Edgar Straehle
Autor de «Claude Lefort. La inquietud de la política» (2017)
y de «Memoria de la revolución» (2020)

 

En la actualidad se ha convertido en un lugar común indicar que desde hace varios lustros nos hallamos ante un revival contemporáneo de la memoria. Más aún cuando se ha vuelto a plantear qué relación debemos tener con nuestro pasado y con el paisaje monumental que lo rememora a causa de los  estallidos recientes como el Black Lives Matter y las agresiones a estatuas que homenajean a ciertos personajes históricos. En este contexto el recuerdo de la antigua damnatio memoriae romana ha aflorado de nuevo, aunque de nuevo se ha mostrado que es tan citada como en verdad poco conocida. De hecho, se debe decir que prácticamente no hay textos de divulgación sobre el tema que no sean incompletos, que no contengan importantes errores o que vayan más allá de tópicos por lo general bastante simplistas. Y estos tópicos, por cierto, a la hora de la verdad no dejan de estar influidos o de ser conectados con acontecimientos recientes como los totalitarismos, algo que contribuye a propagar no pocos malentendidos y anacronismos. Eso explica, por ejemplo, que se haya querido presentar la damnatio memoriae como sinónimo de una erradicación de las huellas del pasado. Por ejemplo, y en un interesante artículo reciente, lo ha sugerido un gran experto en temas de memoria como Enzo Traverso, quien ha identificado la damnatio memoriae con una “condena al olvido” y ha añadido que “la eliminación de Leon Trotsky de las imágenes oficiales soviéticas bajo el estalinismo fue otra forma de damnatio memoriae”.

En época de Stalin se eliminó a Trotsky y Kamenev de la foto de este discurso de Lenin (foto: Wikimedia Commons)

 

Por ello, y pese a no ser en un especialista en la antigua Roma, he considerado que sería oportuno realizar una aproximación a la historia de la damnatio memoriae y mostrar a la luz de los documentos y fuentes históricas que conservamos, y que no dejan de ser problemáticos (pensemos en textos poco fiables como la Historia Augusta o en la dura crítica de Michael Grant a la historiografía antigua (2003)), tanto su complejidad como las numerosas variaciones que hubo según cada época o coyuntura. Y esto último ya de por sí es un aspecto central a reivindicar, pues la relación de los romanos con su memoria no fue siempre una y la misma, sino que se fue adaptando a las circunstancias de cada momento. Además, estas notas sobre la damnatio memoriae pueden servir para bosquejar una suerte de breve panorámica alternativa sobre la historia de Roma o también para entrever las relaciones que en aquel entonces se desarrollaron entre el poder, la autoridad y la memoria. Asimismo, espero que puedan aportar informaciones útiles para enriquecer el debate actual sobre la relación de nuestro presente con el paisaje monumental heredado del pasado.

El concepto de damnatio memoriae fue creado por Christoph Schreiter en su obra de 1689 (imagen: http://damnatiomemoria.blogspot.com/)
Una primera aproximación histórica a la damnatio memoriae

Lo primero que hay que indicar es que la misma expresión de damnatio memoriae es muy posterior a la época romana y fue acuñada hace apenas tres siglos, en 1689. Así pues, se trata en verdad de una construcción historiográfica de carácter retrospectivo. Eso no significa que entre los romanos no existiera nada semejante, pues las condenas de la memoria ciertamente se practicaron y tuvieron gran relevancia en Roma, pero no lo hizo con este nombre ni con ninguno que fuera siempre el mismo. Por eso, algunos autores prefieren emplear otras expresiones como memoria damnata (Pollini, 2010), o “sanciones a la memoria” (memory sanctions), como Harriet Flower (2006) o Adrastos Omissi (2016). Además, y pese a que obviamente hubo no pocos hilos de continuidad entre las diferentes épocas, es preciso recalcar que la damnatio memoriae nunca tuvo un carácter del todo estandarizado, regulado, protocolizado ni homogéneo. Por esa razón, más bien deberíamos hablar de una pluralidad de prácticas interrelacionadas que a la hora de la verdad se desarrollaron de múltiples maneras. Por añadidura, no hay que pasar por alto el carácter cambiante y dinámico de estas prácticas, en especial si comparamos cómo las condenas de la memoria se llevaron a cabo en la época republicana o en la imperial.

Casio es arrojado desde la Roca Tarpeya, grabado de Joseph de Longueil (1730-1792), Boston Museum of Fine Arts, en https://www.thecollector.com/

Por otro lado, también conviene tener en cuenta que esta damnatio memoriae no fue una práctica exclusiva de los romanos y que podemos hallar no pocos antecedentes en la historia antigua, los cuales podrían remontarse hasta la época de los acadios o del antiguo Egipto y más tarde entre los griegos. Los mismos romanos, quienes pudieron ser influidos por las medidas llevadas a cabo en otras culturas, fueron plenamente conscientes de ello y, por ejemplo, Tito Livio mencionó en Ab Urbe Condita varios episodios entre los que destaca el siguiente que lo conecta con un momento clásico y anterior de Atenas.

El pueblo ateniense (…) dio rienda suelta a todo el odio hacia Filipo (…). Inmediatamente presentaron una propuesta de ley, que la plebe sancionó, a tenor de la cual serían retiradas y destruidas todas las estatuas y retratos de Filipo con sus inscripciones, e igualmente serían retiradas y destruidas las de todos sus antepasados de uno y otro sexo; serían privados de su carácter religioso todos los días festivos, los ritos y los sacerdocios instituidos en honor suyo y de sus antepasados; también serían execrados los lugares en que hubiese estado colocado algún signo o alguna inscripción en su honor, sin que en adelante fuese lícito colocar o dedicar en ellos nada de lo que la religión sólo permite colocar o dedicar en lugar no contaminado; cada vez que los sacerdotes del culto público hiciesen plegarias por el pueblo ateniense, por sus aliados, por sus ejércitos y sus flotas, pronunciarían maldiciones y execraciones contra Filipo, sus hijos y su reino, contra sus fuerzas terrestres y navales, contra toda la raza y el nombre de los macedonios. Se puso un añadido al decreto: siempre que en lo sucesivo alguien hiciese una propuesta que implicase una nota infamante para Filipo, el pueblo ateniense votaría a favor de la misma en su totalidad; si alguien decía o hacía algo en contra del decreto de infamia o en honor de Filipo, quien diese muerte a ese alguien estaría protegido por la ley. Una cláusula que se incluyó al final establecía la plena vigencia con respecto a Filipo de todo lo que en otro tiempo se había decretado en contra de los hijos de Pisístrato (31.44.2-9).

En estas líneas se constata la amplitud que podían llegar a tener estas condenas de la memoria y que en el caso romano, por resumirlo en pocas palabras, comportaba que se debían borrar o tachar los recuerdos físicos del condenado, no solo en el ámbito público sino que también podía llegar hasta el terreno de lo privado, y liquidar así su funesta huella en la sociedad. Por ello, el nombre de la persona en cuestión podía ser eliminado o tachado de inscripciones o listas oficiales, de su testamento, de sus decretos y sus nombramientos podían ser asimismo revocados. Incluso el día de su aniversario podía pasar a ser considerado como un día nefasto o se podía proscribir el uso de su nombre de pila (praenomen) entre los miembros de su gens, algo que se hizo provisionalmente con Marco Antonio (m. 30). En casos como el de Cómodo (180-192), quien según Dión Casio y Herodiano habría renombrado todos los meses del año con títulos que se había otorgado a sí mismo (Amazonius, Invictus, Felix, Pius, Lucius, Aelius, Aurelius, Commodus, Augustus, Herculeus, Romanus y Exsuperatorius), también se derogó su anómala reforma del calendario. Antes, se había hecho lo propio con los intentos de Domiciano (81-96) de rebautizar octubre como Domitianus y septiembre como Germanicus, en este caso en honor a sus supuestas gestas bélicas en tierras alemanas (Suetonio, Dom., 13.3).

Moneda de Domiciano y Domicia, en la que la figura del emperador (a la izquierda) ha sido borrada, Cibyra, Turquía, 93-96 AD, British Museum, London © The Trustees of the British Museum

Por supuesto, los monumentos en los que el condenado estaba representado también fueron mutilados (especialmente ojos, orejas, nariz y boca) y/o almacenados fuera de la exposición pública (algo que justamente favoreció que se conservaran mejor y por eso muchos de ellos han llegado en mejor estado hasta el presente (Varner, 2004, p. 5)). En otros casos se reutilizaron partes de sus retratos de mármol como adoquines con el fin de darles un uso adicional y humillante (Varner, 2004, p. 5). Asimismo, no hay que olvidar que las damnationes tuvieron un carácter marcadamente vengativo, tal y como se muestra en el Panegírico a Trajano de Plinio el Joven, quien, al referirse a los anteriores ataques a las estatuas del odiado Domiciano, escribió que

causaba una gran alegría arrojar contra el suelo esos rostros llenos de arrogancia, golpearlos con las espadas o encarnizarse con ellos con las hachas en la mano, como si cada golpe provocase una herida sangrienta y un profundo dolor. En medio de la dicha general y de esa felicidad largo tiempo esperada, nadie se mostró tan moderado que no considerase como una venganza esas extremidades desgarradas y esos miembros mutilados (52, 3-4).

Inscripción conmemorativa de la construcción de un puente en Coptos (Alto Egipto) en la que fueron borrados sucesivamente el nombre del entonces prefecto de Egipto y el del emperador Domiciano (British Museum, foto: Osama Shukir Muhammed Amin / Ancient History Encyclopedia)

En la biografía de Suetonio hallamos un pasaje que va en la misma línea y que muestra qué tipo de reacción hubo al difundirse la noticia del asesinato de Domiciano:

los senadores se alegraron tanto, que llenaron atropelladamente la curia y no se abstuvieron de lanzar contra el difunto las más ultrajantes y crueles invectivas, ni de ordenar incluso traer escalas para arrancar a la vista de todos sus clípeos y sus estatuas y estrellarlas allí mismo contra el suelo, decretando, por último, que se borraran sus inscripciones en todos los lugares del Imperio y se destruyera por completo su memoria (Suetonio, Dom., 23,1).

Sin embargo, también resulta interesante tener en cuenta que en la mayoría de casos, especialmente a lo largo del turbulento siglo I d. C., se reciclaron las estatuas para que representara a alguien diferente: habitualmente a un personaje eminente físicamente parecido o al sucesor del emperador condenado. Es decir, numerosos gobernantes prefirieron rededicar y apropiarse de las estatuas, monumentos e incluso edificios erigidos por sus predecesores condenados (Davies, 2000). De ahí, por ejemplo, que probablemente la mayoría de estatuas de Domiciano (81-96) fueran reconvertidas para que representaran a su sucesor Nerva (96-98). Se trató de un recurso comprensible, uno mucho más práctico, rápido y barato, y uno que a menudo pasó inadvertido. Por cierto, a veces esos “reciclajes” o reutilizaciones no fueron inmediatos, pues una estatua podía ser retirada y ser recuperada y transformada dos siglos más tarde.

Estatua ecuestre, originalmente dedicada a Domiciano y luego a Nerva, conservada en Baia, Museo Archeologico dei Campi Flegrei (foto: http://ancientrome.ru)

Por otro lado, para comprender las condenas de la memoria es importante tener en cuenta que oficialmente se realizaban desde una institución como el Senado, la voz de la tradición y la reconocida sede de la auctoritas. Lo que de algún modo se sugería es que la auctoritas debía controlar o juzgar la potestas y, en este caso, condenar las huellas negativas en el pasado. No debe sorprender por ello que, tras Augusto, las principales víctimas de la damnatio memoriae fueran emperadores como Nerón (54-68), el único condenado en vida, Domiciano o Cómodo; es decir, gobernantes que se enfrentaron, despreciaron o humillaron a la institución senatorial y frente a quienes la damnatio memoriae podía aparecer como una suerte de venganza e ignominia post mortem, además de como una suerte de reivindicación u ostentación que hacía el Senado del poder de su propia institución y de lo que representaba.

Moneda de Nerón con contramarca en el cuello con la inscripción SPQR tras su muerte, Lyon (British Museum)(reproducida en https://www.historyanswers.co.uk/)

Ahora bien, también hay que añadir que la realidad es que no siempre fue el Senado quien la promovió o llevó a cabo. Con el tiempo también la promovieron los mismos emperadores (como Tiberio con el conspirador Lucio Sejano, Claudio con su esposa Mesalina o Nerón con su madre Agripina), el pueblo e incluso el ejército. La decadencia del Senado, tanto en prestigio como en “poder” efectivo ayudó a ello en no pocas ocasiones. Huelga señalar que ya el reconocimiento de Octaviano como Augusto, palabra asociada a la auctoritas y título que pasará a todos sus sucesores, había simbolizado la concentración de poderes en el emperador, o en su caso el princeps, y que se arrogara una autoridad que hasta entonces había correspondido en exclusiva al Senado.

Además, no hay que olvidar que, aunque la damnatio memoriae fuera una práctica más o menos institucionalizada, también se desataron numerosos ataques espontáneos de la población contra los emperadores más aborrecidos. En algunos casos cuando todavía estaban con vida, como le sucedió a Nerón cuando, según Dión Casio, se colgó de forma anónima un saco que simbolizaba su muerte en uno de sus monumentos tras el asesinato de su madre Agripina. También en vida se atacaron las estatuas de Constancio II (337-361) en Edesa, por culpa de medidas que sus habitantes sintieron como perjudiciales y cuya reacción popular, en la que también es importante prestar atención a los tratos de la población con los símbolos del emperador, fue descrita así por Libanio: “derribaron su estatua broncínea, la pusieron boca abajo, como se hace con los niños en la escuela, y se dedicaron a golpearle con una correa la espalda y lo que está más abajo, mientras añadían que quien merecía esos golpes estaba muy lejos de poseer la dignidad real” (Or. 19, 48).

Busto mutilado de Cómodo o Licinio, imagen publicada en Varner, Eric R., Mutilation and Transformation: damnatio memoriae and Roman Imperial Portraiture, Boston, Brill, 200,

Un buen y detallado ejemplo de estos estallidos de ira popular es el proporcionado por Dión Casio sobre el recién fallecido Cómodo:

De esta forma fue proclamado Pértinax emperador y Cómodo enemigo público, después de que el Senado y el pueblo se uniesen y profiriesen numerosos insultos contra este último. Querían arrastrar su cuerpo y descuartizarlo del todo, tal y como hicieron con sus estatuas; pero cuando Pértinax les informó de que el cadáver ya había sido enterrado, le perdonaron sus restos, dirigieron su ira contra él por otros medios y se refirieron a su persona con toda clase de calificativos. Ni uno le llamó Cómodo o emperador; en cambio, se refirieron a él como un maldito desgraciado y como un tirano, añadiendo en tono jocoso términos tales como “el gladiador”, “el auriga”, “el zurdo” o “el herniado” (…). En verdad, todos aquellos gritos que se habían acostumbrado a pronunciar con una especie de movimiento rítmico en el anfiteatro, como una manera de adular a Cómodo, los cantaron ahora con ciertos cambios que los hacían totalmente ridículos. Ahora que se habían quitado de encima a un gobernante, y sin temer todavía nada de su sucesor, aprovecharon al máximo su libertad en esta coyuntura y se quisieron ganar una fama de hablar con osadía (parresías) en la seguridad del momento. No se conformaron simplemente con haber sido librados del terror, sino que, confiados, desearon complacerse con una insolencia desenfrenada (74, 2, 1).

Ahora bien, pese a lo que suele afirmar, la damnatio memoriae no solo tenía que ver con la destrucción, con el silencio o con el olvido sino también con el recuerdo de lo negativo, de aquellos ominosos o funestos episodios del pasado que por eso mismo no debían ser ignorados. Hacerlo podría considerarse como un acto de negligencia, pues la negligio, en tanto que una contracara de la religio, se asociaba justamente con el olvido de aquello que unía a la comunidad y que la podía conminar al sonambulismo (Moatti, 2008, p. 52). Por ello mismo, Charles W. Hedrick (2000, p. XII) se ha manifestado en contra de asociar la damnatio memoriae a prácticas de eliminación del pasado como las estalinistas, algo que los romanos nunca persiguieron. En no pocas ocasiones, en la antigua Roma, la pretensión era más bien que las intervenciones dejaran rastros llamativos y que lo condenado saltara claramente a la vista. No hay que olvidar que, más que obliterar el pasado, lo que a menudo se buscaba era deshonrarlo y, por eso, Harriet Flower (2000, p. 59) se ha referido a las condenas como “marcas de la vergüenza” (marks of shame). En otras palabras, con frecuencia (mas no siempre) la condena debía ser justamente bien visible para que surtiera el efecto esperado y pudiera ser percibida como condena.

Copia en bronce del “Senatus consultum de pisone patre” (Senadoconsulto sobre Cneo Calpurnio Pisón padre), año 20 d.C. (foto: Eagle Project) 

En una cultura impregnada por una concepción de la historia como maestra de vida o magistra vitae, por usar la expresión de Cicerón, no solo era importante mantener el recuerdo de las hazañas de los grandes héroes del pasado sino asimismo no olvidar comportamientos antagónicos que sirvieran de contraejemplos. Como explicó Tito Livio en Ab Urbe Condita, “lo que el conocimiento de la historia tiene de particularmente sano y provechoso es el captar las lecciones de toda clase de ejemplos (exempla) que aparecen a la luz de la obra; de ahí se ha de asumir lo imitable para el individuo y para la nación, de ahí lo que se debe evitar, vergonzoso por sus orígenes o por sus resultados” (Prefacio, X). Mientras que los virtuosos servían como episodios y figuras a emular, como vehículos de inspiración que ayudaban a guiar la conducta de las nuevas generaciones y a mostrarles la recompensa de la virtud en la memoria romana, los malos ejemplos también tenían su utilidad, pues aparecían como una advertencia para evitar conductas semejantes. Además, una manera fácil de realzar las virtudes de un emperador (como hizo Plinio el Joven en su Panegírico a Trajano) era a través de la comparación, a veces implícita pero de todos modos conocida por el público, de uno que hubiera sido mucho peor.

Además, hay que tener en cuenta que la damnatio memoriae se convirtió en una herramienta política muy valiosa. En especial, sirvió como instrumento para desacreditar y deslegitimar al emperador anterior y justificar al entrante, con mayor razón si el primero había sido asesinado o la transición había sido polémica. Dicho de otro modo, en muchos casos la legitimación del emperador se justificaba en parte sobre la desautorización del gobernante anterior, habitualmente retratado como un tirano, y esa desautorización y su derrota debían ser mostradas y recordadas para realzar al vencedor. A veces se recordó tanto al derrotado que, según Procopio, la victoria de Teodosio (379-395) sobre Magno Máximo (383-388) aún se celebraba dos siglos después (Omissi, 2016, p. 178).

Por todo ello, es fundamental tener en cuenta las relaciones que establecían los emperadores con sus predecesores. En la fase imperial, la damnatio memoriae devino un potencial instrumento de legitimación, y de un poder estético y simbólico como el que he desarrollado en otra parte, que ante todo se empleó con los cambios abruptos de poder y dinastía (de ahí, por ejemplo, que Nerva fuera muy duro con la memoria de Domiciano). Por eso mismo, entre los años 96 (Domiciano) y 192 (Cómodo) no hubo ninguna damnatio, pues fue una etapa de esplendor y estabilidad en el imperio. Sin embargo, no se debe olvidar que de todos modos se intentó con Adriano (117-138) y que fue por su sucesor Antonino Pío (138-161) que no se permitió y que finalmente se lo divinizó.

La restauración de esta inscripción permite ver que en ella fue borrado el nombre de Cómodo (foto: Wikimedia Commons)

A partir del siglo IV, las condenas oficiales de la memoria se redujeron en número e intensidad. Con la posible salvedad de Constantino II (337-340) (McEvoy 2020, p. 280) y de usurpadores como Magno Máximo (383-388) o Flavio Eugenio (392-394), supuestamente vinculado a un revival pagano que Alan Cameron (2011) ha problematizado, ya no se centraron en emperadores, algo que no evitó estallidos populares como el mencionado contra Constancio II en Edesa o la “Revueltas de la Estatuas” (387) en Antioquía contra Teodosio. En un imperio cada vez más cristianizado, el anatema o la excomunión, que no estaban limitados a tener que ser post mortem, ganaron mayor importancia como formas de condena desde una auctoritas cada vez más atravesada por la religión cristiana y por supuesto cada vez menos asociada al Senado.

Finalmente, hay que tener en cuenta que en la etapa imperial no solo se condenó la memoria de emperadores, pues Tiberio (14-37) ya lo hizo con Lucio Sejano (m. 31) y, todavía tres siglos más tarde, Constantino (306-337) con su hijo Crispo (m. 326). Por el camino, cayeron muchas figuras más, desde Livila (m. 31) hasta Plauciano (m. 205) o Julia Soemias (m. 222), madre de Heliogábalo. Por cierto, no deja de sorprender que mientras que durante la república solo se condenó a una mujer, y no por casualidad extranjera, como hostis o enemiga de Roma (a Cleopatra, aunque eso también fuese un ardid de Augusto para provocar y legitimar su conflicto como guerra justa contra Marco Antonio), las condenas contra mujeres en época imperial fueron mucho más elevadas, sobre todo por ser madres de otros condenados, por ser vistas como conspiradoras de palacio o por ser oportunamente acusadas de adulterio. En cualquier caso, eso atestigua la influencia política real que pudieron haber tenido las mujeres en la época.

Galeria Valeria Maximilla, esposa de Majencio, sufrió la damnatio memoria tras la derrota y muerte de éste (estatua mutilada en el Museo Capitolino, foto publicada en Eric Varner, “Portraits, Plots, and Politics: “Damnatio memoriae” and the Images of Imperial Women,” Memoirs of the American Academy in Rome Vol. 46 (2001): 43, JSTOR)
Los complejos ejemplos prácticos de damnatio memoriae  

Aunque la damnatio memoriae adquirió mayor significación con unos emperadores cuya visibilidad en los monumentos u objetos era mucho mayor, es preciso recordar que ya en la etapa republicana, incluso en su fase temprana, encontramos algunas supuestas muestras de ella. Por ejemplo, Plinio el Viejo se refirió a la destrucción de una estatua de Espurio Casio, quien habría tenido aspiraciones monárquicas, ya en el 485 a.C.; una época en verdad poco conocida por la historiografía y en la que se entremezcla lo histórico con lo legendario, razón por la que a posteriori se podrían haber modificado acontecimientos para ahormarlos como exempla o precedentes a intereses posteriores. De hecho, el mismo Plinio incurre en varios errores históricos en el pasaje en el que menciona este hecho. Más tarde se habrían dado otros episodios, como los de Espurio Maelio (439 a.C.) o el de Marco Manlio Capitolino (384 a.C).

Sin embargo, la condena de la memoria, que en un principio pareció ser ejercida sobre todo por parte de las mismas familias y por ello desde una perspectiva en la que entremezclaban lo privado y lo público, se practicó con mayor intensidad mucho más tarde, a partir de la crisis de la república y la condena de Cayo Graco en el 121 a.C. En especial, se manifestó con gran crudeza en el terrible conflicto civil entre Mario y Sila. El segundo, cuya casa había sido previamente demolida y sus estatuas destruidas como castigo por sus enemigos políticos, la empleó contra Cayo Mario y Lucio Cornelio Cinna. Lo hizo con tal crudeza que eliminó todo su rastro en el paisaje monumental romano. Al parecer, y pese a haber sido siete veces cónsul y héroe en sus campañas contra los galos y contra Yugurta (mérito que Sila mismo se quiso atribuir), ninguna imagen o monumento recordaría al primero entre los años 82 y 60, cuando Julio César, quien además era pariente suyo, violó la legislación silana y restauró algunos de sus honores (Flower, 2006, p. 146). En cambio, el famoso militar romano no hizo lo mismo con su exsuegro Cinna y, debido a la durísima política condenatoria de Sila, Harriet Flower ha afirmado que hoy en día sería imposible poder escribir una historia detallada sobre él (Flower, 2006, p. 152).

Las proscripciones de Sila por Silvestre David Mirys, Figures de l’histoire de la république romaine accompagnées d’un précis historique, Paris, c. 1799 (Wikimedia Commons)

Con todo ello, además de transgredir las prácticas romanas anteriores con una fiereza inaudita y ser el primero en calificar como hostis a ciudadanos romanos, lo que con ello hizo Sila fue trasladar la contienda política al terreno de la memoria común de la ciudad (Stein-Hölkeskamp, 2016). De hecho, la proyectó a campos hasta entonces no afectados como el numismático, pues Sila dictó la orden de resellar las monedas que se habían acuñado durante los consulados de Mario (Harl, 1996, p. 35). En cambio, Julio César habría concebido en parte su política conciliadora de clementia como contraria a la punitiva de Sila y él mismo habría garantizado un entierro honorable a su rival Pompeyo. Además, tras su victoria contra este en Farsalia y los ataques populares contra los monumentos de Sila y Pompeyo, César ordenó restaurarlos (Flower, 2006, p. 164).

Debido a su mayor visibilidad y presencia en la sociedad romana, la damnatio memoriae adquirió una nueva dimensión con los emperadores. Pensemos de nuevo en el caso de las monedas. En una práctica luego seguida por los emperadores, Julio César fue la primera personalidad romana que, en vida, puso su propia efigie en ellas, con lo que su rostro pasó a tener una gran presencia pública. Por ello mismo, la damnatio memoriae de los emperadores, o también la de Lucio Sejano, fijó su atención en ellas, las cuales fueron reacuñadas, reselladas o contramarcadas o, con menor frecuencia, fundidas, aunque de nuevo todo dependía de cada caso o coyuntura particular (Hostein, 2004). Además, debido a la dificultad de realizar esta tarea de manera sistemática y las dificultades prácticas que entrañaba, se debe añadir que las condenas tuvieron en este campo un alcance por lo general muy limitado.

 

Moneda de Augusta Bilbilis, acuñada para conmemorar el consulado de Sejano y que tiene su nombre raspado (foto: www.forumancientcoins.com)

Por cierto, no es casual que hasta el momento no se haya nombrado a Calígula (37-41) como un emperador que sufrió la damnatio memoriae. Pese a lo afirmado en numerosas ocasiones, su memoria nunca fue oficialmente condenada. Como es normal, y en parte a causa de las humillaciones que le infligió, el Senado quiso hacerlo, pero Claudio (41-54), sucesor y tío de Calígula, se negó a ello. Era consciente de que condenar su memoria le podía perjudicar a sí mismo y a la reputación de la gens a la cual los dos pertenecían (la Julia-Claudia) en un momento en que temía los movimientos a favor de la restauración de una república no tan lejana en el tiempo. Por ello, y a modo de concesión, solo aceptó una especie de damnatio memoriae más reducida (se le retiraron monumentos de manera clandestina o fueron reciclados, se borró su nombre de inscripciones o, no de forma masiva, se reacuñaron monedas con su efigie) que nunca adquirió un carácter oficial. Por cierto, el suyo no fue el único caso de una memoria más o menos condenada de facto pero no teóricamente.

Estatua de Calígula reconvertida en Claudio procedente de la Basílica de Velleia, conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Parma (foto: khanacademy.org)

Una de las condenas más duras fue la que propinó Caracalla (211-217) a su hermano Geta (211), especialmente si salían juntos en alguna representación. Ambos compartieron el trono solo unos meses, cuando el primero asesinó al segundo. Se dice que, no contento con los actos clásicos de la damnatio memoriae, llegó a considerar un crimen que se pronunciara su nombre oralmente o por escrito y que habría ejecutado a una persona por honrar su memoria. En este caso, por cierto, la condena provino del emperador, para lo que se sirvió del ejército, no del Senado (Varner, 2004, p. 183). De nuevo, sin embargo, en el campo de las monedas la damnatio habría tenido en palabras de Anthony Hostein (2004, p. 227) un alcance marginal.

Tondo con la familia de Septimio Severo en el que aparecen retratados Severo, su esposa Julia Domna, sus hijos Caracalla y Geta, cuya cara ha sido borrada por su damnatio memoriae (Altes Museum, Staatliche Museen zu Berlin, photo: Carole Raddato, CC BY-SA 2.0, ilustración procedente del artículo de Francesca Tronchin «Damnatio memoriae—Roman sanctions against memory», en Khan Academy, http: https://www.khanacademy.org/humanities/ancient-art-civilizations/roman/beginners-guide-rome/a/damnatio-memoriaeroman-sanctions-against-memory)

Por cierto, Caracalla mismo fue asesinado seis años más tarde y, pese a que debido a su popularidad en la sociedad no fue oficialmente condenado sino divinizado por su sucesor y asesino Macrino (217-218), se le practicó una damnatio de facto finalmente muy limitada. Tanto que según la Historia Augusta él mismo habría erigido monumentos en honor a Caracalla y conmemorado su recuerdo en monedas bajo el nombre de Divus Antoninus (Varner, 2004, p. 184). Apenas un año más tarde Macrino no se libraría de ser asesinado y de ver su memoria condenada.

Heliogábalo (218-222), sucesor de Macrino, fue probablemente el emperador con una memoria peor considerada. Llegado al trono a los 14 años y muerto a los 18, fue, según la tradición, una figura muy extraña, en especial según los cánones y el mos maiorum de la antigua Roma. Su caída no se debió tanto a intrigas políticas como al exceso de ostentación, lujuria y decadencia moral que se le imputó. Quiso extender el culto del Dios Sol a Roma (al que habría colocado por delante del mismo Júpiter según Dión Casio), se afirma que se casó cinco veces (una, con una vestal) y que extendió la corrupción moral por la ciudad y las instituciones imperiales. Incluso se cuenta que se prostituyó a sí mismo. Por ello, no tanto por cuestiones políticas como morales, su memoria fue condenada y su cuerpo linchado y arrojado al Tíber, atado a un peso para que no flotara y no pudiera ser enterrado (razón por la que recibió el apodo póstumo de Tiberinus). De él se escribe en la Historia Augusta:

Entre todos los príncipes, sólo él fue arrastrado, arrojado a una cloaca y precipitado al Tíber. Ello se debió a que se ganó el odio universal, odio que los emperadores deben evitar particularmente, puesto que quienes no merecen el amor del senado ni del pueblo ni de los soldados tampoco merecen recibir sepultura (17,2).

Epígrafe de la damnatio memoriae decretada sobre Heliogábalo (foto de http://damnatiomemoria.blogspot.com/)

Tan grandes habrían sido sus crímenes que en la Historia Augusta se prefiere no nombrarlos (y eso que cuenta cosas como que escogía como gobernadores a hombres degenerados y según el tamaño de sus miembros viriles) o son narrados con eufemismos, pidiendo perdón por recordar su funesta memoria. Algo semejante sucede en la crónica de Dión Casio, contemporáneo del malhadado emperador, quien escribió:

No describiré los cánticos bárbaros que Sardanápalo, junto a su madre y abuela, cantaban a Heliogábalo; o los sacrificios secretos que le ofreció, matando niños y usando encantamientos. De hecho, encerró vivos del dios un león, un mono y una serpiente en el templo, arrojando entre ellos genitales humanos y practicando otros ritos impíos (80, 12, 11).

Una vez más, la damnatio memoriae, y probablemente no se sabe hasta qué punto de acuerdo con lo que realmente aconteció, no consistió en un acto de olvido sino en un vívido recordatorio que, aunque sin detenerse a explicar todo lo que supuestamente había sucedido, advertía qué no se debía hacer.

Retrato de Heliogábalo reconvertido en Alejandro Severo. Museo Nazionale Romano (foto: Wikimedia Commons)

Un caso interesante que refleja la complejidad de la damnatio memoriae es el de Nerón, el primer emperador oficialmente condenado por el Senado y cuya condena fue respaldada por el emperador entrante, Galba (68-69). Ahora bien, la damnatio no duró mucho. Galba apenas aguantó unos pocos meses en el poder y fue depuesto por el efímero Otón (69), quien rehabilitó la memoria de Nerón (y, por cierto, de la también condenada Popea, quien antes de casarse con Nerón había sido la esposa del mismo Otón). El sucesor y asesino de Otón, el asimismo fugaz Vitelio (69), prosiguió con la rehabilitación, pues reivindicarlo era una manera de intentar recabar el apoyo de un pueblo para el cual Nerón había sido un gobernante popular. Finalmente, en la contienda del llamado año de los cuatro emperadores se impuso Vespasiano (69-79), quien volvió a condenar la memoria de Nerón (y rehabilitó a un Galba condenado por sus sucesores) y a quien se ha acusado de exagerar los costados negativos de este y de adueñarse de los positivos. De todos modos, la memoria del polémico emperador continuó con su peculiar recorrido, fue rehabilitada más adelante e incluso siglo y medio después el joven Gordiano III (238-244) recuperó los juegos neronianos (Varner, 2004, p. 81). Más tarde todavía, y a causa de su fama anticristiana, Nerón también habría sido reivindicado entre los paganos. Los enemigos de sus enemigos se podían convertir en sus “amigos”.

Otro caso curioso y embrollado es el de Maximiano (285-305), condenado en el 311 por su yerno Constantino por alzarse en contra de este, algo que de paso afectó al admirado Diocleciano que ya vivía retirado de la vida pública. Por orden de Constantino, cuenta Lactancio en Sobre la muerte de los perseguidores, “son derribadas las estatuas y borradas las pinturas Maximiano dondequiera que estuviesen. Ahora bien, dado que los dos ancianos [Maximiano y Diocleciano] habían sido representados las más de las veces conjuntamente, eran destruidas al mismo tiempo las efigies de ambos” (42.1). No obstante, pocos años más tarde, ya tras la muerte de su hijo y también aspirante a césar Majencio (306-312), el mismo Maximiano sería rehabilitado. Para ello, Constantino se había encargado previamente de que su suegra, que era la esposa de Maximiano y madre de Majencio, jurara públicamente que el primero no era el padre del segundo y que este era un bastardo. Así pues, y una vez oficialmente disuelto el vínculo sanguíneo del uno con el otro, Maximiano podría ser finalmente celebrado como un gran emperador y su figura conmemorada en monedas como Divus Maximianus (Barnes, 1981, p. 47).

Foto: https://hdnh.es/damnatio-memoriae-la-condena-al-olvido/

En verdad, este juego de condenas y rehabilitaciones fue constante a lo largo de la historia romana y, a causa de su frecuente olvido, es muy importante referirse a las segundas. La memoria de muchos de los condenados, oportunamente maquillada, fue posteriormente “perdonada” o “recuperada”. Como ejemplo de lo primero, ya tenemos a Marco Antonio, cuyo recuerdo fue rehabilitado por el mismo Augusto en su etapa más conciliadora. Un caso muy interesante del segundo fue el de Cómodo. Asesinado en el 192, fue condenado inmediatamente por el Senado. Ahora bien, al año siguiente fue rehabilitado por Didio Juliano (193), así se habría ganado el apoyo de la Guardia Pretoriana según la Historia Augusta, y en el 197 la institución senatorial se vio incluso forzada de manera humillante a divinizarlo debido a las presiones de Septimio Severo (193-211). De la damnatio se pasó así a la contraria consecratio y su memoria fue celebrada. Además, Septimio inventó una genealogía para justificar que él provenía de su misma gens (los ilustres Antoninos de Trajano, Adriano o Marco Aurelio) e incluso se les llegó a presentar como hermanos. Por ello, las imágenes y esculturas de Cómodo reaparecieron en la escena pública y el borrado de sus nombres debió ser enmendado. En cambio, la memoria de Didio Juliano sí fue condenada de manera definitiva.

El nombre de Galieno fue borrado por instigación de Póstumo en este relieve procedente de Mérida (foto: Wikimedia Commons)

Por cierto, la condena a Nerón, lo que también pudo suceder con emperadores como Domiciano o Galieno (253-268) (Crespo, 2014, p. 39), no tuvo demasiado efecto en varias partes del Imperio, donde la damnatio no fue del todo seguida. La popularidad póstuma de Nerón perduró en la Galia, en el Rhin o en la parte oriental del Imperio, territorios alejados del conocimiento de los detalles controvertidos que sí se sabían en Roma. En su caso, además, su polémica política en la urbs no coincidió con la realizada en las provincias, a menudo considerada como positiva. De hecho, tras su muerte, durante décadas, se mantuvo cierto culto hacia su persona e incluso hubo al menos tres impostores que se intentaron hacer pasar por él (en los años 69, 80 y 88). Según Mary Beard, “el engaño sugiere que en algunas partes del mundo romano se recordaba a Nerón con cariño: nadie busca el poder pretendiendo ser un emperador universalmente odiado” (2016, p. 431). Por ello, es importante tener en cuenta que a lo largo del Imperio nunca hubo una única estrategia respecto a una damnatio memoriae que, por razones prácticas y de manera consciente, se practicó con mayor intensidad en la capital que en muchas provincias. De lo contrario, hubiera sido no solo demasiado caro sino contraproducente.

Nerva sustituye a Domiciano (4ª figura por la izquierda) en este relieve del Palazzo della Cancelleria (Museo Gregoriano Profano, Museos Vaticanos, foto de Egisto Sani, CC BY-NC-SA 2.0, ilustración procedente del artículo de Francesca Tronchin «Damnatio memoriae—Roman sanctions against memory», en Khan Academy, http: https: //www.khanacademy.org/humanities/ancient-art-civilizations/roman/beginners-guide-rome/a/damnatio-memoriaeroman-sanctions-against-memory)
Conclusiones

Con frecuencia, la llamada damnatio memoriae a la postre no fue tan dura o exhaustiva como muchas veces se ha querido sugerir. No hay que sobredimensionarla, mas tampoco lo contrario. Se trató de una práctica que se desarrolló de diversas maneras en tiempos y contextos muy distintos, de modo que en cada coyuntura, y en conexión con las relaciones de poder o los intereses creados en cada situación, adquirió rasgos o intensidades sensiblemente diferentes. Por ejemplo, no es casualidad que, con la llamativa salvedad de Domiciano, los emperadores que estuvieron más de cinco años en el poder acostumbraran a tener algún tipo de rehabilitación, aunque fuera provisional. Algo bien diferente habría sucedido con los no emperadores o con los más breves, muchas veces retratados como usurpadores, tal y como se afirma en la Historia Augusta al principio de la biografía de Pescenio Níger. Ahora bien, esto mismo podría ser en puesto en tela de juicio si tenemos en cuenta que, según Aurelio Víctor, el mismo año Septimio Severo no habría logrado tener éxito en su damnatio sobre un emperador fugaz y jurista como Salvio Didio Juliano, aunque al parecer habría sido sobre todo por lo que concierne a sus escritos. Al respecto, explica Aurelio Víctor en el Libro de los césares que

tan grande es el prestigio de las artes liberales que ni una conducta cruel puede dañar la memoria de los escritores. Más aún, una muerte de esta clase los glorifica, pero convierte en malditos a los que la ejecutan, puesto que todos los hombres, especialmente las generaciones posteriores, consideran que aquellos talentos no pudieron haber sucumbido excepto por un acto de bandidaje público y en un rapto de locura (20, 2-4).  

En cualquier caso, las damnationes estuvieron atravesadas de numerosas limitaciones de medios, razón por la que nunca pudieron ser verdaderamente sistemáticas y por la que hoy en día conservamos muchos restos materiales que recuerdan a personajes condenados, especialmente mas no solo con las monedas. Aunque toda cifra sobre este tema debe ser cogida con pinzas, Alain Martin (1987) ha calculado que la damnatio de Domiciano (una de las más duras) afectó a un 40% de sus inscripciones, mientras que Jean-Marie Pailler y Robert Sablayrolles (1994, pp. 14-17) deducen que la de Nerón podría haber sido tres veces menos eficaz. Estos autores han añadido que en el caso de Domiciano las inscripciones oficiales habrían sido un objetivo mucho más prioritario y dañado que las privadas o las acta administrativas, y eso por no hablar de las subterráneas fistulae plumbeae (tuberías de plomo) que han permitido atestiguar la amplitud de la obra urbana de Domiciano, el emperador más nombrado en estos soportes. Además, se habría hecho más caso de las damnationes en provincias senatoriales que en imperiales.  

Miliario de la Via Nova entre Bracara Augusta y Asturica Augusta, en la provincia Tarraconensis erigido bajo Tito, con su hermano Domiciano como César, y a quien, tras su muerte en 96, se le sometió a la damnatio memoriae, por lo que su nombre fue borrado excavando el granito del miliario (foto: Wikimedia Commons)

Por todo ello, Charles W. Hedrick ha apuntado que “las excepciones a la condena no sólo se produjeron, sino que se conocieron y toleraron. Aunque la prohibición de las imágenes del enemigo público (hostis) era en principio universal, y a veces se imponían severas sanciones a quienes no la observaban, su aplicación era inconsistente. Tanto si la aplicación esporádica de la prohibición fue intencional como si se debió simplemente a las limitaciones del poder del Estado, el hecho de que siempre sobrevivieran los rastros del enemigo del Estado es de suma importancia para comprender el procedimiento” (2000, p. 110). En este contexto, y con la intención de no confundir las prácticas romanas con las de Stalin, este historiador ha añadido, a mi juicio no sin alguna exageración, que

Roma tenía instrumentos de control social y cultural mucho menos poderosos que los disponibles para los regímenes totalitarios modernos. Además, en Roma la damnatio memoriae se dirigía sin excepción a la élite gobernante interna del estado. Las purgas estalinistas, por el contrario, tenían un alcance y una aplicación mucho más amplios: se utilizaban no sólo para enviar un mensaje a un grupo estrecho y privilegiado de la sociedad, sino para influir en la conciencia pública del pasado de la forma más amplia posible y para difundir una imagen particular del pasado al público más amplio posible (…). La damnatio memoriae romana era mucho más restringida en sus efectos que una purga moderna. El gobierno soviético pretendía la aniquilación total de todo rastro del enemigo público, algo que los romanos nunca intentaron hacer (2000, p. 92).

Por otro lado, hay que tener en cuenta que se dieron otro tipo de limitaciones, como las de carácter político (sirva de ejemplo la resistencia de la sociedad romana o del ejército, como se intentó con Domiciano, a la condena de ciertas figuras) o de tipo geográfico (por lo general se practicaba mucho más en la ciudad de Roma que en otras partes del Imperio). Asimismo, hubo otras limitaciones más particulares, como que el retrato de un joven Nerón, antes de ser emperador, no fuera intervenido en monumentos grupales dedicados a la familia Claudia, razón por la que Harriet Flower (2006, p. 308) se pregunta si el objetivo de la damnatio memoriae no era más el Nerón emperador que la persona en sí.

Contramarca de Vespasiano [VA] en una moneda con la imagen de Nerón, Lidia, British Museum, London © The Trustees of the British Museum

Además, que las condenas a la memoria supusieran en general la revocación de las medidas y nombramientos del condenado, también devino un motivo de disuasión. Eso ya se constató con Julio César de acuerdo con el relato de Apiano (2. 126-129): según cuenta, cuando el Senado quiso condenar su figura y su memoria, Marco Antonio (cónsul en aquel momento) les recordó que eso implicaría la derogación de sus medidas y nombramientos, de los cuales esos senadores eran los primeros beneficiados y fue la razón por la que al final cambiaron de opinión. Carlos Crespo rescata en este contexto un caso menos conocido pero muy interesante: “Salpensa e Irni podrían haber recibido la latinidad con Domiciano, por lo que las élites provinciales evitarían derogar su legislación ya que aceptar la damnatio de un emperador derogaría implícitamente la ley por él promulgada, dejando sin efecto la promoción jurídica que conllevaba” (2014, p. 40). La damnatio, en suma, se podía subordinar en no pocas ocasiones a todo tipo de intereses concretos.

Finalmente, no se deben olvidar el poco alcance de la damnatio en las monedas ni las ya mencionadas rehabilitaciones, que afectaron a un buen número de emperadores o a figuras anteriores como Cayo Mario o Marco Antonio. Desde cierta perspectiva, y por el blanqueamiento de la memoria que en muchos casos comportó, se las podría considerar como una figura contraria a la damnatio. De todos modos, podríamos cuestionarnos hasta qué punto todo eso afectó a unos historiadores que plagaron sus escritos de crímenes y actos inmorales, también en sus relatos de emperadores no condenados o rehabilitados. Pensemos sin ir más lejos en el duro retrato del rehabilitado y divinizado Cómodo que poco después de su muerte es proporcionado por el coetáneo Dión Casio.

Rostro mutilado de un retrato de Macrino, conservado en el Arthur M. Sackler Museum, Harvard University (Cambridge, Mass.), imagen publicada en el libro de Varner, Eric R., Mutilation and Transformation: damnatio memoriae and Roman Imperial Portraiture, Boston, Brill, 2004

Además, entre los mismos historiadores no se deja de hacer mención a este tipo de prácticas sobre todo como instrumento político, más que como una auténtica y honesta valoración histórica o moral. Por ello, no debería sorprender que, aunque exagerara y deberíamos preguntarnos hasta qué punto podía eso sería extensible sobre todo a esos condenados que no fueron emperadores o a los que lo fueron por un corto periodo tiempo, un historiador tan interesado en las cuestiones de la memoria como Tácito manifestara explícitamente en los Anales reírse de

la estolidez de quienes creen que con el poder del presente se puede extinguir también la memoria de la posteridad. Y es que, al contrario, la autoridad de los talentos perseguidos crece, y ni los reyes extranjeros ni los que procedieron con la misma saña lograron otra cosa que el deshonor para sí y la gloria para ellos (4, 35).

Lápida conmemorativa de la restauración del circo de Mérida (c. 337-340), en la que, según la catalogación, los nombres de Constantino y Consgtante han sufrido damnatio memoriae (Museo Nacional de Arte Romano de Mérida/ ceres.mcu.es)
Bibliografía secundaria citada:

(todas las fuentes antiguas, a excepción de los epítomes de Dión Casio que todavía no se han traducido oficialmente al castellano, proceden de las traducciones realizadas en la editorial Gredos).

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Portada: Detalle de un tondo con la familia de Septimio Severo en el que aparecen retratados Severo, su esposa Julia Domna, sus hijos Caracalla y Geta, cuya cara ha sido borrada por su damnatio memoriae (Altes Museum, Staatliche Museen zu Berlin, photo: Carole Raddato, CC BY-SA 2.0, ilustración procedente del artículo de Francesca Tronchin «Damnatio memoriae—Roman sanctions against memory», en Khan Academy, http: https://www.khanacademy.org/humanities/ancient-art-civilizations/roman/beginners-guide-rome/a/damnatio-memoriaeroman-sanctions-against-memory)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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