Reseña de libros

 
 
Jordi Nieva-Fenoll

Catedrático de Derecho Procesal de la Universitat de Barcelona

Todos estamos marcados por las personas que nos hicieron crecer, que habitualmente fueron los padres. No es que la culpa de la educación de un hijo sea siempre de los progenitores porque las personas, en mayor medida de la que se cree a veces, tienen vida propia. Pero sí que hay algo siempre que se hereda de las anteriores generaciones cuando se convivió con ellas.

En el libro de Jordi Amat “El hijo del chófer” se da cuenta de varias de esas relaciones familiares, centrándose sobre todo en el padre del periodista Alfons Quintà, que es el personaje principal de la auténtica trama de tráfico de influencias que se describe con escalofriante precisión en el libro. También se ocupa el autor del padre de Jordi Pujol y, por supuesto, del propio expresident. Amat consigue descenderlos con sutileza al terreno de la vulgaridad, al que sin duda pertenecían pese a que ostentaran un poder enorme en su momento desde el que siguieron actuando, por cierto, con las mismas debilidades y flaquezas propias de la gente corriente que eran, con alguna virtud claramente sobredimensionada y con muchísimos defectos.

El autor se ocupa precisamente de esa hoguera de sobredimensión, atizada por ellos mismos y por muchos ingenuos. Quintà es uno de los periodistas claves de la transición en Catalunya, igual que Pujol fue el político esencial de ese período, más que Tarradellas, de hecho. Ciertamente, no son los que inauguraron el cambio político, pero sí los que construyeron una pista de aterrizaje plagada de charcos sobre la que aterrizó el catalanismo casi entero tras un largo temporal. Quintà creó TV3, por encargo de su enemigo íntimo, Jordi Pujol, que convirtió a la Generalitat en un símbolo de autogobierno aparentemente inexpugnable hasta que Puigdemont enseñó –sin querer– a todo el mundo que el Palau estaba desnudo, como el rey del cuento de Andersen. Un sorprendente recorrido de creación y derribo similar al perpetrado por Juan Carlos I. Asistimos en el presente a una impugnación generalizada de los edificios políticos que permitieron salir de la dictadura y que ahora, guste más o menos, se comprenda antes o después, agotada su utilidad habrá que sustituir a través de un nuevo urbanismo más ergonómico con la realidad humana actual.

De izquierda a derecha, detrás, el padre de Marta Ferrusola, Jordi y Florenci Pujol, la esposa de éste y la madre de Marta Ferrusola, y delante, Jordi, Josep y Marta Pujol Ferrusola, en Vallirana, 1966 (ARCHIVO FAMILIAR DE JORDI PUJOL…ARCHDC)

Quintà es descrito como un psicópata, y quizás lo fuera, aunque según los que diferencian ambos trastornos, parece tener más rasgos de sociópata. Alguien que en el fondo odia a la gente porque se siente constantemente despreciado y necesita reafirmarse a cada momento y con cada acto, sea teniendo un cargo, vengándose obsesivamente o logrando una –siempre– pírrica victoria sexual. Alguien que conoce como experto la vileza humana y, por consiguiente, sabe manipularla. Probablemente por todo ello tenía una envidiable red de fuentes, recurriendo al afecto o al miedo para sonsacarlas, practicando una especie de periodismo de “cotilleo” que, por más que sea muy frecuente, resulta tan enojoso como el policía corrupto que vive de sus confidentes. Un periodista puede especializarse en rumores, pero siempre es preferible que se avance a la realidad desde un conocimiento global de sus variables. De hecho, es más fácil acertar así, dado que las voluntades humanas son siempre volubles y cambiantes. Así también es más sencillo ser un periodista independendiente sin deber favores. Claro está, investigar la realidad es más difícil que pasarse el día colgado del teléfono.

Manuel Ortínez y Josep Tarradellas (foto: Fontseré/Arxiu Tarradellas)

Quintà manoseaba las vidas de la gente  sin escrúpulos, convirtiéndolas en sus “chóferes”. Puede que lo aprendiera de las personas que había oído hablar tantas veces en el coche de su padre o en la casa de Josep Pla, y que jugaban en mayor o menor medida a lo mismo que luego jugó Quintà por diferentes razones. Como muchas personas jóvenes, aprendió un modo de hacer y lo elevó con radicalidad a la máxima potencia. Y seguro que se compadecía a sí mismo, como tantos otros, pensando falazmente que todo el mundo actúa igual.

Y no le faltaba algo de razón. No cuesta nada descubrir en el libro a otros personajes muy conocidos, y hasta admirados, que actuaban igual que Quintà pero sin esa sociopatía enfermiza, o simplemente con mejores formas. Cuesta horrores asumir que varios de ellos en un momento u otro de nuestra propia vida nos engañaron. Sería positivo que se escribieran muchos más libros desenmascarando a este tipo de personajes, particularmente a los que están en activo. Desvelando que se trata de sujetos que desprecian a todo el mundo y que sólo actúan en interés exclusivamente propio, muchas veces simplemente emocional, tratando de conseguir una superioridad que les saque de la miserable consideración que secretamente tienen de sí mismos.

Alfons Quintà da entrada a la primera emisión de TV-3 (foto: La Vanguardia)

Lo que uno lamenta leyendo el libro es que no se escribiera mucho antes, cuando Amat era un niño. Descubrir a los psicópatas o sociópatas impide que impongan pautas sociales de insolidaridad, que destrozan la convivencia y hacen parecer imbéciles a las buenas personas. Al contrario, son las más inteligentes, porque con su conducta logran que la sociedad exista. Una comunidad de sociópatas es inviable.

Portada: De izquierda a derecha, Josep Quintà, Josep Pla, Camilo Jose Cela, Néstor Luján, Jaume Isern y Lluís Medir en una imagen de 1957

 Autor Ramon Dimas (Fundacio Josep Pla, colección Jaume Isern)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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