Soledad Bengoechea

Historiadora, miembro del Grup de Recerca “Treball, Institucions i Gènere” de la Universitat de Barcelona

Con alguna excepción, las mujeres del PSUC han sido marginadas en la historiografía. Hasta hace tan sólo unas décadas, la historia de Cataluña y del resto de España la escribieron mayoritariamente los vencedores de la Guerra Civil. La mayoría eran hombres y hablaban poco de la historia del PSUC, pero sobre todo no citaban a las mujeres militantes. Figuraba que los que habían luchado contra el franquismo y los que habían sufrido persecuciones, exilio, cárceles y martirio habían sido sólo ellos. Esta invisibilidad femenina continuó presente también cuando este país se normalizó y los historiadores pudieron acceder a las fuentes y expresar la realidad del pasado. Pero no es posible imaginar el trabajo clandestino en aquella época sin el concurso inapreciable de las mujeres, un concurso que había permanecido invisible. Muchas de las mujeres comunistas que ya se habían movilizado durante la República después fueron activas en tiempos de la guerra, en el frente o en la retaguardia, y, más tarde, en la clandestinidad, formaron parte de los partidos comunistas y de los sindicatos. Algunas se exiliaron temporalmente a Francia para luego volver a Cataluña para intervenir en la lucha contra Franco.

Teresa Pàmies durante el mitin de marzo de 1937 en la plaza Monumental de Barcelona (foto: Agustí Centelles)

En general, han sido las plumas femeninas las que han sacado a la luz las mujeres comunistas. Plumas de activistas que han escrito su historia o la de sus compañeras de militancia. También plumas de historiadoras o periodistas que han tenido la sensibilidad de hacer visibles estas militantes. La visibilización de las mujeres del PSUC que hicieron la guerra y sufrieron el exilio, la resistencia, las cárceles y la clandestinidad se ha hecho de una manera magistral a través de las entrevistas, de los libros de memorias o de las biografías.

Margarida Abril en 1941 (foto incluida en el libro D’un roig encés. Margarida Abril, Barcelona, Fundació Pere Ardiaca, 2004)

A la entrada de las tropas franquistas una gran parte de las mujeres comunistas, sobre todo las más comprometidas, atravesaron la frontera. Soportando los rigores de los viajes, los peligros, algunas llegaron a la URSS y más de una luchó en el frente del Este contra los alemanes. Otros entraron enseguida en España para incorporarse clandestinamente en la organización. Margarita Abril fue un caso especial: empezó su militancia antes de la República, durante la Dictadura de Primo de Rivera, en la entonces ilegalizada CNT. Exiliada en México, regresó clandestinamente para ponerse al frente de los militantes que se esforzaban en reconstruir las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña (las JSUC).

En las entrevistas realizadas hace años, muchas de las mujeres del PSUC vinculaban muy directamente su militancia antifranquista a la de su familia de origen, en especial a la de sus padres, aunque también, en menor medida, a la de las madres. En el caso de que los padres hubieran continuando militando tras la guerra la influencia fue aún más directa, pues no sólo arroparon ideológica y familiarmente la militancia de las hijas, sino que las pusieron personalmente en contacto con la oposición antifranquista, en concreto con el PSUC.

Prisión de Les Corts en julio de 1943, foto: archivo personal de Soledad Real

En los inicios del franquismo, con una gran cantidad de líderes exiliados, en las cárceles o fusilados, las chicas de las JSUC que no estaban en la cárcel o se habían exiliado tuvieron un papel clave en la reconstrucción del PSUC. El peligro era inmenso. El país estaba lleno de policías, de guardias civiles, de confidentes. Esta reorganización y crecimiento del partido pronto se notó. Los líderes comunistas masculinos quedaron sorprendidos: las huelgas producidas entre 1946 y 1947 tuvieron un gran protagonismo femenino. Sin embargo, muchos militantes masculinos seguían pensando que la conflictividad laboral y el movimiento obrero sólo eran cosas de hombres. La conflictividad laboral femenina, la de ellas, llegó a verse como algo «anómalo» y sus reivindicaciones se tildaron de «específicas» (de género). Las publicaciones del PSUC, al referirse a los conflictos laborales tendían a atribuirles a los «trabajadores» o en la «clase obrera», mostrando una concepción masculinizada de la clase trabajadora. Estas protestas de las que hablábamos a menudo fueron encabezadas por mujeres maduras, con experiencia de trabajo industrial en el textil y que tenían abuelas, madres, hermanas que habían trabajado en la industria.

Agosto de 1957: Rosa Santacana en el banquillo, junto a su esposo Joan Comorera y Ferran Canyameres, durante el consejo de guerra al que fueron sometidos en el gobierno militar de Barcelona (foto: La Vanguardia)

Más tarde, a finales de los años sesenta, la conflictividad laboral femenina se incrementó. Chicas jóvenes, nacidas durante las décadas de 1940 y 1950, protagonizaron una importante conflictividad laboral dentro de los centros de trabajo. La represión había disminuido y la militancia femenina en las organizaciones políticas y obreras se hacía más y más importante. Esto se puede percibir a partir del aumento de la presencia de las mujeres en manifestaciones y del número de detenciones y condenas. Las comunistas participaban en las huelgas pero se quedaban ahí, sólo a nivel de la participación, difícilmente las encabezaban.

Los militantes varones asumían los roles tradicionales, tanto en la familia como en situaciones cotidianas. Esto hacía que a veces no reconocieran a sus parejas como compañeras de lucha, sino como simples «mujeres». Esto aparece constantemente en la reconstrucción que las mujeres hacen de su pasado y nos advierten cuál era uno de los mayores obstáculos que debían sortear para adherirse a la lucha: la oposición de los maridos, incluso de aquellos que pertenecían al PSUC. La bibliografía y las entrevistas consultadas nos indican que durante la clandestinidad el PSUC tenía otras prioridades, desconsiderando, en cierto modo, esta situación de desigualdad que sufrían las mujeres.

La discriminación que las comunistas sufrían dentro del partido, especialmente cuando eran madres y esposas, nos hace entender mejor su baja militancia. Y todo esto hizo que muchas militantes tuvieran dificultades para realizar acciones de movilización en empresas donde no había gran presencia femenina.

Ya desde la guerra, y, sobre todo, en los años de la clandestinidad, la asistencia de la mujer a las reuniones ilegales inspiraba desconfianza y escepticismo. Los hombres se ponían nerviosos si una mujer tomaba la palabra. Luego estaba el tema de las dificultades de las mujeres para asistir a las asambleas del partido o del sindicato. Normalmente, se hacían al atardecer. Si la mujer era casada y tenía hijos, era la hora del baño y de hacer la cena. En definitiva, que en una pareja con niños pequeños nadie dudaba de que era el hombre el que tenía que ir a las reuniones.

Fotografía (fecha y localización no identificadas) utilizada en el perfil de facebook de PSUC Viu

Mientras tanto, la dirección del PSUC se producían cambios generacionales. En 1949 se reformó su secretariado y en la dirección no había ninguna mujer. La lucha de las comunistas durante la guerra y la primera posguerra no generó un cambio de mentalidad entre sus dirigentes masculinos. Años más tarde, en 1956, por el Comité Central del Primer Congreso fue elegida una mujer, Margarita Abril, y otra de suplente, la maestra Josefa Blanes, conocida con el seudónimo de Reyes Bertral Núñez.

Familiares de presos en Carabanchel, 1941 (foto: Biblioteca digital Memoria de Madrid, restaurada y donada por por Sonia Dorado Martín, signatura MDB_LaChata_0177)

Como vamos viendo, el PSUC era un partido fuertemente masculinizado, como la inmensa mayoría de partidos y de la sociedad española, pero eso no quita que las mujeres militantes no jugaran un papel fundamental en su desarrollo. Los primeros años, como soporte esencial de las actividades del partido y de apoyo a los presos y sus familias. Durante la guerra civil, pero sobre todo en la posguerra, Cataluña y toda España se convirtieron en una gran prisión. ¿Quién cargaba con el peso de la supervivencia de las familias? Las mujeres, pues los hombres eran mayoría entre el personal penitenciario. El papel de las mujeres de los presos políticos fue muy importante, pero no es muy conocido. Vamos a recuperarlas. Ellas mantenían contacto con otras mujeres que estaban a su situación con el fin de suministrar a los presos todo lo necesario para soportar las duras condiciones. Las penalidades que aquellas mujeres pasaron fueron enormes. Iban de prisión en prisión llevando ayuda y consuelo a sus compañeros, mientras que debían vivir medio escondidas y en muchos casos teniendo a su cargo a sus hijos sin que nadie les quisiera dar trabajo por ser mujeres de «rojos». Cuando la distancia desde su vivienda a la cárcel y la economía lo permitían, las mujeres, con sus trajes gastados y calzadas con unas alpargatas viejas, llegaban a la prisión con un paquete de comida. También se ocupaban de ayudar materialmente a las familias de los presos. Los sacrificios eran enormes. En la cárcel, los horarios de visita estaban fijados, pero los funcionarios no siempre los cumplían. Además de hacer estas tareas directamente hacia la población reclusa, ellas, las mujeres del PSUC, también eran las sostenedoras de las comisiones de solidaridad por la amnistía de los presos.

Los años pasaban y las comunistas empezaron también a actuar en otros ámbitos, fuera del núcleo de las fábricas o de la universidad. Una de las tareas fundamentales de las mujeres en los años sesenta fue la de concienciar a la población de la necesidad de conquistar un sistema político democrático. En este contexto, mediante la Ley de Asociaciones de Cabezas de Familia de 1964, se constituyeron las primeras asociaciones de vecinos. Ellas, las mujeres del PSUC, desempeñaron un papel político importante en los barrios cuando todavía estaban prohibidos los partidos.

María Ángeles Rivas Ureña, presidenta de la Asociación de Vecinos de Nou Barris en 1975 (foto: libro Dones de Nou Barris, Ayuntamiento de Barcelona)

A las mujeres se les encomendaba la tarea de crear agitación en los mercados y barriadas contra el Gobierno y las autoridades franquistas responsables del aumento considerable de los comestibles y, en general, de la carestía de la vida y de las duras condiciones en que vivía la clase obrera. E imprimían en casa, con la «viernamita», prensa clandestina, octavillas, etc., que luego repartían ilegalmente por las calles, por los mercados … La tarea de las militantes muchas veces consistía, también, al recibir varios ejemplares de «Trabajo» y «Mundo Obrero» y repartirlos a cuatro o cinco personas que tenían adjudicadas para pasarles la propaganda. Las acciones se llevaban a cabo a través del «boca a boca», en pequeños grupos.

 

Se trataba de reivindicar cuestiones básicas, si se quiere, pero fundamentales para el día a día: la subida de precios de los alimentos, la oposición a una fábrica contaminante del barrio, que los autobuses subieran hasta la barriada si ésta estaba situada en un lugar periférico, la pavimentación de las calles. También había reivindicaciones para obtener unas viviendas dignas, para pedir más escuelas, guarderías e institutos. Las mujeres se iban haciendo visibles en todos los ámbitos, pero siempre desde un papel relegado a un segundo plano. Los presidentes de las asociaciones eran mayoritariamente hombres, aunque, en general ellas eran tan activas o más que ellos.

Encierro de mujeres de obreros de Motor Ibérica en la parroquia de Sant Andreu, junio de 1976 (foto: blog de Jordi Rabassa)

Estas asociaciones forjaron un sentimiento de comunidad en muchos barrios de Barcelona y entre las ciudades de los alrededores, y posibilitaron la expansión del PSUC. Tres mujeres comunistas: Maruja Ruiz, María Ángeles Rivas y María Isabel Roig, hermana de la escritora Montserrat Roig, son una buena muestra. Rivas fue una de las pocas mujeres que presidió una asociación de vecinos, una tan importante como la de Nueve Barrios.

Respecto a la relación del PSUC con el feminismo se debe hacer notar que fue ambigua. Durante los primeros años, los dirigentes y muchas militantes, también, afirmaban que la lucha de la mujer para su liberación pasaba por militar en el partido, que no había que ninguna organización específica de mujeres. Más adelante, algunas de ellas tomaron conciencia feminista o, si se quiere, de reivindicación del derecho de las mujeres a la emancipación y la igualdad hombre-mujer. Ellas descubrían que tenían unos problemas específicos por el hecho de ser mujeres, problemas que era muy difícil que ellos pudieran vislumbrar. Los escritos de la comunista italiana, Giulia Adinolfi, en «Nuevos Horizontes» los años sesenta son de una clara orientación feminista dentro del marxismo.

Giulia Adinolfi (foto: grupotortuga.com)

En 1964 Manuela Carmena, ex-alcaldesa de Madrid, vivía en la capital y militaba en el PCE. El partido impulsó el Movimiento Democrático de Mujeres (el MDM), y Carmena fue una de sus dirigentes. Represaliada, vino a Barcelona y junto con Giulia Adinolfi y María Rosa Borrás, ambas militantes del PSUC, un buen día de 1966 se dijeron ¡Vamos! Y organizaron aquí un MDD. Se formó cuando el núcleo de mujeres del PSUC se unió con otros activistas comunistas de origen obrero. También entraron en contacto con un grupo de trabajadoras de grupos cristianos progresistas, la mayoría de las cuales trabajaba en Lámparas Z. Redactaron un informe en el que expresaban su compromiso: convencer a las mujeres comunistas y, también en la propia organización del PSUC y sus dirigentes, de la importancia del problema de la emancipación de la mujer. Entre las acciones de la MDD destacan actividades de reivindicación que se consideraban propias de mujeres (como la mejora de las condiciones de vida en los barrios) y que tenían como objetivo atraer más mujeres al movimiento; también había reivindicaciones contra la discriminación femenina (especialmente en relación con diferencias salariales), y finalmente también se impulsaban actividades relacionadas más directamente con el PSUC. De entre estas últimas destaca la adhesión a la convocatoria del 1 de mayo de 1968, que algunas miembros de la MDD no consideraron pertinente porque implicaba una politización del movimiento que podía alejar ciertos grupos de mujeres. ¿Fue esta la razón por la que la dirección del PSUC decidió disolver el MDD en 1969?

En el partido faltaba presencia femenina. Cabe preguntarse, ¿por qué? Aparte de otras razones es evidente la discriminación a la que el partido las había sometido. Ello era un peso importante. En los textos aprobados en los Congresos y en las reuniones del Comité Central, y en las publicaciones del partido raramente se denunciaba la situación discriminada de la mujer en la legislación, en el trabajo, en la educación, en la familia, en la vida social o en el Partido. Cuestiones tan importantes como los anticonceptivos, el divorcio, el aborto rara vez eran tratadas.

Manifestación por la amnistía para los delitos de adulterio, aborto y propaganda y difusión de anticonceptivos (foto: La Vanguardia 20 de diciembre de 1977)

Fue a las puertas de la Transición cuando el partido comenzó a ocuparse por la situación específica de la mujer. La sociedad española estaba a punto de conseguir la democracia y entonces los partidos políticos se lanzaron a la competencia electoral: necesitaban obtener el voto femenino. En octubre de 1977, cuando hacía cuatro meses que se habían celebrado las primeras elecciones democráticas, el 15 de junio, en una conferencia celebrada en Sabadell se abordó la cuestión del feminismo, pero se decía: «La mujer militante comunista ha de luchar por la liberación de la mujer partiendo de la posición de clase que un partido revolucionario, el partido de la clase obrera, tiene ante la sociedad capitalista. No podemos apoyar como tal a los movimientos feministas no defendiendo nuestra política. Nuestra concepción es que se ha de luchar por el socialismo«. Es decir, el partido no contemplaba la lucha feminista separada y paralela de la lucha por la consecución del socialismo. Se pensaba que si se construía el socialismo la emancipación de la mujer ya vendría rodada.

Dolors Piera (foto: web del Ayuntamiento de Vilafranca del Penedès)

La extracción social de las mujeres que desde el primer momento militaron en el PSUC o en las JSUC fue, en general, modesta.  Empezaron a trabajar muy jóvenes. Y sólo habían cursado estudios primarios. Quizás hay que mencionar la excepción que representaban Dolores Piera y Reyes Bertral, que eran maestras. Pero a finales de los años cincuenta, y comenzados los sesenta, a medida que el franquismo se consolidaba, el país iba cambiando. A pesar de que la pobreza todavía imperaba entre las familias más desfavorecidas, las hijas de ciertos grupos sociales, como pequeños empresarios, profesionales liberales, que hasta ahora no habían tenido la oportunidad, comenzaban a estudiar en las Universidades. Con este panorama, diferente de lo que había en los años cuarenta y primeros cincuenta, la extracción social de las mujeres que empezaron a ocupar puestos de responsabilidad en el PSUC no era la misma que la de las militantes obreras que luchaban en las fábricas y talleres secundando la conflictividad social. La mayoría de las mujeres que ejercían ahora cargos en el partido eran profesionales que pertenecían a una clase social que las había proporcionado estudios, y que no eran de procedencia emigrante. Esto permite formular la hipótesis de que, a diferencia de lo que sucedía en años anteriores, las pocas mujeres que ocupaban órganos de dirección del PSUC eran profesionales liberales y estudiantes.

Montserrat Avilés y Manuela Carmena en el Colegio de Abogados de Barcelona (foto: Memòria Antifranquista del Baix Llobregat)

Hacia el 1961, por diversas causas, la militante Nuria Sales, exiliada en París junto con 19 personas que estaban estudiando o haciendo el doctorado, fue una de las fundadoras de una célula donde los militantes eran agrupados con el nombre de «célula de intelectuales». En este contexto, Montserrat Avilés y Ascensión Solé, abogadas laboralistas, junto con otros profesionales destacados se afiliaban al PSUC. Solé entró en 1967. Ambas fueron objeto de represión por parte de la dictadura durante los primeros setenta, tuvieron que afrontar un juicio ante el Tribunal de Orden Público y  Avilés pasó dos meses en prisión. Estas dos mujeres hicieron una gran labor dentro del mundo profesional de ayudar a los detenidos políticos.

 

Si nos preguntamos por la representación que las mujeres del PSUC tenían los órganos de dirección del partido podemos anticipar que fue escasa. En aquella sociedad patriarcal, el propio modelo político estaba construido desde la óptica de la masculinidad.

Equipo de Radio España Independiente (La Pirenaica) en el que las comunistas catalanas estuvieron representadas por Leonor Bornau (Teresa Bonet) y Teresa Pàmies (foto: Archivo Histórico del PCE)

Por el Comité Central del I Congreso, (agosto de 1956), Congreso que aprobó la política de reconciliación nacional, fueron escogidos 23 hombres y sólo una mujer, Margarita Abril; otra mujer, Reyes Bertral, fue elegida como suplente, entre 7 hombres. Las continuas detenciones afectaron fuertemente al PSUC, hasta el punto de que su Comité Central no se reunió desde el pleno de agosto de 1959 hasta el pleno de enero de 1963. La dirección operacional de aquellos años se encontraba en París íntimamente ligada a la del PCE. Por otra parte, en el Comité Central del II Congreso (1965) tampoco notamos cambios sustanciales respecto a la participación de las mujeres. Citemos solo a dos: Margarita Abril y Teresa Bonet (Leonor Bornau), entre 23 hombres.

Imagen de portada:

Grupo de presas políticas, entre ellas Soledad Real

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