el marco ganador, de que el futuro les pertenece, que la gente se equivoca y que pronto se darán cuenta. Nuestros liberales y nuestros progresistas no están comprendiendo hasta qué punto nos van a tocar de lleno las transformaciones que el Brexit y Trump han puesto encima de la mesa y cómo van a afectar a sus opciones políticas y a los partidos que defienden.

La mano de pintura

Pueden continuar con la ortodoxia de las políticas económicas liberales, con las renovables, el internacionalismo y con el libre comercio como marco único mientras se obvia que les están quitando las alfombras bajo los pies, pero eso solo hará más grave el problema. Se trata de comprender que el ‘statu quo’ de las últimas décadas está rompiéndose, que hay otras ideas flotando en el ambiente y que están ganando terreno. Cuando algo comienza a agrietarse, hay que repararlo y no basta con una mano de pintura; hay que tomar medidas estructurales. Pero si en lugar de actuar en consecuencia se continúa con los aires de superioridad, las explicaciones que son excusas o las burlas, la brecha se hará más profunda y la pared acabará derrumbándose. El momento del giro está aquí y afecta sobre todo a la UE, y más todavía a países como España. Pero hay un requisito imprescindible: abandonar la altivez y mirar el problema de frente.

Fuente: El Confidencial 27 de julio de 2019 y 14 de diciembre de 2019

(*) Esteban Hernández Jefe de Opinión de El Confidencial. Autor de «El tiempo pervertido. Derecha e izquierda en el siglo XXI». (Ed. Akal), «Los límites del deseo. Instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI» (Ed.Clave Intelectual), «Nosotros o el caos» (Ed. Deusto) y «El fin de la clase media» (Ed. Clave Intelectual).


Ilustraciones. Conversación sobre la Historia

Portada: Trump y Johnson en la cumbre de la OTAN. (Peter Nichols/EFE)

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