Reseña de libros
 
Historiador, egresado de la Escuela Normal Superior de París-Ulm. Es profesor y posdoctorando en Sciences Po Paris.
 

Atrapada entre las grandes epidemias del pasado y el horror de la Primera Guerra Mundial, la gripe de 1918-1919 ha tardado en ser reconocida como un gran desastre sanitario y social. Se trató de una enfermedad desconcertante cuando se pensaba que la revolución de Louis Pasteur parecía haber triunfado sobre las grandes epidemias. Algunas reacciones y discusiones de entonces resuenan en estos tiempos de nuevos virus globales.

Cuando la «gripe española» mató a millones
Ambulancia de la Cruz Roja en St. Louis, Missouri, octubre de 1918 (foto: National Archives and Records Administration)

Al encontrarse entre las grandes epidemias del pasado y el horror de la guerra mundial, durante mucho tiempo resultó difícil reconocer la gripe de 1918-1919 como un gran desastre sanitario y social. Las reacciones ante la epidemia actual dan testimonio de una negación recurrente frente a una enfermedad que desconcierta.

Unos días antes de morir por el flagelo que devastó al mundo en 1918, Guillaume Apollinaire aún encontró la fuerza para ironizar sobre esta gripe «mundana» contraída por el rey de España, Alfonso XIII: «Sin cantar todavía victoria, podemos entrever ahora el fin de la epidemia. (…) La gripe española solo será un mal recuerdo». Debilitado por una herida de guerra, el poeta falleció el 9 de noviembre, mientras se disparaba el número de víctimas de lo que en adelante la prensa francesa y la angloparlante llamaron «gripe española».

La denominación era poco adecuada porque, si bien la gripe se manifestó de forma virulenta en España desde la primavera de 1918, su origen se hallaba indudablemente en el Medio Oeste de Estados Unidos. Zoonosis, es decir, enfermedad infecciosa transmitida de animales vertebrados (aves, porcinos y bovinos especialmente) a humanos, la gripe de 1918-1919 ya pertenecía al tipo H1N1, que se hizo famoso en 2009 por una erupción que despertó preocupación mundial. Las fuerzas motoras de la globalización y el contexto particular del final de la Primera Guerra Mundial explicaron su rápida circulación durante casi dos años en todo el planeta: se convirtió en la primera pandemia verdaderamente global y dejó entre 50 y 100 millones de víctimas.

El libro que el historiador de la salud Freddy Vinet dedica en 2018 a esta gripe rastrea los desafíos que planteó una enfermedad cuyo alcance fue difícil de estimar incluso para sus contemporáneos. Vinet advierte acerca de la dificultad de «pensar la gripe», cuando la revolución pasteuriana parecía triunfar sobre las grandes epidemias y el conflicto mundial concentraba la atención debido a sus sangrientas cosechas. Esta incredulidad fue aún mayor en tanto la gripe, si bien golpeaba de manera muy desigual a las clases sociales y los grupos étnicos, en Europa arrasaba con lo que quedaba de una generación joven ya muy afectada por la guerra

Tumbas de soldados estadounidenses fallecidos por la gripe en un cementerio de Devon (Inglaterra) en marzo de 1919 (foto: National Archives and Records Administration)
Tres oleadas mortales

Si la gripe desconcertó en aquella época fue porque golpeó en tres oleadas, cuya cronología varía marginalmente según la región del mundo. Entre abril y julio de 1918, una primera ola mostró en Francia una alta morbilidad, especialmente en las guarniciones, pero la tasa de mortalidad se mantuvo relativamente baja. La sensación de reflujo de verano fue engañosa, ya que en agosto-septiembre comenzó una segunda oleada, en la que se multiplicaron las infecciones pulmonares mortales. Hasta un tercio de la población se vio afectada por la enfermedad, mientras que muchos de los pacientes más jóvenes murieron. La mortalidad alcanzó su punto máximo en el grupo de edad de 25 a 34 años, lo que provocó consternación entre los médicos. A principios de 1919, una tercera ola trajo nuevamente una alta morbilidad, pero un menor número de muertes.

Más allá del análisis global de la pandemia, Vinet subraya el desarrollo por «estallidos» de infección en contextos locales. En la Francia rural, la epidemia raramente golpeaba durante más de dos semanas el mismo pueblo y solo se mantenía de manera persistente en las grandes ciudades. De repente, las unidades militares se encontraron incapacitadas, como la flota británica que debió reducir sus salidas en mayo de 1918 porque 10% de sus efectivos no respondió al llamado. Estos brotes desbordaron a los servicios de salud ya afectados por la guerra, como señalaba un integrante del Parlamento el 18 de febrero de 1919: «Actualmente hay una gran cantidad de enfermos que padecen neumonía gripal; muchos mueren por falta de atención, por falta de médicos».

Tan importantes como los aspectos de los cuales el historiador lleva un registro son aquellos que se le escapan por falta de fuentes o de atención. Los periódicos informaban que el presidente Woodrow Wilson y Georges Clemenceau debieron hacer un breve reposo, pero se sabe poco sobre el servicio doméstico en el oeste de París, que provocó un aumento de la mortalidad en esos barrios acomodados. Menos conocida aún es la difícil situación de las clases trabajadoras y los negros en Estados Unidos. En cuanto a las poblaciones asiáticas –especialmente indias– o de Oriente Medio, su suerte sigue siendo en gran medida ignorada, lo que explica las variaciones en los resultados generales de la epidemia. Una cifra da la idea de estos desfasajes: mientras la gripe mató a unas 240.000 personas en Francia, hubo más de cuatro millones de muertes en la isla de Java, cuya población era similar.

Escolares japonesas protegidas con mascarillas contra la gripe (foto: archivo Bettmann)
El desarrollo de las sociedades…

Más allá de estas variaciones geográficas, el libro muestra cómo la gripe intervino a contratiempo respecto de la historia canónica de la medicina. Durante mucho tiempo, esta tendió a presentar la revolución pasteuriana como el comienzo de una marcha triunfal contra las enfermedades infecciosas, poniendo fin al «miedo azul» que el cólera creó en el siglo XIX. Aunque la peste golpeó con fuerza en Manchuria en 1910-1911 y la gripe misma experimentó un episodio virulento en 1889-1890, la «gripe española» ya no parece corresponder a su época. Los médicos estaban desorientados, lo que alimentó la búsqueda errática de curas milagrosas por parte de la población.

La mirada retrospectiva no disipa todas las incertidumbres. Ahora se sabe el tipo de virus y se puede describir el contagio de esta gripe, pero no hay consenso respecto a las posibles mutaciones del virus y al papel de los factores ambientales. Si bien el proceso de contagio ya se conocía en aquel momento, la búsqueda de determinantes climáticos o meteorológicos continuó preocupando a los contemporáneos, mientras que aumentaban las observaciones relativas a las predisposiciones y comorbilidades. Los neumococos causantes de infecciones pulmonares atacaban así a personas ya vulnerables, por ejemplo debido a los gases de la guerra.

Las señales contradictorias que diera la epidemia durante sus diferentes oleadas se suman a esta confusión y explican las palabras inicialmente tranquilizadoras de los médicos. De ahí que el 10 de septiembre de 1918 –en vísperas de la segunda ola– el Journal de Médecine et de Chirurgie Pratique pudiera escribir: «La gripe es una enfermedad relativamente leve, para la cual las medidas de cuarentena o desinfección en las fronteras aplicables a otras enfermedades serían injustificadas y, además, inútiles». Unas semanas después, el tono cambiaba por completo.

Portadores de la Cruz Roja durante la Gripe Española. Washington DC. (Gaceta Médica)
… y las «altiveces del gobierno»

La censura y la autocensura de la prensa de los países beligerantes explican que no se llegue a conceder una gran importancia a la gripe hasta el otoño de 1918. Los mismos médicos militares, en la primera línea de vigilancia y autores de valiosos informes para analizar la epidemia, no podían descuidar las demandas del esfuerzo de guerra. En contraste, la prensa española informaba ampliamente sobre la epidemia, lo que apoya la idea del origen hispánico del virus. Esta desorientación traducía la dificultad para ubicar los circuitos de la epidemia en una economía globalizada: el tiempo de las «plagas de Oriente», que podían ser contenidas mediante una mezcla de cuarentenas focalizadas y mecanismos sanitarios, había terminado.

Por eso no resulta sorprendente que las medidas tomadas por las autoridades de los diferentes países no terminaran de hacer frente a la catástrofe sanitaria. No querían cerrar las fronteras para no bloquear los suministros de guerra ni se atrevían a tomar medidas demasiado drásticas para la vida económica, cultural y social, a fin de no agravar las consecuencias de la contienda bélica. Las medidas profilácticas rara vez se aplicaban a escala nacional, y las autoridades locales recibían «el desagradable privilegio (…) de tomar medidas impopulares para controlar la propagación tanto como sea posible».

Esta reacción débil nos recuerda que los factores políticos, diplomáticos y sociales en las medidas tomadas pesan a menudo más que las consideraciones médicas y sanitarias. La falta de personal médico y de enfermería, así como la escasez de equipos, dificultaron el manejo satisfactorio de los pacientes en todas las áreas afectadas. Al mismo tiempo, hubo vacilaciones acerca del cierre de escuelas, lugares de entretenimiento y de reunión, y la población no terminó de incorporar las medidas profilácticas. Fue finalmente el ausentismo creciente lo que obligó a revisar las reglas de funcionamiento, como en el caso del metro de París, cuya circulación se redujo fuertemente en octubre de 1918.

Desinfección de un autobús en Gran Bretaña como medida de prevención contra la gripe, en enero de 1920 (foto: Davis-Getty-Images)

Considerando el desastre sanitario que constituyó a escala mundial, la gran gripe dejó solo una marca débil en la memoria debido a que no logró «entrar en resonancia» con el resto del siglo XX: si bien su nombre sigue siendo proverbial, sus realidades subyacentes se desvanecieron. Su cronología difusa no se presta a la descripción canónica de las grandes catástrofes, y finalmente su banalidad, apenas distinguible de la gripe estacional, hizo que este «enemigo invisible» fuera desvaneciéndose en favor de las grandes epidemias más antiguas.

Además del poco interés de la historia médica hasta la década de 1980 por este episodio, el libro de Vinet recuerda con acierto la mala conciencia de una generación que prefirió glorificar la muerte de sus hijos en la guerra más que la provocada por la gripe, incluso para disimular «su negligencia y su impotencia durante este episodio». Pero ¿el lado político de este episodio no explica también su recuerdo incierto? La grande grippe se hace eco de los cuestionamientos acerca de la capacidad de los regímenes liberales para responder al desafío epidemiológico, siguiendo la línea del historiador estadounidense Alfred W. Crosby, quien señaló que «durante una epidemia, la democracia puede ser una forma peligrosa de gobierno»Si, por un lado, la epidemia de Covid-19 nos recuerda que el «retorno de las epidemias» les concierne tanto a Europa como a otras regiones del mundo, a pesar de los considerables progresos en materia de medicina y virología, pone a prueba sobre todo la capacidad de reacción de las sociedades ante una amenaza colectiva e intuitivamente inasible. Esta víspera de primavera, en la que el mundo se encuentra, nuevamente, bloqueado/«engripado», revela de hecho el enorme desfase de las «culturas epidemiológicas», alimentadas por la historia inmediata o más lejana.

Campamento de cuarentena en Wallangarra (Australia) en 1919 (foto: Biblioteca Estatal de Queensland)

Nota: la primera versión, en francés, de este artículo fue publicado en La Vie des idées con el título: «Une grippe à cent millions de morts». Disponible en https://laviedesidees.fr/Freddy-Vinet-grande-grippe-1918-pire-epidemie-siecle.html. Traducción Lucas Bidon-Chanal.

1. El ejemplo de Samoa Americana, que bajo el gobierno autoritario del gobernador John Martin Poyer aplicó una drástica cuarentena y escapó a la epidemia, se opone aquí a la actitud de laissez-faire de la vecina Samoa Occidental, bajo administración fiduciaria de Nueva Zelandia, donde murió el 22% de la población. Vinet refiere acá a la obra clásica de Alfred W. Crosby: America’s Forgotten Pandemic. The Influenza of 1918, Cambridge, Cambridge University Press, 2003 (1989).

Freddy Vinet, La grande grippe. 1918. La pire épidémie du siècle (Vendémiaire, París, 2018).

Fuente: Nueva Sociedad, Marzo 2020

Portada: Agentes de Seattle con mascarillas protectoras (National Archives and Records Administration)

Imágenes: Conversación sobre la historia
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