Reseña de libros

Jordi Amat
Escritor y filólogo. Dirige el quincenal «El Món de Demà» (La Vanguardia). Sus últimos libros son la biografía «Com una pàtria. Vida de Josep Benet», la crónica «La conjura de los irresponsables» y el ensayo «Largo proceso, amargo sueño» donde se analiza la reconstrucción de las culturas políticas del catalanismo tras la guerra civil.

Hacia el final de sus memorias el contemporaneista Joan B. Culla (Barcelona, 1952) recuerda una breve conferencia que impartió en el Saló Sant Jordi del Palau de la Generalitat. La dictó el 2 de julio del 2012 y se la había encargado la Escola d’Administració de Catalunya. Al acabar aquel acto entre la historia y la política se le acercó Artur Mas y el historiador le dijo lo que sigue: “President, no aniria bé que xerréssim algun dia, tu i jo?”. Al poco lo llamaron de presidencia y la cita quedó fijada. 1 de agosto en la Casa dels Canonges. Conocía de sobra la residencia oficial porque había sido invitado muchas veces para dialogar privadamente con otros presidentes. Muchos de dichos encuentros se comentan en el libro. En esa ocasión Mas y Culla hablaron durante 75 minutos. Política, política, política. El presidente le hizo preguntas, le prefiguró escenarios electorales y compartieron diagnósticos sobre un presente que no era tiempo muerto sino tiempo de transformación sistémica. “Convinguérem que la política del peix al cove estava esgotada i ja no tenia recorregut”. Al salir Culla resumió la conversación en sus cuadernos (deben ser una mina, por cierto). Ojo a la cronología. Faltaba un mes y medio por la primera gran manifestación independentista de un 11 de septiembre.

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De estas dos escenas encadenadas, que en el relato están precedidas por otra comida privada en el Palau –en este caso con Francesc Homs y hablando también de coaliciones–, se podrían inferir varias informaciones valiosas sobre la intrahistoria del Procés, pero hay una cuestión que me parece muy reveladora para explicar el alto interés que tiene La història viscuda. Una cuestión de carácter y de poder. Pequeño, pero poder. ¿Por qué, por una parte, el historiador creía que al President de la Generalitat le convendría mantener una charla con él y, por otra parte, por qué Mas lo creyó también?

Una respuesta inmediata podría ser por el capital de conocimiento acumulado por Culla a lo largo de su trayectoria: es uno de los analistas políticos más veteranos de nuestros medios y, como evidencia su bibliografía, es uno de los principales conocedores de los partidos catalanes del siglo XX. Su archivo, que ha ido engrosando acumulando papeles y papeles de congresos de todos los partidos, es un mito y sin sus fichas dudo que pudiese haber escrito los libros utilísimos sobre la historia de Esquerra Republicana, Convergència Democràtica o el Partido Popular de Catalunya entre muchos otros.

Pero esta respuesta, que es cierta, no es completa. Allí estaba por especialista, pero no solo. Sobre todo volvió a ser invitado porque seguía estando dispuesto a actuar como un intelectual orgánico. Diría que la respuesta plena, pues, es que Culla ha sido y aquí se autorretrata desacomplejadamente como un paradigma brillante de la Cultura CT catalana.

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De historiadores y patrias El País 29/11/2013 – 00:02 CE

Como sabrán muchos de los lectores de este benemérito blog la idea de Cultura CT, polémica y controvertida, la ideó Guillem Martínez hace años y se concretó en un volumen de varios autores aún más polémico y controvertido. Digamos que la Cultura CT en España fue la cultura de Estado cuyo paradigma lo representó la ejecutoria de las políticas culturales de los gobiernos González y que tuvo como principal plataforma de difusión el diario El País. Si la Cultura CT tuviera su Cuéntame, la Bodeguilla sería su plató principal. Resultó ser una cultura hegemónica cuyo talante digamos que era progresista pero que al mismo tiempo tenía una capacidad enorme para disolver la crítica a la conformación de una democracia típicamente capitalista. Mi impresión sobre ese paradigma cultural no es tan condenatoria como la de los Martínez y compañía. Creo que la Cultura CT, en un país con una cultura democrática destruida, fue más positiva que negativa, que tuvo sus defectos y sus beneficiarios, pero no fue pérfida ni castradora sino que más bien debería interpretarse como un pilar más en la construcción de la ciudad democrática. Gris como lo son las ciudades democráticas que funcionan. Pero democrática.

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Sobre la valoración de la Cultura CT podríamos discutir. Largo. Sobre su existencia diría que no. Hubo cultura de estado y esa cultura debe ser analizada como un sistema complejo donde los discursos se cruzan con las personas y las políticas se mezclan con el poder. Es un reto historiográfico potente y pendiente. Lo que no debería formar parte de la discusión, como Martínez apuntó ya en un viejo artículo, es que una variante de la Cultura CT fue la cultura CT catalana donde confluyó cierto pujolismo y cierto maragallismo.

El proyecto central de la CT catalana se pensó durante el último lustro del franquismo, fue la Normalització y tuvo su implantación plena a partir de 1980. Ese debería ser, como propuso Josep-Anton Fernàndez desde los estudios culturales, el paradigma de comprensión del período. Un período dominado por un bipartidismo imperfecto (Ramoneda dixit), caracterizado por la competencia entre CIU y PSC, y cuya duración fue de un cuarto de siglo. En el plano cultural la Normalització tal vez acabó el día que el alcalde Joan Clos se desmelenó al son de Carlinhos Brown bailando sobre un autobús durante una rua carnavalera.

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Joan Clos durante el desfile inaugural del Fòrum Universal de les Cultures en 2004 (imagen: El Periódico de Catalunya)

Un representante modelo de ese paradigma, en el caso del nacionalismo, ha sido el historiador Joan B. Culla: un intelectual siempre pugnaz, con una pluma brillante para la polémica, activo durante todo el largo proceso de Normalización, y que, cuando esta se cerró a mediados de los 2000, acompañó desde todas sus tribunas –prensa, radio y televisión– la mutación que se estaba produciendo dentro de un catalanismo en fase de soberanización. Si los medios mainstream son clave para explicar la compactación del paradigma, en Cataluña y en el resto de España, las memorias de Culla deben leerse como una crónica ilustrativa de dicho proceso más mediático que cultural y más político que ideológico. Así es por su frecuentación durante lustros de las tertulias, a las que dedica muchas páginas (con retratos de presentadores, compañeros de mesa y momentos de tensión con políticos a los que interpela en directo y off the record), pero que tiene su espléndida visualización en una escena que me parece reveladora de la historia privada al tiempo que colectiva que cuenta esta libro: la llamada del historiador al Jordi Pujol president para criticar la decisión que había tomado en la substitución del director del diario Avui, que aparece así como una tribuna transparentemente paragubernamental.

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Joan B. Cuilla y Jordi Pujol (imagen: El Món)

Las memorias explican muchas más cosas. Las estampas de su formación como hijo de la menestralía barcelonesa de barriada respiran una atmósfera similar a El barrio de la plata de Guillamon. Son magníficas. No es menos interesante su sentida vinculación al proyecto del estado de Israel, en tanto que nacionalista, o la crónica de algunos de sus viajes a la Europa del Este prefigurando el colapso soviético, con reuniones con políticos de primer nivel. También hay que leer al final el final de su vinculación con El País durante los Fets de la Tardor del 17, cuando la delegación barcelonesa fue intervenida desde Madrid por una dirección nacional al servicio del Estado, y él, como otros (como Francesc Serés), sufrió una extraña censura.

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Debat nacionalista, Nº. 1, 1988, págs. 13-19

El libro habla de todo esto, pero el núcleo de sus recuerdos, mucho más que su actividad académica, es la exposición de la trayectoria de un joven profesor de historia que se fue convirtiendo en un actor combativo, a la vez que una especie de cortesano insustituible, de una de las dos normalizaciones que el Estado de 1978 permitió poner en marcha en Catalunya: la pujolista. Como en otros casos la persona que hizo este by pass entre cultura y política fue el tempestuoso Max Cahner (con el acompañamiento del infatigable activista Miquel Sellarés) y el Virrey en torno a quien orbitaba esta época era un Jordi Pujol con quien Culla mantendría una relación sostenida desde el día que le presentó El republicanisme lerrouxista a Catalunya. Para la historia intelectual nada más interesante que las páginas dedicadas al grupo ACTA: un pequeño lobby de orgánicos del nacionalismo catalán –y lo de orgánico pretende ser una descripción y no una caracterización negativa– constituido en 1988 y que representaron de manera militante, otra vez, la funcionalidad de la CT catalana. Eran los tiempos de la guerra fría en la Plaça de Sant Jaume. Y todos los palacios tenían a sus alfiles, sus medios y la hegemonía, contra la que combatía ACTA, era la del catalanismo progresista. En ACTA estuvieron, entre otros, Rahola, Gifreu, Isidor Marí, Vicenç Altaió, Oleguer Sarsanedas, Villatoro, Solé Sabaté… Su relación con el poder local fue constante mientras la asociación existió. Desde el primer momento, desde que empezó a ser una pluma de El País (a través de Bastenier y Bassets), Culla quiso batallar y lo hizo con brillantez porque no tenía complejos, porque sabía quiénes eran sus enemigos y porque su castellano escrito es quevedesco.

Dicho de otra manera: para entender qué fue la CT catalana, ahora que la del pujolismo parece una memoria nefanda que nadie quiere hacer suya, hay que leer este libro.


Joan B. Culla, La història viscuda. Memòries. Barcelona : Pòrtic, 2019. 427 páginas
Una versión de este artículo se publicó en el suplemento Cultural/s de La Vanguardia, 6 de julio de 2019.


De Jordi Amat, en este blog:
Pequeña crónica de la cultura comunista en Catalunya
Publicación relacionada, E. Ucelay-da Cal:
De Macià a la CUP (y los antecedentes)

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