Robert Zaretsky *
 
 

Este año se conmemora el 125 aniversario de la llegada de Alfred Dreyfus a la Isla del Diablo. El 14 de abril [de 1895], el antiguo capitán del ejército francés, declarado culpable de traición pocos meses antes por un tribunal militar, comenzó su cadena perpetua como único recluso de esta roca de malaria frente a las costas de la Guayana Francesa. Cuando los guardias escoltaron a Dreyfus hasta su celda — una cabaña de piedra infestada de mosquitos y ratas —, se les ordenó que en caso de que tratara de escapar el condenado, le “volaran la tapa de los sesos”. El director de la prisión temía que enviaran a la isla un barco conspiradores judíos para liberar al traidor.

Nunca se llevó a cabo un intento de ese género. Por el contrario, cuatro años y medio después de que empezara su condena, Dreyfus fue enviado de vuelta a Francia para volver a ser juzgado. Este juicio y los hechos que lo rodearon fueron los que encendieron el asunto Dreyfus. Fue un caso, lo que se reflejaba en el temor del funcionario de la cárcel, que echó rodar por una forma de antisemitismo que no era distinta de la cultivada por la Iglesia Católica. De ser el asesino de Cristo, el Judío había pasado a ser asesino de las naciones cristianas, agente de un poder oculto y global, impulsor tanto del capitalismo como del comunismo, que levantaba lo mismo el capitalismo que las barricadas que minaban la fortaleza de un pueblo. En su obra en dos volúmenes “La France juive” (La Francia judía), Edouard Drumont avisaba de una conspiración judía internacional decidida “a arruinar al pueblo francés y monopolizar la tierra de Francia”. Que el libro de Drumont fuera el mayor éxito de ventas de la Francia de fin de siglo sugiere que para muchos franceses sus fantasiosos e infundados despropósitos no eran ni una cosa ni la otra.

Anuncio de una edición popular de La France juive (Wikimedia Commons)

Desde 2016 y la aparición del presidente Donald Trump, se han propuesto muchos paralelismos históricos para dar más sentido a los acontecimientos que se han sucedido. Al ofrecer comparaciones entre la Roma de Nerón o Mussolini, la Alemania de Guillermo II o Hitler, la Rusia de Iván el Terrible o de Putin, o la Norteamérica de [George] Wallace o Nixon, los historiadores, profesionales y amateurs, han ido dando bandazos por el tiempo y el espacio con el fin de disponer, si no de una explicación, por lo menos, de la satisfacción de saber que no hemos sido la primera, y muy probablemente, tampoco la última sociedad en conocer tan cruda polarización y tan obscura política.

 

Portada del periódico antisemita «La libre parole», del 6 de noviembre de 1894 (foto: Selva/Leemage)

En buena medida se han pasado por alto en este histérico tumulto de paralelismos históricos las llamativas semejanzas entre la Francia de finales del siglo XIX y la Norteamérica del siglo XXI. No es una cuestión de antisemitismo, el cual, pese a alguna marcha neonazi o tuitr presidencial ocasionales, no constituye un peligro claro y presente en Norteamérica. Lo que une a Dreyfus con nosotros, por el contrario, es el hecho de que nuestros dos países, hijos ambos de la Ilustración, están también divididos en lo que respecta a la naturaleza de esa herencia. Los que pensaban que Dreyfus era un traidor no lo creían a despecho de la ausencia de pruebas de su culpabilidad, sino a causa de ello. Cuando se descubrió que la prueba contra Dreyfus — el tristemente célebre bordereau, un arrugado memorándum que contenía secretos militares franceses encontrado por una limpiadora en una papelera en la embajada alemana — no la había escrito el acusado, oficiales del ejército se aprestaron a fabricar las pruebas necesarias.

Estas maquinaciones también las descubrieron y denunciaron los dreyfusards. Eran los hombres y mujeres que, sobre la base de los datos empíricos y argumentos racionales, mantenían que Dreyfus era inocente. Y lo que es igualmente importante, mantenían que su Francia era instrumento de libertad, igualdad y fraternidad. Aunque fueran estas verdades abstractas, ellos se sentían apegados a una nación y un acontecimiento en particular: la Revolución Francesa de 1789. Estas verdades informaron el acontecimiento más importante del asunto Dreyfus, la publicación en 1898 del ‘J’accuse”, la carta abierta de Émile Zola al presidente francés. Al escribir que se sentía “hechizado por el espectro de un hombre inocente que agonizaba en la Isla del Diablo por un crimen que no había cometido”, Zola diseccionó y demolió el caso de los militares contra Dreyfus. Lo hizo de manera desapasionada, declaró, sin sentir “ni rencor ni odio” por quienes eliminaron o fabricaron pruebas. Por el contrario, anunció que escribía el artículo como “medio revolucionario de acelerar la explosión de la verdad y la justicia”.

Al principio, sin embargo, solo aceleró la explosión de las muchedumbres que se apelotonaron en torno a las viviendas de Zola y de la familia Dreyfus, bramando amenazas de muerte. Mientras la policía se esforzaba por contener los disturbios de extrema derecha que estallaban en las calles de París, Zola se veía arrastrado ante un tribunal y declarado culpable de difamar al ejército francés. Innumerables protestas anti-dreyfusard convulsionaron París y ciudades de provincias entre el juicio a Zola y el nuevo juicio a Dreyfus. Quienes protestaban se agarraban todavía con mayor firmeza a la convicción de que la única prueba que exigía la culpabilidad de Dreyfus era su condición de judío. Cualquier prueba en contrario se debía a las intrigas de un “sindicato judío”, que, conspirando con los masones, conpiraba para robarle Francia a los franceses. Aunque de nuevo se le consideró culpable, recibió el perdón del presidente francés. Conforme fueron remitiendo las pasiones, un tribunal militar exoneró a Dreyfus y el antiguo recluso de la Isla del Diablo volvió al servicio activo.

Disturbios antisemitas a raíz del caso Dreyfus Grabado de Le Petit Journal (Wikimedia Commons)

Más de un siglo después del advenimiento de la Edad de la Razón, Francia se convirtió, así pues, en escenario de una Era de la Sinrazón. Fue esta una época marcada por una sostenida recesión económica y una inquietud agudizada en la clase trabajadora, grandes oleadas de inmigración y flagrantes disparidades entre la clase urbana con estudios y las clases suburbanas y rurales en aprietos. Se trataba de una época que se alimentaba de fantasias en lugar de hechos, de superstición en vez de ciencia, de creencias irracionales en lugar de análisis racional. Fue una época que enraizó la nación en la terre et les morts: el suelo natal y la generaciones pasadas a las que cubría.

La terre et les morts fue una frase, preñada de consecuencias históricas, acuñada por una de las figuras más influyentes del asunto Dreyfus, Maurice Barrès. A pesar de un refinado producto de las escuelas de élite de Francia, se convirtió en el heraldo tanto del nacionalismo como del irracionalismo. Para Barrès, no existía una verdad única y universal, sino sólo verdades relativas —algo no muy distinto de nuestras “verdades alternativas” — arraigadas en el carácter inconsciente y orgánico de un pueblo. Con el arrebato de un intellectual, Barrès despachaba su intelecto exclamándose: “¡El individuo! ¡Su inteligencia, su capacidad de apprehender las leyes del Universo! Tenemos que rechazar todo eso. No somos dueños de los pensamientos que nacen dentro de nosotros”. Barrès declaró que las pasiones populares rebasaban el pensamiento racional, acusó a los urbanitas de “déracinés”, de fatalmente desarraigados del mundo que había configurado a sus antepasados y concluyó que el judío, el eterno errabundo, era innatamente incapaz de ser francés. “Que Dreyfus era culpable – afirmaba Barrès – “podía deducirlo yo de su raza”.

Maurice Barrès y Paul Déroulède en la manifestación de la Ligue des patriotes el 14 de julio 1912 (foto: Gallica/BNF/Wikimedia Commons)

Poco más de un siglo después, al contemplar la Norteamérica forjada por Donald Trump, ¿qué podemos inferior del asunto Dreyfus? De la determinación de nuestros militares de seguir siendo apolíticos a la persistente alergia de nuestra sociedad al antisemitismo, nuestros actuales apuros tienen poco en común con la Francia de fin de siglo. Pero con estas diferencias particulares, las experiencias de Francia y luego de Norteamérica comparten hoy una importante semejanza. Al final de esta carta, Zola anunciaba que “la verdad está en marcha”. Pero la tumultuosa historia posterior al asunto en ocasiones — con el ascenso y caída de regímenes autoritarios y movimientos de extrema derecha — revela que bien puede ser que la verdad esté en camino, pero con frecuencia tropieza. Se trata de una verdad que deberíamos recordar conforme vamos pasando a esta época nuestra posterior a Trump.

*Robert Zaretsky es profesor de Historia de Francia en el Honors College de la Universidad de Houston, y autor de Albert Camus: Elementos de una vida (Biblioteca Buridán, Barcelona, 2012), y coautor, con John Scott, de La querella de los filósofos. Rousseau, Hume y los límites del entendimiento humano (Biblioteca Buridán, Barcelona, 2010), y con Alice Conklin y Sarah Fishman,  France and its Empire Since 1870 (Oxford University Press, 2010). Su último libro, The Subversive Simone Weil: A Life in Five Ideas, lo publicará la University of Chicago Press el próximo mes de febrero.

 

Fuente: Forward, 9 de diciembre de 2020

Traducción: Lucas Antón, publicada en Sin Permiso, 13 de diciembre de 2020

Portada: «El ultraje de Zola», tela al óleo de Henry de Groux, 1898 (imagen: Wikimedia Commons)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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