Javier Brox
Universidad de Zaragoza

 

 El 25 de abril fue escogido en Italia para conmemorar la liberación del «yugo nazi-fascista», porque coincidía con el final de la ocupación de Milán, ciudad emblemática de la parte del país en que la Resistencia había luchado hasta el último aliento. La fecha forma parte, en cualquier caso, del concentrado de celebraciones ligadas al final de la II Guerra Mundial que tienen lugar en torno a esos días en distintos países europeos. Por ejemplo, sin salir de Italia, el 2 de junio se celebra la Fiesta de la República, coincidiendo con la celebración del referéndum de 1946 en el que se votó a favor de la república en lugar de la monarquía, aunque en el sur de la península los votos fueron mayoritariamente favorables a esta última.

En torno al 29 de abril de cada año empiezan a verse en las redes sociales manifestaciones de orgullo presuntamente antifascista por el fusilamiento de Mussolini el 28 de abril de 1945 en Giulino di Mezzegra (Como) y sobre todo por el linchamiento de su cadáver, el de C. Petacci, ejecutada con él la víspera, y los de una serie de jerarcas del régimen, ajusticiados el mismo día que su jefe, pero en Dongo, a una veintena de kilómetros de Giulino. Al amanecer del 29 de abril todos ellos fueron depositados en la milanesa plaza de Loreto, lugar en el que se consumó la ceremonia macabra que se describe a continuación y en el que permanecieron unas horas antes de ser trasladados a la morgue para la realización de la autopsia al duce, con diferencia la figura de mayor relieve de todo el grupo.

 

Partisanos junto al cuerpo de Benito Mussolini en la morgue de Milán el 29 de abril de 1945. Fuente: Foto Publifoto/ Olympia – Vía, S. Luzzatto, El cuerpo del duce, Zaragoza, PUZ, 2020

El escenario del linchamiento era un lugar altamente simbólico para la Resistencia, porque allí habían sido expuestos públicamente en agosto de 1944 los cadáveres de quince partisanos fusilados por órdenes de las SS en represalia por un atentado atribuido a los Grupos de Acción Partisana. De hecho, la víspera de la llegada del cargamento de cadáveres de los jerarcas fascistas habían desfilado hasta la plaza las columnas victoriosas de partisanos que provenían del norte y una placa colocada por suscripción popular había rebautizado el lugar como Plaza de los Quince Mártires.

Los cadáveres de los partisanos expuestos sobre el empedrado de la plaza de Loreto en agosto de 1944. Fuente: it.wikipedia.org/

La exposición pública de cadáveres se enmarca entre los actos de violencia extrema característicos de las guerras civiles y, por lo que se refiere a la que tuvo lugar en Italia entre el 8 de septiembre de 1943 y la Liberación, había sido una práctica intimidatoria y de control del territorio más o menos frecuente de la República de Salò y de las fuerzas de ocupación nazi. También la habían utilizado los partisanos, pero no de forma sistemática ni emblemática. Lo sucedido al cuerpo por antonomasia del fascismo, el del duce, cuerpo amado y después odiado en la misma o mayor medida, debe pues situarse en un contexto en el que la muerte violenta y el ensañamiento sobre las víctimas eran el pan de cada día.

Cuerpos expuestos al público días después de la matanza que tuvo lugar en Bassano del Grappa el 26 de septiembre de 1944 como parte de la operación Piave. En el cartel que cuelga de alguno de ellos puede leerse la palabra Bandido, de uso frecuente para referirse a loa partisanos. Fuente: it.wikipedia.org

Básicamente, lo ocurrido en la plaza de Loreto consistió, en ese sentido, en un linchamiento de cadáveres, algunos de los cuales fueron a continuación colgados bocabajo de la marquesina de una gasolinera con un letrero ilustrativo que indicaba de quién se trataba en cada caso. Además, el espectáculo incluyó un fusilamiento en directo, el de Starace, antiguo secretario general del Partido fascista, que al parecer había sido descubierto mientras, vestido de chándal, salía a correr un rato por las calles de la capital lombarda.

Pero los protagonistas absolutos de lo ocurrido fueron Mussolini y Clara Petacci, su amante, compañera o concubina, teniendo en cuenta que la elección del término oportuno dice mucho sobre el enfoque que se quiera dar a la cuestión. Los otros muertos, los altos dignatarios fusilados también el día antes en cantidad semejante al número de partisanos asesinados y expuestos en agosto de 1944, un detalle que abunda en la relación especular entre las dos puestas en escena, fueron solo actores secundarios. El primer acto del drama escenificado en la plaza de Loreto con Mussolini también se representó en la tierra, donde los cuerpos, en particular el suyo y el de C. Petacci, fueron objeto de patadas, escupitajos, disparos, meadas y diversos gestos vejatorios, pero el segundo acto fue aéreo y satisfizo ampliamente el macabro voyerismo de quien, no habiéndose podido acercar los suficiente a causa del gentío, quería contemplar al odiado/amado líder caído, pero colgado por los pies: «Así, Ben y la Clara a Milano| por los talones en Milán| Que los gusanos se comieran al cabestro muerto», escribió Ezra Pound en uno de sus Cantos, evocando la imagen de Mussolini como si de un animal de matadero se tratase. Años antes, en 1933, cuando Pound había visitado al duce y le había mostrado sus poemas, Mussolini, tras echarles un vistazo, exclamó: «Son divertidos». El poeta lo recordaría más tarde en el Canto XLI, a través de un pequeño guiño elogioso a la perspicacia del dictador, más agudo que los críticos y letraheridos: «Ma qvesto | dijo el Jefe, “è divertente.” | pillando el sentido antes de que los estetas llegaran a ese punto».

Es sabido que los fotorreporteros italianos y los servicios de documentación del ejército aliado se hartaron de sacar imágenes de lo ocurrido en la plaza de Loreto. Esas imágenes, además de servir de base para los documentales conocidos como Combat film, tuvieron un éxito de público tal en la versión destinada a los quioscos de prensa que la gente hacía cola para comprarlas, hasta que la prefectura, que no veía nada bueno en tanto coleccionista de instantáneas para la historia, acabó prohibiendo su venta al cabo de pocas semanas: «Se precipitan a comprar las fotos del duce en la plaza de Loreto, y hay tanta gente que resulta difícil no pensar que se trata casi de los mismos que lo aplaudían y vitoreaban hasta la extenuación […]. Un periódico ha vendido 150.000 copias de esas reproducciones», anotó C. Alvaro en Quasi una vita, su gran diario de aquellos años.

Tres de las numerosas postales que se pusieron a la venta (todocolección)

Quizá lo ocurrido en la plaza de Loreto, más allá de sus implicaciones históricas, merezca antes que nada un análisis fenomenológico. A un espectador no demasiado polarizado ideológicamente probablemente le haga sentir cierto desagrado tanta promiscuidad con los muertos; de hecho, cuando se buscan esas imágenes en youtube no es extraño leer la advertencia de que es mejor pensárselo dos veces antes de visionarlas, porque pueden «herir la sensibilidad». Pero más allá de la reacción de cada uno, el encarnizamiento sobre los cadáveres da muestra de una sobreactuación a la que probablemente era proclive quien hasta el día antes había callado conniventemente o incluso apoyado activamente el régimen y estaba ahora interesado en demostrar(se) lo contrario; quien, por el contrario, se había jugado la piel en las montañas o en las ciudades en la lucha activa contra el régimen y la invasión nazi seguramente estaba menos necesitado aparentar nada de forma tan ostentosa. No digo las madres de los muertos, desgarradas por el dolor, como aquella de la que se dice que disparó contra el cadáver de Mussolini cinco veces, una por cada uno de los hijos que había perdido en la guerra; o la madre del poema de Quasimodo, recriminada por su hijo: «—Madre, ¿y por qué escupes a un cadáver| colgado bocabajo, atado a una viga| por los pies? […]», antes de que ella le responda: «¡estás muerto, hijo! Tú puedes perdonar | porque estás muerto […]», como señalando que solo la muerte es capaz de apagar semejante sed de venganza (Laudes. 25 de abril de 1945, en Luzzatto, El cuerpo…). No, el ambiente carnavalesco que se detecta fácilmente en buena parte de los presentes en la plaza de Loreto carece de la gravedad de las madres que han perdido a sus jóvenes hijos. Ese gentío que tiende a engrosarse cada vez más refleja una mezcla de delirio, banalidad, incredulidad y grosería, hasta el «estallido» canettiano, el éxtasis de la masa, que quizá coincidiera con los brazos caídos de Mussolini como una marioneta abandonada que remedaba involuntariamente el saludo romano. A Petacci, por cierto, le sujetaron la falda para que no se quedara con las piernas al aire. Pero como rito sacrificial ese éxtasis no podía dejar de ser de baratillo, porque las víctimas propiciatorias estaban ya muertas. Consumada la farsa, llegó la hora de la obligada disgregación de la muchedumbre, un factor más que «hace que no se la tome del todo en serio», señala irónicamente Canetti en Masa y Poder. Tras veinte meses de guerra civil la escena no pudo dejar de proporcionar un alivio momentáneo a muchos, antes del regreso de cada uno a su miseria cotidiana en una ciudad que había estado dominada por «fuego en el cielo, ruinas y tortura en la tierra», en palabras de P. Calamandrei, uno de los padres de la Constitución italiana.

Destrucción de símbolos fascistas en Milán el 26 de julio de 1943, tras la destitución de Mussolini (foto: Infobae)

Los testimonios fotográficos, cinematográficos y escritos que han quedado de lo ocurrido en la plaza de Loreto no se olvidan fácilmente, quizá precisamente porque se trata de hechos poco memorables. Es algo que fue intuido inmediatamente por los partidos políticos de la naciente democracia italiana, incluido el PCI, los cuales tendieron a tratar de soslayo lo acontecido, sin atreverse por lo general a reivindicar abiertamente lo sucedido. Hubo incluso versiones tergiversadas de la salvajada, distantes de la realidad como la noche del día:

Ante [los restos mortales de los mayores culpables de la ruina de Italia], el gentío desfila en silencio. Está compuesto por hombres y mujeres que, por un instante, en medio de la glacial atmósfera fúnebre que pesa sobre la plaza de los Quince Mártires, han interrumpido sus gritos y sus manifestaciones de alegría por la Liberación. Ni el más mínimo gesto irreflexivo ante los cadáveres… (Crónica publicada sin firma en L’Italia libera, órgano oficial de Partido de Acción, el día 29 de abril de 1945, en Luzzatto, El cuerpo…)

Destrucción de una estatua de Mussolini en Roma tras su destitución en julio de 1943 (foto: Infobae)

La digestión de la plaza de Loreto, más allá de fáciles proclamas populistas, resultaba demasiado complicada moral y políticamente, en la medida que, entre otras espinosas cuestiones, planteaba no pocos dilemas de peso: la muchedumbre que se regodeaba con el cadáver de Mussolini en la milanesa plaza de Loreto, ¿qué tenía en común con la que lo aplaudía en la romana plaza de la República?, ¿no se parecían acaso demasiado una y otra?; ¿esa masa anónima era el pueblo del que los partisanos se decían vanguardia armada?; ¿era esa la rúbrica que podía esperarse de los valores de justicia, libertad e igualdad que proclamaban los partidos políticos antifascistas reunidos en el Comité de Liberación Nacional y por los que habían combatido y muerto tantos partisanos? Lo cierto es que la  “masa abierta” de la plaza de Loreto, esa de la que Canetti dice que «quiere crecer hasta el infinito», «que quienes se encierran ante ella le resultan sospechosos», no expresó una diferencia moral profunda respecto al objeto de su ira y a lo que representaba, sino que interpretó un mero papel inspirado por el odio funcional al chivo expiatorio. No es por eso de extrañar que aquello acabara derivando en una trágica pantomima: fue una masa capturada por ese odio, una masa que «[quiso] experimentar ella misma el supremo sentimiento de su potencia y pasión animales […]» (Canetti).

El fusilamiento de Mussolini la víspera había sido otra cosa, un acto de guerra, cometido en momentos en los que las agujas del reloj de la historia iban demasiado deprisa para que la maquinaria de la justicia ordinaria pusiera freno a los escuadrones de la justicia sumaria. Ante el feo cariz que estaba tomando el conflicto bélico, el dictador mismo había expresado su rechazo a ser sometido a un juicio público tras la derrota. Pero no tuvo la gallardía final de pegarse un tiro como hizo poco después Hitler. Lo de Joseph y Magda Goebbels, mejor ni recordarlo, porque se le hiela a uno la sangre. En el caso de Mussolini el intento de huida que propició su captura puso un penoso punto final a la retórica del régimen, que ensalzaba los valores de la nación, la familia y la honradez: huyó disfrazado de soldado alemán, con C. Petacci, dejando atrás mujer e hijos, y además con dinero del Banco de Italia, convertido así en un oportunista, un traidor y un infiel de doble moral, la que predicaba para los demás y la que se aplicaba a sí mismo. Vistas las cosas en perspectiva, en lugar de su precipitado fusilamiento, no hubiera estado de más una exposición razonada de sus crímenes, hecha por un fiscal y contradicha por un abogado defensor ante un tribunal, un Núremberg italiano. Al menos habría servido como testimonio de civilización contra la barbarie, dando prueba de un modo de entender la justicia distinto de la excepcionalidad fascista.

Mussolini y de Claretta Petacci en el empedrado de la plaza de Loreto. Alguien le ha colocado en la mano un estandarte fascista en señal de un escarnio que recuerda una de las pintadas que aparecieron en Milán en junio de 1943, cuando Mussolini fue alejado del poder antes de fundar la República de Salò: «Quería ser César y murió como Vespasiano». Fuente: lavocedeltrentino.it

El epílogo del linchamiento fue distinto, un burdo ritual tragicómico que acabó en danza macabra. Además de simbolizar salvajemente el final del régimen y el traspaso de poderes, sirvió para certificar públicamente que el dictador estaba muerto y bien muerto, algo de enorme interés en el caso de los dictadores, proclives a leyendas sobre su reaparición tras un periodo emboscados para recobrar fuerzas: «cabeza deforme por fractura con hundimiento completo del cráneo; rostro desfigurado por lesiones complejas producidas por arma de fuego y contusión, hasta el punto de hacer casi irreconocibles los rasgos faciales; globo ocular reblandecido y lacerado con pérdida completa del humor vítreo; fractura conminuta del maxilar superior con amplia laceración de las partes blandas y óseas de la bóveda palatina». Como escribe Luzzatto, «cada vez que el informe de la autopsia habla de orificios de entrada de proyectil, lesiones óseas, laceraciones epidérmicas sin infiltración sanguínea, lo que hay que entender son disparos, patadas y heridas infligidas a su cuerpo exánime».

Como mito de fundación de una democracia que había despertado tantas ilusiones y cuyo modelo todavía era incierto entre socialismo y capitalismo, lo ocurrido no parecía desde luego un buen precedente. De hecho, el precio pagado por el desahogo supuso un descrédito que iba a perdurar y a convertir la plaza de Loreto en una suerte de tabú, orgullo reprimido para quienes no se atrevían a asumirlo públicamente y vergüenza para otros;  una cruel mascarada condenada, a fin de cuentas, al trastero de la historia oficial por su imposible asunción. Más tarde, el muerto en el armario se convertiría en eso literalmente, pero es un tema que va más allá de estas líneas.

Fotos: archivo de ABC

Resulta pues difícil empatizar con los mensajes de aprobación que, acompañados de las llamativas fotos de la plaza de Loreto, se pueden leer en las redes sociales todos los años y de los que incluso algunas webs serias se hacen eco. Ahí va un ejemplo encontrado en twitter el 25 de abril del año pasado, con errores de todo tipo:

    «Hoy se cumplen 75 años del «Bella Ciao». En Italia al dictador fascista Mussolini le pegaron 7 tiros y después lo colgaron del techo de una gasolinera en Milán. Allí estuvo 2 semanas. Lo suficiente para que toda Italia pudiera ver la caída del fascismo con sus propios ojos».

    «Y poco le hicieron para lo hijo de puta que fue».

    «habrá que repetir no??».

No se piense, sin embargo, que estoy cuestionando el hecho claro de que, en la guerra que asoló Italia, la razón y la humanidad estuvieran de una parte. El mismo Luzzatto pone a la perfección los puntos sobre las íes sobre la cuestión en Partisanos, otro de sus libros:

Sería reconfortante pensar que en una guerra (y más si se trata de una guerra civil) el enemigo se encuentra siempre y en cualquier caso fuera de nosotros. Y que, una vez vencido, hemos resuelto el problema del mal. Vista de cerca, la guerra civil italiana —en la que, al menos retrospectivamente, nadie debería dudar a la hora de elegir el propio campo, habiendo sido uno de ellos el de la humanidad y del derecho y el otro el del abuso y la ausencia de humanidad— nos cuenta una historia distinta. Junto con la historia de un bien, el bien impagable de la lucha contra el nazi-fascismo, cuenta la historia de un mal insondable, el mal del que ningún ser humano, ni siquiera el mejor, puede considerarse libre. De modo que, entre el blanco y el negro, aparecen numerosos tonos grises. A veces, la historia de los partisanos tiene el encanto simple de los contrastes. Más a menudo, la compleja verdad de los matices.

Primera página del periódico Corriere della Sera del 6 de junio de 1946 con los resultados del referéndum de los días 2 y 3 del mismo mes. Fuente Focus.it

La plaza de Loreto no es mancha que limpia, sino que pertenece a ese territorio que más que lindar con la justicia esencial a la que, como recordaba a menudo Calamandrei, aspiraba la Resistencia, se adentra en el ambiguo reino que P. Levi describió con tanto acierto bajo la denominación de “zona gris” en Los hundidos y los salvados. Se trata del espacio que sirve de unión entre las víctimas y los verdugos, el espacio que ocupan los individuos que de alguna manera y por diversos motivos colaboran con el poder de turno, son sus oscuros conniventes, aunque no resulten plenamente asimilables a los criminales. Levi aplicó el concepto a los campos de concentración, pero puede «extrapolarse a realidades distintas […] aplicable a las situaciones en las que está presente la coerción y el dominio, desde la escuela a la oficina, la fábrica o la empresa. Si de algo está convencido el autor es del hecho de que […] cuanto más dura es la opresión, más extendida está entre los oprimidos la disposición para colaborar con el poder» (Belpoliti).

Quizá la plaza de Loreto, bajo la apariencia de una liberación, no fuera más que una expresión especular de esa opresión para la que tan bien había educado el fascismo, un macabro ritual del antifascismo de salón, «purpurina en un escenario de hierro», como escribió refiriéndose al franquismo Juan Eduardo Zúñiga, fallecido hace poco más de un año.

 

Referencias bibliográficas:
  • Alvaro, Corrado, Quasi una vita, Bompiani, Milano, 1950.
  • Belpoliti, Marco, Il corpo del capo, Guanda, Parma, 2011.
  • Calamandrei, Piero, Uomini e città della Resistenza. Discorsi, scritti ed epigrafi, S. Luzzatto (ed.), Laterza, Roma-Bari, 2011.
  • Canetti, Elias, Masa y poder, Debolsillo, Barcelona, 2011.
  • De Luna, G. y Mignemi, A. (eds.), Storia fotografica della Repubblica sociale italiana, Bollati Boringhieri, Turín, 2001.
  • Hibbert, Christopher, Mussolini, Círculo de lectores, Barcelona, 1963.
  • Levi, Primo, Los hundidos y los salvados, Muchnik, Barcelona, 2000.
  • Luzzatto, Sergio, El cuerpo del duce. Un ensayo sobre el desenlace del fascismo, PUZ, Zaragoza, 2020.
  • Partigia. Una storia della Resistenza, Mondadori, Milán, 2013. Hay trad. esp., ed. Debate.
  • Schwarz, Guri, Riti funebri alle origini della rebubblica, UTET, Milán, 2011.
  • Zúñiga, Juan Eduardo, Recuerdos de vida, G. Gutenberg, Barcelona, 2019

Otros:

  • Documental, Il corpo del duce, dir. Fabrizio laurenti, DVD, 2011.

 

Portada: Vista general de la plaza Loreto durante la exhibición de los cuerpos de Mussolini y sus compañeros (foto: AP)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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