Reseña de libros

Rafael Serrano García
Universidad de Valladolid. Ha publicado diferentes estudios sobre el Sexenio Democrático y es autor de la biografía «Fernando de Castro. Un obrero de la humanidad (1814-1874)».

 

En la colección rotulada como “Españoles eminentes”, que editan conjuntamente la editorial Taurus y la Fundación Juan March no debían faltar las biografías de mujeres a las que, con toda justicia, cabe atribuir ese calificativo y llama la atención de que esa apertura haya dado comienzo mediante sendos estudios, aparecidos con un breve intervalo de tiempo, que se dedican a dos escritoras del siglo XIX (o en la frontera con el XX): Concepción Arenal, que ha corrido a cargo de Anna Caballé, y Emilia Pardo Bazán, de la que se ha ocupado Isabel Burdiel, catedrática de Historia contemporánea y gran especialista en el género biográfico (en la historia biográfica, como ella seguramente preferiría que dijéramos), en tanto que practicante y estudiosa del mismo. Con anterioridad, como es conocido, ofreció al público una aclamada biografía de la reina Isabel II.

Aunque en un plano general en el siglo XIX las mujeres (y no solo las españolas) no experimentaron avances en cuanto al reconocimiento de sus derechos o a su igualación en el plano jurídico a los varones, eso no quiere decir que algunas puertas no se entreabrieran para permitirlas una mayor presencia y reconocimiento en la esfera de lo público que con anterioridad, en el Antiguo Régimen apenas habían podido franquear, o no en la misma medida. Y una de esas puertas no cabe duda que lo fue la literatura aprovechando las oportunidades que la expansión de lo impreso les ofreció también a ellas y que en parte se justificaba porque el concomitante aumento del público lector –de los públicos, en realidad- incluyó de una manera muy destacada a las propias mujeres, de clase media sobre todo. El Romanticismo, por otro lado, con su exaltación del yo, especialmente en el terreno de la creación artística o literaria, fue un factor coadyuvante, a pesar de que la atribuía esencialmente al género masculino  y que la mujer, si bien era idealizada por el artista, quedaba limitada a objeto pasivo, con escaso margen para el desarrollo de sus dotes creativas. Pero es cierto que de forma un tanto oblicua o asumiendo en sus obras los estereotipos de género imperantes en la sociedad burguesa (el modelo de ángel del hogar, importado de Inglaterra) muchas escritoras, también en España pudieron dar a conocer sus producciones, aunque pocas hubiera que se atrevieran a expresar sentimientos de rebeldía, de transgresión o a reivindicarse como creadoras al mismo título que sus colegas masculinos (salvo algunos ejemplos aislados, como el de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosario de Acuña…).

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Emilia Pardo Bazán durante la II Exposición Rexional de Arte Galega (A Coruña, 1917) (publicada en Nuevo Mundo el 21-09-1917)

No fue el caso de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), la escritura coruñesa que constituye el objeto de esta cuidada biografía en la que su autora nos ofrece el perfil de una escritora valiente, atrevida, incluso, a la hora de emitir sus juicios o de tomar iniciativas que la colocaran en el lugar de la República de las letras al que sus méritos literarios la hacían acreedora pues se consideraba –y quería ser tratada- como alguien igual a sus colegas masculinos, para desazón y enfado de buena parte de ellos como Menéndez Pelayo, Pereda o Juan Valera. O como Leopoldo Alas, Clarín para quien Pardo Bazán llegó a convertirse en una verdadera obsesión no dejando pasar oportunidad para humillarla o intentar apearla del pedestal literario al que con todo merecimiento se iba alzando.

Es cierto que la novelista contaba, por encima de todo, con muchísimo talento y capacidad de trabajo, y con un apetito voraz por estar bien informada de las últimas novedades en el campo literario, pero también en el del pensamiento además de con otras bazas que la ayudaron en la persecución de sus metas, como su crianza en una familia de la pequeña nobleza gallega, perceptora de buenas rentas lo que le aseguró, a todo lo largo de su existencia, un desahogo económico y una entrada casi natural en los ambientes elitistas, de Madrid en especial, en un tiempo en el que un manejo inteligente de esas relaciones podía favorecer mucho el emprender una carrera como la literaria, incluso tratándose de una mujer. Era, además, si no particularmente hermosa, muy simpática, con mucho sentido del humor aunque su vanidad o una cierta extravagancia pudieran conducirla a situaciones a veces embarazosas. Pero en quien el elitismo o el aristocratismo, ciertos, la pudieron ayudar a superar la trampa del hogar burgués como sugiere la autora.

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Emilia Pardo Bazán en su infancia (foto: Casa-Museo Pardo Bazán)

El libro arranca, lógicamente, de sus orígenes gallegos, deteniéndose singularmente en la figura del padre, José Pardo Bazán, un hidalgo liberal pero de fuertes convicciones católicas que favoreció las ansias de saber de una niña que rápidamente se convirtió en una lectora empedernida. La etapa del Sexenio, de cuyo ambiente político dejaría constancia en una de sus primeras novelas, La tribuna, la marcó profundamente inclinándola hacia el carlismo, una filiación política de la que no tomaría distancias hasta bastante más tarde pero que fue compatible con una práctica muy liberal y tolerante en cuando a sus amistades intelectuales (así, su temprana relación con Giner de los Ríos y otros miembros del núcleo krausoinstitucionista) o su vida privada como testimonian sus amores con Benito Pérez Galdós o con José Lázaro Galdeano (su matrimonio temprano, en 1868, con otro aristócrata gallego, José Quiroga terminó en una separación mutuamente convenida). Nunca fue una admiradora del parlamentarismo liberal, un rechazo o reserva que en su caso se acentuaba por la exclusividad que el sistema otorgaba a los varones en cuanto al disfrute de derechos políticos o por el machismo que alentaba en instituciones como la Real Academia Española, que una y otra vez rechazó la candidatura de Doña Emilia a formar parte de ella.

Algo que constituyó una herida a su orgullo, tanto más cuanto se sabía –y lo era en realidad- superior intelectualmente y como escritora a la mayoría de los que se sentaban en sus sillones. Porque Pardo Bazán, tras unos tanteos poco afortunados –pero significativos desde el punto de vista biográfico- en la poesía, en el pensamiento político (su Teoría del sistema absoluto, que ha estudiado Jesús Millán) o, incluso, en la literatura religiosa, con su vida de San Francisco de Asís, empezó a probarse en la ficción escribiendo algunas novelas de las que Un viaje de novios constituyó una muestra alentadora y que fue bien acogida por la crítica. Para entonces, ya a caballo entre La Coruña (como se escribía en tiempos de la escritora) y Madrid simultaneaba la práctica de la literatura con frecuentes colaboraciones periodísticas, otra faceta que cultivó intensamente a lo largo de toda sus vida por medio de la cual suscitó interesantes debates como sus artículos en torno al naturalismo que se reunieron bajo el título de La cuestión palpitante constituyendo el acompañamiento de su primera novela importante, La tribuna (1883). Sus frecuentes estancias en París es obvio que la ayudaron mucho también.

Emilia Pardo Bazán

A partir de ahí, y hasta el ciclo formado por La Quimera, La sirena negra y Dulce sueño, publicado entre 1903 y 1911, que acusa la influencia del modernismo y del decadentismo –Pardo Bazán siempre estuvo muy atenta a los giros en los gustos literarios, particularmente en Francia- la escritora construyó una imponente obra novelística jalonada por obras centrales en la literatura española (Los pazos de Ulloa, La madre naturaleza, Insolación, Doña Milagros, Memorias de un solterón –en que llegó a la cumbre de su talento narrativo- La piedra angular…) cuyos significados y valores, no solo literarios, sino también políticos, o político-culturales son resaltados y analizados por Isabel Burdiel con una gran sagacidad. Y valiéndose de una información depurada, a la vez que ingente. El análisis se extiende, por otra parte, a otras teclas que pulsó la escritora, como la literatura de viajes, sus numerosas colaboraciones periodísticas, en medios españoles pero también, americanos, sus conferencias, sus obras de teatro –una incursión fallida por parte de Pardo Bazán- su vasta correspondencia de la que por desgracia solo se conservan sus cartas, pero no las que recibió, y hasta libros de cocina, que también tienen interés por cuanto se inscribirían en un proyecto más vasto de nacionalización y de entrada en un género que parecía también reservado solo a los varones.

Ese afán febril por intervenir en el espacio público – y por ser reconocida en él- se explica en gran medida por la “pasión política”  que la dominó, según Isabel Burdiel y que constituiría una clave principal para entender su trayectoria. Una pasión que es preciso leer, muy en primer término, desde el feminismo con el que se identificó y del que se hizo portavoz (no de un movimiento, que apenas existía en España y que cuando empezó a emerger, desde aproximadamente la segunda década del siglo XX, discurrió por otras vías de las seguidas por la escritora) a pesar de que el papel, probablemente capital que Doña Emilia jugó en él no le ha sido suficientemente reconocido.

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Pero de forma explícita, por medio de afirmaciones como la de que se consideraba una feminista radical o del análisis de las tramas de sus novelas, por la edición de obras como The subjection of women, de J.  Stuart Mill (que publicó bajo el título de La esclavitud femenina), por el modo como afrontó otras cuestiones que formaban parte de la agenda política de la España finisecular, como la regeneración de la nación española, un debate en la que ella se implicó a fondo, el tema de la injusta subordinación de las mujeres, su carencia de derechos, aflora de una forma o de otra. Y en algo que tiene que ver con todo esto también: su relación amorosa con Benito Pérez Galdós que, yendo a la contra del legado romántico, fue un amor moderno, entre iguales, a salvo de las tensiones propiciadas por la desigualdad.

Aunque es claro que su feminismo no puede vincularse con una cultura política progresista y secularizada pues Pardo Bazán no rehuyó el dar pruebas de su catolicismo ni suscribió propiamente la ideología liberal (en las últimas fases de su vida, incluso, se mostró proclive a justificar ciertas formas de autoritarismo, siguiendo la pauta costiana) en realidad sus planteamientos en torno a la igualdad entre los sexos tienen más que ver con el individualismo liberal y, más concretamente, con John Stuart Mill que con una supuesta naturaleza femenina. Lo que la llevaría, por ejemplo, a desmitificar la maternidad como si se tratara del destino natural de la mujer. Interpreta por ello la autora que su feminismo era muy moderno y que en él la disolución del lazo entre mujer y maternidad personal o social adquiere un papel estratégico. Su novela Memorias de un solterón sería muy significativa en ese contexto.

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Fragmento de una carta manuscrita de Emilia Pardo Bazán (foto: archivo de la RAE)

Resulta difícil, en fin de cuentas, condensar en una breve reseña la riqueza de matices y de enfoques sobre la vida y obra de Pardo Bazán que encierra la obra. Solo diremos, para rematar, que la exigencia intelectual y el toque cosmopolita –apoyados en una densa y depurada erudición- que demuestra Isabel Burdiel a la hora de escribir esta biografía, se encuentran a la altura de los que la propia Doña Emilia acreditó a lo largo de su carrera.

Una cita suya, de una carta a Clarín, de marzo de 1889, nos dará pie para concluir:

«Yo no soy redentora, predicadora, ni emancipadora. Pero que siempre que al alcance de mi mano, en mi esfera de acción, sin comprometer una buena causa con ridiculeces, pueda reivindicar algún derecho para esta categoría de parias y sudras a que estamos relegadas, lo haré, lo haré, lo haré (…), y al menos constará el día en que, habiéndose desterrado muchas preocupaciones, se acuerde alguien de mí, que llevaré tantos años de pudrirme en la huesa».

 

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