Reseña de libros                                                           

 

Ignacio Martínez de Pisón

 

En qué adulto puede convertirse un chico de dieciséis años que, para conseguir que su padre le autorice a obtener el pasaporte, no duda en chantajear a uno de sus amigos más ilustres, el escritor Josep Pla, a quien amenaza con denunciar ante la Brigada Social por haber acudido a Francia a mantener diversos encuentros con el presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, encuentros de los que tiene “constancia fotográfica”? Esa es la pregunta que uno se hace cuando lleva leídas apenas treinta páginas del libro que en torno a la atrabiliaria personalidad del periodista Alfons Quintà ha escrito Jordi Amat.

Alfons Quintà (primero por la izquierda), junto a su padre Alfons, Jaume Vicens Vives y sus hijos, y Josep Pla, en Roses, en 1953 (foto incluida en la portada del libro El hijo del chófer)

El hijo del chófer es un libro del que se va a hablar mucho y muy bien. El título se explica por la amistad que unió a Pla (que no conducía) con el padre de Quintà, dueño de un flamante Lancia que puso al servicio del autor de El quadern gris y que le facilitó el acceso a su reducido círculo de confianza, su particular Camelot ampurdanés. Gracias a eso, Alfons creció a la sombra de las figuras más relevantes de aquella Catalunya: los ya mencionados Pla y Tarradellas, pero también Jaume Vicens Vives, Manuel Ortínez, Carlos Sentís, Jaume Miravitlles… Su trayectoria profesional, además de precoz, fue fulgurante: de las colaboraciones juveniles que le convirtieron en pionero de la radio en catalán pasó a dirigir sucesivamente la delegación de El País en Catalunya, la recién fundada TV3 y el perió­dico El Observador. Tras esta última etapa, y aunque todavía no había cumplido los cincuenta años, su estrella se apagó casi de golpe. Su biografía es la de alguien que vivió bajo el signo de la prisa y la ­ansiedad. Llegó pronto, se retiró antes de tiempo y tuvo un final tan trágico como abominable: se suicidó en diciembre del 2016 después de asesinar a su mujer.

Alfons Quintà en Barcelona en 1977 (foto: Manuel Armengol)

La historia de Quintà tiene algo de tragedia clásica, con esa relación de amor-odio que mantenía con su padre y esa incontenible inclinación a la venganza, una inclinación que se extendía a las otras figuras paternas que hubo en su vida. Indefectiblemente, todos los que en algún momento le habían ayudado acababan siendo objeto de sus invectivas: como en la fábula del escorpión y la rana, estaba en su naturaleza. En general, quienes trabajaron a sus órdenes lo recuerdan como un hombre despectivo, maleducado, visceral, tiránico, que disfrutaba humillando a sus subordinados y acosaba a las redactoras. No le importaba resultar adusto o grosero, porque para conseguir lo que quería tenía algo más poderoso que el afecto o la persuasión: tenía información. El hombre que se había estrenado con una tentativa adolescente de chantajear a Josep Pla no dudaría en recurrir a la misma técnica cuando hiciera falta. ¿Por qué conformarse con pagar un piso a precio de mercado cuando una serie de artículos atacando a La Caixa podían bastar para que le adjudicaran en condiciones muy ventajosas una vivienda de la entidad?

Alfons Quintà en los años 70 (foto: Cadena SER)

La información era poder. La información era el poder. Había que acumular información para luego administrarla en el momento oportuno y en la dosis precisa, sugiriendo siempre que era mucho más lo que sabía y podía contar. Lo hizo con Jordi Pujol justo cuando este acababa de acceder a la presidencia de la Generalitat. Un único reportaje de denuncia sobre la situación de Banca Catalana generó un efecto dominó que acabaría poniéndole al frente del proyecto estelar de la legislatura: la televisión autonómica. ¿Tantos eran los trapos sucios que no convenía airear? ¿Y tanto valía su silencio?

Alfons Quintà con Heribert Barrera en un acto de presentación del diario El Observador (foto: Efe)

La historia de Quintà es la de los ­entresijos de la Catalunya democrática. El mismo periodista que con su reportaje de 1980 amenazó con destruir a Jordi ­Pujol contribuiría cuatro años después a elevarlo a la categoría de mito. Era mayo de 1984. Las cámaras de la neonata TV3 inmortalizaron el discurso del recién re­elegido presidente de la ­Generalitat, un discurso cuyo insuperable cinismo sólo ha salido a la luz con el paso de los años. “¡A partir de ahora, cuando alguien hable de ética y de juego limpio, seremos nosotros!”, clamó Pujol ante las cámaras de la TV3 de Quintà. Tiene razón Jordi Amat cuando señala que esa tarde de mayo de 1984 tuvo algo de fundacional. Un nuevo orden acababa de instaurarse, una nueva élite había conquistado la hegemonía, una determinada idea de Catalunya se había impuesto sobre las demás. Mientras Pujol peroraba desde el balcón de la Generalitat, el gran maquinador Alfons Quintà, intuyendo que la ­realpolitik (y no la justicia) terminaría absolviéndole, seguía poniendo precio a sus silencios.

Alfons Quintà en una conferencia en 2010 (foto: Catalunya Plural)

El libro de Amat es una brillante reflexión sobre el poder, muy especialmente sobre el llamado cuarto poder: sobre sus mecanismos, sus servidumbres, sus contradicciones. Quienes después de ver Todos los hombres del presidente soñaron con ser periodistas encontrarán en la historia de Quintà no pocos motivos para recelar de la profesión.

Fuente: La Vanguardia, 6 de noviembre de 2020

Portada: Alfons Quintà el día de la primera emisión de TV-3 (foto: paios-catalans.blogspot.com)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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