Javier de Lucas

Le Monde Diplomatique en español,  2004

El fin de la etapa Aznar obliga a hacer balance. Para eso, habrá que examinar con detalle los diferentes aspectos de estos ocho años de gobierno y sobre todo del cuatrienio de aznarato -la legislatura con mayoría absoluta- en lo que se refiere a la economía, la educación, la sanidad, las infraestructuras, telecomunicaciones, trabajo, vivienda, étc. No se podrán negar éxitos y aciertos aunque, sin necesidad de muchas disquisiciones, parece obvio que, en términos de igualdad e inclusión, los resultados son descorazonadores. Pero no hace falta esperar a ese balance para plantearse un juicio más general sobre la cuestión decisiva: ¿está hoy España mejor que hace ocho años? ¿España va bien? Este lema, que ha sido la réplica al slogan socialista del cambio, nos permite acudir a lo más importante, precisamente a lo que con desmesurada ambición se llegó a llamar la “segunda transición”, la profundización y depuración de la democracia. Pero para saber si se ha cumplido ese objetivo creo que debemos reformular el lema de otra forma: ¿es hoy España una democracia más fuerte?

 
Año 1987. Aznar, por entonces presidente de la Junta de Castilla y León, posó para EL PAÍS disfrazado de El Cid en Castillo de Villafuerte de Esgueva (Valladolid).  El País Daniel García López 4 DIC 2018

Así planteada, no faltan los argumentos que, según creo, obligan a una respuesta negativa y que se han acumulado casi vertiginosamente en la etapa final, en la que sobresalen la utilización electoral del aniversario de la Constitución, la espiral de enfrentamiento con quienes se toman en serio el Estado de las autonomías, o el entusiasmo por el Código Penal como respuesta a cualquier manifestación de disidencia con el proyecto del PP. El colofón lo han ofrecido dos sonoros portazos finales que llevan el personal sello del autismo como la forma de gobierno Aznar: primero, en el Consejo europeo de Bruselas, en el que se abortó el Tratado constitucional de la UE. Luego, en su última comparecencia en el Congreso de los Diputados. En uno y otro se advierte ese empeño en mantenella y no enmendalla del castellano rancio –que no viejo- que desprecia cuanto ignora, de ignorar que hay muchas maneras de ver y estar en España, e ignorar que nuestro papel no puede ser el de torero que rapta a Europa para brindarle el lance a Bush. Porque quizá el aspecto más grave del legado aznarita es una democracia crispada, o, aún peor, seriamente enferma de esa mezcla de desprecio y ombliguismo. Una democracia aquejada de un mal que afecta a la política misma en el orden interno –su forma de entender España- y también al modo de presentar a España en el escenario internacional, a nuestro lugar en el mundo. En uno y otro ámbito, se ha impuesto una grave degradación de la democracia, de la política, una visión maniquea y simplista, fundamentalista y reaccionaria, que apela sobre todo a los dogmas de la certeza y la eficacia como razones políticas supremas, y reniega de la política en su viejo sentido democrático, como arte de negociación y deliberación, de participación de todos en la construcción del espacio público y en la toma de decisiones.

Es maniquea y simplista, burdamente schmittiana, pues no admite otra lógica que la del conmigo (con el jefe, lo que significa con el superjefe, el emperador) o contra mí. Por eso, el aznarismo no puede admitir el pluralismo en serio, ni aun la disidencia. Todo lo que no sea repetir con entusiasmo el sí, señor! es deslealtad constitucional, complicidad con los enemigos de la democracia y la Constitución, que entiende como propiedad en régimen de monopolio y utiliza como arma arrojadiza.

Es fundamentalista y reaccionaria porque hace de la política un escenario religioso de dogmas, iglesias, sacerdotes y herejes. El gobierno, de nuevo parafraseando a Schmitt, se redescubre como peculiar guardián de la Constitución y la democracia, como su oráculo o papa, y más papista que el papa, se ve a sí mismo como martillo de cuanto hereje quepa vislumbrar. Ya se sabe que, en un mundo de dogmas, todo lo que se mueve es herejía. Por eso reparte excomuniones a diestro y siniestro, aquí y allende las fronteras. Rodeado de enemigos por todas partes, nuestro héroe triunfa en desigual combate (o no tan desigual, si pensamos en la ayuda de Bush).

Año 2003 Reunión en las Azores.  (El País Daniel García López 4 DIC 2018 )

La consecuencia es obvia: al aznarismo le molesta la crítica, la libertad, aquello que los griegos denominaron isegoría. Y ello explica la ola de modificaciones legislativas y este afán penalizador que restringe derechos y libertades públicas, no sólo a los extranjeros sospechosos, sino a los propios ciudadanos. Un sarpullido reaccionario que acaba por redescubrir los delitos de opinión y por utilizar la cárcel para apartar del escenario político al adversario.

Esta tendencia se multiplica cuando hablamos de política internacional. El gobierno Aznar ha hallado su lugar en el mundo. Y no está tanto en Europa cuanto en el escabel de la actual administración de los EEUU. Como un dios menor del olimpo presidido por Bush, peor, como profeta del mensaje que urbi et orbi trata de imponer el Gobierno Bush. Y en su afán propagandista del nuevo evangelio de la democracia vigilada –vieja novedad, desde luego- y de la guerra como política, Aznar ha ido más allá del emperador. La guerra contra el terrorismo es por ello su emblema y legado final. La única política importante.

Y teniendo en cuenta todo eso, la paradoja es la suerte dispar que viven los tres protagonistas de esta historia. En los EEUU y en el Reino Unido, incluso hoy, pese a la captura de Sadam Hussein, la vitalidad de las viejas instituciones democráticas y la fortaleza de una sociedad civil curtida en la necesidad de ejercer una crítica constante de los excesos del poder, provocan las dificultades que vive el señor de la guerra en la propia sede imperial y también las de su principal condottiero, el primo Blair. Uno y otro deben hacer frente no sólo –ni aun principalmente- al juego de control institucional por parte de la oposición en el Parlamento, sino en particular al control de la opinión pública, de los medios de comunicación, de la libre crítica. Es cierto que hay una gran diferencia –a favor de Bush- en la manera en que deben afrontar el primero de los mecanismos de control, porque la capacidad de crítica de los demócratas está aún hoy casi desarbolada por el implacable diktat del peligro que vive la patria, frente al que no cabe otra respuesta que cerrar filas, sobre todo si hay miles de familias afectadas por el terror asesino. La ausencia de ese factor explica también, en el caso de Blair, su mayor dificultad a la hora de acudir al Parlamento para frenar esa crítica con la publicidad de las propias razones y transmitir esa imagen a la opinión pública. Una dificultad incrementada cuando la opinión pública advierte la manipulación de esa respuesta, su caso King, ahora casi olvidado.

Pero, como decía, ese juego democrático exige tradición, fortaleza de las instituciones, pluralismo en los medios de comunicación y una ciudadanía educada en todo ello y consecuentemente exigente. Y esas condiciones no son las que debe afrontar el tercero de las Azores, lo que resulta todavía más sorprendente si se piensa en el escaso papel desempeñado por España –y sobre todo en los escasos beneficios obtenidos en la posguerra- a cambio del riesgo que suponía esta implicación tan profunda en la estrategia norteamericana. ¿Cómo se explica esa ausencia de desgaste que coloca hoy al PP a más de 10 puntos en los sondeos electorales ante las próximas elecciones generales? A mi juicio, la receta ha sido simple: administrar más dosis del mismo purgante cocinado por los halcones de Bush: maniqueísmo, patrioterismo, persecución de la libertad de crítica y del pluralismo. Porque la identificación del Gobierno Aznar con la mente del emperador es tal, que sobrepasa la estrategia de su señor. El ejemplo de su obediencia ciega a las directrices sobre la campaña en Irak y su justificación, haciendo frente impávido a toda evidencia sobre la ausencia de conexiones con AlQaeda o de armas de destrucción masiva, es elocuente. Como lo es su maniqueo discurso en la ONU sobre el terrorismo: nada de causas, nada de razones, el terrorista es intrínsecamente malo, es el mal. Ya lo había dicho su maestro Fraga: el buen terrorista es el terrorista muerto. Esa ha sido también su por otro lado exitosa campaña en la UE: guerra sin cuartel contra todo lo que huela a terrorismo, aunque en el camino se alcancen daños colaterales como los inmigrantes y los disidentes, sumidos en un perpetuo estado de sospecha, como agentes del enemigo los primeros y como antipatriotas los segundos.

Año 2010. Charla a la Universidad de Ovieda.  (El País Daniel García López 4 DIC 2018)

Pero no sólo por eso es más papista que el papa. Si Aznar puede lanzarse a anunciar a su profeta por tierras de fieles europeos (Polonia), incluso in partibus infidelium, hasta alcanzar en su prédica a nuevos conversos (la nueva Europa) y tratar de involucrar asimismo a los hermanos latinoamericanos, es porque tiene la casa bien barrida. En efecto, desde el punto de vista de la situación de la democracia española, tras el trabajo concienzudo de los gobiernos presididos por Aznar, hay que decir que lo tiene más fácil que Bush para afrontar los riesgos de su empresa como campeón de la dama democrática amenazada por el dragón/infiel sarraceno/terrorista/separatista.

Ese éxito es al tiempo el lastre más pesado que nos deja en herencia el proyecto Aznar. Lo más grave de este proyecto político es que ha exigido un cuidadoso programa de reformulación de la democracia parlamentaria y de buena parte de los principios del Estado de Derecho en España a lo largo de la segunda legislatura, comenzando por la extrapolación de su mayoría absoluta, que ha desbordado los límites del Parlamento para inundar la sociedad civil. Y eso, contradiciendo la lógica liberal que Aznar dice sostener. Porque en su cerrado propósito de desmantelamiento del Estado del bienestar en aras de una supuesta sociedad del bienestar, Aznar no ha dudado en intervenir y manipular a la sociedad civil. Es decir, que no sólo ha descuidado el objetivo de igualdad, sino que ha herido con saña su santo y seña, su argumento más querido, el de hacer posible que los españoles sean más libres.

Esta es la acusación a mi juicio más grave, porque es la que alcanza a la propia coherencia del programa ideado por Aznar frente a los males del felipismo. Porque, lejos de lo que prometió el adalid de la lucha contra la corrupción, contra el intervencionismo del gobierno y del partido en el mercado y en la sociedad civil, contra el clientelismo y la sopa boba que convertían a los ciudadanos en consumidores o subvencionados pasivos, el aznarato ha creado una sociedad cerrada, una sociedad cautiva, un patio en el que mandan el gobierno y sus aliados y en el que se fomenta la despolitización. La intervención por parte del gobierno Aznar de algunos de los más importantes medios de comunicación (es la única razón de la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, que ha sido un desastre en lo que se refiere a investigación y ciencia), para lograr un poder mediático fiel a sus designios –y a los de los poderosos intereses que él no premia, sino que priman en él-, es uno de los más importantes episodios del ambicioso trabajo de desmantelamiento y reconstrucción. Un trabajo que alcanza también a la historia y a la educación, en un furor revisionista que, más allá incluso de la transición, llega hasta la 2ª República, incluyendo, desde luego, la guerra civil y el franquismo.

Año 2018. El País Daniel García López 4 DIC 2018)

El riesgo irresponsable de ese proyecto de refundación política que cada vez más se parece al enroque en una España concebida como castillo amenazado, tal y como airea la propaganda del gobierno del PP, se resume en una vieja advertencia de Polibio (y antes de Herodoto) acerca de la necesidad de isegoría, es decir, de igual libertad de palabra, para el florecimiento de la libertad y, por tanto, diríamos hoy, para la garantía de una sociedad abierta. La isegoría, asegura Polibio, es tan importante como la isonomía (igualdad jurídica) o la isocracia (igualdad de poder), porque si no se asegura a todos por igual la libertad de crítica, se pone la semilla para la pérdida de libertad. No parece que el gobierno Aznar haya trabajado para estimular el igual acceso a la libertad de palabra por parte de los ciudadanos. Quizá lo consideran innecesario, porque ya funciona el consenso difundido a través de TVE: es ahí donde se expresa la mayoría silenciosa (y tan silenciosa!) de la que Aznar se siente más que portavoz, profeta. Y todo aquel que discrepa de esa verdad no debe tener libertad, porque es antipatriota. ¿Cómo va a exigirle nadie responsabilidad? Las últimas palabras de Aznar en el parlamento le sitúan en una lógica ajena a la de la democracia pluralista y demasiado próxima al sello del autócrata que sólo se cree responsable ante Dios y ante la historia, porque los hombres no están a la altura de su grandeza de miras.

Fuente: «Aznar y la mente del emperador» Le Monde Diplomatique en español, Enero de 2004.

Portada: Libertad Digital, 5 de octubre de 2020

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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