Luis Castro Berrojo
Historiador

 

En 2016 Ignacio Sánchez Cuenca publicó «La desfachatez intelectual», un alegato contra toda esa pléyade de escritores y publicistas españoles que frecuentan las tribunas de prensa y las tertulias públicas para opinar sobre todo lo divino y lo humano «sin entrar en demasiados detalles acerca de las razones para defender una postura» y “con una mezcla de frivolidad en los contenidos y prepotencia en la forma estilística”. Con viveza polémica y abundantes ejemplos, el libro de Sánchez Cuenca muestra la distancia abismal que suele haber entre el crédito literario y mediático de estos autores y, por otro lado, la escasa consistencia racional de sus opiniones cuando abordan temas sociales o políticos.

Estos escritores prodigan la crítica y la descalificación, pero las aceptan muy mal cuando otros les dan una dosis de su propia medicina; “prefieren evitar el debate y el intercambio de argumentos, lo que no les impide lanzar dardos de mala uva contra los que no opinan sobre ellos”. Sánchez Cuenca habla de personajes como Fernando Savater, Javier Marías, Muñoz Molina, Javier Cercas, Félix de Azúa, Arcadi Espada y otros a los que la transición posfranquista dio una visibilidad y un protagonismo que hasta la fecha no han perdido. Aunque no han evolucionado mucho en cuanto a su actitud prepotente, sí lo han hecho ideológicamente, pasando de un izquierdismo más o menos radical en su juventud a una postura actual más conservadora. Sin embargo, su marcado individualismo –o egocentrismo, que les lleva a hablar una y otra vez de sí mismos, de lo que piensan, de lo que les pasa, de lo que les gusta o desprecian– hace difícil encajarlos en una filiación ideológica o partidista concreta, si bien muestran, salvo alguna excepción, una querencia dextrógira, españolista y reaccionaria.

Antonio Muñoz Molina y Javier Marías se leen mutuamente en Madrid, 1997 (foto: Javier Salas)

Este tipo de periodismo se ha enquistado en la esfera de la opinión pública española y resulta bastante estéril a la hora de plantear y dar soluciones a los graves problemas de nuestra sociedad. Es más, el estilo agresivo y falto de respeto del que hacen gala estos autores contribuye muchas veces a crispar aún más el panorama político, ya de por sí bastante polarizado. Cuando Sánchez Cuenca escribió ese libro, podía pensarse que estos autores irían a menos y con el tiempo perderían crédito, pero, como se puede comprobar, hoy están en candelero con tanto o más protagonismo que hace unos años, sin que falten ocasiones en las que ocupan buena parte del primer plano mediático, como ocurrió en la concentración de la Plaza de Colón contra el indulto a los presos del procés. Puesto que la sociedad española en los últimos tiempos se ha ido polarizando política y socialmente debido a crisis de distinto tipo y al desgaste del sistema político de la transición, ellos también han extremado sus posturas y así han  pasado de la crítica infundada a la descalificación sin paliativos, de la opinión arbitraria a algo muy cercano a la mentira, del sarcasmo al insulto, de lo mal que está todo al “esto ya no tiene remedio”.

En este artículo aportamos algunos ejemplos recientes de estas prácticas periodísticas, comentando principalmente varios artículos de Javier Marías y de Félix de Azúa, que nos parecen especialmente significativos por su reincidencia y por reunir todos los defectos que se señalan. Mostramos también modos ya patológicos de periodismo que infectan algunas cabeceras conservadoras de provincias, donde campa el sectarismo político más descarado junto a formas de expresión deleznables.

Finalmente se aborda, sin profundizar demasiado, otro tema relacionado: el papel que tienen –o que deberían tener– las direcciones de los medios de prensa que albergan a estos tertulianos y columnistas en cuanto a censurar o, al menos, corregir y limitar, aquellos mensajes que atenten contra la verdad o los principios básicos de la educación y la convivencia (codificados, sin ir más lejos, en los libros de estilo de los propios medios). Si no hay una actitud más enérgica en este sentido y si, por otra parte, tampoco se permite una mayor participación del lector para replicar o criticar esos mensajes –cosa que ocurre, por ejemplo, en El País con la mayoría de sus columnistas–, se podría hablar, como hace Sánchez Cuenca en su libro, de cierta impunidad, que permite a algunas plumas consagradas escribir o decir lo que les venga en gana según el humor con el que se hayan levantado ese día, pero sin mayor atención a la veracidad o los buenos modales.

Andrés Trapiello lee un manifiesto en la manifestación de junio de 2021 en la Plaza de Colón de Madrid (foto: A.Pérez Meca/Europa Press)
Javier Marías y la ley Celaá (O de ciudadanos analfabetos, políticos imbéciles y tertulianos necios)

De algún escritor romántico se ha dicho que era “una exquisita máquina de sufrir”, algo que también cuadra perfectamente al novelista Javier Marías. Si a los del 98 les dolía España (“a mí, que tanto me duele España –decía Unamuno–, mi patria, como podía dolerme el corazón, o la cabeza, o el vientre”), a Marías le molestan y amuelan las maldades y la ignorancia del mundo y de la vida en general, especialmente en Madrid y sus inmediaciones. Y le duelen mucho, por eso se queja mucho también; no deja de expresar un descontento permanente. Conociéndole, sus lectores de EL PAÍS abren las páginas del suplemento preguntándose “¿de qué se quejará Marías esta semana?”

Se puede empezar con una anécdota: su padre, don Julián, iba a veranear con la familia a la fresca y tranquila ciudad de Soria durante muchos años y luego Javier compró allí un piso con ubicación privilegiada: frente al paseo del Espolón y el parque de la Dehesa. Pero lo abandonó, pues, según dijo, no podía aguantar los ruidos y voces de los señores mayores que jugaban a la petanca en el parque. Así que, viviendo habitualmente en el centro de Madrid, es comprensible su cabreo cuando baja a la calle y se encuentra con las jaranas del turismo de borrachera, una vez que la ciudad se ha convertido en «la taberna de Europa, atrayendo a todos los turistas etílicos del continente (…), que ni siquiera usaban la mascarilla cuando esta era obligatoria”.

Javier Marías y Arturo Pérez Reverte (foto: Jeosm/Zenda Libros)

Últimamente se las tiene con los “idiotas” que no se ponen bien la mascarilla, los que andan por la calle mirando al móvil sin fijarse por dónde pisan o los que dejan el patinete en medio de la acera. Pero sobre todo le sulfuran los políticos, especialmente si están en el gobierno. De estos ha llegado a decir que son “espantosos” y “amplio grupo de subnormales” (columnas del 15 y del 22 de noviembre de 2020 en El País Semanal). Llegados a cierto punto, el gran escritor no se puede aguantar su indignación y los insultos acaban imponiéndose sobre las buenas maneras de profesor ex oxoniense. Y en este punto me viene a la memoria su padre, don Julián, al que vi y escuché algunas veces en Soria (por cierto, tenía un timbre de voz estupendo) y al que nunca me imaginaría en la tesitura político-moral de su hijo Javier. En su libro España inteligible. Razón histórica de las Españas (de 1985), se sorprendía porque “por lo visto, esta nación irrita, se prefiere la idea de que España es un país anormal, conflictivo, irracional, enigmático, un conglomerado de elementos múltiples que no se entienden bien”. Él en cambio pensaba que este país no era tan diferente de los demás ni por tanto valdrían juicios comparativos odiosos e injustos. Una opinión contrastante respecto de las de su hijo Javier.

Este guarda una inquina especial para los responsables de la política educativa en España. El domingo 17 de diciembre de 2020 Marías dejaba entrever en su columna que el proyecto de ley de educación promovido por Isabel Celaá no le gusta ni un pelo. Es -decía- “necio”, “servil”, “idiota” y “enloquecido”. Lo que no quedaba tan claro es a qué se debían estos calificativos, pues no exponía argumento alguno y luego pasaba a contar una anécdota de unos turistas treintañeros ignorantes: no habían oído hablar de la Anunciación cuando un guía les enseñaba el pórtico de una iglesia. Seguramente –suponemos– estos jóvenes no cursaron religión, pues la LOGSE, vigente en su época, planteaba esta asignatura como de obligada oferta para los centros y optativa para los alumnos. Pero, al parecer, para nuestro escritor era punto suficiente como para calibrar la ignorancia juvenil y la decadencia de la educación en España. Pocas semanas después Marías vuelve a la carga: “… se logra [con las reformas educativas] que los escolares no sepan pensar, ni hablar propiamente, no digamos escribir. La creación de tarugos es un objetivo indisimulado de los políticos obtusos de nuestro tiempo” (El Pais semanal 17/1/2021).

Javier Marías a la sombra de Don Julián (foto del blog de Javier Marías)

Si para Azúa Rodríguez Zapatero ha sido “el peor dirigente que ha soportado España desde Fernando VII”, para Marías cada ley de educación ha sido peor que las anteriores y por ello hoy padecemos un atajo de políticos “mentirosos e incumplidores” que tienen poco más que el graduado escolar o han recibido el título en alguna universidad de provincias (columna del 29/11/2020).

Siguiendo el hilo de su argumentación, se deduce que Marías prefiere la educación franquista reinante en su época o, incluso, la ley Moyano de mediados del siglo XIX, que estableció la educación primaria como algo obligatorio pero no puso medios para que así fuera. De este modo, hacia 1900 –momento en que se crea el Ministerio de Instrucción pública– la mitad o más de los españoles seguía siendo analfabeta. Ahí no había esas diversificaciones curriculares, promociones con suspensos o temas transversales que tanto sulfuran a Marías, pero los niños salían de la escuela sabiéndose de memoria el catecismo y la lista de los reyes godos (si bien no completa). De acuerdo con el concordato y con la confesionalidad de todas las constituciones decimonónicas, tanto la ley Moyano como el nacional-catolicismo daban a los curas la asignatura de doctrina y moral cristiana desde las escuelas elementales y por eso sería inconcebible que los jóvenes ignorasen los dogmas religiosos. Pero parece que Marías no fue muy aplicado en esa asignatura, pues, como se aprecia en la columna que comentamos, confunde los dogmas de la inmaculada concepción de María y el de su virginidad.

Escribe Marías algo más sobre una «violación colombina» o «no consumada» al referirse a la Sagrada Concepción, pero obviamos el comentario por no caer en la procacidad de mal gusto. (Pero si su profe de religión hubiera leído el artículo, seguro que le hubiera dado dos buenos capones por palabras tan indecorosas).

Jorge Herralde, Javier Marías, Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Álvaro Pombo (foto: Anagrama)

Más recientemente Marías publica dos columnas tituladas “Famosos imbéciles morales” (El País Semanal, 5 y 12 de septiembre de 2021). ¿A quién se refiere esta vez Marías? Para que no haya dudas menciona por su nombre a catorce políticos de distinto color, españoles y extranjeros, que han ocupado u ocupan algún cargo representativo, siendo “perfectos imbéciles”. (Lo de famosos es, nos dice, un anglicismo, con lo que el insulto se amalgama con la impertinencia del sabihondo. Para arreglarlo, aclara que no se trata de un insulto, “sino de una descripción”). Pero el cum laude mariano se lo lleva la que fue encargada de la educación en el gobierno anterior de Sánchez, a la que alude como “la tonta locoide de la clase”.  No se menciona a los insultados por decoro y porque no creemos que entre la clase política haya más o menos imbéciles, o genios, que entre la población en general o, para el caso, entre los escritores. Pero de nuevo observamos la inconsistencia de tal juicio descalificador. Y no es que Marías no pueda llevar algo de razón en lo que dice sobre algunas actuaciones políticas, pero el tremendismo expresivo y las malas formas devalúan unas opiniones que, dichas con la contención que cabría esperar de un gentleman, ganarían bastante. Quizá lo que quiere decir es cierto, lo que dice no. O, como decía Machado, se pueden tener razones sin tener la razón.

Pero, ¿cómo ha sido posible que semejantes patanes e indocumentados hayan sido votados y hayan podido ocupar puestos de gobierno? Ahí Marías señala a los tertulianos de los medios como principales responsables de ello, pues “se sabe bien –dice– qué clase de personas acomplejadas precisan de una legión de necios para afianzarse”. Lo dice cuando la rentreé política de este año ha llevado a esas tertulias a una nueva promoción de opinantes, entre los que están algunos recién salidos de puestos de gobierno, como Pablo Iglesias, Carmen Calvo, Susana Díaz, García Margallo y José Luis Ábalos. Ahí habría cuatro “necios” más (a Iglesias ya le había citado), con lo que, si no legión, al menos dispondremos de una buena cosecha de ellos en este curso.

Rosa Montero en el Hay Festival de Segovia (septiembre de 2020) (foto: Antonio de Torre/El Norte de Castilla)

Pero en todas partes cuecen habas, pues según Fernando Savater la calidad de los políticos no es mucho mejor en otras partes. Debemos “perder la ilusión de que en Europa los parlamentarios tienen las virtudes morales e intelectuales que echamos de menos aquí. La proporción de cretinos y oportunistas que hablan de lo que no saben es estable en toda asamblea humana” (El País, 8/5/2021). Rosa Montero empieza hablando de los “necios” y “estúpidos” que asaltaron el Capitolio, pero enseguida se calienta y clama: “está arrasando el mundo una tormenta fatal de necedad con una capacidad destructiva mayor que mil Filomenas” (…) “Los mentecatos, en fin, se multiplican últimamente como conejos. Todos ellos son desesperantes y dañinos” (El País semanal, 10/1/2021). Y Sánchez Dragó, imbatible a la hora de soltar disparates redundantes, ha afirmado recientemente que “el mundo, es decir, la gente, los seres humanos, han perdido el juicio; todo el mundo se ha vuelto loco (…), estamos regresando al mono (…), la humanidad se encuentra en la séptima extinción”. (Intervención en los XXXII Encuentros eleusinos, Segovia, 10/9/2021).

En fin, que si para Descartes el sentido común era la cosa mejor repartida en el mundo, estos filósofos locales están más bien con el profeta que sentencia “todo hombre se ha vuelto necio, carece de conocimiento” (Jeremías, 51).

Menos mal que Díez Ayuso y los presidentes de otras comunidades del PP se resistirán a aplicar la ley Celaá en aras de la “libertad” y así podrá ponerse algún paliativo al avance general del virus de la ignorancia.

Fernando Sánchez Dragó, un habitual de los Encuentros Eleusinos de Segovia, en el XXXII Encuentro, celebrado bajo el título “Mens sana” el 10 de septiembre de 2021
Félix de Azúa y sus “falsedades” históricas

Nos quejamos de ese bronco periodismo de trinchera que con demasiada frecuencia echa mano de descalificaciones generales y de juicios carentes del más mínimo fundamento. Un paso cualitativo en ese indecente proceso expresivo es el que va de esa descalificación y del juicio precipitado al insulto y la falsedad. Algunos lo dan sin pensarlo.

Recientemente, Félix de Azúa hablaba de la “mal llamada” (sic) conquista de América por España, en la que más bien se debía ver “una acción civilizadora y alabar las sucesivas disposiciones de la Corona” encaminadas al bien de los indios occidentales. Azúa se alinea así con una escuela historiográfica que podríamos llamar revisionista, según la cual no hubo tal conquista, ni hubo colonialismo o, de haberlo habido, no tiene punto de comparación con lo que hicieron los ingleses en Norteamérica, por ejemplo. Así el historiador Fernández Armesto defiende que no se puede hablar “en absoluto” de conquista por parte de los españoles, “sino de unos indígenas por otros, de la cual los españoles se aprovechaban”. Y no fue Cortés, sino Doña Marina, la Malinche, india náhuatl concubina del extremeño, “la que lo dirigía todo: la diplomacia que dio paso a la alianza que venció a los aztecas y las masacres de Cholula o de los nobles aztecas asesinados en la fiesta de Toxcatl en Tenochtitlán” (“Mitos de la conquista de América”. El Mundo 27/3/2019). Y el profesor argentino Marcelo Gullo, que sería un desconocido aquí si no fuera porque la prensa de extremo centro ha jaleado la publicación de su libro Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán (2021), afirma taxativo: “la leyenda negra de la conquista española de América, es la más exitosa ‘fake news’ (sic) de la historia, la obra maestra del ‘marketing’ político británico” (declaraciones a la agencia Efe, 10/6/2021).

Félix de Azúa ingresa en la RAE en 2016 (foto: Efe)

Pero no queremos entrar aquí en esa polémica, propiciada por el V centenario de la toma de Tenochtitlán por Hernán Cortés, el II de la independencia mexicana y cierta misiva del presidente López Obrador a Felipe VI, que a algunos les ha parecido indignante. Sí, en cambio, digo que me llamó la atención que Azúa recurriera al antropólogo Lèvi Strauss como autoridad que avalaría este tipo de opiniones. Como me pareció extraño que el autor de  Tristes trópicos sostuviera tal cosa, fui al artículo donde supuestamente las expresaba. Y sí, allí se lee que la corona de Castilla formuló “la única política colonial reflexiva y sistemática que se haya conocido (…) con cuidado sobre las responsabilidades del hombre hacia el hombre”, pero a continuación queda no menos claro que eso quedó “en el plano teórico” de la buena voluntad de la corona y de algunos de sus consejeros, ignorada en la práctica por “la brutalidad, la indisciplina y la avidez de los ejecutantes”. Es cierto que, desde el testamento de Isabel I y las “leyes de Burgos” en adelante fueron muchas las normas que la corona de Castilla dispuso para limitar el abuso de los españoles sobre los indios, pero América estaba muy lejos de la corte y allí predominaba más bien el dominio y la explotación de estos, ya fuera mediante el sistema de repartimientos, encomiendas, mitas o misiones.

Pero más grave me pareció un artículo anterior de Azúa, una columna titulada “Falsedades” (El País, 19/1/2021) que llevaba la siguiente entradilla: “los inmigrantes que llegan al Reino Unido se ven ahora aún más humillados teniendo que memorizar una sarta de embustes”. Se refería a un manual del Ministerio del Interior inglés, “Life in the United Kingdom”, destinado a proporcionar nociones básicas de cultura inglesa a inmigrantes que quieren asentarse en el Reino Unido.

Azúa no conocía propiamente la publicación y basaba su columna en un artículo de Frank Trentmann, “Britain First”, en el que se desautoriza el libro como una mera sarta de estupideces y de narcisismo patriotero, poniendo como ejemplo risible que, según dicho libro, el Día D “los británicos invadieron Europa”, olvidando que lo hicieron con las tropas aliadas.

Félix de Azúa entre Alberto González Troyano y Andrés Trapiello, en 2019 (foto: RAE)

La cosa me parecía demasiado absurda y, yendo al texto de referencia, veo que pone lo siguiente (traduciendo del original, que puede verse por internet): “… los Aliados llegaron a tener suficiente fuerza como para atacar al ejército de Hitler en Europa occidental. El 6 de junio de 1944, tropas aliadas desembarcaron en Normandía (suceso que se conoce como “Día D”)”. Y en el cuestionario de evaluación posterior se da como respuesta válida  la D (“On 6 June 1944, allied forces landed in Normandy”), no la B (“British invasion of Europe in 1944”), que es la que, según Azúa, recoge la publicación. ¿Qué libro es el que han leído Azúa y el tal Trentmann?

Por lo demás, tras la lectura del apartado histórico del manual (que contiene también temas políticos, culturales, etc.),  como docente puedo decir que parece correcto en líneas generales, dentro de una simplicidad de conceptos comprensible, dados los destinatarios. Además, su dosis de etnocentrismo o de autoestima nacional no es mucho mayor que las que se pueden advertir en textos de divulgación de este tipo de los gobiernos de otros países, como es el caso de Francia o España, sin ir más lejos. Digo esto porque Azúa acaba su escrito lanzando una insinuación sarcástica sobre los nacionalistas catalanes y vascos, que, como se sabe, son para él bestias negras. Da a entender que en las escuelas por ellos gestionadas es corriente una visión sesgada de la historia que persigue encauzar las mentes infantiles hacia el independentismo (de donde, suponemos, se derivaría la conveniencia de “españolizar” la educación, como diría el Sr. Wert). No puedo asegurar si eso ocurre o no hoy con los libros de texto catalanes (aunque algún amigo mío me asegura que no es así); pero no lo era cuando trabajé como docente en Barcelona hace años, en un momento en que la educación dependía ya de la Generalitat. Pero, puestos a ver la paja particularista en otros, no está de más recordar que la historiografía española no carece de obras lastradas de españolismo, desde Ganivet y Menéndez Pelayo en adelante.

Por otra parte, Azúa es bien conocido en los medios por sus abusos expresivos, hasta el extremo de bordear el insulto y la calumnia (o, a veces, caer en ellos). Y cuando los lectores se quejan de ello al Defensor del lector de El País, responde con una justificación muy traída por los pelos: él, dice, sufrió el franquismo y de ahí le viene su “agresividad quizá censurable”. Aunque ahora aquella época quede lejana, Azúa añade que nadie la hará cambiar de opinión.  Pero, evidentemente, no es su opinión lo que se cuestiona en este caso.

Félix de Azúa, Mario Vargas Llosa y Fernando Savater en un coloquio organizado por la Asociación de la prensa de Madrid en mayo de 2021 (foto: Zimbio)
“Periodismo” de escarnio en provincias

Quienes viven en provincias del interior pueden comprobar cada día que muchas cabeceras locales sirven de caja de resonancia a algunos de los políticos y columnistas más agresivos y practican un periodismo maniqueo y sectario, falto de matices y visiones alternativas, con demasiada frecuencia vehiculado en un lenguaje soez e impostado. En realidad, este estilo comunicativo –que se puede calificar como “periodismo de escarnio”– es lo habitual en algunos publicistas nacionales muy conocidos. Quizá el más caracterizado sea Federico Jiménez Losantos, cuyas invectivas le han costado más de una sentencia judicial condenatoria. Sólo daremos dos pequeñas dosis de su retórica echada para adelante: “la izquierda neocomunista, leninista y gramsciana es una mezcla de mentira y terror. Mentira para alcanzar el poder y terror para mantenerlo” (Libertad Digital, 12/9/2021). “A Marlaska le pasa como a los asesinos en serie, que no pueden parar y cada vez pasa menos tiempo entre un crimen y otro” (“Nazis de interior”, El Mundo, 22/9/2021).

El caso es que en algunos medios locales rivalizan con estas prácticas y alcanzan cotas expresivas aún más indecentes, si cabe. Veamos.

Algunos de los especímenes que pululan por el gobierno social-comunista no llegan a la categoría de ratas.” Tal cual: así reza el comienzo de un “artículo” en cierto periódico local de Salamanca a mediados de octubre de 2020. Más adelante, el autor –que es vicedirector del medio– señala a un ministro como “excremento de la vida pública” y en este estilo continúa el escrito. Sin querer, la mirada del lector escapa de estas miasmas verbales hacia otras zonas de la página, buscando un solaz que no encuentra. Pues otra columnista, en la misma plana, divaga acerca de los “ignorantes, pescadores de río revuelto y ciegos de poder”, también con el gobierno como referencia. Y aún un tercero, más culterano, en la página de al lado, titula “Idiotas”, aludiendo a los políticos en general y no sin antes explicarnos lo que significa idiótes en griego.  Desde luego, este tipo de exabruptos no son excepcionales, ni mucho menos, en este periódico. Tanto es así que el discurso a la larga resulta cansino y reiterativo.

Personal de la Gaceta Regional de Salamanca en los años 20 (foto: La Gaceta de Salamanca)

Hace años algunas cabeceras publicaron libros de estilo donde se fijaban sus principios éticos y profesionales, acordes con una sociedad democrática, tolerante y pluralista. Así, por ejemplo, en uno de ellos se dice que el escrito periodístico debe estar “expuesto de forma atractiva, dentro de unos mínimos de buen gusto y de respeto a las opiniones y sensibilidades ajenas (…). Por ello, excluirá de las columnas firmadas los insultos y las críticas extremas (…), que podrían dañar la propia credibilidad del periódico”. (Libro de estilo de El Mundo). El País, por su parte, hablando de las columnas de opinión, precisa que “acoge todas las tendencias, excepto las que propugnan la violencia para el cumplimiento de sus fines. Los responsables de la Redacción serán muy estrictos a la hora de rechazar opiniones insultantes, xenófobas, racistas, homófobas, difamatorias o de cualquier otra índole que atenten contra la dignidad de las personas”. Pero se ve que el diario local que comentamos carece de tal libro y de esa sensibilidad, y no cabe esperar del director función correctora alguna, pues, como se puede constatar a menudo, es de los más faltones en una tropa ya de por sí bastante deslenguada.

¿De dónde salen tales pedradas verbales, semejantes ventosidades expresivas, a veces de dimensión pantagruélica? A bote pronto, podría decirse que tal pose indignada es simple expresión de la frustración y del descontento vital. Quien más, quien menos, todos tenemos nuestras propias limitaciones y problemas, que se han magnificado en los últimos años por efecto de las crisis y del largo estado de excepción sanitario. De ahí podrían salir unos excesos verbales que, en el caso que comentamos, se orientan hacia el gobierno, al que se haría responsable último de la situación. También puede verse una relación dialéctica entre este periodismo y el agrio ambiente político reinante; tal como señala recientemente Juan Luis Cebrián, “la brutalidad del lenguaje político se ha contagiado además al periodístico, de lo que dan fe apasionadas controversias, gritos y desmayos de unos cuantos colegas míos pluriempleados por diferentes televisiones públicas y privadas, cuyo sectarismo supera en no pocas ocasiones al de los señores diputados”. Cebrián suele ser suaviter en sus modos, pero ello no le impide a su vez incurrir en juicios tremendistas y argumentaciones confusas, como cuando argumenta que  se está investigando a Juan Carlos de Borbón “de modo nada transparente” en “una especie de causa general contra el rey que contribuyó a traer la democracia a este país” (“En el nombre del rey y contra el rey”, El País, 6/9/2021). Y tiene tendencia a criticar a casi todos los partidos parlamentarios “sin distinción de ideologías” –como si todas fueran igualmente válidas y así resultara ecuánime– diciendo que incumplen la Constitución y que “la representación popular ha sido definitivamente ahogada por los excesos de sectarismo de las cúpulas de los partidos”. (“Intelectuales cabeza de chorlito”, El País 20/8/2021).

Juan Luis Cebrián y Felipe González (foto: Galde)

Tal actitud crítica, en sus debidos términos, resultaría útil y constructiva, pero, averiada por el desmadre verbal y la carencia de fundamento, se convierte en algo irracional, estéril y cobarde. Irracional, pues no se suele fundamentar en argumentos, sino en prejuicios; estéril, pues no da lugar a una reflexión ni ofrece alternativas; y cobarde, como lanzada a moro muerto, pues se vocea lejos del injuriado y sólo para la galería, lo mismo que esos fanfarrones que gritan tanto más cuanto más se alejan del escenario de la pelea. En un país lacerado por todo tipo de fatalidades, es algo muy perjudicial, pues crea o agrava problemas donde ya hay demasiados y hace más difícil ese esfuerzo común imprescindible para salir del atolladero en el que estamos. Por ello sería de gran interés atajar esa lacra, si queremos mantener nuestra convivencia y nuestro sistema político dentro de unos mínimos de decencia. Sea como sea, es una lástima que buena parte de la intelectualidad española carezca de un talante más constructivo y abierto, del que pudiera beneficiarse el conjunto de nuestra sociedad.

 

Portada: La reunión de la botica (1934), de José Gutiérrez Solana

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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1 Comentario

  1. Excelente argumentación frente a la actitud de unos cuantos salvapatrias, con patente de intelectual, que envenenan la vida social y las mentes de muchos lectores. Penosa tarea esta que acarrean excusando con razones éticas, de compromiso ético y social, el lodazal en que convierten los asuntos de que tratan. Hay quienes hacen profesiones de fe pro pane lucrando, y ya se sabe, cuanto más exabrupto chillón y sin sentido, más aliento recibes de los incondicionales del método. Una pena.

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