Arthur Lima da Silva
Universidade Federal do Rio Grande do Sul

 

El 29 de mayo de 1890, se reunió en Richmond (Virginia), en los Estados Unidos, una multitud para celebrar, después de tres años de trabajos, la inauguración de una estatua en honor de Robert E. Lee, el más formidable general de los Estados Confederados de América y héroe indiscutible de la lucha contra la Unión. Entre aplausos y gritos de entusiasmo, contando con la presencia de oficiales confederados entre el público, los virginianos mostraban su deferencia al ejemplo de “fuerza y belleza moral” que había representado el militar. Veinticinco años después de su rendición total en Appomattox, Lee se transformaba en un “soldado cristiano sin culpa”, un modelo a seguir por todos los habitantes de los Estados Unidos y se unía a su adversario Abraham Lincoln al grupo de los venerables de la nación.

Monumento a Robert E. Lee erigido en 1890 en Monument Avenue de Richmond (Virginia), fotografiado en 1909 por Theodore Clemens (foto: American Antiquarian)

La “canonización de Lee”, como la llama el historiador David Blight, no fue un proceso aislado: entre finales del siglo XIX y mediados del XX, una memoria idealizada y romantizada de la Confederación se convirtió en hegemónica en los Estados Unidos. De traidores interesados en la perpetuación de la esclavitud, los confederados habían pasado a ser “artistas de la guerra” dedicados a la protección de sus hogares contra los “invasores” nordistas y partícipes de una insurrección justa aunque fracasada. Sus líderes fueron entonces agraciados con monumentos en diversas ciudades del Sur y los millares de hombres anónimos que habían muerto en los campos de batalla recibieron homenajes por todo el país. Obras como Lo que el viento se llevó o El nacimiento de una nación, así como muchas novelas y libros baratos, ayudaron a consolidar la imagen de un Sur de magnolias, lujos y bailes, donde blancos y negros trabajaban en armonía hasta que su mundo fue destruido por la tiranía de Lincoln. En esas representaciones, la verdadera causa legítima era la del Sur, cuyo único crimen había sido rebelarse contra la usurpación de sus derechos. Su espíritu era había sido “glorioso en la victoria y aún más en la derrota”. Lo que había sido pérdida devino, así, en triunfo. La Confederación arrasada en la Guerra era ahora victoriosa en el campo de la memoria.

Se perdió una guerra pero se ganó la memoria

Esa combinación entre la idealización de los Estados Confederados y la sacralización de sus personajes fue conocida como la causa perdida, nombre que había empleado originalmente el periodista Edward Pollard en el título de su historia de la Guerra Civil publicada en 1866. Para el escritor confederado, el conflicto terminado en 1865 había sido una lucha a muerte entre el Sur feudal, aristocrático y caballeresco y el Norte interesado en destruir esta civilización, intelectual y moralmente superior, en nombre de la modernidad.

La interpretación del periodista encontró más tarde eco entre diversos apologistas de los derrotados, descontentos con las políticas de la Reconstrucción e interesados en rehabilitar a los rebeldes para el futuro. Quedaron así fijados los términos de la causa perdida: la defensa impenitente de la Confederación y del Sur anterior a la guerra; la idealización de los militares confederados como inigualables guerreros, doblegados únicamente por la abrumadoramente superior fuerza numérica de la Unión; la reducción de las causas de la secesión de 1861 a una disputa sobre los “derechos de los Estados”; la trivialización de las violencias relacionadas con la esclavitud de seres humanos, convertida incluso en una institución “civilizadora” y benigna; y, finalmente, la demonización de la Reconstrucción, concebida como una “subversión” de las jerarquías “naturales” de clase y raza, y de los sudistas que habían colaborado con ella.

De novelas populares a obras historiográficas, pasando por memoriales, películas y currículos escolares, la causa perdida acabó convirtiéndose en el prisma a través del cual fueron comprendidas la Guerra Civil y la Reconstrucción por millones de norteamericanos y norteamericanas, sobre todo entre las décadas de 1890 y 1960. Gracias a la acción de propagandistas como Pollard, el expresidente confederado Jefferson Davis, los generales Jubal Early y Bradley Johnson, los novelistas Shelby Foote, Thomas Nelson Page, Douglas Freeman y el cineasta D. W. Griffith, los paisajes de un Sur idílico, habitado por señores bondadosos, mujeres caritativas y esclavos felices fueron incorporados a la memoria cultural de los Estados Unidos. La  Segunda Revolución Americana destinada a impedir la desaparición del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo se convirtió en una lucha infeliz entre hermanos, provocada por radicales irresponsables e incitada por libertos ingratos.

Cartel de la película El nacimiento de una nación, de D.W. Griffith

Asociaciones como las Hijas Unidas de la Confederación, los Veteranos Unidos de la Confederación y la Sociedad Histórica del Sur fueron también fundamentales para popularizar y proteger la causa perdida frente a las memorializaciones e interpretaciones contrarias de la Guerra Civil en el viejo Sur. La primera, muy especialmente, actuó como un verdadero centinela en defensa del honor de los héroes de la Confederación a través de la estrecha supervisión de los currículos escolares en el Sur, de campañas para financiar la construcción de memoriales públicos, de la organización de los archivos de Guerra y de la publicación de las obras de divulgación ancladas en los principios de la causa perdida. Gracias a su trabajo pudieron construirse centenas de monumentos confederados y fueron adoptados libros didácticos nítidamente favorables a la visión sudista en las escuelas de la región, mientras las versiones alternativas eran tildadas de “falsedades yankees”, hasta, al menos, los años 1960. Al mismo tiempo, las Hijas Unidas organizaban rituales y peregrinaciones periódicas a los principales monumentos confederados, entre los que la estatua de Lee era parada obligatoria, para infundir en sus compatriotas un ethos de veneración a la Confederación que, según el historiador W. Fitzhugh Brundage, adquiría en no pocas ocasiones rasgos casi religiosos: “Dios en el Cielo, Lee en la Tierra (y Longstreet en el Infierno)”.

El objetivo evidente de todo esto era construir la causa perdida como una causa sagrada que no admitía otra cosa que no fuese la veneración de sus herederos. Por ello, era necesaria la completa ocupación del espacio público del Sur con políticas de memorialización e interpretaciones acordes con sus principios. Se trataba, según Brundage, de definir lo que podría ser recordado y rememorado por todos, esto es, de la imposición autoritaria de una memoria única destinada a reducir la identidad sudista (y, por extensión, de todo el país) a una identidad exclusivamente blanca, prescindiendo de las mentiras que sustentaban esos mismos procesos de memorialización.  Más importante que la veracidad de esas representaciones era el efecto que buscaban en su audiencia y las políticas que legitimaban.

Prisioneros confederados en Camp Douglas (foto: discerninghistory.com)

Según los investigadores Alan Nolan y Gaines Foster, ese impulso inicial de glorificación desmesurada de la Confederación nació, sobre todo, de la necesidad de racionalizar la avasalladora derrota sufrida por el sur y del intento de justificar la secesión de los Estados Confederados, obviando la cuestión de la esclavitud. Ante la destrucción sin precedentes sufrida por la región, de la gran pérdida de vidas (doscientos cuarenta mil sudistas habían muerto en la Guerra, cerca del treinta por ciento de la población masculina local) y las incertidumbres resultantes de la ruina confederada, estos escritores, memorialistas y políticos adoptaron una narrativa que ansiaba tanto rescatar el honor de los líderes sudistas como probar que la separación del Sur había sido legítima y legal. Pero, aún más, contrastaban el desastre económico y social que siguió a la guerra con las (supuestas) pujanza y felicidad de un mundo perdido. En otras palabras, buscaban en la nostalgia lo que no conseguían encontrar en su presente.

No obstante, en los años que siguieron a la Guerra Civil, la causa perdida compitió con otras visiones del conflicto que enfatizaban bien su aspecto emancipatorio para los afroamericanos bien la necesidad de reconciliación entre los enemigos de otrora.  En las memorias emancipacionistas, ancladas en las experiencias y los relatos de los más de cien mil negros que había luchado por la Unión, la Guerra Civil era, ni más ni menos, el “renacimiento en libertad” que había preconizado Lincoln en 1863 y los confederados no pasaban de esclavócratas traidores. La memorialización reconciliadora era un intento de elaboración de las muertes de seiscientos mil norteamericanos que enfatizaba, independientemente de la justicia o no de sus causas, la importancia  de que las heridas abiertas por la carnicería fuesen curadas rápidamente. Algunas veces ambas visiones convergían y otras tantas divergían. De cualquier manera, hasta la década de 1890 habían prevalecido sobre la causa perdida y su defensa explícita de la supremacía blanca. A partir de esa fecha, sin embargo, fueron superadas por esta tradición hasta el punto de volverse incapaces, con escasas excepciones, de romper con su hegemonía en la esfera pública [1].  ¿Cómo ocurrió?

Portada del Richmond Times del 29 de mayo de 1890 (Albert and Shirley Small Special Collections Library, University of Virginia)
Raza y reunión

En el tránsito de un siglo al otro, los cambios sociales y políticos acontecidos en el Sur, especialmente la completa recuperación del control de la región por el Partido Demócrata en manos de los supremacistas blancos, y en el Norte, donde la intensificación del proceso de industrialización, la radicalización obrera e la masiva inmigración europea generaban ansiedad y temor en las clases medias y altas, condujeron a una “nacionalización de la causa perdida”, amparada en el doble imperativo de raza y reunión.

Se trataba, por una parte, de usar el pasado confederado para legitimar la segregación racial que estaba desarrollando su aparato legal precisamente en ese momento histórico. Esta memoria de la Confederación se articulaba así con todo el aparato de violencia del Sur bajo las leyes Jim Crow. La reivindicación del “heroísmo confederado” y la reducción de los afroamericanos a la imagen de “esclavos fieles”, típica de la causa perdida servía para asentar las políticas segregacionistas al afirmar la inquebrantable continuidad histórica entre el Sur de preguerra y el Nuevo Sur de los redentores [2]. La monumentalización de los líderes confederados -recuerda el historiador Henry L. Gate Jr.- fue acompañada del fraude electoral, de la retirada de derechos políticos a los negros, de los linchamientos y las intimidaciones contra comunidades enteras que caracterizaron este período. Las estatuas de Lee  -por quedarnos con un solo ejemplo- recordaban a los afroamericanos: “sabed vuestro lugar.

Linchamiento de Jesse Washington en Waco (Texas) en 1916 (foto de la exposición virtual Without Sanctuary)

Del mismo modo, las representaciones culturales de los “esclavos fieles” o de la “salvaje Reconstrucción”, ejemplificadas respectivamente por las mammies y por el mito del negro violador [3], fueron instrumentos para justificar el terror racial, bajo el pretexto de que era necesario “salvar al Sur” de la ignorancia y la barbarie. En este sentido, la transformación de la Guerra Civil en una “guerra por la preservación de un estilo de vida”, ocultando debidamente los horrores de la esclavitud o los actos sediciosos del Sur que habían precedido al conflicto, servía al propósito de asegurar que las memorias emancipacionistas fuesen deslegitimadas de antemano e de imponer una reconciliación nacional bajo los términos establecidos por el Sur. Así quedó explicitado en las conmemoraciones de los cincuenta años de la batalla de Gettysburg, el episodio más mortífero de toda la guerra, cuando el entonces presidente Woodrow Wilson declaró que era impertinente preguntar sobre los “motivos” del choque, lo que implicaría, obviamente, hablar de la esclavitud, y redujo, además, los “ejemplos” de Gettysburg al valor y al autosacrificio de los que habían muerto en uniforme ceniza y azul para “construir la nación». Donde Lincoln había visto las semillas de un renacer en libertad, Wilson, un político abiertamente segregacionista y admirador de la vieja Confederación, vio “hermanos y camaradas” (blancos) reunidos en paz y vigor: raza y reunión. Mientras, para los afroamericanos -observa Gates Jr.- todo esto formaba parte de una  “retórica de terrorismo” destinada a infligirles miedo y terror y a amparar actos de indescriptible crueldad.

Por otro lado, el lema de la reunión, dominado por el imperativo de la raza, era oportuno para las clases medias y altas nordistas cansadas de los antagonismos heredados de la guerra y asustadas por la agitación social en sus ciudades. En aquellas circunstancias, los confederados fueron «reimaginados» como verdaderos héroes norteamericanos, similares a Washington y Jefferson (y, paradójicamente, a Lincoln), incluso aunque su causa secesionista pudiese ser equivocada. Del mismo modo que Lee y sus ejércitos habían luchado contra radicales y agitadores en el pasado, correspondía, en las primeras décadas del siglo XX, a los norteamericanos “reales” luchar contra los radicales y agitadores, extranjeros en su mayoría, en aquel presente. Bajo esta óptica, “la causa perdida emergió como un arma útil contra el radicalismo y un bastión contra la diversidad social y el desorden[4]. El reconocimiento, por sectores nordistas, del valor confederado y de su patriotismo cumplía con la misión de, finalmente, reunir y reconciliar hermanos, separados hacía mucho tiempo, para luchar contra los nuevos enemigos de la nación.

El presidente Woodrow Wilson, el gobernador Tener y el congresista A. Mitchell Palmer, junto a veteranos y banderas de los dos bandos en los actos conmemorativos del 50 aniversario de la batalla de Gettysburg, en 1913 (imagen: centennnialcountdown.blogspot.com)

Fueron estos dos imperativos los que, consiguientemente, ayudaron a ocultar memorias alternativas, especialmente las emancipacionistas, ya que, si todo el empuje libertador de la Guerra Civil hubiese sido recordado, los principios de la causa perdida habrían caído por su propio peso. De haber sido así, se pondrían en peligro los fundamentos sobre los que se construía la segregación y el terror racial habituales en el Sur “redimido” porque revelarían que la guerra había sido, en síntesis, una disputa entre un Estado fundado para la preservación de la esclavitud y otro empeñado, con todos sus limitaciones, en su destrucción. Por ello, para triunfar, la causa perdida precisó asentarse sobre un conjunto de fraudes y invenciones que, según entiende el historiador Adam Domby, hacían de ella una “causa falsa”: una manifestación de negacionismo histórico producido para legitimar la supremacía blanca, ocultar la violencia esclavista del registro histórico y deshumanizar a millones de individuos por medio de la conmemoración de un país que había hecho de la desigualdad racial la razón de su breve existencia. Una memoria que, en las palabras del Frederick Douglass, el hombre más destacado entre los de su tiempo que levantó la voz contra la causa perdida, garantizaba que “la causa perdida en la guerra fuese reconquistada en la paz[5]. Y, durante seis décadas, así fue.

El pasado y el futuro de una causa

Con el Movimiento por los Derechos Civiles de los años 1950 y 1960 y el rescate con éxito de una memoria emancipacionista de la Guerra Civil (no fue por azar que Martin Luther King escogiese el Lincoln Memorial para hacer su discurso más famoso), la causa perdida entró en crisis, aunque siga habiendo defensores de ella y puedan tener cierta importancia. Sectores conservadores y libertarios norteamericanos, y no sólo norteamericanos, continúan afirmando que la guerra no fue sobre la esclavitud, asociando a Lincoln y su Partido Republicano con el “Estado grande” que tanto detestan, alabando el “patriotismo” y la “rectitud moral” de los líderes de la Confederación y defendiendo el uso público de sus símbolos. Una ojeada en el sitio virtual del Instituto Misses norteamericano, repleto de elogios a la “política económica” de la Confederación y reivindicaciones de la “legitimidad” de la secesión ante un “gobierno tiránico”, sirve para demostrar el vigor de la causa perdida en estos sectores.

Charlottesville (Virginia), agosto de 2017. Manifestantes ultraderechistas enarbolan banderas confederadas, nazis y de Gadsden («Don’t Tread on Me») en la concentración Unite the Right, en protesta por la retirada de una estatua de Robert E. Lee. Una contramanifestante defensora de los derechos civiles falleció al ser atropellada intencionadamente por un ultraderechista (foto: Anthony Crider/Wikimedia Commons).

Del mismo modo, en los años 2000, los Hijos de los Veteranos Confederados, asociación heredera de los Veteranos Unidos de la Confederación, protestó vehementemente contra la construcción de un monumento, el primero en el país, a la Reconstrucción con el argumento de que “agravaría las divisiones raciales” en los Estados Unidos y de que el período había sido “horrible” para el Sur. Existe también toda una tentativa de apartarse de esa tradición de supremacismo blanco que la construyó y de limpiar su historia presentándola como una simple cuestión de respeto a los antepasados sin mayores implicaciones políticas. Pese a todo, esa vinculación siempre reaparece violentamente: en 2015, nueve personas fueron asesinadas en una histórica iglesia negra de Charleston por un fanático de las insignias de la vieja Confederación; en 2017, neonazis y otros grupos supremacistas blancos reivindicaron la estatua de Lee durante una marcha desarrollada en Charlottesville.

Finalmente, las guerras de historia y memoria que atraviesan los Estados unidos de la Era Trump, donde el propio presidente proclamó su determinación de preservar una historia “patriótica” fundamentada en los imperativos de nación y reunión, demuestran que la disputa en torno al pasado confederado, espoleada por el ascenso de un poderoso movimiento antirracista de masas, continuará siendo un asunto central para el país hasta el momento en que la larga Reconstrucción termine definitivamente. Eso si, claro está, los fantasmas de la Confederación no se levantan de nuevo.

 

Referencias bibliográficas
  • BLIGHT, David. Race and Reunion: The Civil War in American Memory. Cambridge: Harvard University Press, 2001.
  • BRUNDAGE, W. Fitzhugh. The Southern Past: a clash between race and memory. Cambridge: Harvard University Press, 2008.
  • DAVIS, Angela. Estupro, Racismo e o Mito do Estuprador Negro. São Paulo: Boitempo, 2018 (existe una edición castellana de este texto: DAVIS, Angela. “Violación, racismo y el mito del violador negro”, en Mujeres, raza y clase. Madrid, Akal, 2005, pp. 175-202).
  • DOMBY, Adam. The False Cause: fraud, fabrication, and white supremacy in Confederate memory. Charlottesville: University of Virginia Press, 2020.
  • DOUGLASS, Frederick. Lessons of the Hour. Baltimore: Thomas & Evans, 1894.
  • FOSTER, Gaines M. Ghosts of the Confederacy: defeat, the Lost Cause and the emergence of the New South. Oxford: Oxford University Press, 1987.
  • GATES Jr., Henry Louis. Stony the Road: Reconstruction, white supremacy and the rise of Jim Crow. New York: Penguin Press, 2019.
  • NOLAN, Alan T.  The anatomy of a myth. In: GALLAGHER, Gary W. & NOLAN, Alan T. (org.). The Myth of the Lost Cause and Civil War History. Bloomington: Indiana University Press, 2010. p. 17-42.

*     N. de t.: Se refiere a James Longstreet (1821-1904), destacado militar y diplomático norteamericano. En 1861 se unió al ejército confederado y sirvió destacadamente en él bajo las órdenes directas de Lee durante la Guerra de Secesión. Tras la capitulación de la Confederación (1865) fue uno de los pocos generales sudistas que se unió al Partido Republicano. Además, apoyó a su viejo amigo Ulyses S. Grant en las elecciones presidenciales de 1868, desempeñó relevantes cargos políticos e incluso combatió contra la milicia sudista de la White League. Para muchos de sus antiguos camaradas se convirtió en el peor de los scalawags. Este término, que originalmente designaba a las reses de peor calidad, se convirtió en uno de los insultos habitualmente dedicados a los blancos del Sur que apoyaban las políticas de la Reconstrucción.

[1]      El culto a Lincoln, que culminó con la inauguración del Memorial a él dedicado en Washington en el años 1922, fue una de las pocas memorias unionistas capaz de hacer frente a la causa perdida.

[2]      El término Redención  fue utilizado por primera vez por los demócratas y demás supremacistas blancos para referirse al final de la Reconstrucción y su recuperación del poder político local en el Sur.

[3]     DAVIS, Angela. Estupro, Racismo e o Mito do Estuprador Negro. São Paulo: Boitempo, 2018 (N. de T.: este texto esta editado en castellano en DAVIS, Angela. “Violación, racismo y el mito del violador negro”, Mujeres, raza y clase, Madrid, Akal, 2005, pp. 175-202).

[4]     BLIGHT, David. Race and Reunion: The Civil War in American Memory. Cambridge: Harvard University Press, 2001. p. 276.

[5]      DOUGLASS, Frederick. Lessons of the Hour. Baltimore: Thomas & Evans, 1894. p. 24.

Fuente: AVILA, Arthur Lima de/ “A Causa Perdida”: memória da Guerra Civil nos Estados Unidos (Artigo). In: Café História. Publicado em 05 out de 2020. Disponível em: https://www.cafehistoria.com.br/causa-perdida-guerra-civil-eua/. ISSN: 2674-59.

Traducción:  Henrique Hervés Sayar

Portada: Prisioneros del frente (1866), por Winslow Homer (Metropolitan Museum). En la escena, datada el 21 de junio de 1864, el general Francis Channing Barlow captura a cuatro oficiales confederados en el campo de batalla de Petersburg (Virginia)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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