Jordi Maluquer de Motes*
Profesor emérito de Historia e Instituciones Económicas.
Universitat Autònoma de Barcelona **

 

La pandemia de gripe de los años 1918-1920, conocida como la gripe española, the Spanish Lady o the Spanish Influenza pero también de muchas otras formas, como el soldado de Nápoles en toda España, la pasa en Cataluña, la cucaracha en Valencia o el merengue en las Islas Filipinas, es la mayor de las epidemias de gripe conocidas[1]. Está considerada de manera general como la más grave catástrofe sanitaria que ha sufrido la humanidad en un período breve de tiempo, por encima de cualquier otra. No fue sólo una epidemia, ya que sobrepasó esta fase, que se define como una enfermedad extendida muy rápidamente, hasta constituirse en un “holocausto”[2], el “asesino más feroz del siglo XX”[3], la “última gran plaga”[4], una “verdadera sentencia apocalíptica”[5], el “último flagelo universal no producido por el mismo hombre y también el más importante”[6] y la “verdadera madre de todas las pandemias”[7].

La gripe A, de un virus subtipo H1N1, probablemente de origen aviar, se extendió en pocos meses del año 1918 por todo el mundo. Apenas algunas islas remotas y aisladas, como la marítimo-fluvial de Marajó, en el estado de Pará (Brasil), y la colonia británica de Santa Elena, se ahorraron tener muertos por el impacto de la gripe. El conocimiento exacto de su magnitud y de su incidencia ha sido gravemente obstaculizado por el hecho de que esta gran tragedia se produjo al tiempo que se encontraba en la fase terminal y más aguda la mayor de las guerras que había conocido la humanidad hasta entonces, la Primera Guerra Mundial. El pico de mortalidad provocado por la pandemia coincidió con los días en que se materializaba la victoria de los aliados y se acordaba el armisticio del 11 de noviembre. Inmediatamente después, había que iniciar un proceso muy difícil de reconstrucción abordando, asimismo, la crisis económica de posguerra.

El «soldado de Nápoles». Caricatura de Lorenzo Aguirre, publicada en El Fígaro 25 de septiembre de 1918.

Por otra parte, el fin del conflicto dio lugar a una profunda reconfiguración del mapa de los países del mundo, especialmente de Europa, y a la necesidad de canalizar una compleja problemática asociada a la creación de nuevos Estados y a la transformación de muchos de los que procedían de antes de la guerra. Además, la fase crítica de la difusión de la enfermedad acabó de forma bastante repentina, lo que, mezclado con el afán de superar cuanto antes aquella horrible pesadilla, facilitó que se produjera un cierto olvido. Todo ello contribuía a desviar el interés de los gobernantes y de la sociedad y, de paso, a borrar la memoria de aquellos hechos. No sólo en España, también en Estados Unidos y en Francia o en la Argentina, la gripe de 1918-1920 ha podido ser calificada como la “pandemia olvidada”[8].

Paradójicamente, la historiografía general ignora casi por completo un evento tan importante, sin que se puedan entender muy bien los motivos. Los numerosos trabajos de historia del período, y aún en el ámbito de la historia social, desconocen por completo el tema. La gran excepción reside en el campo de la historia de la medicina, desde el que sí se han hecho muy numerosos estudios monográficos e investigaciones que describen los acontecimientos y las experiencias locales a partir de las actas de los Ayuntamientos y demás documentación municipal, memorias de médicos, prensa local y general, archivos parroquiales y documentación de los registros civiles, así como estudios epidemiológicos.

La pandemia de “gripe asiática” de 1957, provocada por el virus A (H2N2), la pandemia llamada “gripe de Hong Kong” de 1968 y la pandemia de la gripe A (H1N1) del año 2009 fueron suscitando mayor interés para analizar la gran pandemia de 1918-1920, particularmente por el extraordinario descubrimiento del microbiólogo Terrence Trumpey, del año 2005, que recuperó el virus ya extinguido y del que hasta entonces nada se había llegado a saber. La proximidad de la conmemoración del centenario de la pandemia, en 2018, terminó de promover una extraordinaria proliferación de nueva investigación y de publicaciones médicas sobre el asunto.

El desarrollo de la pandemia

Para cumplir plenamente la condición de pandemia es necesario que se den, a criterio de la Organización Mundial de la Salud, una serie de condiciones, las más importantes de las cuales son que se trate de una enfermedad nueva y que llegue a afectar a más de un continente, de tal forma que no se limite a casos importados desde el exterior sino que sean provocados por transmisión comunitaria. La gripe de 1918-1920 se constituyó en la primera auténtica pandemia universal y la más grande jamás conocida. La violencia del virus es una de las explicaciones de la enorme rapidez del contagio.

Una de las razones de la extensión tan veloz de la gripe reside en el desarrollo de los transportes gracias a la revolución industrial, que aceleró el contagio. Desde mediados del siglo XIX, la construcción de nuevas líneas de ferrocarril se produjo a una enorme velocidad en el mundo entero. Alrededor del año 1910, la red ferroviaria mundial sobrepasaba el millón de kilómetros de longitud y permitía viajar a una gran parte del planeta de forma rápida y segura. También durante la segunda mitad del XIX se produjo un fuerte incremento del número de nuevos buques con calderas cilíndricas y casco de hierro, mucho más grandes y eficientes que los viejos veleros, que conectaban todas las áreas del mundo, dibujando, una cosa y la otra, una etapa de auténtica primera globalización. Las conexiones de muy larga distancia, propias de las comunicaciones modernas, hicieron posible la hasta entonces impensable simultaneidad de la enfermedad en zonas muy distintas del planeta mediante contagios rapidísimos[9].

El retorno de los soldados portugueses que habían participado en la guerra fue un factor de contagio en las zonas de España limítrofes con Portugal (foto: Getty Images)

El origen de la epidemia de gripe de 1918-1920 se suele situar en Fort Riley, un establecimiento militar estadounidense, en el estado de Kansas, donde apareció la gripe durante la primera quincena del mes de marzo. En solo dos semanas, el número de militares enfermos aumentó muy deprisa, aunque con pocas defunciones. En verano, sin embargo, la enfermedad se había extendido a la costa oriental estadounidense, especialmente a Boston y Nueva York, con un cuadro de neumonía que complicaba la gripe y con una mortalidad bastante elevada. Desde fines de junio, varios puertos franceses, como Burdeos, Brest, Nantes y Saint-Nazaire, registraron numerosos contagios, probablemente debido al desembarco de importantes contingentes militares estadounidenses para apoyar a las tropas francesas en la Primera Guerra Mundial. La situación bélica de gran parte del continente europeo resultó un entorno muy propenso a la propagación de la enfermedad debido a los movimientos masivos de tropas, el estrés de los hombres en combate, la malnutrición de los soldados y los ataques con armas químicas y gases venenosos que se produjeron entonces por primera vez en la historia. Estos factores conjuntamente habrían podido favorecer la mutación del virus.

Parece prácticamente seguro, sin embargo, que hubo otros puntos de inicio del gran contagio, puesto que en Francia, como también en España, se detecta una epidemia de gripe desde antes, en los meses de marzo y abril, tanto en la línea del frente de la guerra como en algunas ciudades, tal vez importada por las tropas repatriadas de Indochina, aunque con una mortalidad muy limitada. Para entonces, ya se conocía la existencia de una epidemia gripal tanto en China como en Filipinas. Probablemente, en la primavera del año 1918 existía ya una pandemia latente en gran parte del mundo, del mismo modo que parece haber sucedido con la actual enfermedad por coronavirus. Queda por explicar qué condiciones activaron en todas partes el virus de la forma extremadamente violenta en que se produjo durante el otoño de 1918.

A finales del verano de aquel año, la gripe probablemente se expandió hacia España a través de los transportes ferroviarios y marítimos, debido al intenso movimiento de idas y retornos de emigrantes españoles con Francia desde las zonas del territorio peninsular que más sufrían la grave crisis económica de los años de guerra, sobre todo Murcia y Valencia, y desde Castilla, si bien también es claro que el regreso de combatientes portugueses desde Francia tuvo un efecto similar, como también el contagio desatado en diversos puntos de la frontera con Portugal.

La enfermedad se extendió por el mundo a través de una serie de olas de distinta intensidad. La primera tuvo lugar entre marzo y mayo de 1918, bajo una forma débilmente contagiosa y poco mortífera. Desde mediados de junio, y hasta el mes de septiembre, el contagio se produjo de forma rápida y con gran amplitud pero con un número de defunciones todavía relativamente bastante reducido. En cambio, una segunda ola entre septiembre y diciembre fue extremadamente violenta, con una incidencia catastrófica por todas partes. Fue la auténtica “explosión” de la pandemia[10]. Desde enero de 1919 hasta entrada la primavera, las zonas ya castigadas sufrieron una tercera ola pandémica, con un impacto mucho menor en difusión y en mortandad pero que provocó todavía un número elevado de víctimas.

La distribución por edades de los óbitos fue bastante particular en el curso de las olas de la pandemia de 1918-1919 dado que afectó de una forma mayoritaria a los jóvenes adultos de 20 a 40 años, mientras que los ancianos de edades superiores a los 65 años la sufrieron de forma mitigada. Aún hubo, en fin, un rebrote entre los meses de enero y abril del año 1920, que se puede considerar una cuarta ola gripal con una afectación bastante distinta según los territorios, que en Europa golpeó a Finlandia, Dinamarca, Alemania, Suiza y España. Esta última ola afectó sobre todo a los niños de edad más baja, en especial por debajo del año, completamente privados de inmunidad.

Es un tópico en los estudios tradicionales sobre la gripe asociar el contagio con los niveles de renta más bajos y con la pobreza. Los trabajos contemporáneos, en cambio, tienden a considerar la infección y sus consecuencias como socialmente neutra. De forma muy reciente, un primer análisis combina datos de carácter epidemiológico con otros de naturaleza socioeconómica, para Noruega, y presenta evidencia de que la gripe afectó más a los pobres en la primera ola mientras que los ricos, menos expuestos al contagio al inicio, sufrieron de forma más intensa la segunda ola[11]. De hecho, parece claro que el factor más importante que explica las diferencias del impacto se relaciona con la inmunidad adquirida, que fue la causa principal de la enorme incidencia sobre poblaciones históricamente aisladas que resultaron casi exterminadas, como los esquimales, o diezmadas en pocos días como en los establecimientos franceses de la Polinesia, en particular la isla de Tahití.

El impacto demográfico mundial

La mortalidad global provocada por la pandemia de 1918-1920 fue inmensa. Como fenómeno de referencia para valorar su magnitud, y también por razón de tratarse de hechos coetáneos, se puede considerar la cifra de defunciones provocada por la Primera Guerra Mundial, que ha sido calculada en unos 10 millones de personas, sobre todo alemanes y rusos pero también franceses, británicos, italianos y de otras nacionalidades[12]. La pandemia gripal provocó muchas más muertes en el mundo entero que la guerra, aunque ésta sí fue mucho más letal si se toman en consideración por separado algunos de los países afectados. En Francia, por ejemplo, las víctimas de la gripe, tomando los datos más elevados, llegarían a unas 280.000, cerca de una quinta parte de las muertes de la guerra que se estiman en cerca de 1.300.000 a lo largo de los años 1914-1918[13].

El total de defunciones causadas en el mundo por las sucesivas olas de la gripe en los años 1918-1920 ha sido estimado por procedimientos diversos, con resultados que suelen situarse en el entorno de los 25 millones de personas[14]. Pero no todos estos cálculos abarcan la totalidad del lapso temporal de la infección, ni tampoco todos los países, ya que a menudo se limitan a contabilizar las muertes diagnosticadas de la enfermedad, lo que implica una notable subestimación. Por estos motivos, la cuantificación más aceptada es la que calcula el número de fallecidos en unos 50 millones de personas, aunque sus autores adelantan la posibilidad de que la cifra real debiera ser cercana a los 100 millones[15]. Entre los dos datos que se acaban de mencionar, se ha propuesto la media de 75 millones de defunciones, como cifra más probable[16], sin abandonar el límite superior de los 100 millones.

Fosa común excavada en 1918 en Toledo para víctimas de la gripe (imagen: Global Arqueología)

La Tabla 1 reúne algunas de las evaluaciones que se han efectuado en varios estudios científicos con inclusión de los nombres de sus autores y de la fecha de edición de sus trabajos. Los diferentes cálculos en que se basan, casi siempre de alcance nacional, presentan grandes diferencias en el lapso temporal considerado y en el tipo de recuentos de base. Las más bajas han sido obtenidas a partir de las defunciones identificadas por causa de gripe. Las más elevadas se suelen apoyar en el método de la medida de la sobremortalidad.

 

Tabla 1. Estimaciones del total mundial de las defunciones por la pandemia de gripe

  Fecha* Total de defunciones Defunciones por 1.000 habs.
Jordan 1927 21.642.283 11,63
Burnet y Clark 1942 50.000.000/100.000.000 26,88/53,76
Beveridge 1977 15.000.000/25.000.000 8,06/13,44
Webster y Laver 1975 20.000.000/50.000.000 10,75/26,88
Schild 1977 15.000.000/50.000.000 8,06/26,88
Patterson y Pyle 1991 30.000.000 16,13
Johnson y Mueller 2002 50.000.000 26,88
Crosby 2003 25.000.000 13,44
Brainerd y Siegler 2003 40.000.000 21,51
Mamelund 2004 75.000.000 40,32
Taleb y Cirillo 2020 100.000.000 53,76
Barro, Ursúa y Weng 2020 39.000.000 20,97

(*) Fecha de edición del trabajo.

Fuentes: Patterson y Pyle (1991), Johnson y Mueller (2002), Brainerd y Siegler (2003), Taleb y Cirillo (2020), Barro, Ursúa y Weng (2020).

 

En todo caso, las enormes diferencias entre muchas de estas estimaciones ponen de manifiesto las dificultades para establecer la cuantificación del impacto demográfico, porque en ningún caso no son propuestas absurdas sino formuladas de forma razonable, con métodos rigurosos y con buenos argumentos. El problema reside en la inexistencia de fuentes estadísticas adecuadas para construir una estimación sólida. En una gran parte del mundo en aquellos años no se procedía aún a ningún tipo de recuento oficial de la mortalidad y, por tanto, hay que formular conjeturas muy problemáticas para estimar el impacto de la pandemia. Incluso en los países más avanzados -los europeos y los americanos-, los datos epidemiológicos se recogían de manera muy deficiente.

También hay grandes problemas donde se dispone de cifras más fiables. El procedimiento más seguro para medir el impacto de la gripe consiste en emplear las estadísticas de defunciones por causas de muerte, es decir según el diagnóstico que un médico hacía constar en el certificado de defunción. Las formas graves de gripe durante la pandemia, sin embargo, presentaban pronto complicaciones pulmonares que podían ser definidas como neumonía o bronconeumonía y que eran la causa final de muerte. Algunos enfermos sufrían dolencias previas, tales como cardiopatías o diabetes, que provocaban la muerte en un cuadro de agravamiento por el contagio de la gripe. La infección podía causar problemas renales, cardíacos o cerebrales que igualmente conducían a la muerte.

Esquela de tres personas de la misma familia fallecidas en 1918 por la gripe en Segovia

El análisis de las estadísticas de los años 1918-1920 de defunciones por causa a partir de los certificados médicos plantea, por todo ello, muchas dificultades. Entonces, y siempre, el fallecimiento puede proceder de un encadenamiento de causas complejas. Habría que distinguir, en cada caso, entre causa inicial, causa inmediata o causa asociada y, en fin, causa principal. Por otra parte, la clasificación de las causas de muerte que comenzó en 1893 el médico y estadístico francés Jacques Bertillon se encontraba todavía en una fase de desarrollo relativamente embrionario, después de dos revisiones, lejos de la actual Clasificación Internacional de enfermedades o International Classification of Diseases (CIM o ICD-11), de la que la OMS ha elaborado ya la undécima revisión en el año 2018. Por todos estos motivos, las defunciones eran atribuidas a menudo por los médicos a otras enfermedades, y de forma bastante arbitraria, en los pocos países en los que se realizaban estadísticas detalladas de la mortalidad por causa.

Hay siempre, además, otros problemas en este tipo de situaciones. En muchas zonas, tanto urbanas como rurales, algunos pacientes morían en sus viviendas sin contraste de ningún tipo y tampoco se conocía bien la causa. Cuantificar el impacto demográfico exclusivamente por la gripe y otras enfermedades respiratorias supone, en fin, no medir la carga total de la pandemia en la mortalidad de los países. En resumen, el número de muertes provocadas en el mundo por la gripe en los años 1918-1920 es, de seguro, muy elevado pero también, con toda certeza, perfectamente desconocido.

En la parte superior, esquela colectiva por los eclesiásticos fallecidos por la gripe de 1918 en el obispado de Girona
La gripe de 1918-1920 en la Europa Latina

Una buena aproximación a la magnitud del impacto extraordinario de una enfermedad, o de una guerra, sobre una determinada población consiste en observar la tasa bruta de mortalidad; es decir, la cantidad de defunciones por cada 1.000 habitantes que se produce en el año correspondiente en comparación con datos relativos a los períodos inmediatos anteriores sin un accidente demográfico importante. Los datos de mortalidad se obtienen de la estadística oficial del movimiento natural procedente de las inscripciones en los registros públicos, disponibles en los países europeos desde el último tercio del siglo XIX.

El Registro del Estado Civil nace en Francia como desarrollo directo de los principios contenidos en la Constitución de 3 de septiembre de 1791, que disponía la plena secularización de los registros hasta entonces de naturaleza religiosa[17]. Esta institución pública, a raíz de la difusión internacional del Código Napoleónico de 1804, influye directa o indirectamente en la entronización gradual del Registro Civil oficial en España, desde el año 1870, y en todos los sistemas legales del mundo. Los graves perjuicios de orden personal y patrimonial que puede producir la falta de inscripción en el registro permiten asegurar que los déficits de estas series son estadísticamente poco relevantes en condiciones normales[18].

Los Dorey, una familia francesa, posan antes de la guerra de 1914-1918. Todos sus hijos varones fallecerían antes del armisticio, tres en combate y uno por la gripe española  (foto: Archives La Presse de la Manche)

Su estudio año a año permite sacar conclusiones seguras. Una forma fácil de valorar el impacto de la pandemia de 1918 en una determinada sociedad consiste en establecer los niveles relativos de la mortalidad comparativamente con otras sociedades cercanas que utilizaban sistemas de recuento de defunciones similares, a través de la tasa bruta de mortalidad, que permite eliminar la perturbación del análisis producida por las distintas dimensiones de la población en los universos sometidos al ejercicio. Para situar en su contexto el impacto que sufrió la población española de la gripe, procedo a comparar la tasa bruta de mortalidad de los países de la Europa Latina en los años 1917 a 1920.

Dentro de las agrupaciones de países que se pueden hacer en el continente, junto a la Europa escandinava o a la Europa eslava, se reconoce un ámbito territorial y cultural bastante bien delimitado que se puede calificar de Europa Latina y que se extiende en los territorios del espacio sudoccidental. De forma estricta, los países que forman parte de ella son España, Francia, Italia y Portugal, dejando de lado los microestados como los Principados de Andorra y de Mónaco o la República de San Marino. Además, añado dos países con una elevada proporción de su territorio también perteneciente al área cultural y lingüística latina, Bélgica y Suiza, lo que eleva la cifra total de los residentes por encima de los 117 millones de personas en 1920, como muestra la Tabla 3. En fecha de 2011, estos seis países suman unos 200 millones de habitantes, cerca de la mitad de la población total de la actual Unión Europea.

Las cifras de defunciones correspondientes a Francia, el país central de la zona, necesitan algunas indicaciones complementarias por razón de la complejidad del caso. Desde el año 1914 al 1918, el número de defunciones sobre el territorio procede de una estimación realizada por la administración pública francesa a partir de las estadísticas relativas a los 77 departamentos que no fueron invadidos durante la guerra por el ejército alemán y de las informaciones disponibles para los otros departamentos que sí lo fueron. Estas cifras de defunciones, sin embargo, se limitan a la población civil y no cubren las pérdidas de personal militar en la ejecución de sus funciones, que son aproximadamente 360.000 hombres en 1914, 320.000 en 1915, 270.000 en 1916, 145.000 en 1917 y 250.000 en 1918. Por este motivo, la Tabla 2 ofrece dos registros para Francia, tanto en cuanto a la tasa bruta de mortalidad, como al exceso de defunciones de 1918 y a la pérdida porcentual de efectivos en el país a causa de la mortalidad del mismo año 1918.

 

Tabla 2. Población y mortalidad en la Europa Latina, en 1918.

  Población

1920

Tasa bruta de mortalidad 1918 Exceso de

defunciones 1918

Pérdidas

porcentuales

Bélgica    7.405.569 21,25     45.523 0,61
España   21.388.551 32,66   244.689 1,14
Francia* (pobl. civil)   – 22,13   124.237 0,32
Francia* (pobl. total)   39.209.518 27,23   324.237 0,83
Italia*   39.396.757 29,60   476.922 1,21
Portugal     6.032.991 41,27   125.386 2,08
Suiza     3.880.320 19,34     20.693 0,53
Total 117.313.706 29,08 1.237.450 1,05

(*) La población total corresponde a 1921.

Fuentes: Censos de población y estimación propia con datos oficiales del movimiento natural de cada país.

El Gráfico 1 muestra las tasas de mortalidad por todo tipo de causas de los seis países en los años de 1917 a 1920, lo que permite la comparación entre ellos, así como la observación del ciclo pandémico de cada uno. La mayor mortalidad se registra, naturalmente, en 1918, año en el que también causaba numerosas defunciones la Primera Guerra Mundial. Portugal se mantuvo neutral al inicio de la conflagración, pero entró en ella oficialmente a raíz de la declaración de guerra de Alemania el 9 de marzo de 1916, habiendo sufrido numerosas bajas en su cuerpo expedicionario y en las tropas que operaban en África.

Para interpretar correctamente el gráfico, hay que considerar que España y Suiza fueron neutrales durante la guerra y, por tanto, resultaron poco afectados por la mortalidad bélica. El gráfico presenta solo las tasas de mortalidad estimada de la población civil cuando afectan a Francia, sin incluir a los militares fallecidos. En el caso de incorporarlos, sin embargo, la tasa de mortalidad de 1918 seguiría siendo inferior a las de España e Italia y, aún más, de Portugal.

 

Los seis países, como el resto del mundo, incrementaron de manera muy importante las cifras de defunciones en 1918. Pero el gráfico deja claro que la proporción de difuntos en Portugal, España e Italia, que ya era mucho más elevada en los años normales anteriores a la crisis, aumentó con una intensidad bastante superior que en Francia, Bélgica y Suiza donde ya era normalmente bastante más baja. Si la comparación se amplía al resto de Europa, se comprueba que las dos penínsulas mediterráneas se mantenían a niveles muy elevados respecto de todos los países nórdicos y centrales, por lo que sólo resultan cercanas a los países eslavos.

La última columna de la Tabla 3 mide las pérdidas de habitantes en porcentajes de la población total por causa del exceso de defunciones de 1918. La media se sitúa algo por encima del 1 por ciento debido al altísimo registro de Portugal y, mucho menos, de Italia y de España. Las pérdidas de Bélgica y, sobre todo, de Suiza fueron mucho más bajas. Los datos de 1919 y 1920 son más elevadas que en los años normales en Portugal, España y Suiza, pero no de una manera catastrófica.

 La incidencia en la población española

La serie histórica de la mortalidad del conjunto de España, disponible de forma completa para el largo período de 1880 a 2018[19], confirma la extraordinaria magnitud del impacto de la epidemia de gripe de 1918. El número total de defunciones de ese año fue de 695.758, el más elevado de toda la serie, hasta el punto de sobrepasar la cifra anual de mayor mortalidad de la Guerra Civil española de 1936 a 1939, que fue la de 1938 con 484.940, en más de 210.000 defunciones. En el ejercicio de 1918, a diferencia de lo que sucedía en años anteriores y posteriores, murieron en España más mujeres (348.731) que hombres (347.027).

En los dos años siguientes, 1919 y 1920, también se comprueba alguna sobremortalidad pero de magnitud mucho menor, debido a una tercera ola a partir de febrero de 1919 y de una cuarta ola que comenzaría en diciembre de 1919 y estaría activa básicamente en el primer trimestre de 1920. El Gráfico 2 presenta la serie histórica correspondiente a la mortalidad del conjunto de España entre 1910 y 1930. Como era de esperar, el año 1918 constituye el mayor pico de toda la curva. Pero también aparecen como anualidades de mortalidad superior a la normal los ejercicios de 1919 y 1920.

 

Las estimaciones que se han hecho de las muertes provocadas por la pandemia de gripe en España ofrecen resultados diferentes. Algún autor enfatiza la divergencia de los datos propuestos por los investigadores, que sitúan la cantidad de muertes por gripe en el conjunto del país entre 147.114 y cerca de 400.000[20]. El número de víctimas que se suele señalar para las defunciones provocadas por la gripe de 1918 es de “casi 190.000”[21], que resultan de sumar las muertes provocadas por causa explícita de gripe en 1918, 1919 y 1920. Algún historiador incrementa la cifra hasta más de 250.000, cerca de 260.000[22] y 270.000[23], mientras que un ejercicio de comparación internacional a escala de 14 países europeos anota 252.121 si bien se refiere exclusivamente al período de nueve meses que cubre desde junio de 1918 hasta febrero de 1919[24]. Un cálculo independiente señala para España 257.082 difuntos[25]. Todas estas cifras están bastante por debajo del dato global que he obtenido a través del método que se expone más adelante en el epígrafe siguiente, muy cercano a las 320.000 defunciones como coste demográfico de las cuatro oleadas de la pandemia en España.

Una parte importante de la subestimación de estos distintos cálculos procede de la utilización de los datos de mortalidad. La estadística de defunciones por causa permite una aproximación cuantitativa según las anotaciones de los certificados médicos de defunción. Pero conviene recordar que una gran parte de la mortalidad provocada se asoció a complicaciones de diversos órdenes, a menudo relacionadas con otras dolencias previas de los pacientes. El virus no suele provocar la muerte directamente porque ya lo hacen las infecciones secundarias bacterianas, causadas por cambios en el sistema inmunitario, y provocan que aumente la morbimortalidad. Por tal motivo, los médicos no siempre podían discernir la afectación del enfermo y a menudo indicaban como causa final de la muerte otras enfermedades respiratorias como la bronquitis y la neumonía, o aún incidentes cardíacos y de otro tipo que la gripe podría haber descompensado provocando la evolución mortal.

En la Tabla 3 se recogen las cifras que corresponden a la enfermedad gripal y a aquellas otras causas de muerte que pueden relacionarse con ella de forma directa en los tres años en que se produjeron las olas de la pandemia, además de las de los años inmediatamente anterior y posterior. Como era de esperar, se comprueba, un incremento muy grande de las defunciones que los médicos atribuyeron a la gripe como también a otras dolencias del aparato respiratorio y, aún, con anotaciones de diarrea o enteritis y otras. Los aumentos de defunciones que se registran son enormes y permiten avanzar algunas hipótesis. Por comparación con un año inmediato de mortalidad normal, como fue 1917, este procedimiento daría alrededor de 244.000 muertes provocadas por la gripe en los tres años 1918-1920. Se trata de un resultado muy cercano al que obtienen tanto Echeverri como Trilla y que permitiría proponer una cifra total más probable de entre 245.000 y 270.000, pero que, en realidad, mide aquellas defunciones reconocidamente provocadas por enfermedades respiratorias y no la totalidad de la afectación demográfica de las sucesivas oleadas, como se analiza en la sección siguiente.

 

Tabla 3. Difuntos en España por causa de muerte

    1917  1918  1919  1920  1921
Gripe     7.479 147.114    21.235    17.825    5.837
Bronquitis   35.105   46.734    33.987   35.787   30.743
Otras enfermedades respiratorias   30.467   51.330   31.367   33.715   29.930
Tuberculosis pulmonar   28.514   34.046   29.829   29.962   26.870
Neumonía   14.206   19.714   12.203   11.207   10.535
Diarrea y enteritis   65.309   80.923   70.063   76.483   75.833
Total 181.080 379.861 198.684 204.979 179.748

Fuente: INE, Anuario Estadístico de España 1951.

 

Centrándose en el año de la explosión de la pandemia, es interesante observar las trayectorias de unidades territoriales más pequeñas porque los efectos de la enfermedad aparecen muy diferenciados. Los datos de la tasa bruta de mortalidad pueden obtenerse para las actuales comunidades autónomas españolas, lo que da una información muy reveladora de la difusión y de la gravedad de la pandemia en la fase de máximo contagio que corresponde al año 1918, tal como se recoge la Tabla 4. La mayor incidencia se habría producido en Castilla y León, con una altísima tasa bruta de mortalidad de 43,38 defunciones por cada mil habitantes, que alcanza un máximo aun bastante más alto en la provincia de Burgos. También son muy elevadas las cifras de La Rioja y de Extremadura. Se encuentran, asimismo, por encima de la media española Andalucía, Castilla-La Mancha, Aragón, Murcia y Galicia.

Tabla 4. Población, defunciones y tasa bruta de mortalidad del año 1918

  Población a 1 de

julio de 1918

Total de defunciones Tasa bruta de mortalidad
Andalucía   4.218.513 142.024 33,67
Aragón      994.972   33.194 33,36
Asturias      743.566   23.281 31,31
Islas Baleares      338.759    8.599 25,38
Canarias      458.071    7.576 16,54
Cantabria      328.107  10.486 31,96
Castilla-La Mancha  1.642.663  55.139 33,57
Castilla y León  2.332.965 101.213 43,38
Cataluña  2.341.488  66.433 28,37
Comunidad Valenciana 1.745.514  51.727 29,63
Extremadura 1.052.498 38.132 36,23
Galicia  2.122.040  69.819 32,90
Madrid  1.065.281  28.165 26,44
Murcia     637.038  21.206 33,29
Navarra     330.237    9.922 30,05
País Vasco     764.872  21.480 28,08
La Rioja      191.751    7.362 38,39
España 21.305.619 695.758 32,66

Fuentes: estimación propia sobre datos del Anuario Estadístico de España de 1920 y Maluquer de Motes (1920).

 

Las comunidades autónomas de Navarra, Valencia, Cataluña, País Vasco y Madrid muestran registros más bajos que la media española. La pandemia afectó menos a las islas que a la península, siendo bastante baja comparativamente la tasa bruta de mortalidad de las Islas Baleares, si bien más elevada que en Suiza, Bélgica o entre la población civil de Francia. Caso aparte es el dato de Canarias, extremadamente bajo tanto en 1918 como en 1919, que sugiere una mínima incidencia de la gripe, aunque la gran emigración a América -especialmente a Cuba, Argentina, Uruguay y Venezuela- de sus habitantes en aquella época y en las décadas anteriores constituye una parte importante de la explicación de esta auténtica anomalía. La emigración canaria, a diferencia del resto de comunidades autónomas estaba integrada por parejas y sobre todo por familias enteras, sin proyecto de retorno, por lo que el ciclo migratorio de aquellas islas y sus consecuencias son totalmente diferentes a los de la Península y Baleares. Adicionalmente, como en otras oportunidades, la insularidad facilitó el aislamiento y el bajo impacto de la infección en uno y otro caso. De hecho, la incidencia importante de la pandemia en Canarias se produjo en 1920, a raíz del contagio de un emigrante gallego llegado en un vapor que había partido de Vigo hacia América. La isla más afectada fue Gran Canaria, aunque también hubo un gran aumento de las defunciones en Tenerife.

 

El exceso de mortalidad

Las cifras que he estado utilizando hasta aquí constituyen aproximaciones útiles construidas con datos estadísticos ciertos, pero no proporcionan resultados globales del impacto de un accidente demográfico, como podría ser una catástrofe natural, una guerra o una epidemia. La mejor medida del impacto demográfico de una enfermedad que produce la muerte de cantidades significativas de personas es la cuantificación de la sobremortalidad, también conocida como “exceso de mortalidad” por influencia de la expresión “excess death rate” del inglés. Se entiende por sobremortalidad o exceso de mortalidad la diferencia entre la mortalidad real, definida por el número total de defunciones por unidad de tiempo, y la media de las muertes producidas en la misma población en un período de igual duración inmediatamente anterior. Por tal motivo, la sobremortalidad puede ser observada únicamente a partir de una serie temporal de datos. La fuente estadística de la mortalidad, como del resto de variables del movimiento natural, es el Registro Civil. Mide directamente el impacto global, como interesa en un análisis como el nuestro que no es de carácter epidemiológico sino demográfico.

Cementerio de Nuestra Señora de la Asunción en Alicante, abierto en 1918 por la saturación del ya existente (foto: Hoja del Lunes)

El método del exceso de mortalidad ya fue utilizado en España por Díez Nicolás, que alcanzó la cifra de 221.521 muertes para todo el país por diferencia entre defunciones observadas y defunciones esperadas solamente en 1918[26]. A partir de una nueva valoración de la mortalidad de referencia, mi estimación asciende a la cifra de 244.690, un poco por encima de la hallada por Díez Nicolás. Sumando los datos que resultan del exceso de mortalidad de los años 1919 y 1920 -31.500 y 43.472, respectivamente-, mi cálculo incrementa la cifra total de defunciones en exceso de la pandemia gripal hasta 319.662. Esto significa, casi exactamente, un 15,00 por mil de los residentes en el país en aquellos años, muy lejos de los 26,88 que se obtendrían según las estimaciones de Johson y Mueller para todo el mundo publicadas en 2002, que -conviene recordarlo- creen probable una cifra final francamente superior. De todo ello se desprende una conclusión clara, y muy importante, respecto de la incidencia demográfica de la pandemia en España y consiste en que, resultando muy grande en comparación con los países europeos más avanzados, no fue especialmente grave en términos mundiales.

El empleo del método del exceso de mortalidad revela la magnitud de cualquier anomalía en el movimiento natural de la población y proporciona mayor calidad y precisión en las comparaciones entre universos distintos. Frente a la utilización de la tasa de mortalidad, presenta la ventaja de estar poco influida por la composición de las respectivas poblaciones. Por estas razones, la mejor medida de la incidencia de la pandemia se obtiene, justamente, de la sobremortalidad acumulada en los años 1918-1920. La cifra que se ha obtenido para el conjunto de España procede de aquellas que se produjeron en las diecisiete Comunidades Autónomas actuales -Ceuta y Melilla se incluían entonces en Andalucía. La Tabla 5 ofrece la desagregación correspondiente.

 

Tabla 5. Exceso de mortalidad en 1918-1920 y pérdida porcentual de efectivos

  Población a 1 de

julio de 1918

Exceso de mortalidad en 1918-1920 Pérdida porcentual de efectivos
Andalucía   4.218.513 63.845 1,51
Aragón      994.972 12.416 1,25
Asturias      743.566 10.495 1,41
Islas Baleares      338.759   3.602 1,06
Canarias      458.071   2.180 0,48
Cantabria      328.107    5.641 1,72
Castilla-La Mancha  1.642.663 24.965 1,52
Castilla y León  2.332.965 38.899 1,67
Cataluña  2.341.488 31.735 1,36
País Valenciano  1.745.514 27.077 1,55
Extremadura  1.052.498 13.826 1,31
Galicia  2.122.040 33.244 1,57
Madrid  1.065.281 14.348 1,35
Murcia     637.038 15.883 2,49
Navarra     330.237   4.936 1,49
País Vasco     764.872 13.115 1,71
La Rioja      191.751   3.453 1,80
España 21.305.619 319.662 1,50

Fuentes: estimación propia sobre datos de los Anuario(s) Estadístico(s) de España de 1920-1922 y Maluquer de Motes (2020).

 

En estos términos, el balance se muestra bastante distinto al que se obtuvo con los datos de la Tabla 4. Murcia aparece como la región que sufrió daños mayores y, además, con mucha diferencia respecto a todas las demás. También padecieron muy gravemente las consecuencias de la pandemia, aunque con efectos mucho más atenuados, La Rioja, Cantabria, el País Vasco y Castilla y León. Un grupo de regiones sobrepasaron asimismo la media española. Está integrado Por Galicia, Comunidad Valenciana, Castilla La Mancha y Andalucía. Casi en la media se halla Navarra y algo por debajo Asturias. Fueron todavía muy importantes, si bien sustancialmente menos dramáticas que la correspondiente al conjunto de España, las cifras que corresponden a Cataluña, Madrid, Extremadura y Aragón. El dato de las Islas Baleares queda muy por debajo y mucho más todavía el de las Islas Canarias. Se confirma, por tanto, que el aislamiento y la insularidad fue una inmensa ventaja en el objetivo de reducir el contagio a niveles menores. En ambos casos, por demás, está documentado el inicio del contagio a partir de la llegada de una persona infectada en sendos buques, así en Andratx -S’Arracó- como en La Palma.

Estadística de fallecidos en Aranda de Duero por la gripe de 1918 (Diario de Burgos, del archivo de Máximo López Vilaboa)
Efectos colaterales

La pandemia de gripe de 1918 afectó de manera muy distinta a la población española y mundial según las respectivas edades. Las epidemias gripales suelen golpear mucho más a determinados grupos de edad que se consideran de riesgo, los menores de 1 o 2 años y, sobre todo, los mayores de 65, muy a menudo afectados por dolencias previas y, todavía, pacientes de enfermedades crónicas. La pandemia de 1918 incidió gravemente, en efecto, sobre las personas en las edades extremas de la vida, tanto en el grupo entre 0 y 5 años como en el de los 65 años y más, tal como muestra la Tabla 6 que clasifica por grupos de edad hasta 229.353 registros de exceso de defunciones en España durante el año 1918, con cifras obtenidas por diferencia con el año precedente de 1917. Los niños entre 5 y 14 años resultaron altamente contagiados, pero con una tasa de mortalidad mucho menor que los grupos de edad superiores.

 

Tabla 6. Distribución por edades del exceso de defunciones en España en el año 1918

  Exceso de defunciones     Exceso de defunciones
0 a 1 18.651   30 a 34 23.067
1 a 4 36.296   35 a 39 15.947
5 a 9 13.079   40 a 44 11.777
10 a 14   9.489   45 a 49   8.081
15 a 19 16.490   50 a 54   7.093
20 a 24 19.834   55 a 59   4.861
25 a 29 24.635   60 y más 20.053

Fuente: estimación propia con datos del Anuario Estadístico de España de 1919.

 

La distribución del exceso de mortalidad por grupos de edad presenta en esta ocasión una particularidad muy especial en España, que corresponde a una pauta epidemiológica que también se comprueba en todas partes del mundo en aquella fecha de 1918: las defunciones aparecen de forma anormalmente intensa entre las personas pertenecientes a los grupos de edades intermedias. Las cifras de fallecidos entre los segmentos de adultos jóvenes, entre 20 y 40 años sobre todo, son muy elevadas. Pero si los datos absolutos ya son bastante destacables, en términos de aumentos porcentuales alcanzan registros altísimos, que modernamente han sido explicados por un efecto de sobrerreacción inmunitaria defensiva, conocido como choque citoquínico o tormenta de citocinas (del inglés cytokine storm).

 

El Gráfico 3 muestra los porcentajes de incremento que suponen los totales de defunciones de 1918 en proporción con los registrados en 1917 para los diferentes grupos de edad que reconoce la estadística española de aquellos años. Los datos originales son los mismos de la Tabla 6, pero ahora expresados en variaciones porcentuales respecto a la cifra de la anualidad precedente. Esta forma de presentar la información justifica la observación, hecha ya en la época, y también modernamente, por casi todos los especialistas, del fortísimo impacto de la pandemia sobre las edades intermedias. La incidencia por grupos de edad en esta ocasión fue desproporcionadamente intensa para los segmentos de adultos jóvenes. No tiene nada de extraño. Resultados similares han sido obtenidos sobre datos de Madrid, París y Roma[27] y, en general, en todo el mundo.

 

 

La enorme incidencia sobre los adultos jóvenes provocó, además de un gran incremento de las defunciones, un aumento extraordinario de los Años Potenciales de Vida Perdidos (APVP), con una repercusión muy grande sobre la oferta de trabajo y la dotación de capital humano de las sociedades afectadas. Algunos autores encuentran que grandes proporciones de las muertes vinculadas a la gripe en Estados Unidos durante las distintas pandemias del siglo XX, no sólo en la de 1918-1920 sino también en las de 1957-1958 y 1968-1969, afectaron a las personas con menos de 65 años. En los diez años siguientes a las grandes olas, en cambio, estos grupos de edad intermedia alcanzan proporciones decrecientes dentro de la mortalidad general, reflejando, probablemente, una adquisición selectiva de protección inmunitaria contra las enfermedades mortales[28].

Retratos familiares de varias víctimas de la gripe en 1918: Mercedes Castro Mosquera, Josefa Antón Agulló y Josefina Asencio Blasco (fotos: Memoria Digital de Elche)

La distribución de la sobremortalidad registrada en 1919, que concentra el exceso de defunciones sobre todo en el primer trimestre, sigue de cerca la del año precedente y, por tanto, confirma las mismas características en cuanto a la distribución por edades. En cambio, el fuerte rebrote que tuvo lugar a finales de ese año y, sobre todo, al inicio de 1920 afectó de forma preferente a los niños más pequeños, especialmente entre 0 y 1 años, completamente privados de protección inmunitaria.

La elevada cifra de las defunciones en toda España entre los jóvenes adultos, con edades intermedias, de 1918-1919 produjo posteriormente, en un plazo de tiempo muy breve, un notable incremento de la nupcialidad, lo que constituye otra de las singularidades demográficas españolas de aquel momento tan trágicamente peculiar. El número total de matrimonios en España del año 1919, cuando los estragos de la “explosión” de la gripe ya estaban básicamente consumados, ascendió a 167.395 lo que suponía un aumento de 26.042 matrimonios respecto a la cifra del año anterior, casi un 20 por ciento más. En 1920, el total subió todavía más, hasta los 175.677 matrimonios. El Gráfico 4 presenta la evolución entre 1910 y 1924 y permite referirse a un verdadero boom de los matrimonios (marriage boom), como un efecto destacado de la incidencia demográfica de la pandemia, pero poco comparable al que se produjo a mediados del siglo XX por causas totalmente diferentes[29].

 

Una parte de estos matrimonios celebrados en los años 1919-1922 podría corresponder a uniones aplazadas del último trimestre de 1918 y primeros meses de 1919 por causa de la propia pandemia de gripe. Pero el aumento del dato de 1921 sobre el de 1917 es también notable ya que ascendió a 25.277 nuevos matrimonios. La cifra de 1919 supone el mayor aumento de la nupcialidad española que se produjo durante los cuarenta primeros años del siglo XX y la de 1920 el máximo histórico de aquel período.

Retratos de bodas fechados entre 1918 y 1920. De izquierda a derecha: villenacuentame.com, diario La Rioja y quintodeebro.com)

Las cifras de la nupcialidad bajaron en los años siguientes, desde 1921, aunque permanecieron a un nivel superior al de antes de la pandemia. Se trata, por tanto, de un auténtico boom de la nupcialidad provocado por las consecuencias de la enfermedad y prolongado por la relativa prosperidad de la década de 1920-1930. Aparte del pequeño efecto que tuvo el aplazamiento de matrimonios previstos para el 1918, la causa principal fue el aumento neto del número de matrimonios con la distribución que explicita la Tabla 7. La última columna muestra que fue, en una muy gran parte, un fenómeno de reconstrucción protagonizado por bodas entre viudos o bien entre viudo y soltera así como, con menor magnitud, entre soltero y viuda, debido a la destrucción de parejas por la pandemia.

 

Tabla 7. Variaciones en el número de matrimonios de 1919 sobre el año anterior

  1918 1919 Diferencia Variación en %
Solteros 124.727 140.014 15.287 12,26
Soltero y viuda    2.330    3.284     954 40,94
Viudo y soltera   10.231  17.200  6.969 68,12
Viudos    4.065    6.897  2.832 69,67
Total 141.353 167.395 26.042 18,42

Fuente: estimación propia con datos del Anuario Estadístico de España de 1920.

 

A pesar de este comportamiento de la nupcialidad, la evolución de la fecundidad no parece haber experimentado ninguna variación significativa como consecuencia de la gripe y del aumento de los matrimonios, salvo un descenso no demasiado acusado de 1919. Las series de nacimientos no reflejan un fenómeno de elevación significativa en los años siguientes, como podría esperarse atendiendo a la evolución de la nupcialidad. No se detecta en España, pues, que la pandemia de gripe de 1918-1919 hubiera provocado un baby-boom como el que se comprueba en Noruega en 1920[30].

Ambos países, España y Noruega, mantuvieron una posición de neutralidad durante la Primera Guerra Mundial y compartieron la circunstancia de no haber enviado hombres a los frentes de batalla, salvo algunos contingentes de voluntarios. La diferencia del caso de España con el de Noruega procede de la muy superior mortalidad que se produjo por causa de la gripe y, en concreto, por los efectos de la sobremortalidad de jóvenes adultos, acentuada en mujeres en edad fértil, que condujo, los años siguientes, a una perceptible disminución de la natalidad[31]. Se podría entender, por tanto, que los nuevos matrimonios de los años 1919 y 1920 en España operaban una especie de efecto sustitución de parejas existentes antes de la infección sin aumentar sustancialmente el número total de familias.

 

Conclusiones

La pandemia de gripe de los años 1918-1920 es la mayor catástrofe demográfica que ha sufrido la humanidad. Las cifras de vidas perdidas por este motivo son muy diversas debido a la falta de datos específicos para gran parte del mundo y también por la auténtica imposibilidad de identificar de una manera exacta la acción de la enfermedad, a menudo asociada en los efectos a otras de carácter respiratorio o de diferentes tipos. La cifra que se considera más probable estaría alrededor de unos 50 millones de muertos, aunque la realidad hubiera podido ser incluso mucho peor.

La comparación con los datos de los otros países de la Europa Latina, muestra que Portugal, España e Italia sufrieron en términos relativos más defunciones que Francia y mucho más aún que Bélgica y Suiza. La cifra de defunciones producidas en España el año 1918 alcanzó el máximo histórico, muy por encima de cualquier otra anualidad, incluidas las de la Guerra Civil de 1936-1939. No obstante, puestas en relación con las estimaciones del impacto de la pandemia a nivel global, las cifras sugieren que la incidencia demográfica de la gripe en España, siendo muy grande en comparación con los países europeos más avanzados, no fue especialmente grave en términos mundiales.

El ejercicio de estimación de la sobremortalidad o exceso de mortalidad en España para el conjunto de los tres años de la pandemia proporciona una cifra de 319.662 defunciones, bastante superior a todos los cálculos realizados hasta la actualidad. La desagregación de los datos según las actuales Comunidades Autónomas demuestra que el mayor daño demográfico, con gran diferencia, fue para Murcia. también padecieron los estragos de la pandemia muy por encima de la media española La Rioja, Cantabria, País Vasco y Castilla y León, por este orden. Bastante por debajo del promedio se clasifican Cataluña, Madrid y Extremadura. Las cifras de Aragón fueron todavía más bajas. Pero los territorios menos devastados por la pandemia fueron los dos archipiélagos: las Islas Baleares y, sobre todo, las Canarias.

Cortejo fúnebre de una joven de familia acomodada de Torrevieja, c. 1918. (foto: A. Darblade – Colección de F. Sala)

La incidencia por grupos de edad en esta ocasión fue desproporcionadamente intensa para los adultos jóvenes, entre 20 y 40 años en las dos oleadas más graves, la de otoño-invierno de 1918 y la de invierno-primavera de 1919. Resultados similares han sido obtenidos sobre datos de ciudades y países y, en general, en todo el mundo. La causa de los terribles estragos que produjo la pandemia entre los adultos jóvenes se atribuye al desencadenamiento de una tormenta de citocinas como reacción al ataque del virus, de modo que un sistema inmunitario especialmente potente habría podido constituir, paradójicamente, una severa desventaja para vencer la enfermedad.

La investigación ha permitido detectar como consecuencia del gran incremento del número de defunciones en España un boom de nupcialidad (marriage boom) en los años 1919, 1920 y 1921 que ejerce apenas un efecto de sustitución de las parejas destruidas por la enfermedad, como se evidencia por la gran cantidad de personas viudas que contrajeron nuevas nupcias y también por la inexistencia del aumento de la fecundidad que se podía haber esperado y que se produjo en otros países.

* Este trabajo constituye una versión resumida y parcial de una investigación que se publicará en el próximo número del Butlletí de la Societat Catalana d’Estudis Històrics (otoño de 2020).

** Su amplia bibliografía en  Dialnet, desde  El socialismo en España: 1833-1858 (1977) a La economía española en perspectiva histórica (2014).


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[12] Rohrbasser (2014), p. 13.

[13] Guénel (2004), p. 171.

[14] Crosby (2003).

[15] Johnson y Mueller (2002). Echeverri (2018).

[16] Mamelund (2004), p. 272.

[17] Noiriel (1993).

[18] Maluquer de Motes (2008).

[19] Maluquer de Motes (2020).

[20] Granero (1981), p. 99.

[21] Carrillo, Castellanos, Ramos y Rosado (1985), p. 22.

[22] Trilla, Trilla y Daer (2008).

[23] Echeverri (1993) y (2018).

[24] Ansart, Pelat, Boelle, Carrat, Flahault y Valleron (2009).

[25] Johnson y Mueller (2002), p. 113.

[26] Díez Nicolás (1985), p. 45.

[27] Erkoreka (2010).

[28] Simonsen, Clarke, Schonberger, Arden, Cox y Fukuda (1998), pp. 53-60.

[29] Van Babel y Reher (2013).

[30] Mamelund (2004).

[31] Rodríguez Ocaña (1991), p. 143.


Portada:  entierro en el Barrio de la Fuente de San Luis (Valencia). Año 1918 (foto: liturgia.mforos.com)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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