Se cumplen quinientos años de la caída de la Gran Tenochtitlán. La historia dominante ha convertido ese momento en el equivalente a la caída de toda Mesoamérica, de todo el mundo indígena prehispánico, ante el Imperio español, encarnado en las aventuras de un pequeño grupo de expedicionarios guiados por el genio político de Hernán Cortés.

La historia crítica ha desmontado ya lo fundamental de esta imagen canónica, esencialmente mitológica. Pero el mito sigue ganando batallas y mezclando lo que sucedió con su leyenda. Nexos ha convocado a un grupo excepcional de personas dedicadas a la historia con el fin de que revisaran, en una conversación escrita, las debilidades del mito, sus lugares comunes insostenibles y las nuevas preguntas que la investigación contemporánea se plantea cuando mira hacia lo que seguimos llamando, con anacronismo manifiesto, la Conquista de México.

La historia de la Conquista que se desprende de la ronda de reflexiones de Rolena Adorno, Federico Navarrete, Matthew Restall, Mauricio Tenorio y Camilla Townsend es la de un hecho infinitamente más complejo y extendido en el tiempo que la caída épica pero episódica de la Gran Tenochtitlán. El resultado es una visión alternativa de la Conquista y un trazo de la historia por venir sobre ella, y sobre la vasta construcción que la siguió, la Nueva España.

 

Rolena Adorno • Federico Navarrete • Matthew Restall
• Mauricio Tenorio • Camilla Townsend *

 

Para explicar eso que llamamos Conquista de México

Federico Navarrete: La guerra de 1519 a 1521 debe ser comprendida al revés de como la hemos explicado hasta ahora. La Conquista de México no fue sólo la derrota de los mexicas. Tampoco fue fundamentalmente una victoria española. Los expedicionarios no controlaron esta guerra ni impusieron con ella, de manera decisiva, su poder sobre los mesoamericanos en su conjunto. Eso vendría después.

Los vencedores de 1521 fueron una coalición interétnica, 99 % mesoamericana, con decenas de grupos aliados, como los tlaxcaltecas y texcocanos, que destruyeron a los mexicas por sus propias razones y objetivos. Los españoles, menos del 1 % de esta coalición, dependían por completo de sus provisiones y apoyo bélico, por lo que no mandaban sobre ella. La idea de que sí lo hacían es una ficción histórica y jurídica construida por Cortés en sus Cartas de relación. Lo que hicieron fue catalizar su construcción y aprovecharla en su beneficio. En igual medida los aliados manipularon y aprovecharon la capacidad de violencia española.

La guerra de 1519 a 1521 debe explicarse a partir de sus causas más directas y eficaces: las razones y los proyectos diversos de los miembros mesoamericanos de la coalición. También hay que tomar en cuenta el papel de las mujeres que mantuvieron vivos a los españoles y los incorporaron al mundo mesoamericano, en particular el de Malintzin, tan clave como el de Cortés en la construcción de las alianzas.

Para construir esta explicación debemos distinguir esta guerra del proceso de imposición del régimen colonial, iniciado años después. Éste fue sin duda su consecuencia directa, pero no era la única posible y tampoco puede explicar el resultado de la guerra, a menos que pretendamos invertir la relación entre causa y efecto. En 1521 la mayoría de los vencedores avizoraban, sin duda, otras alternativas políticas, basadas en las formas políticas mesoamericanas.

Por ello una nueva historia de esta guerra dará menos peso a las explicaciones de la supuesta victoria de los españoles como producto de su “superioridad” militar, tecnológica o cultural, o de procesos evolutivos o civilizatorios del Viejo Mundo. Estos factores pueden ayudar a explicar la posterior implantación del régimen colonial, pero no tanto los eventos entre 1519 y 1521, en los que los españoles no jugaron un papel tan determinante.

Cuando el extraño se vuelve aliado

Camilla Townsend: Estoy de acuerdo con lo que el profesor Navarrete ha expresado con tanta elocuencia. La victoria española se debió totalmente a las alianzas entre europeos y mesoamericanos, y los aliados indígenas con frecuencia manipularon la situación para avanzar sus propios fines. Nunca deberíamos imaginar que fueron engañados. Cada grupo —incluidas las mujeres, como el profesor nos recuerda— tenía sus propias razones para actuar como lo hizo. Además, no debemos imaginar que el colonialismo en su totalidad nació de las victorias militares de la década de 1520. Los eventos de los años que siguieron fueron un proceso social muy complejo.

Y, sin embargo, me gustaría discutir otra cuestión. Sí, la victoria se debió a las alianzas. Pero ¿a qué se debieron las alianzas?

Es demasiado fácil insistir en que todos en México odiaban a los aztecas. Muchos lo hacían, pero muchos otros los admiraban. En el valle central, los matrimonios mixtos y las lealtades personales unían a las clases nobles en formas complejas. Muchos tenían interés en que el control azteca continuara. En Texcoco, por ejemplo, algunos miembros de la casa real se aliaron con los españoles, pero otros fueron a Tenochtitlán a pelear hasta la muerte junto con los mexicas.

Incluso si fuera cierto que el mundo entero quería ver la caída de los aztecas, ¿por qué habrían creído que estos extranjeros serían quienes lo lograran? Como todos sabemos, aliarse con un desconocido trae consigo grandes riesgos. Los extraños vienen y luego se van. Por lo general, solemos apoyarnos en quienes conocemos bien.

La explicación, creo yo, es que existía una diferencia tecnológica, y que los pueblos indígenas la identificaron muy pronto. Debemos separar la superioridad tecnológica de la superioridad cultural, y cuidarnos de no confundirlas. Sin duda, los europeos no eran culturalmente superiores. Pero sí poseían un mayor poder tecnológico. Fue este hecho el que atrajo a tantos indígenas a su bando.

¿Y de dónde venían esas diferencias tecnológicas? Muchos estudiosos creen que se debe a que cada bando practicó la agricultura sedentaria en épocas distintas. La agricultura de tiempo completo surgió en el Creciente Fértil miles de años antes que en Mesoamérica, en parte debido a la riqueza en proteínas de las plantas del sudoeste de Asia. Esa coincidencia tendría enormes consecuencias en 1521.

Marcar 1517 en el calendario

Mauricio Tenorio: En 1517, Carlos, el joven hijo de la reina Juana —la Loca, decían, porque lo era o porque convenía que lo fuera—, llegó por primera vez a la península ibérica para ser jurado rey por las cortes castellanas y aragonesas. Desde aquel momento y hasta 1522, ese rey de chiripada enfrentó innumerables retos que estuvieron a punto de terminar con la posibilidad de crear el imperio universal a que aspiraba: a) En 1519, a la muerte de su abuelo, Maximiliano I, Carlos V inicia su costosísima campaña para ser elegido emperador del sacro Imperio romano. Necesitaba dinero, mucho, y eficientes cabilderos. b) Entre 1520 y 1521, Castilla estalla en rebelión popular y de nobles contra la imposición de extranjeros en los altos puestos de Castilla y contra la carga fiscal impuesta por Carlos V para pagar sus guerras y mordidas a los electores del sacro Imperio romano; los comuneros queman pueblos, toman ciudades, para exigir una comunidad de iguales en la diferencia. c) En 1521 el sultán otomano Solimán el Magnífico acechaba Austria, lo cual requería de más dinero, mercenarios y soldados italianos, españoles, holandeses, alemanes. Y d) un insurrecto Hernán Cortés estaba metido desde 1519 en una guerra civil indígena, intentando vender el posible triunfo de una alianza indígena como una conquista imperial que don Hernán pudiera canjear por perdón, honores y privilegios. De todo ello Carlos V sale avante, con dinero y con la espada: reprime brutalmente la revuelta comunera, logra ser elegido rey de Castilla y Aragón y emperador de una monarquía católica universal, hace retroceder al Imperio otomano con tropas de mercenarios pagadas en gran medida con los dineros de sus reinos peninsulares y, finalmente, en 1522, da por buena la conquista de Hernán Cortés, hasta entonces aventurero en desacato de la autoridad real. Todo pintaba bien para el joven emperador. En Europa se decía que desde Carlo Magno ningún emperador había logrado controlar tanto mundo. Poco más de treinta años después, abdica y se retira al monasterio de Yuste, y entonces la única empresa que aún parecía exitosa era la Nueva España. Su hijo, Felipe II, que no heredó el título de emperador, enfrentará nuevas revueltas en Cataluña y en Portugal, y la constante amenaza francesa e inglesa; le quedaban pocas cosas más confiables que su reino de la Nueva España.[Quien se enfrentó a las revueltas de Cataluña y Portugal fue Felipe IV, nota de CSH]

Como explica Federico Navarrete, este éxito ni pasó en 1521 ni fue español. Se trató de una guerra ganada por unas alianzas indígenas que tomaron venganza ante los mexicas; la victoria viró gradualmente en una prolongada dominación española, impuesta, sí, por las armas, pero sobre todo favorecida por la debacle demográfica, por las contradicciones internas de las distintas sociedades indígenas, por la amenaza de la frontera chichimeca, por la capacidad de absorber a las élites indígenas, de crear alianzas con la amenaza de la cruz y la espada, por las propias contradicciones españolas que llevan a la alianza de indígenas con órdenes religiosas y con la corona misma ante las aspiraciones de los conquistadores y sus descendientes; por el papel de los intermediarios bilingües o trilingües, sobre todo mujeres y esclavos negros, cuya suerte dependía de su capacidad de hacerse mediadores entre distintos grupos. Además, lo que estaba pasando no era nada nuevo. Otro grupo se imponía por las armas, cobraba tributo, exigía servicio y fidelidad a sus dioses. Había que acomodarse, como siempre. Y el acomodo, como siempre, fue violento pero sorprendentemente duradero. Hubo abusos, también ley y justicia; hubo nuevas conquistas conjuntas de españoles e indígenas, también derrotas y conflictos internos; triunfó la cruz, pero ni se dejó de perseguir la herejía ni la cruz volvió a ser la misma que antes del contacto; ganaron algunos peninsulares y criollos que se hicieron ricos, alguna nobleza indígena que mantuvo sus fueros y privilegios, y perdieron las mayorías, los plebeyos de todo jaez, incluyendo esclavos negros que pronto fueron traídos. Al clarear el siglo XVIII, aquel nuevo mundo era en verdad nuevo por ser al mismo tiempo la destrucción y la renovación tanto de lo viejo prehispánico como de lo viejo español. Y lo demás es historia. De esos lodos, estos polvos.

El impacto de las letras

Rolena Adorno: Ante la importancia que Federico Navarrete le atribuye con tino a las Cartas de relación de Hernán Cortés como fuente de la “ficción histórica y jurídica” que se ha llamado la Conquista de México, quiero insistir en el impacto de las letras en ese fenómeno. Es una lección impartida desde que Colón escribió en 1493 la carta que se ha tildado como la “del descubrimiento”. Esta otra historia —no la de los acontecimientos sino la de los escritos sobre ellos— manifiesta cómo los relatos de Cortés y los de sus seguidores se convirtieron en un monumento duradero en el siglo XVI, un lugar común difícil —si no imposible— de desentrañar en nuestro siglo XXI.

Identifico cinco hitos en la interpretación conquistadora, cuatro del siglo XVI y uno del siglo XX. Tres de estos autores del XVI —Francisco López de Gómara, Juan Ginés de Sepúlveda y Bernal Díaz del Castillo— trataron personalmente con Cortés; recrearon la versión triunfalista del capitán español. Fray Bartolomé de las Casas sirvió de contrapunto; condenó el mal empleo del concepto de “conquista”. A pesar suyo, las objeciones de De las Casas y sus partidarios sólo fomentaron más la defensa de la visión triunfalista, que fue seguida también por los autores-descendientes de los aliados autóctonos de Cortés. En conjunto, y sin descartar la circulación de sus ideas oralmente o en manuscrito, las Cartas de relación de Cortés, La conquista de México de Gómara, los argumentos de Sepúlveda en su Democrates Alter y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz constituyen, hasta nuestros días, “la conquista de México”. De las Casas fue su bestia negra.

En el siglo XX El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz reedificó la Conquista de México (mayúsculas suyas) sobre cimientos psicoanalíticos: Cortés, el padre español, y “doña Malinche”, la madre violada. Paz interpreta a estos personajes históricos como “símbolos de un conflicto secreto” sin resolver, pero al hacerlo retoma ideas acuñadas desde Gómara: caracteriza al soldado español del siglo XVI como la reiteración del guerrero medieval que luchaba contra moros y viste al Cortés heroico de Gómara con el traje del Cid. A pesar de que Paz reemplaza el providencialismo religioso español con la interpretación psicoanalítica moderna, queda en pie la imborrable “ficción histórica y jurídica” de la conquista de México. El arquetipo es provincia de las letras y de su impacto.

Después de la victoria

Mauricio Tenorio: Es cierto esto que dice la profesora Adorno: fue con letras que ganó la idea de “conquista” y que pudo escenificarse la translatio imperii, la transferencia de “legitimidad” de un supuesto imperio (mexica) a un nuevo imperio asumido “universal” (español, Habsburgo, católico). Aquí López de Gómara o Díaz del Castillo y, sobre todo, las Cartas de Cortés han sido las fuentes a las que los historiadores regresamos con asiduidad. Estos textos han sido leídos de distintas maneras como documentos de una historia, pero rara vez como historias de unos documentos. Y esto ha sido así desde William Prescott hasta Octavio Paz, como lo menciona la profesora Adorno. “¿Nos acordamos alguna vez de que no existe el manuscrito original de la obra de Cortés?”, se pregunta recientemente Luis Fernando Granados en el revelador texto introductorio de una nueva edición de las Cartas de relación (próxima a publicarse por la Universidad Veracruzana). Y añade: “¿Cómo es que no nos inquieta saber que Cortés no escribió un libro y que el volumen que lo contiene no es un documento sino un palimpsesto sin ninguna relación con la persona del ‘conquistador’? Desenredar la madeja historiográfica en que se han convertido las Cartas de relación tiene que empezar por el reconocimiento de estos pequeños hechos”. Y refiriéndose a la segunda entrega de Cortés, Granados afirma:

[…] el documento no es ni aspira a ser la segunda entrega de las Cartas de relación ni, mucho menos, el capítulo segundo de la Conquista de México. Termina cuando termina —tres párrafos después de mencionar los barquitos— porque se trata apenas de un informe, coyuntural, sin duda interesado y tramposo, “político” en la mejor y en la peor acepción del término, pero nada más que un informe, que puede emplearse para hacer historia pero que de ninguna manera puede considerarse como una historia.

En efecto, el arquetipo, como dice la profesora Adorno, lleva largo tiempo establecido, releemos los textos pero despreocupados de su propia historia textual. Y volvemos a encontrar más o menos lo mismo: buenos y malos, incluso en clave psicoanalítica, aunque al hacerlo Octavio Paz haya hecho un flaco favor a la historia. Porque, creo, lo de Prescott fue una epopeya moral, pero también una gran investigación, una pionera recolección de documentos. Lo de Paz fue el involuntario salto de los arquetipos a los estereotipos; superarlos viene costando Dios y ayuda. Más allá de los pleitos entre historiadores, ha sido más fácil aceptar la fantasmagoría del psicoanálisis que el enredo de la violación, la Malinche y la chingada.

Por otro lado, coincido también con el profesor Navarrete: en las alianzas entre acolhuas, xochimilcas, chalcas, huejotzincas, tlaxcaltecas, texcocanos y españoles cada uno tenía sus razones para embarcarse en una guerra atroz. Puede ser, como sugiere la profesora Townsend, que los mexicas contaran con más apoyo de lo que parece, pero no creo que sea posible precisar, con rigor empírico, el porqué de las alianzas y la exacta magnitud del amor u odio a los mexicas en Mesoamérica. Por un lado, la guerra era y es el hecho histórico perenne e innegable, con o sin españoles. Y las guerras mesoamericanas, hasta donde sabemos, llevaban al menos tres siglos de involucrar alianzas de todo jaez, hasta la victoria de la triple alianza en México-Tenochtitlán. Alguna vez Inga Clendinnen definió al “imperio” mexica como “an acrobats pyramid, a precarious structure of the more privileged lording it over the less, with those poised on the highest level triumphant, but nervously attentive to any premonitory shift or shuffle from below”.1 La guerra —entre linajes, contra nuevos pueblos llegados del sur o del norte, para imponer tributos y almas para el sacrificio— era intrínseca a este orden e implicaba, necesariamente, alianzas. Creo que la guerra era la forma de vida —cosa no muy distinta al mundo de Carlos V que pasó gran parte de su existencia guerreando—. La alianza con los españoles respondió, claro, al enemigo en común, los mexicas, y también a los cálculos o temores de cada grupo, los cuales me resultan difíciles de especificar con suficientes fuentes. Y las alianzas y traiciones no terminaron en 1521. Viejas y nuevas alianzas surgieron entre el siglo XVI y XVIII para guerrear en Nueva Galicia o Nuevo México. Por otro lado, los que se aliaron contra los mexicas fueron muchos —quizá cien mil, como algunos han calculado— y es probable que más que amor u odio lo que dictaba las acciones era el miedo. Por grande que fuera la superioridad tecnológica española, lanzarse contra los mexicas implicaba un gran riesgo, como lo era permanecer fieles a ellos. Las guerras son así. Y, a juzgar por lo sucedido en la derrota de México-Tenochtitlán, la victoria significó lo que las victorias eran: revancha, venganza, humillación. Más allá de los tlaxcaltecas y de otros grupos, cuyos fueros y privilegios fueron más o menos respetados, pronto muchos tuvieron razones para sentirse traicionados por sus aliados españoles, que se dieron a la tarea de reconstruir el linaje noble mexica y su derecho de dominación cual manera de consolidar, en alianza con la élite vencida, el poder español.

Creo que para explicar la dilatada victoria española (no sólo la de 1521) puede traerse a cuento la superioridad tecnológica o el amor y odio a los mexicas o los asegunes de la religiosidad prehispánica versus los ritos católicos, pero… pa qué dar tantos tumbos estando el suelo tan parejo: la debacle demográfica de la población nativa, en combinación con el descubrimiento de minas de plata, explica mucho más política, económica, cultural o psicológicamente.

Cómo se articuló la Conquista

Federico Navarrete: Las respuestas de mis estimadas y estimados colegas aprovechan, desde sus diferentes perspectivas mis planteamientos iniciales, mi llamado a buscar explicaciones diferentes y particulares para lo que llamamos conquista de México en sentido estricto, la guerra de 1519 a 1521, y lo que llamamos Conquista de México en el sentido más amplio, el establecimiento del régimen colonial y la “crisis” de los mundos indígenas, que se inicia entonces pero ha durado hasta el presente. Esto implica también un intento por comprender la articulación entre ambos procesos, más allá de la idea de que el segundo es la consecuencia inevitable del primero, o su explicación principal. Las claves para lograrlo parecen ser claras. Por un lado, hay que tomar en cuenta el papel que jugó la tecnología. La profesora Townsend afirma que el descubrimiento de la superioridad tecnológica —no cultural— europea hizo que los indígenas aceptaran y se unieran a la emergente dominación española. Yo lo plantearía en términos un poco diferentes: en el Viejo Mundo se desarrollaron formas de organización social, de tecnología y de dominación política más verticales y “eficientes”, es decir: con una mayor capacidad de expansión, sometimiento y explotación de otros territorios y grupos humanos, que las que existían en América. Existen algunos indicios como propone ella de que los mesoamericanos imaginaron esta diferencia desde 1519, como la sorpresa que les provocaban las armas de fuego y los caballos. Sin embargo, yo sugiero que este diferencial tecnológico y social era mayormente invisible, e imprevisible, para los mesoamericanos en esos años, por lo que no tuvo tanta importancia causal. Sin embargo, fue una sorpresa que se toparon, gradualmente, a lo largo del siglo XVI, cuando la imposición de estas formas más agresivas de dominación alteró y terminó por deshacer sus planes y expectativas respecto a la forma que tendría el mundo mesoamericano tras la caída de los mexicas.

La profesora Adorno señala el otro elemento clave de articulación: la manera en que la guerra de 1519 a 1521 fue narrada como conquista española y convertida en el antecedente histórico y jurídico fundamental de la dominación española. La genealogía que traza, desde Hernán Cortés hasta Octavio Paz, es la de quienes han pretendido transformar la revolución social y las alianzas de 1519 y 1521 en el triunfo unívoco del poder español, una derrota generalizada de los poderes mesoamericanos, el fin de una etapa histórica, la indígena, y el inicio de otra, la española. Ésta no es una total falsedad, pero podemos estar seguros de que no fueron vistos así por la mayoría de los participantes en estos eventos, los mesoamericanos. Su triunfo ha sido más bien construido como una verdad retroactiva: el avance creciente de la colonización en los tiempos posteriores (desde el siglo XVI hasta el XVIII) fue reforzando la visión de la guerra de 1519 a 1521 como un triunfo español, y esta interpretación sesgada del pasado a su vez legitimó y dio sustento “histórico” a los proyectos colonizadores que se han sucedido en el tiempo, incluido el proyecto de “construcción de la nación” del Estado mexicano. Por eso, la operación histórica iniciada por Cortés y continuada por la mayoría de los historiadores hispanistas desde entonces debe comprenderse como una empresa de conquista del pasado: eliminar las otras posibilidades surgidas de la guerra de 1519 a 1521 y presentar el triunfo español como la única e inevitable.

El profesor Tenorio señala con agilidad mental y discursiva lo azarosos que fueron en verdad esos años de 1519 a 1521, tanto para el destino de la expedición española en Mesoamérica como para la consolidación del poder de la monarquía católica en España y Europa. Todo pudo haber sido diferente: Cortés podría haber fracasado, o su triunfo podría haber sido desconocido por la Corona, dada su ilegitimidad jurídica y política; Carlos V pudo haber perdido el título de emperador y el poder de los Habsburgo no se hubiera consolidado en España ni en Europa. Nuestro mundo sería muy distinto, sin duda. Sin embargo llevamos siglos tratando de convencernos de lo contrario, que la Conquista era tan inevitable como el triunfo de la monarquía católica. Al hacerlo, no sólo cancelamos desde nuestro presente las otras posibilidades que tuvo ese pasado, sino que también reducimos la importancia y la capacidad de acción de sus principales constructores, los indígenas conquistadores.

La batalla entonces y la batalla hoy

Matthew Restall: Como apunta el profesor Navarrete, los eventos de exactamente hace quinientos años marcaron la derrota de los mexicas, no la conquista de México —y sin duda no la Conquista de México (así, con mayúscula, el título inmortalizado por Francisco López de Gómara, el hagiógrafo de Cortés). La caída de Tenochtitlán el 13 de agosto marcó el final de una fase de guerra intensiva y el final del Imperio azteca tal como había existido en 1519. Pero ya es hora de dejar de ver esa fecha como el fin de la “Conquista” o como el fin de los aztecas. El periodo de las guerras de invasión española se extendió de 1517 a 1547 (una especie de Guerra de los Treinta Años entre España y Mesoamérica) y la caída de Tenochtitlán marca el comienzo de un proceso gradual de invasión militar y colonización a retazos. Como el profesor Tenorio implica en su intervención, el Imperio azteca no fue destruido, sino que más bien se convirtió poco a poco en un nuevo arreglo imperial español-mesoamericano.

El profesor Navarrete también tiene razón cuando resalta que menos del 1 % de las fuerzas que asediaron Tenochtitlán en el fatídico verano de 1521 eran españolas. Si otro medio punto porcentual fueron taínos y hombres de ascendencia africana, tenemos que el 99 % del ejército era mesoamericano. Dado que los defensores de la ciudad eran todos mesoamericanos, esto significa que los participantes en el conflicto que consumió al centro de México en la primavera y el verano de 1521 eran en su mayoría indígenas. Estos hechos son bien conocidos y han sido notados por muchos estudiosos y, sin embargo, resultan sorprendentes para los que viven afuera de nuestro pequeño mundillo académico, para quienes la “Conquista española” sigue siendo precisamente eso: una improbabilísima conquista realizada por europeos.

Al mismo tiempo, y como el profesor Tenorio apunta con razón, cabe preguntarse sobre las causas de las rupturas y alianzas que desembocaron en la estadística del 99 %. Creo que la narrativa tradicional que se centra en los conquistadores (la influencia de Cortés, López de Gómara y Bernal Díaz, como la profesora Adorno explica, parece ser eterna) está tan profundamente arraigada que debemos ponernos en guardia frente a interpretaciones que nos llevan de regreso a aquella vieja narrativa.

Tres ejemplos me vienen a la mente. Primero: tenemos que recordar que los mesoamericanos no iniciaron la guerra, y que ésta no fue tan sangrienta y prolongada como resultó porque los aztecas o algún otro grupo de indígenas fueran particularmente violentos. Esa interpretación surge directamente del profundo prejuicio con el que los españoles inventaron —insisto: inventaron, no interpretaron— la imagen de la cultura azteca que sobrevive hasta nuestros días. La invasión española desestabilizó la política mesoamericana, pues los europeos tomaron la decisión deliberada de iniciar una guerra de la que esperaban beneficiarse tanto en el corto plazo (a través de la captura de esclavos y del saqueo de Tenochtitlán y otras ciudades) como en el largo (a través de la fundación de colonias).

Segundo: hay que tener en mente que los españoles, al inicio de la guerra, eran pocos y demasiado ignorantes de la cultura y la política mesoamericanas como para poder controlar el conflicto. Más aún: Cortés carecía de las habilidades necesarias para forjar y mantener las alianzas que después pretendería haber creado. El conquistador era un tipo mediocre con una debilidad por la fantasía, un títere de los otros capitanes, a quienes unía una tenue cooperación, y quienes batallaban en vano contra el caos de la espiral de violencia que habían desatado y contra la compleja maraña de maquinaciones políticas de los líderes mesoamericanos. En otras palabras: las alianzas entre españoles y mesoamericanos fueron, en gran medida, producto de los esfuerzos de los segundos. Los conquistadores eran los aliados de los mesoamericanos, no al revés. Así, mejor hablemos de conquistadores indígenas —la frase del profesor Navarrete— y de sus compinches europeos.

En tercer lugar, tenemos que recordar que la noción de que los aztecas eran odiados universalmente es sin duda una ficción ideada por los españoles para justificar su invasión y fortalecer su prejuicioso retrato de todo lo azteca. Como la profesora Townsend apunta, la idea simplemente no se sostiene frente al escrutinio crítico. Parte de la tragedia de la guerra residió en que ésta dividió a comunidades y familias, no sólo a través de la muerte o la esclavitud, sino también en tanto que hombres y mujeres indígenas se vieron obligados a escoger un bando. El conflicto, como dice el profesor Tenorio, fue más que otra cosa una guerra civil indígena que se manifestó en un patrón de divisiones que no pueden reducirse simplemente a un antagonismo entre los aztecas y los demás, o incluso entre los mexicas y los demás. La realidad fue mucho más complicada, como cabría esperar si nos basamos en nuestro entendimiento de conflictos comparables en otros tiempos y otros lugares.

La elocuente discusión de los profesores Navarrete, Adorno, Tenorio y Townsend es un testamento de la duradera riqueza de este momento histórico. Los eventos de hace quinientos años son intensamente importantes no sólo para la historia de México, sino para la de las Américas e incluso para la de la humanidad. Cabe entonces preguntarse: ¿es demasiado cínico asumir que algunos fenómenos como la agresión militar, el imperialismo invasor, el racismo, los prejuicios culturales y los intentos prolongados de manipular la verdad y controlar la verdad histórica para servir a ciertos intereses políticos existirán siempre? ¿Es acaso ingenuo imaginar que podemos luchar contra estos fenómenos con meras palabras? Si decidimos que no, es fundamental que nunca dejemos de estudiar, discutir y buscar entender lo que sucedió en México hace cinco siglos. El profesor Navarrete señala que la tal llamada “Conquista de México” no fue inevitable, ciertamente no en la forma en la que se desarrolló. Esperamos, entonces, que la repetición del enorme sufrimiento que trajo consigo no sea, tampoco, inevitable.

1 “Una pirámide de acróbatas, una estructura precaria donde los más señoreaban sobre los menos privilegiados; y donde los triunfantes eran los equilibristas en el más alto nivel, pero con un nerviosismo atento a cualquier cambio o revoltura premonitorios percibidos abajo”.

Rolena Adorno
Profesora de Literatura en la Universidad de Yale. Su libro más reciente es Breve historia de la literatura latinoamericana colonial y moderna.

Federico Navarrete
Es investigador en la UNAM. Su libro más reciente es ¿Quién conquistó México?

Matthew Restall
Profesor de Historia en la Universidad del Estado de Pensilvania. Su libro más reciente es When Moctezuma Met Cortés: The True Story of the Meeting that Changed History.

Mauricio Tenorio
Profesor de Historia en la Universidad de Chicago. Su libro más reciente es Clio’s Laws: On History and Language.

Camilla Townsend
Profesora de Historia en la Universidad de Rutgers. Su libro más reciente es Fifth Sun: A New History of the Aztecs.

Fuente: Nexos 1 agosto, 2021

Portada: conquista de Tenochtitlan según el Lienzo de Tlaxcala (versión facsimilar de 1773 por Manuel de Ylláñez, Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, México)

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

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