Joan-Lluis Marfany

 Senior Honorary Research Fellow en la Universidad de Liverpool. Su libro más reciente es «Nacionalisme espanyol i catalanitat, 1789-1859» ( Edicions 62, 2017)

 

«Pienso»-dice Enzo Traverso al director de L’Avenç en la entrevista del número de septiembre- «que Hobsbawm pertenece a una generación que casi siempre autocensuró su identidad judía, una identidad que no quiso reivindicar nunca y que no reconoció hasta mucho más tarde. Además, la trayectoria académica y política de Hobsbawm es bastante particular. Entonces la identidad judía no era valorada, y más valía dejarla de lado, tanto en el Partido Comunista británico como  en la academia».

Propaganda antisemita publicada en Gran Bretaña en los años 20 (foto: cablestreet.uk)

Que la actitud de Hobsbawm respecto de la propia judeidad era característica de su generación es absolutamente cierto. Del resto, lo que no es absolutamente falso, requiere algunas precisiones importantes. En cuanto al juicio implícito, no sólo es temerario, sino que se hace, quiero creer que involuntariamente, cómplice de la nefasta ideología que anima las cacerías de brujas de la Anti-Defamation League y, en este país desde donde escribo, la insidiosa campaña de calumnia sistemática del Partido Laborista. Es cierto que Traverso no llega a formular el diagnóstico, tan estúpido como repugnante, de «auto-odio», pero  muy poco le falta.

Prescindamos, para empezar, de un puro y simple  cuento. Si un mundo institucional había, en la Gran Bretaña de los años cuarenta, cincuenta, sesenta donde se podía tranquilamente ser judío -u homosexual- este era el universitario. En cuanto al Partido Comunista, estaba desde el principio lleno de judíos, y judíos que no se escondían de serlo, sino al contrario: en la historia del partido, la batalla de Cable Street era un episodio glorioso y definitorio. ¿Era en su condición de comunistas o en la de judíos como habían luchado contra los fascistas de Mosley que habían querido desfilar por el East End de Londres y contra la policía que los había querido ayudar?

Barricada en Cable Street (imagen: cablestreet.uk)

Tiene tan poco sentido preguntárselo como querer averiguar si la provocación fascista elegía el East End porque era una guarida de comunistas o porque lo era de judíos. Una institución donde era problemático ser judío era el ejército… donde también lo era, y aún más, ser comunista. Dejémoslo: Hobsbawm no tenía ninguna razón, ni en su vida profesional ni en su vida política, para querer pasar desapercibido en su condición de judío -suponiendo que tal cosa hubiera sido posible.

Es a la luz de este último detalle como toma relieve el carácter -involuntariamente, quiero volver a creer- insidioso de la elección de vocabulario en el juicio de Traverso. ¿Hobsbawm autocensuró su identidad  judía? No sé en que puede basar Traverso su afirmación, pero lo que es seguro es que, en la Gran Bretaña de Hobsbawm y en los círculos en que él se movía-y no sólo en ellos-, una tentativa tal habría sido una monumental pérdida de tiempo. ¿Hobsbawm nunca quiso reivindicarla, esta identidad? «Reivindicarla» ¿de qué? ¿Ante quién? ¿En qué situación? ¿Quizás Traverso sabe positivamente que ante actos de discriminación u otras manifestaciones de judeofobia no dirigidos contra él, pero perpetrados en su presencia, Hobsbawm optó por hacerse el sueco? Lo dudo mucho.

Pienso más bien que lo que Traverso quiere decir es que Hobsbawm no fue nunca por el mundo haciendo pública ostentación de su condición de judío. Excepto, si tuviéramos que creer a Traverso, hacia el final de su vida, cuando, finalmente, la habría empezado a reconocer, esta condición -es decir, supongo, a referirse a ella en sus escritos. Mal podía no hacerlo si escribía sus memorias, pero si realmente fuera cierto que terminó dando a su judeidad un relieve que hasta entonces no había pensado en darle, no sé si no sería necesario más bien lamentarlo que celebrarlo.

Placa en la fachada de la casa donde vivió Marc Bloch (Wikimedia Commons)

Siguiendo, mutatis mutandis, el mismo razonamiento que Traverso, Stanley Hoffmann tuvo la desfachatez, en su introducción a L’Étrange défaite, de perdonarle la vida a Marc Bloch -que la perdió de verdad, como es bien sabido, luchando desde la clandestinidad contra la ocupación nazi- por su actitud respecto de la condición judía. Era preciso ser comprensivo y situarse en su momento histórico. Bloch, hijo de rabino, explicó en alguna ocasión que sólo tomaba la iniciativa de proclamarse judío ante cualquier manifestación de judeofobia. Ciudadano francés y no creyente, su judeidad empezaba y acababa en el rechazo a renegar de sus raíces familiares. Cuando los líderes de la Union Générale des Israélites de France, creada por el régimen colaboracionista, se  dirigieron a él para incluir en su lista un nombre tan distinguido como el suyo, Bloch les despachó sin contemplaciones. Él no estaba dispuesto a aceptar ninguna restricción a la plena condición de francés. La historia subsiguiente dejó bien claro, si es que era necesario,  cuál de las dos posiciones era no sólo la más digna y más justa, sino la más clarividente. Formular juicio, en el caso de Bloch, en términos de «autocensura», de «no reconocimiento», de «no reivindicación» de la propia identidad parece grotesco y ofensivamente irrelevante, pero no lo es menos en el caso de Hobsbawm. La única diferencia es que Hobsbawm -el Hobsbawm adulto, en todo caso- no se encontró nunca en la situación de tener que afirmar su no diferencia en circunstancias tan dramáticas. Porque de eso se trata: ante el prejuicio discriminador, lo que hay que decir no es «¡eh! ¡que yo soy judío!» -o lo que sea-, sino «yo soy francés» o «yo soy británico» o, como Najat El Hachmi, «yo también soy catalana» -y a quien no le guste que se aguante.

Niños en un centro de acogida de la Union Générale des Israélites de France (UGIF) (imagen: echelledejacob.blogspot.com)

Judíos de la generación de Hobsbawm que, al igual que él, no actuaban como si eso de ser judío fuera algo especial que, para bien o para mal, los pusiera en una categoría diferente en relación con sus conciudadanos yo  he conocido a unos cuantos, empezando por mi suegro. Si alguien le hubiera dicho que se había pasado la vida autocensurando su condición de judío, de entrada no habría entendido de qué le hablaban y después se habría hartado de reír y probablemente habría observado que con un nombre como Greenberg y con su aspecto no habría tenido ningún sentido quererlo esconder, ni a los demás ni a sí mismo. No es que le hubiera pasado por la imaginación hacer algo tan absurdo. Era judío, ¡por supuesto! ¿Y qué? Esa fue siempre su actitud. Sabía perfectamente -ignorarlo era imposible- que había mucha gente que miraba a los judíos con desprecio y desconfianza y en el mundo en que él se movía se encontraba con ella indudablemente mucho más a menudo que Hobsbawm en su entorno, pero   -y yo nunca vi que la cuestión le quitara el sueño o  le embarazara en el trato con la gente- era un hombre que, como dicen los franceses, était bien dans sa peau. Pero que esta piel fuera de judío no tenía ninguna significación especial, más allá del dato personal que innegablemente era. Muy particularmente, habría encontrado ridículo pensar que era motivo de orgullo o de satisfacción y menos aún de sentimiento de superioridad -ni más ni menos que ser cualquier otra cosa-.

¿Quiere eso decir que no la valoraba, su condición de judío? Al contrario: era para él una de las cosas más importantes de la vida, uno de los rasgos esenciales de su persona. A diferencia de Hobsbawm, descendiente por ambos lados de familia relativamente acomodada, culta y laica, a mi suegro no le separaba del shtetl ninguna generación anterior. Con la madre,  joven viuda, siempre habló yiddish. Como es bastante típico de los judíos llamados ortodoxos, y no únicamente los de su generación, una vez llegado a la edad adulta su práctica religiosa fue poco asidua y altamente irregular, pero de pequeño había frecuentado la sinagoga, había sido debidamente educado en todas las formalidades rituales y se había sometido al rito de transición de la barmitzvah. En su caso, como no creía ni en Yahvé ni en  ninguna otra divinidad, estas formalidades tenían únicamente un valor sentimental y social: le ligaban a su infancia y le incorporaban a una comunidad ideal, que en la práctica se materializaba en un amplio círculo de viejos amigos y conocidos y en una solidaridad teórica, siempre sujeta, sin embargo, a revisión en cada caso particular y nunca exclusivista. Las normas las seguía, sin embargo, sin ninguna hipocresía. Las dietéticas, por ejemplo, las transgredía olímpicamente desde el día en que, a los catorce años, había comenzado a trabajar, no en ostentosa rebelión de adolescente, sino con la sencilla naturalidad de quien encuentra absurdo privarse de un placer que no hace daño a nadie en nombre de unas prescripciones obsoletas y sin sentido. La misma naturalidad con que, habiéndose enamorado de una shiksa -palabra, dicho sea de paso, que nunca le habría venido espontáneamente a la lengua en relación con ninguna mujer- se casó con ella, al igual que hicieron cuatro de los seis hermanos (y la más pequeña, Becky, lo hizo dos veces). ¿Qué deberíamos decir, que todos traicionaron su identidad, que no la valoraban suficientemente?

Judíos que la valoran como Traverso cree que la deberían valorar todos, también conozco yo a muchos, debido a nuestra estrecha amistad -de mi mujer y mía- con un matrimonio vecino, de nuestra misma edad y con hijos de la misma que los nuestros. Son, estos judíos, de nuestra generación y de la de nuestros hijos, y ahora empiezan a serlo también de la de los nietos. Los mayores tienen aún un vínculo directo, aunque tenue, con el pasado: han oído historias. No saben yiddish, pero todavía intercalan  muy esporádicamente en la conversación una media docena de palabras de esa lengua. Los hijos no es que no tengan ni idea de yiddish, es que no saben ni qué es o era.

Refugiados judíos procedentes de Rusia llegan a Londres en 1882 (foto: cablestreet.uk)

De lo que conocen algunas palabras es de hebreo e incluso cantan en él algunas canciones, aprendidas en las colonias de verano organizadas por la red de sinagogas, ortodoxas o reformadas -liberales en Gran Bretaña prácticamente no las hay-  a la cual  pertenecen y en vacaciones pasadas en algún kibbutz. De la verdadera historia, la que los liga al pasado más reciente, no tienen mucha idea: la han sustituido por la mitología bíblica, más algún episodio también antiguo y también mitificado, como el de Massada, y el exterminio a mano de los nazis, en cuya consideración la mitificación también prevalece sobre el deseo de comprender. La suya es una judeidad no tanto adquirida por transmisión cultural directa, inseparable de los actos mismos de la vida cotidiana, como aprendida en fuegos de campamento, excursiones colectivas y otras actividades para-escolares -y en esto los padres son en gran parte los discípulos de los hijos. El referente máximo que la preside y determina, esta judeidad, es Israel, la patria verdadera de todos los judíos. La identidad de los judíos que saben valorar como es debido su identidad se confunde totalmente con el sionismo.

Cuando el hombre del matrimonio amigo que he mencionado más arriba murió, pronto hará veinte años, en la tercera y última noche de shiva, el velatorio ritual en el que la casa del difunto se llena de amigos y parientes que vienen a hacer compañía y relevar de todo trabajo doméstico a las mujeres de la familia, que se sientan en sillas bajas en medio de la habitación, dos o tres de los presentes hicieron breves parlamentos en elogio del fallecido. Uno de ellos empezó diciendo: «Al igual que yo, el fallecido tenía la firme convicción de que la judeidad es una forma superior de humanidad». Estoy seguro de que al hombre no le pasó por la cabeza-y eso solo ya es bastante significativo-que allí pudiera haber nadie que no fuera judío. De hecho, éramos sólo cuatro, mi mujer y yo y otra pareja de vecinos y buenos amigos, entre setenta u ochenta personas-la mayoría de las cuales era perfectamente consciente de nuestra presencia, empezando por la mujer y los hijos del fallecido. Nadie dio ninguna muestra de sentirse mínimamente perturbado o incómodo ante esta declaración. No es que esta fuera una reunión de supremacistas judíos. Eran todos gente de eso que se llama clase media, de instintos esencialmente conservadores, votantes del Partido Liberal o, sobre todo, apolíticos.

Habría bastado que a uno solo de ellos se le hubiera ocurrido que aquello podía causar ofensa a los cuatro gentiles presentes para que todos -incluyendo, sospecho, el que lo había dicho-se hubieran apresurado, probablemente no a tanto como ofrecernos excusas, pero sí a tranquilizarnos asegurando que no nos lo teníamos que tomar en sentido personal. Pero esto es justamente lo que es perturbador: que una enormidad así se pueda decir y escuchar, no con plena conciencia de lo que se dice o escucha y con toda deliberación o en respuesta afirmativa a ella, sino como quien dice u oye que hoy es jueves o que mañana hará buen tiempo. Porque dicho u oído en una ocasión como la que yo he descrito, en un barrio sólidamente mesocrático de una pequeña ciudad mesocrática inglesa, entre gente respetable y razonablemente europea, el significado de la frase y sus implicaciones quedan diluidos hasta la inanidad. Pero trasladadlo a Israel o, sin movernos de Inglaterra, al contexto de una contra-manifestación a una manifestación en favor de la causa palestina y lo que era subliminal sube a la superficie y la hiperbólica, inofensiva autocomplacencia identitaria se endurece en racismo-no hay otra palabra para decirlo. Juzgar, desde fuera, a los que, como Hobsbawm o, guardadas todas las distancias, mi suegro -o, alabado sea el cielo, muchos otros judíos, pasados ​​y presentes- compartieron o comparten la identidad sin la autocomplacencia, es alimentarla, la autocomplacencia, con todo lo que ello implica. Y séame permitido añadir, en coda, que lo que aquí he dicho sobre la identidad judía se aplica a cualquier otra, la catalana incluida

 

FUENTE: L’Avenç, 462 (noviembre 2019), pp.8-10.


Traducción, Grup Colliure

Ilustraciones: Conversación sobre la Historia

Imagen de portada: la Gran Sinagoga de Londres, destruida en un bombardeo alemán en 1941 (foto: cablestreet.uk)

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