Raimundo Cuesta
Premio Nacional a la Innovación Educativa.
Co-fundador de las plataformas de pensamiento crítico Cronos y Fedicaria.
Su último libro,  «Verdades sospechosas. Religión, historia y capitalismo» (2019).

 

La vida intelectual de madurez de Walter Benjamin (Berlín, 1892 y Portbou, 1940) transcurre entre  la República de Weimar, la trágica experiencia hitleriana del III Reich, y el primer año de la Guerra Mundial (1939-1945). Vivió en su infancia berlinesa entre los algodones de un hogar acomodado y los sufrimientos propios de un “niño difícil”, rodeado de las periclitadas formas del reinado de Guillermo II, que, al final, condujeron a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), de la que se libró alegando motivos de salud física. Acto seguido, se instaló en Suiza en compañía de su reciente esposa Dora Pollack con la que hacía poco había contraído nupcias, y que sería uno de los tres grandes amores de su vida y la madre de su único hijo nacido durante su estancia en Berna. En ese exilio voluntario y subvencionado por su adinerado padre, conoció a los militantes antibelicistas e internacionalistas que, como  Ernst Bloch, habían optado por plantar cara al militarismo alemán de manera frontal. Además, si hacemos caso de los testimonios de Gershom Scholem, su amigo de toda la vida, ni era partidario de hablar del conflicto bélico, ni albergaba una actitud pacifista y sí, en cambio, mostraba a la sazón una notable “aversión  a discutir acerca de los acontecimientos de la actualidad política[1].

A pesar de todo ello, Benjamin parece inicialmente deslumbrado por El espíritu de la utopía de Bloch (que lee en 1919) y de inmediato brota la amistad, no exenta posteriormente de roces y desavenencias, con el filósofo de la esperanza, siete años mayor que él. Al tiempo hace las primeras lecturas de Georg Lukács. Empero la filosofía de la esperanza de Bloch chocaba abiertamente con el pesimismo estructural del discurso benjaminiano. En efecto, en su obra solo brillaba ocasionalmente un hálito de esperanza cuando hacía apelación a eventuales interrupciones mesiánicas, rupturas revolucionarias del continuo histórico, momentos portadores de la iluminación de un mundo mejor. Ambos, sin embargo, coincidían en otorgar un papel descollante a la tradición religiosa: la del judaísmo en el segundo y la judeocristiana en el primero. Sin duda, la evolución fluctuante de sus vinculaciones amorosas (Dora Pollack, Juda Cohn o Asja Lacis) y las de amistad que sostiene en el curso de su vida (con Scholem, Bloch, Adorno, Kracauer, Hessel, Brecht, Arendt, Bataille, etc.) demuestra la complejidad de una personalidad asaz contradictoria, intermitente, puntillosa e hipersensible. Valga citar aquí lo que dijo Bloch al saber la opinión que su amigo se había formado de él, solo conocida con motivo de la publicación de la correspondencia de Benjamin con Bertolt Brecht: “ahora se me ha muerto un amigo por segunda vez[2]

La familia Benjamin en 1896 (Walter a la derecha)( foto del libro de Uwe-Karsten Eye. Los Benjamin. Una familia alemana. Madrid, Trotta, 2020)

Tras haber estudiado en las universidades de Berlín y Friburgo, a los veintisiete años obtiene el doctorado en filosofía en la Universidad de Berna gracias a la presentación de un trabajo sobre El concepto de crítica en el romanticismo alemán, que ya marca y expresa de manera indeleble su duradera y profunda vocación literaria y su fulgurante pero hermético estilo de escritura. Al año siguiente, en 1920, su padre, dadas las condiciones de posguerra (una horrible situación económica y una galopante inflación), corta el suministro financiero y obliga a su hijo a regresar al hogar paterno de Berlín.  

Durante su estancia en Suiza, se supone que le llegarían los ecos del estrepitoso derrumbe de la dinastía Hohenzollern en noviembre de 1918, la huida del káiser Guillermo II y la consecuente e inmediata proclamación de la República de Weimar, un régimen político que significa el intento, finalmente fallido, de construir un Estado democrático avanzado de una vez por todas, que viniera a quebrar esa secular, peculiar y burocrática vía prusiana hacia la modernidad, es decir, el autoritarismo con reformas desde arriba. El desplome del II Reich vino acompañado por la típica situación de doble poder, que suele darse en el origen de las coyunturas revolucionarias, a saber, por un lado, se forma un gobierno provisional presidido por el líder socialdemócrata Friedrich Ebert  encargado de iniciar un proceso constituyente en la ciudad de Weimar y, por otro, surgen, desde el primer brote insurreccional a cargo de los marineros de Kiel, consejos de obreros y soldados a imagen y semejanza de los soviets de la Revolución rusa, que finalmente se debaten entre aceptar el proceso constituyente de Ebert u optar por un ensayo revolucionario al estilo bolchevique. Los comunistas de los consejos ensayarán, entre 1918 y 1919 la alternativa revolucionaria en varias ocasiones y distintas ciudades. En enero de 1919 en las calles de Berlín son bestialmente asesinados Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, sus dos líderes más señalados, por los freikorps  (tropas de choque formadas por antiguos soldados desmovilizados) y, en general, el fracaso de la revolución se oficializa con la aprobación de la Constitución de Weimar en agosto de 1919.

La victoria de los socialdemócratas sobre los marxistas revolucionarios tuvo mucho de pírrica, porque los primeros para acabar con las pretensiones de los segundos hipotecaron gravemente su futuro y el de la república, teniendo que acudir a la complicidad de los paramilitares de la ultraderecha y a la alianza con los poderes castrenses, burocráticos y económicos que habían constituido la columna vertebral del II Reich y que negaban cualquier legitimidad a la experiencia republicana de Weimar. De esta suerte, penosamente lastrado, nace un experimento democrático, político y socialmente muy avanzado, que, por añadidura, tuvo que cargar con una calamitosa situación de posguerra: dos millones de muertos y cuatro millones de almas heridas física y mentalmente merced a la espantosa experiencia de esa “guerra total”, que inaugura el primero de los dos cataclismos bélicos del siglo XX. Si a ello se suma que el Tratado de Versalles de 1919 establecía un revanchismo propio de los vencedores, los aliados arrastrados a una especie de ciega venganza, obligaron a firmar, bajo la amenaza de ocupación, unas cláusulas dacronianas basadas en la sencilla y perturbadora consigna de “que Alemania pague“.

De esta manera, los políticos de Weimar se vieron forzados a suscribir un pacto contra su voluntad y, desde entonces, con la ayuda de la propaganda militarista y de extrema derecha, cargaron sobre sus hombros con la culpa de haber traicionado a su patria. Y así, los militares propalaron el bulo de que los políticos habían propinado una “puñalada por la espalda” a la nación  alemana al hacerlos responsables de haber perdido la guerra, cuando en realidad fueron ellos los que sabían perfectamente que a la altura de 1918 las opciones de victoria de los imperios centrales eran nulas (así se lo hicieron saber los generales Ludendorff y Hindenburg al propio Guillermo II). En fin, con ese gravoso fardo sobre las espaldas de la nueva república, sostenida por  la apatía de la mayoría, la militancia antisistema de la derecha, del aparato burocrático, del estamento militar y del poder judicial, fue casi un milagro que durara quince años. Los más difíciles fueron los primeros (con la amenaza del golpismo prefascista-militar y de los más endebles conatos revolucionarios de izquierda), y más complicados aún se tornaron los últimos cuando la presidencia de la república la ejercía Paul von Hindenburg, un militar de ochenta y seis años y casi dos metros de estatura, héroe de guerra, ornado con todos los rancios atributos del militarismo aristocrático de la tradición prusiana. Él entregó el gobierno de la cancillería, con la complicidad de los poderes fácticos, al artero Adolf Hitler en enero de 1933. Así quedó miserablemente cumplida y rematada su hoja de servicios a la patria un  año antes de morir. Que tal personaje fuera el presidente de la República de Weimar entre 1925 y 1933, habla a las claras de la patología incurable de una fórmula democrática que había nacido extremadamente débil. Ello, claro está, no supone ni mucho menos interpretar la llegada al poder de Hitler como una consecuencia necesaria de la República de Weimar, como “un mero prefacio del III Reich”[3]. Sí es más factible pensar, en cambio, que la persistente división e inquina entre socialistas y comunistas tuvo mucho que ver con el aciago desenlace final.

Walter Benjamin en clase, sentado a la izquierda en la segunda fila (foto de 1912 del libro de Momme Brodersens «Klassenbild mit Walter Benjamin» schildert die Lebenswege des Philosophen und seiner Mitschüler, Siedler Verlag, 2012)

Como ocurre a veces, en momentos confusos y decadentes, baste recordar a tales efectos el llamado Siglo de Oro español, se encaraman  sobre las ruinas de una sociedad en declive llamaradas de pensamiento crítico y de inusitado brillo cultural. Y así, los años veinte y principios de los treinta de la República de Weimar constituyen el humus sobre el que emerge la plena madurez de la magnífica e inclasificable obra benjaminiana. Todo ello coincide con el ingreso de Alemania en formas culturales propias de la sociedad de masas, que se abre paso a marchas forzadas fracturando de manera irremediable el viejo molde elitista fundado en  el ideal humanista y educativo recogido  en la Bildung. Esta eclosión de vida artística y cultural apenas conmueve, en cambio, a las viejas instituciones universitarias, dentro de las cuales prosigue el dominio del sacrosanto círculo de los mandarines, cuya amarga medicina excluyente y gremial probará el propio Benjamin, quien, ya entrado en la treintena, sufrirá en sus carnes en 1925 el dictamen académico implacable de la Universidad de Frankfurt merced al cual es reprobada su investigación (Los orígenes del drama barroco alemán) y con ello quedaba vetada la habilitación docente y frustrada de por vida una hipotética carrera universitaria. Los signos del intelectual outsider ya no abandonarán su amargo destino. Quizás convenga traer a colación que poco antes, en 1923, en esa misma ciudad, se había inaugurado el Instituto de Investigación Social de Frankfurt, germen de la Teoría Crítica, de donde brotará una corriente marxista occidental de carácter culturalista e innovadora que acabará dando muy caudalosos frutos y que, como veremos más adelante, cobijará, no sin conflictos, el trabajo de Benjamin durante los años treinta[4].  

Notas de Walter Benjamin en manuscritos del Libro de los Pasajes (foto: tumblr/Jaume Pinya)

  

Claro que la aparición de la Escuela de Frankfurt no es un hecho aislado o un accidente inexplicable y caprichoso. Uno de los grandes logros de la época de Weimar fue el arrollador movimiento de desbordante vitalidad por encima y más allá de los convencionales nichos académicos: “pocos momentos de la historia cultural son comparables por su riqueza y creatividad con el Berlín de los años veinte o sus avanzadillas en Dessau, Múnich, Friburgo, Heidelberg o Marburgo[5]. Fue un tiempo en que todo parecía posible. Ciertamente, dentro de aquella coyuntura de dificultades sociopolíticas y de horizonte nada claro emergió una arrolladora ola de intelectuales y artistas capaces de afrontar la situación con ideas y actitudes de renovada y brillante carga racional y emocional. Tal fenómeno coexiste con la irrupción de una infraestructura material de sistemas de comunicación y reproducción cultural (el cine, el gramófono, los altavoces, la radio, la prensa ilustrada, la publicidad, los espectáculos públicos de masas, etc.) que multiplica los mensajes de todo tipo. Se diría que los algunos alemanes, cansados de tantas penurias bélicas, económicas y políticas, atraviesan una especie de fou de vivre,  una huida de las preocupaciones del presente que les permitiera experimentar cada instante como si fuera un inconsistente fin en sí mismo y no como un paso hacia un futuro mejor. En ese clima tan especial proliferan, para escándalo de las creencias tradicionales, los movimientos como el expresionismo y luego la nueva objetividad, los llamamientos a favor de una sexualidad más libre,  la comparecencia con fuerza y autonomía de las mujeres en el espacio público, la invención de nuevas modalidades y lugares de ocio, el cabaré, el jazz, la transformación de la vida cotidiana, la recomposición de la estructura urbana, etc.

Franz Hessel (1880-1941)(foto: Errata Naturae)

Ciertamente, Berlín se convierte en quintaesencia y faro de este incesante bullir artístico y cultural. La capital de la República de Weimar concita la seductora atracción de un potente imán cultural que empieza a guardar más de una semejanza con París, no en vano cuando nuestro escritor berlinés viaja por primera vez a la ciudad del Sena en 1913 encuentra en sus calles un aire de familiaridad y siente unos lazos de empatía incluso más fuertes que los que toda su vida le ataron al Berlín  de su infancia. Ambas ciudades serían objeto de su lúcida escritura urbana y de su magna obra inconclusa, el Libro de los pasajes[6]. Él, que fue un viajero incontinente y compulsivo, hacía del nomadismo un modo de escapar de una realidad cotidiana en exceso rutinaria y agobiante. No obstante, otro muy notable escritor berlinés algo mayor en edad, Franz Hessel, es el que descubriera a Benjamin el potencial hermenéutico de la trama urbana al convertir a la gran ciudad “en un enigma, un universo de signos por descifrar[7]. Fue Hessel, alojado en París entre 1906 y 1914, quien le introdujo en 1926 en la vida parisina y le inició en el “callejeo” por los barrios de la espléndida ciudad del Sena y, como todo buen discípulo, llegó a superar a su maestro[8].

Él mismo, en 1932, escribiría sobre su infancia berlinesa pero de una forma tan bella, ensoñadora y elíptica que su relato queda muy lejos de una narración realista del yo [9]. No en vano retiradamente se ha dicho que “literalmente Benjamin se ha escondido en sus obras [porque era como] un clandestino de la vida cuyo único pasaporte son sus textos voluntariamente fragmentarios siempre atentos a borrar pistas, a extraviar al investigador y desconcertar a la policía, pero nutridos de todo lo que esa vida excepcional ha visto[10]. Sea como fuere y a pesar del aura de secretismo que él no dejaba de cultivar con esmero, los trazos gruesos del retrato biográfico, psicológico y sociológico de nuestro autor son distinguibles si se atan cabos  procedentes de diversos informantes.

Asja Lacis (1891-1979)(foto: EcuRed)

En efecto, había visto la luz de la vida en Berlín en 1892 y fue el mayor de tres hermanos, que compartieron un destino amargo por su posición antifascista, dentro de una familia judía de muy lustrosos recursos económicos[11]. Su padre era un próspero comerciante dedicado al mercadeo de antigüedades y en su casa reinó la abundancia hasta que la hiperinflación de 1923 erosionó la fortuna paterna. Su relación con sus progenitores fue larga, conflictiva y un punto opresiva a causa de la prolongación de su dependencia pecuniaria hasta edad muy avanzada. Hasta cierto punto, las muertes de su padre en 1926 y de su madre en 1930 vinieron a ser como una liberación de una carga de dependencia que pesaba como un gravoso fardo sobre una persona como él incapaz de obtener una fuente de ingresos segura y regular. Se ha dicho que, en cierto modo, su vida se podría calificar como “una cierta adicción al fracaso”[12]. Tal vez el continuo recordatorio y censura materna acerca de su proverbial torpeza (solía llamarlo “el señor desamañado”) para la vida cotidiana dejara más de una huella en un niño, por añadidura, “extraño”, hipersensible y dotado de una inteligencia nada común. Por lo demás, su educación infantil fue la propia de una familia burguesa de ascendencia judía pero plenamente asimilada e integrada en el clima social de las clases altas de entonces. Así, gozó, como seña de identidad clasista, de una primera educación a domicilio a cargo de instructores privados. Cuando pasa a las instituciones educativas de carácter formal experimenta un total rechazo del “adiestramiento escolar”. Tanto es así que su familia opta por enviarle a la Escuela Libre de Haubinga en Turingia, un pensionado privado caracterizado por practicar una educación innovadora y abierta. Allí conoce a las primeras personas que tendrán una primera influencia intelectual en su vida juvenil. Finalmente, termina el bachillerato y, después del consabido viaje por Italia, ese obligado ritual de paso imprescindible en el ornamento espiritual de las clases altas alemanas, inicia en 1912 sus estudios en la Universidad de Berlín, donde llegará a presidir la Asociación de Estudiantes Libres. Luego prosigue su formación en otras universidades y en 1917, en plena Guerra Mundial, se instala en Suiza y, como ya mencioné, acaba haciéndose doctor por la universidad de Berna  con la obra El concepto de crítica en el romanticismo alemán, estudio que muestra a las claras el interés por exégesis estética y literaria, que siempre le acompañará durante toda su vida[13].

Por aquel entonces se forjan algunas de las conexiones decisivas en su devenir como fueron la amistad con Gershom Scholem, la boda con Dora Pollack, los intercambios intelectuales con Ernst Bloch, etc. Ya en ese tiempo se vislumbra la impresionante originalidad y altura intelectual de sus obras, poco o nada comprendidas en el espacio académico. Así se va dibujando la figura de un ser excepcional y ajeno al mundo: melancólico, ingenuo, débil, dubitativo, tímido, maniático, de inteligencia relampagueante y proclive a la depresión, que, no obstante, guarda en su interior la fuerza de un gigante intelectual expulsada a borbotones en una prosa alemana de suprema elegancia y denso esoterismo. Dejemos por un momento correr nuestra imaginación leyendo el retrato que pintara Scholem, su amigo de toda la vida, erudito judío de estricta observancia y de militancia sionista.

 “Las dificultades en el trato con Benjamin, pese a lo que pudiera inducirse a primera vista de su perfecta cortesía y absoluta disposición  tanto para escuchar como para responder, eran, sin embargo, considerables. Parecía envuelto permanentemente por un halo de silencio, que trasmitía a los demás y que actuaba como una barrera intuitivamente perceptible a su alrededor aun en los casos, no demasiado frecuentes, en los que Benjamin evitaba hacerla visible. Esta barrera se manifestaba sobre todo en una manía por el secreto que llegaba a rozar los límites de lo extravagante. Esa costumbre afectaba en general a todo aquello que le concernía personalmente, cosa que no impedía, por cierto, que fuese de vez en cuando quebrantada por inesperadas revelaciones y confidencias personales[14].

Gershom Scholem estudiando el Zohar en 1925 /(foto: National Library of Israel)

Scholem, amigo de por vida y fuente judaizante de su pensamiento, reprochaba acerbamente el giro de Benjamin hacia el marxismo a partir de 1924, fruto, entre otros motivos, de su romance con la revolucionaria letona, afincada en la URSS, Asja Lacis y de sus relaciones con Bertold Brecht[15]. En realidad, el estilo de pensar benjaminiano (él mismo a veces se veía metafóricamente hablando como si fuera un alquimista, un mago, un adivino, etc.) era de una originalidad tal que la universidad alemana fue incapaz de asimilarlo y digerirlo. Ya se narró el suceso del fracaso de su habilitación docente en 1925. La Universidad de Frankfurt fue incapaz de entender Los orígenes del drama barroco alemán y a partir de entonces se esfumó la esperanza de un trabajo “serio” y seguro, de modo que nuestro autor se convierte en crítico literario por libre, que también hará programas de radio entre 1932 y 1933. Aunque llegará a ser considerado como el mejor comentarista alemán de textos de literatura, el éxito económico nunca le sonreirá, entre otras cosas por su estilo de vida: por sus frecuentísimos viajes (Italia, Rusia, Ibiza y París siempre París) y por un sentido de la administración de su peculio un tanto extravagante y nada calvinista, que se agudizaba a causa de una cierta inclinación a visitar los casinos de juego.

En fin, como dijera su lejana prima Hannah Arendt, era una muestra del tipo  homme de lettres, es decir, de un intelectual que, por su independencia de actos y juicio, se parecía más a Montaigne que a los profesores de la universidades de la época de Weimar[16]. Tampoco encaja en el ethos de la Escuela de Frankfurt, dentro de la que era un bicho raro. Como se comentó, conoció al entonces joven Adorno en 1923 y este quedó fascinado por la profundidad del talento del que será su amigo, si bien alguien ha comentado que los posteriores intercambios de cartas entre ambos, además de mostrar una “constelación melancólica” (esa proclividad a la melancolía era la seña de identidad más benjaminiana), señalan  cómo se invierte la inicial asimetría (al principio Benjamin mayor en edad y conocimientos era el que dominaba en el dúo) conforme se deterioran sus ingresos y ha de hacerse cada vez más dependiente económicamente, en los años treinta, de la parca asignación proporcionada por la Escuela de Frankfurt cuando ya él había escapado de la Alemania nazi al poco de que Hitler se encaramara en gobierno[17]. Exiliado en París, y con crecientes agobios pecuniarios, el exiguo emolumento frankfurtiano le mantiene en un precario e inseguro hilo de vida[18]. En esta etapa final de su existencia va a intentar dar término a lo que juzgo que es su legado más duradero: el Libro de los pasajes (inconcluso) y el manuscrito de Tesis sobre el concepto de historia (1940)[19].

Manuscrito de Tesis sobre el concepto de historia (foto: exposición Benjamin and Brecht. Thinking in Extremes, Berlin, Academie der Kümnste, 2018)

El 15 de junio de 1940, poco antes de la irrupción alemana, deja París, tras haber confiado a su amigo Georges Bataille, a la sazón director de la Biblioteca Nacional,  una buena porción de manuscritos (entre ellos el Libro de los pasajes) y después de depositar en su maleta el manuscrito de las tesis sobre la historia, del que había hecho varias copias con objeto de hacer llegar alguna de ellas a los miembros de la Escuela de Frankfurt, que por entonces ya se encontraban exiliados en Estados Unidos. Desde París se traslada a Lourdes y luego a Marsella, ciudad en la que obtuvo el visado para su traslado a Estados Unidos pasando por España y Portugal. Su hermana Dora comparte una porción de estas mismas penurias. En Marsella pudo verse con su amiga de plena confianza, Hannah Arendt, a la que entregó una de las copias de su Sobre el concepto de historia (1940), que la escritora finalmente haría llegar a Adorno, cuya primera edición  multicopiada en Estados Unidos data de 1942.

Un Benjamin, a sus cuarenta y ocho años de edad, prematuramente envejecido y con achaques cardíacos, emprende en septiembre de 1940, con la ayuda una guía y dos acompañantes, la huida a España por los Pirineos. Nueva frustración. En la Fonda Francia de la localidad gerundense de Portbou se suicida ante la eventualidad de ser entregado a la Gestapo[20].

El pensamiento de Benjamin, tras su fallecimiento, sufre un apagón informativo durante décadas hasta que en los años sesenta y setenta, cuando a hombros de nuevos movimiento sociales y de un replanteamiento del marxismo ortodoxo, adquiere una presencia masiva y expansiva que se prolonga y acentúa con motivo del llamado giro postmoderno y culturalista de las ciencias humanas. El pensador alemán fue, en efecto, un adelantado de la crítica de la modernidad y del capitalismo empleando un método y unas categorías que poseen plena vigencia en la hipermodernidad de hoy cuando asistimos al dominio de un totalcapitalismo que invade y se infiltra el conjunto de las facetas de la vida humana.

Certificado de defunción de Walter Benjamin en el registro civil de Portbou (foto: historia-viva.net)
Notas

[1] Gershom Scholem. Walter Benjamin. Historia de una amistad. Barcelona, Random House Mondadori, 2007, p. 59. Scholem trabó amistad con Benjamin desde 1915 y la mantuvo hasta la muerte de aquel. Sí parece cierto que nuestro pensador, por aquel entonces, ni fue demasiado proclive a emitir juicios ni a debatir la actualidad política inmediata, lo que explicaría también su falta de interés por las revoluciones de posguerra ocurridas en Alemania o en Hungría (en este último país con la participación de G. Lukács, amigo muy cercano de Bloch y cuya obra ya había empezado a conocer y valorar muy favorablemente). Contrasta su proceder con la de sus dos hermanos menores, Georg y Dora, que tempranamente demostraron sus compromisos antifascistas, lo que llevaría a Georg a la muerte en 1942 en el campo de concentración de Mauthausen. Véase Uwe-Karsten Eye. Los Benjamin. Una familia alemana. Madrid, Trotta, 2020. Por lo demás, el marxismo no cristaliza en Walter, el hermano mayor, hasta mediados de los años veinte. 

[2] Hans Mayer. Walter Benjamin. El contemporáneo. Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, Debats, 1992, p. 15. Mayer, frente a una cierta tendencia actual a la consideración  un tanto apologética y un punto monocromática de la figura de Benjamin, subraya en cambio las aristas más cuestionables de la personalidad de un intelectual muy brillante pero de afectos cambiantes y a menudo caprichosos. En el centro de los malentendidos entre ambos estaba la cuestión teórica del judaísmo. Opuesto radicalmente al sionismo, Bloch adopta ciertos elementos del judaísmo,  pero insertos en una cristología totalmente extraña a Benjamin y a su amigo Scholem, que aborrecía a Bloch. La filosofía de la esperanza de este último no dejaba de chocar con la tesis benjaminianas. Para echar más leña al fuego Benjamin consideraba que su amigo plagiaba parte de sus ideas. Véase Concha Fernández Martorell. Walter Benjamin. Barcelona, Montesinos, 1992, pp. 76-79.   

[3] Eric D. Weitz. La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia. Madrid, Turner, 2019, p. 16.

[4] El lazo primero de relación lo mantuvo con Theodor Adorno, al que conoció en 1923  en Frankfurt. Y también trabó amistad con Siegfried Kracauer. Lo que son las cosas: el informante que juzgó negativamente la obra de Benjamin con miras a su habilitación docente fue Max Horkheimer, quien llegaría a ser director de la llamada Escuela de Frankfurt cuando Benjamin en 1933-1934, en el exilio francés, empezó a depender totalmente de los magros emolumentos que le proporcionaba su colaboración  con tal institución. Horkheimer era un catedrático de la Universidad de Frankfurt que compartía tareas docentes con gentes de elevada talla intelectual tales como Karl Mannheim y  Norbert Elias.  Véase al respecto la documentada biografía de Bruno Tackels. Walter Benjamin. Valencia, PUV, 2012. También se recomienda el muy interesante monográfico, entre otros motivos por su esmerada información bio-bibliográfica, de Varios Autores. “Walter Benjamin. La experiencia de una voz crítica, creativa y disidente”. Anthropos, 225 (2009). Así mismo, conviene aquí recordar el uso y la necesaria consulta de las obras de Stuart Jeffries. Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt. Madrid, Turner, 2018; y la de Martin Jay. La imaginación dialéctica. Historia de la Escuela de Frankfurt y del Instituto de Investigación Social. Madrid, Taurus, 1974.

[5] Eric Weitz. La Alemania de Weimar…, p. 462.

[6] En este proyecto de interpretación del mundo urbano y literario del París del siglo XIX trabaja Benjamin entre 1927 y 1940, convirtiéndose, a mi modo de ver, en la destilación más acabada del método de crítica benjaminiana, una literatura basada en la técnica del montaje cinematográfico y el collage, de modo que a través del mismo fuera factible descubrir “en el análisis del pequeño momento singular el cristal del acontecer total”. Véase la extraordinaria edición vertida al castellano de un discípulo de Adorno, esto es, de Rolf Tiedemann. Libro de los pasajes. Madrid, Akal, 2005, p. 11. Esta obra oceánica y laberíntica permite deambular al lector, como si fuera un flâneur,  por una multitud de recovecos intelectuales de la modernidad. A mi modo de ver, esta es la creación cumbre de Benjamin por más que nunca llegara a culminarse, como otros muchos afanes del escritor berlinés.  

[7] Jean Michel Palmier. “Prólogo. El flâneur de Berlín”. En Franz Hessel. Paseos por Berlín. Madrid, Tecnos, 1997, p. 10. Un hermoso libro de Hessel que resume perfectamente el arte del flâneur y la acción de “flanear”: “Es una forma de lectura de la calle en la que las caras de las personas, los acristalamientos, los escaparates, las terrazas, los cafés, los ferrocarriles, los automóviles, los árboles se convierten en letras con el mismo derecho, que juntas dan lugar a palabras, oraciones y páginas de un libro siempre nuevo. Para “flanear” adecuadamente no se debe tener ningún plan preconcebido” (Ibídem, p. 121).  

[8] B. Tackels. Walter Benjamin…, p. 179.

[9] W. Benjamin comenzó a escribir en un cuaderno de notas su  Infancia  berlinesa  en 1932. Véase Infancia en Berlín hacia 1900. Madrid, Alfaguara, 1982.

[10] B. Tackels, op. cit., p. 25.

[11] Véase Uwe-Karsten Heye. Los Benjamin. Una familia alemana. Madrid, Trotta, 2020. Su hermano, George, médico pediatra, se hizo militante comunista y murió durante la Segunda Guerra Mundial en el campo de concentración nazi de Mauthausen en 1942. Su hermana Dora, once años menor que Walter, estudió Economía Política y huyó del nazismo refugiándose en 1933 en Francia. Allí compartió muchas de las penurias de su hermano mayor. Logró finalmente pasar a Suiza y allí falleció en 1946. Hilde Benjamin, la esposa de Georg, que llegó a ser ministra en la República Democrática Alemana mantuvo la viva la memoria de los Benjamin, una familia antifascista en tiempos de desolación, tras la Segunda Guerra Mundial.

[12] H. Mayer. Walter Benjamin…, p. 13. El mismo Mayer sugiere que, según algunos de sus comentaristas, el coleccionismo de Benjamin era una forma oblicua de venganza hacia el padre y que sus estudios dedicados al arte moderno  podrían equipararse con la tremenda requisitoria contra la figura paterna contenida en Carta al padre de Franz Kafka, uno de sus escritores predilectos.

[13] Esta obra y otras muy destacadas de crítica literaria pueden consultarse en W. Benjamin. Obras, libro I, vol. I. Madrid Abada Editores, 2006. La versión de Alfredo Brotons Muñoz se basa en la cuidada y casi definitiva edición de los Gesammelte Schriften a cargo de Rolf Tiedemann y Herman Schweppenhaüser, realizada en alemán con la ayuda de W. Th. Adorno y G. Scholem.

[14] Gershom Scholem. Walter Benjamin…, p. 58.

[15] Desde luego, entre esos otros motivos hay que considerar que desde años antes había conocido a Bloch y había recibido con entusiasmo el libro Historia y conciencia de clase (1922) de G. Lukács. Los amoríos con Asja Lacis fueron intermitentes, pero sin duda favorecieron su viaje a la tierra de la revolución soviética durante 1925-1926, aunque su militancia comunista nunca llegó a materializarse en un compromiso con el partido comunista, opción que el titubeante Benjamin no descartó pero que nunca llevaría a cabo. Asja Lacis, motivo de su ardor erótico, acabaría más tarde en los campos de reeducación estalinianos. Por su parte, tras su exilio de la Alemania hitleriana, gozó del cobijo eventual de la casa de B. Brecht en Dinamarca. Aunque este no dejaba de admirar la enorme inteligencia literaria de Benjamin, consideraba que la envolvente de metafísica judaica de las obras de su amigo era poco o nada compatibles con el marxismo que él profesaba.

[16] Otros de sus biógrafos han acudido a definirlo como “un intelectual que flota libremente”, conforme  a la tipología puesta en circulación en Ideología y utopía (1929) por su contemporáneo Karl Mannheim. Así lo califica A. Mayer. Walter Benjamin…, pp. 8 y 46.

[17] Enzo Traverso. Melancolía de izquierda. Después de las utopías. Barcelona, Galaxia-Gutenberg, 2019, pp. 307-352. Véase también Correspondencia entre Theodor Adorno y Walter Benjamin. Madrid, Trotta, 1998.

[18] Se diría que W. Benjamin, portador de una inclinación reiterada  al suicidio, mantiene su vida al servicio de su obra, consciente de que en esos aciagos tiempos que le tocaran en suerte no puede sucumbir.

[19] En mi trabajo cito a partir de la versión castellana de la tesis benjaminianas de Manuel Reyes Mate. Medianoche de la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin “Sobre el concepto de historia”. Madrid: Trotta, 2006. Su traducción del texto y su exégesis son muy recomendables. El contenido completo de las tesis, el contexto de producción y difusión de las mismas puede consultarse en Raimundo Cuesta. “Sobre el concepto de Historia (1940)”. Conversación sobre la Historia, 23 de septiembre de 2018.

[20] Sobre el fin de Benjamin existen muchas especulaciones más o menos aventuradas. Hay quien atribuye su muerte a la acción de sicarios de Stalin con la complicidad de agentes nazis; otros la atribuyen a una trampa tendida por la Gestapo y los franquistas. En fin, su aura literaria no ha cesado de crecer al tiempo que su impresionante legado intelectual se agiganta.


Portada: ilustración de Frédéric Pajak incluida en su libro Manifiesto incierto. Con Walter Benjamin, soñador abismado en el paisaje (Madrid, Errata Naturae, 2016)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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