El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Juan Andrade
Universidad Complutense de Madrid
Introducción (extracto)
En 1914 arrancó la Gran Guerra, un cataclismo de proporciones hasta entonces desconocidas. El camino a la contienda pudo sortearse, pero luego no se encontró terapia a sus secuelas. En 1917 estalló en la Rusia de los zares una revolución social que prometía un horizonte de igualdad y emancipación. Tras una guerra civil devastadora, aquella revolución se acabó haciendo Estado. Como toda revolución, tuvo causas endógenas y singulares, pero fue también la manifestación de un fenómeno global. De 1918 a 1921, una oleada revolucionaria se extendió por Europa, anegando países derrotados en la Gran Guerra. Fue aplastada, contenida o drenada, según los lugares. No llegó a tumbar la arquitectura de aquellos Estados, pero se filtró a sus instituciones y amenazó con volver. Su reflujo abrió espacio a un nuevo movimiento político, el fascismo, que idealizaba la guerra y prometía acabar con la revolución social para siempre. Se propuso, además, acabar con los derechos y libertades fundamentales; a sus ojos, una oportunidad para la corrupción y una vía expedita a la revuelta. En un contexto de crisis el fascismo prometió su propia revolución: el renacimiento de la nación por medio de la fuerza. Sin embargo, tanto en Italia en 1922 como en Alemania en 1933, llegó al poder por medio de pactos con las derechas tradicionales. En España, en el verano de 1936, una parte del ejército se sublevó contra el régimen constitucional de la República con el respaldo de las derechas viejas y nuevas. Desencadenaron una revolución y provocaron una guerra que ganaron gracias al apoyo de Hitler y Mussolini, mientras construían un régimen que se fascistizaba sobre la marcha. En la guerra de España intervino también la URSS, el Estado surgido de la revolución de 1917, y a España llegaron miles de voluntarios «a luchar contra el fascismo». Muchos habían combatido en la guerra del 14, habían protagonizado las revoluciones de posguerra y se habían exiliado de países fascistas. Como tantas veces se ha dicho, la guerra de España reprodujo a escala un conflicto global y fue, a la vez, su principal escenario. En España, entonces, se concentró el mundo. Como se ha señalado con menos frecuencia, a España llegaron las experiencias de los últimos 25 años. En España, entonces, se condensó una época.
Este libro es una historia de Europa que acaba en España. Atraviesa varios escenarios continentales: las trincheras de la Primera Guerra Mundial en Francia; las calles de Petrogrado y las estepas rusas donde se enfrentaron rojos y blancos; las barricadas de la revolución en Berlín, Múnich o Budapest; las fábricas ocupadas de Turín y los barrios en huelga de Londres; el paredón, la cárcel y el exilio a los que fueron condenados aquellos revolucionarios; los despachos de la Comintern en Moscú donde gestionaron su derrota; la marcha de Mussolini sobre Roma; los desfiles nazis en Núremberg. Y esta historia se ubica en varios lugares de España que a la postre se solaparon con aquellos escenarios: el paso del Estrecho, la Ciudad Universitaria de Madrid, las colectividades en Barcelona, las sedes de los partidos del Frente Popular en Valencia, las visitas al despacho de Franco en Salamanca, los teatros donde los intelectuales lanzaron sus arengas, la base de las Brigadas Internacionales en Albacete, la cárcel de Sevilla, una carretera perdida de Huesca, una cala en Ibiza, tantos pueblos y ciudades bombardeados.
El libro no aborda los fenómenos de la guerra, el fascismo y la revolución en su integridad, sino en sus relaciones y contrastes. Tampoco es una síntesis de los años 20 y 30, un periodo crucial de la contemporaneidad sobre el que se han escrito grandes síntesis. El libro no busca la totalidad ni la síntesis, sino que propone una trama. Decía Paul Veyne que la historia consiste en construir un entramado de lo que nos ha llegado inasible en su inmensidad y dispersión. Decía también que esa trama cobra forma en la narración: que en historia la narración no es solo la forma expositiva y divulgativa de una verdad hallada antes en un plano empírico o abstracto; sino el trenzado de esos hilos del pasado, una parte del procedimiento indagatorio en el que cristalizan explicaciones y significados. Por eso este libro tiene una inclinación narrativa. Por eso y por la conciencia de que en historia las fotos fijas son deformantes y que los agentes solo adquieren una fisionomía verosímil en su dinamismo; por la convicción de que la experiencia necesita ser narrada.
Este libro es una historia de agentes colectivos y nombres propios, una historia de vidas atravesadas por la historia y de personas que atravesaron la historia. Las personas que hemos seleccionado van apareciendo en todos esos escenarios europeos hasta llegar a España. El libro, sin embargo, no se estructura a partir de sus vidas, sino que sus vidas surgen una y otra vez en el curso de la acción. Me inspira una idea de Bertolt Brecht, un personaje de este libro. En sus reflexiones sobre la novela negra el dramaturgo alemán abogaba por aquellas obras donde «la acción no se desarrolla a partir de los personajes, sino al contrario, los personajes a partir de la acción». Mi intención con ello no es deshumanizar a los personajes, sino al contrario, humanizar la historia, sin reducirla, por otra parte, a estas personas que no siempre fueron representativas. Estas personas fueron militares, militantes, obreros, periodistas, artistas e intelectuales, y, en algunos casos, casi todo eso a la vez. Fueron protagonistas de la acción que narro, testigos privilegiados o analistas lúcidos, y, en algunos casos, todo eso a la vez. Me sirven de fuente que someter a ejercicio crítico y de nudo carnal para trenzar la trama.

El libro pretende abordar estos procesos desde una perspectiva que interrelaciona sus dimensiones sociales y, especialmente, políticas. De acuerdo con mi trayectoria tiene una inclinación por la historia intelectual entendida en tres sentidos: el de la historia de las ideas, el de la historia de los intelectuales y el de la apuesta por una práctica historiográfica consistente en movilizar ideas y conceptos. En este sentido, el libro es un ensayo histórico. Decía Ortega y Gasset que «el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita». Este ensayo, sin embargo, explicita sus pruebas, es decir, las fuentes empleadas, primarias, diversas. Van saliendo en el cuerpo del texto en forma de citas literales e imágenes. Son tratados, discursos, manifiestos e informes políticos. Hay crónicas periodísticas y, sobre todo, diarios y memorias de los protagonistas. He incorporado además una perspectiva cultural que saca a colación novelas, poemas, obras de teatro, arquitecturas, lienzos y fotografías.
El libro contiene vidas, datos, conceptos… y algunas metáforas. El cielo y las ruinas. Dos imágenes para ilustrar la guerra, el fascismo y la revolución. Dos metáforas de significados múltiples y ambivalentes con que asir esta triada. Están en nuestra mente y están en boca de los protagonistas de esta historia, «prestos a asaltar los cielos». El cielo como imagen de la ambición de los proyectos utópicos, y también como lugar habitado durante el éxtasis revolucionario. El cielo sirve de imagen al idealismo fascista, a su objetivo megalómano y a su mística. Es el lugar desde el que divisa a los inferiores y el destino que promete a la nación en crisis: la resurrección tras la decadencia. En los discursos belicistas el cielo es la recompensa para quienes sacrifican su vida: la trascendencia en su sentido religioso o la gloria póstuma cultivada por el Estado. Pero en la guerra moderna el cielo es realmente el lugar del que caen las bombas, de donde llega la muerte. Y, sin embargo, el cielo siguió siendo el lugar al que miraban en un momento de calma los soldados y revolucionarias de esta historia, un punto de fuga de las trincheras y barricadas, el sosiego de la naturaleza frente a la voracidad de la historia, un anhelo de normalidad.
Las ruinas son el producto más acabado de la guerra. La guerra deja ruinas colosales que luego se borran con la reconstrucción, a veces una forma de destrucción de las pruebas de la violencia. Asimismo, la violencia estructural que precede a las guerras y revoluciones genera ruinas ocultadas por las imágenes de estabilidad. Las ruinas forman el sedimento de la historia sepultado por el relato lineal de los vencedores, como escribió Walter Benjamin, testigo y actor de este libro. Las revoluciones producen ruinas, por lo pronto las ruinas del pasado, como propone La Internacional: «del pasado hay que hacer añicos». La demolición del pasado produce la apertura a un futuro antes tapiado, pues sobre esos escombros se suben los revolucionarios para otear el horizonte, hasta ver el cielo. Las ruinas sirven de atalaya. Las revoluciones también se arruinan. Sus ruinas son una muestra de su fragilidad, de la rapidez con que se degradan o de la facilidad con que son demolidas. A veces esas ruinas son la estela de un acto de soberbia o ingenuidad, el desplome de Ícaro al tratar de ascender al cielo con alas de cera. Normalmente representan el castigo cruel a Prometeo por tratar de arrebatar la técnica a los dioses. La ruina señala una carencia, «no ya de lo que fue, sino de lo que no alcanzó a ser», dice María Zambrano. Su propio vacío sugiere rellenos distintos a los que ocuparon esa silueta hueca. Las ruinas de las revoluciones son un plano para construir alternativas a su propio derrumbe. Son el resto inerte de lo que estuvo vivo, pero también materia orgánica que sirve de abono a un nuevo nacimiento. El fascismo no fue la fuerza de demolición de las revoluciones sociales, sino la trituradora de sus ruinas, pues se reciclaban como cimientos para construir reformas sociales y democráticas. En menos de un año Hitler dinamitó desde dentro la República de Weimar y redujo a ruinas al movimiento obrero más fuerte de Europa. El fascismo desarrolló un culto neorromántico a las ruinas, como idealización de un pasado a recrear. En España el fascismo encontró una resistencia feroz y tuvo que recurrir a una guerra total que dejó el país en ruinas.
El libro se estructura en cinco partes. La primera habla del cataclismo de la Gran Guerra y de los movimientos sociales que se opusieron y resistieron a ella. La segunda, de la revolución rusa, y la tercera, de la revolución global que se extendió por Europa. La cuarta parte se centra en los fascismos, especialmente en los casos paradigmáticos de Italia y Alemania. La quinta, más larga, se sitúa en España. A lo largo el libro van apareciendo una y otra vez la treintena de personajes con que hilvano la historia, que iré nombrando ahora en esta introducción. La inmensa mayoría son extranjeros que, tras participar en los acontecimientos europeos que se describen, llegaron a España en la guerra civil; pero he incluido como contrapunto a varios periodistas españoles que estuvieron presentes en esos mismos acontecimientos europeos. Quienes vinieron a España lo hicieron como periodistas, intelectuales, tutores políticos, asesores militares, militares o diplomáticos. Al final del libro hay un esbozo biográfico para tenerlos identificados.

Gran Guerra
La Gran Guerra no fue la explosión inevitable de una atmósfera ciertamente inflamada, ni la detonación del polvorín de Europa por efecto de una chispa puntual. Hubo una cadena de decisiones que los gobernantes trenzaron con su ideología y sus cálculos de oportunidad, con los automatismos de los protocolos de asistencia mutua y con reacciones improvisadas a las decisiones de sus adversarios. Atisbaron en algún momento el cataclismo que se les podía venir encima, pero pensaron que podían conjurarlo o no se lo creyeron del todo. Tenían elementos de juicio para deducir racionalmente la dimensión de la catástrofe, pero esa dimensión sobrepasaba la capacidad asimilativa que suele proporcionar la experiencia pasada, y se confiaron a ella. Para llevar a sus países a la guerra tuvieron que seducir a los desconfiados y reprimir a los disidentes, anticipar la guerra dentro de sus países con propaganda y fuego. El asesinato en París del socialista Jean Jaurés puede leerse como el pistoletazo de salida. Su asesino, Raoul Villain, aparecerá y reaparecerá en esta historia.
No solo fueron reyes prepotentes, políticos con ínfulas de grandeza, empresarios deseosos de hacer negocio y estrategas calculadores quienes incendiaron la belicosidad social. Académicos e intelectuales echaron más letra al fuego. Las soflamas conectaron con un tipo de sentir popular. Muchos jóvenes corrientes vieron en la guerra una oportunidad para paliar la anomía y la pérdida de sentido e intensidad que generaba la nueva sociedad de masas. La conjunción de presiones políticas y disposiciones anímicas hizo que, en algunos lugares, la guerra comenzara en medio de un ambiente festivo. Ahora bien, la mayoría de la gente no quería la guerra. Sin embargo, los tambores de guerra hicieron menos audibles las voces que alertaron de la catástrofe, y el fervor militar opacó el temor de la mayoría de la gente, luego infra-representada por una historiografía demasiado atenta al bullicio […]

Revolución
[…] En medio del caos revolucionario el partido bolchevique despuntó como un artefacto con el que hacer palanca para orientar unos acontecimientos descontrolados en varios momentos de oportunidad. El más icónico fue el asalto al Palacio de Invierno los días 25 y 26 de octubre. No fue tanto la toma de bastión consistente como el empujón audaz a un poder tambaleante; una acción planificada, pero también frágil, sujeta al azar; tuvo relevancia y luego se sobresimbolizó. Aquella noche, al frente de la guardia roja que asaltó el Palacio de Invierno, en el epicentro de aquel acontecimiento, estaba uno de los protagonistas de este libro: Vladímir Antónov Obséyenko.
De 1917 a 1921, con coletazos importantes hasta 1923, una oleada revolucionaria cubrió buena parte de Europa. La influencia de lo acontecido en Rusia sobre estos procesos resultó notable, pero la revolución no fue un fogonazo que vino de oriente, sino una sustancia presente en toda Europa, sobre la cual los hechos de octubre en Petrogrado, o las interpretaciones que de ellos se hicieron en cada lugar, funcionaron, en todo caso, como levadura o reactivo. La revolución fue el gran fenómeno global de la Europa de posguerra, atravesó fronteras nacionales y produjo experiencias homólogas. Entre los distintos escenarios hubo contagio y sobre todo simultaneidad, emulación y sincronía. Un fenómeno común fue la autoorganización de obreros y soldados en Consejos, instituciones autónomas que combinaban la democracia directa con la representativa en distintas esferas de la vida social. Sin embargo, estos procesos revolucionarios acabaron revelando el peso de la historia en cada lugar, difiriendo en su derrota: la República de Weimar en Alemania, la dictadura reaccionaria de Horthy en Hungría o la Italia fascista de Mussolini. En España la impugnación social al régimen de la Restauración se clausuró con la dictadura de Miguel Primo de Rivera […]

Fascismo
El fascismo surgió como nostalgia de guerra cuando la guerra había acabado; como deseo de revertir sus resultados; como sublimación de la guerra en la política; como recreación a escala de sus ideales, procedimientos y estética. La guerra atravesó al fascismo como inercia, simulacro y horizonte. Tuvo su origen en la guerra y encontró en la guerra su destino. El fascismo conectó con los estados de ánimo de un tiempo de crisis, del miedo al odio, de la necesidad de protección a la de redención. Ofrecía seguridad frente a los mismos temores que azuzaba, y descargaba la frustración general sobre varios estereotipos: el especulador, el degenerado, el bolchevique, el judío.
El fascismo demostró una extraordinaria capacidad comunicativa. Combinó la violencia con la seducción. Nació entre las trincheras y las rotativas. Se lanzó a un activismo propagandístico frenético, amplificado por medios de comunicación propios y privados, que lo naturalizaron. Luego, donde llegó al poder, puso el aparato del Estado al servicio de la propaganda. El fascismo inventó emblemas, cánticos y gestos, y se apropió de algunos de la izquierda para disputarle sus bases. Puso en marcha rituales cohesivos de iniciación, homenaje a los mártires y culto al líder. En la conocida expresión de Walter Benjamin, el fascismo produjo una “estetización de la política”, mucho más que una escenografía atractiva. Los mítines y desfiles ofrecían una experiencia virtualmente integradora que prefiguraba un horizonte de grandeza; generaban en sus participantes sensación de comunión y elevación. Era una forma de restañar a nivel simbólico la desigualdad material del capitalismo y de proporcionar una vivencia sublime en un tiempo de crisis. Tenían, además, un efecto performativo capaz de crear la realidad escenificada: los desfiles paramilitares por las calles de Nuremberg enlazaron con la movilización militar hacia los frentes de la Segunda Guerra Mundial […]

España
Hitler quería atenazar a Francia y disuadirla de cualquier aproximación a la URSS, pero de cara a impulsar un programa de dominación en Europa conforme a parámetros ideológicos, que necesitaría de regímenes afines y colaboracionistas. Goebbels justificó su apoyo a Franco con la baza ideológica de la lucha contra el comunismo internacional, que, insistía, acababa de poner una pica en España. El comunismo funcionó en el discurso nazi como un espantajo, respondía a una paranoia y expresaba una sinécdoque. Hitler agitó el miedo al comunismo para acercarse al mundo conservador británico; se sugestionó con el fantasma del comunismo que tanto invocaba; y nombró con el término comunismo un peligro real y más amplio del que éste formaba parte: la existencia de coaliciones antifascistas que pudiera cundir de ejemplo en otros lugares y traducirse a escala internacional en alguna forma de avenimiento de la URSS con otros países. Intervino por razones añadidas: probar sobre el terreno el armamento y las técnicas que emplearía en la guerra de Europa y obtener beneficios por la ayuda militar concedida a crédito a cambio de explotaciones mineras y relaciones comerciales preferentes. España fue un laboratorio y una inversión.
El apoyo militar de la URSS resultó crucial para que la República pudiera resistir. La intervención militar de Italia y Alemania fue determinante para la victoria de Franco. Si se compara la ayuda recibida, la desventaja resulta patente. En resumen, el armamento italioalemán llegó antes, lo hizo con más facilidad y regularidad, se mantuvo hasta el último momento y, aunque la calidad fue similar, fue superior en cantidad. La desventaja aumentó porque el ejército de Franco, unido y formado por militares profesionales, supo sacarle mayor rendimiento. La España de Franco funcionó al contrario que la fragmentaria y caótica rusia de los ejércitos blancos.
Cuando España se situó en el centro del mapa de la estrategia internacional comunista y el PCE pegó el estirón, envió como tutor a una figura de peso, central en este libro, Palmiro Togliatti. Tenía un cometido complicado. Había que conciliar la defensa estricta del régimen republicano con una aspiración revolucionaria ulterior. Había que conciliar la capacidad de iniciativa del PCE con las directrices de Moscú. Y había que impulsar la influencia del PCE en la sociedad y el Estado hasta el punto justo de que no inhibiera el apoyo de Francia y Gran Bretaña ni generara en sus aliados una aversión tal que comprometiera la cohesión del Frente Popular y el gobierno: tenía que animar al PCE para que hiciera más y convencerle, al mismo tiempo, de que a veces más podía ser menos. Toda una labor de equilibrio para un equilibrista como Togliatti. Todo un equilibrio que se fue desmoronando ante la inminencia de la derrota.

En las Brigadas Internacionales había mujeres como nuestras protagonistas Lise London y Teresa Noce. Representaban dos perfiles de mujeres del movimiento comunista. Lise era una trabajadora de su aparato administrativo: gestionaba, traducía, organizaba. Estaba a entera disposición de la causa y decidió venir a España embarazada. Teresa Noce era una mujer de poder, una dirigente comunista. En España editó el periódico de los brigadistas italianos, trasladó directrices, apaciguó conflictos, reprendió disidencias e insufló ánimo. Como veremos, en las Brigadas internacionales se cruzaron las vidas de varios protagonistas de este libro, algunas vidas extraordinarias que se resisten a la pose descreída o la asepsia fingida de ciertas narrativas académicas.
[…] La singularidad libertaria de España atrajo internacionalmente a quienes, como el crítico de arte Carl Eisntein y la filósofa francesa Simone Weil, querían hacer la revolución y luchar contra el fascismo fuera de los estándares de la Comintern. Weil, para quien el compromiso político consistía en encarnarlo, decidió hacer lo que más detestaba, la guerra, y, movida por una extraña combinación de lucidez e ingenuidad, se alistó en la columna Durruti. De su breve paso por España dejó testimonio de la doble vertiente de la revolución libertaria: humanista y violenta.
[…] La Guerra de España produjo debates ricos acerca de la función de la palabra en la guerra. En un extremo, estaba la esperanza en la palabra como arma en sí misma de transformación. En el otro, la conciencia de que al fascismo no se le derrotaría con manifiestos y poemas, sino con aviones y tanques. Entre medias un sinfín de mediaciones y sublimaciones: la escritura como arenga o como mira telescópica del fusil. Bertolt Brecht escribió Los fusiles de la Madre Carrar, una obra de teatro sobre la guerra de España para demostrar que no había otra opción que empuñar las armas, pero no llegó a poner un pie en España. Ludwig Renn dejó la literatura para combatir en España, pero pidió a los intelectuales que hicieran lo que mejor sabían hacer, escribir. La guerra generó una ansiedad extrema en los intelectuales revolucionarios. En los que escribieron provocó sensación de impotencia y miedo a salirse del texto, una forma de “malestar en la cultura”. En los que combatieron, dejó un anhelo por la palabra en ese mundo de violencia que despreciaban, un malestar en la guerra.

Índice de la obra
Introducción
Primera parte
GUERRA Y PAZ
1. Gran Guerra
2. Campo de batalla
3. Paisaje después de la batalla
4. Guerra a la guerra
Segunda parte
LA REVOLUCIÓN RUSA
5. Febrero sobre las aguas
6. La revolución por dentro
7. Octubre en el palacio
8. La guerra civil
9. La revolución que no cesa: creación, rectificación y desencanto
Tercera parte
LA REVOLUCIÓN GLOBAL
10. La gran ola
11. Destinos posrevolucionarios: el paredón, la cárcel y el exilio
12. Pensar en las barricadas
13. La Comintern
14. La revolución hecha Estado
Cuarta parte
FASCISMO(S)
15. Guerra. Matriz y destino
16. Contrarrevolución: razón de ser.
17. La crisis: caldo de cultivo
18. Aspiración y capacidad revolucionarias. Oxímoron (primera parte)
19. Conservadurismo y frustración. Oxímoron (segunda parte)
20. Antifascismo
Quinta parte
LA GUERRA DE ESPAÑA
21. Fascismo español
22. La hora de la revolución
23. El Frente Popular
24. Una historia de violencia
25. Nazis y fascistas en España
26. Soviéticos en España
27. Brigadistas internacionales
28. Intelectuales internacionales
Coda
Agradecimientos
Perfiles biográficos
Fuentes y bibliografía
Índice onomástico
Índice de ilustraciones
Fuente: fragmento de la introducción e índice del libro de Juan Andrade El cielo y las ruinas. Guerra, fascismo y revolución (de 1914 a la guerra de España), Madrid, AKAL, 2026
Portada: ciudadanos mirando el cielo de Barcelona durante u ataque aéreo, enero de 1939, fotografía de Robert Capa (fragmento).
Ilustraciones: Juan Andrade y Conversación sobre la historia.
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