Beatrice de Graaf

Catedrática de la Universidad de Utrecht.
Autora de
Fighting terror after Napoleon:
how Europe became secure after 1815

(Cambridge University Press, 2020)

El terror blanco ha sido siempre hermano gemelo del terror rojo o revolucionario. La historia moderna es testigo, desde la Revolución francesa, de un desfile efervescente de rebeliones, insurrecciones, alzamientos y golpes de Estado que casi siempre aparecieron en pareja, como sucedió, por ejemplo, con el terror revolucionario contra antiquísimos regímenes feudales y autoritarios y el terror blanco, la violencia contrarrevolucionaria dirigida contra los supuestos activistas y disidentes revolucionarios (o socialistas después de 1917). Aplicar esta dicotomía del terror a la ola insurreccional de nuestros días (en Estados Unidos y otros lugares) nos ayuda a ubicar su dinámica en un contexto histórico más amplio.

Lo asentado del terror rojo en la memoria colectiva y nacional estadounidense hace fácil olvidar que, para los europeos, el terror blanco fue siempre el socio natural de las revoluciones rojas en tanto que política de venganza. Lo que conecta a estos dos rostros del terror es históricamente evidente también desde la perspectiva de la historia europea: la Grande Peur, el «gran miedo» y su dinámica aparejada de autosugestión; de adopción casi subconsciente de una idea generada por la propia conciencia. Fue el historiador francés Georges Lefebvre quien, en su famoso y todavía muy relevante relato de la Revolución francesa La grande peur de 1789 (1932), introdujo esta noción de pánico general, de gran miedo, refiriéndose al que instó a campesinos y comunidades locales de toda Francia a lanzarse al asalto del sistema feudal en 1789.

Terror revolucionario: masacres de 1792 en Châtelet y Bicêtre. Grabado anónimo, Paris, BnF, département des estampes et de la photographie, 1792

Espoleados por fausses nouvelles (fake news) y rumores, creían que una potencia extranjera pretendía quemar sus cosechas, que los saqueadores venían de camino a incendiar sus casas, y que todo era parte de una hambruna planificada; de un complot de los aristócratas para matar de hambre a la población y obligarla a regresar a la obediencia y la aquiescencia. Campesinos, ciudadanos, pero también artesanos y miembros de la burguesía atacaban las propiedades de la nobleza feudal e intentaban encontrar y destruir los documentos que registraban los privilegios feudales. Y esta revuelta inspirada por el pánico provocó que la Asamblea Nacional de París acabara con el régimen feudal, dando inicio a la Revolución francesa propiamente dicha aquel mismo año. Las oleadas insurreccionales subsiguientes, el derrocamiento de la Monarquía, la caída del sistema de haciendas y la abolición de los privilegios y las expropiaciones feudales llegaron a conocerse como un régimen de terror; un terror del que quedaría fijada para siempre en la historia la mecanización de la soga acometida por Robespierre: la guillotina.

La cuestión es que, con sus ejecuciones y arrestos, los comités revolucionarios desataron inmediatamente una oleada contrarrevolucionaria de terror blanco, que logró apoderarse del país en 1795. Una oleada no dirigida desde arriba y que incluía linchamientos, ataques no coordinados y protestas organizadas por familiares de las víctimas y otras personas que se oponían a los jacobinos. En el sur de Francia, la violencia contrarrevolucionaria fue organizada y llevada a cabo por asociaciones realistas clandestinas que se habían estado preparando para perseguir a los jacobinos que participaban en el Reino del Terror. El apellido blanco proviene de que se contaba que adornaban sus gorras con escarapelas blancas: el color de la monarquía borbónica.

Caricatura contrarrevolucionaria en la que Robespierre guillotina al verdugo tras ejecutar a toda Francia (Wikimedia Commons)

A juicio de Lefebvre, los ejes que permitían comprender aquel estallido de violencia eran los conceptos de miedo social y autosugestión, que estaban detrás de ambos tipos de terror. Obviamente, existían causas y transiciones más profundas que habían hecho madurar el clima insurreccional, pero el detonante de las revueltas eran ciertas creencias autogeneradas, por las cuales los actores históricos pensaban que sus peores miedos se hacían realidad antes de que realmente se hicieran. Como señalaba Lefebvre, «cuando una asamblea, un ejército o una población entera se sientan a esperar la llegada de un enemigo, sería muy inusual que este enemigo no fuera avistado en un momento u otro». En tanto que acontecimiento sin precedentes y fractura tectónica del tejido político, económico, cultural e incluso histórico de la sociedad, la Revolución francesa se convirtió después en el modelo de todo pánico social. La Comuna de París y el Terror Rojo de 1917 sólo esculpieron todavía más este tropo primordial. Más tarde, la Guerra Fría tradujo el miedo rojo en una auténtica industria literaria y cultural, con películas y radionovelas invocando toda clase de conspiraciones inminentes, incluidos los días apocalípticos del Juicio Final.

La Guerra Fría profundizó y fortaleció la noción lefebvriana de la grande peur en el interior de los partidos conservadores y centristas de las democracias liberales de Occidente. Lefebvre acertó con su enfoque en la historia desde abajo y la noción de autosugestión con motor de las revoluciones (en oposición a la idea de una coordinación centralizada desde arriba). Sin embargo, podría haber hecho mayor énfasis en su efecto sobre los defensores del terror blanco, porque es ahí donde la autosugestión y el temor primordial hacia la revolución han estado mayoritariamente en casa: con los perpetradores del terror blanco y su política conspiranoica de venganza.

Terror blanco en Francia (imagen: museeprotestant.org)

A partir de 1795, la violencia contrarrevolucionaria contra supuestos traidores, enemigos del pueblo, comunistas o quintas columnas ha sido un tropo recurrente; un hilo que conecta el terror blanco de 1815 con el desatado en Rusia, Bulgaria, Finlandia o, más tarde, Grecia e incluso Taiwán en el siglo XX. El terror también ha sido una característica de la violencia contrarrevolucionaria desde finales del siglo XVIII, cuando se convirtió en el discurso del terrorismo.

Incluso podríamos argumentar, siguiendo la teoría del politólogo David Rapoport sobre las cuatro olas del terrorismo en la historia moderna (anarquista, anticolonial, izquierdista, religiosa), que toda ola terrorista estuvo siempre acompañada de su sombra; de una ola paralela de terrorismo parasitario, reaccionario y contrarrevolucionario que trató de hacer retroceder, deshacer y deslegitimar los cambios y transformaciones perseguidos por los movimientos emancipatorios.

Terror blanco: Ejecución de comunistas en Alexandrovo Gaysky por cosacos bajo el mando del ataman Alexander Dutov en 1918 (foto: Wikimedia Commons)

En 1815, con el regreso de la monarquía borbónica, el fantasma de un regreso inminente de Napoleón (incluso después de Santa Helena) desencadenó un sanguinario frenesí de violencia ultrarrealista en el Mediodía. Con el pretexto de erradicar una vasta conspiración antimonárquica, asociaciones clandestinas y realistas vengativos regresaron del exilio y organizaron redadas en el departamento del Gard y mataron a miles de supuestos revolucionarios y bonapartistas. Protestantes aterrorizados —que eran señalados en numerosas ocasiones— escribían desesperados al ministro de Policía aliado en París, quejándose de una «segunda matanza de san Bartolomé». Pero las fuerzas de seguridad y el Gobierno de París se quedaron quietas y esperaron a que pasara el terror contrarrevolucionario, lo que les convenía para consolidar su poder.

La autosugestión de la revolución antifeudal en el siglo XIX se convirtió en el XX en el miedo hacia los levantamientos e insurrecciones coloniales en el siglo XX, con los terroristas de la OAS emprendiendo ataques de terror blanco en Francia en los sesenta, por ejemplo. Durante la Guerra Fría, organizaciones terroristas de derecha como la italiana Ordine Nuovo llegaron aún más lejos, aprestando en los setenta supuestos atentados terroristas de izquierda como parte de su estrategia de tensión, precedente de la estrategia actual de aceleración. Presuntas expropiaciones y tomas del poder por los comunistas fueron siempre prioritarias en la agenda de la caza de brujas anticomunista, que en los setenta y ochenta recurrió a contragolpes y asesinatos políticos en países tan diferentes como España, la República Federal Alemana, Estados Unidos o Chile.

Terror blanco en Tailandia: linchamiento de estudiantes durante el asalto de la policía y simpatizantes ultraderechistas a la Universidad Thammasat de Bangkok  el 6 de octubre de 1976 (foto: Neal Ulevich/AP, premio Pulitzer 1977)

En nuestros días, en Estados Unidos y otros lugares, el tropo del terror blanco reaccionario se traduce en un miedo profundo y asentado hacia presuntos complots antiblancos y socialistas. El apellido blanco ha mutado ahora, pasando de ser una etiqueta política, cultural o social para un tipo determinado de protesta y violencia reaccionarias a adquirir un sentido literal, racial: terror blanco equivale ahora a terror antinegro. El 6 de enero de 2021, salió a la superficie en la forma de un intento de golpe de Estado contra el mismo proceso democrático; como terror supremacista blanco dirigido contra una supuesta toma del poder por parte de una élite socialista y contra los negros y personas de color en general, en esta ocasión con bridas, sogas y horcas en lugar de una guillotina.

La autosugestión que Lefebvre atribuía a las turbas y masas que se volvían salvajes contra un enemigo fabulado por ellas mismas, inspiradas por un pánico apocalíptico por ellas mismas generado a través de sus medios de comunicación, fue siempre más apropiada para el terror blanco que para el rojo. Con su dirección reaccionaria y retrógrada, estuvo, y está, muy lejos del empuje de las revueltas campesinas y ciudadanas originales, impulsadas por ideales emancipadores contra un sistema injusto.

[Artículo publicado por la revista Age of Revolutions el 15 de enero de 2021, traducido del inglés por Pablo Batalla Cueto]

Fuente: El Cuaderno, enero de 2021

Portada: Terror blanco: matanza en las prisiones de Lyon en abril de 1795, grabado de Auguste Raffet (1823)(Wikimedia Commons)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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