Noticia de libros

 

 Aleix Romero Peña
Profesor de Geografía e Historia en el IES Práxedes Mateo Sagasta de Logroño.
Autor, entre otras publicaciones, de Reformar y gobernar: una biografía política de Mariano Luis de Urquijo (2013)

 

 

Introducción y epílogo. Fragmentos  [*]  

En 1928, en el marco de una serie de reportajes basados en su profundo vínculo con la provincia riojana, el periodista y escritor Paulino Masip publicó un texto acompañado de fotografías sobre las operarias tabaqueras logroñesas. En su característico estilo ligero y humorístico, Masip destacó el orgullo diferenciador que imprimía ser operaria en la Fábrica de Tabacos en el Logroño de aquella época: “«ser de la Fábrica» o «ir a la Fábrica» […] ha sido, durante muchos años, cualidad de selección en el trato social”.

Mucho se ha escrito sobre la aristocracia obrera desde que Eric Hobsbawm la distinguiera en la Inglaterra victoriana mediante una serie de criterios analíticos, entre los que tiene especial importancia el nivel y la regularidad de los ingresos. Pero, para el caso español, se ha negado explícitamente que las cigarreras formaran parte de esta aristocracia, por más que compartieran algunas de sus características generales, entendiendo que este concepto ha sido implícitamente concebido en términos masculinos.

Tabaqueras logroñesas en Estampa, 25 de diciembre de 1928

Lo más curioso del asunto es que esta tesis se contrapone a la visión que tenían los propios contemporáneos de aquellas mujeres. Masip, que por supuesto no era historiador y no estaba siquiera interesado en hacer de su breve texto un esbozo sociológico, habla literalmente de “aristocracia” cuando se refiere a ellas. Con esto, no hace sino mostrar un sentimiento admirativo, compartido por el imaginario popular logroñés –el cual, conviene tener en cuenta, nos ha sido transmitido por voces predominantemente masculinas–, hacia un empleo bien remunerado, hasta el punto de posibilitar cierta independencia económica; como festejan las rimas de Luis Martínez Pineda, el jornal de un puesto en la Fábrica de Tabacos implicaba asegurar el “sustento de cien hogares/consuelo de muchas lágrimas”. Y por ello estaba asimismo bien reconocido socialmente.

Desde luego que la situación de estas operarias no era por ejemplo comparable con las de sus compañeras conserveras, de las que Miguel Maestre, que hacía las veces de corresponsal de La Rioja en localidad conservera por excelencia, Calahorra, no pintaba un panorama muy halagüeño:

“A cualquiera que haya visto el negocio de una fábrica de conservas, que calcule la humedad de la estancia, el laboreo con la manchosa mercancía y lo que cuesta embotar una tarea, no ha de parecer[le] la remuneración suficiente, los seis reales por cada descientos [sic] botes”.

Cuadro artístico del Centro Obrero de Logroño (foto: La Rioja, 17 de febrero de 1912)

Pero aunque las operarias tabaqueras disfrutasen de grandes ventajas en comparación con otras trabajadoras industriales, al igual que las conserveras sufrían una discriminación específica por el simple hecho de ser mujeres. No eran tratadas como los hombres de la Fábrica de Tabacos, quienes, pese a ser menos en número, se encargaban de las tareas que requerían más pericia técnica. Además, cobraban bastante menos que ellos.

Conscientes de la existencia, junto a la de clase, de otra brecha de género, las dirigentes tabaqueras más carismáticas, como Luisa Marín Lacalle, animaron a otras trabajadoras a unirse sindicalmente para que “convenientemente agrupadas, puedan defender lo que como obreras y trabajadoras les corresponde, sin que se amedrenten de las amenazas [de] que puedan ser objeto”. Estas palabras, pronunciadas precisamente en Calahorra, evocaban la trayectoria sindical que llevaba manteniendo desde 1919 la Unión Tabacalera para apoyar los intereses de una plantilla mayoritariamente femenina.

El Socialista, 16 de julio de 1920

A comienzos de la década de los treinta del pasado siglo –época en que las mujeres comenzaron a conquistar importantes cotas de protagonismo en el espacio público, especialmente a partir del derecho al voto–, justo cuando Luisa estimulaba a sus compañeras calagurritanas, la lucha obrera de la Unión Tabacalera ya era un ejemplo, no solo como modelo de organización obrera, sino como muestra también de la visibilización alcanzada por las propias mujeres trabajadoras.

 

¿Cómo se desarrolló aquella historia? ¿Quiénes fueron sus protagonistas? ¿Con qué obstáculos hubieron de enfrentarse? ¿Cuáles fueron los resultados que obtuvieron? Estas son algunas de las preguntas que trataremos de responder en las siguientes páginas.

***

1860-1936. En este periodo de 76 años las trabajadoras riojanas vivieron una historia excepcional. Para comenzar, hemos visto que, más que indicar un número exiguo, la parquedad de las fuentes responde a un intento deliberado por parte de los recopiladores de datos de silenciar la contribución de las mujeres al temprano desarrollo de la industria de la provincia. Pero durante estos años pasaron del anonimato más absoluto, síntoma revelador de su posición marginal –debido a que se encontraban situadas en los márgenes de la sociedad, no porque, como venimos viendo, se mantuviesen ajenas al proceso de evolución histórica–, a cierta visibilidad que posibilitó poner el foco en algunos de los problemas estructurales derivados de su doble condición de mujeres y de obreras; condiciones que fundieron en una nueva identidad que las reafirmaba cultural y socialmente.

Tribuna de cigarreras durante la visita de Alfonso XIII en 1903 (imagen: Conde de Polentinos/FPH, DCP-A, 5998)

Esta identidad se desarrolló gracias a los sindicatos. De la importancia de estos hemos visto unos cuantos apuntes. Eran los órganos de representación de los obreros, la primera instancia a la que dirigirse en caso de litigio laboral. Eran además una escuela de conocimientos técnicos y teóricos; una cooperativa –para aquellos que la tenían– donde adquirir productos más baratos; un lugar donde mantener debates políticos y sociales; y un espacio para la sociabilización de los miembros de la clase obrera. Eran modelos precursores a escala reducida de las sociedades ideales del futuro, constituyendo frente a la sociedad del presente un más que claro referente emancipador e igualitario. Y, tal vez lo más destacado, simbolizaban la unión y la fuerza del proletariado.  

Trabajadoras de varias industrias trataron de crear un entramado, una sociedad como entonces era llamada de resistencia, pero fracasaron, bien por la endeblez de sus redes, bien porque sus compañeros o sus familiares no supieron comprenderlas y prestarles el apoyo necesario. Solo tuvieron éxito en este cometido las operarias tabaqueras, debido, sobre todo inicialmente, a las particulares circunstancias de la organización de su ramo industrial.

Obreras de la fábrica de tabacos posan frente a la Escuela de Oficios junto a sus compañeras de San Sebastián, Santander y Bilbao (foto de Gumersindo San Salvador en La Libertad, 10 de mayo de 1929)

Con las tabaqueras, los sindicatos de mujeres o simplemente feminizados dejaron de ser una rareza para convertirse en todo un modelo y referente de lucha. Fueron precisamente ellas las que hicieron ver que ni sindicatos ni huelgas eran patrimonio exclusivo de los hombres. También consiguieron hacer entender que sus motivaciones para protestar podían ser igual de racionales, así como que eran capaces de dar batalla tanto en las calles como en los despachos. Y lo más importante: demostraron que igual que eran capaces de trabajar con hombres en fábricas y talleres, también podían luchar con ellos codo con codo.

Las trabajadoras sindicadas fueron madurando en estos sindicatos una identidad que les llevó a tomar una conciencia más o menos clara de los problemas estructurales que padecían: familia, instrucción, condición socioeconómica, explotación laboral, etc. Fue debido a esta evolución, que les llevó de defender sus derechos en el reducido entorno de sus fábricas y talleres, a hacerlo en ámbitos más amplios, como llegaron a abarcar el conjunto de la sociedad.  Este proceso significó también que la reivindicación de los derechos sociales terminó siendo combinada con el ejercicio de los derechos civiles.

Segundo Congreso de la Federación Tabaquera en Madrid (julio de 1920). La delegación de Logroño estuvo formada por Luisa Marín y José Noguera (imagen: bermemar.com)

Hemos visto tres tipos diferentes de feminismo. El primero fue el feminismo dual o de la diferencia, con una preocupación social tamizada por su carácter confesional. El segundo fue el igualitario, más centrado en aspectos políticos y legislativos. En último el feminismo socialista, que buscaba una igualdad tanto social como política. Si bien presentados de esta manera parecen no solo distintos, sino incluso enfrentados, también hubo provechosos vasos comunicantes entre ellos. Estos permitieron contactar con mujeres de otros ámbitos, conocer sus aspiraciones y empezar a elaborar respuestas conjuntas.

Con todo, el mayor impedimento estuvo en no poder acabar con la arraigada misoginia, que pese a los cambios de régimen y las novedades legislativas más preocupadas con la situación de la mujer, continuó siendo hegemónica. Seguramente, el principal motivo radicara en que la esfera pública estuvo dominada durante todos estos por hombres; tal vez guiados en algunos casos por la mejor de las intenciones, pero inmersos todavía en una ideología de género que les cegaba a la hora de empatizar con las mujeres. Ya hemos visto las suspicacias que la actividad femenina en los sindicatos, donde la presencia masculina era abrumadora y, aún en los feminizados como la FTE, copaba los principales puestos de responsabilidad. De esta forma en el ámbito del trabajo pervivieron hasta el final algunos tipos de segregaciones y discriminaciones sexuales.

Salón general de cigarrillos de la Fábrica de Tabacos de Logroño (foto: Estampa, 25 de diciembre de 1928)

Para esta misoginia dominante, el discurso feminista propagado en los sectores obreros concienciados no era sino la vertiente sexual del temido comunismo; el sindicato UT era la vanguardia de la revolución. Apreciado con retrospectiva, los  sucesos del 14 de marzo de 1936, en los que el personal tabaquero fue provocado por los falangistas, constituyen un indicio de que iban a ir a por ellos, valiéndose del asesinato, del secuestro, del robo y de un sinfín de vejaciones.

Las autoridades sublevadas no desatendieron por completo la problemática femenina en el trabajo. El 1 de agosto de 1937, el Gobierno Civil promulgó unas normas para regular el trabajo de las mujeres en las fábricas de conservas, pastillas, dulces y caramelos. Un año más tarde, el Ministerio de Organización y Acción Sindical fijaba una regulación provisional sobre los jornales de las trabajadoras. Fue precisamente entonces cuando la memoria de la Cámara de Comercio e Industria proclamó de manera triunfal que, al restablecer el principio de autoridad, “el Glorioso Movimiento Nacional […] terminó radicalmente con estos conflictos [las huelgas], manteniendo al propio tiempo, con el mayor interés, las mejoras económicas y la legislación protectora de los trabajadores”. Pero estas disposiciones respondían a motivaciones propagandísticas y solo pretendían anular la lucha de clases, aparte de que fueron sistemáticamente incumplidas por los patrones.

Dirigentes sindicales de la Fábrica logroñesa: Encarnación Laparra, María Bona, Carmen Villar (asesinada el 22 de agosto de 1936 junto a Luisa Marín) y Rosario Sobrino (foto: La Rioja, 20 de febrero de 1932)

Durante la dictadura franquista hubo varios discursos sobre la mujer, pero ninguno tuvo un contenido emancipador. Las derechas tradicionalistas se dirigieron preferentemente a las clases medias, sin siquiera hacer alusiones a las trabajadoras. No ocurrió lo mismo con Falange, pero todas sus miras femeninas estuvieron supeditadas a la idea de que el trabajo asalariado era una amenaza tanto para la maternidad como para el cuidado del hogar. La nueva España franquista recristianizó a las mujeres ensalzando un modelo ideal de abnegada madre y esposa. La división sexual en todas las esferas de la vida se convirtió en algo natural y redujo el papel de las mujeres a la procreación y cuidado de la prole; asimismo, volvió a cobrar vigor la idea de que el trabajo fabril era una amenaza para estas funciones femeninas. Las actividades asociativas femeninas pasaron a ser vistas con gran recelo, e incluso las actividades de la Sección Femenina falangista tropezaron con varios obstáculos.

Mientras tanto, el legado de aquellas trabajadoras, luchadoras incansables, permaneció enterrado en cunetas y fosas comunes, y en la atemorizada memoria colectiva de quienes sobrevivieron.

La Fábrica de Tabacos durante el franquismo: sala de máquinas en los años 40 (foto: diario La Rioja)

 

Índice

Introducción. Mujeres y sindicatos, género y clase: la conquista femenina de derechos

  1. Trabajadoras riojanas
    • Algo más que números: datos y fuentes estadísticas sobre la población industrial femenina riojana
  • “Buena hija, buena esposa y buena madre”: la realidad de las trabajadoras riojanas
    • Condiciones socioeconómicas
    • Intervencionismo estatal
  • “El que no llora, no mama”. Movilización femenina
    • La formación de la clase obrera riojana
    • Huelgas y sindicatos
    • Movilizaciones durante la República
  • Ni masculinización de las mujeres, ni afeminamiento de los hombres. Las mujeres y la opinión pública riojana
    • Feminismos
    • La Rioja como eco de distintos enfoques de género
  1. Tabaqueras 

    2.1. La Fábrica de Tabacos (1890-1919)

           2.1.1. Un sueño sagastino

           2.1.2. Las operarias tabaqueras como reclamo

           2.1.3. El duro despertar a la realidad: protestas y huelgas generales

    2.2. La hegemonía de la Federación Tabaquera (1919-1931)

           2.2.1. La formación de un sindicato feminizado

           2.2.2. Defendiendo derechos: el gran pulso de 1920-1921

           2.2.3. La Unión Tabacalera como referente obrero y feminista durante la dictadura
                    (1923-1930)

    2.3. Entre la demanda de derechos sociales y el ejercicio de derechos civiles  (1931-
           1936)

  1. Un triste epílogo y algunas consideraciones
  2. Apéndices 
  3. Fotografías e ilustraciones 
  4. Fuentes y bibliografía 

[*] Para esta ocasión, hemos prescindido del aparato crítico que figura en la publicación

Portada: trabajadoras de la Fábrica de Tabacos de Logroño (revista Estampa, 25 de diciembre de 1928)
Ilustraciones: Conversación sobre la Historia
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