Xosé Manuel Núñez Seixas

 

Introducción: Lugares de memoria, lugares de dictador

España, año 2019. Dos hechos marcaron el retorno de la memoria del franquismo al primer plano de la actualidad. Por un lado, la demanda judicial de la Abogacía del Estado contra los descendientes de Francisco Franco a mediados de julio, para reivindicar la conversión en dominio público del pazo palacio rural o finca— de Franco en Meirás (Sada, A Coruña). Por otro, el traslado a finales de octubre de los restos mortales del dictador desde el mausoleo del Valle de los Caídos al panteón familiar situado en el cementerio estatal de Mingorrubio (El Pardo, Madrid).

Ambos hitos parecían presagiar el cercano fin de la excepcionalidad hispánica en lo relativo al ajuste de cuentas con el pasado dictatorial. Pero se trata de un proceso aún sujeto a fuertes vaivenes en función de los cambios de mayorías parlamentarias y del color político de los gobiernos. Sin duda, España sigue siendo diferente en más de un aspecto si nos atenemos al patrón europeo-occidental de ajuste de cuentas con el pasado dictatorial y la adopción de políticas proactivas de la memoria por parte de las instituciones. No lo es tanto si se tienen en cuenta las especificidades de la transición española a la democracia, así como el desajuste temporal —la dictadura en España acabó treinta años más tarde que en otros países— en comparación con las democracias que siguieron a los regímenes fascistas o parafascistas en Europa occidental. Los ritmos de la puesta en práctica de políticas de la memoria por parte de varios de esos Estados también fueron lentos y contradictorios, y en algunos casos no empezaron a ser efectivas hasta la década de 1980. Y los grados de pervivencia de las memorias de las dictaduras son asimismo específicos de cada caso.

Valle de los Caídos, en Cuelgamuros (foto: ICAL)

Sin embargo, la problemática (in)digestión de los lugares de (des) memoria vinculados de modo íntimo a la biografía del dictador no es un fenómeno exclusivamente español. En la gran mayoría de las democracias que sucedieron a los regímenes totalitarios y autoritarios en Europa occidental después de 1945, y que fueron completadas por la «tercera ola» de la democratización, iniciada en la Europa meridional en 1974, continuada en América del Sur en los años ochenta y culminada desde 1990 en Europa centro-oriental, se registraron abundantes debates, incertidumbres, resistencias y dilemas.

De entrada, son necesarias algunas precisiones conceptuales. Utilizamos aquí los conceptos dictadura y dictador en un sentido flexible. Si los dictadores en la antigua Roma eran magistrados investidos temporalmente de la máxima autoridad, dictadura es una forma de gobierno en la que la capacidad de decisión, y por tanto el poder absoluto, se con- centra en las manos de una sola persona, de un líder, o a lo sumo de un pequeño grupo de personas, civiles o militares. Su ejercicio del poder puede ser arbitrario y no respeta normas legales heredadas, aunque con el tiempo se institucionaliza y establece su propia legitimidad: como escribió Lenin, «dictadura significa […] poder sin restricciones y el uso de la fuerza, no de la ley». Por oposición a las democracias, no hay elecciones competitivas, el pluralismo político es inexistente o limitado, y también lo es la movilización de la sociedad civil. Solo desde arriba, a través de partidos únicos y organizaciones dependientes directamente de la cúspide del poder, puede tener lugar una movilización de las masas para refrendar o acompañar las orientaciones emanadas desde el vértice de la autoridad del Estado. A diferencia de la gran mayoría de los caudillismos o bonapartismos decimonónicos, las dictaduras del siglo xx se caracterizaron en general por aspirar a uniformar a medio y largo plazo el conjunto de la sociedad que regían, mediante un partido único más o menos articulado, una cosmovisión definida y un corpus ideológico que les servía de inspiración. A su frente estaba un líder cuya legitimación provenía del carisma.

Mausoleo de Lenin en Moscú (foto: laguiaviajera.com)

Recurriendo a una clásica distinción, las dictaduras autoritarias otorgaban menos peso a la ideología, no controlaban del todo a las fuerzas armadas, la economía o la opinión pública, y toleraban la existencia de un pluralismo político limitado en su seno. Por el contrario, los regímenes totalitarios, al menos a medio y largo plazo, no permitirían la coexistencia en su seno de esferas autónomas de poder, del ejército a las iglesias, y aspirarían a una ingeniería social de alcance integral: una utopía en la que la sociedad sería moldeada según un claro patrón ideológico.

Dentro del concepto, por tanto, cabrían desde las dictaduras militares más o menos temporales, con suspensión parcial o total de derechos constitucionales y/o fundamentales, hasta las basadas en un partido único y un proyecto ideológico de nuevo cuño, pasando por las autocracias paternalistas, caracterizadas por la preeminencia del poder ejecutivo a cargo de un gobernante carismático, dentro de un sistema político formalmente democrático. A menudo, sin embargo, una dictadura puede evolucionar de un tipo a otro, comenzar como un presidencialismo autoritario o un golpe militar y devenir con el tiempo en un proyecto de índole totalitaria con voluntad de permanencia.

Figura esencial en toda dictadura es la persona que está en su cúspide. El dictador, en masculino: todos eran hombres, aunque a veces sus cónyuges también desempeñasen un papel en el ejercicio y la práctica del poder. La persona que no tenía que dar explicaciones de su actuación y de sus decisiones a ninguna instancia superior, aunque varios de ellos (como Mussolini o Salazar) coexistiesen con figuras tradicionales, fuesen reyes o presidentes de la República, que ejercían casi siempre una función representativa o nominal. La fuente de la legitimidad de la autoridad del dictador era el carisma. En la clásica definición del sociólogo alemán Max Weber, el carisma es una legitimación del poder ni burocrática ni tradicional, y que establece que a una persona se le presupone investida de cualidades sobrenaturales, sobrehumanas o simplemente excepcionales, no accesibles a todo el mundo. Podían expresarse tanto a través del poder «hipnótico» por parte de un individuo determinado para generar adhesión incondicional y desatar pasiones en sus seguidores como mediante la capacidad de una persona concreta para establecer una relación particular con las fuentes de legitimidad y autoridad. Por tanto, el carisma de un individuo puede ligarse a la función que desempeña o a su capacidad privilegiada para establecer una relación excepcional, hipnótica, con sus fieles. Pero, para perdurar, incluso el poder carismático más arquetípico necesita, antes o después, de una rutinización (burocrática) y/o del recurso complementario a la legitimación tradicional: la patria, la religión o, simplemente, el vínculo con el pasado.

Cementerio de Vimieiro (distrito de Viseu), localidad natal del dictador Antonio de Oliveira Salazar, que está enterrado en una de las ocho tumbas anónimas idénticas que aparecen en primer plano (foto: Aitor Hernández-Morales/El Mundo)

Un problema adicional surgía a la hora de la sucesión: ¿qué ocurre con el carisma del dictador tras su muerte? Su cuerpo, en la mayoría de los casos, heredó un atributo característico de la representación del soberano desde la Edad Media: el «doble cuerpo del rey», el físico y el simbólico, que representaba el derecho a gobernar y la soberanía, cuya herencia se transmitía a su sucesor y garantizaba la continuidad de la monarquía, y con ella de la comunidad política. Las dinastías reales e imperiales hasta la primera guerra mundial disponían de elaborados rituales por los que la sucesión se materializaba: el cuerpo del rey se enterraba en una cripta o panteón, pero ya como simple mortal desprovisto de su función. El ritual funerario de la dinastía de los Habsburgo desde el siglo xviii, cada vez que un monarca o príncipe difunto ingresaba en el panteón de la Cripta de los Capuchinos de Viena, destacaba esa cualidad: solo cuando el edecán anunciaba que solicitaba su entrada en la cripta un «humilde pecador», y no el emperador con sus pomposos títulos, era admitido en el panteón. El pasado regio es colectivo.

Sin embargo, el abrupto fin de los grandes imperios premodernos y, en especial, la revolución rusa introdujeron un nuevo modelo de culto fúnebre al jefe del Estado. El primero fue, sin duda, Vladimir I. Lenin, cuando falleció en enero de 1924; el segundo, el doctor Sun Yat-sen, presidente de la República china, un año después. Ninguno de ellos era un dictador en sentido estricto. Lenin instauró, ciertamente, una dictadura del proletariado, y durante su mandato se conformaron varios de los mecanismos represivos y totalitarios del posterior régimen estalinista; sin embargo, entre 1917 y 1924 ejerció el poder como un primus inter pares. Los decesos de Lenin y Sun Yat-sen, sus masivos funerales de Estado y el culto fúnebre inaugurado a sus figuras, con el fin de inmortalizarlas, señalaron la ruptura con el viejo mundo dinástico. También ellos dispondrían de un túmulo propio, símbolo de una nueva legitimidad política que acababa con el monopolio dinástico de las tumbas regias.

Funeral de Sun Yat-sen en Nankín, 1925 (foto http://sun.yatsen.gov.tw)

Así se aprecia de forma clara en el caso de Lenin. A la noche siguiente de su muerte, el Gobierno soviético concibió el proyecto de embalsamar el cadáver de forma permanente, lo que los químicos Vladímir Borobyov y Borís Zbarski consiguieron de forma pionera después de varios ensayos; y creó una Comisión de Inmortalización con ese fin; también encargó a un arquitecto de renombre, el constructivista Aleksei Shchusev, la construcción de un mausoleo para albergar los restos del padre fundador de la URSS. Shchusev ideó un diseño de forma cúbica y escalonada, de gran sobriedad formal, que transmitía un mensaje de eternidad —el cubo como perenne metáfora geométrica— y de clasicismo laico, al inspirarse en modelos del antiguo Egipto y Mesopotamia.

Creó así un diseño provisional de madera el mismo 1924, que cinco años después fue sustituido por otro de acero y hormigón, recubierto de granito, tras competir con varios proyectos que oscilaban entre la grandiosidad y la sobriedad revolucionaria. Inaugurado el 7 de noviembre de 1930, aniversario de la revolución, en el interior del mausoleo se expondría el cuerpo embalsamado de Lenin para la posteridad, con la intención de convertir el lugar en un centro de peregrinación y un símbolo de la eternidad de la revolución. Atrás quedaron las iniciales condenas de los bolcheviques al embalsamamiento como oscurantista práctica cristiana, del propio Lenin a la canonización de los revolucionarios muertos y la oposición de su viuda, Nadezhda Krúpskaya. El culto a Lenin, al que siguió la codificación del término marxismo-leninismo por su sucesor Iósif Stalin para definirlo como el marxismo contemporáneo, propio del tiempo del imperialismo y la guerra, se completó con la erección de estatuas en la plaza central de cada ciudad soviética, a menudo reutilizando los zócalos que en 1913 habían sido colocados para elevar esculturas de los zares. En los años siguientes, el culto a Lenin seguiría muchas de las pautas tradicionales que habían guiado años atrás la adoración de los santos rusos y de la figura del zar. Varios museos se dedicaron a su figura, aunque solo en el centenario de su nacimiento (1970) se inauguró uno en la ciudad donde nació, Ulianovsk (900 kilómetros al este de Moscú), y otro más en la ciudad siberiana donde estuvo exiliado entre 1897 y 1900, Shushenskoye.

Homenaje en la tumba de Stalin en Moscú (foto: Sergei Chirikov/Efe)

El ejemplo de Lenin sentó una pauta que se repetiría en las décadas siguientes. El cuerpo del autócrata moderno, tanto si su régimen tenía continuidad como si moría con él, era igualmente depositario de una sacralización transferida y secularizada, que podía abarcar desde cualidades taumatúrgicas hasta la capacidad atribuida a sus imágenes de llevar suerte a un hogar, evitar desgracias u operar hechos insólitos, casi milagrosos.9 Se trataba de un carisma propio, ungido de poderes extraordinarios, que siguió ejerciendo su sombra, a veces durante décadas, sobre las opiniones públicas, las mentalidades sociales y las políticas de la memoria de las democracias que le sucedieron. Esa transferencia era posible dentro de marcos culturales y sociales concretos, en los que el carisma de los autócratas establecía una interacción fluida y duradera con los «centros activos» del orden social, los puntos en los que se entre- cruzaban ideas e instituciones, recogiendo inquietudes y ansias de legitimación desde la base, pero también modelándolas desde arriba. En definitiva, el «genio» o carisma del líder o dictador también depende de la medida en que sus seguidores pueden atribuirle esa cualidad excepcional y están dispuestos a ello.

En este sentido, se podría afirmar que si los reyes, presidentes de Gobierno o de Estado vinculan su carisma a la continuidad de una función y una posición institucional, los dictadores son siempre personas únicas e irrepetibles, y por ello dependen ante todo del brillo de su personalidad, de sus dotes de liderazgo e incluso de sus cualidades «hipnóticas». Pero esas cualidades, y por tanto el carisma, son asimismo el resultado consciente de un proceso de construcción desde arriba, de una atribución a su liderazgo de características excepcionales, acordes con el contexto cultural y social en que ejercen su dominio. Se trató además de un culto moderno a la personalidad, forjado en y para una sociedad de masas, cuya fuente de legitimación era la soberanía nacional, el contacto directo con el pueblo, y rutinizado a través de la difusión masiva de imágenes y lemas indiscutidos, gracias al control de los medios de comunicación. La atribución póstuma del carisma al dictador se ve favorecida o reforzada por las circunstancias de su óbito: asesinato, exilio, ajusticiamiento por el enemigo y un largo etcétera. Y, finalmente, por la asociación entre carisma y nacionalismo: si el autócrata encarnaba además la fundación de un Estado independiente, la culminación de una reivindicación nacional largo tiempo anhelada, su figura se revestía del carisma adicional que proveía la nación como religión política. Se convertía así en un padre fundador, o restaurador, de la patria, categoría que para las generaciones venideras transformaría a más de un tirano en héroe nacional.

Casa natal de Mussolini en predappio, durante la exposición Il giovane Mussolini 1883-1914, celebrada en 2014 (foto: http://notizie.comuni-italiani.it/)

El cuerpo del dictador podía dejar tras su muerte un amplio rastro literario, mediático o simplemente un poso en la memoria popular. Pero siempre se vinculaba de forma especial a algunos espacios específicos: el lugar en que vio la primera luz, las residencias privadas donde habitó o el recinto en que reposan sus despojos, su tumba o mausoleo, término que alude en origen a una de las siete maravillas del mundo antiguo: el suntuoso sepulcro del rey Mausolo de Halicarnaso en el siglo iv a. C. En ocasiones, también el lugar concreto en que falleció, sobre todo si su muerte fue violenta y, por tanto, interpretable como un martirio por la causa o la patria, lo que añadiría un carácter aún más sacralizado a su recuerdo: el carisma se revestía de heroísmo.

Siguiendo al historiador francés Pierre Nora, acuñador del término, podemos definir como lugares de memoria todo tipo de entes tangibles e intangibles, sean espacios físicos, conceptos —incluidas expresiones o términos—, prácticas y objetos que, por deseo de actores concretos y representativos de una comunidad, se convierten con el paso del tiempo en un elemento simbólico para ese colectivo o comunidad determinada. Sirven además de puente entre la memoria, interpretación compartida del pasado siempre difusa y cambiante, y la historia, reconstrucción crítica del mismo en momentos determinados: la primera conmemora y atribuye valencias al pasado para orientarse en el presente y el futuro; la segunda problematiza, desmitifica y desmenuza, pero no necesariamente canoniza, venera y sanciona. Según el propio Nora, «un lugar de memoria, en todos los sentidos del término, va desde el objeto más material y concreto, y eventualmente con una ubicación geográfica, al objeto más abstracto e intelectualmente construido», como puntos de cristalización de una remembranza colectiva. Los significados atribuidos a esos lugares de memoria no son inmutables, sino que pueden experimentar grandes variaciones a lo largo del tiempo, o distintos matices según la perspectiva de los autores, comunidades o sectores de esas comunidades; tampoco surgen de un poso inmanente de memoria popular (o nacional), sino que han sido el resultado de una elaboración consciente por parte de actores concretos, desde instituciones hasta movimientos sociales.

Pirámide de Tirana (Albania) cosntruida en la década de los 80 como un museo dedicado a Enver Hoxha (foto: brutalmonday)

La interacción con su espacio social, o la posible falta de ella, de- termina también los cambiantes significados que adoptan los lugares de memoria, así como su capacidad de supervivencia o adaptación a entornos variables. Un monumento puede no decir nada a las generaciones posteriores; la forma de mirar una tumba o mausoleo varía según las épocas. Se ha propuesto así el término alternativo, y más dinámico, de «espacios memoriales», definidos por la interacción de los objetos físicos o los paisajes con los actores sociales y las instituciones a través de ritos y discursos.16 En ellos se condensa y proyecta una narrativa pública acerca de la memoria colectiva, difundida desde el Estado y las instituciones. Una memoria cultural que no se impone por sí sola, sino que convive e interacciona con una memoria comunicativa, transmitida por la sociedad civil, tanto en el ámbito semipúblico como, sobre todo, en el privado y familiar.

La categoría «lugar de memoria» fue pensada en su origen para conceptualizar y entender el pasado y la identidad del Estado, la nación y la sociedad de Francia. Eso le granjeó en su momento diversas críticas: la obra de Nora también contribuyó a crear nuevos espacios de remembranza hasta entonces inadvertidos para la sociedad, y no solo a analizar los existentes. La exportación del concepto a otros contextos geográficos y culturales sufrió también muy diversas adaptaciones y, a menudo, excesivas generalizaciones. Se ha señalado así que no solo las naciones o las comunidades étnicas se caracterizan por poseer lugares de memoria propios; los espacios memoriales pueden asimismo ser de naturaleza transnacional y pueden ser compartidos por dos o más comunidades nacionales, con significados diametralmente opuestos; pueden referirse a otro tipo de colectivos y grupos de naturaleza étnica, territorial, religiosa o de género, pero también a familias ideológicas y culturas políticas de ámbito nacional o transnacional.

Centro de documentación sobre el nazismo instalado en 1999 en Obersalzberg, lugar de la antigua residencia de vacaciones de Hitler (foto: Mauritius/nzz.ch)

Dentro de esos espacios del recuerdo, en los que puede cristalizar la memoria y el olvido, y que igualmente pueden simbolizar y condensar la manera en que una comunidad se enfrenta con su historia, los recintos memoriales que recuerdan pasados traumáticos recientes adquieren especial relieve desde las dos grandes contiendas mundiales del siglo xx. Los grandes conflictos bélicos y sus secuelas de muerte y destrucción masiva, por un lado; y las dictaduras y sus vulneraciones de los derechos humanos, sus víctimas y sus proyectos totalitarios o autoritarios de orden social, hegemonía nacional y expansión exterior, por otro, son dimensiones que han adquirido una particular relevancia en la significación de lugares de memoria específicos. Sin duda, sucesos traumáticos como el Holocausto de los judíos europeos, las guerras civiles y las masacres y represiones masivas han contribuido de forma decisiva, desde la década de 1960, a conformar lugares y espacios de remembranza específicos en Europa, así como en otros continentes.

Sujeto preferente, aunque no exclusivo, de esa atribución de significado han sido ruinas y cementerios de guerra; cárceles, campos de internamiento y concentración y sitios de ejecución; fosas comunes o memoriales en remembranza de los damnificados por las dictaduras. Todos ellos constituyen espacios en los que, de modo preferente, los recordados siempre son las víctimas y los colectivos dominados o masacrados por las dictaduras. Desde finales del siglo xx, se registran comparativamente escasos debates acerca de si esos colectivos merecen o no ser reparados, reconocidos o conmemorados; con mayor frecuencia, la disputa gira acerca de qué colectivos o subgrupos específicos deben ser incluidos en la categoría de víctimas; acerca del alcance de ese término y sobre si es lícito o no establecer entre los diversos grupos de víctimas una categorización y una jerarquización, sea explícita o implícita. El retorno de los muertos de las guerras y masacres, o la sorprendente segunda vida política de los cuerpos muertos, así como las valencias simbólicas que pueden adquirir en las sociedades de los siglos xx y xxi el descubrimiento, identificación y gestión de los restos de las víctimas de masacres y genocidios, constituyen en sí un apartado interdisciplinar y específico de la reflexión acerca del recuerdo y el olvido de las violencias de masas, sus dinámicas y sus escenarios.

Lugar en el que estuvo construido el bunker de Hitler y panel de información en Gertrud-Kolmar-Straße (Berlín)(foto: Wikimedia Commons)

La mayor parte de las dictaduras que se mantuvieron por un tiempo, desde varios lustros a algunas décadas, también han legado a la posteridad otro tipo de espacios de difícil gestión. Obras más o menos megalómanas, edificios de gobierno, monumentos conmemorativos de sus héroes y victorias, construcciones civiles y diseños urbanísticos que perpetuarían utopías sociales e imaginarios vinculados a los fines de los regímenes dictatoriales. Nombres de calles y plazas, y hasta de poblaciones, que evocaban a los héroes, a los mártires de las etapas iniciales, a los fundadores, líderes o hechos gloriosos de una dictadura, y que podían seguir modelos anteriores de necropolítica o de política de la muerte, confiriéndoles ahora nuevos significados. O bien monumentos a los combatientes caídos en las guerras protagonizadas o instigadas por esas mismas dictaduras, que también podían consistir en la resignificación o apropiación partidaria de los ya existentes y referentes a contiendas cuyo recuerdo era compartido por la gran mayoría de la población, como —por citar un ejemplo recurrente— los caídos en la Gran Guerra de 1914-1918. Eran, en todo caso, muertos presentados como un patrimonio de la nación entera, asimilables a los caídos y héroes de pasadas gestas colectivas asumidas en el propio relato nacional y venerados como objeto de duelo compartido, lo que haría aún más difícil resignificarlos por las democracias.

En su gran mayoría, tras la quiebra de sus regímenes las estatuas de los dictadores fueron retiradas de sus pedestales; las calles y plazas, rebautizadas y los nombres de las localidades, que evocaban tiempos oscuros, modificados. De los edificios oficiales cuya titularidad siguió en manos públicas, se retiraron la mayoría de los símbolos de esas épocas, vistas ahora como períodos oscuros. En algunos países ese proceso ha sido más radical, rápido y sistemático que en otros, dependiendo en buena medida del tipo de tránsito de la dictadura a la democracia, así como del grado de continuidad entre élites dictatoriales y posdictatoriales.

Casa natal de Hitler en Braunau am Inn (Austria) (foto: Picture Alliance /DPA/ Maxppp)

Sin embargo, las casas natales de los autócratas, en varios casos en manos privadas, así como sus tumbas y mausoleos, sus residencias particulares o sus palacios de verano, constituyeron con frecuencia excepciones a la norma. Eran lugares donde el fantasma del dictador parecía seguir viviendo y proyectando su sombra sobre el presente, y que constituían una asignatura pendiente de las políticas de ajuste de cuentas con el pasado dictatorial. Eran puntos especialmente sensibles de las limitaciones o contradicciones de esas políticas de la memoria.

Aquí nos proponemos abordar el análisis comparado de esa categoría particular. Se trata de los espacios específicos —tangibles e intangibles, aunque por lo general con existencia física: objetos y espacios concretos— en los que se proyecta y evoca el cuerpo del dictador, su sombra, su biografía íntima. Una remembranza corporeizada, en su sentido más literal, y que ya no se transmite a través de gestos o acciones, sino que se condensa en unos restos mortales, o en el recuerdo de la interacción entre el cuerpo físico y un entorno concreto, íntimo, familiar y cotidiano. Son lugares estáticos, que simbolizan el principio y el final, pero también las etapas de apogeo de las biografías de los autócratas. En su mayoría, son casas natales, tumbas y mausoleos, palacios o residencias, más de una vez simples viviendas, cuya propiedad no siempre fue y es de titularidad pública.

En esos lugares de memoria cristaliza además la intersección entre dos dimensiones esenciales del poder de los dictadores. Por un lado, su esfera íntima, privada y familiar. Su faceta de personas corrientes, surgidas a menudo desde las mismas entrañas de la nación o comunidad que afirman encarnar, con las que muchos se pueden identificar. Por otro lado, su carisma y proyección pública, sacralizada y misional, inherente al culto a su personalidad en vida. Un culto y un carisma que no desaparecen como por ensalmo tras la muerte del autócrata, sino que son preservados por sus nostálgicos y partidarios, persisten de modo semiconsciente en la memoria de las generaciones socializadas y educadas bajo su dominio, y muchas veces se transmiten a algunos sectores de las generaciones siguientes, aun bajo las condiciones de una democracia.

Casa natal de Nicolae Ceausescu, en Scornicești (Rumanía)(foto: motoryviajes.com)

Esos serían, por tanto, los lugares de dictador. Lugares o espacios memoriales cuya gestión y resignificación se ha transformado, en la mayoría de los ejemplos aquí analizados, en una trabajosa digestión o una permanente indigestión, cuando no en un crisol de contradicciones e interpretaciones cambiantes, para las democracias que han sucedido a las dictaduras. Al tiempo, nos ofrecen un ángulo de observación distinto sobre las memorias de la Europa autoritaria y totalitaria, desde la base y la esfera local, y desde una óptica comparada.

Sumario
1. Introducción. Lugares de memoria, lugares de dictador

1.1. ¿Qué son los «lugares de dictador»? Esbozo de una tipología

1.2. La difícil (di)gestión de los lugares de dictador en las democracias

2. Los lugares del dictador fascista

2.1. Alemania: entre el silencio y la resignificación

2.1.1. El búnker de Hitler: ¿un ataúd sin cuerpo?

2.1.2. Los lugares del poder del Führer

2.1.3. De la corte de montaña a los domicilios del dictador

2.1.4. Jerarcas, mártires y una tumba de sustitución

2.2. Austria: la sombra de Hitler… ¿y Dolllfuss?

2.2.1. Adolf nació aquí por casualidad

2.2.2. Dollfuss: ¿mártir o represor?

2.3. Italia: sincretismo posfascista y pragmatismo antifascista

2.3.1. El cuerpo de Mussolini y el paradigma antifascista

2.3.2. Predappio; Una «Galilea fascista» en miniatura

2.3.3. Musealizar a Mussolini: un debate interminable

2.3.4. Jerarcas fascistas: memoria y olvido

3. Los lugares del dictador autoritario y colaboracionista

3.1. Portugal: antisalazarismo oficial, posibilismo local

3.1.1. Musealizar la casa de Salazar: ¿un nuevo Predappio?

3.2. Los padres autoritarios de la patria

3.2.1. ¿De dictadores a víctimas? Smetona, Päts, Ulmanis

3.2.2. Pilsudski, el héroe (casi) indiscutido

3.2.3. Metaxas, el dictador que dijo «no»

3.2.4. Mannerhjeim, el hombre que no quiso reinar

3.3. ¿Traidores o patriotas pragmáticos?

3.3.1. Mussert, De Clercq, Quisling: traidores para casi todos

3.3.2. Pétain y el síndrome de Vichy

3.3.3. Tiso y Pavelic: mística y nacionalismo

3.3.4. La larga sombra del regente Horthy

4. Los lugares del caudillo: mausoleos, pazos y criptas

4.1. Un valle, un mausoleo, un caudillo

4.2. Una corte de verano: Meirás

4.3. Exhumar al dictador, recuperar su pazo

4.4. Otros caudillos, ¿otros lugares?

5. Los lugares del dictador comunista

5.1. Stalin, entre la nostalgia y el turismo

5.1.1. Rusia: de tirano a gran líder militar

5.1.2. Georgia: ¿el hijo más ilustre del país?

5.2. Albania: la pirámide del faraón rojo

5.3. Rumanía: el síndrome de Drácula

5.4. Yugoslavia: Tito, la nostalgia de la unidad

6. Epílogo. ¿Qué hacer con los lugares de dictador?

 

Fuente: Núñez Seixas, Xosé Manuel, Guaridas del lobo. Memorias de la Europa autoritaria, 1945-2020, Barcelona, Crítica, 2021

Portada: Cripta donde se encuentra la tumba de Musolini en Predappio (Emilia-Romagna)(foto: republica.com)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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