Carles Geli

 

No sé los resultados que Pla pueda dar en materia de espionaje; pero soy más bien escéptico. En cambio, es una primera figura literaria en nuestra casa (…) Sería un intelectual de marca, catalán, que se manifestaría ostensiblemente al lado de Burgos”, comunica en enero de 1937 a Francesc Cambó su hombre de confianza intelectual, Joan Estelrich, que quiere persuadir al ex líder de la Lliga y mecenas de que el futuro autor de El quadern gris sería más útil como propagandista que como hombre de acción, escribiendo para legitimar la causa de los sublevados fascistas en los países democráticos europeos y, de paso, reforzar la confianza de Franco en su grupo, algo que nunca lograrían.

Listado de los SIFNE (Servicios de Información de la Frontera del Nordeste de España) en el que aparece Josep Pla (foto: Eugeni Forcano/AMCM/El País))

Cambó, desde octubre de 1936, tenía a Josep Pla en una lista de gente de la que se podía “disponer” para trabajar como espía a favor de los insurrectos en los Servicios de Información de la Frontera Nordeste de España (SIFNE). Tras un episodio turbio y no demasiado bien ejecutado en el puerto de Marsella (donde habría pasado información sobre un carguero que se dirigía a Barcelona y que acabó torpedeado y hundido), Pla, como otros grandes nombres como Agustí Calvet, Gaziel, y Ramon D’Abadal i de Vinyals, acabaría en la vertiente propagandista de calado. El espíritu “cáustico” y “su gracia literaria”, según Estelrich, le hacían idóneo. Así, y para justificar decorosamente el dinero que le pasa para que pueda vivir refugiado en Roma, Cambó encarga a Pla el que acabaría siendo su libro negro, una Historia de la Segunda República Española que aparecería en cuatro volúmenes entre 1940 y 1941, publicada por Destino. No se reeditaría nunca más.

Con ritmo apasionado, basándose en sus propias crónicas que elaboraba desde Madrid para La Veu de Catalunya y una miríada de citas de discursos parlamentarios para justificar cierta objetividad, el cuadro que pinta el escritor destila agrura y hostilidad hacia el régimen republicano y sus políticos, excepción hecha de Cambó. No hay sorpresa. Pero sí en que buena parte del manuscrito original, todo el primer volumen, y la mayor parte del segundo, exactamente 114 cuartillas a mano plasmadas en papel basto y amarillento, estuviera escrito… en catalán. Un hallazgo de la Càtedra Josep Pla de la Universitat de Girona que ahora publica Destino: Història de la Segona República Espanyola (1929-abril 1933).

Fragmento del manuscrito original de Pla (foto: Destino/La Vanguardia)

La inocencia de pensar en 1938 en publicar un texto en catalán es la misma por la que Cambó le pide a Estelrich, en abril de 1939, que ante la inminencia de la victoria final proponga ya en Burgos la salida de un diario en catalán en Barcelona y un amplio programa para retomar la edición de los clásicos en catalán de su editorial Alpha. Se trata de creer que, una vez que Franco hubiera puesto en cintura la supuesta radicalidad republicana, las aguas volverían a su cauce y las fuerzas conservadoras retomarían el poder, con o sin golpe militar interpuesto, como con la dictadura de Primo de Rivera y la dictablanda de Berenguer.

Esa ilusa petición de Cambó la recuerda la especialista planiana Maria Josepa Gallofré, que, junto a otro texto del también experto Xavier Pla, prologan el manuscrito catalán inacabado, que, como todo en la vida del autor ampurdanés, tiene un trasunto fascinante. El escritor y periodista había iniciado sus relaciones con el mecenas en 1928 tras publicar el volumen Francesc Cambó. Materials per a una història d’aquests últims anys. El contacto fue tan estrecho que Pla dejó el diario La Publicitat para saltar al más camboniano La Veu de Catalunya, donde escribirá sus crónicas políticas sobre el advenimiento de la República, que le servirán para un libro homónimo de 1933.

Fragmento de manuscrito de Pla de ‘Història de la Segona República Espanyola’ (foto: El País)

En octubre de 1936, supuestamente informado de que un grupo de anarquistas quiere matarle, Pla huye a Francia, con Marsella y París como primeras paradas. En 1938 pasará a Italia, donde irá escribiendo artículos para denunciar el “terror rojo” con el que alimentar la propaganda antirrepublicana por Europa. A la capital romana, Pla llega acompañado de su compañera Adi Enberg, instalada en Suiza, donde es secretaria-mecanógrafa de Cambó. Desde ahí le envía cada mes 50 francos suizos para complementar su subsistencia.

Pla y Cambó se tomarán muy a pecho el ensayo crítico sobre la República. El periodista se pasará el día en la Biblioteca del Vaticano y en la de la embajada española en la Santa Sede, consultando diarios. Cuando tiene un capítulo a punto, se lo envía a Cambó, que, tras hacerlo mecanografiar por Enberg, lo lee y se lo devuelve, comentado hasta el más ínfimo detalle: que si un adjetivo, que si hay que cargar más las tintas contra los intelectuales y los catalanistas izquierdistas, que si faltan fechas concretas… Pero, en general, le gusta: “Tiene la vivacidad y el frescor de todas las cosas que usted escribe”. Eso sí, ve que el texto coge “proporciones enormes” y recomienda que recorte las “citas excesivas”, fragmentos de discursos que Enberg transcribe y sobre los que Pla irá añadiendo engarces y retoques.

Josep Pla en 1940 (foto: Efe)

Todo funciona hasta mayo de 1938, cuando Cambó y Pla se encuentran en Roma y el mecenas le pide si puede obtener del banquero Juan March, al que trata, más informaciones sobre las reuniones que hubo en Biarritz durante el origen del movimiento insurreccional fascista y sobre el papel de los falangistas. Cambó y March mantenían pésimas relaciones y rivalizaban como financieros de Franco, recuerda Gallofré. En un episodio no aclarado del todo, por indiscreciones y gestiones (involuntarias o intencionadas) de Pla, la relación se tensó y a finales de mes Cambó frena el encargo del libro.

Como las cosas siempre pueden ir a peor en la vida de Pla, durante una estancia que realiza poco después, en junio, en el Alguer, le roban la documentación, el dinero y parte de sus papeles. No regresa a Roma. En un periplo que en uno de sus futuros textos equiparará con “la retirada de Rusia de Napoleón”, Pla se dirige a Abbazia (hoy Opatija, Croacia), donde Cambó veraneaba en una lujosa villa, en la que también trabajaba Enberg. Será un último encuentro con el político que éste quería evitar. Ese 13 de agosto de 1938, quizá saliera a colación la sospecha de que Pla tenía copia de muchos de los documentos confidenciales de Cambó que éste hacía pasar a limpio a su secretaria.

Josep Pla y Adi Enberg (foto: Fundació Josep Pla)

Cuando Pla entra con las tropas franquistas en Barcelona en enero de 1939, ya fuera de la supervisión de Cambó completa su historia de la República, trabajando con la documentación que encuentra en la Biblioteca del Ateneu Barcelonès, como demuestran los recortes que sufren los volúmenes de la la hemeroteca de la entidad. Cómo volvía a tener el original es un misterio, así como quién lo acabó traduciendo al castellano. Tras ofrecerlo infructuosamente a la editorial Calpe, el libro será editado por Destino, sello al frente del cual, así como de la revista homónima, se encuentra Ignacio Agustí. Será él, muy bien conectado con el poder, quien solicite la autorización a censura para su publicación, en abril de 1940. No ha de haber problemas porque es “una obra objetiva que concuerda con el espíritu estatal de revisión de aquel periodo histórico”, escribe. Además, “he pulido, limado y recortado a mi antojo”, aclara Agustí.

El 15 de junio de 1940 se firma el contrato: Pla cobrará por adelantado el total de la edición, un 15% del total de ejemplares, que se venderán a 25 pesetas. De cada volumen se hicieron 2.449 unidades, si bien el propio Pla tuvo que escribir a su amigo el ministro de Industria, Demetrio Carceller, para conseguir el papel necesario ante la escasez del mismo en la inmediata posguerra. Pla se embolsaría 9.153 pesetas de la época. El impacto de la obra fue relativo.

Publicidad del libro en la revista Destino (foto: La Vanguardia)

Cuando la edición de su obra completa, en 1966, Pla escribió a su editor y amigo, Josep Vergés: “¿Qué se ha de hacer con la Història de la Rep.?”. Se lo debió desaconsejar porque nunca se reeditó en castellano y solo hasta ahora, parcialmente, se recupera en catalán. El misterio quizá esté resuelto en una misiva que Cambó envió a Estelrich en mayo de 1940 (recogida en el libro), donde, amén de reclamar la propiedad intelectual del trabajo (“le encargué que lo escribiera para mí”), recuerda que su secretaria Enberg hacía dos copias del libro “e hizo una tercera, que se llevó, sin pedirme permiso ni tener yo conocimiento hasta mucho después (…) y ahora va vendiendo un libro que no le pertenece a base de un ejemplar que su mujer sustrajo clandestinamente de la casa donde trabajaba”. Xavier Pla, que bautiza la Història de la Segona República Espanyola como “el libro negro de Pla”, reproduce una frase del escritor sobre sí mismo: “Yo siempre juego con fuego, siempre contra mí mismo”.

 

Sin mirada catalanista

Las diferencias entre el manuscrito original de Josep Pla y el libro publicado en castellano pasan, según Xavier Pla, por la desaparición de la referencia al “lector extranjero” del prólogo como destinatario del libro, la disminución de la primera persona y del tono literario y la “eliminación substancial” de la perspectiva catalanista. En esa línea va la supresión de párrafos dedicados a Macià o a Cambó, el cambio de Cataluña por “región catalana” y el salvar y mitigar el papel de Primo de Rivera con los catalanes. También se dan añadidos más insidiosos, como unas supuestas dramáticas últimas horas de la familia real la noche del 14 al 15 de abril de 1931 u otras contra el nuevo gobierno, como el comentario de que tras el mero decreto de la República “aumentó la criminalidad de un modo indecible”.

 

Fuente: El País, Edición Catalunya 2 de diciembre de 2020

Portada: Pla, en 1942, en una foto de la Fundación de Palafrugell (Col·lecció Josep Vergés)

Ilustraciones: El País y Conversación sobre la historia

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