El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Catrin Lizzie Barrowcliff
Alumna del King’s College London
Erasmus en la Universidad de Salamanca
En 1902, el King’s African Rifles (KAR en adelante) se estableció como un regimiento colonial del ejército británico y servirá como referencia para comprender las complejas interacciones políticas, étnicas y militares que tuvieron lugar en África Oriental como consecuencia del dominio colonial británico. Tras la independencia de las naciones de África Oriental, estas unidades del KAR constituyeron la base de sus ejércitos nacionales y su legado permitió que ideologías militares coloniales impregnaran las instituciones poscoloniales, con consecuencias duraderas para las estructuras políticas y sociales de la región.
La naturaleza de un ejército permanente se vincula estrechamente con la sociedad de la que proceden sus soldados. Dentro del KAR, los soldados de las comunidades de África Oriental fueron deliberadamente alienados y socialmente elevados, por ejemplo, mediante la creación de un “dialecto militar distintivo del suajili” conocido como KiKAR, y el uso de uniformes occidentalizados para otorgar a los askaris (soldados rasos) un “prestigio de por vida” (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 112; Parsons, Lanet, 2007, p. 61). Como resultado de estas intervenciones coloniales, los civiles percibieron al KAR como “guardianes de la paz ajenos”, una imagen reforzada por el uso característico e interno de estas fuerzas para la intimidación doméstica (Killingray, 1999, p. 222). Este uso se transmitió a los ejércitos poscoloniales, preservando su función de “liquidar civiles” bajo regímenes militares (Okoth, 1993, p. 41). Más importante aún, el marco ideológico del KAR, basado en la alienación y la superioridad, pasó a constituir la base de la intervención militar en las naciones independientes de África Oriental.

El creciente prestigio y poder militar del KAR erosionaron la autoridad de los jefes tradicionales. Estos regimientos introdujeron un nuevo orden de autoridad capitalista occidental que interactuó con las “antiguas economías de poder”, generando conflictos pronunciados durante las décadas de 1940 y 1950 (Lal, 2010, p. 4). Por ejemplo, una de las formas en que los askaris podían “desafiar la autoridad de los jefes” era eludiendo los pagos de la dote matrimonial, rompiendo el “monopolio” de los jefes sobre las mujeres (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 145). Con el tiempo, estos desafíos a las estructuras de poder precoloniales culminaron en una “profunda brecha” entre las fuerzas del KAR y la sociedad tradicional (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 6). Esta desarticulación de las instituciones preexistentes complicó la construcción nacional en el periodo poscolonial y abrió el camino a la coerción militar. Junto con el cambio en el poder económico, surgió una nueva forma de jerarquía en el África Oriental colonial basada en la etnicidad. La política colonial construyó una “estructura exógena” sobre identidades étnicas fluidas, y cuya construcción sigue influyendo en las identidades poscoloniales (Nyabola, 2021, p. 151). El KAR estuvo implicado en este proceso a través de la clasificación de las “razas marciales”, que surgió en el siglo XX (Killingray, 1999, p. 222). Esta categoría favorecía una disposición a “aceptar la disciplina militar”, una particularidad que a menudo se atribuía a “analfabetos” procedentes de “regiones económicamente desfavorecidas” que buscaban progreso material (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 5). El impacto poscolonial de esta división se hizo evidente en la Kenia recién independizada. Los soldados del KAR fueron asociados con el partido de oposición (KADU), lo que llevó a figuras destacadas del partido gobernante (KANU) a priorizar el reclutamiento de soldados procedentes de sus propias bases étnicas. Este proceso, conocido como “kikuyización”, provocó la incorporación de soldados de grupos étnicos previamente excluidos, en detrimento de los solicitantes pertenecientes a las “razas marciales” (Bienen, 1974, p. 509). Las tensiones étnicas continuaron en Kenia, como ejemplifica la violencia electoral de 2007. Las clasificaciones militares coloniales institucionalizaron una nueva jerarquía étnica en África Oriental, creando divisiones arraigadas que impregnaron las estructuras de los Estados poscoloniales.
Las categorizaciones de “razas marciales” estaban intrínsecamente ligadas a la educación. Curiosamente, el requisito de medir “cinco pies y ocho pulgadas” (aproximadamente 1,70 m) se dirigía a grupos económicamente desfavorecidos en Uganda. Uno de los askaris que se alistó bajo esta premisa fue Idi Amin, quien, a lo largo de su etapa como dictador, mantuvo una “profunda desconfianza” hacia los intelectuales africanos (Legum, 1997, p. 254). La selección de soldados, principalmente entre “analfabetos no cualificados”, dio lugar a deficiencias en el reclutamiento que socavaron la autosuficiencia de los ejércitos poscoloniales (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 4). La extendida falta de educación secundaria entre los askaris debilitó los intentos de las naciones independientes de sostener ejércitos modernizados “sin ayuda británica” (Legum, 1997, p. 61). La mayoría de los effendis (oficiales del KAR) no estaban formados para el liderazgo superior, y muchos ni siquiera contaban con “las cualificaciones educativas necesarias” para acceder a la formación (Whittaker, 2022, p. 33). Además, las persistentes percepciones sobre las “razas marciales” restringieron el entrenamiento militar a los askaris en servicio, a pesar de la crucial falta de experiencia en “ramas de apoyo del servicio” como la ingeniería y la inteligencia militar (Whittaker, 2022, p. 35). Consecuentemente, la falta de educación tanto militar como civil complicó enormemente la transferencia del control militar en África Oriental, permitiendo la continua intervención de actores coloniales en las instituciones posteriores a la independencia.
Los resultados de esta ineficiente transferencia de poder desestabilizaron las estructuras poscoloniales. El proceso de descolonización implicó la creación de una élite política educada que ejercía control sobre las instituciones militares nacionales. Sin embargo, el principio de subordinación militar en la cultura británica se basaba en una clara estratificación de clases y en el “aislamiento” del ejército respecto a las presiones internas (Welch, 1978, p. 154). A pesar de que estas bases culturales no estaban establecidas en África Oriental, los políticos asumieron que el control civil podría mantenerse “por inercia” (Welch, 1978, p. 165). Esto generó una situación en la que una pequeña élite tuvo que enfrentarse a una gran organización militar “amorfa” (Huntington, 2006, p. 199). Por lo tanto, el proceso de descolonización estableció nuevas estructuras de poder sobre fundamentos políticos y sociales inestables, lo que contribuyó a posteriores intervenciones militares.

La primera agitación militar en el África Oriental poscolonial tuvo lugar en 1964 en forma de motines militares en Tanganica, Uganda y Kenia. Un “legado común del servicio en el KAR” se puso de manifiesto, por ejemplo, mediante el uso de la antigua red de radio del KAR para supervisar los motines en estos países (Parsons, Lanet, 2007, p. 51). Los militares de las tres naciones también expresaron preocupaciones comunes relacionadas con los salarios y la continua presencia de oficiales británicos. Los antiguos askaris rechazaron la “distribución política de los beneficios de la independencia” y se mostraron cada vez más inquietos a medida que los salarios militares reales disminuían (Parsons, Lanet, 2007, p. 59). Sin embargo, estos motines representaban algo más que preocupaciones económicas; la independencia amenazaba el estatus del askari, ya que los políticos tenían “poca inclinación” a preservar los privilegios coloniales (Parsons, Lanet, 2007, p. 60). En consecuencia, los cambios en la nueva realidad socavaron el estatus privilegiado del askari colonial, generando motines que desestabilizaron las recién creadas estructuras políticas en África Oriental.
Aunque el estallido de estas huelgas puede rastrearse hasta el legado compartido del servicio en el KAR, los diferentes desenlaces reflejaron las distintas formas en que cada nación trató a sus antiguos askaris. Kenia merece una atención especial en lo que respecta a la gestión de la huelga de 1964, conocida como el Incidente de Lanet. Su desescalada fue fundamental para proteger el proceso de construcción nacional keniano y rompió con el patrón generalizado de sucesivas intervenciones militares en África durante la década de 1960, sentando el precedente de unas fuerzas armadas kenianas apolíticas. A diferencia del “casi triplicar los salarios” concedido en Uganda, Jomo Kenyatta no negoció y emitió un comunicado en el que anunciaba que los soldados serían “tratados conforme a la ley militar” (First, 1971, p. 135; Stead, 1964). Las duras medidas disciplinarias convirtieron a los participantes de Lanet en villanos y demonizaron la intervención militar. Esta evolución fue, sin duda, una excepción: las distintas respuestas nacionales tuvieron un efecto determinante sobre las instituciones militares de África Oriental. Una de las consecuencias de la huelga ugandesa fue el ascenso de un “prometedor joven oficial” al cargo de un comandante adjunto (Whittaker, 2022, p. 47). Ese oficial era Idi Amin Dada Oumee, quien tomó el poder en 1971 mediante un golpe de Estado. Así pues, aunque el legado del KAR contribuyó al estallido de las huelgas de 1964, fueron las respuestas divergentes de cada gobierno las que determinaron la trayectoria de su impacto sobre las instituciones militares y la intervención castrense.
Otra de las consecuencias clave de los patrones de golpes de Estado en el África Oriental poscolonial fue la formación subsiguiente de gobiernos militares. El ejemplo más representativo fue el golpe de Estado de Amin en 1971 señalado anteriormente. Su servicio en el KAR lo expuso a las ideologías militares coloniales y continuó empleando “símbolos imperiales prestados”, como condecoraciones militares, a lo largo de todo su mandato (Legum, 1997, p. 250). Su ascenso ejemplificó un patrón de golpes de Estado en el que una “intelectualidad nacionalista civil” fue “desplazada por oficiales de clase media” por el vacío de poder creado en la retirada de la autoridad colonial (Huntington, 2006, p. 200). Sin embargo, la incapacidad de Amin para lograr la estabilidad institucional que representaban estructuras coloniales como el KAR fue el reflejó del desequilibrio en la esfera política en el África Oriental recién independizada. En definitiva, esta nueva realidad propició el caos institucional y la continua intervención militar.

Un factor determinante de la intervención militar fue la sensación de superioridad castrense cultivada durante el período colonial con el fin de aislar y cohesionar al KAR. Dicha superioridad se manifestó en la Uganda de Amin en forma de privilegio militar. Un ejemplo paradigmático se produjo tras la expulsión de la comunidad surasiática de Uganda en 1972. Los negocios no confiscados directamente por el gobierno fueron distribuidos mediante un sistema de clientelismo que “generó una nueva clase” de capitalistas militares (Legum, 1997, p. 258). Asimismo, el preexistente “gabinete de tecnócratas y burócratas” fue sustituido por hombres forjados “en el entorno de las armas” (Fall of Idi Amin, 1979, p. 907; Decker, 2010, p. 495). Esta premisa colonial de superioridad militar quedó arraigada en un sistema en el que el privilegio castrense —y personal— constituía la preocupación primordial, ilustrando así la infiltración de los valores del KAR en las instituciones poscoloniales.
Esta primacía militar por encima y dentro de las estructuras sociales y políticas constituye el militarismo, una ideología que puede desembocar rápidamente en una militarización con importantes consecuencias para las instituciones sociales y políticas (Twagira, 2016, p. 814). Incluso antes del golpe de Amin, Obote impulsó una militarización parcial de Uganda, transformando numerosos edificios de Mengo (Kampala) en “instalaciones militares” (Twagira, 2016, p. 814). Tras la independencia, las estructuras de gobierno tradicionales del reino fueron socavadas por los principios del militarismo y sustituidas por “jóvenes armados” (Twagira, 2016, p. 816). Mengo quedó efectivamente bajo la ley marcial, lo que facilitó el abuso sistemático por parte del ejército, incluidos el despojo y el saqueo. Kenia experimentó un proceso de militarización paralelo pero diferenciado, en el que la informalización del Estado condujo a una extrema “descentralización del control sobre la violencia”, mediante la cooptación de milicias y la pérdida del monopolio estatal (Daniel Branch, 2009, p. 13). En ambos casos, el militarismo de África Oriental puede rastrearse hasta los valores del KAR de privilegio castrense e implicación en los asuntos internos. En definitiva, todo ello permite señalar que fue la mala gestión de la descolonización institucional la que tradujo estos valores militares preexistentes en realidades poscoloniales.
El militarismo fue uno de los múltiples valores coloniales transmitidos a las estructuras políticas y sociales del África Oriental poscolonial. Muchas de estas ideologías tenían su origen en las concepciones cristianas promovidas dentro del KAR. Los ejércitos de este período solían mantener un “considerable séquito de mujeres y niños” que residían en las bases militares (Killingray, 1999, p. 221). Esta presencia reforzaba la promoción colonial de la monogamia, considerada beneficiosa para “el orden y la disciplina militares” (Killingray, 1999, p. 229). Elementos de los códigos morales cristianos, como los modelos de familia occidentalizados, impregnaron las estructuras sociales de los estados poscoloniales en detrimento de las estructuras familiares africanas tradicionales. El programa ujamaa de Nyerere, orientado a fortalecer la seguridad y la autosuficiencia de Tanzania, constituye un caso de estudio de notable interés. En la práctica, la imposición de la política ujamaa reforzó abiertamente las distinciones de género mediante la presentación de las mujeres como “custodias del bienestar social” (Lal, 2010, p. 6). De manera significativa, la continuidad poscolonial derivó de la introducción colonial de una “estructura de familia nuclear monógama”, tal como era fomentada dentro del KAR (Lal, 2010, p. 4). Así, el KAR actuó como vehículo de transmisión para la imposición de estructuras sociales occidentalizadas que persistieron en el África Oriental poscolonial.

Sin embargo, más que el trabajo reproductivo, es la prostitución lo que aparece “mencionada constantemente” en los registros del KAR, debido a la preocupación por las enfermedades venéreas (Killingray, 1999, p. 233). El impacto de la prostitución en la caracterización y el tratamiento de las mujeres puede rastrearse a lo largo del África Oriental colonial y poscolonial. Así, los “burdeles militares autorizados” fueron habituales durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó el KAR, y esta utilización institucional de la prostitución se transmitió con facilidad a los estados militares poscoloniales (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 163). Las mujeres del Mengo poscolonial recordaban que los soldados llegaban directamente al barrio de tolerancia de Kisenyi y “nunca pagaban” (Twagira, 2016, p. 827). Asimismo, los temores coloniales fueron empleados para justificar un “intervencionismo radical”, materializado en legislación que “obligaba a las mujeres” a someterse a exámenes médicos (Doyle, 2015, p. 127; Killingray, 1999, p. 234). Esta actitud se trasladó a las estructuras jurídicas del África Oriental poscolonial; bajo el régimen de Amin, las mujeres quedaron sujetas al Decreto sobre Enfermedades Venéreas de 1977, que permitía su detención durante el período de tratamiento médico (Decker, 2010, p. 511). El KAR representó y reforzó, por tanto, las actitudes coloniales hacia las mujeres, que fueron proyectadas sobre las estructuras sociales poscoloniales.
En definitiva, el legado del KAR tuvo un efecto determinante sobre las estructuras políticas y sociales del África Oriental poscolonial. La pervivencia de sus valores y estructuras encarnó un fracaso internacional a la hora de desmantelar las instituciones coloniales y sentó las bases para la intervención militar poscolonial. Y estas ideologías coloniales impregnaron no solo las instituciones centralizadas, sino también las realidades sociales del África Oriental independiente.

Traducción: Conversaciones sobre Historia.
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Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: Compañía ‘B’ del 4º Batallón de los King’s African Rifles, 1940 (c) [Image number: 109918] National Army Museum
Ilustraciones: Conversación sorbe la historia
Dado que el original se nos facilitó en inglés por la autora, hemos considerado positivo incluirlo aquí.
The King’s African Rifles was established in 1902 as a colonial regiment of the British army. It serves as a reference point for the complex political, ethnic and military interactions occurring within East Africa as a consequence of British colonial rule. After East African nations gained their independence, the KAR’s units formed the foundations of their independent armies. This basis allowed colonial military ideologies to infuse post-colonial institutions, resulting in long-term ramifications for the political and social structures of independent East Africa.
The nature of a standing army connects it intimately to the society from which its servicemen are drawn. Within the KAR, soldiers from East African communities were deliberately alienated and socially elevated, for example through the cultivation of a “distinct military dialect of Swahili” known as KiKAR, and the use of westernised uniforms to grant askaris (rank-and-file soldiers) “lifelong prestige” (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 112) (Parsons, Lanet, 2007, p. 61). As a result of these colonial interventions, civilians viewed the KAR as “alien peacekeepers,” a perception enhanced by the characteristic and internal use of these forces for domestic intimidation (Killingray, 1999, p. 222). This utilisation was transmitted to post-colonial armies, preserving their role in “liquidating civilians” under military regimes (Okoth, 1993, p. 41). More importantly, the KAR’s ideological framework of alienation and superiority came to form the basis of military intervention within independent East African nations.
The increasing military prestige and power of the KAR eroded chiefly command. The regiment introduced a new order of Western capitalist authority which interacted with “older economies of power” to generate pronounced conflict through the 1940s and 50s (Lal, 2010, p. 4). One way in which askaris could “defy chiefly authority” was through circumventing bride wealth payments, breaking the chiefly “monopoly” on women (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 145). Over time, challenges to pre-colonial power structures culminated in a “profound chasm” between KAR forces and traditional society (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 6). This breakdown of pre-existing institutions complicated post-colonial nation building and opened the way for military coercion.
Alongside shifting economic power, a new form of hierarchy emerged across colonial East Africa based on ethnicity. Colonial policy built an “exogenous structure” around fluid ethnic identities, a construction that continues to influence post-colonial identities (Nyabola, 2021, p. 151). The KAR was implicated in this process through the classification of “martial races” which emerged in the twentieth century (Killingray, 1999, p. 222). This category favoured a disposition towards “accept[ing] military discipline,” a characteristic which often applied to “illiterates” from “economically disadvantaged regions” seeking material advancement (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 5). The post-colonial impact of this division became clear in newly-independent Kenya. KAR servicemen were associated with the opposition party, (KADU), which drove leading figures within the governing party (KANU) to prioritise the recruitment of soldiers from their own ethnic constituencies. This process, “kikuyuization”, led to an influx of soldiers from previously-excluded ethnic groups, to the detriment of applicants from “martial races” (Bienen, 1974, p. 509). Ethnic tensions continued in Kenya, exemplified by electoral violence in 2007. Colonial military classifications institutionalised ethnic hierarchy across East Africa, creating embedded divisions which permeated the structures of post-colonial states.
“Martial race” categorisations were intrinsically linked to education. Interestingly, the requirement of being “five feet eight inches tall” targeted economically-disadvantaged groups in Uganda (Okoth, 1993, p. 42). One askari who joined under this premise was Idi Amin who, throughout his time as dictator, retained a “deep suspicion” of African intellectuals (Legum, 1997, p. 254). This selection of servicemen primarily from “unskilled illiterates” resulted in recruitment deficiencies which undermined the self-sufficiency of post-colonial armies (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 4). The widespread lack of secondary education amongst askaris undermined attempts by independent nations to support modernised armies “without British assistance” (Legum, 1997, p. 61). The majority of effendis (KAR officers) were not trained for senior leadership, and many did not even have “the requisite education qualifications” to enrol in training (Whittaker, 2022, p. 33). In addition, continued perceptions regarding “martial races” restricted military training to serving askaris, despite a crucial lack of experience in “support of service branches” such as engineering and intelligence (Whittaker, 2022, p. 35). A lack of military and civilian education therefore greatly complicated the transfer of military control across East Africa, allowing for the continued intervention of colonial actors in post-independence institutions.
The consequences of this inefficient transfer of control destabilised post-colonial structures. The decolonisation process involved the creation of an educated political elite exercising control over national military institutions. However, the principle of military subordination in British culture relied on distinct class stratification and the “insulation” of the military from domestic pressures (Welch, 1978, p. 154). Despite the fact that these cultural foundations were not established in East Africa, politicians assumed that civilian control could be maintained “by inertia” (Welch, 1978, p. 165). This created a situation in which a small elite had to confront a large “amorphous” military organisation (Huntington, 2006, p. 199). Therefore, the decolonisation process established new power structures on unstable political and social foundations, which contributed to subsequent military intervention.
The first military unrest in post-colonial East Africa occurred in 1964 in the form of military strikes in Tanganyika, Uganda and Kenya. A “common legacy of [KAR] service” was illustrated, for example, through the use of the KAR’s old radio network to monitor neighbouring strikes (Parsons, Lanet, 2007, p. 51). Servicemen across all three nations also expressed common concerns involving pay and the continued presence of British officers. Former askaris rejected the political “division of the independence spoils” and became agitated as real military wages fell (Parsons, Lanet, 2007, p. 59). However, these strikes represented more than financial concerns; independence threatened the status of the askari, as politicians had “little inclination” to preserve colonial privileges (Parsons, Lanet, 2007, p. 60). As such, shifting realities undermined the privileged status of the colonial askari, generating strikes which destabilised newly-created political structures across East Africa.
Whilst the outbreak of these strikes can be traced to the shared legacy of KAR service, divergent outcomes reflected national differences in the treatment of former askaris. Kenya requires unique consideration regarding the handling of its 1964 strike, the Lanet Incident. Its de-escalation was fundamental in protecting Kenyan nation-building and broke with the broader pattern of successive military interventions across Africa in the 1960s, setting the precedent for an apolitical Kenyan military. Unlike the “near trebling of pay” conceded in Uganda, Kenyatta did not negotiate and issued a statement announcing that soldiers would be “dealt with according to military law” (First, 1971, p. 135) (Stead, 1964). Harsh disciplinary action villainised Lanet’s participants and demonised military intervention. This progression was certainly an exception; differing national responses had a defining effect on East African military institutions. One repercussion of Ugandan strike action was the promotion of a “promising young officer” to deputy commander (Whittaker, 2022, p. 47). This officer was Amin, who seized power in 1971 via military coup. Therefore, although the KAR’s legacy contributed to the outbreak of strike action in 1964, divergent responses shaped the trajectory of its impact on military institutions and intervention.
A key consequence of coup patterns in post-colonial East Africa was the subsequent formation of military governments. A key example was Amin’s military coup in 1971. Amin’s KAR service exposed him to colonial military ideologies and he continued to use “borrowed imperial symbols” such as military awards, throughout his rule (Legum, 1997, p. 250). His rise exemplified a post-colonial coup pattern in which a “civilian nationalist intelligentsia” was “dislodged by middle-class officers” within the power vacuum created by the withdrawal of colonial authority (Huntington, 2006, p. 200). However, Amin’s inability to replicate the institutional stability represented by colonial structures such as the KAR reflected the instability of the political sphere in newly-independent East Africa. This reality enabled institutional chaos and continued military intervention.
A key contributor to military intervention was a sense of military superiority, cultivated during the colonial period to alienate and unify the KAR. This superiority manifested itself within Amin’s Uganda as military privilege. A primary example followed the expulsion of Uganda’s South Asian community in 1972. Business concerns not acquired by the government were allocated according to a system of patronage which “produced a new class” of military capitalists (Legum, 1997, p. 258). Moreover, the pre-existing “cabinet of technocrats and bureaucrats” was replaced by men established “in the environment of guns” (Fall of Idi Amin, 1979, p. 907) (Decker, 2010, p. 495). This colonial premise of military superiority became embedded within a system in which military, and personal, privilege was the primary concern, illustrating the infusion of KAR values into post-colonial institutions.
This military primacy above and within social and political structures constitutes militarism, an ideology which can quickly lead to militarisation, with significant implications regarding social and political institutions (Twagira, 2016, p. 814). Even before Amin’s coup, Obote initiated a partial militarisation of Uganda, transforming many of Mengo’s buildings into “military installations” (Twagira, 2016, p. 814). Post-independence, the kingdom’s traditional ruling structures were undermined by principles of militarism, and replaced by “young men with guns” (Twagira, 2016, p. 816). Mengo was effectively placed under martial law, facilitating systemic abuse by the army, including dispossession and looting. Kenya experienced a parallel yet distinct process of militarisation in which state informalisation led to an extreme “decentralization of control over violence” involving the co-optation of militias and the loss of the state monopoly (Daniel Branch, 2009, p. 13). In both cases, East African militarism can be traced to KAR values of military privilege and domestic involvement. It was the mismanagement of institutional decolonisation that translated these pre-existing military values into post-colonial realities.
Militarism was one of various colonial values transmitted to the political and social structures of post-colonial East Africa. Many ideologies stemmed from Christian conceptualisations promoted within the KAR. Armies during this period often maintained a “substantial trail of women and children” living within military bases (Killingray, 1999, p. 221). This presence supported the colonial promotion of monogamy, which was believed beneficial for “military order and discipline” (Killingray, 1999, p. 229). Elements of Christian moral codes, such as Westernised family models, permeated the social structures of post-colonial states, at the expense of traditional African family structures. Nyerere’s ujamaa programme, aimed at building Tanzania’s security and self-reliance, represents a fascinating case-study. In practice, imposition of ujamaa policy overtly reinforced gender distinctions through the presentation of women as “custodians of social welfare” (Lal, 2010, p. 6). Crucially, post-colonial continuation stemmed from the colonial introduction of a “monogamous nuclear family structure”, as encouraged within the KAR (Lal, 2010, p. 4). As such, the KAR acted as a transmitter for the imposition of Westernised social structures, which persisted within post-colonial East Africa.
However, rather than reproductive labour, it is prostitution that is “constantly mentioned” in KAR records, due to concern surrounding venereal disease (Killingray, 1999, p. 233). The impact of prostitution on the characterisation and treatment of women can be traced through colonial and post-colonial East Africa. For instance, “sanctioned military brothels” were common during the Second World War in which the KAR participated, and this institutional utilisation of prostitution was readily transmitted to post-colonial military states (Parsons, Rank-and-File, 1999, p. 163). Women in post-colonial Mengo recalled that soldiers offloaded directly into Kisenyi’s red-light district and “never paid” (Twagira, 2016, p. 827). Additionally, colonial fears were used to justify “radical interventionism,” such as legislation which “coerced women” into medical examinations (Doyle, 2015, p. 127) (Killingray, 1999, p. 234). This sentiment was transmitted to the legal structures of post-colonial East Africa; under Amin, women were subjected to the Venereal Diseases Decree (1977) which permitted their detention throughout medical treatment (Decker, 2010, p. 511). Therefore, the KAR represented and reinforced colonial attitudes towards women which were projected onto post-colonial social structures.
The KAR’s legacy had a defining effect on the political and social structures of post-colonial East Africa. The continuity of its values and structures embodied an international failure to dismantle colonial institutions, and laid the foundations for post-colonial intervention. These colonial ideologies pervaded not only centralised institutions, but also the social realities of independent East Africa.
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