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Introducción

Francisco Acosta Ramírez
Universidad de Córdoba

 

No obstante, la semilla de las reivindicaciones proletarias no se había extinguido. Quedaban los estados mayores, bastante numerosos en algunos pueblos; quedaban rebeldes en todos. Estos núcleos, intensamente moldeados por la propaganda del período anterior y por la de principios de siglo, no se dejaban absorber por el helado ambiente de las masas. Siempre alerta, despiertos siempre, mantenían el culto de la inefable Acracia y avizoraban el horizonte esperando cada día la aurora de rojos dedos que acabara con las injusticias sociales. La revolución rusa de marzo de aquel año no llegó a convencerles (…)

A fines del año, la prensa burguesa y la prensa obrera esparcieron a los cuatro vientos el relato de un hecho estupendo: en Rusia los bolcheviques se habían hecho dueños del Poder público, y de la noche a la mañana aplastaban a la burguesía e instauraban un régimen netamente proletario y se disponían a ajustar la paz con Alemania. La noticia produjo el efecto de un explosivo entre los militantes del proletariado español, especialmente entre sindicalistas y anarquistas. Los toques de llamada resonaron, como al comenzar el siglo, en todos los confines de la Península; los propagandistas y directores del movimiento obrero, muy desalentados a la sazón, se aprestaron otra vez a la pelea.[1]

Así, invocando la imagen homérica de la diosa Aurora cuyos rosáceos dedos desvelan diariamente las puertas del cielo para que salga el Sol como metáfora de la revolución social que habría de traer la nueva sociedad, refería Díaz del Moral en su célebre Historia de las agitaciones campesinas andaluzas el arranque del ciclo de luchas sociales agrarias que sacudieron el campo cordobés entre 1918 y 1920. En ese periodo Andalucía se vio inmersa en un ciclo de conflictividad social agraria sin precedentes llamado a tener particular protagonismo en la provincia de Córdoba gracias a la mirada que proyectó sobre aquellas movilizaciones populares el notario de Bujalance. En un estudio destinado a convertirse en obra pionera de la historia social en España, Díaz del Moral bautizó aquel ciclo conflictivo de revueltas agrarias y urbanas como «Trienio bolchevista», una noción llamada a tener una notable proyección historiográfica como definidora de la naturaleza de aquellas convulsiones campesinas.

El presente volumen recoge las versiones académicas de las intervenciones que articularon las Jornadas Cien años del Trienio Bolchevique en Córdoba: el legado del siglo xx hoy, que a instancias de la Delegación de Cultura de la Diputación Provincial de Córdoba se celebraron en la localidad cordobesa de Fernán Núñez entre el 6 y el 8 de noviembre de 2018. El texto se acomoda a la estructura de unas Jornadas concebidas en un registro divulgativo para el gran público. El objeto era inmiscuirlo e invitarlo a la valoración y a la discusión del hoy, a partir del balance y el análisis que historiadores y demás científicos sociales participantes les propusieron respecto al pasado y a algunos procesos clave del siglo xx asociados a las luchas sociales objeto de la conmemoración.

Mitin republicano en Villanueva de Córdoba, el 16 de febrero de 1918

Desde hace tiempo la historiografía en general, y la española en particular, viene acomodando su planificación académica pública y editorial —no tan claramente su agenda de investigación— a la cadencia conmemorativa. Razones de oportunidad que, en síntesis, tienen que ver en no poca medida con una mejor predisposición institucional y editorial a destinar recursos para ello, así lo justifican. Se advierte en estas mismas páginas en la aportación que cierra el volumen (Duarte) como estos eventos de interés conmemorativo pueden recabar una atención desigual según los casos. A diferencia de lo acaecido con otras conmemoraciones, la de la revolución soviética y su impacto ha registrado un tono relativamente discreto en la opinión pública, quedando esencialmente circunscrita al ámbito académico de los especialistas. Para nosotros, los cien años del Trienio Bolchevique propiciaban la oportunidad, no solo de recapitular y reconsiderar los sucesos concretos de Córdoba, o la influyente obra de Díaz del Moral —que también— a la luz de las investigaciones realizadas y de nuevas interpretaciones, y de reflexionar sobre su alcance y relevancia histórica, si no, en un sentido más amplio y significativo, invitaban a valorar la vigencia y significación de procesos más amplios como la propia experiencia soviética, sin duda, pero también los movimientos sociales, las vigencias de la utopía, y aún de la propia democracia hoy y en el futuro. No es este, por lo tanto, un enfoque cuyo radio de interés se limita a los sucesos cordobeses y andaluces del Trienio, si no que, muy al contrario, desde el significado de aquellos como experiencia social, trata proyectarse ofreciendo materiales para la reflexión sobre algunas de las ideas y procesos definitorios del siglo xx, y aún del actual.

La primera parte del volumen propone algunas claves de comprensión y pautas interpretativas de los grandes procesos generales y español del periodo seminal de la primera posguerra mundial, que no solo explican y confieren sentido el gran movimiento social del Trienio, si no que van a convertirse en claves del desarrollo histórico del siglo xx. Desde una perspectiva histórica larga, la primera gran guerra cierra la puerta al siglo xix y la abre al nuevo mundo del siglo xx. A corto plazo, el periodo de entreguerras asiste a la configuración y consolidación de las fuerzas llamadas a enfrentarse en 1939: los fascismos, el comunismo soviético, y una democracia en tránsito desde las versiones liberales hacia nuevas formulaciones. Dos de esos vectores concurren en los campos de la Andalucía del Trienio: los ecos de octubre y el dilema de la democracia.

La revolución rusa en el Diario de Córdoba, 11 de noviembre de 1917

En febrero y en octubre sendas revoluciones derrocaban el zarismo en Rusia y abrían la puerta al primer régimen de inspiración comunista instaurado en el mundo. La onda expansiva de aquel fenómeno transformador fue honda y profunda. Reestructura el mundo. A largo medio y largo lo polariza en dos modelos de organización social antagónicos y enfrentados. De inmediato para amplios sectores populares, sobre todo entre el obrerismo consciente, la victoria bolchevique en la lejana y distante Rusia galvaniza por fin la utopía revolucionaria de la sociedad igualitaria forjada en las entrañas del siglo xix como reacción al sistema social impuesto por el despliegue del liberalismo capitalista. La traslación del eje gravitatorio del obrerismo revolucionario a la Rusia bolchevique después del triunfo soviético allí, propicia una reordenación del mapa del proletariado organizado que implicará en el caso español, además de la aparición del comunismo, la necesidad de replanteamientos, reubicaciones y reafirmaciones doctrinales y estratégicas para el socialismo y el anarquismo. En el caso de este último, crucial en el soporte de las conmociones sociales del Trienio andaluz, frente a las tesis dominantes, la revolución bolchevique habría producido el efecto de exorbitar a amplios sectores del cenetismo de las posiciones anarquistas en beneficio de las bolchevistas (Mayayo).

La revolución rusa no solo conmocionó al movimiento obrero. Con semejante intensidad otros sectores sociales e ideológicos, articulados en el amplio y variado espectro político que quedaba fuera del obrerismo de clase, lo percibieron como una amenaza. Ante ella articularon respuestas diversas. Y entre estas un sector del reformismo burgués, que fragua como una adaptación/mutación del liberalismo elitista clásico a la sociedad de masas de entreguerras, redobló su convicción en la idea de la necesidad de afrontar y resolver la cuestión social como método de garantizar la estabilidad constitucional. Sobre la base, entre otras, de esa nueva idea para el nuevo siglo xx (Lario) va a progresar la, a la postre, endeble oleada democratizadora de posguerra. Si bien, poco después, tras la derrota del fascismo en la II Guerra Mundial dicho modelo entreverado con las aportaciones de la socialdemocracia se consolidará como la alternativa al socialismo realmente existente. Colapsado este a finales de los ochenta, a juicio de algunos, la cultura democrática liberal reinaría sin adversarios en la era del fin de la historia.

Despliegue de la guardia civil en Granada en febrero de 1919, durante su intervención que causó tres muertos (imagen: Mundo Gráfico)

En España ese reformismo liberal democrático se topó tras el final de la gran guerra con la resistencia de la monarquía liberal de Alfonso XIII (Peyrou) que dio la medida de su incapacidad para la democratización en la propia respuesta represiva dada al movimiento campesino. La monarquía y las viejas oligarquías no advirtieron en qué medida la mutación del sistema canovista hacia estándares democráticos —los de la posguerra europea—, constituía la posibilidad de su propia supervivencia. En lugar de ello, en 1923, la monarquía abjura del canovismo para fiar —a la postre erróneamente— su supervivencia a la solución dictatorial. Por el camino, el ya muy nutrido caudal del reformismo en sus múltiples formas y variantes, burguesas y de clase, había sido desdeñado. El resultado fue su decidido encauzamiento hacia la fórmula republicana de gobierno como única vía de alcanzar la democracia, y el reforzamiento del maximalismo revolucionario de algunas posiciones dentro del obrerismo socialista y cenetista. El enfoque de la crisis española de posguerra desde el angular de la democratización fallida, propicia nuevas interpretaciones de las grandes movilizaciones agrarias del Trienio, mas atentas, no ya, como otrora, a sus perfiles más revolucionarios, sino a lo que suponían en cuanto expresión de demandas de mejora de las condiciones de vida y trabajo y de integración en los mecanismos de toma de decisiones sociales y políticas de unas masas explotadas y excluidas del sistema por partida doble: por su condición de tales, y por agrarias.

Las mujeres obreras sumaron una tercera exclusión que no impidió, sin embargo, su activa participación en las luchas sociales del primer tercio del siglo xx en el conjunto de España, y en Andalucía en particular (Prieto). Cierta interpretación marxista, en su taxonomía de los movimientos sociales, tendió a catalogar las luchas y las protestas colectivas de las mujeres entre las expresiones prepolíticas, poco ideologizadas, de la acción social en la medida en que entendían que no se adecuaban ni a la estructura institucional, ni al repertorio de acción del obrerismo de clase organizado. Desde una óptica interpretativa menos rígida, los motines fiscales y por las subsistencias, contra los consumos, o en defensa de los servicios asistenciales, considerados característicos de la movilización femenina, dejan de ser advertidos como una respuesta poco moderna, y, en lo que implicaron de denuncia del caciquismo, de demandas de acceso a los poderes locales y a los centros de gestión de los recursos, o de defensa de determinados valores de la comunidad, se inscriben de manera congruente y coherente entre las expresiones de lucha de los sectores populares en reivindicación de un modelo social más democrático y equitativo. Procesos de lucha que por su intensidad y amplitud alcanzarán una dimensión sin precedentes, debido fundamentalmente a la coyuntura de rápido deterioro de las condiciones materiales que se produce como consecuencia de los efectos económicos de la inmediata posguerra mundial en los campos andaluces, y no tanto, o en menor medida, por los lejanos ecos de las calles de San Petesburgo.

El monumento a Antonio Barroso y Castillo, símbolo del caciquismo en Córdoba, antes y después de su destrucción por los manifestantes en 1919 (fotomontaje: La Esfera)

La segunda parte de volumen, centrada en la experiencia concreta del Trienio Bolchevique andaluz, pivota en buena medida precisamente sobre esta cuestión. Con carácter general, el conjunto de las aportaciones comparten una perspectiva crítica respecto a las interpretaciones clásicas del Trienio dominantes en la historiografía ya desde la propia publicación del volumen de Díaz del Moral a finales de los años veinte, y básicamente reeditadas por la primera historiografía social postfranquista en los años setenta (Acosta y Cruz). Como no podía ser de otro modo, estas tesis iniciales han ido ajustándose a medida que nuevas investigaciones (Barragán) propiciaron su reevaluación y amolaron las que fueron revelándose como sus aristas más simplificadoras, controvertidas y discutibles. El asunto del ascendiente causal de la revolución bolchevique en el ciclo conflictivo andaluz es una de las tesis clásicas que no ha resistido el contraste empírico con nuevas fuentes y nuevas miradas (Barragán, Robledo, Acosta y Cruz). En contraposición a la misma se sostiene como la ignición del conflicto hay que buscarla en las crisis económica de posguerra, actuando sobre las particulares condiciones socio económicas de la explotación agraria andaluza, en el contexto de modernización agrícola limitada que caracterizó el periodo (Robledo). El aliento revolucionario procedente de Rusia conforma sin duda uno de los elementos coadyuvantes para la organización y movilización del campesinado (Robledo, Acosta y Cruz) y qué duda cabe que fue percibido como una verdadera oportunidad de realizar la revolución por parte de los elementos más instruidos e ilustrados del proletariado, significadamente del anarquista en el caso cordobés y andaluz (Watanabe), y de que estos intentaron trasladarlo a las bases; pero como hemos mantenido ya en otra ocasión «el llamado Trienio Bolchevique, pese a las connotaciones revolucionarias de su denominación, poco tuvo que ver con proyecto articulado alguno de transformación social radical, sino más bien con una reactivación del movimiento asociativo agrario en reivindicación de mejores condiciones de trabajo»[2]. Obviamente no se trata de eclipsar, o minusvalorar, con carácter general, la importancia de la estrategia revolucionaria impulsada por el obrerismo consciente, ni la incidencia de planteamientos ideologizados de clase que pudieron implementar anarquistas puros, anarcosindicalistas o los propios socialistas en los campos andaluces de la posguerra mundial, pero en comparación con su protagonismo y capacidad movilizadora durante el periodo republicano (Watanabe), no parece que el ciclo conflictivo del 18-20 sea parangonable.

Huelgas agrícolas durante el «trienio bolchevique». Fuente: J. Maurice, El anarquismo andaluz. Campesinos y sindicalistas, 1868-1936 (Barcelona, Crítica, 1990)

En el caso de Díaz del Moral y de su obra nos encontramos con la inusual circunstancia de que el deslumbrante reflejo de la arquitectura científica de Las agitaciones ha desviado la atención de las implicaciones políticas de la obra. En buena medida puede que ello tenga que ver con el hecho de que esta se recuperase, y se rehabilitase con justo entusiasmo, mucho después de que viera la luz por primera vez en 1929 después de un largo periodo de hibernación durante el franquismo. Cuando ocurrió su potencial como fuente y como pionera y referente metodológico de la sociología y la historiografía social, relega a un segundo plano en qué medida es una obra política, militante en el contexto de su época; y expresa en ese sentido las posiciones sociales y doctrinales de su autor Juan Díaz del Moral, un notario social poco imparcial (Robledo), inevitablemente implicado y afectado por la cuestión social en función de sus intereses como propietario olivarero y activista patronal (Acosta y Cruz). Díaz del Moral es una brillante expresión intelectual de ese reformismo burgués al que nos referíamos que provee una solución conservadora a la cuestión social (Robledo). Una visión alarmada o preocupada ante la expectativa revolucionaria del ciclo conflictivo (Barragán) favorecía los posicionamientos de estos sectores en orden a la urgencia de una intervención social en el campo. Aunque esta intervención fuera ciertamente limitada como queda de manifiesto en las posiciones que Díaz del Moral mantiene en el debate de la reforma agraria durante la Segunda República; debate, en el que tiene una posición privilegiada y un protagonismo directo como presidente de la comisión parlamentaria que prepara el proyecto de reforma agraria durante 1931 y 32. La propia obra Las agitaciones, no lo olvidemos, reza con el subtítulo Antecedentes para una reforma agraria.

A pesar de esta labor de desmitificación del Trienio como trasunto hispano del bolchevismo (Barragán), y, en un sentido más amplio en el contexto de la labor de desmontaje de los tópicos interpretativos regeneracionistas y neoregeneracionistas de la historia contemporánea andaluza, acometida por algunos sectores historiográficos desde hace ya algunos años, sorprende la pervivencia y la fijación de algunos de esos tópicos, como el del espontaneismo revolucionario, remachado por el propio Díaz del Moral. Persistencia observable no sólo, ni de hecho fundamentalmente, en ámbitos académicos sino en el imaginario colectivo del pasado perceptible en el espacio de lo público. Resulta llamativo (¿desconcertante?) como expresión de la persistencia de clichés, el caso, por ejemplo, del predicamento de la figura de Díaz del Moral entre sectores de la izquierda académica y política. Resulta preocupante además que lejos de diluirse o atemperarse, en el marco de los nuevos medios y canales de comunicación social los tópicos y las percepciones estereotipadas sobre el pasado tiendan a perpetuarse y a potenciarse, poniendo de manifiesto las divergencias entre los discursos académicos sobre el pasado y usos públicos del mismo, a menudo abusivos (Acosta y Cruz).

Anarquistas detenidos en Sevilla (ABC 9 de febrero de 1921)

Revolución, utopía, comunismo, democracia, masas y movimientos sociales son algunas de las ideas-fuerza que definieron la Europa de entreguerras y la época del Trienio Bolchevique. De estas ideas y de su proyección actual se ocupa la tercera parte de este volumen. Todas esas ideas son marchamo del siglo xx corto, aquel que alcanza precisamente desde la Primera Guerra Mundial hasta la el colapso del socialismo realmente existente a finales de los ochenta y principios de los noventa. Si la pregunta es qué queda de todo eso hoy, una respuesta posible es que podemos reconocer todas esas realidades en nuestro entorno pero su fisonomía, sus contornos y sus contenidos han cambiado. Han ido mutando su sentido por los efectos que la experiencia histórica del siglo pasado ha producido en su propia percepción social hoy, y por su operativa en el contexto de las nuevas realidades actuales. Sin duda vivimos tiempos de transformaciones estructurales profundas —y en ese sentido revolucionarias— cuya capacidad de incidir en la vida de los seres humanos todavía solo avizoramos. Véase la descodificación del genoma humano o el cambio en la tecnología de la información y las comunicaciones. Sin embargo, la confianza en la revolución como mecanismo de transformación sociopolítica parece haber dejado de estar en la agenda de los movimientos sociales. Y si lo está, ya no es al modo en que la entendieron en el xix y en el xx (Pro). Mayo del 68 evidenció, como el asalto al poder del estado, mecanismo irrenunciable del manual revolucionario en 1789 en Francia, 1917 en Rusia, o en 1979 en Irán, no era indispensable para conseguir cambios relevantes en las tectónicas sociales. Los feminismos parecen haber conseguido —o estar en vías de hacerlo— resultados parecidos sin recurrir, ni aspirar, a derribar el sistema político. Y quizás eso tenga sentido en un contexto donde, aun en crisis y amenazada, la democracia se mantiene como el modelo ideal de gobierno. Seguramente es lo que corresponde a un momento en que las utopías ecuménicas emancipadoras de antaño, han dejado paso a utopías sectorializadas, fragmentarias (Pro). Otras alternativas, o quizás expresiones retorcidas de la utopía como la distopía o la retropía de la que hablaba Zigmut Bauman en sus últimas reflexiones, compiten hoy como horizontes o advertencias de un futuro incierto e inquietante.

Despliegue de la guardia civil durante la manifestación en Córdoba el 17 de febrero de 1919 (foto: Mundo Gráfico)

Desde la perspectiva del estudio de los movimientos sociales habríamos recorrido el camino que va desde las utopías del movimiento obrero (comunismo, anarquismo y socialismo) hasta la contextura, las formas y expresiones de los llamados nuevos movimientos sociales en la segunda mitad del siglo xx. Unos movimientos sociales cuya vocación global puede resultar problemática sobre todo considerada desde un esquema simplificador de la evolución de los movimientos sociales (Flesher). Porque en efecto, el movimiento obrero no fue el único movimiento social en el pasado. Hubo otros, y algunos de ellos, como el sufragismo o el abolicionismo, respondieron a intereses y demandas por y para grupos específicos. Mas fructífera sería la distinción entre movimientos sociales materialistas y postmaterialistas, es decir aquellos que, a partir de los sesenta-setenta del siglo xx plantean sus reivindicaciones desde la premisa de tener satisfechas sus condiciones básicas de reproducción social. Aunque esta tampoco sería la diferencia sustantiva de los movimientos sociales en la actualidad que radicaría en la existencia de dos culturas políticas básicas en su seno: la de la izquierda institucional y la de los movimientos autónomos. Diferentes lógicas organizativas de acción colectiva sustanciarían las divergencias básicas de las respectivas culturas políticas (Flesher). El movimiento del 15-M constituiría la expresión de esa tipología de movimiento social autónomo en nuestro país.

La constatación de la desigualdad conforma el impulso fundamental de este tipo de movimientos sociales. En este aspecto coinciden con otras ideologías y utopías del siglo xx como el comunismo, del que sin embargo si distinguen en sus ejes ideológicos básicos y en las culturas políticas y reivindicativas (Flesher). Ciertamente el desarrollo del socialismo real tras el triunfo del bolchevismo en Rusia, fue diversificando las formulaciones y las vías políticas del comunismo hasta el punto de que comunismo no resulte hoy un concepto perfectamente clarificador de las diversas vías que lo han desarrollado (Andrade). Tras su derrumbe como sistema político procede preguntarse qué queda de la que fuera una de las más poderosas (¿la más?) expectativa de redención social. Algunas ideas sobre esta cuestión proveen los tres textos que agrupados bajo el título Tres perspectivas del comunismo a cien años vista de la revolución rusa, recogen las versiones escritas de los participantes en una mesa redonda de las Jornadas. La diversidad de los enfoques es aparente, en el sentido por lo menos de que no resultan inconexos, ni dispersos, sino que, en este caso, las propuestas se complementan en la expresión de la complejidad poliédrica de los análisis.

Manifestación del primero de mayo de 1919 en Madrid (foto: luchadeclases.org)

La memoria colectiva sobre la experiencia vivida en regímenes comunistas por los propios protagonistas es sin duda una de las retóricas con mayor peso a la hora de articular los relatos valorativos del comunismo. El proceso de construcción de dicha memoria es sin duda complejo y está mediado, además de por otros factores, por la propia vivencia posterior, y, lo que no es menos importante, está interferida por la construcción de memorias y discursos oficiales sobre el pasado. El caso de la conmemoración del centenario de la revolución en la Rusia de Putin evidencia el tramado de intereses que se dan cita en los procesos de evaluación/(re)construcción del propio pasado comunista (Garrido).

Las dificultades del balance de la propia experiencia histórica del comunismo, su importancia, a su vez, y paralelamente, como herramienta analítica y de comprensión e interpretación de ese propio pasado y de la realidad presente; la ya referida pluralidad de relatos y posiciones políticas e ideológicas que se reclaman y se reconocen como comunistas, y a la vez los posicionamientos y los discursos frente a esos relatos en el marco de la propaganda y las luchas políticas del siglo xx, son elementos que no pueden soslayarse a la hora de hacer el balance crítico del comunismo —de los comunismos— hoy (Andrade).

Las posibilidades de un retorno del comunismo al escenario histórico, «ese peligroso quizás», pasan en todo caso por superar la melancolía paralizante de la izquierda y articular, a partir de una reinterpretación de la experiencia y la tradición doctrinal marxista y de una profundización radical de la democracia, una agenda movilizadora con la que enfrentar las modalidades contemporáneas del capitalismo. En definitiva cambiar los referentes del marxismo para la reactivación de una nueva hipótesis comunista emancipatoria de la dominación neoliberal campante tras el fin de la historia (García).

El autocomplaciente y exultante fin de la historia voceado por el liberalismo tras la caída del socialismo real, y el anuncio del nuevo reinado de la democracia liberal capitalista, de momento solo parece haber acertado para uno de los elementos del binomio: porque en efecto el liberalismo capitalista se asienta como sistema económico global, pero no parece que la democracia le siga el ritmo. Si la conquista de la democracia ha sido uno de los logros de las luchas sociales del siglo xx en buena parte del mundo, su estatus de sistema político deseable asentado tras la II Guerra Mundial asociado al desarrollo del estado de derecho y el estado del bienestar, está hoy amenazado por varios flancos. La crisis económica del 2008 parece haber desanclado definitivamente la democracia del estado del bienestar. Los exclusivismos identitarios crecientes, radicalismos fundamentalistas de diverso orden y otros fenómenos asociados a la globalización, o los populismos vienen sometiendo a altas tensiones al sistema democrático. El debilitamiento del vínculo entre el estado democrático y la ciudadanía, con su correlato de desafección, hastío y pérdida de confianza, es una de las expresiones actuales de esa desazón democrática; de esa paradoja democrática en virtud de la cual un sistema político universalmente aceptado, genera cotas crecientes de desafección precisamente donde está mejor asentado (Valencia).

Con independencia, y a la espera, de que puedan resurgir o refundarse otros ideales, la democracia parece hoy la única utopía posible, o, cuanto menos, una condición inexcusable para cualquiera de las que puedan plantearse. Los historiadores somos malos augures, pero en este caso, además, las luchas sociales de principios del siglo xx, las del Trienio andaluz entre ellas, y en general las del siglo xx, proporcionan enseñanzas sólo relativamente útiles, más allá del propio valor de las luchas y los movimientos sociales en la consecución de derechos y en el gobierno del destino de las sociedades. Aquellos hombres y mujeres fundaron las esperanzas de su lucha en el horizonte de mejorar sus condiciones de vida; algunos incluso en el advenimiento de auroras de rojos dedos que desvelaran un mundo justo. Todas aquellas luchas descansaron sobre la confianza, consciente, o no, en la idea ilustrada de progreso y en las posibilidades de un crecimiento material que hiciese viable el sueño igualitario. Hoy, el uso depredador del progreso científico-técnico produce el efecto contradictorio de acortar las posibilidades de la vida humana sobre el planeta. Nos acercamos al momento, si es que no hemos llegado ya, en que la acción social humana pierda la facultad de intervenir sobre su propio destino. Esta situación es nueva para los historiadores. ¿No será este el fin de la historia?


Notas

[1]   Díaz del Moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas (Antecedentes para una reforma agraria) (Madrid: Revista de Derecho Privado, 1929; edición facsimil – Córdoba: Diputación de Córdoba, Ayuntamiento de Bujalance, 2009), pp. 282-283.

[2]   Acosta Ramírez, Francisco; Cruz Artacho, Salvador y González de Molina, Manuel, Socialismo y democracia en el campo (1880-1930). Los orígenes de la FNTT (Madrid: Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, 2009), p. 345.


 

ACOSTA RAMÍREZ, Francisco (coord.): La Aurora de rojos dedos. El Trienio Bolchevique desde el Sur de España. Granada: Comares, 2019.

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Ilustraciones: Conversación sobre la Historia

Imagen de portada: manifestación en Córdoba el 17 de febrero de 1919 a su paso por la calle Nueva, de camino al ayuntamiento (foto: Mundo Gráfico)

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