Noticia de libros
Pablo Gil Vico

Historiador especializado en el estudio de la violencia durante la Segunda República y el franquismo, autor de «La noche de los generales» y coautor de «Violencia roja y azul». 

 

Entre pretensiones de exactitud, versiones definitivas y temas que se dicen agotados, nuestra historia reciente parece condenada a vagar por un mundo sin debate, repetitivo, plagado de referencias circulares y testimonios de valor cuando menos discutible. Y puede ser peor si lo que se escribe no trasciende la visión de los líderes o los límites de la política partidista, o permanece en el reducido cerco del texto doctrinario o militante. Salvo pocas excepciones, hoy es esta la carta de presentación del relato disponible sobre la insurrección asturiana de 1934.

Pero el libro que aquí se ofrece no cree en datos exactos y definitivos y sí en que, a pesar de las dificultades heurísticas, de Asturias queda mucho por decir, sobre todo si acomodamos a cierta distancia el testimonio de los más insignes protagonistas y nos atrevemos a transitar por el terreno de las gentes que murieron, mataron y vivieron en sus carnes y sobre el terreno los avatares de un hecho tan trágico, traumático y con tintes a veces heroicos como fue ese octubre de 1934 en tierras asturianas.

Conducción de detenidos en la calle Jovellanos de Gijón (foto: palencia.cnt.es)

El libro trata de la violencia que generó ese hecho, especialmente de la que tuvo resultado de muerte. En realidad cabría decir violencias más que violencia y distinguir esas violencias es precisamente el aspecto esencial de una obra que pretende poner cara a los protagonistas y no solo presentar un luctuoso montante final. A través de la consulta de cientos de legajos hasta ahora no utilizados, la obra es en parte un recorrido por los escenarios, los momentos y los modos en que insurrectos y fuerzas armadas abatieron a sus víctimas al margen del combate.

Es propósito del libro recopilar ordenadamente nombres y hacer cómputos hasta ahora no bien elaborados, pero al mismo tiempo lo es también integrar todo ello en un relato estructurado de la violencia ejercida por quienes participaron en la insurrección y asimismo por quienes la combatieron. Esa precisión actuará como primera distinción entre una violencia, la insurrecta, notablemente dispersa y otra, la ejercida por la fuerza pública, caracterizada por una mayor concentración. Violencia dispersa y concentrada, respectivamente, en cuanto a motivaciones, agentes, escenarios y, en menor medida, momentos.

Imagen probablemente manipulada publicada en su momento como «víctimas de los regulares»

El estudio sistemático y ampliamente documentado de estas violencias ocupa las tres primeras partes porque también se prestará atención detenida al funcionamiento de los aparatos institucionales represores, con la especial finalidad de establecer las precisiones adecuadas en un contexto historiográfico plagado de imprecisiones y lugares comunes en torno a la tortura y los juicios. Y se hará con pocos intermediarios que traduzcan lo que nada mejor que las fuentes judiciales militares permiten conocer. Su tan trabajoso como productivo manejo directo ha sido el principal sustento informativo.

Y si no puede dudarse que la violencia, en las diversas vertientes señaladas, suscita una atención trascendental, el libro no puede sustraerse sin embargo a las repercusiones que tuvo Asturias en los veinte meses siguientes a octubre de 1934. Por eso la última parte se detiene en los dos grandes relatos sobre las violencias y en los límites de aquella profusa literatura. Unos límites que no sólo afectan a las abundantes tergiversaciones y vaguedades a veces convertidas en pretendidas certezas, sino muy especialmente al papel de esas narrativas como detonantes del posterior conflicto fratricida. Si los discursos derivados de la revolución fueron la argamasa perfecta para compactar una miscelánea de sensibilidades en identidades más o menos definidas, su aparición y recorrido demuestran que tales discursos no tuvieron tanto alcance como el que algunos autores sugieren.

Manifestación en Madrid celebrando la amnistía a los presos de 1934 (foto: Luis Ramón Marín)

En el amplio epílogo que cierra la obra la violencia y sus relatos se recorren ahora a través de los ojos de quien acabó siendo denominado el verdugo de Asturias. Desde que partió de Galicia y avanzó por Asturias con su regimiento, la vida del general López Ochoa es epítome de los conflictos que se recorren a lo largo de este libro, al igual que su trágico final. Es quizá la mejor manera de cerrar el itinerario que dio comienzo aquel 5 de octubre de 1934.

 

 

Entrevista

Marcos Gutiérrez

Pablo Gil Vico: «El estallido de la Guerra Civil difuminó muchos recuerdos del Octubre asturiano»
El doctor en Historia Contemporánea desgrana en Verdugos de Asturias las causas y consecuencias reales de Octubre del 34, la última gran revuelta obrera de Europa
Pablo Gil Vico
Pablo Gil Vico

Pablo Gil Vico es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid y experto en el funcionamiento de la justicia militar republicana y franquista. Además de varios trabajos centrados en temas como, el indulto, el entramado represivo franquista o la sanjurjada, es autor de la obra La noche de los generales: militares y represión en el régimen de Franco y coautor de Violencia roja y azul (Ediciones Trea). Del estudio de la violencia política durante la Segunda República surge Verdugos de AsturiasLa violencia y sus relatos en la revolución de Asturias de 1934. Sostiene que en «la sublevación de julio de 1936, Octubre de 1934 tuvo un peso muy limitado», mientras que la derrota electoral de febrero de 1936, «con el consiguiente alejamiento del poder por parte de la derecha» fue fundamental.

-¿Cuál fue la semilla de Verdugos de Asturias. La violencia y sus relatos en la revolución de Asturias de 1934?

-La violencia política me interesa en todas sus formas y siempre me ha suscitado curiosidad que un acontecimiento como el Octubre asturiano, tan relevante en su día como aludido hoy, se siga despachando con las mismas referencias que en 1980. Como suelo ir anotando en mi memoria aquellas pistas documentales que voy encontrando en mi camino, tenía echado el ojo a un par de legajos que localicé cuando elaboraba mi tesis doctoral. Mucho después cayó en mis manos un amplio expediente sobre la represión de la fuerza pública en la población palentina de Barruelo de Santullán. Desempolvé entonces aquellos legajos y todo me llevaba al archivo de Ferrol. Cuando comencé a indagar en él, vi que el libro tenía que ampliar sus pretensiones iniciales y el resultado ha sido Verdugos de Asturias.

Detenidos en Brañosera (Palencia) (foto: Mundo Gráfico)

-Octubre del 34 es mitificado hasta el extremo o teñido de una negra leyenda, ¿ha impedido hasta ahora esa dualidad tener una visión realmente objetiva de lo sucedido?

-Quien se adentre en este acontecimiento debe desprenderse de la epopeya del proletariado asturiano y de los quince días de terror rojo. No ha de ignorar que entre quienes lo vivieron muchas personas lo sintieron así, pero si se quiere construir una explicación solvente la perspectiva debe ser otra. Yo creo que, como historiador, se trataría, no tanto de lograr una visión objetiva -entendida como ecuánime y desprejuiciada- sino de comprender las razones que movieron a protagonistas y participantes a actuar como lo hicieron. En lo que afecta a la violencia, que es la materia del libro y especialmente la que se produjo contra personas rendidas o inermes, he intentado precisamente eso: conocer a víctimas y autores, comprender las razones y conocer los escenarios. Siempre es inevitable incluir algún juicio, pero esa no es desde luego la tónica del libro.

-¿Por qué no se ha revisitado tan a menudo este capítulo de nuestra historia como otros?

-Creo que hay varias razones. La principal es que el estallido de la Guerra Civil difuminó muchos recuerdos de aquellas jornadas. Los datos cantan: con la ocupación del ejército franquista se multiplicó por más de mil el número de ejecutados por sentencia respecto de 1934, y aproximadamente por diez o quince, si no más, el de víctimas extrajudiciales. Un paseo improvisado por la zona del Rosellón hace algunos años me abrió los ojos y algo menciono en el libro. Cuando preguntaba, los vecinos referían casos de la guerra, pero de la matanza de Carbayín no habían oído hablar. La excepción fue una vecina joven que sí tenía idea. Por otra parte, desde algún sector de la izquierda 1934 probablemente se vea como algo molesto y por ello lo habitual es que las obras se hagan desde la militancia o desde la completa denostación.

Fosa común en el cementerio de Oviedo (foto: palencia.cnt.es)

-¿Ha descubierto, indagando para el libro, algún dato o punto de vista sobre el conflicto que le haya sorprendido?

-La mayor sorpresa me la ha deparado una fotografía. En el final hablo de ello. Rara vez los historiadores encontramos pruebas gráficas de lo que escribimos en los libros y más cuando la materia en cuestión es la violencia política. Reconozco que di un respingo.

-A la hora de explicar lo que sucedió en octubre a veces se corre el riesgo de despreciar el valor explicativo de las condiciones socioeconómicas del proletariado asturiano, ¿verdad?

-Absolutamente cierto. Ya algunos coetáneos, provenientes del mundo conservador, se afanaron por referirse a los obreros asturianos como una suerte de aristocracia del proletariado, idea que posteriormente se tomó al pie de la letra por los intérpretes afines al franquismo. Actualmente, las corrientes historiográficas que sitúan en primer plano la acción de los partidos y el parlamento suelen despreciar el contexto y más en su vertiente socioeconómica. Lo cierto es que cuestiones como la temporalidad de los empleos, que era una constante en la España latifundista, adquirieron protagonismo en Asturias durante el primer bienio y ello influyó negativamente en unas condiciones laborales hasta entonces algo mejores que las de otros trabajadores. Naturalmente, esto no es suficiente para explicar una insurrección como la de 1934, pero desde luego no puede ignorarse.

-En su obra señala que la República supuso, por un lado, una mejora de las condiciones de negociación pero, por otro, hizo surgir los problemas estructurales de una industria carente de modernización y de demanda.

-Sí. La presencia de Largo Caballero en el Ministerio de Trabajo aseguraba una mejor interlocución a las organizaciones obreras y, de hecho, hubo algunas mejoras que se plasmaron en una amplia batería normativa. Bien es verdad que esa vía tuvo sus detractores en algunos sectores del movimiento obrero, en un contexto en el que el sector minero-industrial, al margen de su falta de modernización, no tenía la demanda de antaño, lo que se trasladó con cierta rapidez al empleo.

Manifestación del Primero de Mayo de 1934 en Mieres (imagen: palencia.cnt.es )

-También dibuja un panorama en el que la República se ve incapaz de absorber fuerza de trabajo en sectores clave, donde hubo un proceso de precarización y temporalidad. Con las obvias diferencias, ¿la historia se repite a nivel socioeconómico?

-La temporalidad y el empleo precario eran muy evidentes en la España latifundista y, de hecho, muchos conflictos del mundo rural derivaban de la falta de trabajo o el paro estacional y se saldaron con encuentros luctuosos entre los trabajadores y la Guardia Civil. En zonas como Asturias esa precariedad ya estaba dejando su huella, pero tuvo cierta presencia a finales del primer bienio. Naturalmente, se podrían hacer comparaciones con algunas situaciones de la actualidad porque, al final, un sector con baja demanda o cuya explotación choca frontalmente con ciertos objetivos políticos -ya sea motivados por intereses económicos diversos, por la ecología, por la deslocalización, etc.- acaba afectando ineludiblemente a los trabajadores. Por tanto, en algún sentido podría decirse que la historia se repite, pero los matices son muy importantes, especialmente en lo que afecta a los mecanismos de cobertura ante este tipo de contingencias, que en la década de 1930 eran escasos o nulos. De hecho, sacar adelante una Ley de Seguridad Social era, al parecer, uno de los objetivos de Largo Caballero, que no pudo culminar porque tal acción no era competencia de su ministerio.

 -¿Cuántas veces ha leído o escuchado referirse a Octubre del 34 como el ‘prólogo’ del 36?

-En casi todas las acepciones de la palabra prólogo está implícito que ya se conoce lo que viene después. Por tanto, quienes hablan de prólogo sugieren, probablemente sin pretenderlo, algo semejante a la adivinación. Y pretendiéndolo, lo que sí defienden es que desde Octubre de 1934 hubo una cuesta abajo hacia la Guerra Civil, sin concederle demasiada importancia a los veintiún meses que hay en medio. Esto se ha convertido en un tópico, aunque no debe confundirse a publicistas y propagandistas con quienes consideran que Octubre polarizó las posiciones y tuvo especial relevancia en el desarrollo posterior porque, bien argumentada y documentada, esta última tesis puede ser defendida. No obstante, yo por mi parte sostengo en el libro que en la sublevación de julio de 1936, Octubre de 1934 tuvo un peso muy limitado, mientras que la derrota electoral de febrero de 1936, con el consiguiente alejamiento del poder por parte de la derecha, activó decisivamente la trama conspirativa.

 -El éxito de los insurrectos apenas dura unos días. Las tropas del gobierno entraron a Asturias por cuatro frentes y el asedio acabó con la munición de los sublevados, ¿estaba la revolución muerta antes de estallar?

-De entrada, estoy muy lejos de ser un experto en tácticas de combate. No obstante, sin apoyo militar de ninguna clase no veo cómo la insurrección podía vencer, pero evidentemente muchos de los que participaron consideraban que podían hacerlo, quizá porque pensaban que la acción sería exitosa en más lugares. Es posible que una extensión de los focos revolucionarios hubiera dificultado mucho la respuesta y es verdad que los insurrectos, quizá por lo escarpado del terreno, pudieron rechazar con éxito la entrada por Campomanes y causar numerosas bajas a la fuerza pública. No obstante, se me antoja muy difícil detener en Oviedo a dos banderas legionarias desembarcadas en Gijón, que contaban además con la potencial ayuda de algunas fuerzas que resistían en varios edificios.

 -La obra analiza la manera en que insurrectos y fuerzas armadas abatieron a sus víctimas al margen del combate. Del análisis de los documentos utilizados como referencia, ¿ha habido algo que le haya impresionado o llamado la atención?

-Han pasado por delante de mis ojos documentos que revelan más de sesenta escenarios donde hubo ese tipo de violencia. Ponerse en la piel de cualquiera de las víctimas estremece siempre por la sensación de absoluta indefensión, pero a mí me impresionan especialmente los casos donde hay frialdad y planificación, evaluados en el libro a través del concepto de coordinación. En general la violencia insurrecta fue mucho menos coordinada, pero casos como el del administrador de la Fábrica de La Manjoya me resultan turbadores. Evidentemente, los causados por la fuerza pública conmueven porque llegó a diseñarse -en el cuartel de Pelayo- una expeditiva conducción en cadena de presos a su ejecución, pasando por una peculiar «sala de justicia», mientras que lo de Carbayín fue una bárbara saca bien planificada, quizá en España la primera extracción nocturna de personas detenidas en una cárcel.

Cadáveres en las calles de Oviedo

 -¿Qué repercusiones tuvo la insurrección en los meses siguientes a octubre de 1934?

-Para empezar, y centrándome en Asturias, un empeoramiento de las condiciones de vida de la gente, entre la ocupación militar, la represión en sus diferentes vertientes, la censura y la regresión en materia de derechos laborales. Me resulta asombroso que hoy se pueda echar mano del anacronismo consistente en juzgar como suaves las consecuencias penitenciarias y penales, con la ventaja de saber que en febrero de 1936 hubo una amnistía. Al menos hasta la primavera de 1935 los detenidos y sus familias tuvieron el miedo en el cuerpo y, desde luego, no conocían el futuro, lo que a veces se olvida. Bien es verdad que la construcción del victimismo en torno a la represión, amparado desde Francia por las denuncias de los diputados, creó un marco de cohesión y facilitó algunas estrategias que permitieron a los presos salir mejor parados de sus procesos.

 -La obra se cierra analizando la figura de López Ochoa, el que acabó siendo bautizado como El verdugo de Asturias, ¿por qué elige finalizar su libro con esta mirada al personaje?

-López Ochoa es un personaje que siempre me ha interesado y, además, su vida desde que entró en el cuartel de Pelayo proporciona otra perspectiva de lo que se trata en el libro. Es como ver el mismo objeto desde otro enfoque. Considero que fue tildado injustamente como El verdugo de Asturias y acabó pagando por ello con la vida de una forma brutal. Alguien que, como él,  se enfrentó a Franco y que incluso pretendió, sin éxito, su procesamiento fue luego vilipendiado a diestro y siniestro e incluso en 1936 señalado por republicanos bien informados como Gordón Ordás. En cierto modo el cierre es también una forma implícita de mostrar que Octubre, en especial la cuestión de las responsabilidades, quedó más en el recuerdo de la izquierda obrera que en la retina de quienes se sublevaron en julio de 1936.

El general López Ochoa y otros mandos militares a su entrada en Oviedo el 14 de octubre de 1934 (florentinoareneros.blogspot.com)

La entrevista en

La Voz de Asturias

INDICE

Asturias verdugosIndice

Pablo Gil Vico, Verdugos de Asturias. La violencia y sus relatos en la revolución de Asturias de 1934, Gijón, Trea, 2019.


Imagen de portada: Los regulares desfilan tras la toma de Oviedo (foto: Mundo Gráfico).

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