Reseña de libros

 

 
Henrique Hervés Sayar
Profesor de Enseñanza Secundaria.
Profesor-Tutor del Centro Asociado de la UNED en Lugo

 Una portada impresionante, muy diferente a la austera y antigua tipografía que ocupa la de la edición original de Penguin, y un provocativo título llaman la atención sobre este largo (más de 700 páginas) y sugerente ensayo histórico de Nancy Isenberg.

La fotografía del armado, humilde y envejecido varón sentado en su mecedora en el porche ante una modesta vivienda de madera evoca dos imágenes contrapuestas. Por una lado, surge la del pobre, ocioso y lamentable hillbilly. Posiblemente, a muchos de los que fuimos niños a caballo entre los años 1960 y 1970, les traiga a la mente la imagen del gruñón Pa Oso (Paw Rugg originalmente), aquel somnoliento y  despreocupado  progenitor de Los osos montañeses (Hillbilly Bears), una de las muchas series de dibujos animados con las que Hanna Barbera cubría buena parte de la programación infantil del único canal de televisión existente entonces. Por otro lado, la monumental dignidad del personaje recuerda a las hermosas imágenes con las que Arthur Rothstein, Dorothea Lange o Walker Evans retrataron a los pequeños propietarios, arrendatarios y aparceros del centro y sur de los Estados Unidos, condenados a un presente miserable y a un futuro incierto por la erosión de sus campos y la Gran Depresión. Tras leer la erudita investigación de la profesora Isenberg concluimos que Pa Oso se impone claramente a Tom Joad en la representación cultural de los pobres blancos norteamericanos desde los tiempos de la colonia hasta la actualidad. Siempre fueron más objeto de burla y conmiseración que de solidaridad. El New Deal, la Great Society y sus programas de lucha contra la pobreza fueron breves excepciones a  esta norma.

«Georgia cracker types», dibujados por E. W. Kemble hacia 1891 (imagen: Wikimedia Commons)

A este grupo social (¿clase? ¿subclase?) de sinuosos contornos se refiere el título, White Trash  (Escoria blanca). Esta expresión, aparecida ya en 1821 y popularizada en la década de 1850, no es más que uno de los múltiples disfraces que, según Nancy Isenberg  “han difuminado la presencia de los blancos pobres” en la historia de los Estados Unidos. Sus ropajes han sido muchos y, en general, nada elogiosos: “morralla humana, hez de la tierra; patanes; trotamarismas; tunantes; basura; ocupas, mascamazorcas; comearcillas; vulgares horteras; pies de barro, scalawags; saltamontes de matojo; rústicos, catetos, pordioseros, tirados, negros de tez palida, degenerados, escoria blanca, caravaneros tirados, vagabundos de fangal...”. El trabajo del traductor, Tomás Fernández Aúz, para encontrar equivalentes ha sido desde luego muy meritorio.

A través del estudio histórico de este colectivo la autora pretende comprender la historia de la identidad de clase de los estadounidenses. El objetivo es ambicioso, quizás esté ya parcialmente contado contra lo que afirma el subtítulo, y es posible que el medio no sea suficiente para alcanzarlo.

Como no podía ser de otra manera, si lo que se pretende es recuperar la validez analítica de la clase, el espejismo del American Dream debe ser cuestionado porque, como bien dice la autora, “sólo se pueden crear mitos a través del olvido”. El discurso de la tierra de las oportunidades, donde, al margen de los condicionantes de origen familiar y socioeconómico, cualquiera, con ingenio y duro trabajo, tiene posibilidad de ascender y mejorar, mantiene un gran atractivo pero exige orillar la posibilidad del fracaso y la reflexión sobre sus causas. De esta manera, la pobreza persistente sólo puede ser el resultado de la (ir)responsabilidad individual o  el resultado de unas condiciones naturales, ajenas al control humano, de “la pervivencia de un legado impuesto”. Del mismo modo, la exaltación de una general clase media ignora que la existencia de esta no es posible sin la de una realidad inferior. Especialmente sugerentes son los capítulos dedicados a los tiempos coloniales, la democracia jacksoniana y el tremendo eco alcanzado por las formulaciones eugenistas entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Prisioneros confederados en Camp Douglas (foto: discerninghistory.com)

A los tiempos de la Colonia corresponde el amable “relato puritano original”. Contaba este el trabajo duro de virtuosos peregrinos llegados a las costas del Nuevo Mundo en busca de la libertad religiosa. Lugares y personajes memorables, Plymouth Rock, Jamestown, John Smith, Squanto, Pocahontas o William Penn, siguen poblando la cultura popular. La realidad fue muy diferente. Las tierras de Nueva Inglaterra no fueron sólo el espacio virgen para un Nuevo Canaán, del que hubo que apartar -eso sí- a sus pobladores originarios, sinó también el destino de los abundantes “despojos humanos” extraídos desde Inglaterra para los que la vida fue dura y las oportunidades escasas. La tierra era la principal fuente de riqueza y los que carecían de ella quedaron muchas veces sometidos a la condición de criados forzosos, desprovistos de propiedades e imposibilitados de cualquier movilidad social que no fuese la huida. A finales del siglo XVII, John Locke, precursor destacado del liberalismo político, aparece como beneficiario de extensas concesiones de bienes raíces en Nueva Inglaterra y emerge como destacado defensor de sus lores propietarios y del trabajo servil. A comiezos del siglo siguiente, las pobres tierras de Carolina del Norte se habían convertido, en palabras del gobernador de Virginia Alexander Spotswood en “santuario común para todos los criados que huyen de nuestras tierras”. Por entonces, en la próspera Virginia, más de la mitad de los habitantes blancos carecían totalmente de tierras y trabajaban como arrendatarios, jornaleros o criados para una elite terrateniente. Y no hay que olvidarse de la extensión de la esclavitud negra que alcanzaba en 1740 al 72% de los habitantes de Carolina del Sur.. Un panorama que explica la hipocresía de los founding fathers, especialmente la de los democráticos Thomas Paine y Thomas Jefferson, sobre la esclavitud y sus perjuicios clasistas por los pobres blancos durante la Revolución mientras proclamaban “que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

familia blanca de Alabama presentada en 1913 como celebridades porque habían escapado de los efectos debilitantes de la anquilostomiasis (hookworm) (foto: Wikimedia Commons)

A comienzos de siglo XIX comienzan a difundirse los términos squatters (ocupantes ilegales) y corncrackers (mascamazorcas) para referirse a los blancos pobres asentados irregularmente por todo el territorio estado, sobre todo en los Apalaches y en la nueva frontera abierta por la adquisición de la Luisiana (1803). Aquirieron así unha imagen ambivalente. Por un lado, repelían las penosas condiciones de su vida en cabañas inmundas, su falta de modales, su “tendencia a la reproducción compulsiva” y su peculiar habla. Por el otro, atraían su sencillez, su valor y su amor por la libertad hasta convertirlos casi en quintaesencia del hombre común norteamericano, en íconos de un nuevo estilo democrático que pensó encontar en el presidente Andrew Jackson (1829-1837), defensor de la esclavitud y exterminador de nativos, o en el senador David Crockett, ambos de Tennessee, a los portavoces de sus esperanzas. Desde esta perspectiva, la formación académica, los buenos modales y el respeto a los procedimientos eran síntomas de influencias extranjeras y de un elitista distanciamiento de los “hombres de verdad” como Jackson. Quizás por ello no extrañe que Donald Trump decidiese colgar en el Despacho Oval el retrato de su antecesor demócrata. Tampoco que la imagen de hillbilly, del hombre de sencillos orígenes -¿no será por su éxito personal?- haya gozado de tanto predicamento hasta la actualidad: de Elvis Presley a Dolly Parton, de Bill Clinton o Sarah Pahlin.

Erosión junto a una granja de Alabama en 1937 (foto: Arthur Rothstein / Library of Congress / VCG / Corbis)

Desde mediados del siglo XIX, comienzan a menudear tanto en los ensayos cultos como en la literatura popular las descripciones de la escoria blanca del sur personajes demacarados, vestidos con harapos, de tez amarillenta, rodeados de hijos deformes y mal alimentados, castigados por la pelagra y los anquiostomas. En definitiva, constituían una raza, una “tribu de engendros” en palabras de la ferviente abolicionista Harriet B. Stowe, autora de La cabaña del Tío Tom. Podían transmitir, por tanto, tales rasgos a su descendencia. Eran seres prescindibles. Así lo pensaron los científicos y políticos atraídos por la difusión del socialdarwinismo desde finales de la centuria y el creciente eco de los postulados eugenésicos, a los que fue receptivo incluso el progresista Theodor Roosevelt. La mobilización general para participar en la Gran Guerra coincidió con el aumento de la importancia concedida a los test de inteligencia. Sus resultados dieron argumentos a los eugenistas: los reclutas blancos pobres y los negros de los estados sureños, los grupos con menor acceso a la educación formal, fueron los que obtuvieron peores resultados. En 1931, veintisiete estados norteamericanos tenían en vigor leyes sobre la esterilización y habían categorizado detalladamente los grupos de personas que podían ser sometidas a tal intervención. El propio Tribunal Supremo de los Estados Unidos legitimó la “manía eugenésica” en la sentencia en el caso Buck vs. Bell, (1927) que permitía la esterilización de Carrie Buck por el Estado de Virginia con la indigna argumentación del juez ponente Oliver W. Holmes:

“El mundo saldrá mejor parado si la sociedad, en lugar de ejecutar a los vástagos degenerados del género humano por los delitos que comete o en vez de dejarlos morir de hambre a causa de su idiotez, se dota de los medios para impedir que aquellos que se revelen manifiestamente inadecuados den continuidad a su estirpe […]. Con tres generaciones de imbéciles ya tenemos bastante”

 

Familia de aparceros retratada por Walker Evans, fondo documental de la Farm Security Administration / The Museum of Modern Art

Puede que los argumentos eugenésicos quedasen desacreditados tras la victoria sobre las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial pero resulta preceptible su eco en las perturbadoras imágenes de los blancos sureños en la literatura y el cine de la posguerra. El retrato de los Ewell en Matar un ruiseñor, la novela de Harper Lee publicada en 1960, llevada al cine por Robert Mulligan dos años después y magistralmente evocada por la profesora Isenberg en el prefacio de este libro, no fue, ni mucho menos, una excepción.

Tras el conflicto mundial,el desarrollo de los suburbios y el acceso a la propiedad de una casa en ellos se convirtieron en símbolos de la –segun algunos- etapa dorada del capitalismo americano, las décadas de 1950 y 1960. Mientras los medios concentraban su mirada en los conflictos raciales, insistiendo en una imagen despreciable de los pobres blancos del sur, se fueron configurando vecindarios homogéneos desde el punto de vista racial y socioeconómico. La cotización del suelo se vinculo a la posición de sus habitantes y generó sus propios excluídos. Surgieron entonces los parques de caravanas, nuevo espacio reservado a los marginados del sueño americano, un país nómada que no ha dejado de crecer con cada catástrofe natural y con cada recesión económica.

Exagerada parece la calificación de “la guerra civil como lucha de clases”. Como tantas otras fue “una guerra de hombres ricos, librada por hombres pobres” pues los sectores populares proporcionaron, a través del reclutamiento forzoso, la carne de cañón que el brutal enfrentamiento requirió. A pesar de la fidelidad a la Unión de numerosos sureños, de la amplia resistencia al servicio militar obligatorio, de las grandes cifras de prófugos y desertores, las elites sudistas, fueron capaces de canalizar el descontento de los blancos pobres y convertir la identidad racial y la hostilidad hacia la Unión en poderosos aglutinantes. Aún más, implantaron solidamente un relato idealizado y romantizado de la guerra civil y la Confederación, “la causa perdida” poco cuestionado hasta fechas muy recientes.

Una imagen paradigmática de la white trash, personificada en Hazel Bryan, la joven que increpa a Elizabeth Eckford en el acceso a la Central High School de Little Rock, Arkansas, el 4 de septiembre de 1957, foto de Will Counts (archivo de la Universidad de Indiana)

Insuficiente parece centrar el análisis de de la identidad de clase en los Estados Unidos en un grupo tan específico, los blancos pobres del sur. ¿Acaso no existe o es demasiado débil la identificación entre este colectivo y otros grupos de trabajadores blancos desfavorecidos, prisioneros también del sueño americano? ¿La inhiben las otras fracturas presentes en la sociedad nortemericana, singularmente el factor raza? ¿Volvemos entonces a los debates suscitados por el tantas veces citado artículo de Sombart Why is there no Socialism in the United States (1906)? ¿Pueden disociarse identidad de clase y acción colectiva de clase? ¿No sería recomendable recurrir a un análisis comparado para un cuestionamiento más eficaz del supuesto excepcionalismo americano?  Muchas preguntas quedan por contestar. Es posible que el subtítulo inicial y los objetivos inicialmente formulados hayan confundido. Pero su lectura es muy recomendable y resulta, como se ve, tremendamente sugerente.

Es reseña de Isenberg, N. (2020). White Trash (Escoria Blanca). Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses. Capitan Swing Libros: Madrid.

Portada: Floyd Burroughs y los niños de la familia Tingle, aparceros de Alabama retratados por Walker Evans en 1936

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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