Desde hace cuarenta y ocho horas, Milán vive una ininterrumpida vigilia de armas. Cuesta hasta respirar. La tensión nerviosa se ha vuelto insoportable. Se ha extendido, señala Mussolini en su periódico, «un pánico imbécil», semejante al que se desata ante el anuncio de una ofensiva enemiga. Pero hace  meses ya que la angustiosa espera se ha convertido en el estado de ánimo dominante, casi una constante. Antonio Scurati

 

 

Álvaro Castro Sánchez
Universidad de Córdoba (*)

 

1. “Nosotros somos la guerra”

Como mostró Ian Kershaw respecto al nazismo alemán, el proceso de ascenso y toma del poder por parte del NSDAP es incomprensible sin la figura de Adolf Hitler y, más en concreto, sin la construcción de su imagen por medio de la propaganda y la percepción (ya predispuesta por las condiciones de la posguerra en algunos sectores de la sociedad) que se tuvo de la misma[i]. Fueron del todo necesarios el carisma y la decisión calculada de un líder sólido que hizo del partido su propio proyecto personal. Lo mismo se puede pensar de la figura de Benito Mussolini, padre del Fascismo, y respecto a Italia pero, más allá de la propaganda que sobre todo pudo hacerse una vez accedió al mando definitivo en 1924 y lo concentró en 1926, esta obra demuestra que su éxito tampoco hubiera sido posible sin el carácter oportunista, decidido, ambicioso, de una figura que supo instrumentalizar un movimiento reaccionario para un objetivo último: el poder. Pues para el italiano que había traicionado y renegado del socialismo en el transcurso de la Gran Guerra, siempre fue un fin en sí mismo. Eso se acabó convirtiendo en un rasgo importante de los fascismos: las fórmulas de lucha para conseguirlo importan mucho más que los principios morales o ideológicos; el movimiento hacia el poder o su conservación se anteponen al programa. Además, el recurso a la violencia (física o verbal) evita la molestia de pensar o argumentar.

Violencia verbal: pintada con un típico lema del escuadrismo fascista (imagen: europeana.eu)

Es fácil discernir, en la magna obra que nos ocupa (819 páginas), la diferencia entre el relato literario y el trabajo historiográfico puesto que, lejos de ser una novela histórica ambientada en la primera etapa del fascismo italiano (1919-1924), se trata más bien de una narración en la que la historia no se pone al servicio de la literatura, sino lo contrario. Esta se convierte en instrumento de un relato fuertemente documentado (cartas, hemeroteca, testimonios, documentos oficiales y extraoficiales, etc.) que no recrea o inventa personajes y escenas sino que trata de reproducirlas en base a la información derivada de las fuentes. Sin embargo, la maestría de su autor la convierte a la vez en un torrente literario entretenido y muy bien escrito que describe con precisión dicho periodo, centrado en la trayectoria vital de uno de los hombres del siglo. El hecho de no hacer ficción no le resta emoción a una realidad que la superó. Si bien toma a la figura de Mussolini como el hilo conductor, en la misma también se entrecruzan las vidas, como no podía ser de otro modo, de otros personajes importantes de aquel “acontecimiento”, tales como Gabriele D’Annunzio, Italo Balbo, Leandro Arpinati, Marguerita Sarfatti, Giacomo Matteotti o Nicola Bombacci, entre otros muchos. Así que, como historia novelada, el libro nos ofrece claves fundamentales para comprender la génesis de los fascismos y además para pensar, desde ellas, el actual auge del neofascismo y los diferentes populismos de derecha a nivel global.

Violencia física: escuadristas armados (imagen: patriaindependente.it)

Algunos que vivieron y sufrieron de cerca la emergencia fascista, como el dirigente comunista  Ángelo Tasca, señalaron pronto que en cierto modo Mussolini acabó haciendo del Partito Nazionale Fascista lo que no pudo hacer antes con el socialismo italiano[ii]. Pues perteneció a su dirección cuando encabezaba el periódico Avanti!, en las vísperas de la guerra, que fue cuando salió del PSI y fundó Il Popolo d’Italia (noviembre de 1914) en el cual, presentado como “diario socialista”, mostraría su rencor (que llegará muy lejos) respecto a sus antiguos camaradas. De tal modo que sus escritos en este periódico se convierten, en la primera parte de este libro, en una de las fuentes que mejor ilustran los vaivenes políticos y las estrategias discursivas del protagonista.

Tasca subrayaba también que la fractura social provocada por la guerra creó la condición necesaria de la aparición y extensión de los Fascios: en Italia, “se apretaron los dientes el día de la  movilización y el día de la victoria no se ha conseguido despegarlos[iii], bien por la crisis económica, social y política, bien por la insatisfacción de los intervencionistas ante los territorios prometidos con la victoria. Partiendo de la experiencia previa de los Fasci Autonomi d’Azione Rivoluzionaria  (1914-1915) e integrados por una horda de desclasados, anarcos, ultras de todo tipo, francmasones, literatos vanguardistas, intervencionistas de izquierdas o excombatientes como los Arditi (Osados), que habían hecho de su inmersión en la guerra una fuente de sentido heroica y adquirido una relación cotidiana con la violencia, los Fasci italiani di combattimento se constituyeron como tales el 23 de marzo de 1919 en Milán, donde Mussolini tenía la sede de su periódico. Si al principio se trató de un movimiento minoritario que no renunciaba a aspiraciones sociales por la vía revolucionaria, tal y como se concretó en su primer programa (publicado en Il Popolo d’Italia el 6 de junio de 1919), el fascismo fue gestándose como una ideología antipolítica que hizo del “esplendor de la violencia” su principal atractivo.

Italo Balbo con otros escuadristas durante la Marcha sobre Roma (imagen del libro de Antonella Guarneri et al. Lo squadrismo: come lo racocntanoni fascisti, come lo vissero gli antifascisti)

Esa violencia mítica se hizo carne en la toma de Fiume por parte de los escuadristas de D’Annunzio, la gran fuente de la retórica fascista y, en momentos, rival simbólico de Mussolini al que este supo desarticular. Fue posiblemente dicha violencia, ejercida en las calles y en los campos contra un movimiento obrero vigoroso a la altura de 1919, la que atrajo a los hijos de la burguesía terrateniente y a la pequeña burguesía urbana rentabilizando (por la vía del escuadrista organizado como las legiones romanas o por la vía del ingreso bancario) sus miedos. De tal modo, el tipo general de hombre adulto que apoyaba el fascismo era aquel que había apoyado previamente la intervención de Italia en la guerra y que ahora se exasperaba cuando en las publicaciones o manifestaciones socialistas le vaciaban todo el sentido a una participación que quizás le había dado la oportunidad de sentirse “alguien” alguna vez. Además, con mujeres y niños a la cabeza de las manifestaciones bramando contra la especulación comercial, el autoritarismo, la misoginia y el patriarcado, presagiaba “un futuro sin él”, un futuro donde ese hombre blanco de clase media, patriota y cabeza autoritaria de familia, sobraba.

Mussolini y D’Annunzio (foto: Getty Images)

De tal modo, fueron el recurso a la juventud, el militarismo, el miedo al desclasamiento, el nihilismo o la violencia como fuente de sentido, lo que caracterizó a un movimiento que no paró de crecer y extenderse y que en la lucha contra el socialismo causó cientos de muertos antes de constituirse en partido político. Así y en coherencia con lo que actualmente se consensúa en la historiografía, la obra muestra cómo fue la lucha callejera y rural lo que engendró al fascismo, y no lo contrario.

2. Los “enemigos del género humano”

Estas eran palabras de Winston Churchill en aquel contexto de consolidación de la Revolución Rusa y de los conatos revolucionarios de Hungría o Baviera, ante el cual todo el espectro conservador internacional se llenó de miedo al bolchevismo, temor que los fascismos supieron alentar y rentabilizar.

Obreros armados en defensa de una fábrica ocupada (imagen: asaltoalcielo.it)

Uno de los méritos del libro también es poner de relieve que la brutalidad fascista ascendió gracias al oportunismo de la vieja política y de los partidos conservadores (cuyas figuras en ocasiones pactaron con un Mussolini que lo hacía a espaldas de sus seguidores) y, por otro y en gran medida, a la división e indecisión de la izquierda, pues el socialismo era la fuerza política más potente y con mayor número de afiliados en 1919. Si bien es muy posible que en Italia se podían dar las condiciones para que la clase obrera tomase los medios de producción (como acabó haciendo durante el biennio rosso de Turín), parece que no se daban para que una revolución se articulase políticamente debido a la debilidad de los líderes socialistas y a sus divisiones internas (reformistas, maximalistas, comunistas, intervencionistas de izquierda, anarquistas…), las cuales quedaron ya plasmadas en el XVII Congreso de Livorno de enero de 1921, con la escisión entre socialistas y comunistas.

Ejemplo de esa falta de articulación fruto de la división fue la incapacidad para defenderse adecuadamente del terror fascista en los campos o para conseguir que las huelgas generales tuvieran una efectividad política. Los propios consejos de fábrica de Turín, impulsados por el grupo del Ordine Nuovo y sectores anarquistas, quedaron aislados del resto del país y, por tanto, vieron desactivado su alcance revolucionario[iv]. La misma división también se producía a la hora de interpretar el fenómeno fascista. Mientras que Gramsci advertía, ya en abril de 1920, que la fase de lucha de clases correspondía a “la conquista del poder político por parte del proletariado revolucionario […] o a una tremenda reacción por parte de la clase propietaria y de la casta gobernante”, diferenciando entre el débil Estado liberal del posible Estado reaccionario y violento que presagiaban los saqueos e incendios fascistas, otros, como Amadeo Bordiga, interpretaron dos años después la “marcha sobre Roma” y su resultado como un simple cambio de gobierno, dado que la democracia burguesa y el fascismo eran lo mismo a ojos de su purismo ideológico[v].

Congreso de Livorno en 1921 (foto: ilrestodelcarlino.it)

Cabe no olvidar que mientras que los camisas negras se organizaban por miles para marchar sobre la capital aprovechando, en un gesto decidido y dirigido por Mussolini, la debilidad del Estado para forzar un cambio de gobierno que les situase en el poder, los dirigentes del Partido Socialista Italiano se subían al tren en dirección a Moscú para acudir al IV Congreso de la III Internacional. Desde hacía meses parece que tampoco quisieron tomarse muy en serio el crecimiento de los sindicatos fascistas en detrimento de los socialistas (cierto que muchas veces gracias a la coacción, pero otras también a la seducción).

A la debilidad socialista, que no se debía a la falta de apoyos sociales ni a la entrega de su militancia, se le sumaba la del propio Estado liberal, bien representada en el libro al mostrar en detalles las complejas y oportunistas negociaciones propias de la política de salón heredada del siglo anterior. Cabe recordar que los fascismos o el nacionalismo reaccionario de entreguerras vencieron en aquellos países que contaban tanto con una evidente distancia entre clases sociales y grandes diferencias territoriales, como con una joven y debilitada democracia que se veía desbordada por la irrupción de las masas en la política y el papel determinante del estamento militar al término de la guerra. Así que, a falta de un pacto o estado de solidaridad interclasista, la pequeña burguesía encontró en el fascismo una vía de representación social y política frente a las organizaciones obreras (sindicatos) y patronales (creadas especialmente tras la guerra). Aquella vieja política encarnada en pastores de nubes como Giovanni Giolitti, que había hecho de los partidos políticos herramientas de ascenso y negocio, ausentes así de todo liberalismo honesto y fiel a principios democráticos (más allá de la propaganda), fue la que posibilitó que Italia se acabara convirtiendo en un Estado totalitario al tratar con connivencia al fascismo y al percibirlo, como hicieron los grandes industriales, como una posibilidad de reproducción del poder que muchos políticos compartían con estos. Sin la complacencia y con la necesaria distancia de los partidos católicos y de derecha es muy posible que la historia hubiese sido otra.

Giolitti con el rey Victor Manuel III, el general Díaz y el almirante Thaon de Revel (imagen: giovannigiolitti.it)
3. “Dadles un destino y os seguirán”

El autor de la obra lo señala claramente: Mussolini fue el primero en comprender en la emergente sociedad de masas, la eficacia de “explotar el rencor para la lucha política”. Vio lo importante que era ponerse a la cabeza de “un ejército de insatisfechos, desclasados y fracasados”, o al menos, de quienes tenían miedo a verse así. A muchos, aquel fascismo les sedujo por el “esplendor de la violencia”, siendo su carácter paramilitar una pieza clave que lo va a distanciar en mucho de los actuales populismos de derecha, ya integrados en los sistemas parlamentarios y carentes de cualquier atisbo socialista, pues en general (desde Brasil a EE.UU, desde España a Polonia, o desde la India a Filipinas), abrazan el credo neoliberal.

Así que, a pesar de las filias hacia las armas de personajes como Jair Bolsonaro o Santiago Abascal, la falta de una organización pretoriana de la militancia y de una visión cuartelaria del Estado es una gran distancia que entre otras, convierte en anacrónico el uso del término “fascista” para designar su propuesta política, lo cual no significa que ese rechazo de la vía violenta o militar no se revierta dado el caso. M. El hijo del siglo cuenta entre sus méritos el mostrar como el fascismo tuvo mucho de propuesta elaborada ad hoc, que solamente tras la conformación del Partido en 1921 se vio en la necesidad de definirse ideológicamente. De tal modo, su antipolítica y falta de convicciones (que pasaron de aplaudir la “venganza” popular y los saqueos de los terratenientes en el verano de 1919 a dejarse financiar por estos un año después), encontraron en la teoría de los mitos sociales de Sorel, o en lecturas de pacotilla de Bergson o Nietzsche, asideros filosóficos que permitían hacer la decisión y la violencia prioritarias frente a la deliberación y la razón. D’Annunzio y el futurismo (Marinetti: “¡abajo el pasado!”) le dieron su retórica y elementos simbólicos claves, como la exaltación de la juventud y de la nación a través del mito del Imperio romano.

Nicola Bombacci (imagen: elcomunistaencamisanegra.blogspot.com)

Ni solo reacción del Gran Capital (como defendió después la Internacional) ni tampoco un nuevo proyecto de sociedad (como defendió el revisionismo historiográfico y el giro culturalista de los noventa) sino todo y más: no caben explicaciones unicausales del fenómeno fascista, ni entonces, ni ahora.  El abandono de la razón, la encarcelación del cerebro y la deshumanización y eliminación, dado el caso, del contrario (estremecedora toda la trayectoria de Matteotti que narra el libro), hicieron de la falta a la verdad otro de esos rasgos. De nada sirve dar razones cuando de lo que se trata es de mostrar músculo frente a un gobierno que por todos los medios se trata de desestabilizar; de provocar revuelta para justificar las intervenciones de fuerza. Eso sí, nuestro posfascismo, por recordar la terminología de Enzo Traverso, no seduce ni ilusiona, sino que escarba en el rencor y la insatisfacción de una sociedad de consumo donde la promesa de este ha sustituido a aquella de felicidad del sueño liberal. Su discurso identitario, que a través de la activación de pulsiones agresivas que se combinan con signos de distinción social (la caza o los toros en el caso del posfranquismo patrio), no cautiva en el sentido de los mitos palingénesicos de los fascismos clásicos, sino que alimenta el resentimiento de un habitus reaccionario forjado durante varias décadas de hegemonía cultural progresista. A la liberación de los que se piensan sobrantes ante esta (y no hay que olvidar el progresivo desclasamiento de los “Cayetanos” del barrio de Salamanca frente a las fluctuaciones del capital financiero internacional al que muchos no obstante tratan de adaptarse) se puede sumar una promesa de destino, esta vez individual y no colectivo, pues se han disuelto las redes estables de sociabilidad y se ha roto toda transmisión intergeneracional de valores y tradiciones.

Giuseppe Volpi, presidente de Confindustria y ministro del régimen de Mussolini, en 1941 (imagen: Fondazione Fiera Milano)

Esa nueva anomia y aquella vieja política, que mantiene en el abandono de sí mismas a las clases populares, crean condiciones de la emergencia de autoritarismos de nuevo cuño cuyos gestos fascistas son evidentes. Hannah Arendt lo advirtió claramente en su análisis del totalitarismo, excesivamente denostado por los historiadores: el nazismo encontró su apoyo en la aparición de las “masas”, integradas estas por personas desideologizadas y carentes de una visión del bien común, a las que se les ofreció un sentido para la vida y una vía de integración que consistía en la comodidad de no tener que pensar, solamente reaccionar. Esa búsqueda de la movilización y de la activación emocional frente al pensamiento en una sociedad cruzada de soledad[vi], esa inconsistencia y esa ambivalencia canalla, es en lo que, en nuestra era de la posverdad, convierte en auténticos a los nietos de Mussolini.

Mussolini preside un desfile de las juventudes fascistas en Roma, 1934 (foto: Cordon Press)

(*) Autor de La utopía reaccionaria de José Pemartín y Sanjuán (1888-1954). Una historia genética de la derecha española (UCA, 2018) y El fascismo y sus fantasmas. Cambios y permanencias de la derecha radical (siglos XX y XXI) (La Linterna Sorda, 2019).

[i]       Ian Kershaw, The Hitler Myth. Image and Reality in the Third Reich, Oxford University Press, Oxford, 1987.

[ii]      Ángelo Tasca, El nacimiento del Fascismo, Ariel, Barcelona, 1983, pp. 7-8.

[iii]     Ibid. p. 15.

[iv]    Antonio Gramsci, Amadeo Bordiga, Debate sobre los consejos de fábrica (Prólogo de F. Fernández Buey), Anagrama, Barcelona, 1975, p. 40.

[v]     Giuseppe Fiori, Antonio Gramsci. Vida de un revolucionario, Capitán Swing, Madrid, 2015, p. 139.

[vi]    Hannah Arendt, Los orígenes del Totalitarismo, Alianza, Madrid, 2011, pp. 639-640.

Portada: foto de Ealing/Kobal/Shutterstock

Imágenes: Conversación sobre la Historia
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2 Comentarios

  1. Y sin embargo deja sin reflexionar sobre la abundancia de anarquistas y sindicalistas desde el minuto -1 del, fascismo, gente como Rossi, por ejemplo.

    • Sí, aunque algunas alusiones hay y Rossi aparece bastante. El libro se centra en Mussolini, y claro que hay aspectos que deja fuera.

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