Fernando Hernández Sánchez
Profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de Guerra o Revolución. El PCE en la Guerra Civil (2010), Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (2014) y La Frontera salvaje. Un frente sombrío del combate contra Franco (2018). Es coautor junto con Ángel Viñas de El desplome de la República (2009).

 

Presentación del autor

En 1966, Jorge Semprún firmó el guion de la película «La guerre est finie», de Alain Resnais. Versaba sobre la historia de un instructor del PCE, trasunto del propio Semprún, desengañado de unos análisis de la dirección de su partido teñidos, a su juicio, de un injustificado optimismo acerca de la inminente crisis final del franquismo y del desencadenamiento de una revolución democrática. Para entonces, Semprún ya había sido expulsado de la organización en la que había entrado a militar durante la ocupación alemana de Francia.

Desde su experiencia como responsable del sector de intelectuales en el interior durante varios años, Semprún juzgaba que la sociedad española había experimentado los suficientes cambios a partir del Plan de Estabilización de 1959 como para que se le dejaran de aplicar unos esquemas analíticos periclitados. Su conclusión era que la visión del grupo dirigente del PCE estaba determinada por el marco interpretativo de la guerra civil, el acontecimiento que había definido a la mayoría de sus integrantes como grupo generacional.  Desde 1963, él y Fernando Claudín coincidían en aventurar, con matices, que –en términos al uso de la época-, el capital monopolista podría en su momento controlar una transición que incluyese el abandono de las formas externas del Estado fascista sin adoptar las de un sistema democrático pleno hasta el cabo de un tiempo indeterminado, un proceso durante el que fuerzas como el PCE seguirían estando en la clandestinidad. Era este un análisis que pretendía penetrar en la pluralidad de intereses que pugnaban en la corteza de una dictadura que garantizaba desde 1939 la hegemonía de la gran propiedad agraria, el capital industrial y el financiero, pero entre los que estaban apuntando diferencias estratégicas acerca de cómo perdurar tras la futura e inevitable desaparición del común escudo protector. El objetivo último era adaptar la línea del partido a las necesidades de una guerra de posiciones en lugar de seguir desgastando sus fuerzas en un inútil asalto frontal.

Berlín, 1958: Grimau (tercero por la izquierda) con otros miembros del Comité Central del PCE (foto: archivo histórico del PCE)

La mayoría del Comité Ejecutivo del PCE atacó esta valoración porque, argumentaba, aceptarla suponía asumir que los sacrificios de los últimos veinticinco años de lucha habían sido en vano y que asumir la posibilidad de una salida oligárquica a la dictadura, una transición desde arriba sin que las clases trabajadoras jugaran en ella un papel determinante, obraría en las bases una severa desmoralización que acarrearía efectos paralizantes. Por ello, seguiría apostando por el envío de instructores al interior que estimulasen el trabajo para crear las condiciones de una gran movilización general que provocase el desplome de la dictadura. Grimau fue uno de ellos.

Mientras unos y otros se acusaban mutuamente de “subjetivistas” o “oportunistas de derecha” -en una de esas ceremonias de autofagia en las que los sofismas jugaban el papel de armas arrojadizas-, el régimen dio una severa lección de cómo se podían conciliar sensibilidades distintas a un único fin verdadero. La detención, proceso y ejecución sumaria de Julián Grimau vinieron a demostrar que el régimen seguía dispuesto, a pesar del transcurso de casi tres décadas, a aplicar a sus oponentes más señalados el derecho de guerra. El caso Grimau demostró que no había contradicción entre la España que corría a bordo de un Seat 600 en pos de los 1.000 dólares de renta per cápita que los desarrollistas del Opus Dei juzgaban como umbral de bienestar material emoliente de los deseos de libertad y la España del garrote y prensa al enemigo. Para el núcleo duro del régimen, aquel que siempre mantuvo vivo el fuego del 18 de julio, la guerra no iba a terminar nunca.


El 27 de febrero de 1962, el veterano diario monárquico ABC daba cuenta de que el “ilustre financiero y filántropo” Juan March Ordinas, de ochenta años de edad, había sufrido un accidente de circulación a la altura del kilómetro 20,800 de la carretera de La Coruña, en el término de Las Rozas. El suceso había tenido lugar el domingo 25, pero como la prensa ordinaria no salía el primer día de cada semana, el periódico de los Luca de Tena no pudo hacerse eco de tan sensible acontecimiento hasta el martes.

Había llovido torrencialmente y el auto del prócer recibió el impacto frontal de otro vehículo que circulaba en sentido contrario y en el que viajaban el subdirector de Iberduero y su mujer, además del chófer. Los heridos fueron asistidos en la Clínica de Nuestra Señora de la Concepción por el doctor Vicente Sentí Montagut, jefe del servicio de cirugía ortopédica. March presentaba fracturas en brazo y rótula derechos y en pierna y cadera izquierdas, lesiones en cara y cabeza, shock traumático y su pronóstico era grave. A la clínica acudieron para interesarse por su estado el jefe de la Casa Civil del Jefe del Estado y el ministro de la Gobernación, el teniente general Camilo Alonso Vega.

El Cadillac de Juan March tras el accidente (foto: Diario de Mallorca)

Pese a los esfuerzos del doctor Sentí Montagut, March falleció el 10 de marzo de 1962. Y eso que el doctor era una eminencia en lo suyo. Los chispeantes reporteros de la época no dudaban en recurrir a su magisterio cuando se trataba de cosas tan sesudas como los posibles efectos deletéreos del hula-hoop, invento diabólico que algunos equipararon en nivel de pecado al rock and roll.

A finales de la década de los 50, El Heraldo de Aragón interrogó al doctor Sentí Montagut sobre los riesgos de menear el aro infernal. El galeno se atuvo a la evidencia científica, invocando la falta de precedentes —“no existe en España una experiencia para poder hablar de ello”— y al ordenamiento jurídico vigente —“para practicar el hula-hoop, como otro deporte cualquiera, es necesario someterse a un reconocimiento que exige la ficha médica deportiva oficial”—. Lo demás quedaba al albur del estado físico de cada uno: “Todo está condicionado al estado del individuo, especialmente en lo referente a su aparato locomotor”. Un diagnóstico irrebatible. No cabía esperar menos de alguien con una dilatada carrera en el ámbito de la Medicina y curtido en la especialidad de Traumatología.

Vicente Sentí Montagut en la galería de retratos de la SECOT, que presidió entre 1968 y 1970

Vicente Sentí Montagut había nacido en Denia a comienzos de la década de 1910. La fecha exacta, así como sus años de formación, permanecen en penumbras. No sería extraño que hubiese pasado por las aulas de la Facultad de San Carlos, testigo de los enfrentamientos entre estudiantes monárquicos y simpatizantes de la Federación Universitaria Escolar en los amenes de la dictadura de Primo de Rivera, pero hay que esperar a los años de la Guerra Civil para rastrear los primeros vestigios de su cursus honorum en las páginas de los boletines oficiales. El primero, en el de Burgos del 5 de abril de 1937, en el que se confería al médico civil Vicente Sentí Montagut la asimilación a alférez provisional de Sanidad.

Acabada la Cruzada, decidió cursar oposiciones a médico militar en el Ejército del Aire. Picaba alto. A ellas se presentó con el número 146 de un total de 257 candidatos, de los que el 85% reunían las características “patrióticas” que obraban como mérito: 211 excombatientes, 6 excautivos y 2 huérfanos de guerra. Las opciones eran escasas. No aprobó y en 1940 lo intentó como Médico del Cuerpo de Prisiones, esta vez con más fortuna. Su primer destino fue la clínica de la prisión de Uclés (Cuenca). Enclavada en un antiguo monasterio, esta cárcel estuvo en funcionamiento desde enero de 1940 hasta diciembre de 1943. Llegó a albergar 5.000 prisioneros, en su mayoría hombres, en condiciones de hacinamiento. De ellos, constan 533 fallecimientos, siendo 439 los cuerpos que lograron recuperarse de una fosa común reutilizada como vertedero.

Cárcel de Yeserías, mediados de los años 40: reclusos desfilan ante las autoridades (foto: todoslosnombres.blogspot.com)

No parecía el lugar ideal para esmaltar un currículum o algo debió ocurrir para que solicitara una excedencia de la que regresó a finales de octubre de 1943, cuando logró su traslado al Hospital Central Penitenciario de Yeserías. Tres años después consolidó la categoría de Médico del Cuerpo de Prisiones como funcionario de carrera. Su desempeño debió resultar satisfactorio porque el 15 de abril de 1950 le fue concedida por el Consejo de ministros la Medalla del Mérito Penitenciario. El 1 de enero de 1956 ascendió a Médico Jefe de Negociado de primera clase del Cuerpo Facultativo de Prisiones. En esa misma promoción le acompañó Ángel Sopeña Díaz, ginecólogo de la cárcel de mujeres de Yeserías y miembro del PCE en la clandestinidad.

Con el cambio de década su carrera cobró velocidad de crucero. Ocupó la plaza de profesor de la asignatura Anatomía Funcional, Biología e Histología en su calidad de Jefe del Servicio de Traumatología y Ortopédica en la Escuela de Enfermería de la Fundación Jiménez Díaz, donde hasta no hace mucho figuraba su fotografía como integrante del cuadro médico histórico, mientras compatibilizaba las clases con su plaza de médico de Sanidad y Beneficencia. Los congresos científicos empezaron a contar con su autorizada presencia. Entre 1968 y 1970 ostentó la presidencia de la Sociedad Española de Cirugía Ortopédica y Traumatología. Su retrato figura a día de hoy en la galería de honor de la entidad.

El doctor Sentí frecuentó las notas de sociedad del ABC, ese Almanaque de Gotha de medio pelo, como testigo de pedidas de mano y enlaces, nimbado del toque de distinción que le imprimía ser primo de aristócratas y amante del arte. Su colección personal de artistas valencianos llegó a contar con un San Vicente Ferrer pintado por Ribalta. Falleció el 29 de agosto de 1984, habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de Su Santidad. El diario de Serrano publicó durante una década su esquela de aniversario.

El reverso tenebroso

Quien observara la evolución del doctor Sentí Montagut en aquellos prodigiosos años 60 podría creer que la edad y la experiencia le habían templado ideológicamente. El joven alférez provisional excombatiente cedía el paso al eminente cirujano de talante liberal. Como en el poema sinfónico de Smetana, en el que el Moldava nace impetuoso para trazar sinuosos y elegantes meandros al llegar a la llanura bohemia, el franquismo y su personal de servicio parecían haber abandonado los fervores inaugurales para discurrir en su cenit con la serenidad del navío bien timoneado. El doctor Sentí Montagut se permitía incluso contar entre sus más estrechas amistades con su colega Robert Merle D´Aubigné, antiguo resistente gaullista quien, junto al profesor escocés Ghillingham, integraban con él el cosmopolita Club de Tertulia Ortopédica de Denia, su pueblo, al donde se retiró tras su jubilación y que correspondió a tan insigne vecino declarándole hijo predilecto y dando su nombre a una calle.

Hacerle la manicura al tigre es siempre un ejercicio fascinante, pero arriesgado: no por mucho mimo, el gran felino se transforma en un gatito. El mismo doctor Sentí Montagut que se prodigó en cuidados con el millonario Juan March iba a mostrar una faz menos hipocrática solo unos meses más tarde.

Carnet profesional que Grimau tenía en su poder al ser detenido (reproducido en el panfleto «¿Crimen o castigo?», editado por el Ministerio de Información y Turismo)

El 9 de noviembre de 1962, ABC informaba en sus páginas interiores de la detención de un miembro del Comité Central del PCE. El arrestado dos días antes, que se había identificado con un DNI falso a nombre de Emilio Fernández Gil, resultó ser en realidad Julián Grimau García. Según ABC, el detenido, “antes de ser interrogado, se arrojó por el balcón del despacho en que se hallaba —de la planta de entresuelo— y cayó al callejón de San Ricardo (…) El herido fue inmediatamente conducido al Equipo Quirúrgico [y] se instruyeron las correspondientes diligencias, que fueron remitidas al juez de instrucción de guardia”. El Juzgado de Instrucción nº 8, que abrió un sumario por intento de suicidio, lo sobreseyó el 25 de febrero de 1963 sin dar audiencia al perjudicado.

Muchos años más tarde, ya en democracia, el mismo ABC recogió la aparición de una novela, Caza de rojos, del periodista José Luis Losa en la que, según el autor de la reseña, “se exhuman las culpas de Carrillo y Semprún por el caso Grimau”. El texto, cuyo tinte anticomunista, dado el medio, se le suponía, iba acompañado de una prolija relación de personajes que adolecía de una muy notable ausencia.

Como desconocedor del protocolo que los comunistas llevaban a cabo tras cada caída, consistente en reconstruir la secuencia de los hechos, el papel jugado por cada implicado y el origen del golpe con el fin de cortar los tentáculos y atenuar en la medida de lo posible el daño que se pudiera infligir a la organización, al periodista de ABC se le escapó que Julián Grimau había identificado a un siniestro personaje entre quienes le interrogaron en el caserón de la Puerta del Sol. Se lo contó a su abogado civil, Amandino Rodríguez Armada, la primera vez que este logró verle, el 29 de noviembre. Habían pasado 22 días desde la detención: tal era la observancia de los derechos a la asistencia letrada y al habeas corpus en aquella época de extraordinaria placidez.

Grimau rememoró las circunstancias de su detención. Recordó cómo se presentó ante sus interrogadores: “Me llamo Julián Grimau García. Soy miembro del PCE y me encuentro en España cumpliendo una misión de mi partido. No diré nada más”. A lo que uno de los agentes respondió: “A ti pronto te vamos a matar”.

Declaración firmada por Julián Grimau tras su detención (reproducida en el panfleto «¿Crimen o castigo?», editado por el Ministerio de Información y Turismo)

Preguntado por las circunstancias que acabaron con su defenestración, Grimau confesó a su abogado que, aunque tenía recuerdos borrosos, se le había quedado grabada la imagen de un hombre corpulento que, poniéndose un guantelete, le formuló una pregunta escalofriante: “¿Cómo quieres que te golpee: como policía o como médico?” La amenaza implícita helaba la sangre: no era lo mismo que le sacudiese de manera artesanal un sayón aficionado, por voluntarioso que fuese, que un profesional que conocía los cien puntos del cuerpo humano donde provocar un dolor insoportable de manera científica. Sus colegas de brutalidad le llamaban Vicente. Fue de las últimas caras que vio antes de perder el conocimiento y la primera que vislumbró al recuperarlo: era la del traumatólogo del hospital de Yeserías comentándole jocosamente “¡Caramba, cómo le han dejado a usted!

El comentarista de libros del ABC hubiera tenido fácil añadir un nombre más el elenco de personajes de Caza de rojos. Habría bastado con prestar atención a la página catorce:

La puerta se abre y ves que varias personas se acercan a ti. Un hombre se adelanta. Te observa con detenimiento. Te mira a los ojos. Pese a su bata blanca, a su aséptica indumentaria, tienes la impresión de que te está auscultando como a una pieza de caza. O como a un enemigo público.

—¿Como policía o como médico?

—Me acaban de decir que había usted recuperado la consciencia. Soy el doctor Vicente Sentí.

Pueblo, 4 de diciembre de 1962 

Es decir, el ilustre galeno cuya presencia en ecos de sociedad y esquelas conmemorativas se citaría hasta en 26 ocasiones en las páginas del diario conservador. A fuer de clandestino, Grimau, excelente fisonomista, reconoció sin lugar a duda al “Vicente” de la Dirección General de Seguridad en la persona del médico que ahora hablaba con su abogado: “Este señor se tiró hace unos días por una ventana de la Dirección General de Seguridad”. “Se ve que está usted mejor informado que yo”, fue la irónica contestación del dirigente comunista.

Manifestación en Amsterdam (foto: archivo histórico del PCE)

Lo demás es conocido: la campaña de contrapropaganda orquestada por el Ministerio de Información y Turismo encabezado por Manuel Fraga Iribarne; su peculiar concepto de la presunción de inocencia —“en unos días daremos un dossier espeluznante de crímenes y atrocidades cometidas personalmente por este caballerete”—; la hibernación coyuntural del proyecto de creación del Tribunal de Orden Público (TOP) para no sustraer al justiciable a la jurisdicción militar, garantizando así su condena en procedimiento sumarísimo; la máquina del fango —“debía ser depositario de alguna información importante para intentar suicidarse en el momento de su detención”— pilotada por expertos en la materia como Ángel Ruíz Ayúcar desde las páginas de El Español, un panfleto de sello falangista dependiente de la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda; el proceso viciado con un ponente carente de título que había falsificado su expediente académico; el enterado del Jefe del Estado contra las súplicas de la comunidad internacional y hasta del Papa Juan XXIII; la ejecución chapucera entre dos luces…

El ABC publicó un artículo de denuncia de “la campaña internacional” sostenedora de que Julián Grimau había sido juzgado sin haberse restablecido de sus lesiones. Se blandía en contra de la malicia extranjera un informe realizado por el servicio médico de la Prisión Provincial de Hombres de Carabanchel. Conviene citarlo literalmente:

Grimau realiza vida normal: come con apetito, se asea él personalmente y pasea cuando quiere […]. Su pulso es de 70 por minuto. Temperatura: 36,8. Tensión arterial: máxima, 13,5, y mínima, 8,5. Las radioscopias de las muecas demuestran buena consolidación de las fracturas. Por último, la exploración de su psiquismo revela que es persona que conserva íntegramente sus facultades mentales.

El artículo apareció en la página 52 de la edición del 20 de abril de 1963. Atención a la fecha. Su titular rezaba: “Grimau, plenamente restablecido”. Cuando el ABC de ese día llegó a las barras de los bares, los salones de los casinos y las covachuelas ministeriales, Julián Grimau García ya había sido fusilado. La ejecución había tenido lugar ese mismo día, de madrugada, en el campo de tiro del complejo cuartelario de Campamento.

 
 
Una reparación insospechada

En 1964, la censura prohibió la representación de la obra teatral La doble historia del doctor Valmy, un alegato contra la tortura escrito por Antonio Buero Vallejo. A la postre, se estrenó en versión inglesa en el Gateway Theater de Chester, el 22 de noviembre de 1968. Narraba la historia de un policía torturador y de su atormentada personalidad. El retrato psicológico podía servir lo mismo para el doctor Sentí —curiosa rima asonante con el Valmy de Buero— que para otros colegas que, envileciendo el juramento hipocrático, asesoraban a los torturadores sobre la conveniencia de continuar o interrumpir los pulsando las constantes vitales de las víctimas. Queda la duda de si la presencia del doctor Sentí en la DGS era coyuntural o formaba parte de su rutina: si lo hacía por afición, por sistema o solo cuando había piezas de caza mayor.

Representación de La doble historia del doctor Valmy en el Teatro Benavente, 1976 (foto: teatro.es)

Cuando no se trataba de comunistas, el doctor Sentí Montagut seguía prestando diligentemente sus atenciones a quien las precisase, eso sí, no como policía, sino como médico. En 1968, la compañía discográfica Belter sacó un single de 45 rpm con la canción Denia, compuesta por un grupo muy conocido por entonces, Los Tres Sudamericanos. Se trataba de un tributo de gratitud al doctor Sentí por los cuidados procurados a los miembros del conjunto tras el grave accidente de tráfico sufrido en las cercanías de su pueblo natal. Seguro que el ilustre galeno se sentiría muy halagado.

Menos le complacería, seguramente, lo que ocurrió después. Denia no fue una de las piezas más exitosas del trío paraguayo, cuya popularidad le debió más a la patriótica cumbia Gibraltareña (1968) —un guiño comercial al irredentismo patriotero recidivante— que a la semblanza musical de la villa levantina. Sería otro paisano del doctor Sentí, el cantante Miguel Semper Peiró, más conocido como Míchel, quien lo incorporase a su repertorio.

Míchel, que había actuado como telonero de los Beatles en los dos conciertos que dieron en España en 1965, se hartó de ser ninguneado en los festivales comerciales de su país y en 1968 se embarcó en una gira por la Unión Soviética y el bloque socialista. Cultivador de un estilo melódico sin pretensiones, muy del gusto algo naíf del público de aquellos lares, obtuvo un éxito arrollador. Entre 1968 y 1985 protagonizó 1.400 actuaciones en la URSS y su popularidad se extendió a Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Polonia y Cuba. Penetró también en las listas de Bélgica, Suiza, Francia, Holanda y Dinamarca, y si no lo hizo en los Estados Unidos fue porque una foto con uno de sus más entregados fans, Fidel Castro, tras un recital en Cuba le supuso ser incluido ipso facto en la lista negra del bloqueo a la isla.

Míchel paseó Denia por los escenarios del Telón de Acero y la Cuba socialista. Los politburós y las nomenklaturas de todos ellos se encandilaron con el ritmo cadencioso de una canción compuesta en homenaje a la localidad natal de quien daba a elegir a los comunistas entre ser golpeados con la furia de un policía o con la precisión de un médico. La justicia poética es la única que parece dispuesta a reparar a las víctimas del franquismo.

Fuente: Versión ampliada de la publicada en El Salto diario, 22 de abril de 2020

Portada: manifestación a favor de Grimau en París (foto del blog Búscame en el ciclo de la vida)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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