Walther L. Bernecker (*)
Universität Erlangen-Nürnberg

Los años que Eric Hobsbawm denominó “época de los extremos” han quedado marcados para siempre por la polarización y radicalización política y la puesta en marcha por parte de los estados fascistas de una agresiva política exterior que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. Esta enorme inversión en recursos militares y de combate, en detrimento de las poblaciones civiles de todo el mundo, dejó un terrible legado del siglo xx, considerado el más violento de la historia.

La Primera Guerra Mundial: el final de una época

En el umbral del siglo xx Europa se encontraba en el apogeo de su poder, de su convicción en la propia potencia, en la superioridad de su cultura y en la posibilidad de moldear el futuro a nivel mundial basándose en la racionalidad y la tecnología. Lo europeo parecía ser sinónimo de modernidad y progreso, de industrialización y urbanización, de bienestar y cultura general crecientes, de la vigencia de un estado de derecho y de participación ciudadana. Pero a nivel político no se pensaba en categorías europeas comunes, sino en las categorías predominantes del Estado nacional. Ellas condujeron a Europa a la Primera Guerra Mundial. La industria y la tecnología, poco antes aún festejadas como avances, convirtieron el continente en el laboratorio de una modernidad pervertida; la capacidad de rendimiento de las economías nacionales devino en una batalla de desgaste a lo largo de cuatro años; la movilización de todas las fuerzas se transformó en la experiencia de una guerra total que dejó como secuela millones de muertos, lisiados y mutilados, generando sociedades que habían perdido su epicentro. Era un mundo deshecho que terminó convirtiéndose en la «catástrofe originaria», en el verdadero comienzo del siglo xx como una «época de los extremos» (Hobsbawm 1995).

Soldados alemanes muertos en una trinchera durante la batalla del Somme en agosto de 1916 (foto de John Warwick Brooke, http://www.iwm.org.uk/collections/item/object/205076432)

Vista en retrospectiva, la paz de 1919 sólo fue un armisticio a largo plazo entre vencedores y vencidos. Todavía durante la guerra, en Rusia había sido derrocado el zar y se había proclamado una república socialista de los soviets; ésta declaró la lucha al Occidente capitalista, se presentó como la gran alternativa en el camino hacia un futuro mejor, más justo, más pacífico; uno comunista. La desintegración de los imperios ruso, otomano y austrohúngaro posibilitó el surgimiento de una serie de nuevos estados nacionales en el sudeste y el este de Europa central. Pensados como barrera contra la Unión Soviética, estos nuevos estados, no obstante, estaban completamente ocupados con sus propios problemas políticos, económicos y sociales, además de constituir un factor de perturbación, debido a que todas las nuevas fronteras trazadas eran controvertidas (Payk 2018). Las consecuencias económicas de la guerra mundial (inflación y desempleo masivo) agudizaron las tensiones, que culminaron en una crisis económica internacional.

De esta forma, el nacionalismo exasperado permaneció como un signo de la época, tanto entre los que presuntamente habían sido perjudicados en los tratados de paz, como —y mucho más aún— entre los vencidos en la guerra mundial, guiados por el afán de búsqueda de las razones de la derrota. Aquí, pero también en otros contextos, la burguesía y sus valores de la vigencia del Estado de derecho, de la libertad de opinión y de participación parlamentaria —cuya paulatina imposición había caracterizado el siglo xix— se vieron compelidos a tomar una postura defensiva. Movimientos populistas de masas movilizaron la calle, socavaron a los gobiernos parlamentarios, instalaron regímenes autoritarios, fascistas y nacionalsocialistas en el poder. Los instrumentos ideados para intentar contrarrestar estas políticas (como la Sociedad de Naciones, creada después de la guerra) se evidenciaron demasiado débiles para poder parar la parafernalia de sus actos violentos sobre todo, para poder impedir decididamente que la Alemania nacionalsocialista arrastrara a toda Europa a la Segunda Guerra Mundial (Jarausch 2018).

Freikorps desfilando en Berlín en marzo de 1920

La Primera Guerra Mundial significó para Europa una catástrofe de dimensiones inesperadas; marcó el inicio del fin de su hegemonía mundial. Todas las grandes potencias del continente que participaron en la conflagración quedaron dañadas de forma duradera política, económica y psicológicamente; tampoco podrían lograr superar sus secuelas mediante esfuerzos propios. Una consecuencia global de ello fue la deseuropeización de la economía mundial, del dominio colonial y de la política mundial. El significado medular que corresponde a la Primera Guerra Mundial como factor determinante de este proceso condujo a una preocupación historiográfica respecto a los orígenes, al desarrollo y a las consecuencias de la «catástrofe primigenia» del siglo xx.

La cuestión sobre los factores determinantes del origen y de los motivos del estallido de la Primera Guerra Mundial es uno de los temas más controvertidos entre los historiadores. No pocas veces se han vinculado en las disputas sobre esta cuestión diversas interpretaciones históricas y puntos de vista opuestos sobre el desarrollo de la historia (alemana) en general. La politización de la discusión histórico-científica sobre los orígenes del conflicto se debió, no en última instancia, al hecho de que el Tratado de Versalles imputó al Imperio alemán la culpabilidad exclusiva de la guerra y al hecho de que las fuerzas nacionalistas en la República de Weimar utilizaron este dictamen como argumento para abogar por una revisión fundamental del sistema de Versalles.

Versalles: Clemenceau presenta los términos de los aliados a la delegación alemana (imagen: La Vanguardia)

Debido a sus fatales consecuencias políticas, económicas, culturales y sociales, la Primera Guerra Mundial significó una ruptura trascendental de colosales dimensiones a nivel europeo y condujo a múltiples transformaciones en los diferentes estados. La experiencia bélica estuvo marcada por el derrumbe de las fuentes tradicionales de sentido, por la deslegitimación de los grupos ancestrales de poder y por una amplia movilización política. La contienda motivó un cambio de forma en la política, que con-dujo a considerables tensiones socioeconómicas y fue respondido por do-quier con estrategias populistas y con el fortalecimiento de estructuras corporativas (Mommsen 2000).

La Primera Guerra Mundial comenzó como una guerra continental europea que se originó a consecuencia de los conflictos nacionales de los Balcanes, los cuales, sin embargo, habrían permanecido marginales si no hubiera sido porque la divergencia entre los intereses de las gran-des potencias les otorgó dimensión europea. La guerra hegemónica europea finalmente devino en un enfrentamiento global que rebasó de lejos al Viejo Continente y puso en marcha el proceso de descolonización. Marcó el derrumbe político, económico y cultural de la Europa que había existido hasta aquel entonces. La comunión espiritual del continente llegó a su fin; los egoísmos nacionales fueron acrecentados por la guerra y su propaganda, enemistando a los pueblos. El desplome económico significó el fin de la economía mundial del siglo xix; después de que la conflagración ya hubiera destruido vínculos existentes, la unidad monetaria del oro había quedado suspendida, los países involucrados en el conflicto habían sufrido enormes gastos estatales y las luchas en general llevaron a un enorme proceso de empobrecimiento. Europa se depauperó para ventaja de una parte del mundo no europeo. A nivel político fracasó la capacidad de funcionamiento del sistema de las grandes potencias y su cooperación a nivel de política exterior, sobre la que reposaba una par­te importante de su influencia mundial. Después del desmoronamiento del viejo sistema de balanza de poder entre los estados europeos no logró surgir un nuevo orden político.

Con la Primera Guerra Mundial el satírico austríaco Karl Kraus (1874– 1936) —y no sólo él— vio llegados «los últimos días de la humanidad». Si bien en la pugna de 1914–1918 no se hundió la humanidad, sí lo hizo la civilización del siglo xix. Hasta aquella guerra Europa fue, durante el largo siglo xix, económicamente capitalista, en gran parte liberal en sus estructuras jurídicas constitucionales, burguesa en su cultura, positivis­ta en su fe en el progreso material y científico, eurocéntrica en su visión del mundo. En cambio las décadas que siguieron a 1918 fueron una época de catástrofes, de rebelión y revolución, del derrumbe de enormes imperios coloniales, de una crisis económica mundial de dimensiones hasta entonces desconocidas. En todas partes desaparecieron o fueron dañadas las instituciones liberal-democráticas; su lugar fue ocupado por sistemas fascistas o autoritarios de derecha. Para el filósofo historiador Oswald Spengler (1880–1936) la Primera Guerra Mundial significó «la decadencia de Occidente», expresión que da título a su obra y que caracteriza acertadamente el sentimiento vital de toda una generación.

El período de entreguerras: desplazamiento de poder e inestabilidad

En lo que concierne a Europa, desde el punto de vista cronológico el período 1914–1945, a primera vista, parece ser claramente delimitable. Se trata de los años desde el inicio de la Primera hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, es decir, de la era de las guerras mundiales o, limitado a los años 1918–1939, del período de entreguerras. Si bien en el caso de las dos guerras mundiales se tratan indudablemente de conflagraciones muy diferentes, separadas por una fase larga y sumamente conflictiva, para algunos historiadores la época que transcurrió entre 1914 y 1945 se presenta como una guerra civil europea continua de más de treinta años. Esta época modificó radicalmente el mapa político europeo. La posición de liderazgo político mundial del Viejo Continente quedó cuestionada por el ascenso de las potencias laterales: los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Antes de la Primera Guerra Mundial las potencias europeas determinaban de forma predominante el orden internacional —tanto por su poder político y militar como por su fuerza económica. Dividieron entre ellas una gran parte de las colonias existentes en el mundo: juntas generaban dos tercios de la producción industrial mundial, sufragaban casi tres cuartas partes del comercio mundial y casi toda la exportación de capitales. Las normas y valores europeos también condicionaban los sistemas de tratados internacionales y las costumbres diplomáticas. La era del dominio europeo finalizó con la Primera Guerra Mundial (Leonhard 2018).

Tropas indígenas reclutadas en 1914 por los alemanes en su colonia de Tanzania (foto: Getty Images)

El resultado más importante de esa guerra a nivel internacional fue un desplazamiento fundamental del peso político en favor de los Estados Unidos, de los que los estados europeos (vencedores y perdedores) pasaron a depender financiera y económicamente. De este modo, después de cuatro años de combate, que finalizó por la intervención de la nación norteamericana, los países europeos perdieron su preeminencia política mundial. Los Estados Unidos —de modo general la americanización—, adquirieron gran importancia para la ulterior configuración de Europa. En una definición de 1953 que adquirió fama, Hans Rothfels estableció el inicio de la historia contemporánea en 1917, es decir, con el ingreso de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial (y con la Revolución de Octubre). Si bien los Estados Unidos no supervisaron la reglamentación política de la Paz de Versalles, permanecieron presentes en Europa a nivel económico (y de este modo también político) mediante el arreglo interaliado del pago de deudas y de las reparaciones. Independientemente del hecho de que Washington se había retirado a nivel político-militar del Viejo Continente, en los años veinte los Estados Unidos incluso se convirtieron en el punto de referencia central de la política europea. A más tardar después de la firma de los Tratados de Locarno (1925) se generó un flujo significativo de dinero americano hacia Europa; los años de miseria debido a las destrucciones bélicas, a la inflación y al estancamiento económico parecían ser cosa del pasado. Los dorados años veinte irrumpieron: Europa resurgió.

Delegación alemana en Locarno, presidida por Gustav Stresemann (imagen: clio.rediris.es)

En la teoría sistémica las décadas entre ambas guerras mundiales han sido interpretadas frecuentemente como una fase en la cual los Estados Unidos todavía no podían (o no querían) asumir el rol hegemónico que tuvo Gran Bretaña en el siglo xix. Además, se trataba de una era de con­tinua internacionalización; de ésta fueron característicos la Sociedad de Naciones, el Plan Dawes (1924), los Tratados de Locarno (1925) y una hasta entonces desconocida intensificación del comercio y de las finanzas inter­nacionales. Ya durante la Conferencia de Paz de París se hicieron presentes los nuevos tiempos con su aspiración democrática: la proclamación del derecho a la autodeterminación de los pueblos, el internacionalismo de la Sociedad de Naciones y la emergencia del mundo no europeo. Sin embar­go, al poco tiempo se mostraron fisuras en ese nuevo orden internacional, que en los años treinta (debido a la crisis económica mundial de 1929, la anexión japonesa de Manchuria en 1931, la política revisionista alemana después de 1933 y la guerra de Italia contra Abisinia en 1935–1936) se des­moronó y fue sustituido por ordenamientos regionales: a Italia le interesa­ba un dominio en el Mar Mediterráneo, a Alemania en la Europa central y suroriental, a Japón en Asia. En este período las potencias democráticas se presentaron como conservadoras del statu quo y los regímenes dicta­toriales como revisionistas; cada vez se hacía más difícil una cooperación para mantener la paz después de que las rivalidades económicas, por un lado, y las divergencias ideológicas y sobre el poder político, por el otro, se entrelazaran estrechamente, creando un peligroso potencial de conflicto.

Invasión italiana de Abisinia: blindados italianos y fuerzas auxiliares de caballería arrollan a la infantería etíope (imagen: amedeoguillet.files.wordpress.com)

Muchos autores han usado el término “inestabilidad” como distintivo de los años de entreguerras. No sólo han hablado de la extrema labilidad interna de los estados europeos, sino también de la inestabilidad de todo el orden internacional de aquel período. Les preocupa la cuestión de la «interdependencia de la inestabilidad política interna y la inestabilidad del orden estatal europeo» (Möller 1998, 11). Esta última resultaba de las estipulaciones del Tratado de Versalles y los demás tratados de los suburbios de París, que no fueron la base para un orden de paz duradero, sino el germen de nuevos conflictos.

Por lo general las relaciones internacionales de los años de entreguerras son presentadas como una pugna entre estados revisionistas —con-siguientemente, aquellos que rechazaban los tratados de paz y sus trazados de fronteras— y países antirevisionistas —que querían conservar y, por tanto, defendían el estado logrado después de 1918. No obstante, el desarrollo histórico después de 1918 estuvo marcado por diferentes condicionantes iniciales (Krüger 1997, 22–24): entre las más importantes cabe mencionar la desintegración de la monarquía de los Habsburgo, que devino en el surgimiento de estados nacionales independientes. Desde un comienzo fueron problemáticos el fraccionamiento estatal de Europa oriental, los celos y las demandas nacionalistas que los nuevos estados se hacían entre ellos, así como, las más de las veces, sus débiles bases económicas y sociales (Payk 2018). No menos importante en tanto que condicionante inicial fueron la posición de Alemania y el deseo de Francia de evitar un fortalecimiento del Reich mediante la prohibición de una in-corporación de la Austria alemana a la República de Weimar: la cuestión de la anexión no dejó de ser un factor de crisis (latente) en el sistema internacional. El tercer condicionante inicial decisivo fue la exclusión de la Unión Soviética en los arreglos de paz de París, después de que la creación de los estados en la parte oriental de Europa central aconteció parcialmente a costa de Rusia. Con ello toda el área pasó a constituir una región de tensión y conflicto. Para Francia existió otra, una cuarta, condición inicial: para tener seguridad frente a la todavía potencialmente superior Alemania se dedicó a ampliar un sistema de alianzas propio en Europa oriental —con la finalidad de cercar al Imperio alemán, de consolidar los estados de Europa oriental y de contener a la Unión Soviética. Los dos socios más importantes de Francia en la Europa centro-oriental fueron Checoslovaquia y Polonia. Una de las innovaciones más importantes de la época postbélica para toda Europa fue otra condición inicial: el ascenso del mundo extraeuropeo, que tuvo su principal expresión en el nuevo papel de la potencia mundial de los Estados Unidos de América. Éste sobre todo estaba interesado en la estabilidad del continente, razón que lo llevó a apoyar en los años veinte a la potencia económica de Alemania, lo cual, por otra parte, repercutió en la posición de poder del Reich en Europa. Finalmente cabe hacer referencia a la Sociedad de Naciones, organismo internacional que para los nuevos estados de Europa oriental re­presentaba una continuación de la alianza de guerra con la finalidad de garantizar el nuevo orden territorial de Europa. Muy pronto la elevada pretensión de esta sociedad como sistema global de protección de la paz, por un lado, y sus limitadas posibilidades de influencia, por el otro, en­traron en flagrante contradicción.

El Tratado de Paz de Versalles

El Tratado de Paz de Versalles —el ajuste de cuentas de Clemenceau— impuesto después de la guerra por los vencedores, que echó por la borda la última posibilidad para la reconstrucción de una Europa liberal-burgue­sa y estable, se basaba en varias consideraciones: el primer problema y el más acuciante se refería al desmoronamiento de los sistemas políticos en Europa oriental y a las repercusiones de la Revolución rusa. Con el trata­do se pretendía aislar a la Unión Soviética detrás de un cordón sanitario, denominado “cinturón de cuarentena”, compuesto por estados anticomunistas. Asimismo se perseguía controlar Alemania, país al que, en base al artículo acerca de la culpabilidad de la guerra, se le impuso una paz que conllevaba pérdidas territoriales, desmilitarización y tributos económicos de enormes proporciones. Adicionalmente se trataba de implantar un nuevo orden político del mapa de Europa. El principio fundamental de este nuevo orden debían ser los estados nacionales étnica y lingüísti­camente homogéneos sobre la base del derecho de autodeterminación de los pueblos. No obstante, surgieron estados apenas viables, también de estructura multinacional. Finalmente con el tratado se pretendía es­tablecer un nuevo orden de paz para evitar una nueva guerra. El meca­nismo principal previsto para ello, la Sociedad de Naciones, no pudo, sin embargo, desempeñar esta función. En el fondo eran intereses de poder político lo que había detrás de los compromisos hechos entre los estados vencedores. Los Estados Unidos estaban interesados en un fuerte estado eslavo del sur (Yugoslavia), los franceses en una Polonia independiente y los británicos en Grecia y en el Oriente (Leonhard 2018).

La derrota de los poderes centrales hizo necesario un nuevo orden europeo después de 1918. Las metas bélicas de los aliados no solamente habían consistido en el desmantelamiento de los planes hegemónicos de los alemanes en Europa central; apuntaban, además, a ayudar a imponer el principio democrático para construir una paz internacional sobre la base de la autodeterminación de los pueblos. La finalidad de los tratados de los suburbios de París de materializar el principio del estado nacional homogéneo en Europa, fracasó ya por el solo hecho de que los nuevos trazados de fronteras llevaron al surgimiento de minorías nacionales; además, la compleja situación nacional en Europa central y oriental imposibilitaba la formación de estados homogéneos.

De acuerdo con la tipología de Theodor Schieder, que centró su atención en las diferentes condiciones para el surgimiento de estados nacionales, existen tres tipos de conformación estatal: el revolucionario (Inglaterra y Francia en los inicios de la Edad Moderna), el unitario (Italia y Alemania en el siglo xix) y el secesionista. A este último tipo respondieron la mayor parte de los estados que se constituyeron a consecuencia de la Primera Guerra Mundial y de la Conferencia de París de 1919 como escisión de los grandes imperios del siglo xix (Schieder 1992, 71). Con ello surgieron después de aquella guerra más estados nacionales en Europa que durante el largo siglo xix; el estado nacional (republicano) en cierto modo se convirtió en la forma normal de existencia estatal. Sin embargo, muy pronto quedó claro que resultaba sumamente difícil lograr que hubiera una congruencia entre fronteras nacionales y estatales.

Representantes de las distintas regiones constituyentes del nuevo estado de Yugoslavia en la Conferencia de París: : Ante Trumbić (tercero por la izquierda, Dalmacia) , Nikola Pašić (segundo, Reino de Serbia), Milenko Vesnić (primero, Reino de Serbia) e Ivan Žolger (Carniola) (imagen: Wikimedia Commons)

Inestable no fue solamente el sistema internacional que surgió de los tratados de los suburbios de París; al cabo de poco tiempo también se mostró la labilidad de la nueva realidad política (creada sobre todo en la parte centro-oriental europea, pero no sólo allí), así como las amenazas que acechaban a los nuevos estados creados, todavía inestables. Después de que durante la guerra se extinguiera la llama inicial del patriotismo y el cansancio por el conflicto se convirtiera en hostilidad contra la interminable matanza, considerada absurda, en muchos casos el fin de la guerra condujo —particularmente en los estados vencidos— al desplome político y a crisis revolucionarias. Reyes y príncipes de las potencias vencidas perdieron sus tronos. También en los estados vencedores se produjeron disturbios sociales. A todas luces el viejo orden estaba destinado a desaparecer; como alternativa se presentaba el ejemplo de la revolución bolchevique de octubre en Rusia. De acuerdo con teóricos marxistas, aquellos «diez días que conmovieron al mundo» (John Reed) debían ser el fanal para una revolución mundial (la cual finalmente no se produjo). En el bienio posterior a la guerra se hicieron sentir en Europa las pode­rosas ondas expansivas provenientes del octubre ruso; huelgas políticas masivas se extendieron desde Viena, pasando por Praga, hasta Alemania; de breve duración fue una república soviética en Hungría; en España e Ita­lia se produjeron disturbios rojos. Apenas en 1923 la dirigencia soviética perdió la esperanza en una revolución mundial. Debido a que, de acuer­do con el modelo de partido de vanguardia de Lenin, los bolcheviques habían fundado una nueva Internacional, la Internacional Comunista (Komintern), a la cual se adhirieron las alas izquierdas radicalizadas de los partidos obreros europeos, en los años precedentes se había produci­do una división permanente del movimiento obrero.

El fin del orden de Versalles

Si en los años veinte del siglo xx ya era válida la aseveración de que las relaciones internacionales del período de entreguerras estaban marcadas por la relación entre Francia y Alemania, toda descripción de la década siguiente debe centrarse en el revisionismo radical de Alemania. En ese período, los líderes políticos del Tercer Reich lograron el resurgimien­to de Alemania, que consiguió una posición de gran potencia en Europa. Durante un tiempo prolongado, la política exterior del nacionalsocia­lismo parecía moverse en la tradición del revisionismo de la República de Weimar; solo paulatinamente se puso de manifiesto que detrás de las aparentes demandas convencionales en materia de política exterior asomaba una política expansionista fundamentada en una ideología racista (Krumeich 2018).

Laval, Mussolini y MacDonald en la conferencia de Stresa

En la década de 1930, durante bastante tiempo la situación interna­cional se presentó confusa, lo cual, entre otras razones, se debía a que el principio de los acuerdos bilaterales nuevamente reemplazó al de las relaciones multilaterales. Mussolini con su plan de paz y Hitler con su famoso discurso de paz de mayo de 1933 atestiguaron demostrativamente voluntad pacífica. En septiembre de aquel año Italia y la Unión Soviética concertaron un pacto de no agresión y de amistad, lo cual, por un lado, condujo a un mayor relajamiento del aislamiento en materia de política exterior de la Unión Soviética, y, por el otro, hizo menos previsible el sistema europeo. Por su parte, en enero de 1934 la Alemania nacionalsocialista cerró con Polonia, país que hasta entonces era el objetivo principal del revisionismo alemán, un pacto idéntico. A consecuencia del acuerdo naval germano-británico de 1935, el gobierno del Reich incluso logró obtener el consentimiento de Gran Bretaña para el rearme marítimo, lo cual estaba en contradicción con el Tratado de Versalles. Temporalmente estos pactos proporcionaron a los estados firmantes márgenes de maniobra, pero no eran expresión de una disposición sincera a la conciliación. Ante estas circunstancias, las potencias occidentales se vieron obligadas a actuar: Francia, por ejemplo, cerró un pacto de asistencia mutua con la Unión Soviética en 1935, con lo que parecía resurgir la colaboración en materia de seguridad del período anterior a la guerra mundial.

Los primeros éxitos de Alemania en materia de revisión política fueron posibles porque desde comienzos de los años treinta se habían modificado las condiciones previas: las grandes potencias volvieron la espalda al principio de seguridad colectiva y la pérdida de poder económico y político de Francia condujo a un debilitamiento del orden de Versalles. Si bien en 1935 en Stresa —después del restablecimiento del servicio militar general en Alemania— las grandes potencias europeas una vez más encontraron una línea común (el Frente de Stresa), desde un inicio el pacto fue frágil y no pudo evitar otros avances revisionistas por parte de Berlín. La guerra italiana en Abisinia (1935–1936) y la Guerra Civil española (1936–1939) contribuyeron igualmente a evitar una posición conjunta de los estados europeos contra el revisionismo de Berlín, puesto que Italia por un lado y Gran Bretaña y Francia por el otro practicaban políticas divergentes. Cuando con la ocupación de la zona desmilitarizada de Renania (1936) Hitler volvió a violar las cláusulas de restricción del Tratado de Versalles y las potencias que debían garantizar su cumplimiento no lograron hacer un esfuerzo para reaccionar con medidas concretas, hubo un importante cambio en los pesos estratégicos y políticos del continente.

Remilitarización de Renania en marzo de 1936 (imagen: Imperial War Museum)

Al poco tiempo, el revisionismo moderado de los dictadores derivaría en uno agresivo. En octubre de 1935, los italianos atacaron por sorpresa Abisinia (Etiopía), país miembro de la Sociedad de Naciones; a pesar de las sanciones que decidió la organización (embargo de armas, suspensión de créditos y de exportación de materias primas), las grandes potencias prácticamente dieron carta blanca a Italia; además, Alemania apoyó a Mussolini con el suministro de materias primas. En mayo de 1936 Italia declaró la anexión de Abisinia; el rey Víctor Manuel adoptó el título de emperador de Etiopía. Poco después, tanto la Alemania nacionalsocialista como la Italia fascista intervinieron en la Guerra Civil española (julio de 1936) y ayudaron al general sublevado Francisco Franco (1892–1975) a lograr la victoria (1939). En octubre de 1936 el tratado germano-italiano, por el cual fue creado el Eje Berlín-Roma, puso de manifiesto la disposi­ción a la violencia en política interna y exterior de los dictadores. Acto seguido, en noviembre de 1936, Alemania y Japón firmaron el Pacto Antikomintern, al que posteriormente, en 1937 y 1939, se adhirieron Italia y España respectivamente.

De este modo, la paz de Versalles no sólo quedó amenazada por parte de Alemania. Desde inicios de los años treinta quedó manifiesto que tres potencias (Alemania, Italia y Japón) no reconocían más el orden mundial establecido después de la Primera Guerra Mundial y estaban dispuestas a combatirlo. Con ello la paz se encontraba en agudo peligro. Debido a la debilidad de la política exterior francesa (consecuencia de los problemas internos del país), en Europa debía quedar básicamente en manos de la política británica contrarrestar la dinámica expansionista de la Alema­nia nacionalsocialista (y de la Italia fascista). Sin embargo, Gran Bretaña reaccionó a la nueva situación dando señales de querer transigir pacíficamente, al menos en aquellas regiones en las cuales sus intereses no quedaban, o quedaban apenas, afectados, por ejemplo en Europa oriental. El trasfondo de esta política cautelosa fue el cambio en la posición interna­cional del imperio insular. La Primera Guerra Mundial había sacudido los cimientos del imperio mundial británico; el marco global había cam­biado en perjuicio del Reino Unido. El disminuido poder político de las potencias coloniales europeas debilitó el dominio colonial, promovien­do la descolonización.

Por esta razón, sobre todo en la segunda mitad de los años treinta, Gran Bretaña se mostró dispuesta a hacer amplias concesiones a Alemania, pero no a retirarse del continente y por ende a tolerar una hegemonía alemana. En principio, Londres quería mantener el orden internacional y la relación de fuerzas existentes; sin embargo, debían hacerse posibles algunos cambios pacíficos en el marco de un acuerdo general para la estabilización de la política internacional. Prioritariamente Gran Bretaña estaba interesada en la limitación de armamento y en la distensión y la conservación de la paz, puesto que sólo un desarrollo pacífico podía detener la pérdida de poder global del imperio insular.

Al interés fundamental en la paz se agregaba el no menos importante interés en la conservación de las estructuras de poder internacionales; ambos intereses no iban a poder armonizarse después de que en 1936–1937 se perfilara que Japón, Alemania e Italia amenazaban en convertirse en posibles potencias enemigas. El objetivo de estos tres estados era revolucionar el sistema internacional. Teniendo en cuenta el desafío fascista en Europa y la creciente política hegemónica agresiva del Japón en el espacio asiático-pacífico a la política británica le fue difícil encontrar una línea clara entre el appeasement y el containment. También la actitud frente a la Unión Soviética durante largo tiempo estuvo caracterizada por la desconfianza y la falta de concepción. Y con la Sociedad de Naciones así como con el principio de seguridad colectiva, Gran Bretaña tuvo desde un comienzo una relación más bien ambigua.

Acto de adhesión de Japón al Pacto Antikomintern el 27 de septiembre de 1940 (foto: Getty Images)

Sin lugar a dudas el orden internacional carecía de legitimidad, hecho que contribuyó fundamentalmente a que los británicos (y hasta cierto grado también los franceses) durante mucho tiempo hicieran tantas concesiones a las demandas de Hitler. El hecho de que la expansión alemana en los años treinta tuviese éxito inicialmente debe atribuirse precisamente a la debilidad del orden estatal internacional después de la Primera Guerra Mundial. Luego, a partir de 1930, puede constatarse de forma más intensa una labilidad del orden internacional, lo que por un lado estaba relacionado con la crisis económica mundial y por el otro con las repercusiones de las crisis nacionales derivadas del sistema de Versalles (Müller 2018).

La crisis de entreguerras y la Guerra Civil española

¿Cómo se relaciona lo expuesto hasta aquí con la Guerra Civil española, su desenlace en 1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial? ¿Puede incluirse la intervención alemana en España, con toda la importancia decisiva que tuvo para el desenlace de la Guerra Civil, en la agresiva política exterior nazi? En caso de seguir la línea interpretativa de los historiadores que ven en el libro de Hitler Mi lucha, escrito en 1923, el programa de una futura política exterior alemana a largo plazo planeada por Hitler ya des­de comienzos de los años veinte, la intervención nazi en España no encaja con el camino señalado en el libro, pues el golpe de estado franquista de julio de 1936 cogió a Hitler por sorpresa. Ahora bien: si se considera que en su política exterior Hitler fue extremamente flexible y oportunista, sin perder de vista la meta última de su política, entonces hay que constatar que el levantamiento de Franco era muy propicio a los planes nazis de po­lítica exterior expansionista. Lo importante que era una victoria franquista para los planes nazis se puede desprender fácilmente de las instruccio­nes que le dio Hitler al primer encargado de negocios alemán en contacto con Franco, el general retirado Faupel, en noviembre de 1936, antes de que partiera para Salamanca. Según estas instrucciones, Faupel no debía inmiscuirse durante su estancia en España en los asuntos internos del país. El sistema político que surgiera de la guerra (ya fuera una dictadura militar, un estado autoritario o una monarquía) traía a Hitler sin cuidado. «Su misión —continuaba Hitler— consiste única y exclusivamente en evitar que, una vez concluida la guerra, la política exterior española resulte influida por París, Londres o Moscú, de modo que, en el enfrenta­miento definitivo para una nueva estructuración de Europa —que ha de llegar, no cabe duda—, España no se encuentre del lado de los enemigos, sino, a ser posible, de sus aliados» (apud Abendroth 1973, 36 y Viñas, 363).

Faupel y Franco en la Plaza Mayor de Salamanca (foto: CDMH)

Las autoridades nazis debían de saber que en el verano de 1936 no par­tía de España ninguna amenaza comunista seria. El componente anticomunista, que salió siempre a relucir en las argumentaciones de Hitler, no debía de referirse al peligro inminente de una toma comunista del poder en caso de que venciera la República sino que debió de ser más bien expre­sión de cálculos estratégicos dentro del marco más amplio de la política exterior hitleriana. En la Denkschrift über die Aufgaben eines Vierjahres-plans (‘Memoria sobre los objetivos de un plan cuatrienal’), que redactó Hitler en el verano de 1936, señalaba la «necesidad de defensa ante el peligro bolchevique» como el punto más importante de la política alemana (Schieder 1976, 162–190). No cabe duda de que la lucha contra el comunismo y la solución al problema de espacio de Alemania por medio de una guerra contra la Unión Soviética fueron dos de las constantes del pensamiento hitleriano en cuanto a política exterior. Todas sus decisiones, por muy improvisadas y espontáneas que parecieran —también la decisión del 25 de julio de 1936, en Bayreuth, de intervenir en España— se subordinaban a esas dos ideas fundamentales.

La multitud saluda a Hitler durante el festival de Bayreuth, en julio de 1936 (imagen incluida en Adolf Hitler. Bilder aus dem Leben des Führers, Hamburg: Cigaretten/Bilderdienst Hamburg/Bahrenfeld, 1936)(age/fotostock)

Sólo la idea de que en España pudiera establecerse un régimen orientado hacia la izquierda constituía para Hitler un motivo estratégico-geográfico de peso —reforzado además por convicciones ideológicas— para intervenir en la Guerra Civil española. En ello desempeñaba asimismo un papel decisivo la posible repercusión de la guerra en la vecina Francia. Bajo la amenaza común del nacionalsocialismo, se había producido entre Francia y la Unión Soviética un acercamiento político que se tradujo en la firma de un pacto de asistencia mutua en mayo de 1935. Por otra parte, no hay que olvidar que desde la primavera de 1936 ocupaba el poder en Francia un gobierno de Frente Popular con León Blum a la cabeza. El 20 de julio de 1936 Blum estaba dispuesto a acceder a una petición de ayuda militar de los republicanos españoles. Pero muy pronto se apartó de esa decisión originaria, al darse cuenta de la reacción negativa de Gran Bretaña y de la fuerte oposición existente en el interior del propio país. En contra de sus convicciones Blum firmó el acuerdo de no intervención. Esta debilidad de la política exterior francesa —la incapacidad de adoptar una iniciativa propia de cara al exterior—, unida al progreso comunista en el interior del país gracias a la táctica de los frentes populares, debieron confirmar los temores alemanes de que la chispa española prendiera también en territorio francés. Y en el caso de que se produjera tal contagio, volvería a surgir en el horizonte político nazi la posibilidad de que Alemania se viera cercada por países enemigos. Al día siguiente de decidir apoyar a Franco, Hitler manifestó al embajador alemán en Londres —posteriormente ministro de Exteriores del Reich—, Joachim von Ribbentrop:

Alemania no debe bajo ninguna circunstancia aceptar una España comunista. Como nacionalsocialistas tenemos el deber de hacer todo lo posible por evitarlo […]. Si realmente logran crear una España comunista, entonces, tal como está la situación en Francia, será sólo cuestión de poco tiempo el triunfo del bolchevismo en este país, y en ese caso ya puede Alemania despedirse. Enclavados entre un poderoso bloque soviético al este y un fuerte bloque comunista hispano-francés al oeste, apenas podríamos defendernos si a Moscú se le ocurriese marchar contra Alemania. (apud Abendroth 1973, 32)

También en otras conversaciones del Führer se pone de manifiesto que, en los días que siguieron al estallido de la Guerra Civil española, su principal preocupación era que el comunismo pudiera expandirse de España a Francia: «Lo único que nos interesa es que no surja en España un estado bolchevique que sirva de puente de unión entre Francia y el norte de África» (Domarus 1963, 1: 688). En noviembre de 1936, el ministro de Asuntos Exteriores, Konstantin von Neurath, expuso al embajador en Roma, Ulrich von Hassell, el objetivo primordial de los nazis en España:

En relación con el conflicto español, Alemania tiene un objetivo primordial, de tipo negativo: impedir que la península ibérica caiga bajo el dominio bolchevique, con las consecuencias que esto traería de peligro de contagio para el resto de la Europa occidental. (Akten 1951, 3: 132)

Desde la perspectiva nacionalsocialista, una España anticomunista representaba un pilar decisivo en el orden estratégico-geográfico con vistas a una política de alianzas, de tal modo que el apoyo de Hitler a Franco se basó tanto en las convicciones anticomunistas de ambos como en consideraciones de estrategia nacionalsocialista.

Soldados de la Legión Cóndor y regulares marroquíes en León (imagen: ileon.com)

La ayuda alemana a los generales españoles rebeldes se mantuvo en secreto, a nivel oficial, hasta el año 1939; así se evitaba que los países europeos tuvieran un pretexto para solidarizarse en contra de los nacionalsocialistas. Sólo a partir del momento en que se suprimió esta medida, después del regreso de la Legión Cóndor, pudo empezar a tejerse una leyenda que al mismo tiempo abonó el terreno para el ya largamente proyectado enfrentamiento de la guerra mundial. Los objetivos por los que los soldados alemanes habían combatido en suelo español en años anteriores se los había ido inculcando de forma incesante la prensa propagandística nazi ya desde el comienzo de la Guerra Civil. El Völkischer Beobachter (‘Observador Nacional’), periódico oficial de los nazis, traía continuamente, en julio y agosto de 1936, titulares referidos a España: «Guerra civil en España. Violentos enfrentamientos entre fascistas y marxistas en todo el país» (21 jul. 1936), «Abierta intromisión de Moscú en la guerra civil española» (22 jul. 1936), «Régimen comunista de terror en España» (12 ago. 1936), «Moscú ordena: matad a todos los curas!» (20 ago. 1936) (apud Alff 1971, 148–149). Cuando la Alemania nazi y la Italia fascista otorgaron a Franco el reconocimiento diplomático el 18 de noviembre de 1936, el Ministerio de Instrucción Pública y Propaganda del Reich ya se había anticipado a la situación, dictando normas uniformes para la denominación de ambos bandos: «El Führer y Canciller del Reich ha ordenado designar a las partes contrincantes en la Guerra Civil Española de la forma siguiente: a) el Gobierno nacional español; b) los bolcheviques españoles» (Akten 1951, 119).

De este modo quedaba fijada la imagen nacionalsocialista de España. Si bien la argumentación anticomunista como móvil de la política del nacionalsocialismo con respecto a España es en todos los casos demostrable, dicho componente anticomunista —entendido como base ideológica de la política de Hitler— no constituyó el único motivo para la intervención alemana en España. Las autoridades nacionalsocialistas advirtieron muy pronto que Franco no era en modo alguno el revolucionario fascista al que correspondía apoyar por motivos de afinidad ideológica. La considerable ayuda que Franco recibió de la Iglesia católica oficial y la presenta­ción del alzamiento como un fenómeno pseudoreligioso —al calificarlo de “cruzada”— pusieron de manifiesto ya desde un comienzo las graves diferencias existentes con la doctrina nacionalsocialista.

La falta de coincidencia entre los objetivos de los militares rebeldes y los de la Alemania nazi es subrayada por Dieckhoff, director del Depar­tamento de Política del Ministerio de Asuntos Exteriores, el 22 de agosto de 1936: el «grupo de los militares», decía, se encontraba «de momento unido a ellos en la lucha común contra el comunismo, sin que ello signi­ficara que se pudieran identificar los objetivos de dicho grupo con los del nacionalsocialismo» (Akten 1951, 44). Las diferencias entre ambas partes se acrecentaron una vez concluida la Guerra Civil, hasta convertirse en un claro enfrentamiento —que, aunque no se hizo público, no dejó de ser menos intenso— sobre el tema de la entrada de España en la Guerra Mundial (Morales Lezcano 1980, Ruhl 1975). Muchos indicios llevan a pensar que durante la Segunda Guerra Mundial los nacionalsocialistas lamentaron profundamente haber apoyado antes a Franco y a la clique reaccionaria que lo rodeaba (Iglesia y nobleza). En aquel entonces hacía ya tiempo que la clase dirigente nazi consideraba al dictador español como un oportunista cobarde carente tanto de fidelidad a sus principios como de firmeza ideológica.

Hitler y Franco se entrevistan en Hendaya el 23 de octubre de 1940 (imagen: EFE)

Hay un testimonio revelador de finales de 1942 que prueba que Hitler se sentía decepcionado con su protegido. Se trata de un comentario que, según Albert Speer, pronunció el Führer en una conversación manteni­da con Keitel:

Usted conoce mi opinión sobre Franco. Entonces, cuando nos encontramos hace dos años, pensaba todavía que se trataba de un auténtico caudillo, pero en lugar de ello me vi frente a un sargento bajito y regordete, que no era ni siquiera capaz de concebir mis ambiciosos planes. Deberíamos ganarnos la simpatía de los españoles ‘rojos’ (en los campos de concentración franceses), que son, por cierto, varios miles. Para la democracia están ya perdidos, así como para esa canalla reaccionaria que rodea a Franco; para nosotros, en cambio, representan una auténtica oportunidad […]. Durante la Guerra Civil el idealis­mo no estuvo del lado de Franco, sino del de los rojos […]. Algún día podremos servirnos de ellos. Cuando hayamos roto con Franco. Entonces los haremos regresar. ¡Y ya verá! ¡Todo volverá a comenzar de nuevo! Con la diferencia de que nosotros estaremos del lado contrario. Me es totalmente indiferente. Aún me tiene que conocer. (Speer 1975, 252 y ss.)

La visión oficial maniquea de España —de la Guerra Civil como un enfrentamiento de dos bandos opuestos— formó parte de una interpretación más amplia, quedando así incluidos los acontecimientos españoles en el esquema general de oposiciones fascismo versus bolchevismo. No obstante, conviene aclarar que esta afirmación sólo es válida en lo referente a comunicados publicados y a la propaganda oficial del Tercer Reich, ya que tanto los informes para uso interno como las discusiones en círculos reducidos evidencian una perspectiva mucho menos teñida de ideología. En efecto, a la propaganda se unió muy pronto una política encaminada al propio beneficio (ya fuera estratégico-militar, económico o de política de alianzas).

Justo en aquellos meses de primavera y verano de 1936, cuando se urdió en España el golpe militar y comenzó la Guerra Civil, Alemania recuperó la soberanía militar y reinstituyó el servicio militar obligatorio. En relación con el rearme, Hitler proclamó en septiembre de 1936 el Plan Cuatrienal, que señalaba la necesidad de defenderse ante el peligro bolchevique como punto más importante de la política alemana. El verano de 1936 fue, pues, un momento crucial en la política nazi, tanto en el sector militar como en el económico, y ambos sectores serían, desde un principio, importantes para explicar, justo en esa fase, la intervención alemana en España.

Göring, administrador jefe del Plan Cuatrienal, observa la maqueta de un complejo industrial (foto: nosolobatallassgm.blogspot.com)

No sólo la (más tarde famosa) afirmación de Hermann Göring ante el Tribunal Militar de Nuremberg y su papel en la organización del aprovisionamiento militar para Franco señalan la importancia del motivo militar en la decisión de intervenir. También una alusión de Hitler a Ribbentrop en abril de 1938, justo después de la anexión de Austria y preparando ya frenéticamente la destrucción de Checoslovaquia, podría inducir a creer en esta argumentación: mencionó que «no estaría nada mal» acceder al deseo entonces expresado por Franco, quien frente a Canaris había «abordado la cuestión de la retirada de los voluntarios alemanes e italianos aludiendo a la sensibilidad francesa e inglesa» (Akten 1951, 536). Hitler estaba dispuesto a retirar las tropas alemanas, sobre todo las fuerzas aéreas, por motivos obvios:

Se encuentra en España una parte importante de la aviación, que es muy necesaria y de valor extraordinario para la reconstrucción de las Fuerzas Aéreas en Austria. Dado que la guerra, también según su opinión, llega a su fin, nuestros soldados de todas formas ya no pueden aprender más […]. Al fin y al cabo, las tropas tienen que marcharse alguna vez de España. Ya lo hemos intentado varias veces. (Akten 1951, 538)

No menos importante que los intereses militares llegaron a ser, a lo largo de la guerra, los intereses económicos alemanes. Así, la compañía HISMA (Compañía Hispano-Marroquí de Transportes Ltda.), que organi­zó del lado español el intercambio de mercancías germano-español, ad­quirió derechos en España de minas de hierro, cobre, plomo, wolframio, estaño, cinc, cobalto y níquel entre otros. Hasta octubre de 1937 había adquirido los derechos de 73 minas; en 1938 su número ascendió a 135. Sobre la cuestión de la participación de capital alemán en estos derechos, en 1937–1938 tuvieron lugar grandes fricciones entre las autoridades ale­manas y españolas. No fue hasta después de la Conferencia de Munich, a finales de septiembre de 1938, en la que Gran Bretaña y Francia accedieron a que el territorio checoslovaco de los Sudetes pasara a Alemania —lo que significó una gran victoria de Hitler, quien empezó a adquirir un papel cada vez más dominante en la política europea—, cuando Franco accedió rápidamente a las pretensiones alemanas y concedió la participación mayoritaria de capital alemán en las sociedades mineras españolas. La adquisición de derechos de minas españolas representó el aspecto económico-militar más importante, sin duda alguna, de los objetivos económicos alemanes en España.

Conferencia de Munich (imagen: Photos.com/Thinkstock)

De las instrucciones que le dio Hitler a Faupel cuando éste fue a España en noviembre de 1936, se deja entrever que, ya en los primeros meses de guerra, los aspectos económico-militares se situaron en el centro de las consideraciones nacionalsocialistas. Mientras que, según unas notas del entonces ministro de Asuntos Exteriores del Reich, Konstantin von Neurath, las funciones del encargado de negocios del Reich «ante el Gobierno del general Franco» consistían fundamentalmente en «aconsejar a Franco cuando éste lo requiriera, representar sus intereses frente a él e informarles de los acontecimientos» (Akten 1951, 117), el propio Faupel explicaba que había recibido la misión del Führer de «ocuparse especialmente de la organización de las relaciones comerciales de Alemania con España y de aprovechar la situación momentáneamente favorable para ellos, para que Inglaterra, bien provista de capital, no les quitara el mercado» (Akten 1951, 123). Aquella instrucción de Hitler a Faupel, que debía conseguir que España se hallara en el bando de los amigos de Alemania, en cierta manera se había logrado en el sector económico cuando con la destrucción de Checoslovaquia comenzó la expansión territorial de Alemania.

* * *

En este texto se ha intentado interconectar la crisis europea de entreguerras con la Guerra Civil española. Y aunque en un principio la guerra española no había formado parte de los planes de Hitler, se pudo demostrar que el desenlace de la Guerra Civil fue de enorme importancia para los planes hitlerianos sobre el futuro de Europa. El final de la Guerra Civil española coincidió temporalmente con la fase de mayor agresividad expansionista del Tercer Reich. Ayudar hasta el final a que Franco ganara la guerra fue de gran importancia para Hitler, pues un régimen derechista que no se resistiría a una expansión bélica en el este europeo era lo que Hitler necesitaba en el oeste de Europa. La Guerra Civil española y la crisis de la democracia europea en el período de entreguerras están, pues, íntimamente conectadas.

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Publicado originalmente en:

Dictatorships & Democracies. Journal of History and Culture 7: 13–36 doi: https://dx.doi.org/10.7238/dd.v0i7.3162. 

Dictatorships and Democracies. Journal of History and Culture,  el anuario de Historia y Cultura que impulsan la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) y la Fundació Carles Pi i Sunyer. num  7

El dosier central está dedicado a los trabajos del coloquio De Munic a París, que se celebró en La Jonquera en mayo de 2019


(*) Algunos de sus libros en castellano

España entre la tradición y modernidad: política, economía, sociedad (siglos XIX y XX) Madrid : Siglo XXI de España, 2009

España del consenso a la polarización: cambios en la democracia española (con Günther Maihold) Madrid : Iberoamericana ; Frankfurt am Main : Vervuert, 2007.

España entre tradición y modernidad: política, economía, sociedad (siglos XIX y XX) Madrid : Siglo XXI de España, 1999

Guerra en España, 1936-1939 Síntesis, 1996

España: del consenso a la polarización. Cambios en la democracia española. (con Günther Maihold)

Colectividades y revolución social. Crítica, 1992

 

Portada:

Noticias sobre la marcha de la guerra de España en el Völkischer Beobachter (23 de octubre de 1938)


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