Sebastiaan Faber

Catedrático de Estudios Hispánicos (Oberlin College, Ohio [EEUU]) y autor de «Memory Battles of the Spanish Civil War: History, Fiction, Photography»
(Vanderbilt University Press, 2018)

 
 
 

En julio de 1945, un grupo de amigos españoles exiliados en la capital mexicana emprendió una excursión a la provincia de Oaxaca. Entre ellos se encontraban el joven poeta y editor Francisco Giner de los Ríos, que por ese entonces tenía 27 años, y Ramón Iglesia Parga, historiador, unos doce años mayor. Giner —sobrino nieto del pedagogo del mismo nombre, hijo del arquitecto Bernardo Giner de los Ríos y sobrino del embajador republicano en Washington, D.C.— había servido en el ejército republicano durante la Guerra Civil. Había arribado en mayo de 1939 a México, donde encontró trabajo en la Casa de España y el Fondo de Cultura Económica. Iglesia, gallego, se había afiliado al Centro de Estudios Históricos de la Junta de Ampliación de Estudios en Madrid ya antes de terminar su carrera en Historia en la misma ciudad, dedicándose, entre otros temas, a las crónicas de la conquista de América. Durante una estancia de dos años en Gotemburgo a finales de los años 20, se había sentido atraído brevemente por el fascismo; posteriormente se afilió al Partido Comunista[1]. En los años de la República trabajó en la Biblioteca Nacional. Durante la guerra sirvió como oficial en el ejército de la República, además de trabajar, como bibliotecario que era, en la protección del tesoro artístico. Llegó a México en 1939 a bordo del buque Sinaia. Acabó trabajando como docente e investigador en la Casa de España (después El Colegio de México) y la UNAM, continuando su investigación sobre los cronistas; su edición de la Verdadera Historia de Bernal Díaz del Castillo, comenzada en Madrid en 1932, salió en 1943. A partir de 1944 pasó a Estados Unidos con una beca Guggenheim; ya había pasado una temporada en el país a comienzos de aquella década.[2] Después ocuparía puestos en las universidades de Illinois y Wisconsin. Las vacaciones del verano de 1945, sin embargo, las pasó en México. De ahí la excursión a Oaxaca con el grupo de Giner.

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Llegada del Sinaia al puerto de Veracruz (foto: Archivo General de la Nación)

Un día de aquel julio, los excursionistas se apilan en un coche y salen temprano de Oaxaca capital con el propósito de recorrer los más de 250 kilómetros de carretera a Tehuantepec, en el Istmo, cruzando la sierra. El primer trecho no presenta desafíos, pero después de pasar por Tlacolula y Santiago Matatlán el camino comienza a subir en serio. “El paisaje parece lunar” —apunta Giner en su libreta de notas— “con sus manchas oscuras y blancas, todo pelado y duro, en este apretado, macizo nudo de montañas. Aquí” —reflexiona— “se sujetan mutuamente las dos Américas en un abrazo casi nervioso” (1948, p. 96). Cuando se topan con que la carretera principal está cortada por obras —abandonadas, por otra parte— los españoles no se dan por vencidos: dan un giro al volante y tiran por el monte. Así entran en el valle verdoso que alberga el pueblo de Nejapa de Madero, que Giner describe como “paraíso escondido en medio de la selva seca” (p. 98). Después de almorzar allí resuelven continuar el camino como sea. Los pueblerinos reaccionan escépticos. “Cuando decimos que vamos a Tehuantepec” —escribe Giner— “miran el automóvil con una especie de irónica incredulidad que no se traduce en palabras, y para tranquilizarnos nos dicen que tardaremos poco, unas cuantas horas nada más”. Aun así, se ponen en camino, imaginándose conquistadores:

Abandonamos Nejapa con la sensación de que Tehuantepec está detrás de lo desconocido, de una selva que quizás nos guarde toda una noche que sentimos próxima a pesar de las largas horas que nos separan de ella. Y el camino se va haciendo cada vez más duro y cerrado para el automóvil que nos lleva. Hay que buscarle a veces la continuación, porque se interrumpe de pronto o termina en medio del agua. Materialmente tenemos que sacar el coche en volandas de muchos sitios, o bajarnos de él y empujarlo para que logre remontar una cuesta increíble (p. 99)

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Francisco Giner de los Ríos (foto: Todos los Nombres)

Tres años después, Giner —de regreso en México después de una estancia en Europa trabajando para el gobierno republicano en el exilio— decide publicar las notas y los poemas del verano de 1945 en formato de libro como Laureles de Oaxaca. En el capítulo sobre el accidentado viaje al Istmo, el poeta inserta un afectuoso paréntesis sobre su compañero Ramón Iglesia. En el tramo más complicado del viaje a Tehuantepec, recuerda, notó cómo el historiador —y ex oficial republicano— se transformaba a ojos vista. Iglesia “se ha crecido en el viaje”, apunta Giner en el libro; “hay … una especie de alegría vital en toda su actitud que yo voy admirando y midiendo silenciosamente”. Y explica:

Muchas veces hemos hablado los dos de la crisis estupenda que representó para él nuestra guerra española en su concepción de la historia y, sobre todo, en su concepto de lo que debe ser el historiador. Después de haber hecho historia activamente, de haber sido protagonista de su curso violento, se ven las cosas de otra manera, se piensan y se escriben desde otra altura, iluminadas de otra luz más verdadera. Y el Ramón capitán de hace seis años, historiador de toda su vida, se encuentra ahora precisamente frente al paisaje de la historia que más ha investigado y que más amorosamente ha visto. … [L]os ojos brillantes tras las gafas, incansable en su ir y venir, sonriente y serio, la frente quemada del sol …, Ramón está gozando en grande esta tarde extraordinaria, este escenario que le entrega vivo, relampagueante de pronto, el color verdadero de todo lo que hablaban aquellas papeletas para siempre olvidadas, la historia presente con toda su estatura, desnudo y vibrante el nervio de su fuerza. “Ahora sí que lo entiendo todo”. (pp. 100-101)

Aunque Giner no revela más sobre sus conversaciones con Iglesia, podemos adivinar su tenor. Y es que a Iglesia la experiencia como oficial en la Guerra Civil, así como su exilio mexicano, le habían impelido a repensar de raíz la naturaleza de la historiografía y su propio papel como historiador. En una conferencia que impartió en 1940 en Guadalajara (recogida cuatro años después en El hombre Colón y otros ensayos), expuso algunas de sus ideas principales. Todas acaban por relativizar —o cuestionar directamente— los presupuestos de la historiografía positivista, incluidas en particular su pretensión de objetividad, su cientifismo y su “fetichismo” del documento como fuente privilegiada de conocimiento sobre el pasado. En su lugar, Iglesia defiende un concepto del historiador como una persona anclada en su propio tiempo; con un punto de vista determinado y abiertamente asumido; y con un afán de intervención social, político o intelectual. Para Iglesia el historiador tiene, además, la obligación de dirigirse a un público amplio—“El historiador no debe pensar que escribe para media docena de colegas, sino para un público más amplio, al que debe orientar”[3] al mismo tiempo que se puede permitir cierto brío a la hora de narrar los eventos del pasado. “[H]ay que conseguir”, le instó a un público de compañeros de disciplina reunidos en Guadalajara, “que los historiadores no se sientan tan orgullosos de ser inaccesibles”[4].

Trailer de 4 crónicas

Este cambio de actitud implica abandonar los principios equivocados que se han venido enarbolando. “Ya va siendo tiempo,” escribe, “de que [los historiadores objetivos] se den cuenta de que la ‘imparcialidad’ histórica, en el sentido absoluto en que ellos la conciben, no existe. El concepto mismo de imparcialidad es un mito”[5]. Y es que la historia no puede ser “una ciencia generalizadora, descubridora de leyes válidas para el mayor número posible de fenómenos”[6], ya que “no puede sustraerse al ambiente en que se escribe.” [7]

El trabajo del historiador es imposible sin un criterio selectivo previo, pues si el historiador consiguiera, como algunos han postulado, apagar su personalidad, para ese no habría historia científica, sino una insensata vorágine de figuras diversas, todas diferentes, todas igualmente significativas o insignificantes, pero sin ningún interés histórico.[8]

Es más, una de las ideas que hay que desterrar de una vez por todas “como más perturbadora para el estudio de la historia” es la noción de que la historia “se escribe sin pre-juicios” considerados no como idea preconcebida, sino como “el juicio previo, el punto de vista con que nos acercamos a todos los problemas del conocimiento”[9] . Al fin y al cabo, el historiador “escribe, cualquiera que sea su pretensión de imparcialidad, desde un punto de vista determinado”;

Y así como el médico que piensa dedicarse al psicoanálisis tiene que empezar por psicoanalizarse a sí mismo, el historiador tendrá que procurar descubrir, primero, cuáles son sus propios puntos de vista, para poder apreciar luego cuáles son los puntos de vista de otros historiadores, de su misma época o de otras distintas, porque de lo contrario no comprende nada.[10]

Historia política de inglaterra
La Historia política de Inglaterra de Trevelyan, traducida por Ramón Iglesia

Lo que ayudó a modificar su concepto de su propia profesión fue, entre otras cosas, su experiencia vital en la Guerra Civil Española (“me han enseñado mucha más historia los tres años que he pasado combatiendo en España que todo lo que había leído en los libros[11]). Pero también le habían inspirado algunos autores a los que había venido leyendo en su idioma original y traduciendo al castellano —labor por antonomasia del intelectual exiliado, por otra parte—. Entre ellos estaban de forma prominente el holandés Johan Huizinga, el alemán Heinrich Rickert, el ruso Michael Postan (judío exiliado en Inglaterra que enseñaba en Cambridge) y el inglés G.M. Trevelyan. También reconocía la influencia de Ortega y Gasset, en particular su perspectivismo. Desde estas lecturas, Iglesia les regañaba a sus compañeros de profesión por desdeñar los fundamentos filosóficos de su labor: “es actitud normal en los historiadores… rehuir los problemas básicos de su disciplina, diciendo que eso es cosa de los filósofos, por los que sienten un soberano desprecio, como si se tratara de especuladores abstractos, que viven perdidos en las nubes[12].

Una misma combinación de desprecio e ingenuidad, argumenta Iglesia, les lleva a privilegiar las fuentes documentales sobre los testimonios o puntos de vista de los agentes históricos y, de forma más general, “descartar el elemento personal”[13] de su análisis del pasado: “Al quedarse sin los relatos de los contemporáneos, tachándolos de ‘parciales’, se han ido en busca de los famosos ‘documentos’ que les parecían de un tipo más impersonal: tratados diplomáticos, colecciones legislativas, actas notariales, etc.”. Pero, señala, “lucidos están los historiadores si creen que en esos documentos no existe el factor subjetivo que tanto les aterra en los relatos de los temporáneos, en las crónicas, por ejemplo. Todos sabemos el grado de verdad que encierran los documentos aparentemente más serios y objetivos, los comunicados militares, pongamos por caso. Y no digamos nada de los documentos judiciales[14].

Ramón Iglesia conquistadores españoles

A pesar de sólo pasar algunos años en México, las intervenciones de Iglesia —además de su propia labor investigadora— dejaron rastro. Según el historiador mexicano Álvaro Matute, los argumentos de Iglesia ayudaron a reformular el debate disciplinario sobre la historia colonial mexicana. En su país anfitrión, el gallego se convirtió en “uno de los renovadores de la historia de la historiografía[15].

***

Fue casi inevitable que la experiencia de la guerra y del desplazamiento impusiera un giro temático en la obra de las y los escritores e investigadores españoles que se vieron obligados a salir de su país. Pero en algunos también motivó cambios de paradigma de mayor alcance. A Max Aub, por ejemplo, su participación en el proyecto republicano y en su defensa durante la guerra le impulsó a abandonar el vanguardismo que había dominado su producción literaria en los años 20, afianzándole, en su lugar, en el compromiso con una narrativa realista e histórica que sirviera de crónica de aquella experiencia colectiva (“Creo que no tengo derecho todavía a callar lo que vi para escribir lo que imagino” [Aub, 1998, p. 123]). El giro historiográfico de Iglesia que acabamos de describir cabe entenderlo de la misma manera. Y así como a Aub los años de la República, de la Guerra Civil y del exilio le inspiraron a emprender una relectura sumamente crítica de la actitud de intelectualidad española durante las décadas anteriores —crítica formulada de forma quizá más aguda en su Discurso de la novela española contemporánea[16], donde se ensaña con el arte y la literatura “deshumanizados” promovidos por Ortega— también Iglesia, al reconsiderar desde el exilio a las instituciones de las que había formado parte en los años anteriores a la guerra, llega a un diagnóstico despiadado. En sus intervenciones en el congreso de Guadalajara, en 1940, dejó las cosas claras:

Yo no creo, naturalmente, que el historiador pueda jugar un papel decisivo en la vida de su país; pero sí un papel más importante que el que ha venido desempeñando desde que la historia se ha deshumanizado. Tengo bien presente el ejemplo de lo ocurrido en España, donde en los últimos años se habían producido obras sumamente valiosas sobre ciertas instituciones medievales, o sobre el lenguaje de determinado poeta lírico o sobre las tablas de cualquier pintor catalán del siglo xv; donde no se había publicado, en cambio, ni una sola obra seria sobre problemas históricos esenciales para la vida del país, que fuera fruto de la actividad de un historiador profesional. Los españoles desconocíamos y despreciábamos la historia posterior a la invasión francesa y el resultado de ese desconocimiento lo estamos sufriendo hoy. Nuestras grandes figuras en el campo de los estudios históricos no habían querido comprometerse, no habían querido opinar, la guerra las cogió por sorpresa … y ¡para qué seguir! Este es uno de los resultados más graves de la deshumanización de la historia: que el profesional de su estudio crea que nada tiene que ver con los problemas vivos de su país o de su época, y que sólo desentendiéndose de ellos puede lograr un mejor conocimiento del pasado. Así se llega, según nos dice Nietzsche en su maravilloso ensayo De la utilidad y la desventaja de la historia para la vida, a que solamente se ocupan de la historia los que son incapaces de hacerla.[17]

 
Más tarde, en un artículo para una revista mexicana, insiste en el mismo argumento:

El historiador científico ha sentido el peligro y ha procurado refugiarse en el estudio de problemas en los que la neutralidad fuera más fácil de conseguir: historia del lenguaje, de la literatura, de las artes plásticas, de las instituciones más arraigadas y duras. Historia de todo lo que no fuesen cambios políticos o sociales, evitando cuidadosamente los problemas vivos que tuvieran repercusión en la actualidad y le obligaran a tomar partido. En estos terrenos es donde nuestra ciencia ha obtenido resultados más valiosos en los últimos años. Así ocurrió en España. El Centro de Estudios Históricos de Madrid era fundamentalmente un Instituto de Filología del que salieron obras básicas para el conocimiento de nuestro idioma, nuestra literatura, nuestro arte; pero ni una sola obra sobre la época de los Austrias, por ejemplo, ni un estudio de mediano valor sobre los grandes problemas políticos y religiosos de nuestros siglos XVI y XVII, tan esenciales para la comprensión de nuestra historia. No hablemos ya de la ignorancia absoluta en que nos encontrábamos la mayoría de los españoles, incluso quienes nos dedicábamos a la historia, respecto a nuestro siglo XIX, que tanta falta nos habría hecho conocer. Este interés por unos temas y este olvido de otros no se debía al azar. Estaba inspirado por la conciencia misma del español moderno, que consideraba con despego el papel desempeñado por su país en la historia de Europa, que parecía pedir perdón a los historiadores de otros países por los que consideraba errores y torpezas de sus propios antepasados.[18]

el hombre Colón

Para Iglesia, en otras palabras, el compromiso social y político del historiador se expresa en su elección de los temas que investiga —abordados en función de su relevancia para su propia época— pero también en su actitud, su toma de posición y su afán de proyección pública. De ahí su crítica de los historiadores españoles de los años 20 y 30. Según Iglesia, su pretensión de neutralidad u objetividad, así como su apego a una metodología positivista, produjeron un triple alejamiento: de los temas cruciales para los desafíos colectivos; de los problemas y las preocupaciones contemporáneas como punto de enlace o partida para la mirada sobre el pasado; y de la propia sociedad como posible público interesado en esa mirada sobre el pasado. “[L]a historia,” decía Iglesia en 1940, “que es estudio de la vida humana, ha querido despojarse de todos los ingredientes que en la vida humana son esenciales. Busca a todo trance la neutralidad, el no comprometerse”—“y ese riesgo del compromiso es el que hay que arrostrar”—[19].

***

El exilio y la guerra no solo modificaron cómo las y los intelectuales españoles desplazados concibieron de su labor y de su lugar en el mundo. Tuvieron también otras secuelas de carácter más personal y traumático. Laureles de Oaxaca, el libro de Giner de los Ríos sobre el viaje al sur de México, se acabó de imprimir en el Distrito Federal mexicano, en la Gráfica Panamericana, el día 15 de mayo de 1948 (“el día de San Isidro”, como indica el colofón). Justo diez días antes, Ramón Iglesia se había subido al alféizar de la ventana de su cocina en la ciudad de Madison, Wisconsin —donde vivía en un piso de tercera planta y en cuya gran universidad estatal ocupaba un puesto como profesor desde 1946— y saltado al vacío. Sucumbió a sus heridas poco después de dar con el suelo[20]. La trágica muerte del historiador no llegó del todo como sorpresa. Ya antes de su suicidio, Iglesia había lidiado con trastornos mentales, fruto probable de su experiencia bélica. Durante una estancia en Berkeley, en California, en 1941, tuvo que ser ingresado “por problemas de ansiedad agravados por los esfuerzos realizados tanto en la investigación como en la enseñanza”[21]. También en Wisconsin se sabía que estaba pasando por una época complicada. Como explica Bernabéu, fueron años en que “se agravaron sus problemas psiquiátricos”[22].

Old Library School de la UW en Madison
Dependencias de la Universidad de Wisconsin en Madison (foto: onwisconsin.uwalumni)

Más allá de la ironía de que la publicación del retrato de Giner de un Ramón Iglesia enérgico y rebosante coincidiera con su suicidio en Estados Unidos, la figura del historiador gallego invita a reflexionar sobre el exilio como exclusión —y sobre las consecuencias de ella— en un sentido más general. Como he argüido en otro lugar, la persona exiliada, al abandonar su país y ser excluida de su comunidad, en cierto sentido también es excluida de la historia, concebida como el desenvolvimiento diacrónico de una vida colectiva[23]. Si podemos pensar en esa experiencia histórica colectiva como un tren que atraviesa un paisaje temporal, cabe decir que al exiliado se le desvía hacia una vía muerta. De ahí también la sensación de irrealidad que se asocia con frecuencia con la experiencia del destierro. “Exile,” afirmó Michael Ugarte en su libro seminal Shifting Ground, “intensifies the tenuousness of the relationship between language and reality, for the life of exile is, in many ways, the life of fiction”[24].

En un autor como Max Aub, la ficcionalización de la vida en el exilio provoca, al mismo tiempo, un fenómeno inverso: la conversión de géneros ficticios en géneros más propiamente históricos. Las novelas de El laberinto mágico —su magnum opus sobre la Guerra Civil— tienen una clara ambición historiográfica, entendida a veces en términos de monumento o memorial. Frente al diluvio ideológico provocado por la historiografía franquista (o, más en general, la practicada en la España de Franco), y ante su voluntad ninguneadora, la novela del exilio puede convertirse en una especie de arca de Noé: un espacio que hace posible el rescate de personas, momentos, relatos e ideas que el régimen español pretende borrar. En este sentido, el proyecto de Aub recuerda la idea unamuniana de que los vivos solo nos rescatamos de la muerte ficcionalizándonos. “Un ente de ficción es una idea”, afirma Augusto Pérez en Niebla; “y una idea es siempre inmortal”[25] [26].

Sender nocturno de los 14

Así, a unos veinte años de su suicidio, a Ramón Iglesia lo rescataría, unamunianamente, su tocayo Ramón J. Sender. De hecho, el regreso fue doble. A Iglesia le trajo Sender no sólo a la vida sino a España. En Nocturno de los 14 —libro que Sender terminó de escribir en octubre de 1968 en California pero que se publicó en Barcelona en 1969— le aparecen al narrador, en una sola noche, catorce suicidas. Algunos son amigos y conocidos suyos (entre ellos, los exiliados republicanos José Luis Sánchez-Trincado y José Díaz), mientras que otros son figuras famosas, como Ernest Hemingway. Ramón Iglesia también forma parte del grupo. Sender (o su narrador) nos lo presenta primero con sus ominosas iniciales (R.I.P.). Escribe:

En los últimos tiempos me había escrito cartas razonables, discretas, amistosas y reconciliatorias. Porque los suicidas suelen tener necesidad de reconciliarse con alguno de sus infinitos discrepantes. Discrepantes a priori. Discrepantes del suicida en potencia. Ramón I.P. era el menos potencial de los suicidas. Y el que menos suicida parecía. Pero saltó, como los otros.[27]

Más de treinta años después de conocerlo, el narrador de Nocturno de los 14 recuerda el primer encuentro que tuvo con el joven historiador gallego:

“Conocí a Ramón en Madrid el 11 de noviembre de 1936. Se dirá que tengo buena memoria y es verdad aunque sólo para las fechas marcadas con sangre. Estaba en Madrid en aquel día de noviembre de 1936 y en el edificio del Quinto Regimiento (Lista, esquina a Serrano). Había ido por algún motivo infausto. El ataque sobre la ciudad arreciaba. El de los burócratas de Moscú sobre mí, también. Yo tenía la pistola en el cinto, una cápsula en la recámara y siete más en el cargador. Y llevaba largo rato paseando por un cuarto vacío y esperando una llamada telefónica cuando apareció Ramón I.P. Era grande, atlético y se veía pálido y un poco dubitativo. Si se hubiera dejado barba se habría parecido mucho al fraile H. F. Paravicino del retrato del Greco.

Se acercó a mí; dijo su nombre. Yo dije el mío y nos estrechamos la mano. Era Ramón uno de los jóvenes brillantes del Centro de Estudios Históricos, uno de los que más prometían. Es decir, había hecho ya cosas notables y tenía además de la disciplina del oficio (historiógrafo), un aura y un don de gracia (religiosa o atea) que podía dar a todo lo que escribiera o dijera una virtud comunicativa natural. En suma, aquel hombre era alguien y, sin embargo, su nombre no decía nada todavía, es decir, menos que nada. En cambio, sus iniciales tenían una expresividad escandalosa

R.I.P.”[28]
Sender describe el primer diálogo que tuvo con Iglesia con cierto dramatismo:

Ramón I.P. me dijo:

— He venido aquí porque creo que puedo ser útil en la guerra.

Tronaban los cañones de día y de noche. A veces dentro de las casas había que alzar la voz porque no nos oíamos. …

Aquel día le hablé de la conveniencia de organizar los archivos y la biblioteca del cuartel general, pero Ramón I.P. no había dejado los papeles de su biblioteca para entregarse a los del cuartel general. Quería ser un guerrero y no un bibliotecario y, sin embargo, en su decisión no había la menor sombra de romanticismo ni de alarde. Había sólo una serena determinación.[29]

Ramón J. Sender
Ramón J. Sender (foto: Instituto de Estudios Altoaragoneses)

 

Sender e Iglesia se mantuvieron en contacto en los años del exilio americano. El de Iglesia fue duro. Si el México de los presidentes Cárdenas (1934-40) y Ávila Camacho (1940-46) permitía cierta participación en la vida nacional colectiva más allá de las restricciones oficiales, la experiencia de los exiliados españoles esparcidos por los campus universitarios de Estados Unidos estaba mucho más marcada por la soledad, el aislamiento y la incomprensión. Esto lo sabía bien el propio Sender, que pasó la mayor parte de su exilio en el país de Lincoln:

 

Se mató Ramón I.P. un día de primavera en que se dio cuenta de que las libertades de América eran, para hombres como él, las libertades de un ave dentro de la jaula. En Francia un profesor es un espíritu libre. Aquí es un ave con cuenta corriente (savings and checkings) presa en la jaula de la pedagogía. Y además, un ave sin canción.[30]

Como indica la trama de Nocturno de los 14, el suicidio terminó con la vida de más de un exiliado español. Entre los españoles, cabe recordar, además de los casos de José Díaz y José Luis Sánchez-Trincado, el del filósofo Eugenio Ímaz (1900-1951). Como no podía ser de otro modo, estas pérdidas afectaron a toda la comunidad exílica. Cinco años después de la muerte de Ímaz, Aub le dedicó una “Balada Cruel”:

“Tal vez los vascos no pueden vivir sin una fe, y sin barcos. …

El pelo lacio, la voz grave, la mirada clara:

—¡Hola!, ¿qué hay? No hay nada.

Luego se va a Caracas, y como se fue vuelve. Ya no hace pie. Tal vez los vascos no pueden vivir sin unos barcos, sin una fe. El mundo se les vuelve signo esotérico. Ya todo son señales de ahogados…

Eugenio, otro de los que, por el viento, no descansa en paz; agrio limón de nuestro tiempo…

¿Para qué seguir? No hay novedad: aquí acaba esta mala balada de Eugenio Ímaz, que —más, menos, más— podría ser la de José María Quiroga Plá, la de Ramón Iglesia, la de Juan Chabás o la mía. Todos teníamos —más, menos, más— idéntica edad.

Juntos nos echó España al mundo, desnudos.[31]

EUGENIO IMAZ foto agencia Febus
Eugenio Ímaz (foto: archivo de la Agencia Febus)

Otros cinco años más tarde, la figura del escritor suicida regresa en el cuento “El remate”, que Aub publica por primera vez en su revista unipersonal Sala de Espera. El texto cuenta la historia de Remigio Morales Ortega, un escritor exiliado en México que visita a un amigo en el sur de Francia antes de un encuentro acordado previamente con su hijo, que ha permanecido en España, en la misma frontera franco-española. El reencuentro es una gran decepción; poco después, Remigio se suicida en la vía del tren. El amigo exiliado en Francia, que es quien narra el relato, reproduce algunas de sus conversaciones nocturnas, que giran en torno a la frustración del autor desterrado. “Nos han borrado del mapa,” dice Remigio:

“—Sencillamente, no existimos. Mira: ahí tienes la historia de la literatura hispanoamericana de Anderson Imbert, que no es mejor ni peor que otras tantas: un catálogo casi exhaustivo. Busca mi nombre a ver si lo encuentras: ni por casualidad. Coge cualquiera de las historias de la literatura española de las corrientes; tampoco. ¿Para eso luchamos?”[32]

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Max Aub y André Malraux en el rodaje de L’Espoir (Sierra de Teruel)

El cuento de Aub enfoca uno de los problemas mayores del autor exiliado: la falta de público y, por tanto, de eco, de recepción y de reconocimiento institucional. Ese reconocimiento fue una importante aspiración del propio Aub, como lo testifican sus diarios. El 12 de febrero de 1954, apunta:

[L]o amontonado es algo —70 a 80 centímetros de estante—, con ello voy a ganar lo que me importa: un lugar en las historias de la literatura. No prominente: ni me importa; me conformo con ser segundón; pero estar ahí, dejar constancia.. … Me sorprendió la pregunta, porque, para mí, era tan obvio que lo creía compartido por todos lo que se pusieran a escribir: la inmortalidad. … Ahora, a los cincuenta años, sigo en las mismas: escribo para permanecer en los manuales de literatura, para estar ahí, para vivir cuando haya muerto.[33]

Así como a Remigio, a Aub le frustraba sobremanera que sus enemigos tuvieran el poder institucional para negarle no sólo la publicación de sus libros –escritos para españoles– en España, sino el reconocimiento que le correspondía, y que no dejaba de ser, como la ficcionalización, una forma de vida póstuma. Esa misma frustración se respira en “A sus paisanos”, poema que Luis Cernuda escribe en 1962, poco más de un año antes de su muerte, también desde un exilio mexicano:

“… aguardáis al día cuando ya no me encuentre
Aquí. Y entonces la ignorancia,
La indiferencia y el olvido, vuestras armas
De siempre, sobre mí caerán, como la piedra,
Cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis
A otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra
Precipitó en la nada…
Si vuestra lengua es la materia
Que empleé en mi escribir y, si por eso,
Habréis de ser vosotros los testigos
De mi existencia y su trabajo,
En hora mala fuera vuestra lengua
La mía, la que hablo, la que escribo.
Así podréis, con tiempo, como venís haciendo,
A mi persona y mi trabajo echar afuera
De la memoria, en vuestro corazón y vuestra mente.”[34]

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Luis Cernuda retratado por Ramón Gaya

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Como es sabido, las historias culturales de marco nacional plasmadas en libros de referencia no sólo son reflejos de batallas ideológicas sino que ellas mismas sirven de armas y trofeos en las luchas por la hegemonía, el capital cultural, o la configuración de la identidad nacional. Como indica Roger Bartra, en tanto herramientas de inclusión, exclusión y definición, las historias culturales son también mecanismos de legitimación[35]. En ese sentido, Aub y Cernuda no andaban descaminados. En un volumen de reciente aparición, observamos Mari Paz Balibrea y un servidor que “el caso de la historia de la literatura española es particularmente rico para visibilizar dinámicas de exclusión y marginación entre cánones de exilio y nación[36]. Como explica Fernando Larraz en un breve ensayo que aparece en el mismo volumen:

Hay dos fenómenos de raíz política que producen cambios directos, verificables y perdurables en la concepción de qué es literatura: el exilio de la mayoría de intelectuales que trabajan en la España de preguerra y la censura que se instituye sobre todo acto de comunicación pública. Prácticamente todas las historias literarias mencionan estos dos hechos pero muy pocas extraen las consecuencias que sobre la configuración de un sistema literario, sobre los modos de ejercer la literatura y, en definitiva, sobre los productos literarios tienen el exilio y la censura. Si bien son realidades diferentes, censura y exilio se explican mutuamente y están estrechamente relacionadas al menos por estos tres motivos: primero, la literatura del interior es radicalmente heterogénea de la del exilio porque esta segunda no padece la censura ni los demás perjuicios provocados por la educación bajo las premisas retóricas del dirigismo cultural franquista; segundo, los exiliados –y alguno que no lo es pero quiso seguir escribiendo sin molestas coerciones y eligió expatriarse–, aparte de para garantizar su integridad y su libertad física, salen de España para salvar la libertad intelectual, la suya y la de una tradición amenazada por la represión cultural; tercero, la obra del exilio es silenciada o manipulada en la España franquista con especial rigor porque sus personalidades intelectuales despiertan especial recelo de los censores o bien porque no se han adiestrado en las técnicas de autocensura que conocen bien los escritores del interior, lo cual coloca la recepción de su obra en especial desventaja respecto de la del interior y coadyuva a la difusión de su obra intelectual, lo que acrecienta la sensación de exilio de la historia o de “remate”.[37]

De ahí también que un análisis de las historias literarias aparecidas después de la muerte de Franco constituya una forma de medir hasta qué punto la España democrática pudo recuperar el legado del exilio republicano en la España democrática. Como ha demostrado Larraz, esa recuperación ha sido muy parcial, mientras que han persistido en gran medida los paradigmas de la historiografía literaria institucionalizada durante el franquismo. Es más, según Larraz las principales historias de la literatura redactadas después de la muerte del dictador “responden a una suerte de pereza intelectual”, una pereza que

las lleva a proseguir inercias ancladas en la historiografía franquista, cuando el corpus literario del exilio era, por lo general, desconocido y mayoritariamente ajeno al campo editorial español, estaba sometido a censura y suponía una molesta realidad que dificultaba el posicionamiento de los actores del interior menoscabando su prestigio. Esto ha hecho que, aún hoy, el exilio sea una realidad hosca para la voluntad aglutinadora del historiador: demasiado disperso, demasiado desconocido, demasiado difícil agruparlo bajo categorías unificadoras.[38]

Artime

El filósofo Manuel Artime arguye que estos mecanismos de exclusión —implementados en los años del franquismo y sólo parcialmente modificados en democracia— también se han producido con respecto a la historia social y política española, y no exclusivamente sobre los años de la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo. En España. En busca de un relato, Artime demuestra que la historiografía liberal que ha dominado la producción científica sobre el pasado ibérico desde la muerte de Franco se ha empeñado en contar la evolución histórica del país como un proceso gradual de normalización. Artime también señala que la historiografía liberal dominante en la España democrática —influida por un hispanismo francés y anglosajón que pretendía romper con una historiografía de raíz romántica e historicista que insistía en la esencial diferencia de la historia española en el marco de Europa— se ha caracterizado por “la fundamentación estrictamente positivista de sus relatos sobre el pasado”:

Frente a aquella querencia por explicaciones de tipo teleológico en la que derivaba tan a menudo la narrativa histórica tradicional, la nueva historiografía se propone describir con fidelidad y rigurosamente los hechos, desprendiéndose de toda tentación retórica o ideológica. El positivismo significará por tanto la renuncia a introducir valoraciones o juicios filosóficos en la explicación de los acontecimientos, pues ello estaría ligado a la suposición de que tales hechos han acaecido en virtud de algún fin superior o destino de la historia. Por contra, la historiografía “científica” —en el sentido positivista y liberal— se distinge por considerar, que los únicos elementos de determinación en la historia son las acciones y decisiones de los individuos que la protagonizan. Por tanto los únicos hechos dignos de estudio historiográfico serán aquellos que podamos atribuirle a algún sujeto y, más en particular, las acciones de aquellos sujetos que por su relevancia (política, técnica, social,…) consiguen transformar el mundo donde están inmersos, impulsándolo en alguna dirección (innovaciones técnicas, intervenciones políticas o económicas,…).[39]

Ahora bien, la hegemonía  de esta historiografía liberal positivista en los años del postfranquismo —arguye Artime— ha acabado por mermar de forma significativa la relación de la sociedad española contemporánea con su propio pasado colectivo. Al plantear la historia de España como un proceso de normalización (es decir, de europeización), los historiadores convierten el pasado en una especie de territorio tenebroso, ponzoñoso y tentador, lleno de peligrosas tentaciones ideológicas, al que sólo deben poder acceder especialistas armados de una metodología a prueba de bombas. De esta forma, escribe Artime, la historiografía liberal dominante

ha contribuido a desarmarnos críticamente, a empobrecer nuestra memoria democrática y perder de vista múltiples relatos emancipatorios, que tendrían cosas por decir a la democracia actual[40]

Ahora bien, si los historiadores liberales asocian la “normalización” de España con la capacidad de hacer historia sin política —y, más importante, de hacer política sin historia—, Artime, en cambio, defiende la idea de que el pasado —incluidas las luchas políticas emancipatorias que fracasaron o sólo tuvieron un éxito parcial— constituye una fuente esencial de recursos críticos que sirven para que la ciudadanía piense un futuro en común alternativo y más democrático.

Bien mirado, la concepción del pasado y de la historiografía por la que aboga Artime no se aleja demasiado de la de Ramón Iglesia. Es más, el legado intelectual de Iglesia constituye un claro ejemplo de lo que argumenta Artime: a saber, que el legado de proyectos emancipatorios del pasado —como lo fueron los varios proyectos emancipatorios incorporados en el de la Segunda República, que acabó aparcado y desactivado en la vía muerta del exilio— todavía nos tienen cosas que enseñar. Son, en efecto, una fuente de recursos: políticos, conceptuales y retóricos.

Así, cuando un historiador como Santos Juliá —al que Artime identifica con la corriente historiográfica dominante— afirma que la historia, como disciplina académica, “sigue aspirando a construir interpretaciones del pasado edificadas sobre un conocimiento que se pretende científico y objetivo[41]; que, como tal, la historia se distingue fundamentalmente de la “memoria” entendida como representación subjetiva e interesada del pasado; que el historiador trabaja con una “austera pasión por el hecho, la prueba, la evidencia”, “con la intención única de que el pasado hable” y que “no pretende servir a ningún señor, sea el Estado, la Justicia, la Política, el Partido, la Clase, la Identidad Nacional, la Memoria” y que está inmune ante las “últimas modas”; o que el historiador “[n]o se siente prisionero de ningún paradigma ni obligado a seguir la dirección impuesta por el último giro[42], podemos hacer, en efecto, que “el pasado hable”, dándole la palabra a Iglesia: el historiador “escribe, cualquiera que sea su pretensión de imparcialidad, desde un punto de vista determinado”, por lo que “la tan apelada y socorrida imparcialidad histórica no existe, ni ha existido jamás”.

 
 
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[1] Iglesia Lesteiro, María-Fernando, “Mi padre, Ramón Iglesia (un historiador de la Generación del 27).”, en Cinguidos por unha arela común. Homenaxe ó profesor Xesús Alonso Montero. Rosario Álvarez Blanco y Dolores Vilavedra Fernández (coord.). Santiago: Universidade de Santiago de Compostela, Servicio de Publicaciones e Intercambio Científico. Vol. 1, 1999, pp. 1248-49.

[2] Los datos biográficos más precisos sobre Iglesia se encuentran en Bernabéu Albert, Salvador, “La pasión de Ramón Iglesia Parga (1905-1948).” en Revista de Indias, vol. LXV, núm. 235, 2005, pp. 755-772 e Iglesia Lesteiro, María-Fernando, “Mi padre, Ramón Iglesia (un historiador de la Generación del 27).”, en Cinguidos por unha arela común. Homenaxe ó profesor Xesús Alonso Montero. Rosario Álvarez Blanco y Dolores Vilavedra Fernández (coord.). Santiago: Universidade de Santiago de Compostela, Servicio de Publicaciones e Intercambio Científico. Vol. 1, 1999, pp. 1243-1274.

[3] Iglesia Parga, Ramón, Colón y otros ensayos. Colegio de México, México, 1944, p.175.
[4] Íbid. P.178.
[5] Íbid. P.170.
[6] Íbid. P.164.
[7] Íbid. P.187.
[8] Íbid. P.157.
[9] Íbid. P.159.
[10] Ibid. Pp.159-160.
[11] Ibid. P.164.
[12] Ibid. P.158.
[13] Ibid. P.188.
[14] Ibid. P.170.
[15] Matute, Álvaro, “Ramón Iglesia: del historiador como héroe trágico” en Universidad de México no. 591-592, abril-mayo, 2000, p.70.
[16] Véase al respecto Aub, Max, Discurso de la novela española contemporánea. México: El Colegio de México, México, 1945.
[17] Iglesia Parga, Ramón, Colón y otros ensayos. Colegio de México, México, 1944, p, 174.
[18] Ibid. Pp. 187-188.
[19] Ibid. Pp. 168 y 172.
[20] Waukesha Daily Freeman, “Spanish Professor Dies” en Waukesha Daily Freeman, 6 de mayo, 1948, p. 10.
[21] Bernabéu Albert, Salvador, “La pasión de Ramón Iglesia Parga (1905-1948).” en Revista de Indias, vol. LXV, núm. 235, 2005, p. 764.
[22] Ibid. P.764.
[23] Faber, Sebastiaan, Exile and Cultural Hegemony: Spanish Intellectuals in Mexico, 1939-1975. Vanderbilt University Press, Nashville, 2002, p.223.
[24] Ugarte, Michael, Shifting Ground: Spanish Civil War Exile Literature. Duke University Press, Durham, 1989, p.226.
[25] Unamuno, Miguel de, Niebla. Nivola. Renacimiento, Madrid, 1914, p.294.

[26] Como he arguído en otro lugar, “parts of Aub’s novels read as textual versions of a war monument, including long lists of victims’ names and biographies. Since Franco is bent on destroying every trace of Republican memory and since there is no reliable historiography available, Aub feels he cannot afford to eliminate the scenes and characters that would normally have stayed on the cutting room floor” (Faber, 2018: 158).

[27] Sender, Ramón J., Nocturno de los 14. Destino, Barcelona, 1969, p.193.
[28] Sender, Ramón J., Nocturno de los 14. Destino, Barcelona, 1969, pp. 193-194.
[29] Ibid. P.195.
[30] Ibid. P.198.
[31] Aub, Max, “Balada cruel de Eugenio Ímaz.” Revista de la Universidad de México, mayo, 1956, p. 31.
[32] Aub, Max, Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto Mágico. Alba, Barcelona, 1994, pp. 466, 470.
[33] Aub, Max, Diarios 1939-1975. Ed. Manuel Aznar Soler. Alba, Barcelona, 1998, p. 234.
[34] Cernuda, Luis, La realidad y el deseo, 1924-1962. Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1998, p.375.
[35] Bartra, Roger, La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano, Grijalbo, México, 2007, pp. 102 y 214.
[36] Balibrea, Mari Paz y Sebastiaan Faber,  “Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español. Introducción a modo de manifiesto” en Líneas de fuga. Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español, coord. Mari Paz Balibrea. Siglo XXI, Madrid, 2017, p. 17.
[37] Larraz, Fernando, “Censura, autocensura, exilio” en Líneas de fuga. Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español, coord. Mari Paz Balibrea. Siglo XXI, Madrid, 2017, p. 163.
[38] Larraz, Fernando, “El lugar del exilio en las historias literarias posfranquistas” en Líneas de fuga. Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español, coord. Mari Paz Balibrea. Siglo XXI, Madrid, 2017, p. 531.
[39] Artime, Manuel, España. En busca de un relato. Dykinson, Madrid, 2016, p.197-198.
[40] Ibid. P.20.
[41] Juliá, Santos, Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo XX. RBA, Madrid, 2010, p.338.
[42] Juliá, Santos, “Por la autonomía de la historia” en Claves de razón práctica 207, 2010, p. 19.
Imagen de portada: Carnet de asilado en México de Ramón Iglesia Parga (foto: Fundación Luís Tilve)

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