Alberto Reig Tapia

Catedrático de Ciencia Política de la Universidad Roviri i Virgili (Tarragona)  desde 2002. Acaba de publicar con Josep Sánchez Cervelló (coordinadores) ‘La Guerra Civil española, 80 años después. Un conflicto internacional y una fractura cultural’ (Tecnos, Madrid, 2019).

 
El 1 de abril de 1939 el general Franco firmaba el último parte de guerra informando que tenía «cautivo y desarmado» al ejército «rojo» y que la guerra había terminado.
Habían muerto 300.000 españoles en combate, muchos de ellos fusilados sobre el terreno. La propaganda oficial proclamaba que había llegado la paz y que «quien no tuviera las manos manchadas de sangre no tenía nada que temer y sería acogido en la España de Franco con las manos abiertas». Era mentira.
El mezquino y rencoroso caudillo mantuvo vigente el estado de guerra hasta 1948 para acabar de exterminar a los «rojos» que aún se le resistían.
Los pelotones de fusilamiento proseguían su ritmo frenético, pues no había llegado la paz sino la victoria, y la pretendida justicia de Franco frente al terror «rojo» no era sino una manifestación primaria de rencor vengativo indiscriminado, humillaciones, torturas y abandono a su suerte de los enfermos y famélicos derrotados, hacinados como animales por el mero hecho de haber defendido la democracia republicana.
Las cifras aún incompletas de la represión franquista causan verdadero pavor. Hasta Heinrich Himmler, creador de los campos de exterminio nazi y máximo corresponsable del genocidio judío y de otros grupos humanos, en su visita a España en la inmediata posguerra como máximo dirigente de la terrible Gestapo alemana, recomendó acabar con la feroz represión que practicaba el Nuevo Estado, pues no tenía sentido una vez sometido todo el país y necesitado de toda la mano de obra disponible para la reconstrucción nacional proseguir la masacre. ¡Un nazi pidiendo contención al santo cruzado y magnánimo caballero cristiano!
El coste humano del terror lo han establecido los especialistas en 49.272 víctimas en zona republicana (José Luis Ledesma), y en 130.199 (aún incompleto) las que tuvieron lugar en la zona franquista (Francisco Espinosa). Pero no acabó ahí el horror.
Esta es la terrible aritmética de la represión franquista: 50.000 fusilados y muertos por enfermedades y desnutrición entre 1939 y 1946; 250.000 exiliados; 45.000 presos políticos todavía en 1945; 155.000 presos en batallones disciplinarios hasta 1945; 20.000 presos en colonias penitenciarias; 5.000 muertos en los campos de exterminio nazis; 52.000 docentes depurados entre 1938 y 1943; 16.000 maestros y 500 profesores de instituto expulsados; 50 condenados a muerte por delitos políticos entre 1954 y 1963; 30.000 niños robados; 53.500 detenidos y procesados por el TOP desde 1963 a 1976; 7.000 detenidos por motivos políticos entre 1974 y 1975; 17 huelguistas muertos por represión policial entre 1969 y 1973; 4.400 despidos por huelgas ilegales en 1974; siete condenas a muerte por consejos de guerra entre 1973 y 1975; 21.000 condenados por la Ley de Peligrosidad Social entre 1970 y 1979 por su condición sexual; 285 objetores de conciencia encarcelados entre 1958 y 1976; 233 muertos por actuación policial y/o por tramas ultraderechistas entre 1975 y 1982.
Estos son los datos más relevantes según la detallada y documentada ponencia que nos presentó Fernando Hernández Sánchez en un Congreso internacional celebrado en Atenas (la semana pasada, 3-6 de abril) con motivo del 80 aniversario del fin de la Guerra Civil. Luz y taquígrafos, pues.
Está muy claro quien ganó la guerra civil y quienes la perdieron. No se trata de remover viejas heridas ni de jugar al maniqueo, sino de dejar a los historiadores que hagan su trabajo, y queden sus resultados circunscritos a los libros de los especialistas sacando de la discusión pública el uso presentista de la historia con mezquinos fines políticos.
Basta ya de manosear la Memoria Histórica y de calumniar a las familias que apenas quieren sepultar dignamente a sus muertos aún en las cunetas y las fosas comunes donde yacen como si fueran perros para vergüenza del Estado que no supo o no quiso asumir esa inesquivable responsabilidad. Será sencillamente intolerable que se pretenda seguir utilizando esta cuestión en la inminente campaña electoral.

Tarragona
Beatificación en Tarragona de 522 españoles mártires, octubre de 2013

Si verdaderamente se quiere terminar con esta cuestión, dado que las víctimas de los vencedores las tienen cristianamente enterradas, beatificadas, honradas y recordadas en sepulturas dignas, la solución es bien sencilla: hacer un pacto de Estado entre todos los partidos para que no quede ni un solo español mal enterrado. Entonces acabará definitivamente la Guerra Civil.
Los congresos nacionales e internacionales que se están celebrando con motivo del 80.º aniversario de su final son terminantes al respecto: la guerra no fue inevitable.
No cabe impugnar los resultados de las elecciones de febrero de 1936. No hubo tantos muertos en la República como se dice tan a la ligera, fueron 2.629: 13,5% bajo el bienio republicano-socialista y 65% bajo los gobiernos radical-cedistas. De ellas 1.550 (75%) fueron causadas por las fuerzas de seguridad del Estado que, a su vez, sufrieron no menos de 455 bajas (González Calleja).
Es evidente que no mataron todos por igual siendo la proporción de víctimas rigurosamente contabilizadas hasta ahora de 3 a 1 a favor de los vencedores. No hubo conspiración izquierdista previa que exigiera la sublevación militar preventiva que, en definitiva, hizo posible la Guerra Civil.
Y para concluir: la República no quiso la Guerra Civil. Azaña, Martínez Barrio, Besteiro, el mismísimo Negrin, quisieron impedirla. No puede decirse lo mismo de los generales sublevados: Franco, Mola, Queipo de Llano, que la quisieron con voluntad genocida. No pretendieron un simple golpe de Estado que rectificase la República, sino borrar del mapa su simple espíritu erradicando «la mala semilla».
Hubo desde el mismo 1931 una conspiración en marcha de los monárquicos que fraguó definitivamente en 1935 con la Italia fascista de Mussolini para comprar aviones de combate por si fallaba el golpe desencadenar la guerra, como efectivamente ocurrió. Mucho antes pues de las elecciones de febrero de 1936. No estaban dispuestos a permitir un nuevo triunfo de la izquierda.
Lean a los historiadores serios que no hacen demagogia en los medios y en las redes sociales. Ignoren a los plumillas de poca monta que no saben hacer más que crispar y excitar los ánimos de la gente que no tiene acceso a la literatura especializada o apenas le interesa la Guerra Civil para manipularla y utilizarla como arma de combate político para denigrar al adversario queriendo apenas convertirlo en su enemigo.
Ya hay una respuesta clara documentada a la pregunta de «¿quién quiso la Guerra Civil?» Acaba de publicarla el profesor Ángel Viñas: No fueron las izquierdas republicanas sino los monárquicos reaccionarios. El asesinato de Calvo Sotelo y la muerte del general Sanjurjo le despejaron el camino al ambicioso general Franco.


 
“Ochenta años después (1939-2019)”, Diari de Tarragona, 12 de abril de 2019

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