Marion Leclair

Profesora de Civilización Británica de la Universidad de Artois

 

Mary Wollstonecraft tuvo un pensamiento audaz y una vida poco conformista. Participante en los debates que suscitó la Revolución Francesa en Inglaterra y activamente vinculada al radicalismo, politizó su reflexión sobre la opresión de las mujeres, sobre todo a la luz de la crítica del despotismo.

EUGÈNE DELACROIX. – Estudio para “La Liberté guidant le peuple” (La Libertad guiando al pueblo), principios del siglo XIX

Emma Goldman la describió en 1911 como una pionera del progreso humano y una campeona de los desfavorecidos. La figura de la inglesa Mary Wollstonecraft (1759-1797) ha permanecido un poco olvidada, sobre todo en la Europa continental. Sin embargo, fue una de las primeras en plantear la situación de la mujer en términos políticos. La propia vida de Mary Wollstonecraft da prueba de una notable voluntad por derribar los viejos obstáculos: fue una figura central del feminismo pero también del movimiento radical británico. El historiador marxista Edward P. Thompson mostró su papel decisivo en la cristalización de una primera conciencia de la clase obrera en Inglaterra.

En los años 1760, los “radicales” eran un grupo de reformistas de clase media. A partir de 1789, las reivindicaciones democráticas, la influencia de la corriente jacobina y el deseo de rechazar el orden de la oligarquía aristocrática y mercantil otorgaron mayor amplitud al movimiento. Dos teóricos contribuyeron a este despertar: Thomas Paine, entusiasta seguidor de los principios de la Revolución estadounidense y de la Revolución francesa, cuyos Derechos del Hombre (1791) se erigieron con rapidez en la biblia del radicalismo democrático, ejerciendo una enorme influencia en el mundo del trabajo; y William Godwin, un pastor que había abandonado la Iglesia, primer representante del pensamiento socialista que en su Investigación sobre la justicia política (1793) preconizaba una doctrina a la vez anarquista y optimista, basada en la perfectibilidad indefinida del hombre y de la sociedad. Durante los años 1790 se inicia la “guerra de panfletos”: esta enfrenta principalmente a Paine y Edmund Burke, cuyas Reflexiones sobre la Revolución en Francia ejercen una influencia considerable en Inglaterra y contribuyen a posicionar a la opinión pública y a la burguesía progresista contra la Revolución y los “jacobinos” ingleses. Mary Wollstonecraft desempeñaría un papel esencial en este debate.

 

No obstante, sus primeros pasos habían sido mucho más clásicos. Nacida en el seno de la burguesía comercial e industrial (uno de sus abuelos era comerciante de vino y el otro propietario de una pequeña sedería), conocía las limitadas posibilidades del ámbito femenino –su reducción a “ángeles del hogar” previctorianas como consecuencia de una época de fabricación industrial de los bienes de consumo y de emulación burguesa en materia de cortesía aristocrática–. Sufrió directamente las consecuencias del gran encierro en el hogar al que estaban destinadas las mujeres. Fue testigo de la autoridad abusiva de un padre despótico y la apatía de una madre sometida a su marido, de quien hará un retrato en su primera novela (1). Ella y sus hermanas recibieron una educación muy superficial en una pequeña escuela de Yorkshire, mientras que su hermano mayor estudiaba Derecho; más tarde, como resultado de un revés de la fortuna familiar, se vieron obligadas a trabajar como institutrices o damas de compañía, mal pagadas y en condiciones humillantes. En 1784, junto con una amiga cercana, Fanny Blood, abrieron una escuela para niñas que tuvieron que cerrar dos años más tarde debido a dificultades financieras.

La enseñanza inspiró el primer libro de Mary Wollstonecraft, La educación de las hijas (1787), que se convirtió en instrumento privilegiado para mejorar la “desafortunada situación de las mujeres” (2). El origen del mal y su remedio seguían circunscritos a la esfera doméstica, y su tratado, prisionero de cierto moralismo burgués. Wollstonecraft advertía a las madres de la influencia corruptora de niñeras ignorantes y criados ladrones. Sin embargo, constituyó el punto de partida para una primera politización de su pensamiento. La escuela estaba muy cerca de la capilla donde Richard Price predicaba. Este pastor y teólogo se hizo famoso en 1789 por un sermón a la gloria de las revoluciones estadounidense y francesa, sermón que provocó la ira del intelectual conservador Edmund Burke y la redacción de su panfleto contra la Revolución francesa.

Wollstonecraft empezó a frecuentar los círculos de protestantes inconformistas, aquellos dissenters que, en aquel entonces, en un país anglicano, no tenían derecho ni a estudiar en la universidad ni a ocupar cargos oficiales. Estos disidentes eran asiduos de los clubes políticos y las sociedades científicas donde germinaban proyectos de reforma parlamentaria e invenciones científicas, núcleo duro del movimiento radical prerrevolucionario, del apoyo a la independencia estadounidense y de la campaña abolicionista. Allí la escritora conoció a Joseph Johnson, figura clave del radicalismo londinense y editor de Paine, quien la animó a escribir y aceptó publicar su primer libro, y posteriormente su primera novela. También le encargó traducciones y reseñas para la revista que él publicaba. De esa manera, este movimiento fue el medio para una doble emancipación, política y económica: al tiempo que descubría el radicalismo, gracias a sus escritos, Wollstonecraft lograba su independencia financiera.

 

Pero fue la Revolución francesa la que produjo en ella el punto de inflexión más significativo. Escribió, antes que Paine, una Vindicación de los derechos del hombre (1790) que la convirtió en una intelectual reconocida, bien establecida en los círculos radicales (y masculinos) de la metrópoli. En el círculo de Johnson, cruzó espadas con Paine, los novelistas Mary Hays y Thomas Holcroft, así como con William Godwin, quien hace una crítica protoanarquista de todas las formas de gobierno. Godwin se convertirá en su amante, y posteriormente en su marido. En la biografía que este dedica a su tenacidad y talento argumentativo, incluye su habilidad para acaparar la conversación sin dejar que su interlocutor dijera una palabra; fue lo que sucedió con Paine durante la cena donde Godwin y ella se encontraron por primera vez. Un poco más tarde, en 1792, Wollstonecraft escribió su Vindicación de los derechos de la mujer (3).

La Revolución le llevó a aplicar la crítica radical del despotismo a la experiencia femenina. Así, pudo condenar la condición “degradada” de las mujeres como resultado no de una mala educación, sino de una sistemática opresión, una esclavitud organizada por la tiranía masculina. Pero entre ambas Vindicaciones hay más que una simple transferencia. En la primera, su crítica reiterada al “velo” que la pompa de la realeza y aristocracia arrojaba sobre la desnudez de la opresión del pueblo (de la que Burke defiende su conservación), la hace particularmente sensible a la dimensión ideológica de la opresión. Aunque no hable de “ideología”, se trata de una crítica sobre la ideología de la feminidad y su papel en la perpetuación de la degradación y esclavitud de las mujeres, que desarrolla en la segunda Vindicación. Allí rastrea de forma metódica su presencia y sus implicaciones: en los manuales para el buen comportamiento (conduct books) que enseñaban a las jóvenes a ser bellas y calladas; en el Émile de Jean-Jacques Rousseau; en las novelas sentimentales que estaban de moda o en la galantería masculina, que las mujeres cometían el grave error de apreciar (4).

La niña Mary Shelley en la muerte de su madre, por Willliam Blake

Así, Wollstonecraft propone una teoría de la construcción de “caracteres sexuados” que anticipa el feminismo de los años 1960 y los estudios de género. La naturaleza socialmente mixta del movimiento radical la pone en contacto con ideas que empujan al liberalismo hacia los confines del socialismo: el Estado de bienestar redistribuidor que esbozó Paine; la defensa del derecho del trabajador a una parte de las ganancias generadas por su trabajo, promovido por John Thelwall; el protocomunismo agrario de Thomas Spence, que defendía la abolición de la propiedad privada de la tierra (5). Su novela póstuma –e inacabada– La novela de María se hizo eco de ello; describía con crudeza lo duro del trabajo femenino y abogaba por la ayuda mutua entre “diferentes categorías de mujeres” (6).

En la década de 1970, las feministas de la segunda ola fueron a menudo críticas con Mary Wollstonecraft. Subrayaron el liberalismo burgués que le impidió ver las diferencias de clase, así como el puritanismo que hizo que castigara a las mujeres con los mismos términos misóginos que condenaba, pero también que reprimiera toda feminidad y sensualidad: para ella la mente no tenía sexo. De hecho, se contentaba con luchar para que la carrera liberal se abriera al talento femenino y soñaba con el día en que las mujeres se convirtieran en diputadas, sin reclamar ni siquiera el derecho al voto, que en ese tiempo solamente defendía Thomas Spence. La imposibilidad de escribir sobre el deseo femenino, en un momento en el que el simple hecho de ser escritora ya era bastante inmoral, se refleja en su obra mediante sorprendentes disyunciones estilísticas: la filosofía asexual da paso a fantasías sentimentales que le hacen caer en los defectos femeninos que denuncia. Pero cuando, en el París revolucionario al que viaja sola, inicia un agitado romance con un aventurero estadounidense (con quien tiene una primera hija), cuando es amante de Godwin (quien ve el matrimonio como un “monopolio odioso”, pero que se casará con ella después de un embarazo no buscado), cuando ambos eligen no vivir juntos (los dos juzgan que la profesión del escritor es incompatible con la vida conyugal), cuando ella vive, más joven, una apasionada amistad con Fanny Blood (donde hay quienes ven una relación lésbica) (7), Wollstonecraft  reivindica y practica una forma de libertad sexual que provocará la ira de la prensa conservadora, y también de algunos radicales.

Willian Godwin (1756-1836) y Mary Wollstonecraft (1759-1797), retratados respectivamente por James Northcote) y John Opie

Tras su muerte a la edad de 38 años, durante el nacimiento de su segunda hija, la propagación de sus ideas será lenta, frenada por la virulencia de la prensa conservadora en su contra, el colapso del movimiento radical bajo el Gobierno conservador de William Pitt “el Joven” y la persistente misoginia del radicalismo masculino. La constitución de un movimiento feminista en Inglaterra no se desarrollaría hasta un siglo más tarde, lo que privó al emergente socialismo de un pensamiento específico sobre la opresión de las mujeres y sobre el trabajo femenino (excepto tal vez en la filosofía de Robert Owen, pronto tildado de utopista) (8).

En cierto sentido, el legado más directo de Wollstonecraft puede haber sido su segunda hija, Mary, que reproduce en la siguiente generación la audacia a la vez intelectual y sexual de su madre, al huir a los dieciseis años con el joven poeta Percy Bysshe Shelley, casado y padre de familia, y al publicar con tan solo veinte años Frankenstein, una de las grandes novelas de la modernidad. Un libro que entremezcla abiertamente ciencia y filosofía –un poco menos directamente política– y que la posteridad no ha olvidado.

 

(1) “Mary. Invention”, en Mary Wollstonecraft. Aux origines du féminisme politique et social en Angleterre, textos reunidos y presentados por Nathalie Zimpfer, ENS Éditions. Lyon, 2015.

(2) Mary Wollstonecraft, La educación de las hijas, Desvelo Ediciones, Santander, 2010.

(3) Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer, Cátedra, Madrid, 2000.

(4) Barbara Taylor, Mary Wollstonecraft and the Feminist Imagination, Cambridge University Press, 2003. Para una biografía, véase Janet Todd, Mary Wollstonecraft: A Revolutionary Life, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2000.

(5) Gregory Claeys, The French Revolution Debate in Britain: The Origins of Modern Politics, Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2007.

(6) Mary Wollstonecraft, La novela de María, Araña Editorial, València, 2014.

(7) Claudia L. Johnson, Equivocal Beings, University of Chicago Press, colección “Women in Culture and Society”, 1995.

(8) Barbara Taylor, Eve and the New Jerusalem: Socialism and Feminism in the Nineteenth Century, Virago Press, Londres, 2016 (1ª ed.: 1983).

Fuente: «Una aurora del feminismo», Le Monde Diplomatique  en español, febrero, nº 269, 2018

Portada: Mary Wollstonecraft (Juventud informada)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER (I). Mujeres en revolución. La participación femenina en la revolución francesa de 1789

Decir Basta: Huelgas de Mujeres en la historia.

La vuelta de la fraternidad con la Revolución francesa (En memoria de Irene Castells)

Marx, Engels y el romanticismo

 

 

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