Joan Esculies
Profesor de la Universitat Oberta de Catalunya. Su último libro «Ernest Lluch. Biografía de un intelectual agitador» (2019), Premi Gaziel de Biografies i Memòries.

 

En diciembre de 1921 se firmó el Tratado anglo-irlandés que ponía fin a la guerra de independencia del Reino Unido con Irlanda. Sin que los términos satisficiesen al nacionalismo irlandés en su totalidad, en enero de 1922 el Parlamento irlandés lo aprobó, por poco margen, y se estableció el Estado Libre de Irlanda y la partición de la isla. Medio año después una guerra civil enfrentó a los irlandeses favorables al Tratado (como mal menor) y a los contrarios. Pasados diez meses, la victoria de los primeros confirmó lo acordado con Londres y abrió una profunda división entre las dos principales familias del nacionalismo irlandés, Fine Gael y Fianna Fáil.

 

Firma del tratado de paz entre las delegaciones irlandesa y británica (foto: irishhistorypodcast.ie)

A diferencia de los nacionalistas irlandeses, que se combatieron tras haber conseguido algo, el independentismo catalán vive desde otoño inmerso en una creciente espiral de confrontación sin haberse acercado a su objetivo. La pugna, afortunadamente para todos, no sigue el dramatismo irlandés y se ciñe a las redes sociales, los medios de comunicación y al toma y daca parlamentario o gubernamental. Aunque con el cariz que toman algunos insultos, tampoco es descabellado que en algún momento estos desemboquen en algún episodio desagradable.

En octubre de 2017 el independentismo optó por un camino grandilocuente, pero inefectivo. Descartó una convocatoria electoral autonómica que habría generado descontento inmediato, pero habría permitido continuar pedaleando, y proclamó una República catalana sin capacidad para implementarla. La decisión supuso cavar un precipicio y quedar al borde. En la decisión pesó la competición entre formaciones, pero no se calibró que precisamente cortar el propio camino incrementaría la pugna partidista.

La guerra civil irlandesa fue extremadamente violenta: el número de ejecutados supera al de la guerra de independencia. En la imagen (foto: NMI collection) féretros de combatientes del IRA fusilados en noviembre de 1922, velados en Hardwicke Hall 

A partir de entonces una parte del independentismo presenta cualquier exploración de nuevas vías —como sentarse en la mesa de diálogo con el Gobierno de España— como una genuflexión. No hay nada nuevo en ello. También los críticos con el Tratado capitaneados por Éamon de Valera tildaron de traidor a Michael Collins por haberlo firmado y le acusaron de haberse dejado embelesar por la aristocracia londinense durante la negociación.

Para Collins el Tratado, pese a mantener Irlanda como un dominio británico, permitía “la libertad para conseguir la libertad”. Para los contrarios suponía una renuncia a la idea de República de Irlanda y un agravio a los caídos durante la rebelión de Pascua de 1916 —la proclamación fallida de la misma, con un impacto notable en el nacionalismo catalán del momento y posterior—.

El Estado Libre de Irlanda tenía ya tres años y los antitratado seguían negándose a participar en el Parlamento, lo que frustraba a sus votantes. En 1925 el Irish Independent les ridiculizó preguntando si su única respuesta a los problemas de vivienda y desempleo era “esperar hasta que la República sea reconocida”. En 2018 los académicos Liam Weeks y Mícheál Ó Fathartaigh editaron The Treaty. Debating and Establishing the Irish State, un volumen muy útil para ganar perspectiva y constatar que las acusaciones cruzadas hoy en el seno del independentismo catalán han sido lugar común en otros países.

En los últimos meses, episodios judiciales como el de la pancarta del president Quim Torra o las pretensiones de que el presidente del Parlament, Roger Torrent, desoyera al Constitucional se presentan como batallas contra el Estado, pero en la práctica son episodios de consumo interno del movimiento independentista. Los resultados de las elecciones generales de noviembre, un mes después de la sentencia del Supremo a los líderes del procés, evidenciaron que la apelación a la “injusticia” de los tribunales españoles para ganar adeptos no tiene más recorrido. Si el mazazo que supusieron las penas no amplió la base, no lo harán tampoco causas con menor carga dramática como la inhabilitación del presidente de la Generalitat. Éstas tendrán, y buscan, un impacto en la correlación de fuerzas entre ERC y JuntsxCat, porque cualquier asunto es útil para echar leña al fuego, pero conseguirán poco más.

En Irlanda, la confrontación entre Fine Gael y Fianna Fáil ha durado un siglo. La divergencia profunda entre ambas formaciones se ha mantenido incluso a través de distintas generaciones de familias, fieles a una u otra opción. Los seguidores de Collins y De Valera partían de la unión inicial puesto que bebían en su mayoría del Sinn Féin. Los representantes del independentismo catalán parten ya de orígenes dispares y cada día ahondan más sus diferencias. ¿Quizá de manera irreconciliable a la irlandesa?

Fuente: El País Cataluña, 15 de junio de 2020

Portada: Quim Torra y Pere Aragonés, presidente y vicepresidente de la Generalitat, en diciembre de 2019 (foto: Efe)
Ilustraciones: Conversación sobre la Historia
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