Unai Aranzadi
Periodista

 

Esta investigación demuestra que el 19 de noviembre de 1953, Maks “el carnicero” Luburic, uno de los mayores criminales de la II Guerra Mundial, se paseó por el centro de Bilbao con su uniforme de general croata, botas de cuero y una condecoración nazi en el pecho. Vestimentas de gala e impunidad total para casarse con una joven vasca con quien se fue a vivir a Valencia, provincia en la que moriría asesinado dieciséis años más tarde.

 

“Sí, el cadáver apareció aquí, en el segundo piso, que es donde yo y mi familia vivimos desde que lo mataron en 1969, creo recordar”. Las calles del municipio valenciano de Carcaixent están desiertas. Es mediodía, hace un calor sofocante y de fondo sólo se escucha el rugir de las cigarras. El vecino del número veintisiete  de la calle Santa Ana no quiere entrar en detalles, pero dice no saber mucho de una historia, “que en su día fue como tabú, pero ahora ya es un tema abierto”, comenta en voz baja mientras cierra la puerta de casa. El anterior inquilino, Vjekoslav Luburic, mas conocido como “Maks el carnicero”, nació en el año 1913, cuando Croacia, la única nación de mayoría católica en los Balcanes, aún estaba en manos del Imperio Austrohúngaro. Sin llegar a terminar sus estudios primarios y con una condena por delitos de poca monta, Luburic huyó a Hungría, y no regresó al nuevo Reino de Yugoslavia -que entonces incluía Croacia- hasta que los nazis la invadieron durante la II Guerra Mundial, creando un seudoestado croata. Según sus coetáneos, su adscripción al movimiento Ustacha le hizo ganar popularidad rápidamente. Los Ustacha (que en croata quiere decir “insurrectos”) surgieron a finales de los años veinte influenciados por las ideas de Benito Mussolini y su obra de referencia, “El espíritu de la revolución fascista”. Apoyados por un Vaticano que vio en ellos un ariete católico frente a la iglesia Ortodoxa que predomina en los Balcanes, los ustachas controlaban su Estado Independiente Croata y se consideraban arios, extremo convenientemente azuzado por sus aliados nazis durante la ocupación de Yugoslavia en los años cuarenta.

Ustachas a las ordenes de Luburic sierran la cabeza de un civil.

REFUGIO DE NAZIS

Conocidos por una crueldad extrema, el movimiento Ustacha se desvaneció casi por completo tras la caída del III Reich en 1945. Sin embargo, y aún levemente perseguidos en Europa por sus crímenes contra la humanidad, la España franquista les dio cobijo, posibilitando su reestructuración como cuadros de la resistencia Ustacha en el exilio. Tal fue el caso de Luburic, quien llegó a Valencia con un grupo de franciscanos y protegido por las más altas instancias del Vaticano. Vestido de fraile, alcanzó la frontera con Francia utilizando la llamada “ruta de los monasterios”. Este recorrido abría un corredor en Baviera que continuaba hasta Italia pasando por Austria. Utilizando monasterios de clausura, congregaciones e iglesias, los prófugos del nazismo podían atravesar Europa sin apenas levantar sospechas. Para muchos el Estado español era su destino final, aunque otros tantos -gracias a la ayuda del presidente argentino, Juan Domingo Perón- continuaron hasta Latinoamérica, perdiéndose para siempre en las inabarcables selvas, urbes y estepas del Cono Sur. Como muchos de sus colegas, Luburic reapareció en el Levante alicantino en los años cincuenta. Allí guardaba amistad con veteranos de la División Azul que le recibieron con los brazos abiertos. Sin embargo hubo una figura, no militar, que le ayudó especialmente. El padre Oltra. Capellán de campaña en la “Operación Barba Roja” (intentona de conquistar la Unión Soviética lanzada por Hitler) y doctor por la Universidad de Munich, Miguel Oltra jugó un papel fundamental para una ultraderecha europea que se batía en desbandada. Confesor de Franco, mediador en la entrega de prisioneros en el Este y fascista declarado, gracias a él, Luburic abandonó el convento franciscano donde se escondía. Con una identidad falsa que le brindó el régimen, decía ser Don Vicente Pérez García en el pequeño puerto alicantino de Moraira. Siendo un tiempo de terror legalizado, el régimen franquista lo podía todo. Hasta ponerle un nombre y apellido español a un hombre que apenas comenzaba a articular dos frases en castellano. Desde allí, y sabiéndose formalmente protegido, se trasladó al interior de la comunidad valenciana para montar una granja, pues aún prófugo y sin propiedades u oficio conocido, contaba con algunos recursos económicos. Aunque nadie sabe exactamente de dónde consiguió dinero, algunas versiones especulan con que tuviese joyas u oro robado a los cientos de miles de prisioneros que perecieron bajo su mando en uno de los campos de exterminio más siniestros de todos los tiempos: Jasenovac.

Maks, «el carnicero» Luburic firma un documento con la Cruz de Hierro nazi en el pecho durante la II Guerra Mundial

MAKS, EL CARNICERO

Con el rango de general alcanzado gracias a las primeras masacres de la segunda guerra mundial llevadas a cabo bajo su mando en Gudovac, Glina y Veljun, Luburic recibió formación -si así se puede llamar- en el campo de concentración de Auschwitz. Pasado el tiempo y una vez puesta en práctica su destreza como exterminador de prisioneros, algunos mandos alemanes, como el general Von Horsteneau, dijeron de él que era “un sádico y enfermo mental”, y llegaron a calificar el campo de Jasenovac que dirigía, como, “de lo peor, sólo comparable al infierno de Dante”. Pegado al cauce al Río Sava, y haciendo parte de un enorme sistema de campos y subcampos, Jasenovac copió el modelo del campo alemán de Sachsenhausen. Allí el principal objetivo no eran los gitanos y judíos, sino los serbios, y aunque en un principio se intentó reproducir el modelo alemán de exterminio, este terminó siendo suplantado por un sistema aún más rudimentario y brutal. Según relataron los supervivientes, se arrojaba gente viva a los crematorios, y son las fotografías tomadas por los propios guardas, las que prueban el uso de sierras y mazos para asesinar a prisioneros. Las continuas ordenes de aniquilar dadas por “Maks el carnicero”, tal y como le bautizaron sus victimas, terminaron precipitando la creación del infame srbosjek (corta serbios) Un guante con cuchilla para ir degollando los civiles que bajaban de los trenes sin levantarse ampollas en las manos.

 

GUARIDA USTACHA

“Sí, como puede ver en el cartel, está es la ruta de los monasterios”., asegura el gasolinero de la Carretera Nacional 332. Casualidad o no, Carcaixent es el epicentro de una conocida ruta turística de monasterios que se anuncia en guías y carreteras. Aquí la religión y el papel de los padres franciscanos ha sido determinante. Para los ustachas, la España a la que veteranos como Luburic llegaban en los cincuenta, era el paradigma de lo que antes habían tratado de instaurar ellos en Croacia: el nacionalcatolicismo totalitario. Sin embargo también existían asuntos que no entraban a discutir con sus anfitriones; uno era el de España como cárcel de pueblos. Para esas veladas en las que discutían  sobre la independencia de su país, los ustachas no acudían a los clásicos núcleos frecuentados por divisionarios como la cafetería Monterrey de Valencia, sino que ellos, aún con sus diferencias internas, tenían cómodos espacios para la convivencia en los que planear actos unitarios de sabotaje y propaganda en la Croacia socialista. Uno era el despacho madrileño de Pavao Tijan, un ultra que lanzaba proclamas anticomunistas contra Yugoslavia valiéndose de los recursos de una Radio Nacional que lo tuvo en nómina hasta 1981, y otros, algunas residencias y conventos madrileños donde prácticamente sólo se hablaba croata. Así las cosas, en uno de aquellos viajes a Madrid fue cuando Luburic pudo conocer a la  hija de Francisco Hernaiz Arriola, un industrial de Carranza, residente en la bilbaína calle Elcano, que hizo dinero en México tras viajar a aquel país con su esposa, también vizcaína. Sin apenas conocer a Luburic, Isabel Hernaiz Santisteban, quedó seducida por aquel misterioso general que terminaría haciendo de su vida un calvario.

 

BODA EN BILBAO

Documento de la parroquia bilbaíia de San Vicente de Abando en el que se indican los detalles del enlace entre Vjekoslav Luburic e Isabel Hernaiz.

“Creo que por fin he encontrado algo de lo del croata que buscabas. Pásate a partir de las siete cuando haya terminado las confesiones y cierre la Iglesia”. Voluntarioso e infatigable, José María Ruíz de Azua, el párroco septuagenario de San Vicente Mártir de Abando, se mueve ágilmente por la enorme sacristía. Ya en el piso de arriba, donde se guarda el archivo, la pesquisa se desata hasta dar con un tomo de 1953 del que se desprende una fina carpeta. “Esto creo que es lo que te interesa, ¿no?”. Por fin, tras un año de idas y venidas por varias parroquias de Bilbao, afloran los documentos que prueban y revelan un hecho inédito:  Que bien terminada la II Guerra Mundial y con varios procesos judiciales (y extra judiciales) en marcha contra criminales de guerra nazis, Maks Luburic, “el carnicero de Jasenovac” se paseó desafiante por el centro de Bilbao, uniformado, con botas de cuero y una condecoración de la Alemania nazi en el pecho, tal y como evidencia una fotografía familiar en la que se le ve a punto de salir a la calle en las inmediaciones de los Jardines de Albia; y que quizás fue la única vez en la que este prófugo de la Justicia yugoslava utilizó su nombre real en documentos legales de conocimiento público. El motivo de su arrojo no sería otro que el casarse, a todos los efectos, con una joven adinerada, tal y como probaría el tiempo. Así, de otro documento se desprende que el proceso civil fue rápido. Que viajó antes a Bilbao para formalizar los papeles de la boda, y que de nuevo contó con el apoyo del régimen y el obispado madrileño, en particular, del influyente Moisés García Torres, Doctor en Derecho Canónico en los años más oscuros del franquismo. De este modo, el 19 de noviembre de 1953, a las 12.30 del mediodía, Luburic contrajo matrimonio con Isabel Hernaiz en Abando. Ella tenía 29 años. Él 40. “Pero hay algo raro”, remarca el párroco. “Nos costó tanto dar con su solicitud porque estaba en un lugar inusual, y además falta la mitad del expediente, la del croata”.

Los motivos pueden ser varios, como el ocultamiento de todo aquello que tuvo que ver con la protección de los prófugos nazis por parte del estado español que los acogió tras la caída del III Reich. Un oscurantismo que sigue en vigor dada la inaccesibilidad a esos documentos de gran interés histórico. Y así, obviando la sombra de ese tétrico pasado, o simplemente ignorándolo, Isabel Hernaiz siguió a Luburic hasta Valencia, donde su matrimonio pronto se convirtió en una pesadilla. A pesar de estar plenamente dedicada al hogar y los cuatro hijos que tuvo, uno tras otro, la vasca era tratada con brutalidad por un Luburic de rasgos psicóticos. Los vecinos hablan de un episodio que hizo a la mujer abandonar el hogar a finales de los cincuenta. Fue una noche en la que él nazi la agarró del cuello diciéndole que así, con sus propias manos, fue como estranguló a ciento y pico prisioneros en una apuesta con sus subordinados de Jasenovac. Temiendo por su propia vida, Isabel Hernaiz se separó, perdiendo la custodia de los niños, a quienes sólo pudo ver cuando el ex general croata lo consideraba oportuno.

Luburic, ya separado de Isabel Hernaiz, posa con sus cuatro hijos.

UNA IMPRENTA

Corrían los años sesenta, y lejos de esconderse, Luburic creó un negocio de artes gráficas a pie de calle, en un local contiguo a la puerta de su domicilio en la localidad de Carcaixent. “Aquí todos pensaban que era polaco y no croata”, asegura el nuevo inquilino del piso que ocupó Luburic. El pequeño edificio, que hacía las veces de vivienda e imprenta, estaba estratégicamente situado entre el cuartel de la Guardia Civil y el convento franciscano. La noticia del secuestro del general alemán Adolf Eichmann en Argentina comenzó a generar inquietud entre los criminales de guerra prófugos, por lo que nada de dejaba al azar. Mientras, Luburic se centró en su recién estrenada imprenta, y para ello contrató a Pep Segí, un joven vecino de Carcaixent, experto en artes gráficas.

Número 27 de la calle Santa Ana donde Luburic tuvo la imprenta, y arriba, su vivienda.

“Yo me di cuenta de cosas que podían ser malas con el tiempo, aunque la verdad es que para mí, siempre fue como un padre”, confiesa sentado en una mesa del Bar Musical, un pintoresco local al que las paredes forradas con retratos de directores de orquesta uniformados, le dan un aire marcial. Sin darse cuenta, Pep Segí, imprimió miles de ejemplares de revistas ustachas como Drina u Obrana. “Al principio no sabía lo qué sacábamos pero claro, con el tiempo me di cuenta. Las mandábamos a círculos de croatas en países como Suecia, Australia o Canadá. Además, en ese mismo espacio, Luburic fundó una nueva corriente de ultranacionalismo croata. Está línea entró en disputa con otras facciones dominantes, como la de la viuda de Ante Pavelic, aliado de Hitler en Croacia durante la II Guerra Mundial, y líder del movimiento ustacha hasta su muerte como exiliado en el Madrid de 1959. Según cuenta Pep Segí, “Por Carcaixent y la imprenta pasaron muchos croatas. Así, como uno más, un día apareció un joven yugoslavo que decía ser un nacionalista croata, y a partir de ahí, sucedió lo que sucedió…”.

Pep Seguí, ayudante de Luburic en su imprenta de Carcaixent

UN AGENTE DE TITO

De un día para otro, y valiéndose de amistades comunes, un joven croata llamado Ilija Stanic entró a forma parte del círculo de extremistas que rodeaba a Luburic. Su integración fue tal, que terminó viviendo en casa del ex general como asistente personal. Sin levantar la más mínima sospecha, Stanic fue urdiendo un plan para acabar con la vida del criminal nazi, pues el joven no era el acólito ustacha que decía ser, sino un agente de la Yugoslavia socialista dirigida por el mariscal Tito. Según recuerda hoy Pep Segí, “yo fui el que encontró el cuerpo escondido bajo una cama de la casa. Fue traumático”. Traumático porque en la mañana del 20 de abril de 1970, el joven Stanic echó veneno a un café que le pidió Luburic, y al ver que el ex general no dejaba de contorsionarse pidiendo auxilio, Stanic le propinó múltiples martillazos hasta destrozarle el cráneo. Después de una huida jamás aclarada del todo, Stanic reapareció victorioso en la Yugoslavia socialista que decía detestar. Allí fue recibido como un héroe de la UBDA, la policía secreta de Tito. En una brillante investigación periodística llevada a cabo en el 2003, el periodista valenciano Francesc Bayarri, consiguió localizar a Stanic en Sarajevo, donde este ofreció diferentes versiones de lo ocurrido, aunque ninguna de ellas haya podido sonar más plausible y convincente que el simple hecho de que lo mató por orden de Yugoslavia como ya se hizo con otros criminales de guerra croatas. Tras lo ocurrido aquel día de 1969, el mundo fue descubriendo que el tal Vicente Pérez García, era en realidad “Maks el carnicero”, cuyo funeral sirvió para congregar a lo más ultra de toda la península. Aún hoy, el pequeño mausoleo en el que se honra su memoria, ocupa la calle principal del cementerio de Carcaixent, gozando de un privilegio que vino dado, en 1976, con el dictador Franco ya muerto. “Visitas de extranjeros y flores nuevas aunque sean de plástico jamás le faltan”, advierte el enterrador de un municipio envuelto en la polémica por las protestas que dicho privilegio comienza a generar en algunos partidos políticos y colectivos que trabajan por la recuperación de la memoria histórica.

El sepulcro del General Luburic levantado en 1976 junto a la calle principal del cementerio municipal de Carcaixent.

Un 5 de febrero del 2010, es decir, cuarenta y un años después del asesinato de Luburic, fallecía en Valencia su viuda, Isabel Hernaiz. Su funeral se ofició en la Iglesia del Sagrado Corazón de Bilbao, y en su esquela no figuraba rastro alguno de Maks Luburic, responsable de la muerte de cientos de miles de judíos, serbios, comunistas y gitanos en el infame campo de Jasenovac.

 

FUENTE: 7K 28 julio 2019

Foto de portada:

Vjekoslav Luburic e Isabel Hernaiz saliendo por la puerta principal de la parroquia de San Vicente de Abando, en Bilbao.


 

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1 Comentario

  1. Con la legislación española actual, Luburic (1969) es víctima del terrorismo y sus descendientes tienen derecho a 250000 euros de indemnización. Como Melitón Manzanas (1968) y Carrero Blanco (1973).

    ¿Acaso no se acaba de convertir oficialmente en terrorista al maquis Quico Sabaté (1960) y en víctima del terrorismo al guardia civil Francisco Fuentes (1960)? Pues eso.

    Estoy siendo irónico. Por si no se entiende.

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