Lluis Amiguet
La Vanguardia
 
Christopher Clark, historiador; catedrático de Historia en Cambridge
¿Edad? Para los historiadores siempre es una ventaja.
 
Nací en Australia, país admirable excepto en su conducta ecológica. Soy de familia católica: nuestra iglesia es la maestra de todos los tempos. Al olvidar las guerras, olvidamos que sólo la UE puede evitarlas.
Cristopher Clark. Foto, Mané Espinosa (La Vanguardia)
 
 

¿Usted estudia la historia de la historia?

Intento explicar que la historia sólo existe en la medida en que la inventamos y nos la creemos. Y que el tiempo no es una especie de líquido neutral dentro del que todo sucede.

 

¿El tiempo también nos lo inventamos?

Sólo es otra construcción mental colectiva. Y cada régimen, cada ideología se fabrica un tiempo y una historia a su medida.

Por ejemplo.

Los nazis borraron toda la historia de la República de Weimar y de la Alemania democrática de un plumazo. De pronto, hablar de hacía un par de años era como hoy hablar del antiguo Egipto: algo remoto e irrepetible.

¿No lo hacen todos los totalitarismos?

Pero cada uno a su modo. Los fascistas italianos idealizaron el imperio romano, claro, pero sobre todo apostaron por su futuro. Fueron futuristas. En cambio, a los nazis les interesó más releer el pasado en clave purificadora.

¿Cómo?

Su pasado era como la arquitectura de Speer: neoclásica, pero imponente, abrumadora. Para los nazis, el tiempo sólo era purificación. Cada año nazi era un paso más hacia la depuración de una raza superior. ¿No fue así para Franco?

Fue más Valle de los Caídos que Speer.

En general, los populistas tienden a idealizar y reinventarse el pasado. En cambio, el pasado para las democracias liberales suele ser de desigualdad, tiranía y opresión.

¿Y no es cierto?

Objetivamente, sí. Con las estadísticas en la mano las democracias liberales somos más prósperas, igualitarias e inclusivas para las minorías que en el pasado.

Entonces, ¿por qué estamos en crisis?

Porque hemos dejado de creer en el progreso. Y el futuro es un tenebroso cambio climático; la gente empieza a prepararse para la próxima recesión y el miedo a perder lo que tienen oscurece la ilusión por lo que podríamos alcanzar.

¿Nuestro futuro de ayer está pasado?

Y los populismos reemplazan viejos futuros con nuevos pasados. Es el America first de Trump que apela a un pasado que se inventa; como el de los brexiters con sus glorias imperiales; o el de Orbán con las supuestas glorias de su Hungría medieval.

¿Los historiadores no les corrigen?

Yo le diré que Trump se refiere a volver a una América gloriosa, la de los años cincuenta, porque estaba sólo dominada por blancos ricos como él pero, ¿acaso no estaban los negros sufriendo un apartheid vergonzoso? ¿Y las mujeres acaso no estaban confinadas al hogar?

¿Por qué no reivindicamos el progreso?

Es más importante reivindicar el futuro que podemos construir juntos los europeos desde la moderación y el entendimiento que nos han sacado del marasmo de la II Guerra Mundial. Porque, si no logramos que vuelva a ilusionar a los europeos, los nacionalistas llenarán el vacío con sus pasados gloriosos.

¿Hemos perdido la futuridad europea?

Los europeístas hemos perdido la brújula de las ilusiones: deberíamos estar construyendo un proyecto verde común, por ejemplo, para reocupar el futuro, como preconiza Emmanuel Macron.

En cambio estamos llorando el Brexit.

Y cuando les pregunto a los políticos alemanes cómo lo ven, me responden que el problema es de los británicos.

Una respuesta muy miope.

Yo creo que la respuesta correcta es que el Brexit nos enseña que no podemos construir una estructura compleja como la Unión Europea desde la extrema izquierda o la extrema derecha. Siempre que los radicales se han impuesto en los gobiernos europeos hemos ido a la guerra.

Tal vez con la paz ya no baste.

Pero también la moderación y el centro no consisten en una tecnocracia neoliberal.

¿Qué debe ser entonces la UE?

Una formidable máquina para generar prosperidad y repartirla de forma creciente, progresiva y visible para todos. Necesitamos un centro político europeo humilde, abierto a todos e integrador. Y es urgente, porque ahora todos lo están machacando al identificarlo con la tecnocracia inútil de expertos que favorecieron la última recesión.

¿Por qué no lo tenemos?

Lo tuvimos y así se construyó la Unión del Carbón y el Acero que, al poner en común esos elementos sin los que la guerra era imposible, empezó a construir la paz europea.

¿No será que a medida que olvidamos la guerra la hacemos posible de nuevo?

La UE se construyó sobre la memoria del horror de la guerra, por eso es, sobre todo, un mecanismo transnacional de evitación de conflictos. El problema es que la gente lo ataca por inoperante a medida que olvidan las guerras que la hicieron imprescindible.

Los últimos combatientes desaparecen.

Y esa pérdida de memoria explica el Brexit, Trump, Orbán… Por eso hemos de reaccionar de forma proactiva y urgente para salvar la UE y las democracias liberales.

¿Cómo?

Volviendo a construir una ilusión de futuro compartido en la UE que sustituya las fantasías populistas del pasado. Y transformándolo en prosperidad compartida.

Las hadas que existen

El futuro, como el pasado, como la historia, sólo son ciertos en la medida en que nos los creemos. Y si no nos los creemos, pasa com o con las hadas de Peter Pan, que se mueren. El futuro europeo está moribundo, explica Christopher Clark, porque estamos dejando que los populistas lo sustituyan por pasados, tan gloriosos como falsos, para transformarlos en votos reaccionarios. A medida que perdemos la memoria del horror de las guerras, los populismos avanzan en su proyecto de dinamitar la UE desde dentro y los extremos. Por eso, el historiador pide que confiemos en el proyecto europeo y la moderación política que lo hizo posible para recuperar la fe en el futuro que siempre caracterizó a las democracias liberales.

Fuente: La Vanguardia, 9 de octubre de 2019 (La Contra)


Resumen del libro, Tiempo y poder

Este libro pionero plantea nuevos puntos de vista acerca de cómo las distintas nociones del tiempo condicionan el ejercicio del poder. El aclamado historiador Christopher Clark se sirve de cuatro figuras clave de la historia de Alemania -Federico Guillermo de Brandemburgo-Prusia, Federico el Grande, Otto von Bismarck y Adolf Hitler- para observar la historia a través de una lupa temporal y preguntarse si los actores históricos y sus regímenes encarnan conceptos singulares del tiempo. Clark muestra que Federico Guillermo rechazaba el concepto de continuidad con el pasado y por el contrario creía que un soberano debía liberar al Estado de los enredos de la tradición para poder elegir libremente entre distintos futuros posibles. Expone que Federico el Grande abandonó ese paradigma en aras de una visión neoclásica de la historia donde el soberano y el Estado trascienden por completo el tiempo, y que Bismarck estaba convencido de que el deber de un estadista consistía en preservar la permanencia intemporal del Estado en medio del torrente de cambios históricos. Señala que Hitler no aspiraba a revolucionar la historia como Stalin y Mussolini, sino que pretendía eludirla del todo, haciendo hincapié en los arquetipos raciales intemporales y en un futuro pronosticado de forma profética. Tiempo y poder, un libro innovador y elegantemente escrito, lleva al lector desde la guerra de los Treinta Años hasta la caída del Tercer Reich, poniendo de manifiesto la relación entre el poder político y las temporalidades peculiares de los dirigentes que lo ejercen.

(Marcial Pons)


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