La mirada de Keynes

Ricardo Robledo

Tal día como hoy, un 28 de junio de hace  cien años,  se firmó el Tratado de Versalles. Llegar aquí no fue una secuencia programada. El 11 de noviembre del año anterior Foch, como Comandante Supremo del Frente Occidental, firmó el armisticio con el Imperio Alemán  en el coche que pasaría a ser conocido como el «Vagón de Compiègne», por la ciudad francesa del mismo nombre (departamento del Oise). El cambio político e institucional desde arriba, para conseguir el armisticio y la continuidad del  Reich, fue desbordado desde abajo:  el amotinamiento de los marinos de Kiel y la insurrección popular  implosionaron el Imperio. Había estallado la revolución alemana, como ha escrito el profesor Martín Ramos en este blog. Los acuerdos de paz se fueron firmando progresivamente en la primera mitad de 1919. 

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  El periódico «El Sol» publicó el 1 de octubre de 1919 la traducción del Tratado, un libro en 8º que ocupa 448 páginas (portada de esta publicación). El prólogo lo firma Manuel Aznar Zubigaray (1894-1975), que desde hace tiempo tiene su biografía en la web de la Fundación Francisco Franco. Pero en  1918-1919 dirigía «El Sol», un periódico reformista. El prólogo de Aznar al Tratado concluye así:

Los conductores de pueblos han querido establecer una base para que la Humanidad se desenvuelva en la  serenidad de un bienestar más alto, y para que los pueblos entren en el camino de nuevas armonías, aumentando el caudal de civilización que el desencadenamiento de  cien batallas quiso desviar hacia la ruina en los años terribles de la Gran Guerra Universal.

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Una semana antes de que se firmara el Tratado de Versalles, Keynes  empezó a escribir «The economic consequences of the peace»,   en Charleston. Como es sabido, el libro trata de algo más que del Tratado de Versales.  El análisis de Keynes, refleja bien no solo el fin de una época, sin posibilidad de retorno, sino también la aparición de unas nuevas “condiciones psicológicas” que habían puesto al descubierto el engaño de las virtudes victorianas: la creencia de que los capitalistas “ahorraban” la mayor parte de sus beneficios. Por tal motivo, la política económica no podía ser la de pre guerra.

Pero, ciñiéndonos al libro,  en diciembre de 1919 apareció en los escaparates de las librerías. En pocos meses se llegaron a vender en todo el mundo más de 100.000 ejemplares. El libro fue traducido a once idiomas y en España por la editorial Calpe en 1920 (Sánchez Lissen). Si ojeamos el capítulo de las Reparaciones encontraremos juicios tan duros  como el siguiente:

Habrá habido pocas negociaciones en la Historia tan retorcidas, tan miserables y tan substancialmente poco satisfactorias para todas las partes. Dudo que ninguno de los que tomaron parte en aquel debate pueda volver la vista atrás sin sentir vergüenza (…)

La política de reducir a Alemania a la servidumbre  durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres  humanos y de privar a toda una nación de felicidad, sería odiosa y detestable, aunque fuera posible, aunque nos enriqueciera a nosotros (…) las naciones no están autorizadas por la religión ni por la moral natural a castigar en los hijos de sus enemigos los crímenes de sus  padres o de sus jefes, («Las consecuencias económicas de la paz». Barcelona, Crítica, 1987, pp. 145-146).

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El contraste entre los juicios de Manuel Aznar y Keynes es bien evidente. Aznar apelaba a la retórica. Keynes no solo tenía un juicio fundado por el cargo que había desempeñado en el Tesoro Británico durante  el conflicto (y como representante oficial en la Conferencia de Paz de París hasta el 7 de junio de 1919), sino que disponía de una sólida formación en filosofía moral. Hoy este itinerario intelectual resultaría exótico. Primero R. Harrod (1900-1978)  y luego Robert Skidelsky -en la monumental biografía (Barcelona, 2013, RBA, 1366 páginas)- explicaron bien cómo se había derrumbado la moral victoriana y el inconformismo buscó otro tipo de credos.  El recambio fueron los «Principia Ethica» de E. Moore en 1903, año en que Keynes ingresó en la Sociedad de los Apóstoles. Los ‘apóstoles’ buscaban una ética  que apuntara a objetivos distintos impuestos a cualquier caballero victoriano y el filósofo les dio legitimidad a sus aspiraciones. Las acciones solo son buenas si son medios para alcanzar ‘estados mentales’. Esto convirtió en valor supremo las experiencias estéticas y la amistad personal.  Keynes siempre reconoció sus deudas: «nos ofreció una verdadera teoría de la ética». Por otra parte, su orientación política rompía muchos moldes. Seguramente no es muy conocida la carta a su madre el día de nochebuena de 1917, recogida por Skidelsky:

…reflexiono con bastante satisfacción sobre el hecho de que, debido a que nuestros propios dirigentes son tan incompetentes como locos y perversos, una era concreta de un tipo concreto de civilización está prácticamente acabada.

Me parece que una forma de percibir la profundidad del pensamiento de Keynes ( y advertir cómo anticipó muchos de los males que vinieron después [1]), es releer los párrafos finales del libro donde se percibe más de un eco de E. Moore, por ejemplo que  la política era como máximo un medio para hacer el bien:

Hay muchas personas en las que tales proposiciones  [a ayudar a Alemania a volver a ocupar su puesto en Europa] suscitarán enérgica oposición. Yo les pido que lleguen con el pensamiento a las consecuencias de entregarse a esos prejuicios. Si nos oponemos en detalle a todos los medios por los cuales Alemania o Rusia puedan recuperar su bienestar material, porque sentimos un odio nacional, de raza o político contra sus habitantes o sus gobiernos, debemos estar preparados a hacer frente a las consecuencias de tales sentimientos, porque aun cuando no hubiera solidaridad moral entre las razas emparentadas de Europa, habría una solidaridad económica que no podemos despreciar. Aún ahora, los mercados del mundo constituyen uno solo. Si no permitimos a Alemania que cambie los productos con Rusia para que pueda alimentarse, tendrá que competir inevitablemente con nosotros en los productos del Nuevo Mundo. Cuanto más éxito tengamos en romper las relaciones económicas entre Alemania y Rusia, más deprimiremos el nivel de nuestra propia economía y aumentaremos la gravedad de nuestros propios problemas domésticos. Esto, poniendo el problema en su nivel más bajo. Hay otros argumentos, que no pueden ignorar los más obtusos, contra una política que esparce y fomenta la ruina económica de los grandes países.

John Maynard Keynes
John Maynard KEYNES (1883-1946)

Veo pocos indicios de acontecimientos dramáticos próximos en ninguna parte. Motines y revoluciones los puede haber; pero no tales, en el presente, que tengan una significación fundamental. Contra la tiranía política y la injusticia, la revolución es un arma. Pero ¿qué esperanzas puede ofrecer la revolución a los que sufren de privaciones económicas, que no son producidas por las injusticias de la distribución, sino que son generales? La única salvaguardia contra la revolución en la Europa central está positivamente en el hecho de que ni siquiera al espíritu de los hombres que están desesperados ofrece la revolución de ninguna forma perspectivas de mejora. Puede, pues, ofrecerse ante nosotros un proceso largo y silencioso de extenuación y de empobrecimiento continuado y lento de las condiciones de vida y de bienestar. Si dejamos que siga la bancarrota y la ruina de Europa, afectará a todos a la larga, pero quizá no de un modo violento ni inmediato.

Esto tiene una ventaja. Podemos tener todavía tiempo para meditar nuestros pasos y para mirar al mundo con nuevos ojos. Los acontecimientos se encargan del porvenir inmediato de Europa, y su destino próximo no está ya en manos de ningún hombre. Los sucesos del año entrante no serán trazados por los actos deliberados de los estadistas, sino por las corrientes desconocidas que continuamente fluyen por bajo de la superficie de la historia política, de las que nadie suele predecir las consecuencias. Sólo de un modo podemos influir en estas corrientes: poniendo en movimiento aquellas fuerzas educadoras y espirituales que cambian la opinión. La afirmación de la verdad, el descubrimiento de la ilusión, la disipación del odio, el ensanchamiento y la educación del corazón y del espíritu de los hombres deben ser los medios.

En este otoño de 1919, en el que yo escribo, estamos en la estación muerta de nuestro destino. La reacción de los esfuerzos, los temores y los sufrimientos de los cinco años pasados ha llegado a su máximo. Nuestra facultad para sentir y tratar otras cuestiones que las inmediatas de nuestro propio bienestar material, se ha eclipsado temporalmente. Los mayores acontecimientos, fuera de nuestra experiencia directa, y las más temerosas predicciones no nos pueden conmover (…)

Hemos sufrido una conmoción que supera a toda resistencia, y necesitamos descanso. Nunca, durante la vida de los hombres que ahora existen, ha ardido tan débilmente el elemento universal en el alma del hombre. Por estas razones, la voz verdadera de la nueva generación no ha hablado todavía, y la opinión silenciosa aún no se ha formado. A la creación de la opinión general del porvenir dedico este libro.

(Las consecuencias económicas de la paz, Barcelona, Crítica, 1987, pp. 190-191).


[1] Keynes nos ha descrito el espectáculo en París de los estadistas marchando a cuatro patas sobre enormes mapas, intentando poner fronteras en regiones de las que ni siquiera habían oído hablar con anterioridad. Los resultados  fueron fatales, de modo que se puede considerar que uno de los orígenes de la Segunda guerra mundial surgió de este apresurado reparto que pretendió crear  estados nación por decreto. Entre sus resultados están millones de muertos causados por los procesos de limpieza étnica en los cincuenta años siguientes (Fontana, El Siglo de la Revolución)


 

Se inserta a continuación el articulo de Julián Casanova que analiza el Tratado de Versalles con la mirada puesta en la Segunda Guerra Mundial

Versalles, cien años después

Julián Casanova

El tratado de Versalles se firmó el 28 de junio de 1919, justamente cinco años después de que un joven nacionalista serbio, Gravilo Princip, hubiera asesinado al archiduque Francisco Fernando y a su esposa Sofía Chotek en Sarajevo. La guerra que siguió, larga y con una escala de víctimas y violencia sin precedentes, ideada para garantizar la sobrevivencia y continuidad de los imperios alemán y austro-húngaro, acabó con su estrepitosa derrota y desaparición. Por el camino se llevó al imperio ruso y provocó también la conquista bolchevique del poder, el cambio revolucionario más súbito y amenazante que conoció la historia del siglo XX.

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En resumen, el tratado declaró, con el Artículo 231, la responsabilidad de “Alemania y sus aliados” por el estallido de la Primera Guerra Mundial y, en consecuencia, desarrolló diversas cláusulas sobre ajustes territoriales, desmilitarización y compensaciones económicas –fijadas en 1921 en

¿Fue justo ese tratado? Pronto surgieron dos interpretaciones opuestas: quienes consideraban que el acuerdo había contribuido al surgimiento del fenómeno destructor del nazismo y quienes trataban de mostrar que el trato recibido por Alemania no fue excesivamente severo comparado con el daño que había causado y lo que habría hecho si hubiera ganado la guerra.

Entre los primeros, el economista británico John Maynard Keynes, en su famosa publicación de 1920 The Economic Consequences of the Peace, predijo que los acuerdos del tratado de paz desestabilizarían las economías europeas y del mundo, provocando una gran crisis financiera. Desde la perspectiva francesa, la recuperación de Alsacia y Lorena –ocupadas por Alemania al final de la guerra franco-prusiana en 1871– podía entusiasmar a políticos nacionalistas y servir de causa patriótica para las conmemoraciones de la victoria, pero no reparaba las muertes de cerca de un millón y medio de franceses en la Primera Guerra Mundial.

Durante un tiempo, sobre todo en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, analistas e historiadores echaron la culpa de todos esos males, y del estallido de esa guerra en septiembre de 1939, a la fragilidad de la paz sellada en Versalles y a los dirigentes de las democracias que intentaron “apaciguar” a Hitler, en vez de parar su insaciable apetito.

El problema empezaba en Alemania, donde amplios e importantes sectores de la población no aceptaron la derrota ni el tratado de paz que la sancionó, creyéndose el mito de la “puñalada por la espalda”, de que el Ejército no había sido derrotado en realidad sino traicionado por los políticos, y continuaba en otros países como Polonia o Checoslovaquia, que albergaban millones de hablantes de alemán que, con la desintegración del Imperio Habsburgo, habían perdido poder político y económico. Como les recordaban los grupos ultranacionalistas que los movilizaban para conseguir la revisión territorial mediante la negociación o por la fuerza, ahora eran minorías en nuevos Estados dominados por grupos o razas inferiores.

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Manifestación en Berlín contra el Tratado de Versalles (imagen: picture alliance / akg)

Francia fue la única potencia victoriosa que trató de contener a Alemania en el marco de la paz de Versalles y de asegurar que las restantes potencias vencedoras aprobaran esa política. Pero ninguna de ellas estaba por la labor. Estados Unidos rechazó esos acuerdos y cualquier tipo de compromiso político con las luchas por el poder en Europa. Italia, sobre todo después de la llegada al poder de Mussolini y los fascistas, quería cambiar también esos acuerdos que no le habían otorgado colonias en África, y marcaba su propia agenda de expansión en el Mediterráneo. La Rusia bolchevique, consolidada tras la guerra civil contra el ejército Blanco, estaba deshecha económicamente y era poco fiable como aliado político, entre otras cosas porque compartía con Alemania un notable interés sobre el destino de los nuevos países del este de Europa.

En cuanto a Gran Bretaña, su interés primordial no estaba en el continente sino en el fortalecimiento de su vasto imperio colonial y en la recuperación del comercio. Francia, por lo tanto, trabajaba para que Alemania cumpliera con los términos del tratado y Gran Bretaña buscaba la conciliación y la revisión de lo que consideraba un acuerdo demasiado injusto para los países vencidos. Esa diferente posición dejó a Gran Bretaña y Francia en constante disputa y a Alemania dispuesta a sacar partido de la división.

Francia y Gran Bretaña gastaron más del doble en ganar la guerra que sus oponentes en perderla y básicamente financiaron ese coste a través de préstamos de inversores estadounidenses. Para afrontar esa enorme deuda, los gobiernos franceses y británicos consumían más de un tercio de sus presupuestos y sus economías se hicieron cada vez más dependientes de Estados Unidos, un proceso que ya había comenzado en plena guerra y que consolidó a este país como la principal potencia económica del mundo.

Pese a todas esas dificultades, a las tensiones sociales y a las divisiones ideológicas, el orden internacional creado por la paz de Versalles sobrevivió una década sin serios incidentes. Todo cambió, sin embargo, con la crisis económica de 1929, el surgimiento de la Unión Soviética como un poder militar e industrial bajo Iósif Stalin y la designación de Adolf Hitler como canciller alemán en enero de 1933. La incapacidad del orden capitalista liberal para evitar el desastre económico hizo crecer el extremismo político, el nacionalismo violento y la hostilidad al sistema parlamentario. Alemania, Japón e Italia compartían ese rechazo de la democracia liberal y del comunismo y ambicionaban un nuevo orden internacional que pusiera el mundo a sus pies.

Cuando se analizan todos esos hechos a la luz de la historia social y cultural, y no sólo desde el punto de vista político y diplomático, es fácil concluir que ningún documento en forma de tratado podía cerrar o evitar las consecuencias catastróficas que la Gran Guerra abrió en 1914. Puede ser que ese conflicto comenzara por las decisiones erróneas de un pequeño grupo de la élite política y militar, pero, al convertirse en una guerra de masas, de millones de personas movilizadas, desató fuerzas imprevistas y transformó las sociedades europeas de forma inimaginable. Era muy improbable que los “buenos tiempos” volvieran fácilmente y que el reloj de la historia se detuviera con las elites de regreso a sus posiciones de privilegio.

En la mañana del 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán invadió Polonia y el 3 de septiembre Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a Alemania. Veinte años después de la firma de los tratados de paz que dieron por concluida la Primera Guerra Mundial comenzó otra guerra destinada a resolver todas las tensiones que el comunismo, los fascismos y las democracias habían generado en los años anteriores. El estallido de la guerra en 1939 puso fin a esa “crisis de veinte años” e hizo realidad los peores augurios. En 1941, la guerra europea se convirtió en mundial con la invasión alemana de Rusia y el ataque japonés a la armada estadounidense en Pearl Harbor. El catálogo de destrucción humana que resultó de ese largo conflicto de seis años nunca se había visto en la historia.

Cuando las potencias ganadoras en 1945 se juntaron en Potsdam al final de la Segunda Guerra Mundial mostraron su total disposición a rechazar el Tratado de Versalles como modelo. Las decisiones allí alcanzadas estuvieron muy influidas por la memoria y el deseo de evitar los errores de sus predecesores una generación antes. El conocimiento de la historia sirve en momentos críticos como lección y aviso para saber qué hacer o no. Las enseñanzas de todo aquello trajeron a Europa décadas de integración e incentivos para evitar el conflicto. Pero la historia nunca es una calle de un solo sentido, y algunos de los ecos de aquellos tiempos de odios suenan en el presente. Cien años después.


Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza e investigador en el Institute for Advanced Study de Princeton. Ha sido profesor visitante en prestigiosas universidades europeas, estadounidenses y latinoamericanas.

Sus últimos libros son Europa contra Europa, 1914-1945España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (con edición en inglés, turco y árabe); y La venganza de los siervos. Rusia, 1917
FUENTE: Infolibre 
 

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